Tierra Adentro
Stand de Israel // Stand de Conaculta. FIL 2013

A medio día aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara y ya estamos instalados en la zona de prensa de Conaculta en la FIL Guadalajara.


Autores
Diario La Prensa. México, enero 1967.

¿Recuerdan su primer deseo de tocar la nieve? Todavía es fecha que no decido si el deseo era mío o me lo ungió la maldita navidad Coca-Cola. Recuerdo la vez que por fin la pude sentir en mis manos, una vez que viajamos a Bariloche, en Argentina. La familia pasó una temporada larga en Buenos Aires y la ‘vacación de la vacación’ se hizo en esa pequeña ciudad de esquiadores a la que llaman “la Suiza de Sudamérica”, aunque yo creo que siempre es un poco idiota nombrar algo en comparación.

Como el gordo Santa cocacolense se había ensañado conmigo haciéndome terriblemente ignorante, yo no podía creerle a mi padre cuando me decía en el avión rumbo a nuestras nevadas vacaciones: “Acá la nieve llega en junio y en diciembre hace calor”. ¿Dónde se ha visto que la nieve falte en Navidad?, pregunté, como si en la ciudad donde crecí nevara cada año. En realidad, la única vez que nevó en la ciudad de México fue en enero de 1967, mucho antes de que yo naciera, presagiando no sé qué.

Entre otras cosas, el saldo de aquella nevada fueron miles atrapados al norte de la ciudad por el Río de los Remedios desbordado de agua helada y pequeños pedazos de caca, animales muertos y lodo, aunque en mi fumada y prepúber versión de la realidad, nada malo podía ocurrir: ese prístino elemento caía básicamente para que los niños jugaran a golpearse y a correr.

Traté de imaginar cómo se había visto el Palacio de Bellas Artes y el Zócalo cubiertos de nieve, con esos carros abombados como de contrabandistas de whisky. Qué maravilla. Para mí, la nieve era el epítome de la diversión pues jamás la había visto: peleas con bolas de un material blanquísimo y suave como el algodón, que se desmoronaba nada más tocar las ropas. Cuando llegamos a Bariloche rápidamente se fue desvaneciendo mi idea de lo que era la nieve: ¿me había percatado de que se trataba de a-g-u-a? Resbalosa, sucia, encharcada; nieve odiosa para los coches que no quieren derrapar, nieve profunda donde caminar un trecho de 10 metros es un pequeño logro. Pero sobre todo: nieve dura. Sí, espantosamente dura y dolorosa, como una pelota de béisbol con la que ningún adulto en sus cinco sentidos te deja jugar a golpear al otro, so riesgo de dejar al hermanito inconsciente en el piso. ¿Han intentado hacer un muñeco de nieve? Yo pensaba que se formaban dos bolitas y listo: es una tarea de ho-ras. Varias horas. Nadie quiso quedarse conmigo a hacerlo y por supuesto, nadie llevó una zanahoria para la nariz ni le quiso prestar un gorrito y una bufanda con el maldito frío que hacía.

No digo que nos la pasamos mal: fuimos a un lugar donde nos prestaron pequeños trineos de plástico y nos aventamos varias veces de una pendiente: divertidísimo. Lo malo era que para volver a aventarte había que volver a subir la pendiente con los pies pesados, hundiéndose a cada paso y cayendo unas quince veces antes de llegar arriba. Acabamos hechos una sopa, tiritando, pero conseguimos una de las mejores fotos de mi padre, un tipo regularmente serio, saludando divertido desde aquél trineo. Era como si alguna vez hubiera sido niño, algo imposible de imaginar para mí en aquella época.

Hace poco busqué la historia de la nevada en la ciudad de México y me sorprendí del dato: el periódico La Prensa reportó un titular muy triste, un saldo que yo no conocía: “Saldo del frío: Muchos muertos”. Cuando eres niño y has tenido sopita caliente (o chocolate como en Bariloche) para quitarte el frío, no se te ocurre que alguien pueda morir de frío.

A veces deseo ir a lugares con nieve, sí, pero siempre me recuerdo que el mundo es mucho más grande que un anuncio de Coca-Cola.


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.

Llegó a su fin la edición 55 de la Muestra Internacional de Cine aunque algunas de las siguientes películas pueden verse todavía en las sedes alternas de la Cineteca y pronto llegarán a provincia. A continuación las últimas que pudimos ver:

Las horas muertas, una cinta mexicana sobre un adolescente al que le encargan por unos días un motel en Veracruz y pronto se relaciona con una de las clientas a la que su amante constantemente deja plantada. De un ritmo lento pero con instantes chispeantes que la hacen ligera y soportable hasta el final.

Berberian sound studio, una inmersión en el mundo del cine, a sus intríngulis de sonido y edición en los años setenta protagonizada por un gran actor que no ha tenido el reconocimiento que debería: Toby Jones, quien ha hecho una espléndida película sobre Capote (opacada por la que a su vez hizo Philip Seymour Hoffman) y recientemente una sobre Alfred Hitchcock (que opacó la protagonizada por Anthony Hopkins).

Perros perdidos, una estremecedora cinta taiwanesa sobre una familia que vive al día, el padre trabajando en trabajos temporales y los hijos comiendo la comida gratuita de los supermercados. Con escenas desconcertantes, de largos planos y silencios prolongados el espectador no quedará indiferente a la tragedia diaria de esta familia.

¡Somos lo mejor!, una maravillosa cinta del director sueco Lukas Moodysson sobre la amistad, las diferencias y los primeros amores de tres adolescentes que en los no tan lejanos años ochenta forman su propia banda de punk. Sin duda, la mejor de toda la Muestra. Imperdible.

Los perversos, es una cinta francesa en la que la vida de un hombre de puerto se ve trastocada cuando su hermana se enfrenta a una serie de problemas y él tiene que ir en su auxilio, el drama dará paso a la tragedia y las cosas no terminarán bien.

Club sándwich, la nueva cinta de Fernando Eimbke presenta a una madre y su hijo adolescente quienes se van a pasar las vacaciones a un hotel donde él se enamorará de otra chica. También de un ritmo lento, sin embargo, el espectador agradece que no dure más de lo que debe durar pues el director corta en el momento adecuado y no se extiende para regodearse en sus pocos pero afortunados aciertos.

¡Hasta la próxima Muestra!

 


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Novedades de la Editorial Piedracuervo.

Comprender alguna cosa, es comprender la estructura de la cual es una parte

y/o los elementos que forman la estructura aquella que es alguna cosa.

Un libro consiste en diversos elementos, uno de los cuales puede ser un texto.

Un texto que es parte de un libro no es necesariamente la parte más esencial

o importante de este libro.

Ulises Carrión

Visible es en una parte de esta ciudad –propiamente la que corresponde a una sección del sector cultural– acotando más aún: el sector literario; visible es la vigorosa participación de editoriales independientes que han surgido aproximadamente desde hace tres años a hoy.  ¿Para qué hacer libros?
Hacer libros refiere entre muchas intenciones a la necesidad de materializar ideas. Yo misma, como editora, luego de trabajar durante años formando libros y revistas para instituciones, allá por el año 2004, bajo el nombre de Ediciones de La Esquina, opté por corregir los textos de un par de jóvenes escritores, diseñar y formar tres libros –incluido uno mío– y luego entre todos pagar la impresión y publicarlos sólo por el mero gusto y deseo de verlos impresos. He de decir que por lo menos a dos de esos libros les fue muy bien. ¿Qué con todo esto?

Considero felizmente importante el hecho de que la nueva generación, aún bajo la consigna de vivir relacionada estrechamente con los medios virtuales de la tecnología, se detenga a participar activamente creando editoriales que sitúen en primer lugar el libro. Ya como objeto, ya como texto. El libro como conductor. El libro como plataforma en constante cambio y movimiento. El libro como receptáculo materializado de palabras, sonidos y silencios.

Recientemente en una de las actividades literarias de Tijuana fue relevante el espacio-tiempo dedicado a las distintas propuestas editoriales de la región. Proyectos tales como Grafógrafo Ediciones, Kodama Cartonera, Ojo de Pez, Editorial Piedra Cuervo, entre otros. Cada uno con su particular estilo. Cada uno atendiendo a las diferentes necesidades de los lectores y lectoras.

Comentaré uno a uno, observando sus diferencias, contrastes y afinidades. En esta ocasión, pregunté a Gidi Loza y Sergio Brown –responsables de Editorial Piedra Cuervo, asentado en Rosarito– sobre sus opiniones y objetivos respecto a la maravillosa aventura que significa hacer libros. He aquí sus respuestas:

¿Cuál es el motor inicial para montar una editorial independiente?

La necesidad de publicar el trabajo propio así como el de amigxs escritorxs; trabajo que ya está escrito (en la mayor de las ocasiones) y sólo necesita de un medio de salida, es decir, darle el formato de libro y que se materialice, virtualice o produzca.

¿Qué aporte tiene para el mundo editorial la artesanía de un libro?

Creo que es uno: dar existencia material a una idea que es inmaterial. Lo artesanal nos salva de las grandes editoriales, en las cuales es imposible publicar algo. Lo artesanal nos da existencia como creadores, le da existencia a nuestras ideas, nos permite reconocernos como seres creativos a través de nuestro trabajo, de nuestros procesos. Lo artesanal es horizontal. El mundo editorial es vertical. Los dos mundos son válidos. Lo artesanal es inclusivo.

¿Qué opinas del libro como objeto orgánico: extensión del cuerpo?

Creo que la escritura, así como el libro (fabricado desde lo artesanal) es una extensión corporal, es el cuerpo quien primero lo escribe y después lo fabrica.

¿Cuáles son los objetivos primordiales en el proyecto de Editorial Piedracuervo?

Los objetivos son hacer libros en sus versiones impresa y electrónica, y la creación de videos con base en los libros.

¿Cómo observas la transición de los libros en papel a los libros virtuales?

Los libros virtuales o electrónicos me parecen un soporte sumamente necesario e importante en este momento, pueda leerse gratuitamente o comprarse, creo que amplía el espectro de alcance de una obra. Debería existir una o varias bibliotecas virtuales gratuitas para poder acceder en cualquier momento a cualquier libro, de cualquier parte del mundo, en su versión electrónica, sería fabuloso. Existen algunas cuantas bibliotecas de este tipo pero al final de cuentas su contenido resulta limitado.

¿Cuáles son tus preocupaciones como editora?

Hacer libros de calidad, es decir, libros cuyos procesos sean cuidados minuciosa y detalladamente: desde el diseño editorial, la corrección de estilo, corrección ortográfica, impresión y fabricación del libro. En ese sentido buscar una cuasiperfección, la cual es de antemano, imposible porque son libros hechos a mano. Eso abre la posibilidad al error que siempre está ahí y al cambio, en ese sentido los libros son todos diferentes.

¿Cuál es tu interés principal respecto a tus índices y autores?

Mi interés principal es ser un médium entre los autores y sus libros. Nosotros solamente somos intermediarios; es decir, confiamos en el autor, en su trabajo, en su calidad creativa y artística, y nos encargamos de materializar libros maravillosos que estaban ahí guardados.

¿Cuánto tiempo crees que puede tener de vida un proyecto editorial independiente?

Creo que eso depende de la energía que depositen en el proyecto.

¿Desde cuándo comenzó a generarse la idea de este proyecto?

La idea de la editorial tenía años en gestación, pero fue hasta noviembre de 2012 que decidimos hacer la editorial formalmente.

¿Cómo y porqué pensaste principalmente en libros?

Como creadores, teníamos varios libros-proyectos acumulándose en nuestras mentes y computadoras. Sin compartirse. Sin salir. Ese fue el incentivo: sacar, compartir, expandir, salir.

¿Cuáles son tus expectativas para la editorial?

Nuestra expectativa es seguir con lo que hacemos: libros y películas.

¿Alguna idea particular en relación al contexto editorial regional?

Sí, creo que los escritores deberían de plantearse nuevos retos que tengan que ver con la fabricación de sus propios libros. Creo que daría una idea más completa y compleja de la labor de la escritura y ampliaría las posibilidades materiales de los libros.


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.
Nocturnos. Isidro R. Esquivel

Apenas me había sentado a ver la tele cuando tocaron de nuevo a la puerta. Era la sexta vez ese día: un vendedor de enciclopedias, dos de recipientes de plástico para la comida, uno de pan y una testigo de Jehová, habían sido responsables de las cinco anteriores.

Pensé en ignorar el timbre, pero sonó de nuevo, con más urgencia, y temí que se tratara, por fin, de la noticia que esperaba desde hacía años (que una abuela millonaria apareciera de la nada, sólo para morir y heredarme su fortuna).

Me levanté del sillón, caminé a la puerta y por quinta vez en el día lamenté no tener una cámara de circuito cerrado, o por lo menos un visillo. Abrí para encontrarme con una desilusión: no había telegrama, ni mensajero, ni abogado de importante firma internacional. En cambio, había un tipo de aspecto insignificante, con un portafolios en la mano. Otro vendedor.

Iba a cerrarle la puerta pero no me dio tiempo: como buen vendedor metió el pie entre la puerta y el vano de la misma. Sonrió, triunfante. Me resigné. Lo dejé entrar.

—Tengo una oferta que no podrá rechazar —dijo, exactamente con las mismas palabras y en el mismo tono que mis cinco visitantes anteriores.

No le creí, por supuesto. Se dio cuenta.

—Permítame demostrárselo —insistió.

Suspiré y le señalé la sala. La rutina se la saben ellos de memoria, pero de tanto que la repiten, también nosotros, los tentativos clientes, la conocemos: pasan a la sala, sacan algo del portafolios, hablan sin parar de lo maravilloso que es el producto en cuestión y en el primer momento en que se detienen para respirar les decimos que no nos interesa. Lo saben, por eso es que intentan decir tanto como se pueda antes de esa infausta pausa. Y es por ese intento de no callar que tantos vendedores han muerto asfixiados antes de concretar una venta. Riesgos de la profesión, supongo.

Mi visitante, pues, se sentó y puso el portafolios sobre sus rodillas. Me senté enfrente de él. Me miró. Lo miré. Me di cuenta de que estaba nervioso: le temblaban las piernas y le castañeaban los dientes. Supuse que era nuevo en el negocio, así que decidí ayudarle.

—Aquí es donde abre el portafolios y me enseña la mercancía —le acoté.

Me miró con preocupación.

—Sí, lo sé… Digo, gracias, pero sí sé… lo que pasa es que…

 

Ya dije que ese día era la sexta visita; pero creo que es importante añadir que esas visitas se acumulaban a las doce del día anterior, las cuatro del fin de semana, y las diez, en promedio, de cada día de los doce años precedentes (desde que me mudé a este edificio). Esto lo digo para acreditarme: soy un cliente con experiencia, si bien casi nunca compro lo que me vienen a ofrecer. Así que, con toda naturalidad, seguí ayudándole.

—¿Vende algo embarazoso? ¡No se preocupe, hombre! ¿Qué es? ¿Condones de colores? ¿Pruebas de embarazo? ¿Pastillas para adelgazar? ¿Alguna pomada milagrosa?

A todo lo que decía, mi visitante decía que no con la cabeza. Comencé a intrigarme.

—¿Revistas de cienciología? ¿Drogas de diseño? ¿Órganos para transplante?

Más negativas.

—¿Cadáveres para experimentos? ¿Diarios de exnazis encubiertos por gobiernos sudamericanos?

A todo me decía que no. Mi imaginación tiene un límite, así que me di por vencido.

—Bueno, si no me dice creo que nunca podremos hacer negocios —casi le grité, ya exasperado.

Eso lo hizo decidirse a hablar. Carraspeó para aclararse la garganta, se secó el sudor de la frente con un pañuelito que traía en la bolsa del saco y suspiró antes de comenzar.

—Bueno… —comenzó, titubeante.

Ya para este momento yo habría pagado lo que fuera, no por comprar su producto, sino por enterarme de qué podía ser. Le urgí a que continuara.

—Vendo almas.

Lo dijo rápido y tan quedito que pensé que no lo había entendido.

—¿Qué?

—Que vendo almas —insistió, con más seguridad.

—¿Por qué? —fue lo único que se me ocurrió preguntar.

—Pues porque tenemos muchas.

—¿Tenemos? ¿Quiénes?

El vendedor bajó su portafolios al piso y lanzó un suspiro capaz de romper corazones.

—¿Es que no se ha dado cuenta? —imploró, mostrándome sus pies.

La verdad es que no me había percatado. Nunca me fijo en esos detalles: los zapatos, el peinado. ¿Cómo quería que notara que, en vez de zapatos, tenía un par de pezuñas?

De acuerdo, la cola puntiaguda era un poco más llamativa, pero yo estaba tan ocupado tratando de adivinar… Me hizo una seña de que mi descuido no tenía importancia y me explicó, ya más tranquilo, que era un representante de la empresa multinivel Jelco (se pronuncia jelco), que se dedicaba a la venta de almas.

—Antes se llamaba Infierno y nos dedicábamos a comprarlas. Pero algo pasó con la oferta y la demanda, ¿sabe? De pronto teníamos miles, millones de almas almacenadas –perdone la redundancia– y nos dimos cuenta de que nuestras ganancias no habían… digamos… aumentado… bueno… que comprar almas no es buen negocio.

Asentí con la cabeza.

—Entonces hicimos una junta… bueno, empezó como un mitin… nos rebelamos contra la mesa directiva y decidimos volvernos una especie de cooperativa… lo primero es que tenemos que vender las almas, ¿sabe? Para recuperar la liquidez y poder invertir en otros mercados…

Volví a asentir con la cabeza. La verdad es que tenía un par de minutos sin hacerle caso: más bien me estaba dedicando a contar el número de veces que repetía eso de ‘¿sabe?’. Cuando perdí la cuenta, lo interrumpí:

—Si a ustedes no les sirven las almas, ¿yo para qué podría quererlas?

El vendedor volvió a secarse el sudor de la frente. Abrió, ahora sí, su portafolios, y me mostró unas láminas con dibujos en el estilo de el Greco. La primera ilustración mostraba a un anciano vestido de médico junto a la cama de un moribundo.

—A nosotros no nos sirven porque en Jelco no hacen nada útil, ¿sabe? Pero creemos firmemente que pueden tener muchísimas aplicaciones. Por ejemplo, vea ésta: como sirvientes y mayordomos. ¿Se imagina tener al doctor Fausto como médico de cabecera, sin costo alguno, y sin importar la hora de la emergencia?

Miré la segunda lámina: había una hermosa mujer bailando frente a un grupo de oficinistas.

—Sus fiestas serán el acontecimiento social de la temporada si cuenta con Mata Hari como… este… animadora, ¿sabe?

—No sabía que Mata Hari vendió su alma al diablo —confesé.

—¡Uff! Le sorprendería saber cuántas y cuáles son las almas que tenemos en stock —respondió, más seguro de sí, al darse cuenta de que tenía toda mi atención. Cambió el dibujo para mostrarme otro, donde había un hombre recitándole a una dama a punto de desmayarse de emoción.

—¿Qué le parecería tener de maestro de declamación a Paco Stanley?

—¿Quién era Paco Stanley? —le pregunté. Me sonaba vagamente familiar el nombre, pero hasta ahí. Negó con la cabeza, como si el dato no importara. Supongo que en verdad no importaba.

Le dije que me interesaban, sobre todo, las almas utilizables en fiestas y reuniones sociales. Le dio gusto:

—Precisamente ahorita tenemos una promoción. Compra usted diez almas y le regalamos el libro Mil y un usos de almas para fiestas y reuniones sociales.

Me enseñó el libro: traía datos curiosos, recetas sencillas, métodos para entrenar almas como meseras, bartenders y encargadas de guardarropa; y hasta la forma de convertirlas en globos de figuritas en caso de fiestas infantiles.

—Y si compra hoy mismo este paquete, le damos como regalo extra un alma célebre a su elección: Marilyn Monroe, María Félix, Elvis Presley, Michael Jackson… Una vez que firman el contrato disponemos de las almas en el momento en que sea necesario… Nada más que la de Michael es tiempo compartido, porque es de las más solicitadas…

Para no hacerla demasiado larga, diré que compré dos paquetes para fiesta, un kit de oficina y el especial de casa y jardín. No acepté suscribirme ‘por una módica suma’ para ser parte de Jelco multinivel: no confío en las empresas-pirámides.

La verdad es que las almas, ya desembaladas, no son tan impresionantes como en los grabados; pero no están nada mal. Sobre todo porque con ayuda del libro Tips místicos de casa y jardín pude entrenar como mayordomo a los despojos espirituales de cierto excampeón mundial de lucha libre. No come, no duerme, no se queja y, sobre todo, abre la puerta cada vez que suena el timbre, por lo que hace meses que no tengo que enfrentarme a los vendedores de puerta en puerta.

Es una lástima que, para pagar lo que compré, tuve que empeñarle al vendedor mi propia alma a noventa y nueve años. Pero quizá para cuando se cumpla el plazo la compañía haya quedado en bancarrota, las almas se hayan sindicalizado, o me den una prórroga a cambio del alma de mis hijos y nietos. Ya veremos.


Autores
(Distrito Federal, 1976) es escritora, guionista, profesora y promotora cultural. Obtuvo el Premio de Literatura Juvenil Gran Angular (2012) y en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo por su participación en el programa Diálogos en confianza de OnceTV. Es autora de las novelas Ojos llenos de sombra (SM/CONACULTA, 2012) y Lejos de casa (El Arca Editorial, 2013). Tiene una columna semanal sobre literatura infantil y juvenil, "País de maravillas", en La Jornada Aguascalientes.

Un hombre de tez oscura vaga por el centro de Bruselas, por los alrededores de la estación de trenes de Louiza. Se le ve desorientado y un poco bebido. Gesticula y parece que canta. La gente se le queda mirando con extrañeza. Algunos lo reconocen, incluso los oficiales de policía que lo abordan y le preguntan si se encuentran bien. El larguirucho y desgarbado joven responde que no hay problema. Los uniformados no saben que están apareciendo en el video de “Formidable”, el sencillo de Stromae que se está filmando con cámara escondida. La canción tiene una amarga letra sobre las relaciones de pareja y la vida familiar.

No puede resultar un desconocido para los que circulan por el corazón de la capital belga cuando en el 2010 su canción “Alors on danse” se convirtió en el tema francófono que más sonó en el mundo y fue número 1 en Francia, Grecia, Alemania, Austria, Suiza, Italia, Dinamarca, Holanda y en el Billboard European Hot 100. Lo suyo es una combinación de house y otros ritmos de música bailable a los que ha llevado al ámbito del hip hop de contenido social, pues en la medida que ha desarrollado una carrera de largo aliento —pues arrancó hace más de una década- le ha dotado de un discurso reflexivo y de inconformidad intelectual.

De padre ruandés y madre belga,  mostró un talento precoz para la música y se matriculó a los 11 años en la Académie Musicale de Jette. Toca varios instrumentos y estudió historia de la música. Inició rapeando bajo el apelativo de Opmaestro pero luego recurrió a un juego lingüístico al que en francés llaman verlan y que cambia sílabas. Así surgió Stromae; en un comienzo como parte del grupo Suspicion, junto a J.E.D.I., quien tras editar “Faut k’t’arrêtes le rap” se marchó. En 2005, Stromae tenía apenas 18 años.

Regresó en 2007 con un Ep en el que se apegaba a las herramientas fundamentales del rap: “Juste un cerveau, un flow, un fond et un mic…”. Luego vinieron los temas “Minimalistyle”, “C’est Stromae” y “Up saw liz”. En aquel Ep invierte los ahorros de sus trabajos ocasionales, ya que no eran suficientes para pagarse el Instituto de Cinematografía.

Paul Van Haver —el hombre detrás de Stromae— no dejó de presentarse en directo y preparar el terreno para la llegada de su primer largo. Cheese (2010) se convirtió en un suceso para las masas. “Alors On Danse” y “Te Quiero” probaban que a la electrónica barata de baile le sentaban bien los textos tan pesimistas de parte de un tipo que sabía de los esfuerzos de la clase trabajadora.

Esto mismo permea en Racine Carrée (Raíz cuadrada) un alud de palabras acerca del mundo real desde la perspectiva de alguien que posee cultura y educación. Podría decirse que su propuesta es como si el inglés de Ghosthpoet acompañara sus historias con fondos musicales sacados del concurso televisivo Eurovisión. Allí tenemos “Papaoutai” para ejemplificarlo; una vez más una variante light de house se utiliza para narrar el recuerdo de su padre, quien fuera desaparecido durante el genocidio de Ruanda cuando el artista era todavía un niño.

Inicia con un anhelo infantil y comprensible: Dime de dónde vino y así sabré al fin a dónde ir. Mamá dice que cuando buscamos bien terminamos por hallar lo que queremos, pero luego —y ya desde un posición adulta y algo amargada- cambia de perspectiva:  ¿Seremos odiados? ¿Seremos admirados? Progenitores o genios, díganos ¿quién da vida a los irresponsables?.

Racine Carrée (Island-Universal, 2013) no se queda en lo ya conocido; es la primera vez que alude a la tradición musical africana. Rinde un más que merecido homenaje a La diva descalza, “Ave Cesaria” es una especie de morna electrónica, una actualización de ese estilo de Cabo Verde al que hiciera famoso la Evora.

Pero eso no es todo, en “Tous les memes” se acerca a los sonidos afroantillanos a través de unos metales que suenan absolutamente salseros, para saltar en “Carmen” a parafrasear a la famosa ópera que lleva ese nombre. Stromae sabe ser ecléctico de una manera que no suena forzada. De otra forma no se entendería “Humaín a l´eau”, en la que se acerca al kuduro de los Buraka Som Systema.

Otro dato importante para los belgas es que comparte una peculiaridad con su mayor ídolo musical. Al momento de pronunciar la “r”, la saca desde el fondo de la garganta del mismo modo que lo hacía Jacques Brel. Además, ambos comparten la búsqueda de melodías memorables. Uno desde la chanson tradicional y el otro mezclando expresiones diversas.

Stromae ha dado cuenta de un manejo verbal notable, puede ser tierno pero también mordaz e irónico; deja muy atrás las crítica que lo quieren hacer pasar por un poeta hipster. El hombre sabe cómo manejar temas tan actuales como el cáncer, eje central de “Quand c’est”. Sus ritmos son festivos, pero los asuntos trágicos.

Nacido un 12 de marzo de 1985 y sabiendo de que se trata trabajar en un restaurante de comida rápida y otros tantos empleos de poca monta, no se deja marear por la fama e insiste en narrar los abismos de crecer sin una familia normal o bien la manera en que una ruptura amorosa puede desmoronar a un hombre. Sus canciones hacen que no dejemos de bailar mientras lloramos.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Vista de Cancún desde el mar. Fotografía de Eugenia Montalván.

Mérida, 27 de noviembre de 2013. Tengo frente a mí a un viejo lobo de mar: Juan José Morales. Presume que alguna vez se cambió de un barco a otro en altamar, aunque todavía no se explica cómo fue capaz de hacerlo: ¡las olas lo pudieron haber devorado en cuestión de segundos! Él se arriesgó, y aun ahora, con la mesura de la edad emprende aventuras peligrosas, como por ejemplo publicar Divinos negocios (Gaceta del pensamiento. Cuaderno 5. Chetumal, Quintana Roo) para denunciar, principalmente, el enriquecimiento desmedido y turbio de algunos miembros de la iglesia católica mexicana, empezando por los Legionarios de Cristo, un tema en el que se ha abundado profusamente pero más en el D.F., no tanto en la provincia. Juan José Morales, sin embargo, no es el único yucateco avezado en la materia. Como él, Hernán Menéndez Rodríguez, Iván Franco, Enrique Montalvo y Othón Baños han contribuido a que conozcamos ese perfil de la jerarquía eclesiástica en diferentes periodos históricos. Se lo comento a Juan José Morales y le gusta la idea de no ser el único nadando en estas aguas, y hay otros autores, claro, pero le menciono a los que recuerdo.

Al publicar Divinos negocios, Juan José Morales se propuso sorprender a sus lectores, y lo logró. Era justo y necesario para él lanzar esta crítica de manera concisa, y en 56 páginas documenta casos concretos que seguro devastarían a cualquier católico sensible, aunque solo Dios sabe si en verdad alguien es capaz de desertar de la feligresía por leerlo. Lo bueno –ante cualquier daño colateral– es que Juan José goza de un prestigio sólido porque ya obtuvo el Premio Latinoamericano a la Popularización de la Ciencia y la Tecnología y sus libros sobre temas científicos y medioambientales se venden como pan caliente: es uno de los autores consagrados de la colección Biblioteca Básica de Yucatán de la Secretaría de Educación del Estado. La península que surgió del mar se agotó en seguida la primera edición de 10 mil ejemplares; apareció muy pronto un sobre tiro de 5 mil, y está por gastarse (como dicen aquí). Además, es autor de muchos artículos publicados en aquella famosa revista Contenido; hoy es columnista de Por Esto! (doble edición: Campeche y Quintana Roo) y acaba de dar a conocer el libro Mundos paralelos y otros cuentos (El Instituto de Cultura de Yucatán lo tenía en el congelador. La edición es de 2011). A mí me llegó de sus manos, claro, para ir abrevando de él en lo que nos conocíamos personalmente. La verdad es que nos hemos ido haciendo amigos muy rápido. Los dos primeros cuentos que leí: Asesinato en el laboratorio y Mundos paralelos tienen moraleja. Son rigurosos y, por lo tanto, deberían ser dirigidos hacia el público infantil con bellas ilustraciones para hacerles ver a los niños lo invisible, por decirlo en pocas palabras y aludiendo a las fórmulas de laboratorio de las que nos cuenta detalles el autor.

Bueno, ya saben la clase de “bicho” que es este hombre porteño, de Progreso, Yucatán.

La cita para platicar es en mi casa y, curiosamente, un poquito después de él alguien más tocó la puerta.

Apenas abrí, un señor joven me extendió la mano con un catálogo de medallas/llaveros de San Judas Tadeo bendecidos por el cura de “San José de la Montaña”, una iglesia cercana a este barrio llamado La Ermita: “Ahora o nunca”, pensé. Me ofrecieron talismanes benditos para el amor, la salud, etcétera, etcétera, con un 50% de descuento (¡acababa de pasar el Buen Fin!). Escuché paciente. Juan José, mientras tanto, se enfurecía poco a poco. Entonces, cuando cierro la puerta sin haber comprado nada, sentencia: “Yo por eso puse en mi casa un letrerito que decía: En esta casa se practica el culto a Satanás. No se admite propaganda de sectas celestiales. El cartelito lo hice inspirado en el que dice: Este hogar es católico. No se admite propaganda de sectas protestantes: un toque de humor a mi negativa ante la intromisión y falta de respeto para hacerle cambiar de religión a la gente o para que adopte una si es que no tiene”.

Su reacción me trajo a la mente el librito que mencioné al principio de esta nota, pero en ese instante no recordé el título, por eso le pregunté: ¿Las transas de la Iglesia o cómo se llama?

Divinos negocios, y es importante señalar que no lo escribí porque sea ateo o enemigo de la iglesia católica. Soy enemigo de que la religión se use para hacer negocios, sacarle dinero a la gente y explotarla, especialmente una institución como la iglesia católica que pregona la pobreza y cuyos sacerdotes viven en la opulencia (bueno, no todos), pero el caso más notorio es el de los Legionarios de Cristo, una verdadera transnacional de la religión, con inversiones de todo tipo.

Si califico a Juan José Morales como un bicho raro es porque desde muy joven se dedicó a la ciencia, y en segundo lugar porque siempre ha mantenido una actitud ideológica y política fuente, también siendo funcionario público; en alguna etapa de su vida fue el director de la Casa de la Cultura de Cancún. Aparte, él acepta ser un bicho raro por ser ateo en una sociedad muy conservadora y religiosa, como la yucateca, a la que tacha de hipócrita.

¿Por qué lo dices?

Porque no practican lo que predican. Se ve. Es evidente. Hay una enorme cantidad de gente que dice, por ejemplo, que no hay que engañar o abusar del prójimo, y he sabido de casos concretos de gente que pertenece al Movimiento Familiar Cristiano que luchan contra el aborto, y sin embargo, han hecho abortar a mujeres de su familia. Es más, conozco un caso dramático de una chica a la que le hicieron cesárea para abortar. Son esas cosas que no puedes probar, y por eso no menciono nombres, pero sé quién fue.

¿Podrías aclarar por qué la hicieron abortar?

Para evitar un escándalo en la familia, y por eso, en otros casos, las hacen casarse con alguien que esté dispuesto a darle el apellido al hijo de otro. Ya sabes cómo se las gastan los  personajes de la sociedad, alta, mediana o baja sociedad.

¿Cómo definirías tu misión en la vida?

Un intento por lograr que la gente sea racional y pensante para que pueda tomar sus propias decisiones, hacer sus propios juicios de valor y llegar a sus propias conclusiones. Yo no trato de imponerle a nadie determinada línea de pensamiento o conducta. Trato de aportarle a la gente toda la información posible para que la analice, la examine, la organice y llegue a sus propias conclusiones. Si alguien decide a partir de esta información irse de monje al Tíbet, es su decisión, pero sobre todo yo trato de combatir la ignorancia, la superchería, la superstición, la charlatanería, de lo cual estamos saturados. Yo incluso le agradezco mucho a los charlatanes que me proporcionen abundante materia prima para mis artículos. Son inagotables los temas sobre seudociencias, seudomedicinas, seudoterapias.

¿Cuál caso extremo de charlatanería te viene a la mente ahora?

No tanto como caso extremo, sino generalizado aunque sé que esta opinión me va a acarrear una catarata de ataques e insultos: la homeopatía. ¡No tiene el menor sustento científico! Nació a partir de ideas totalmente equivocadas en una época en la que fue aceptada por representar una especie de alivio a la medicina de esos tiempos que usaba sangrías, vomitivos, purgantes y otros tratamientos que se llamaban heroicos.

¿Qué época?

Principios del siglo XIX, cundo no se conocía la causa de las enfermedades. Todavía prevalecían las teorías de Galeno sobre los humores, y entonces se aplicaban una serie de métodos bárbaros. Surge un señor llamado (Samuel) Hahnnemann que ofrece curar todo con pildoritas de azúcar, bueno, no exactamente pildoritas de azúcar, pero en el fondo eso son sus remedios. Una cosa curiosa que mucha gente no sabe es que si tú lanzas un medicamento “X” al mercado tienes que someterlo a pruebas clínicas y de laboratorio para demostrar su eficacia, en cambio los remedios homeopáticos deben demostrar que contienen las sustancias que dice la fórmula, pero no están obligados a probar que efectivamente curan o alivian la enfermedad. Simplemente piensa en una cosa: en doscientos años que tiene la homeopatía no ha hecho una sola aportación a la medicina: todo lo que hay, cualquier medicamento, procedimiento o método curativo lo desarrolló la medicina científica, no la homeopatía.

¿Para ser homeópata se estudia?

Esa es otra historia, hay países donde la homeopatía no se considera medicina. A México llegó a fines del siglo XIX, obviamente hubo mucha resistencia por parte de los médicos, pero se abrió una escuela y después una escuela libre. La UNAM se negó a abrirla porque no tiene base científica, pero un Secretario de Educación los mandó al Politécnico, y así fue como se estableció la carrera de homeopatía.

¡Cuánta gente hay que se cura con homeopatía!

Si tú crees que te vas a curar, ¡te curas! ¿Pero la homeopatía desaparece un tumor cancerígeno? No. No controla la diabetes, y si eres hipertenso, no te bajan la presión arterial. Todo el apoyo a la homeopatía son testimonios, no pruebas clínicas. Por una infección, ¡ni de loco vas al homeópata! Esa es una de mis batallas, de mis metas en la vida: abrirle los ojos a la gente en cuanto a las llamadas medicinas alternativas o tradicionales como también se les llama; en algunos casos su mérito son miles de años, pero la gente no se pone a pensar que hace miles de años, cuando se usaban esas medicinas, el promedio de vida era de 25 años, y ahora es de 75, gracias a la medicina moderna. ¿Ves porqué soy bicho raro?

Juan José se asume marxista; desde esta filosofía disecciona el mundo en el que vivimos. No le da mucha importancia al tema dinero, pero sí le gusta hablar de que alguna vez ganó un premio de $10 mil pesos, y de hecho esta suma fue el detonante para lanzarse a la “ficción científica”, como él llama a la ciencia ficción, que últimamente le ha valido muchos elogios entre la comunidad cultural de su querido Cancún, donde hace unas semanas presentó Mundos paralelos.

Reconoce, entonces, que aparte de la satisfacción de ser leído, siempre viene bien un dinerito extra para darse ciertos lujos. Y hablando de lujos, me cuenta detalles de la larga estancia que acaba de pasar con sus hijos en Estados Unidos. Destaca la exquisitez de las cervezas que probó y la feria de armamento en la que te venden lo que quieras, sin identificación ni credenciales de ningún tipo.

Literalmente, Juan José se vanagloria de la amistad que tiene con sus lectores, a quienes yo no dudaría en llamar discípulos para exaltar su vocación de maestro, en cierta forma desaprovechada, dado que en las últimas conferencias que dio en Mérida hasta hubo gente que se quedó afuera por falta de espacio.

Juan José Morales tiene un gran corazón, por eso no estalló en lágrimas al ver que el comején arrasó con los libros que el Instituto de Cultura de Yucatán le dio como pago por sus Mundos paralelos. Desde su perspectiva, esa invasión de isópteros es uno de los problemas de vivir en el trópico, y punto, nada de lamentaciones, al contrario. La conversación vuelve a los linderos de la charlatanería,  pero ahora para hablarnos de un invento suyo: la mastoterapia.

Suena a senos, le digo.

Exactamente, responde.

Pero ha de ser una “puerquesa” (así se refieren en algunos círculos de la cultura popular de Yucatán a todo aquello que hace alusión al acto sexual).

Yo no diría que es una puerquesa, para la paciente puede resultar muy agradable el tratamiento.

Dime brevemente en qué consiste.

En la manipulación de los senos femeninos para influir sobre las partes del cuerpo con las cuales están conectados vía terminales nerviosas.

¿Qué beneficio aporta tu terapia?

Igual que todas las demás falsas terapias no aporta ningún beneficio y tampoco causa ningún perjuicio, pero al menos resulta agradable, y además la ofrezco gratuitamente. Yo no lucro como los demás charlatanes.

¿Juan José Morales?, ¡no! Es un destacadísimo intelectual,  domiciliado en Cancún, donde no pierde oportunidad de establecer pláticas informales, por llamarlas de algún modo a sus coqueteos, sobre uno de sus temas preferidos, como ya quedó claro: la salud sexual de las mujeres:

“Hubo una época, cuenta, en la que se hablaba de que las mujeres padecían de histeria, y que para aliviarlas había que manipularles el clítoris y provocarles el orgasmo, entonces había médicos que daban ese tratamiento, aunque algunos llegaron a cansarse de nada más meter la mano por allá y no poder meter otra cosa, y alguno de ellos inventó el vibrador, y fue tan demandado que empezó a venderse en los catálogos de Sears”.

¿En serio? La lógica indica que en muchos asuntos en lugar de avanzar, retrocedemos. Me mandó los anuncios que bajó de Internet (Wikipedia) para más señas.

Te lo juro. Estuvo de moda ese tratamiento. Es más, el vibrador se inventó antes que la licuadora y otros artefactos que le aliviaron la vida a las mujeres. Imagínate, pobre mujeres insatisfechas sexualmente que les decían que estaban así porque padecían histeria, y les dan un aparatito para tratarlas y no solamente las hace sentir mejor sino que les provoca placer, el placer que no recibían del marido.

Juan José hizo una pausa. Remataría con una frase concluyente: “qué bueno que ahora el vibrador no se usa en lugar de, sino además de”.

Por lo demás, la conversación resulta interminable… continuó con los exitosos sucesos que ha presenciado en el recién inaugurado Planetario Ka’yok’, donde cumple una labor admirable por ser “amigo” de este gran espacio cultural ícono de Cancún, la mega urbe con cara de playa, frente a la cual los intelectuales casi pasan desapercibidos aun siendo, si nos fijamos bien, el alma de la fiesta, como en cualquier otro pueblo donde se escriban cuentos que desaten la furia de los bichos. Ojo: Juan José Morales aún no está en Facebook. El contacto con él es directo a través de correo electrónico: kixpachoch@yahoo.com.mx Y esta es la última lección por el momento cita del diccionario personal de nuestro amigo: “Kixpachoch es el nombre en maya del puercoespín tropical, que es distinto al norteño (¡nótese el separatismo!). Se forma con kix, espina; pach, espalda y och, zorro, tlacuache o zarigüeya. En resumen: zorro de espalda espinosa.


Autores
Es autora del libro Premio Casa de las Américas. 50 años – 11 entrevistas, investigación con la que se tituló como antropóloga con especialidad en lingüística y literatura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Para 2014 prepara un libro testimonial sobre los contrastes culturales entre Yucatán y Durango, proyecto que surgió por iniciativa del programa Tierra Adentro.
El árbol. 3. Isidro R. Esquivel

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo.

Alejandra Pizarnik

 

Emiliano González encontró la máscara en un bazar; sería buen adorno para su sala. La adquirió. Ya en su apartamento, antes de colgarla, fue al baño para observarse en el espejo y darse cuenta de cómo le sentaba aquella máscara de nariz prominente y sonrisa alargada de un lado, tanto que la comisura de la boca envolvía al ojo derecho. La colocó en su rostro, se asomó al espejo, unos oxidados engranes ocultos accionaron y la máscara empezó a contar esta historia: 

 

Claudia cumple nueve años y no le gustan las fiestas, por eso en el desayuno sus padres sólo la felicitan y le entregan su regalo. Mecánicamente desgarra el envoltorio, con la resignada seguridad de que será un libro para colorear, como cada año.

—¡Lo que tanto querías! —dice su madre dándole un beso.

—Princesita, ¿te gusta? —pregunta su padre en tono empalagoso.

—Sí, ¡está de moda! —contesta escurriendo lágrimas mientras ve en la caja la foto de presentación del producto. Llena de emoción la abre y descubre a la gallina adentro de una jaula.

La gallina está ofuscada, pero luego se queda maravillada observando la habitación con sus pequeños ojos negros.

—Dicen los científicos que a las gallinas les gusta lo desconocido y que el único pensamiento que se les ocurre, ante eso que les gusta y sorprende, es: “qué tonto” —comunica el padre con falsa inflexión intelectual, recordando un artículo de una revista especializada.

La niña y la gallina intercambian una mirada de interés práctico; después la primera toma un pequeño paquete rectangular de un recoveco de la caja. Lo abre y tiene ante sí una larga hilera de pastillas repartidas en bloques de colores.

—Si se te acaban las mil, te compro otra cajita de repuesto —dice el padre con una sonrisa.

—Pruébala para ver si sí funciona —pide la madre con un dejo infantil.

La niña asiente, toma una pastilla y la deja en el comedero de la gallina. Ésta primero ve hacia un lado, después al otro y por último lanza un picotazo a la pastilla, que empieza a deglutir.

Los tres quedan a la expectativa; luego se escucha un “cocorocó” que los sobresalta y un huevo sale del ave, rueda por un canal dispuesto bajo la jaula y llega a la mano de Claudia que ya está impaciente.

Alza el huevo, después procede a romperlo con una cuña ubicada a un costado de la jaula. Al abrir el huevo, la niña puede constatar la presencia de una clara y una yema. La desilusión es mayúscula. Su madre la abraza.

—¡Ahorita mismo voy a hacer válida la garantía! —grita el padre con tono protector.

—¿Ya leíste el instructivo? —pregunta la madre.

—Mmmmm, no.

Así que los tres hojean el folletín, hasta que llegan a la indicación: “Déjelo reposar por 5 minutos”.

Ahora el padre toma una pastilla, la pone en la jaula, la gallina la traga, comienza a cacarear… Dejan reposar por 5 minutos el huevo y Claudia lo abre.

—¿Qué es?

—No sé.

—Es un jubu… según el instructivo. Mira —informa la madre, señalando una foto en el instructivo.

—¡Ah!, sí se parece —lo observa unos minutos.

—Dice en las indicaciones que tienes que matarlo una vez que lo hayas visto —su padre le pasa la aguja incluida en el paquete.

La niña clava la aguja hasta desgarrar al jubu, después lo tira en el bote de la basura.

Claudia se divierte durante meses dándole pastillas a la gallina; ¡cuántas criaturas en miniatura pasan frente a sus ojos! …y por la aguja. Algunas son bestias mitológicas como unicornios, quimeras o dragones; otras veces seres que sólo la gallina puede generar: los llipo-yipos y los jubus; también hay tigres, caimanes, ballenas, perros; cucarachas o moscas; sin faltar los ya extintos iguanodontes, bobos, mamuts, tiranosaurios; y hasta un pequeño hombrecito que suplica en vano clemencia ante la aguja.

Así trascurren tiempos felices para Claudia, hasta que una mañana empieza a llorar.

—¿Qué tienes, princesa?

—Es que ya no sirve.

—¿Por qué?

—Mira —dice mientras muestra un huevo recién abierto.

—¡Es una gallinita! —exclama el padre.

—Una gallina que da gallinas no es especial —afirma Claudia sorbiendo el llanto—. Mejor ahora quiero una muñeca Kika-mi-hermanita.

El padre entorna los ojos con falsa desesperación, toma su portafolios y sale de la casa silbando.

Claudia blande la aguja para matar a la gallinita, cuando de pronto aparece una muñeca Kika-mi-hermanita sentada sobre la mesa. Las cuatro sonríen.

—¡Quiero un pastel! —ordena con tono astuto, clavando su mirada en la diminuta gallina.

El pastel aparece, entonces toma a la gallinita y la coloca en la bolsa de su blusa, decidiendo indultarla. Abraza a Kika con fuerza y se olvida de la gallina mayor.

Pide muchos caramelos, tachuelas en el asiento de su maestra, buenas notas en los exámenes. Wanda —así bautiza a la gallinita— pasa los días cumpliendo los caprichos de su dueña y por las noches es llevada a la jaula para que descanse bajo la protección de la gallina mayor, ahora ya pasada de moda, que la cobija entre sus alas con amor maternal. Kika, por su parte, duerme entre los brazos de la niña.

Wanda se ve feliz, su primitivo cerebro conoce y reconoce el mundo y piensa “qué tonto” constantemente. También come su ración de maíz, toma agua y pone cada tercer día un pequeño huevo que contiene una clara y una yema. Claudia no deja de pedirle deseos: finales distintos en sus caricaturas, por ejemplo.

La gallina mayor ha sido confinada a servir sólo para que Wanda se duerma entre sus alas.

Después de unos meses la niña se dispone a pedir un par de vestidos para Kika…, pero nota a Wanda particularmente decaída, y es verdad, hace mucho que no piensa “qué tonto”. Cae en la cuenta de que jamás ha pedido un deseo para complacer a Wanda, así que se dispone a pedirle maíz y sorgo de buena calidad. Pero no, requiere algo más especial, por eso le ordena:

—Wanda, deseo que te concedas tus deseos.

Al instante, la gallinita Wanda eructa muy profundo, como siempre soñó. Su tristeza mengua. Luego comienza a estirarse, a doblarse, a contraerse, se deforma hasta terminar convertida en un híbrido de jubu y llipo-yipo: siempre sintió admiración por esos seres. Ahora necesita convocarlos a la vida y, sobre todo, crearles un lugar donde existir, pues hasta las hadas han tenido un sitio, aunque sea en los cuentos.

Todos los objetos de madera empiezan a transformarse en miles de jubus y llipo-yipos. Claudia no da crédito.

—¡Ya no quiero que se cumplan tus deseos! —ordena de pronto, pero los jubus siguen con su baile alrededor de Wanda, que feliz eructa pensando “qué tonto”, mientras los llipo-yipos arañan las paredes.

Llama con un grito a su madre, pero ella no responde. Sin saber qué hacer, sujetando contra su pecho a Kika, sale a la calle para pedir ayuda. Ya en el jardín ve que el cielo es color ocre y aprieta mucho los dientes al ver que un grupo de llipo-yipos destazan en la banqueta a su gato, convirtiéndolo en un amasijo de huesos y carnes. Un jubu aúlla mientras baila abrazando del cuello a una rata, que casi desfallece estrangulada.

La niña apresura los pasos al ver que un grupo de llipo-yipos se han percatado de su presencia.

Wanda está feliz, ahora les ha dado una vida y un lugar: los jubus están agradecidos, lo manifiestan mostrando sus traseros; los llipo-yipos llevan en ofrenda cuajos de sangre a su benefactora.

Claudia corre tan aprisa; de reojo puede ver cómo los troncos de los árboles se convierten en miles de jubus y llipo-yipos, y cómo los primeros disfrutan desinflando las llantas o copulando mientras bailan, y los segundos desprendiendo las mandíbulas inferiores de los perros.

Wanda goza, sus ojos entornados, blancos de placer, una ráfaga de “qué tonto” ebulle en su rudimentario cerebro. A su alrededor danzan jubus que por intervalos inclinan la cabeza hasta tocar el suelo; llipo-yipos ahora llevan páncreas como ofrenda.

La niña está cansada pero sin lesiones, ha corrido por las calles esquivando los peligros. No ha querido soltar a Kika. Otras personas no han tenido su misma suerte: sus cuerpos están diseminados por las calles o penden de sogas. Jubus juguetones miran a través de las cuencas de los cráneos que son limpiados de carne por llipo-yipos.

La glorieta donde Claudia se divierte los domingos está cubierta por un cerro de excremento que unos jubus apilan. Rodea la glorieta y se percata de que centenas de descomunales anos se abren en el asfalto. Quiere retroceder, pero los llipo-yipos se acercan mientras gritan su violencia. Empieza a saltar los anos, a pasar sobre ellos cuando están bien contraídos, a rodearlos. Pero no se da cuenta de uno hasta que la traga, conduciéndola por su sucio intestino hasta:

—¡Estás de vuelta en casa! —le dice su madre mientras sonríe y extiende los brazos. Ella se acerca llorando, sin soltar a Kika.

—Tenía mucho miedo, mamita —gimotea con sus mejillas atiborradas de llanto. En ese instante el cuerpo de su madre se disgrega en trozos de carne, que caen al piso y se mueven, boquean como pescados. Llipo-yipos salen de debajo de los trozos, masticando algún bocado, y comienzan a verla con ojos carniceros. La niña abraza fuertemente a Kika y escapa rumbo a la escalera, no tiene otra opción. Sube un piso, sube dos, sube tres, cuatro, cinco mil…, no quiere ser parte de los horrores. Llega al ático, busca refugio atrás de un baúl, donde se hace ovillo. El baúl se agita, ella presta se incorpora para dirigirse a una esquina, la cual ya está dominada por jubus que hacen malabares y utilizan sus probóscides como cornetas para agradar a Wanda, que los observa con mirada vacía. Claudia contempla el espectáculo de los jubus un par de segundos y al volverse se da cuenta que los llipo-yipos la han cercado…, y son más de mil que vienen, originalmente, a rendir pleitesía a su diosa Wanda a quien, sin embargo, ya se le advierte aburrimiento.

Un llipo-yipo que se lanza a la vanguardia rasga el vestido de la niña. Otros se acercan con alocados pasos de guerra, con los hocicos abiertos, las garras desplegadas, los apéndices erectos. Un llipo-yipo muerde la pantorrilla, uno más escala por el cuerpo de la niña, que ya no puede moverse, que cierra los ojos a la par que su cuerpo tiembla infesto de pánico. El resto de los mil llipo-yipos se lanza frenético, haciendo ruidos de batalla…

El que muerde su pantorrilla empieza a derretirse como moco, así sucede también con los otros, que apenas le han hecho heridas poco profundas. Ella grita su dolor, sin esperanza de salvarse. Pero abre los ojos al no sentir que se acreciente la tortura; los llipo-yipos ya no están, ahora sólo está llena de algo pegajoso. Alrededor de Wanda tampoco hay jubus, únicamente moco.

Otra vez Wanda se ha aburrido…, los seres sin lugar no son tan divertidos como ella pensaba, por eso desea de nuevo ser una gallina diminuta. Claudia, al verla en su estado normal, se tranquiliza un poco.

Suspira, después sonríe. Muy animada, Claudia llega a la conclusión de que en realidad sólo se está divirtiendo mucho con un libro para colorear. Y el libro es tan bueno, asegura, que se ha metido en la historia; no ha pasado nada, por eso lanza un silbidito de alivio. Sabe que de pronto, toda perpleja, levantará la cara cuando su madre la llame a cenar; entonces guardará los crayones y el libro en su mochila, saldrá del ático y todo habrá terminado.

La paz de la niña es interrumpida por clara de huevo que comienza a escurrir de las paredes. Ahora, sin pensar en otros, Wanda ha decidido cumplir sus más caras fantasías: un olor a excremento inunda el aire, luego el olor va tomando cuerpo hasta convertirse en un enorme falo de gallo que eyacula chorros de yema de huevo, mojando por intervalos a Claudia y a Wanda; la gallina mayor aparece de pronto en medio del ático, luego se hace más y más grande, hasta que revienta, expulsando plumas y toda clase de embriones; un eructo profundo irrumpe burlón. Wanda se retuerce de placer.

El corazón de la niña golpea duro contra sus costillas al oír que la clara y la yema de huevo producen un tétrico murmullo. De una pared surge una gigantesca lengua de gallina que levanta el vestido de la niña para acariciarle el sexo.

Unos monos araña tejen una red con densos hilos de baba; una mantarraya envuelve a un gnomo hasta asfixiarlo; llueven plumas multicolores; vísceras de pollo flotan en el aire; del suelo surgen espigas de maíz que empalan a los monos araña. Gritos como un único grito de dolor. Las patas de Wanda se frotan con lascivia, de su entrepierna comienza a salir disparado un huevo tras otro que mata, por ejemplo, a un buitre, de los huevos al romperse surgen dragones y demonios; el baúl se convierte en un sexo hermafrodita que se hace el coito a sí mismo.

Kika escapa de los brazos de Claudia, a su paso la muñeca toma un clavo y se dirige con toda su furia sobre Wanda. Un pequeño tiranosaurio le arranca parte del blando abdomen de tela, pero ella continúa.

Crestas rojas brotan en las cabezas de los seres, aún en la de la niña; la lluvia de plumas se acrecienta; Wanda está bañada en sus excrementos, miasmas, sudores, flujos del vientre, su pico se abre y cierra para emitir un torvo “cocorocó”, mientras irrumpe una ráfaga de “qué tonto” adentro de su cabeza, tan potente que también resuena en todo el ático; las espigas de maíz terminan por atravesar a los monos que se deslizan hasta tocar el suelo; un dientes de sable desgarra al sexo hermafrodita; un conejo es penetrado por un centauro; vapores se desprenden de los seres y las cosas, vapores que cabalgan en hienas, en trilobites y en cactáceas; la gallina se retuerce de gozo, gime, hace muecas llenas de lujuria, en los embates de mayor placer se arranca las plumas. Aleteos convulsos de éxtasis.

Kika salta sobre Wanda. Luces estroboscópicas danzan al ritmo del preludio del orgasmo de la gallina. Kika atina un golpe en el pico, pero queda reducida a un dibujo de dos dimensiones por tocar a Wanda.

Debajo de Claudia surge una espiga de maíz, sus piernas no reaccionan para evitarla. Siente la culpa de haber matado a sus padres; espera poder disculparse con ellos y el resto de…, ¿su colonia?, ¿su país?, ¿su planeta?, allá en el cielo.

La punta de la espiga se ha metido entre sus nalgas, comienza a abrirla. Quiere desmayarse, pero ni eso puede; mira lo que le espera al ver a los monos araña partidos a la mitad, chorreando sangre y entrañas; después observa a Wanda, se recrimina tanto por haberle dado el poder. La respiración de Claudia es entrecortada… La fetidez… Los chillidos de placer… Confía en que la muerte ya no tarde… Le aterra darse cuenta de que Wanda se convulsiona con mayor ímpetu. Y, pese a que unos títeres de trapo desuellan a un pingüino, la niña espera lo más horrible aún por suceder, tal vez Wanda haga estallar al Universo.

Wanda está en pleno orgasmo: se deforma, se contrae, los “qué tonto” rebotan en las paredes; está por cumplir la mayor de sus fantasías. Claudia, absorta de pánico, no puede cerrar los párpados, ya ni ellos responden. La espiga lastima el principio de su recto.

Los embriones de gallina son partidos a la mitad por las hachas de los vapores cabalgantes, que a su vez son despedazados por los demonios y los dragones; las convulsiones de placer de Wanda son acompañadas por un cloquear desgarrado; tarántulas, peces, orquídeas, unicornios, cerdos, aves, triceratops, irreconocibles seres sacrificados con la aguja, figuras de guiñol, todos frenéticos copulan; las alas de la gallina se baten con tanta fuerza que arrojan a las brujas contra la pared, para ser tragadas por las vaginas que se abren y cierran; el calor del cuarto aumenta, la enorme lengua lame la sangre de las heridas de Claudia, el nivel de la clara de huevo sube, el olor a excremento inunda todo, el falo de gallo arroja litros de yema sobre Wanda, Claudia ya tiene diez centímetros de espiga adentro. Es el clímax del orgasmo macabro y un eructo mugido estremece el ático, caudales de miasmas son excretados por todos los orificios de Wanda; entonces su fantasía más anhelada llega: se convierte de pronto en una máscara de nariz prominente y de sonrisa alargada de un lado, tanto que la comisura de la boca envuelve al ojo derecho.

Los seres y cosas creados por la gallina se derriten, convertidos en moco.

Se impone un poderoso silencio.

Mientras llora, Claudia se pregunta para qué seguir viviendo. Entre sus nalgas queda el desgarre y una gruesa baba como restos de la espiga. En su pelo también hay algo pegajoso, como resquicio de la cresta. Comprende que la muerte ya no está, sólo son heridas y el saber que todo se ha perdido. No puede pensar mucho, necesita primero escapar del horror, aunque no sabe a dónde…, quizás —como los jubus o los llipo-yipos— ya no tiene un lugar. A su paso ve la máscara, quiere destruirla, pero sofocada por un aplastante miedo mejor evita acercársele. Se dirige a la puerta del ático, después a la puerta de su casa. Todo huele a podrido. En las calles ya no hay monstruos ni anos, pero sí cadáveres de gente, coches y viviendas destruidas, recordándole que aquello no fue un sueño ni un libro para colorear; en los jardines y en las aceras hay torres de cabezas o de decapitados o de hígados o de cerebros o de excrementos o de carne triturada; algunos incendios aislados; perros y gatos ya sin formas definidas; asfalto roto y autos volcados: desolación y muerte.

Ella corre, corre como si cien llipo-yipos estuvieran persiguiéndola, el moco se pega y despega de sus suelas. Ya después, si encuentra un lugar que no haya sido  devastado por aquella estúpida gallina enana, podrá hacerse preguntas.

 

Emiliano González terminó de escuchar la historia, extrañado, lleno de rareza, de terror. Conmovido ante el destino de Claudia, con el imperativo deseo de ayudarla, de darle un abrazo y un beso en la mejilla; sonrió ante su cursilería. 

Cesó el martillar de los oxidados engranes de la máscara, luego suspiró al sentir la satisfacción de quien ha escuchado una buena historia. Entonces, más relajado, se quitó con cuidado la máscara. Al hacerlo pudo darse cuenta de que el techo y los muros del baño eran lisos, blancos, cóncavos, sin ángulos. El retrete y el lavabo habían desaparecido. Desde afuera empezó a oírse un inmenso cacareo, un temblor sacudió todo con rabia; alguien rompía el huevo donde él se encontraba; el techo se resquebrajó por completo: tuvo ante sí a una gigantesca niña que, luego de observarlo con morbo durante un par de minutos, tomó una enorme aguja y Emiliano González comenzó a suplicar clemencia…

 


Autores
(Morelia, 1980). Estudió Comunicación y es Maestro en Filosofía de la Cultura. Ha ganado el premio de Cuento Joven “Comala” por Cabalgata en Duermevela (Ed. Tierra Adentro, 2011) y el de Bellas Artes “San Luís Potosí” por Luna Cinema (Ed. Tierra Adentro, 2010). Es también autor de Embrujadero (Secretaría Michoacana de Cultura, 2010), Premio Michoacán de Libro de Cuento “Xavier Vargas Pardo” 2010, y La Noche es Luz de un Sol Negro (Ficticia, 2007), Mención en el Premio Nacional de Libro de Cuento Agustín Yáñez en el 2004. También ha publicado la novela Guiichi (Editorial Progreso, 2008) y el libro de ensayo La valística de la realidad (Secretaría Michoacana de Cultura, 2012), Premio Michoacán de Ensayo “María Zambrano”.