En mi texto de hace unas semanas hablé de mi preocupación por la desaparición del Trolebús La Nave y por la falta de información al respecto.
En estos días comenzó a circular una petición para juntar firmas y recuperar otro espacio, ahora el del Trolebús El Foro, ubicado en Guanajuato y Orizaba, en la colonia Roma, de la ciudad de México.
Ante este panorama desalentador, aproveché el momento y platiqué con Judith Inda, responsable del trole para aclarar un poco qué es lo que pasa con estos espacios alternativos para difundir el teatro.
¿Cómo empiezó la problemática con la delegación?
Cuando el actual subdirector de Fomento y Promoción Cultural, nos comentó que estamos cobrando, y que haciendo cuentas sacamos como 90 mil pesos al mes.
Esto es una falacia, porque la entrada a todo lo que se hace en el Trolebús El Foro es gratuita, pueden preguntar a todos y cada uno de los que han pasado por este espacio como creadores y asistentes. Sabía perfectamente que no lo hacíamos, porque nos presentamos ante él con el proyecto desde que entró a su puesto.
Fuimos nosotros los que lo buscamos, él nunca se acercó, platicamos acerca de la problemática de no cobrar, de nuestras estrategias como equipo de trabajo para meter becas y así generar incentivos para los grupos y mantener la gratuidad. El respondió diciendo que teníamos todo su apoyo, que le parecía genial porque él también es un artista. En Trolebús El Foro no se les cobra a los artistas, talleristas, ni público asistente.
Esto se puede comprobar entrando a nuestra página de Facebook Trolebús El Foro. Ninguno de los del equipo de trabajo cobramos un peso a nadie, al contrario, terminamos poniendo de nuestra bolsa para el mantenimiento del espacio.
De los proyectos Trole en activo, Trolebús El Foro es el único con una mujer como curadora.
Con el subdirector empezamos bien, pero a lo largo de los meses fue cambiando su actitud, de entre todos los responsables de los troles, a la que llamaba era a mí, a la que amenaza con cerrar es a mí y a la que le llamaba para que le llevara las llaves a su oficina en ese momento o en los horarios que él quería, era a mí. Llamadas que yo no podía atender porque estaba en ensayo o impartiendo clase. Lo cual es curioso, porque si yo me ponía en contacto con otro de los responsables de los troles para preguntar si también les decía y hacía lo mismo o era sólo a las mujeres, de hecho me comentaban que con ellos era muy amable.
El funcionario comentó en una reunión, que la delegación se iba a hacer cargo del trole y que estaba la posibilidad de cederlo a la Universidad Londres para que lo utilizara, rompiendo así toda posibilidad de continuidad del proyecto y de perder un espacio que después de estar abandonado, se rescató, limpió y reactivó desde y para la comunidad, sin el apoyo de las autoridades.
Y ahora ya que se ha generado un público y es conocido por varios artistas recién egresados, como una posibilidad de mostrar y probar su trabajo, en lugar de darle continuidad con otro colectivo de artistas independientes, se lo pretenden dar a particulares.
¿Cuál es el motivo específico que se argumentó para llevarse el trolebús de su ubicación?
No hubo tal. Sólo una llamada para decirme que las autoridades habían dado la orden de llevárselo ese mismo día; que sacáramos nuestras cosas. Además, se dijo que ya me habían advertido que pusiéramos las cosas en regla.
Cuando pregunté cuál era el motivo que daban, la llamada se “cortó” y al tratar de ponerme en contacto, me decía que el teléfono estaba fuera del área de servicio o se encontraba apagado. Esto sucedió el martes 19 de noviembre de este año, a las 2:15 de la tarde.
Lo que no entiendo y no tiene lógica, es que el sábado 23 de noviembre se inauguró el trole que está al otro lado de la misma plaza donde estamos nosotros ubicados. ¿Entonces cuáles son sus lógicas para quitar o poner?
¿Cómo se han dado las negociaciones con las autoridades correspondientes?
Las pláticas posteriores fueron directamente con el director general de cultura, quien sólo tenía la versión de que cobrábamos en el trolebús.
Al explicarle la situación, llegamos al acuerdo de que nos dejarían terminar con nuestra programación en el Trolebús El Foro y Trolebús Doble Vida hasta diciembre de este año. También ver la posibilidad se seguir, ya fuera con nosotros o con otros grupos, pero sin perder la esencia de los proyectos y la gestión cultural.
Sin embargo, nos llamaron ese martes para pedir que desocupáramos.
Mencionaron darlo a la Universidad Londres ¿Lo han vuelto a plantear como una posibilidad? ¿Se le tiene destinado un uso diferente al trolebús? ¿Lo quieren reubicar o simplemente desaparecer?
No dicen nada. Si se lo llevan ¿A dónde? ¿A un corralón? ¿A un lote? ¿Ya hay un grupo que lo manejaría? ¡Si es así, genial!
Pero a nosotros como comunidad y sociedad civil no nos dicen nada. El que estaba en el Parque México ya se lo llevaron, literal, se lo llevaron, ¿A dónde? Es un espacio que ya se perdió, había público asiduo a ese trole.
Cada trole es diferente, cada barrio y colonia también. Cada uno tiene su propuesta, pero todos somos artistas independientes como una alternativa a la carencia cultural de otros programas de políticas públicas: crear público y vínculos con nuestra comunidad. Vivimos ahí, caminamos, conocemos a nuestros vecinos, ¿Por qué quitar lo que ya hay? En vez de cerrar o amenazar, que pongan más, uno en cada colonia, estamos abiertos a compartir la experiencia de levantar un espacio así. El trolebús, nos corresponde a todos, para resolver las necesidades de los ciudadanos. Lo que se pedimos es que si dicen que no estamos en regla, que nos ayuden a hacerlo; esa es la plática que queremos.
¿Cuáles son las medidas que ustedes han tomado para recuperar este espacio?
Y continuar con lo que sabemos: arte y cultura. Continuar presentando de manera gratuita nuestro trabajo. La cartelera la pueden consultar en Facebook Trolebús El Foro.
Me andaban buscando desde hacía varios días. Yo me la pasaba buscando las ballenas de nubes, que pasaban ondulando por encima de los edificios. La ciudad se había convertido en un lugar donde las ballenas de nubes, enormes, pasaban las tardes enteras proyectando su sombra. Pero a mí me venían siguiendo y no debía de perder el tiempo observando fenómenos inusuales, por maravillosos que fueran.
Decían que la banda de la Leona mataba por placer, pero yo sabía que andaban reclutando muertos. Un cadáver nunca dice nada, no necesita licencia de manejar, ni paga impuestos, ni es sujeto de ninguna pesquisa. Los muertos son fieles, y lo más importante: no puedes matar a un muerto.
Desde hacía ya varios años habían aparecido muchas bandas de muertos, pero ninguna más temible que la banda de la Leona. La Leona había sido mi amante en una época lejana, casi olvidada de mi vida, cuando no había ballenas en la ciudad y todo parecía más calmado y menos siniestro. Era una mujer de edad indefinida, como correspondía a su condición de muerta, de muslos fuertes y faldas breves que acostumbraba usar sin misericordia alguna, no importaba si hacía frío, si llovía y mucho menos si no era la ocasión. Minifaldas, lentes oscuros, blusas cortas que mostraban el ombligo apretado como un párpado a punto de abrirse. Sus matones eran todos siniestros y de mirada turbia. Todos creían que andaban siempre drogados, pero la mirada vidriosa, el talante agresivo, el andar como flotando, son los rasgos típicos de los muertos. Ya se sabe: una vez muerto, siempre muerto. Era lo que se decía.
La cosa es que me andaban buscando por todas partes y yo ya no tenía muchos lugares donde esconderme. Durante un tiempo me oculté en casa de una novia, la Marina, pero sabía que las cosas se pondrían feas en cualquier momento. La Marina era hermosa a su manera un tanto abundante. Gorda, dirían algunos, pero a mí me gustaba reposar entre sus grandes pechos como quien no quiere la cosa, simplemente recostándome en las enormes masas, haciéndome el cachondo y esperando el momento para quedarme dormido. Grasa placentaria. Una mañana, cuando regresé de comprar cigarrillos, al besarla, me di cuenta de que ya me la habían matado. Me di cuenta porque la Marina ya no se estremeció cuando le apreté unas carnosidades que se acumulaban en sus omóplatos como senos traseros. Los dos agujeros en la espalda todavía le sangraban un poco. Le pedí que me preparara el desayuno y en cuanto se descuidó la muerta, como suele decirse, salí pitando.
Afuera las ballenas flotaban silenciosas. De cuando en cuando emitían sus gemidos que alcanzaban a escucharse a través de las sirenas de las ambulancias y las patrullas y del tráfago de la ciudad. A menudo se sumergían hasta casi tocar las antenas de los edificios más altos, regodeándose en la densa capa de smog como para observar más de cerca lo que sucedía en las calles y avenidas. Su curiosidad no tenía límites. De cuando en cuando los aviones ocasionaban algún accidente. Vi un Jumbo atravesar a una ballena que se había rezagado y la convirtió en girones de nubes. Las otras gimieron desde lejos como protestando, pero aún a pesar de estos accidentes las ballenas no se iban. La ciudad parecía gustarles. Había quien decía que se alimentaban de la mugre que echaba la ciudad y que ya se habían enviciado de las sustancias que emanaba. La ciudad era como una colonia coralífera que expulsara gases tóxicos.
La Leona estaba ardida conmigo porque nunca quise que me reclutaran en la banda de sus muertos. Pero así era yo: romántico, qué quieren. En aquellos días amaba la vida. Me pasé un par de semanas en el hotel Cosmos donde vivían algunos amigos míos y desde donde era muy fácil ver a las ballenas ondulando sobre la Alameda y el Palacio de las Bellas Artes. Había una especialmente grande, una ballena que bajaba a la ciudad sumergida por las noches. A veces me gustaba verla porque las estrellas, si bien escasas, brillaban a través de su cuerpo delicado, tenue, hecho de vapores y de sueños. El tráfico a veces se detenía para observarla. Una vez la vi jugar con la luz de la luna entre las azoteas de los edificios cercanos mientras los helicópteros la rodeaban como rémoras.
Demasiado tarde me di cuenta de que el administrador del Cosmos era un muerto, por lo que la Leona no tardó en encontrarme. Un día me dejó un mensaje en la contestadora:
—Ya te encontramos. No te escondas, mi amor, si no te queremos hacer nada.
Decidido a preservar mi vida a toda costa salí huyendo de ahí. La noche era caliente. Entraba agosto en pleno. Las ballenas se concentraban en grandes cardúmenes y cambiaban de color como anunciando lluvia. A veces avanzaban en bancos gigantescos que cubrían la ciudad entera. Yo dormía en terrenos baldíos, me pasaba los días en las cafeterías, leyendo novelitas baratas, o me demoraba horas enteras en los cajeros automáticos reportando tarjetas de crédito perdidas, de nombres y números imaginarios, totalmente fuera de mí. Tenía los días contados.
Por fin, una tarde, mientras comenzaban las lluvias, mi suerte cambió. La banda de la Leona dio conmigo en la azotea de un edificio donde me ocultaba desde hacía varios días. Entre sábanas rotas que ondulaban en los tendederos como fantasmas, la Leona se me apareció con su séquito de matones. Cómo la quería: era hermosa como un animal ponzoñoso.
—Por fin te encuentro, querido, creí que te me andabas escondiendo —dijo gritando porque el viento arreciaba y las ballenas se agitaban en el cielo anunciando tormenta.
—No, Leonita, si yo lo que quería era pensarlo un poco…
—¿Y ya pensaste lo suficiente o te dejamos otro rato para que termines de completar la idea?
Me quedé callado sin saber qué decir.
—No te vaya a dar meningitis. Aquí nada más hay de una sopa: o te mueres o te mueres.
Me le quedé mirando a los lentes oscuros mientras los matones sacaban sus pistolas de las gabardinas. Uno de ellos, cacarizo, se acomodó el sombrero y me sonrió con un diente de metal antes de decirme:
—Total. Sólo te va a doler un poquito. Al ratito nos vemos.
—No lo dejen muy agujerado —fue lo último que escuché de los labios de la Leona.
Escuché la descarga y sentí un golpe muy fuerte a la altura del pecho. Las ballenas se derramaban sobre la ciudad. La lluvia espesa refrescaba la herida. Mi sangre se disolvía lentamente en la lluvia. Un par de días después —es lo que dura el proceso de morirse, de registrar al muerto, de enterrarlo y devolverlo a la vida en calidad de recluta de la Leona— desperté en la cama de la Leona. Me estaba sonriendo con aquellos sus labios asesinos. Era de noche. Los rayos rajaban el cielo con furia. Lo que quedaba de las ballenas se azotaba contra la ventana, se derramaba sobre la ciudad, barría las calles, se desgarraba entre las copas de los árboles y las marañas de antenas que se erizaban sobre los edificios. Nunca fue la Leona más atractiva que aquella noche de tormenta. Nos amamos en frío, en seco, con las llamas heladas del sexo estéril, con la pasión de dos cadáveres. Por fin: ya era parte de la banda. Al otro día había que salir a reclutar más muertos.
El colofón de la primera edición de Los recuerdos del porvenir, la novela de Elena Garro (Puebla, 1916 – Cuernavaca, 1998), dice que se acabó de imprimir el 25 de noviembre de 1963: hace 50 años. Sin embargo, ahora se sabe que empezó a escribirla doce años antes en Europa y en 1953 terminó una primera versión; en 1957, estaba lista y Garro buscaba una editorial que la publicara pero le fue rechazada. Finalmente, por intermediación de Octavio Paz, apareció bajo el sello de Joaquín Mortiz. Por ella, Garro recibió el “Premio Xavier Villaurrutia de Escritores y para Escritores” el año que apareció publicada. Garro ya se había dado a conocer con algunas obras de teatro reunidas en Un hogar sólido y otras piezas (Universidad Veracruzana, 1958), una de las cuales seleccionaron Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo para su Antología de la literatura fantástica (1965).
Al contrario de la novela de la Revolución (Cartucho, Vámonos con Pancho Villa, Los de abajo, El águila y la serpiente…), que hace apología de la lucha armada y sus caudillos, Los recuerdos del porvenir es una novela crítica de la Revolución: la gran desgracia vino de ella, los grandes mafiosos fueron lo mismo Madero que Zapata, nada bueno produjo la Revolución, sólo anarquía. Es narrada por Ixtepec, el pueblo donde sucede la tragedia al ser invadido por el general Rosas y por los consecutivos desplantes de su “querida”, Julia, que le provocan celos y pierde los cabales; así, según los lugareños ella es la culpable de la desgracia del lugar. “El porvenir era la repetición del pasado”, dice Ixtepec, el narrador-pueblo ante su desventura, en un pasaje que ilustra el título de la novela.
Muchos de los estudiosos de la obra de Garro (Rosas Lopátegui, Lucía Melgar o Nora de la Cruz), han hecho hincapié en su fluida imaginación, en la fuerza que tiene la memoria para recrear la historia que cuenta la novela, en las ideas políticas y sociales que Garro ya abrigaba y que tantas animadversiones le traería después. Sin embargo, en lo particular me interesa más la voz que Garro da a los “vencidos”, a los marginados, porque su escritura es de un ritmo tal que la hace seductora. De allí que los criados e indígenas hablen como antes hizo que hablaran en sus libros Rulfo y después lo hará Elena Poniatowska (Hasta no verte Jesús mío, Paseo de la Reforma…).
Hace varios años, Heriberto Yépez escribió un ensayo contra el “Boom latinoamericano” en el que decía que los grandes nombres y obras de esa corriente son en realidad los secundarios pues los autores más importantes y decisivos de la literatura latinoamericana no fueron incluidos en el “boom” y entre los nombres que menciona están José Lezama Lima con su Paradiso (1966) y Reinaldo Arenas con la no menos genial El mundo alucinante (1965) (En Ensayos para un desconcierto y alguna crítica ficción, ICBC, 2001). En ellas está ya el realismo mágico que después se alcanzará con Cien años de soledad (1968), de Gabriel García Márquez. A los nombres de los cubanos que cita Yépez hay que agregar, creo, a Elena Garro y Los recuerdos del porvenir. Como en varios otros casos, la corriente estética estaba en el aire así que más que influencias debería hablarse de “confluencias”.
Si, como lo han hecho notar varios críticos, Los recuerdos del porvenir no goza del reconocimiento que merece es porque me parece que las nuevas generaciones de lectores están más interesadas en los éxitos del momento o novedades editoriales en general que en volver a nuestros clásicos modernos. En este caso, la mercadotecnia ha tenido más influencia que la tradición y es por eso que los cincuenta años de la publicación de Los recuerdos del porvenir son un buen pretexto para releerla o simplemente leerla por primera vez para que sólo así, leyéndola, tenga el lugar que merece.
Uno de los pies de foto más graciosos con los que me he topado últimamente es el que la redacción del periódico inglés The Guardian colocó bajo la imagen de Noel Gallager, tomada por Dave Hogan para Getty Images, en su nota titulada “Noel Gallagher dice que leer ficción es una jodida pérdida de tiempo”. La foto parece mostrar al letrista de Oasis un segundo antes de perder la calma y abandonarse a uno de sus característicos berrinches. El pie de foto apunta: “Devolviendo la mirada con furia… Noel Gallagher[1].”
El tono burlón de la nota da cuenta de la postura del periódico: en ella, Gallagher enfatiza que al intentar leer una novela siente que está leyendo una mentira (“This isn’t fucking true”). Por el contrario, las lecturas que le maravillan son aquellas que dan cuenta de hechos reales como The Kennedy Tapes de Ernest R. Mays, un libro que revela las conversaciones telefónicas de los miembros de la Casa Blanca durante la crisis de los misiles en Cuba, entre otros momentos claves de esa época. Para contrastar, The Guardian coloca en las notas relacionadas la apasionada defensa que uno de sus columnistas más populares, el escritor Neil Gaiman, hace del arte de la ficción y las bibliotecas. El resultado: una vez más, el señor Gallagher queda como un bruto.
La razón por la que el pie de foto me parece gracioso no es la humillación implícita de Gallagher, o de los que comparten su opinión respecto a la lectura. De hecho, creo que el hombre toca un punto sensible en el que me detendré más adelante, pero por ahora quiero explicar por qué me encantó el “Devolviendo la mirada con furia…”. Me recordó a un sector de las letras mexicanas: ése que nomás no traga a la literatura de imaginación fantástica que se escribe en México[2].
La mirada flamígera de Noel se intuye detrás del llanto y rechinar de dientes que en algunos despierta la literatura de imaginación fantástica, literatura especulativa mexicana o como prefiera llamársele. Basta una ojeada rápida a las reseñas, tuits, comentarios en Facebook o entradas de blog que pueden hallarse en la red para percatarse de que sus detractores no pueden evitar la rabieta cuando abordan el tema: aunque no lleven signos de exclamación ni mayúsculas, la combinación de adjetivos y sustantivos se los colocan de forma tácita: “¡Infantilismo!” (la supuesta condición mental de los autores del subgénero) “¡Pulgas a las que hay que aplastar!” (los “peros” cuya supuesta abundancia impidieron al crítico terminar de leer La Torre y el jardín, de Alberto Chimal), “¡Mártires voluntarios!” (la supuesta estrategia con la que estos escritores se crean un mercado propio), ¡ZOMBIES! (los supuestos lectores que disfrutan la literatura de imaginación fantástica).
Pero ¿qué es lo que les molesta tanto? ¿A qué le temen los críticos de la literatura que se ocupa de lo fantástico? ¿A qué monstruos?
El 25 de noviembre de 1936, J.R.R. Tolkien leyó ante sus colegas académicos la conferencia titulada “Beowulf: Los monstruos y los críticos”. En ella defendió al ya legendario poema como una obra de arte que merecía ser estudiada así, y no sólo como un objeto de interés para la Historia o la Filología , que era la pretensión de sus pares. Tolkien percibía en Beowulf una fuerza poética difícil de ignorar en eso que los demás consideraban un error del autor: Grendel y el Dragón. Los monstruos. No, a los críticos de la época tampoco les gustaban: les parecían poco serios porque sus manías de monstruo (ese morar en fangales, ese batir abrasador de las alas) “enturbiaban” la poesía y le “restaban humanidad” al héroe. Quizá si hubiera profundizado en la idea del poder (sin el ambicioso dragón), o del amor, quizá si hubiese contado algo más verosímil… ésa era la voz de autoridad en Oxford, la que decidía qué era digno de preservarse y qué no. Pero Tolkien formaba parte de ese grupo privilegiado. Él era uno de esos señores cuya erudición podía determinar el valor de tal o cual obra. Si el autor de El Señor de los Anillos hubiese aceptado sin remilgos que a él lo representara el gusto de los otros, quizá las hazañas de Beowulf se habrían publicado sólo en un par de libros legibles sólo para los especialistas en Inglés Antiguo del siglo VIII (y para Borges). Sin la voz disidente de Tolkien, los versos se habrían empolvado en un archivero, repitiéndose a sí mismos en sordina: “la vida se desvanece: todo pasa, y la luz y la vida a una[3]”.
Como muchos creadores tachados de excéntricos, Tolkien también guardaba opiniones poco populares acerca de la arquitectura funcionalista, la devastación del entorno natural provocado por la tecnología, el falso honor concedido por la guerra, el aumento en las tasas de mortalidad a causa de los cada vez más numerosos coches… quienes lo han leído podrán atisbar estas posturas en diálogos y pasajes concretos de su obra, aunque ésta no tenía ningún afán pontificador ni didáctico. Y sin embargo, los críticos insistieron en señalar la brecha menos importante entre Rivendel y la realidad. Hoy podemos ver en YouTube a uno de ellos dentro de un documental que la BBC hizo sobre el autor. Es, con toda probabilidad, un estudiante de la universidad de Oxford. Transcurre el año 1968, lleva el pelo no tan largo como para resultar polémico, pero lo suficiente para distinguirse del resto. No sabemos muy bien si quiere reírse o indignarse, y enfático, señala: “No me gusta Tolkien… su obra implica un escape de la realidad política y social… me parece reprensible, una trivialidad, una regresión, una negación a enfrentar la realidad… una falta de compromiso”. La voz se le va haciendo cada vez más aguda y sí, también devuelve la mirada con furia[4].
Los críticos temen, pues, perder el privilegio de reñirnos, un premio que se ganaron en la lotería histórica, pues como bien apunta Borges: “La idea de que la literatura coincida con la realidad es bastante nueva y puede desaparecer; en cambio, la idea de contar hechos fantásticos es muy antigua, y constituye algo que ha de sobrevivir por muchos siglos[5]”. Por lo general, validan esa prerrogativa a partir de un desprecio generalizado de las superficies que no les sirven como espejo, que no los reflejan ni amplifican: la literatura para niños, cierta literatura escrita por mujeres (aquella que no es complaciente con la mirada tradicionalmente masculina), la literatura de imaginación fantástica. El darwinismo literario que coloca en su cúspide a los hombres —más o menos— blancos, heterosexuales, que escriben literatura “honesta”, que rechazan cualquier etiqueta o pertenencia a alguna generación, y cuyo sentimiento más frecuente es la “hueva” que les provoca prácticamente todo, excepto su propia obra. El eslabón más débil de la cadena evolutiva son, como hemos dicho, los niños, los jóvenes, y las amas de casa (y vaya que la literatura le debe mucho a quienes históricamente se han hecho cargo del cuidado, la alimentación y el trabajo doméstico de sus autores).
Es cosa de todos los días enterarnos de cómo se ve la ficción especulativa desde la ficción mimética, pero ¿cómo podría lucir desde el otro lado del espejo, donde Alicia encontró sucesos extraordinarios? Superflua, onanista, chata, inverosímil. Por ejemplo, encuentro difícil de creer que las mujeres de esas novelas estén siempre tan dispuestas al intercambio sexual con protagonistas francamente mediocres, o que sean la pérfida e inhumana encarnación del rechazo que hiere al eterno pagafantas. Esa réplica de las identidades alienadas sí que me parece pueril. Y la mera calca de su vida al papel, petulante y perezosa[6].
Pero no caigamos en la trampa: juzgar a todo el realismo por sus malos representantes es tan absurdo como juzgar a la literatura fantástica por las películas de Crepúsculo. La literatura realista de buena calidad me gusta tanto como me desagrada la literatura fantástica mal elaborada. Los lectores aficionados a la ficción especulativa, por lo general, se alimentan de ambos tipos de literatura. También de obras para niños, pues tienden a limitar menos sus horizontes de lectura: la imaginación fantástica obsequia avidez. El mundo es un lugar más divertido e interesante cuando se tienen más formas de mirarlo, cuando se involucra también al gozo y no sólo a la racionalización.
Es aquí donde se diluyen las fronteras, donde nos percatamos de que el autor de El Hobbit y el estudiante del 68, la literatura realista y la de imaginación fantástica, tienen búsquedas que no se oponen, que incluso son las mismas algunas veces, aunque sus recursos sean tan distintos. Es el juego de poder el que plantea que una es mejor que la otra. Que una es la Verdadera y otra —supongo— La Falsa.
Al encontrarse en una posición privilegiada, los críticos dejan de cuestionar su autoridad, sus métodos y, sobre todo, sus gustos. Por eso, pese a que son gente seria, se permiten caer en errores que serían inadmisibles a la hora de analizar una obra literaria “De Verdad”: juzgar al libro sin acabar de leerlo, no informarse acerca de otras obras, temas, autores, tradiciones literarias que se vinculan con él, de qué herramientas se vale para construir el mundo de la historia y sostener su congruencia.
La literatura de imaginación fantástica se crea a partir de materiales y técnicas particulares con las que hay que estar familiarizado si se pretende criticarla. Como bien apunta Ursula K. Le Guin: “La distinción es esencial para la crítica, y el crítico debería saber qué estándares son inapropiados para un género[7]”. Pero para poder hacerla, hay que leer literatura fantástica y no quedarse con las pocas lecturas que se hicieron en la infancia, o peor aún, no enterarse de que la literatura de imaginación fantástica incluye más criaturas que las hadas y los duendes.
En México, esta clase de literatura está viviendo horas afortunadas. Entre muchos otros sucesos que la favorecen, podemos mencionar la publicación de La Torre y el Jardín, novela de Alberto Chimal; el premio Gran Angular español concedido a Verónica Murguía por Loba (una novela de caballería); el proyecto de traducción de la Universidad de Cambridge Palabras errantes, que dispondrá en la web textos de ficción especulativa mexicana traducidos al inglés; y la nominación al World Fantasy Award de la antología Three Messages and a Warning. Contemporary Mexican Stories of the Fantastic, que incluye narraciones tanto de autores representantes del género como de otros más bien afincados en el realismo[8], dan cuenta de que esta clase de literatura no sólo cosecha cada vez más lectores, sino que es reconocida como algo que hay que leer, y que está bien hecho, en ámbitos menos prejuiciosos. Como apunta Cristina Rivera Garza en su columna La Mano Oblicua sobre la antología publicada en inglés por Small Beer Press[9]: “Se trata, pues, de lo que las antologías logran en sus mejores momentos: inaugurar modos de lectura que, independientemente de los incluidos (siempre faltará uno o sobrará otro, por cierto), permiten reconfigurar panoramas enteros de producción escritural (…) Traducidos al inglés por un equipo de voluntarios, los 34 cuentos originales que componen este volumen dan la impresión de ser el resultado de una lectura gozosa; una lectura sin jerarquías impuestas o autoimpuestas; una lectura guiada por el placer o el sentido del asombro más que el compadrazgo o el favor personal[10].”
Si la crítica que actualmente domina los espacios de difusión de las obras que se producen en nuestro país no se muestra interesada en lo que está ocurriendo con la literatura de imaginación fantástica (aunque tanto éste de Tierra Adentro como el número dedicado a la Literatura Infantil y Juvenil empiecen a dar cuenta de lo contrario), tanto sus creadores como sus lectores se han procurado mecanismos alternativos para compartirlas, discutirlas y criticarlas. La revista electrónica Penumbria, que ya lleva catorce números y una antología publicada en papel con las mejores ficciones de su primer año de vida, es un ejemplo.
Sin embargo, tanto los aficionados como los críticos profesionales que, obligados por la atención que demandan sus lectores (o por la urgencia de devolver la mirada con furia), deben saber hacer crítica de obras de imaginación fantástica. Los unos para no caer en una complacencia que acabe perjudicando la calidad de esa producción literaria, los otros, para hacer bien su trabajo, como mínimo.
Además del obligado volumen de ensayos de Tolkien Los monstruos y los críticos, está el ya citado “Los críticos, los monstruos y los fantasistas”, de Úrsula K. Le Guin, donde menciona a autores como Mikhail Bakhtin, Jorge Luis Borges, o las obras Romantic Fantasy and Science Fiction de Karl Kroeber y Strategies of Fantasy de Brian Attebery. Es imprescindible también, de la misma autora, “De la Tierra de los Elfos a Poughkeepsie[11]”, donde critica la manufactura barata de los bestsellers post-tolkienianos y se centra en el uso del lenguaje y el estilo que deben cuidarse en la elaboración de la obra fantástica. Otro texto que apunta hacia el tema de la compromiso y la responsabilidad de la creación artística con la realidad es The Influence of Imagination: Essays on Science Fiction and Fantasy As Agents of Social Change, de Lee Easton y Randy Schoeder (MacFarland). Publicado por la misma editorial, el libro From Girl to Goddess. The Heroine’s Journeythrough Myth and Legend de Valerie Estelle Frankel ofrece la alternativa femenina al mito del héroe de Joseph Campbell, una herramienta muy útil tanto para los escritores como para los críticos. Los recientes textos de Gaiman que mencionábamos al principio, disponibles en el periódico The Guardian[12], es material fresco y lúcido, producido por uno de los autores más importantes de la literatura fantástica contemporánea que, además, ha ejercido una gran influencia en los autores nacionales. Por cierto: otro factor que los críticos pasan por alto es precisamente ése: quienes escriben literatura de la imaginación en México hoy en día se han alimentado más de Ray Bradbury, Phillip K. Dick, Connie Willis, Susanna Clarke, John Crowley o de los autores de cómic Neil Gaiman, Grant Morrison y Alan Moore, que de sus predecesores inmediatos de la literatura mexicana. La excelente revista chilena Fantasía Austral también es un testimonio de cómo la narrativa fantástica anglosajona es la influencia más importante de los autores de imaginación fantástica de habla hispana. Su sección de traducción y crítica son de muy buena calidad.
Pero sobre todo, me parece necesario acudir a los esfuerzos que en México se hacen en pos de una crítica menos supeditada a lo que ocurre en otros escenarios. Desde la academia, la escritora Magali Velasco produjo un volumen fundamental para entender la literatura fantástica hispanoamericana: El cuento, la casa de lo fantástico, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2007. Además de proveer una generosa bibliografía sobre los estudios acerca de lo fantástico, los capítulos “El nido y la concha” y “El ateneísta y sus herederas” son fundamentales para comprender la obra de las escritoras mexicanas como Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, Adela Fernández, Elena Garro, entre otras, desde una perspectiva refrescante, que contempla las cuestiones de género sin los prejuicios habituales acerca de la vida personal o la salud mental de estas escritoras… Se busca heroína, de Paulina Rivero Weber (Ítaca), es otro texto que, si bien habla de la literatura en general y no se especializa en el estudio de lo fantástico, ilumina y aporta elementos interesantes al tema de la falta de representación de personajes femeninos en la literatura, asunto que también le compete a la crítica de ficción especulativa mexicana. Las Rayas de la Cebra, la columna de Verónica Murguía en el diario La Jornada, se ocupa con frecuencia de hacer crítica desde un amplísimo bagaje de lecturas clásicas, fantásticas y realistas, como también demuestra su compilación de ensayos El Hacha Puesta en la Raíz, urdida junto con Geney Beltrán, y que se permitió incluir “La llegada del Expreso Hogwarts y la sordera de Willy Wonka” de Elisa Corona Aguilar. De Corona Aguilar también hay que consultar De niños, niggers y muggles. Sobre literatura infantil y censura, una de esas obras que engrosan el cuerpo de crítica sobre literatura para niños y jóvenes, junto con la columna País de maravillas de Raquel Castro para La Jornada de Aguascalientes. La Generación Z y otros ensayos, de Alberto Chimal, así como su bitácora en línea, Las Historias, son referencias obligadas para quienes deseen conocer cómo se ha hecho crítica especializada en literatura de imaginación fantástica en nuestro país.
Volviendo al inicio de esta reflexión, pienso que pobre Noel Gallagher es un bruto, pero no precisamente por considerar que la ficción es “A fuckin’ waste of time”. Más adelante en esa misma nota, Gallagher apunta que “La gente que escribe y lee y reseña libros se consideran a sí mismos por encima del resto de nosotros, que hacemos discos y escribimos patéticas cancioncitas para ganarnos la vida”. Fuera de la risible victimización, creo que ha dicho lo que mucha gente piensa acerca de la literatura y la crítica literaria, y de alguna forma expone un par de razones por las que la gente se distancia de la lectura. Noel Gallagher se siente fascinado, en cambio, por la Historia, como muchos otros lectores de Fantasía que llegan a ella a través de obras de imaginación fantástica. En México los malos críticos, con sus criterios añejos, rígidos y distanciados del gozo, limitados incluso para compartir con entusiasmo lo que a ellos les parece relevante, no son una guía para los lectores mexicanos. Tampoco para los extranjeros. ¿Qué está haciendo la literatura de imaginación fantástica que se está escribiendo hoy, para hechizar a los lectores, traspasar las fronteras geográficas y del lenguaje? ¿Qué monstruo es éste? Valdría la pena preguntárselo. Ahora mismo, el Skandinavisk Förening For Science Fiction, el club de lectores de Ciencia Ficción más grande de Suecia, se ha propuesto leer Three Messages and a Warning para discutirla en grupo el 3 de diciembre, quizá con la nieve cayendo suavemente detrás de sus ventanas. Esto, que para algunos será una ñoñería digna de nuestro infantilismo, para nosotros implica una alegría semejante a esa que experimentamos al imaginar historias que no encuentran límites, y que ofrecen la posibilidad de sentir que otra forma de habitar este mundo es posible.
[2] Aclaro que el contexto en el que se desarrollan las opiniones de Gallagher y Gaiman tiene varias diferencias con la polémica mexicana sobre la literatura realista vs. literatura de imaginación fantástica. En la literatura anglosajona la discusión se da en torno a la pertinencia de la literatura de ficción en un mundo donde la no ficción parece ganar la partida tanto en el ámbito comercial como en el de las políticas gubernamentales. El gobierno británico ha declarado el cierre de bibliotecas públicas como parte de su plan de austeridad, y aunque es obvio que en ellas se encuentran libros de uno y otro tipo, el golpe más duro será para la ficción: el hábitat de las historias, de los personajes, de los escenarios sin más ubicación que las letras que los crean, está ahí, en la hora del cuento, en el viernes del club de lectura, en el descubrimiento azaroso que hacen los lectores vagabundos entre los pasillos, cazadores de maravillas inventadas. La no ficción, como el registro de lo que sí ocurre en la experiencia material, tiene otros canales de preservación y difusión que quizá la hacen menos vulnerable en los tiempos que corren. Esto, desde luego, al margen de una discusión amplia que se ha sostenido por más tiempo y que confronta los valores intrínsecos de la ficción y la no ficción, a sus autores y temas centrales.
[3] “Beowulf: Los monstruos y los críticos”, en Los monstruos y los críticos y otros ensayos, J. R. R. Tolkien. Minotauro, 2002.
[4] La idea del compromiso de los creadores para con el cambio político y social no es ninguna obligación, y sin embargo, se entiende esa preocupación por que exista en hoy en México. Precisamente por no comprender las claves y los motivos que mueven a ciertas narraciones de corte fantástico, los críticos han pasado por alto la oposición a la violencia en el caso de Loba, de Verónica Murguía, y La Torre y el Jardín de Alberto Chimal. Desacostumbrados a considerar el vínculo perdido de los seres humanos con la naturaleza o la sexualidad como vehículo para hablar de otros temas, han hecho una crítica torpe, simplificando estos símbolos fantásticos y desatendiendo la verdadera construcción de significado que proponen sus autores.
[5] Jorge Luis Borges sobre la literatura fantástica (Resumen de Carlos A. Passos), Montevideo, El País, 2 de diciembre de 1949.
[6] Los lectores de literatura de imaginación fantástica echamos en falta un poco de aire limpio entre tanto humo de cigarro de personajes malditos, nos hacen falta más flujos de conciencia no necesariamente humanos. De animales, o de árboles estaría muy bien…
[7] ”The Critics, the Monsters and the Fantasists”, Wordsworth circle, 2007.
[9] Ubicada en Massachussets, esta pequeña editorial es propiedad de dos escritores de ficción especulativa muy populares en E.U., Kelly Link y Gavin Grant. Su catálogo posee a Kalpa Imperial de la argentina Angélica Gorodischer, traducida por Úrsula K. LeGuin.
[10] “Leer desde afuera” La Mano Oblicua, Milenio, 17 de septiembre de 2013.
En la entrada inicial de este blog comenté sobre la primera vez que crucé la línea fronteriza hacia los Estados Unidos. En aquella ocasión me dirigí caminando con un amigo a presenciar una lectura de poesía, en Chula Vista; Ráfagas de imágenes son las que llegan al recordar muchas de las veces que he cruzado “hacia el otro lado”: caminando, en auto o en motocicleta. En los dos últimos casos siempre como copiloto dado que soy uno de esos extraños casos que hoy por hoy —aún sin pena— dicen: no sé manejar.
Recuerdo una vez, hacer línea de tres horas y media como copiloto-conversacional. Esa vez no crucé, sólo acompañaba a una amiga que tenía que ir hacia su casa en San Diego y para que no se hiciera tan larga la espera, me subí con ella en su auto; entre las escenas de la charla y las escenas del mundo que es el trayecto a la línea, vimos y comentamos varios universos de personajes e historias entreveradas tan particulares, que el tiempo se redujo sorpresivamente a casi nada.
Recuerdo otra ocasión dentro de la camioneta de un amigo, en compañía de otra amiga poeta. Ya platicábamos, ya escribíamos, ya dormitábamos y el calor era tan fuerte que la espera de dos horas se sintió como de ocho: el horror.
Aún escucho el ladrido de los perros la vez que mostrando dientes y colmillos, se lanzaron a la ventana del auto donde iba sentada. Los guardias nos bajaron, revisaron, pero al no encontrar nada, nos dejaron continuar luego del canino susto. En fin. La línea. Esa “pinchi” línea.
En esta ocasión escribo pensando en las personas que cruzan a diario por necesidad. Para asistir a sus trabajos. A las escuelas. Las personas transfronterizas que a fuerza del cotidiano, aprenden a observar y asimilar los contrastes culturales, los contrastes del idioma, incluso los del paisaje inmediato.
Pienso también en sus formas de organizar el tiempo. Agendar. Diariamente pensar con tres o cuatro horas de anticipación la trayectoria de un día completo. Pensar en las posibilidades relativas de “tener suerte” o no, para evitar una larga espera en la fila o para cruzar a pie o en auto en cinco minutos, sin problema.
¿Cuáles y cuántos son los significados de cruzar una línea geográfica-política-cultural? ¿Para qué o por qué son importantes? Hablemos de fronteras.
INSPECCIÓN SECUNDARIA / SECONDARY INSPECTION
I
Hoy tampoco limpié mis zapatos.Dejaré el lodo de mis botas esparcido en los caminos divididos. Lodo aquí, lodo allá.
Ya llegó el gusano rojo con su sweetly tañer de campanas.Cuando voy dentro del Trolley me gusta leer repetidamentela palabra: Sand. Me gusta repasar las imágenes de cruce: Nacionalidades,colores de piel. Acentos sonoros de lenguas: Rasgos.¿A qué vas a San Diego?¿A qué dirección te diriges?¿Tienes otra identificación?¿A qué te dedicas?¿Dónde vives?La respuesta no está en el viento, querido Bob.La respuesta tiene que ser: shopping, shopping, shopping.Que no es igual a chopping, por ejemplo: “She chops wood for fire”.
El verbo entrar. El verbo salir. El verbo cortar.
O fragmentar.Una nube densa, un cúmulo —allá arriba— se encuadra tras la ventana mientras cruzo la estación Palomar Street.Es el momento justo cuando recuerdo la escritura onomatopéyicade un abrazo.Es el momento justo cuando veo las bardas invadidas de flores azules Quiebraplatos-Morning Glory: IpomoeaEs el momento justo cuando el bebé que lleva la señora en el asiento de enfrentecomienza a reír. Y todos los locos consumidos dentro del vagón despiertan.
II
Hierbas perennes pero Leaves of Grass:
Come, said my Soul, escribió Walt.Come, as you are, as you were, cantó Kurt.Where Dreams Come True, dijo el otro Walt.In the Realms of the Unreal, dibujó Henry Darger.
(Inspección secundaria)
¿Conoces mi país?¿Hablas español?¿Lees los periódicos?¿Crees todo lo que ves en la televisión?¿Cuánto cuesta vivir allá, aquí?¿Cuánto cuesta vivir en ningún lugar?¿Seguimos todos sordos y ciegos?¿Tienes miedo?¿Te gusta cuando los perros te olfatean?¿Todos tenemos miedo?En la novela “1984” George Orwell escribió:LA GUERRA ES LA PAZLA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUDLA IGNORANCIA ES LA FUERZA¿Sabes a qué se refería?
III
(She chops wood for fire)Cuando voy dentro del Trolley me gusta leer.Me gusta tocar repetidamente la palabra Sand. En español significa arena.
Detesto la vulgaridad del realismo en la literatura. Al que es capaz de llamar pala a una pala, deberían obligarlo a usar una. Es lo único para lo que sirve.
Oscar Wilde
Desde hace más de un siglo, en México ha existido una tendencia entre los protagonistas de las letras a preferir las obras catalogadas como realistas, es decir, aquellas en donde las mecánicas sociales e interpersonales de los personajes no violan ninguna ley de la lógica, sobre las fantásticas, entendiéndose estas últimas como aquellas que se permiten imaginar seres, situaciones y mundos más allá del simple devenir histórico o de la crónica del momento. Para ciertos grupos, en especial aquellos que combinan la literatura con el poder, la fantasía es una proscrita dentro de las letras, una prima incómoda a la que hay que relegar a los recintos más ocultos de la casa. Es la pariente loca a la que se le permite correr en los jardines, pero que se le encierra en el sótano durante las grandes celebraciones.
Aventurando una hipótesis, es muy probable que esta actitud de rechazo a la también llamada Literatura de la imaginación tenga su origen en la notable influencia que ejercieron las ideas francesas sobre la creación artística nacional a finales del siglo XIX y principios del XX. En específico, para la narrativa, fueron determinantes los postulados de la corriente conocida como Naturalismo, y promovida por el autor galo Émile Zolá (1840-1902). Dicho escritor afirmaba que la literatura debía tener como función el señalar los peores vicios y errores de la realidad social (la prostitución, la miseria, la explotación), y hacerlo con minuciosidad, registrando hasta el detalle más trivial, para que el lector, expuesto ante tales horrores, se movilizara para eliminarlos. Zolá, quien fue influenciado tanto por el positivismo de Auguste Comté (1798-1857), como por el cientificismo social de Hippolyte Taine (1828-1893), consideró que la novela también debía tener un propósito, y que, para ello, debía huir de los terrenos de la imaginación y la especulación. Como él mismo lo explica:
[…] El novelista experimentador es, pues, el que acepta los hechos probados, quien enseña, en el hombre y en la sociedad, el mecanismo de los fenómenos cuya única dueña es la ciencia y que sólo hace intervenir su sentimiento personal en los fenómenos cuyo determinismo no está todavía fijado, intentando controlar todo lo posible este sentimiento personal, esta idea a priori, por medio de la observación y la experiencia[1]
Este alejamiento voluntario de la imaginación tenía un motivo: generar una literatura didáctica, explicativa, pero sobre todo, “útil”:
[los novelistas experimentadores] Enseñamos el mecanismo de lo útil y lo de lo nocivo, desligamos el determinismo de los fenómenos humanos y sociales a fin de que un día se pueda dominar y dirigir estos fenómenos[2].
Esto le daba a la novela un peso, más que moral, moralizante. El escritor naturalista (o experimentador, como también los llamaba Zolá) se asumía como un instrumento para el mejoramiento social. En palabras del estudioso Justo Fernández López, de la Universität Innsbruck:
[…] El novelista no se debe limitar a observar (realismo), sino que tiene que mostrar los “mecanismos” de funcionamiento del corazón y de la inteligencia. Para ello debe hacer acopio de datos (“documentos humanos”), con rigor propio de la ciencia y con criterio “experimental”, para hacer ver que los hechos psíquicos están tan sujetos a leyes como los fenómenos físicos. La novela adquiere así valor social y científico. El naturalismo quiere mostrar la influencia del ambiente y de la herencia, así como de la fisiología, sobre la “bestia humana[3]”.
El naturalismo y sus ideas permearon en los grupos culturales mexicanos durante el periodo histórico conocido como Porfiriato (1876-1910), en el que las ideas positivistas de Comte era aplicadas a rajatabla en cada una de las decisiones de gobierno. De esa manera, algunos escritores notables de finales del siglo XIX —en papel destacado, mencionamos a Federico Gamboa, Rafael Delgado y en menor medida, a Manuel Payno—, se convirtieron en fieles militantes de esta corriente literaria.
Esta actitud utilitaria en las letras halló complemento perfecto con otra que ya desde los tiempos del presidente Benito Juárez García (1806-1873) estaba vigente: el uso de la literatura como legitimadora del poder a través de la transmisión de valores cívicos. Hasta 1850, México seguía siendo, en muchos aspectos, una nación informe, que ideológicamente fluctuaba entre el hispanismo de los conservadores y el americanismo de los liberales. Serían los integrantes del grupo político de Juárez, quienes se dieron cuenta del poder que tenía la literatura como instrumento de consolidación de su ideal de país. Ellos serían los que formarían los mitos en los que se apoyaría su naciente proyecto de nación para confrontarlos con los mitos de los que se valían los conservadores. Para ello, echarían mano, bien de la hiperbolización de personajes históricos reales (en la que les atribuían cualidades inexistentes y retocaban pasajes de sus vidas), bien de la invención pura. De esa época, por ejemplo, surgen las figuras de Cuauhtémoc —el último Tlatoani Tenochca, martirizado por los españoles y estoico en su martirio—, los Padres de la Patria —con Hidalgo, Morelos, Guerrero y otros exhibidos como imágenes sin mácula, llenos de valentía y altruismo—, y los Niños Héroes —ejemplo para la juventud de amor y sacrificio por México—.
Figura imprescindible para comprender este proceso es la de Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), escritor, periodista y militante liberal. Altamirano fue uno de los primeros en considerar que el escritor debía de ganarse la vida con su pura creación, sin depender ni de mecenazgos, ni de fortunas familiares. Para ello, promovió la creación de revistas literarias —que, para financiarse, funcionaban a través de suscripciones—, y en la formación de círculos y talleres literarios que ampliaran el número de lectores potenciales, ya que en su época, como en la nuestra, la lectura era afición de un pequeñísimo grupo.
Sin embargo, así como Altamirano intentó dignificar la labor del escritor —cuando se lo permitían las pugnas políticas, las guerras, las invasiones y otros distractores—, también consideraba que la literatura debía tener un fin moralizante. Para él, el escritor tenía el deber de exaltar los valores patrios entre sus lectores, tal como lo muestra en este exhorto que hace a los poetas jóvenes de su tiempo:
[…] Cuando un pueblo anonadado por la muerte de la servidumbre, duerme en el sepulcro, como lázaro, sólo la voz de la poesía patriótica es capaz de romper sus ligaduras y volverle a la vida; no hay que olvidarlo ¡oh, vosotros! Jóvenes que pudiendo arrojar una chispa que incendie el alma del pueblo, preferís apagarla contra el helado e ingrato corazón de una mujer indiferente que os olvidará bien pronto por el primer asno que se le presente aparejado con albarda de oro[4]
Altamirano puso el ejemplo a estos jóvenes no desde la poesía, sino desde la novela. Su obra narrativa está cargada de alegorías a la patria y de exaltaciones al corpus de valores republicanos. Especialmente en dos de sus obras, Clemencia y El Zarco, confronta a través de sus personajes a la sociedad criolla, conservadora, católica y realista contra el naciente sector mestizo y republicano, que para él sumaba as virtudes cívicas del liberalismo. Resulta remarcable que él, siendo indígena de raza pura al igual que Juárez, haya puesto sus esperanzas de progreso en los nacidos del mestizaje entre indios y españoles, ese grupo que, décadas después, José Vasconcelos bautizaría como “La raza cósmica”.
Durante una buena parte del siglo XX, la literatura “oficial” (es decir, la aceptada por consenso por los grupos literarios de influencia), ha fluctuado entre estas dos posturas: la de la utilidad documental, y la que sirve como vehículo a los mitos y conceptos del pacto social. En ambos casos, lo que se buscaba en realidad era que ayudara a legitimar el régimen del momento. Ante este fin tan pragmático, la literatura fantástica tenía poco margen de supervivencia a pesar de que algunos de los autores más importantes de la literatura nacional abrevaron en ella: ahí está, por ejemplo, Elena Garro con sus Recuerdos del Porvenir, pero también, con sus notables relatos, entre los que destaca Perfecto Luna; pasea por ahí Francisco Tario y sus relatos llenos de torceduras de la realidad y seres extravagantes; ahí está también Amparo Dávila con sus mundos sembrados de muerte y locura; y que decir de Carlos Fuentes con sus magníficos acercamientos al género en obras como Aura o la colección de cuentos Los días enmascarados. También se puede contar a José Emilio Pacheco con La Sangre de la Medusa y, por supuesto, no pueden faltar en esta lista los jaliscienses Juan José Arreola, de exuberante obra, y Juan Rulfo. No hay más que subrayar que la novela de este último, Pedro Páramo, obra cumbre de las letras nacionales es, propiamente, una ghost story ubicada en el medio rural.
Sin embargo, por mucho tiempo, los escritores dedicados exclusivamente a lo fantástico fueron considerados raros por la Nomenklatura literaria, y sus obras del género, simples divertimentos, ejercicios con los que hacían pluma para dedicarse a la literatura de a deveras, a la que -hasta hace muy poco-, ganaba premios y lograba ser publicada.
Estos escritores eran, en palabras del narrador Rodolfo JM, los Excéntricos:
Por alguna razón, en México la literatura fantástica ha sido históricamente cosa de excéntricos. Si bien, tal adjetivo designa algo que se sale de órbita, algo que rompe la norma, también, y por definición, indica desconfianza. Es lógico, en un país donde lo normal suele ser una literatura institucionalizada, aquellos que van a contracorriente son ignorados; y si resulta imposible ignorarlos, se les etiqueta de raros “he aquí un escritor excéntrico[5]
Ellos son, como lo indica la raíz de su nombre, los que están fuera del centro, aquellos que por decisión propia transitan en la periferia, expandiendo sus maneras de expresión, trabajando en sus temáticas sin freno ni yunta. Trabajan directamente con la maravilla. Su trabajo no puede utilizarse como instrumento de análisis social, ni como vehículo de legitimación de ningún régimen o ideología simplemente porque obedece a leyes propias. Los excéntricos son absolutamente militantes, pues su partido es la imaginación. Son capaces de percibir la realidad mejor que muchos de los autodenominados “realistas”; sin embargo, no se conforman con ella, sino que se ven impelidos a torcerla, modificarla, encontrarle alternativas, ¿Y por qué no? Mejorarla.
Quizá quien mejor definió este proceso fue Alejo Carpentier, quien en su ensayo De lo Real Maravilloso afirma:
Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro) de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de “estado limite”. Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco[6].
Así, con esa fe de la que habla Carpentier, las casas de citas se convierten en bestiarios fantásticos; el inmigrante deja de ir a los Estados Unidos y busca la riqueza en las minas de Marte y los ex soldados chicanos dejan de perseguir terroristas de Al Qaeda para hacerse expertos en capturar demonios lovecraftianos.
Para concluir, habrá que preguntarse acerca de la razón del reciente auge de este tipo de obras en las letras mexicanas. Se puede aventurar, que, en primer lugar, a pesar de que existen grupos de presión dentro de la literatura, muchas veces vinculados al poder político, económico o editorial, estos ya no cuentan con la fuerza que poseían antaño. Lejos quedaron los días del caudillo omnipresente y omnipotente que podía ejercer su poder de veto sobre alguna obra, tendencia, o autor. Figuras como Fernando Benítez u Octavio Paz han desaparecido, quedando en su lugar personajes cuya influencia no va más allá de algunas revistas o editoriales. El gran inquisidor, ese espantajo, a pesar de sus aspavientos, está relegado al museo de las antiguallas.
La siguiente causa se puede atribuir a que el panorama editorial en México se ha diversificado: ya pasaron las épocas en el que existían pocas alternativas de publicación. Actualmente se cuenta con una extensa variedad de editoriales independientes a los que los autores de literatura fantástica pueden acceder sin mucho problema si cuentan con la calidad literaria suficiente. Estas editoriales, además, muchas veces son más dinámicas que los grandes consorcios, siendo frecuentemente una opción más benéfica para el escritor novel que los paquidermos trasnacionales. Además, existe la opción de la publicación virtual, una alternativa económica y con proyección mundial. Por otro lado, los grandes consorcios editoriales se han dado cuenta de la rentabilidad de los mal llamados subgéneros -entre ellos, por supuesto, el de la literatura fantástica-, y han comenzado a incorporarlos a sus catálogos. Autores como Bernardo Fernández BEF y Francisco Haghenbeck son ejemplo puntual de escritores que han abrevado en el género “excéntrico”, y que son publicados por editoriales a nivel mundial.
Por último, aunque no menos importante, es muy probable que el auge de lo fantástico tenga que ver con el cambio en el perfil del lector promedio. Sumergido en el mundo digital, en los grandes medios de comunicación, surfeador experto en las aguas del Internet, el lector actual busca autores que le renueven la capacidad de asombro, que puedan competir con la gran oferta de entretenimiento al que tiene acceso: para alguien que ha visto en el manga robots gigantes y tortugas monstruosas; que ha presenciado la destrucción de Nueva York por lo menos una decena de ocasiones, que todos los días en el Internet tiene acceso a las noticias más extravagantes, un libro debe de presentarle un mundo renovado y rebosante de fantasía.
Por fortuna, y a pesar de las resistencias, el género de la “Literatura de la imaginación” o “Literatura fantástica”, goza hoy de cabal salud. Para constatar lo anterior, baste ver en los estantes de las librerías la nutrida obra de Alberto Chimal, BEF y Francisco Haghenbeck , pero también de otros fascinantes autores como Edgar Omar Avilés (Morelia, 1980), Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972), Rodolfo JM (Ciudad de México, 1974), Cecilia Eudave (Guadalajara, 1968), José Luis Zárate (Puebla, 1966), Gerardo H. Porcayo (Cuernavaca, 1966), Verónica Murguía (Ciudad de México, 1960), Yuri Herrera (Actopan, 1970) y Jaime Alfonso Sandoval (San Luis Potosí, 1972) entre muchos otros. También, quien algún tenga duda, puede leer las antologías que han aparecido en los últimos años, y entre las que destacan las de Editorial Almadía (Tierras insólitas, antologada por Luis Jorge Boone; Ciudad Fantasma, antologada por Vicente Quirarte y Bernardo Esquinca), y las de Editorial SM (El Abismo, antologada por Rodolfo JM; Así se acaba el mundo, antologada por Edilberto Aldán y Los Viajeros, antologada por BEF e inscrita en el terreno de la Ciencia Ficción).
Y así pues, enhorabuena por el arribo de Los Excéntricos.
Que prosperen y se multipliquen.
[1] ZOLÁ, Émile, El naturalismo, Ensayos, manifiestos y artículos polémicos sobre la estética naturalista, Barcelona,1989, Ediciones de Bolsillo. p. 93
[4] Ignacio Manuel Altamirano, citado en el prólogo del libro El Ocaso del Porfiriato, Antología histórica de la poesía en México (1901-1910). México, 2011, FCE y Fundación para las Letras Mexicanas. p. 26
[5] JM, Rodolfo. La venganza de los excéntricos. Revista Postdata, Mayo de 2010. p. 6
La segunda semana de la 55 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca trae las mejores cintas que se presentarán durante los próximos días. Algunas de estas cintas son ineludibles pues se trata de obras de grandes directores, o son de impecable manufactura o, simplemente, sus historias atraparán al público más ecléctico.
Piedad, del surcoreano Kim Ki-duk, es de una historia de violencia cruda y desgarradora que no se va a los extremos: ni al melodrama gratuito ni a lo sanguinario estilo hollywoodense. Es una historia estremecedora, extraordinariamente bien hecha, una imprescindible de esta Muestra.
Paraíso: Esperanza, última parte de la trilogía del director austriaco Ulrich Seidl después de Paraíso: Amor y Paraíso: Fe, y en la misma línea visual que ellas, cuenta la historia de Melanie, una adolescente obesa que es confinada en una clínica para bajar de peso y donde se enamora de un médico mucho mayor que ella.
Los insólitos peces gato, esta opera prima de la joven cineasta mexicana Claudia Sainte-Luce, ambientada en Guadalajara, es otra de las imprescindibles de esta Muestra pues es de un guión impecable que seduce al espectador, conmovedora, pero así como tiene dosis de dramatismo siempre hay un comentario que lo rompe.
La vida de Adèle, cinta ganadora en Cannes del director Abdellatif Keniche, se centra en el despertar sexual de Adèle, una adolescente de 15 años que para experimentar una relación lésbica termina con su novio pero, después de los altibajos con la chica del pelo azul, pareciera que el director quiere que vuelva al “buen camino”.
Liv & Ingmar, es un documental sobre la turbulenta relación de la actriz Liv Ullman (quien lo narra) con el célebre director sueco, Ingmar Bergman (Persona, Gritos y susurros, Fanny y Alexander). Aunque Ullman va narrando la historia por las distintas etapas que pasaron juntos (Amor, Soledad, Ruptura, Amistad…), el documental no deja de ser bastante cursi.
El rey del erotismo es el empresario Paul Raymond, un hombre que llegó a Londres con unas cuantas libras en el bolsillo y que con los años construyó un emporio en el Soho londinense con clubs de desnudos, revistas pornográficas e inmobiliarias. Como suele suceder en estos casos, pareciera que el éxito contrasta con las crisis familiares de las que Raymond no se salvará.
La Muestra casi llega a su final pero nos ha permitido ver filmes tan variados y disímbolos en géneros, producción y nacionalidades que vale la pena perseguir muchos de ellos cuando lleguen a nuestra ciudad.
El próximo número de diciembre de Letras Libres trata de “La infancia reinventada”, así como en la Revista Tierra Adentro publicamos un especial a la literatura infantil recientemente. En la Ciudad de México, el número 180 de Letras Libres se presentará en el Papalote Museo del Niño. Presentan Triunfo Arciniegas, Vivian Mansour, María Baranda, Fernando del Villar y Eduardo Huchín. Como maestra de ceremonia y cuentacuentos estará Valentina Barrios.
Centro de Realidad Virtual del Museo El Papalote
Av. Constituyentes 268 Col.Daniel Garza, 2da. Sección del Bosque.
28 de noviembre de 2013
17:00 – 19:00