No sólo ocurre en México, pues en el panorama internacional la cultura emergente se constituye de instantes. Para el arte más joven es complejo pensar en el futuro y las exigencias de una carrera a largo plazo. Se tiene una noción del «aquí y ahora», además eso le agrega una carga de emoción insustituible. Con cierta clase de grupos viene aparejada una idea de urgencia e inmediatez. Tengo el convencimiento de que ello aporta un sentido completo y no es necesario esperar a que cuaje cualquier indicio de posteridad. Hay un intenso presente que trae consigo un vértigo sin parangón.
Parece que en el país se toma con suspicacia cuando algún grupo tiene un acelerado desarrollo y pasa de la nada a un ocupar lugar en los medios más importantes y ascender súbitamente en los lineups de los festivales. A eso se le considera un hype; sobra decir que en la tierra del sospechosísimo, el tráfico de influencias y los conflictos de interés, habrá ciertos casos en los que la ayuda externa contribuya de forma decisiva para catapultar a un principiante, pero también sería prudente especular que a otros tantos los empuja nada más y nada menos que su propio talento, lo que debería ser un argumento inapelable.
Considero importante que ciertos sectores de la promoción se entusiasmen con esos brotes de talento emergente y les ofrezcan espacios; si las propuestas encuentran una notoria respuesta por parte del público, no tendría nada de malo ese tipo de procesos tan súbitos. La historia del rock and roll está plagada de ejemplos maravillosos. En México parece que somos más rácanos y quisquillosos. En algún momento incomodó la velocidad con la que Austin Tv, Hello Seahorse, Sonido Gallo Negro y otros tantos crecieron. Todavía es momento en que a Little Jesus se les escatiman sus logros (y proyección internacional), y se les sobaja como parte del fenómeno hípster.
Tendríamos que apegarnos mucho más al análisis de la música que ofertan y a los puentes de comunicación que tienden con sus escuchas. Si la cantidad de seguidores se incrementan exponencialmente en un corto tiempo es que algo deben tener las piezas en cuestión. Incluso me parece que es importante que el propio periodismo se involucre y haga sus apuestas; al tirar los dados también se expresa una postura y una manera de entender las cosas.
Valga todo lo anterior al momento de abordar el debut de un proyecto mexicano que inició como una pareja de hermanos y que, a velocidad luz, llamó la atención del público y medios, multiplicó sus presentaciones y terminó por robustecer su alineación hasta completar una banda.
Sotomayor comenzó con Raúl y Paulina; básicamente así fue como concibieron Salvaje (Tropic-All, 2015), un disco debut en el que también depositaron lo aprendido en Beat Buffet (allí estuvo Raúl), en donde recurrían a la electrónica y al hip-hop. Esas bases sirvieron para enfrentar su siguiente incursión con mayor enfoque y herramientas técnicas.
Los vientos que soplan en el actual conjunto de artistas nacionales, nos dejan entrever que existe mayor preparación en lo instrumental y una mayor amplitud de miras para hacerse de referencias. Es difícil que gente de la misma edad que los miembros de Sotomayor se apegue a purismos y limitantes que sólo se concebían en el pasado. Cierta acometida del pulso afterpop hacer posible que las viejas fronteras se derrumben y los géneros choquen y se entrecrucen con total libertad y virulencia.
En «Cielo» —un estupendo sencillo— el entorno electrónico abreva totalmente del pop para llevar adelante a los sonidos afroantillanos. No es extraño trazar conexiones con otros proyectos como Bomba Estéreo. Se trata de un pulso generacional que también los acerca a Mr. Pauer, a los miembros del colectivo Zizek en Argentina e incluso a los colombianos de Choc Quib Town, entre otros.
De repente en «Una linda mañana» bajan la velocidad y dejan que los efectos conduzcan la parte veleidosa y cachonda. Recordemos que pertenecen a una generación que creció con Nortec, Sussie 4 y Sara Valenzuela (a la tapatía se le debiera aquilatar mucho más).
Salvaje es un disco sofisticado, en el mejor sentido de la acepción, lograron controlar y dosificar cada uno de los elementos para que el fluir latino entre en perfecto equilibrio con la parte de electro-pop que, se intuía, hubiera podido adueñarse de la mayoría del sonido. «Morenita» es un ejemplo perfecto de lo anterior.
Les vino muy bien tener como coproductor a Edi Kistler, bajista de Liquits, quien aportó la experiencia que sólo se logra con una larga carrera dentro de la industria musical. En un momento en que los discos suelen irse haciendo más cortos y con una cantidad de sencillos muy justa, debemos destacar también «Pum Pum» y «Selva», con evidentes puntos de contacto a lo que están haciendo Mariel Mariel (Chile) y La Yegros (Argentina), por tomar dos ejemplos.
El álbum se completa con una estupenda portada a cargo del destacado artista Alejandro Magallanes. No se dejó de lado ningún aspecto para conseguir que la potencia de canciones como «Tu canto» lucieran en todo su esplendor, todo un Caribe atómico.
Ya lo dijo el poeta Gabriel Celaya: «el arte es un arma cargada de futuro». No cabe duda de que lo emergente dispara por doquier.
Nota: Sotomayor se presenta el próximo jueves 1 de octubre a las 20:00 Hrs. En el Centro Cultural del Ferrocarril de Pachuca junto a Mariel Mariel, Boogat y Ponce en un concierto llamado Ecléctica es la noche, que es parte de la Feria del Libro Infantil y juvenil Hidalgo 2015. La entrada es libre.
Michel Houellebecq declaró a propósito de la publicación de su poesía reunida «siempre tengo un sentimiento negativo hacia las cosas. El sufrimiento se me comería crudo si no le pusiera una estructura, si articulo ese dolor en un poema estoy salvado. El poeta bascula entre la amargura y la angustia, y a veces experimenta un momento de remisión que le permite crear», estas preocupaciones están presentes en la poesía de Diego José, en su más reciente libro: Cicatriz del Canto (Cecultah, 2014) asistimos a este fenómeno, pues el volumen de poemas es una elegía a la poesía. En sus versos experimentamos la decantación de una voz poética que ha evolucionado a lo largo de tres lustros. Los ocho capítulos que edifican el libro llevan el sino del interés máximo del poeta: radicar en la trasparencia del lenguaje y la voz del yo poético como un medio para santificar la palabra. Sin embargo, esta sacralidad de la poesía no pretende crear ningún dogma, por el contrario, su visión estiba en la actitud del poeta contemplando al mundo y tratando de interpretarlo. Es como lo describía el bardo sirio Adonis, quien afirmó: «Resulta imposible definir la poesía. No es más que un medio de expresión de las ideas y del pensamiento, por eso es que están íntimamente ligadas aquellas con éste. El poeta es un creador y la poesía un proceso creativo, en el cual me desenvuelvo de forma plena y con el que sin duda alguna me siento mucho más cómodo que con cualquier otro. Para mí no hay arte o estilo artístico como tal sino que hay artistas que son los que se expresan, los que crean». Tal como se nos presenta el libro, en los versos de «Alba»:
Soy un poeta de carne y hueso
y mi palabra es carne y hueso.
O como lo explica en el cuarto poema del segundo capítulo «Umbral»:
La palabra es algo distinto a un asidero,
su anclaje no es atadura, sino trayectoria.
Octavio Paz escribió alguna vez un ensayo sobre traducción en donde explicaba: «Una reflexión del Dr. Johnson: “Una brizna de hierba es siempre una brizna de hierba, tanto en un país como en otro… Los hombres y las mujeres son mis objetos de estudio; veamos pues cómo estos se diferencian de aquellos que hemos dejado atrás”). La frase del Dr. Johnson tiene dos sentidos, y ambos prefiguran el doble camino que había de emprender la Edad Moderna. El primero se refiere a la separación entre el hombre y la naturaleza, una separación que se transformaría en oposición y combate: la nueva misión del hombre no es salvarse, sino dominar la naturaleza; el segundo se refiere a la separación entre los hombres. El mundo deja de ser un mundo, una totalidad indivisible, y se escinde entre naturaleza y cultura; y la cultura se parcela en culturas. Pluralidad de lenguas y sociedades: cada lengua es una visión del mundo. El sol que canta el poema azteca es distinto al sol del himno egipcio aunque el astro sea el mismo. Durante más de dos siglos, primero los filósofos y los historiadores, ahora los antropólogos y los lingüistas, han acumulado pruebas sobre las irreductibles diferencias entre los individuos, las sociedades y las épocas. La gran división, apenas menos profunda que la establecida entre naturaleza y cultura, es la que separa a los primitivos de los civilizados; en seguida, la variedad y heterogeneidad de las civilizaciones. En el interior de cada civilización renacen las diferencias: las lenguas que nos sirven para comunicarnos también nos encierran en una malla invisible de sonidos y significados, de modo que las naciones son prisioneras de las lenguas que hablan. Dentro de cada lengua se reproducen las divisiones: épocas históricas, clases sociales, generaciones. En cuanto a las relaciones entre individuos aislados y que pertenecen a la misma comunidad: cada uno es emparedado vivo en su propio yo».
Considero que esta separación entre la naturaleza y la vida moderna está presente, especialmente en los capítulos «Páramo» y «Cima», donde el poeta hace una apropiación de las preguntas filosóficas de la humanidad desde una explicación poética de la vida, cito:
Arroja tu vanidad entre los espinos,
hazla quemar en un fuego de rosas,
que nunca más retoñe
su pincho envenenado,
que no halle en su tierra la raíz
ni medio día su arboleda,
arroja tu vanidad a los cuervos:
nada tuyo te pertenece,
ni siquiera lo que has amado
y tan devotamente construiste.
Sé discreto con la hierba
-humilla tu vanidad te lo digo
despierta con el día,
trabaja.
Entre otros muchos autores y momentos, Cicatriz del Canto contiene el hondo calado de la voz de autores como Pere Gimeferrer, Salvador Elizondo, Juan Domingo Arguelles, José Ángel Valente, Efraín Bartolomé ó Luis García Montero, en particular a la definición que este último hizo sobre la llamada «nueva sentimentalidad», al decir que: «En una sociedad fuertemente industrializada no existe un lugar cómodo para los asuntos gratuitos, es decir, para las prácticas que no tienen una utilidad inmediata. Dentro de las ciudades modernas los poemas se han visto abocados al ruidoso carnaval de la marginación, construyendo con su propia miseria su grandeza. Gentes extrañas, ciudadanos al margen del utilitarismo social del lenguaje, los poetas apostaron por sus peculiaridades, haciendo de la literatura un ideal de vida, y en consecuencia, del vitalismo, una de las características fundamentales de la poesía moderna. Así, respetando la mitología tradicional del género (lo poético como el lenguaje de la sinceridad), surgieron dos caminos aparentemente muy diferenciados pero que son en realidad las dos cabezas de un mismo dragón: la intimidad y la experiencia, la estilización de la vida o la cotidianización de la poesía. Unas veces el sagrado pozo del poeta sale a la luz en sílabas contadas; otras, es la vida diaria —esa inquilina embarazosa— la que se hace poema. Y siempre como telón de fondo la vieja sensibilidad, que se ofrece a la literatura o que recibe su visita, abandonada a la azarosa fortuna de la inspiración.
Pero si olvidamos los encantos de la ingenuidad como base de la actitud crítica, si escogemos una postura inquisidora que levante la cabeza por encima de los mitos, del sentido común y de sus falsas evidencias, comprenderemos que el poema es también una puesta en escena, un pequeño teatro para un solo espectador que necesita de sus propias reglas, de sus propios trucos en las representaciones. La fundación mítica del yo sensible, cimiento de la moral burguesa, utiliza la poesía para reproducirse precisamente por su irrealidad. En un poema siempre hay muchas más cosas que la originalidad de un poeta», Diego José conoce de sobra las cabezas del dragón en comento, ha experimentado la savia de la tradición poética y lo hace evidente la construcción de un universo personal (imágenes y objetos) que edifican una imaginería identificable, que no repetida ni efectista, en cada uno de sus versos:
Ya no me duele la ausencia de las alas,
ahora puedo levantarme
y caminar sobre la tierra.
O como bien lo apunta en los últimos versos del libro:
Abro los ojos
he vuelto…
Entre mis manos
sólo Amor:
coge los pétalos,
no temas a las cicatrices.
La publicación de Cicatriz del Canto nos significa la culminación de un proyecto de más de 7 años de escritura y un trayecto de más de 15 años de búsqueda poética de Diego José. Así mismo representa para la poesía hidalguense, una enseñanza continuada sobre la humildad del bardo frente al oficio de poeta, y es, desde la proporción guardada, el eco de lo que Rilke dice en su primer carta a un joven poeta: «Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo». Porque eso, eso que se lee fácil pero que en realidad es lo más complejo, es lo que hace Diego José en Cicatriz del Canto y en su vida misma.
Hace unos meses, alguien me afirmaba que no se podía hacer historia con la fotografía porque no era una fuente de información «real» y por lo tanto, objetiva. En realidad, las imágenes (ya sea fotográficas o pictóricas) son representaciones de la realidad material, igual que los textos que registran gran parte de la historia de la humanidad. Ante esta afirmativa no respondí nada y todo quedó en una mera anécdota y en la reflexión interna de lo que debí de haber dicho pero que no dije. Sin embargo, vuelvo a ese recuerdo porque ahora cobra mucho más sentido para mí. En general, soy una defensora de la imagen y con eso me refiero a que estoy constantemente justificando su importancia como fuente histórica y como medio indispensable para la enseñanza de la historia.
La fotografía contemporánea y antigua es importante para observar nuestra evolución, las formas y los modos de ser y de hacer de los humanos. No por nada existen eventos de gran relevancia —en el mundo y en nuestro país— en los que se condecora la fotografía, a los fotógrafos y el acto fotográfico. En México, uno de los eventos más importantes de este rubro es el Encuentro Nacional de Fototecas, celebrado cada año (desde hace dieciséis) en el estado de Hidalgo. El encuentro es una labor realizada por parte del Sistema Nacional de Fototecas (SINAFO) que forma parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en el que durante tres días se presentan mesas de exposiciones en las que se abordan temas como la historia de la fotografía, la identidad, la memoria visual, y la labor de las fototecas en México. Además se abren talleres y se hace una presentación del número en turno de la revista Alquimia, proyecto en colaboración con el SINAFO, el INAH y el CONACULTA. El objetivo principal del encuentro es promover el estudio entre diferentes disciplinas que parten de la fotografía como documento de estudio y como medio de creación para expresarse.
En el marco del Encuentro Nacional de Fototecas se hace entrega del Premio al Mérito Fotográfico a tres creadores cuya trayectoria ha sido de gran importancia para el desarrollo de la fotografía en nuestro país. Este año el premio fue para artistas que se desenvuelven en géneros distintos: Alicia Ahumada (1956), quien además de ser fotógrafa documentalista, fue una de las fundadoras de la Fototeca Nacional; Elsa Medina (1952), fotoperiodista mexicana que ha trabajado en medios como La Jornada, y Arturo Fuentes (1953), quien retoma el paisajismo y el uso de proceso antiguos en la creación de sus imágenes. Con motivo de estas distinciones, el INAH realizó algunas entrevistas en las que cada fotógrafo comenta la forma en la que se iniciaron en este oficio y sus impresiones sobre las imágenes. Sus declaraciones son relevantes, pues tienen sentido —por lo menos para mí— sobre la importancia de la fotografía en distintos niveles.
En el discurso de Elsa Medina se reflejó el sentimiento de impotencia y el duelo actual de quienes se desenvuelven en el ámbito periodístico de la fotografía. La artista dedicó su reconocimiento a Rubén Espinosa, fotoperiodista que fue asesinado el pasado 31 de julio en la Ciudad de México, junto con Yesenia Quiroz, Mile Virgina Martín, Alejandra Negrete y Nadia Vera. La fotógrafa tenía algo que decir y lanzó preguntas que hacen reflexionar sobre la violencia en la actualidad: «Me pregunto, y quizá ustedes tengan una respuesta, cómo nos verán dentro de 100 años, qué dirán las fotografías de lo qué está sucediendo, qué dirán quienes las vean, cómo se analizaran. ¿Qué dirán entonces las imágenes de los 43 estudiantes de Ayotzinapa hasta ahora desaparecidos? ¿Qué les dirán de nosotros como sociedad a los mexicanos del futuro? Es una responsabilidad del gobierno no hacer como que no pasa nada». Para Elsa, la fotografía está estrechamente vinculada a la historia personal de cada individuo «creo que los relatos de familia van conformando la historia gráfica de tu vida, y que casi en todas partes, pues hay donde aún no sucede, la gente tiene una historia de su vida fotografiada».[1]
La opinión que cada fotógrafo tiene sobre su trabajo es algo que es importante rescatar para entender mejor el sentido de sus imágenes. Para Alicia Ahumada, por ejemplo, la fotografía ha sido un «hilo conductor para ir por la vida». Ahumada es una fotógrafa que además ha pasado mucho tiempo en el cuarto oscuro imprimiendo. Por ello, el premio que recibe este año laurea su visión humana por las fotografías que ha realizado de comunidades indígenas y por ser alquimista, esto en referencia a su trabajo de años como impresora para Graciela Iturbide y Mariana Yampolsky. La perspectiva que tiene Ahumada sobre la fotografía es de compañía y de amparo: «Me hacía valiente, podía viajar sola sin sentirme desubicada. Creo que la soledad es la que me ha llamado finalmente y la foto ha sido una compañera. Ha sido mi sustento y ha sido un sustento muy generoso, nunca me ha abandonado […]». A pesar de que el documentalista registre actividades humanas, su práctica fotográfica es meditativa; el proceso creativo un ejercicio de reflexión interna.
Por otro lado, Arturo Fuentes es un artista documental que ha vivido la fotografía a través de su experiencia en las calles de la ciudad. «Siempre he sido un vago, siempre me ha gustado la calle. Siempre pensaba ser un corresponsal de guerra cuando me gustaba el rollo del fotoperiodismo, me encantaban los trancazos. De hecho mis primeras fotos son de una manifestación del primero de mayo de 1985 […]». Fuentes, a diferencia de Elsa Medina y de Alicia Ahumada quienes tuvieron una influencia importante de Nacho López, se acercó a la fotografía de manera autodidacta. Lo que destaca en su trabajo es que hace uso de procesos fotográficos antiguos.
La importancia de la fotografía como «documento» radica en su naturaleza de registro y por supuesto que es posible realizar estudios históricos con ella. De otra manera, las labores de conservación, resguardo, catalogación y difusión de las fototecas incorporadas al SINAFO, así como los esfuerzos del INAH por realizar eventos que giren en torno a este oficio serían absolutamente infructuosas. Por fortuna, el Encuentro Nacional de Fototecas reúne a investigadores, críticos y artistas con una visión significativa de la fotografía como patrimonio histórico de nuestro país y rescata la valoración que de cada trabajo; a través de sus reflexiones permiten que nos acercarnos al significado de hacer fotografía, y a que nuestra visión como espectadores no se limite a la lectura y la crítica que podamos hacemos de las obras.
Las fotografías de la actualidad quedan como una huella que será analizada en el futuro, serán fuentes «mudas» que representarán algo desde el discurso de quienes las analicen. ¿Las fotografías producidas en nuestra época mostraran la realidad fidedigna de lo que aconteció? No. Pero su objetividad y veracidad podrán ser analizadas con mayor detenimiento y con el apoyo de otros documentos y, al mismo tiempo, éstas servirán de complemento para otras fuentes históricas.
Era la temporada en que a la Petra y a mí nos amanecía en aquella alcantarilla-bar, hablando de lo divertido que sería borrar del mapa a una culera que odiábamos, cuando un chiflido en el silencio entre canciones nos hizo mirar de reojo un rinconcito detrás de la rocola. Ojo rasgado, pelo negro azulado, flaca y descosida cual gata que amamantó pirañas como crías. Era la travesti más triste del mundo. Sentada con una pierna cruzada encima de la otra, hablándonos con el acento distorsionado de quien ha atravesado fronteras siniestramente con el afán de lograr el futuro, el avant-garde mental, la pesadilla de los leggins everywhere, con voz interracial e intersexual aunque un poquito tarada.
—Pero que salga bonita, mija. Como soy —dijo estirando a la Petra su teléfono celular.
En un acto de contorsionista psicótica pasó de ser la travesti más triste a una feliz edecán de embutidos y queso plasticoso que en los pasillos de la vida guiña el ojo o mueve el culo a los padres de familia que no les queda más que comerse de un mordisco el trocito de lo que será un cáncer gástrico. Cáncer gástrico con metástasis era esta vestida insolente que nos había agarrado de sus fotógrafas. A nosotras que sólo pensábamos en las mejores maneras de borrar alimañas de nuestro territorio. Más yo que la Petra, que se juntaba conmigo sólo para verse travolta mala.
Improvisando esa sesión de cantina nos preguntamos para qué querría fotos mostrándose feliz esta vieja travesti. Tan fea, tan sureña, tan mezclada. ¿Imágenes de sí misma en el glamour de la soledad? Qué nefasta. ¿No conocía las selfies? ¿Por qué no se autorretrataba fingiendo no darse cuenta, como hacen las culeras a las que tanto odiábamos? Simulacros de diversión y excesos: mala muerte, cerveza tamaño caguama, ambientes festivos en medio de columnas de humo, y ella en plan jovial, en huerca chiflada, en el nada extraño caso de la doctora Jackie y Misery trans. Se metamorfoseó apenas el ojo de su cámara la apuntó. A cada flash, una nueva pose. Se reía a carcajada suelta estirando su mano que al instante era besada por pretendientes invisibles. Loca de atar. Fingida felicidad en formato 1:1 para que las de su pueblo la envidiaran. Eso pensábamos cuando de repente dijo:
—Yo les hago el trabajito.
Nos quedamos pendejas la Petra y yo. A pesar de la edad, la travesti tuvo oído para escuchar nuestra sarta de deseos de asesinas seriales. Ella acabaría con cualquier antropomórfica infestación de garrapatas que obstruyera nuestro camino. Ahora nos debía un favor. Era un intercambio de guante blanco, en frío, sin ligue emocional. Ni ella diría quién le tomó las fotos ni nosotras quién acabó con la culera que aborrecíamos. Sólo una culera, precisó. No hago exterminio de plagas. ¿Tomar fotos a cambio de que se deshagan de tu peor enemiga? No lo hubiéramos imaginado nunca. ¡Magnífico! Le guiñé un ojo.
—¿Pero cómo? —cuestionó la Petra.
—Mi nombre se lo debo a La Bestia. Soy la Devoravidas.
No sabíamos que aquella pregunta costaría que nos echara en la jeta su monólogo. Se había subido por primera vez a La Bestia en sentido contrario. Por imbécil. De México a Honduras. Enculada de un cabrón que le daba piedra y su anaconda personal. Conoció primero el sur vecinal que el norte soñado. Cuando el cabrón dijo estar harto y quiso regresarse, ella lo siguió y con un arañazo lo echó a las vías. Luego los Mara Salvatrucha la adoptaron usándola de guachimán en los vagones del tren. Cientos de viajes en tramos cortos. Vivía empedrada, envuelta en humo, nostálgica. Su función en el tren de la muerte era la de guadaña. Cortar cabezas. Decir quién tenía y dónde su dinero. Extorsionar, asaltar, incluso sodomizar. ¿Sodomizar? ¡Hasta el fondo! Aprendió a darle de comer a La Bestia arrojando a los majes que se negaban a entregar sus pertenencias. Mentando la madre por pisto. Se volvió una catrina. Débora, la Devoravidas.
—Eres toda una asesina —dijo la Petra que se sentía identificada con su historia pues también ella era migrante e incluso mató para sobrevivir.
—No más que tus leggins, mija —señaló aquellas carnes apretujadas bajo la lycra. Y aquello era cierto porque a la Petra le habían dejado en la entrepierna más bien el antes que el después de un labio leporino con paladar hendido. Pero todo junto y mal engrapado, con sonrisa de nervios y con harta hambre.
—¿Y para qué son las fotos? —pregunté para evitar el roce entre ellas.
—Para un deudo.
—¿Pariente del que estabas enculada? —siguió de insolente la Petra.
—No, niña, es para uno que va a dejar el odio de tu amiga.
—Estás loca, nosotras estamos borrachas.
—No queremos matar a nadie —terció la Petra—. Mejor vámonos.
—Esperen, yo tampoco quiero matar a ninguna culera. Hablemos claro. No vine huyendo de la migra para que se acabe la diversión. Si me quedaba en Honduras me mataban por trans. Si me subía a La Bestia me mataban por ir en transmigración ilegal. Que la maten a una es muy trans. Quiero que lo entiendan. Cuando una es migrante y encima trans es la doble de sí misma. O dos veces una pero entera por fin. Una está dividida por lo que dejó y por lo que encontrará. Pero cuando una mata por fin completa el ciclo de víctima y asesina.
—Pensábamos que eras travesti. ¿Desde cuándo eres trans?
—¿Entonces migrar cuesta la vida?
—Así es, niña. Por eso vengo a que me tomen fotos en las que simulo ser una mujer feliz. Feliz y de fiesta. Estoy atrapada en lo que llaman fuga disociativa.
—O sea que, encima de serlo, ¿estás loca?
— Ten cuidado, culera, porque yo vencí a la mismísima Bestia. —¿Entonces para ti esto es una fiesta? ¡Qué raras son las fiestas allá en el sur!
La Devoravidas sacó de su bolso de mano una botellita oscura y se puso unas gotas detrás de las orejas, en el cuello y en el interior de los codos. Enseguida arrastró a la Petra a la pista de baile. Se abrazaron tan fuertemente que no se entendía si se restregaban de alegría o peleaban por separarse.
—¡Son poppers! —gritó la Petra cayendo desinflada al piso—. ¡Tu maldito perfume son poppers! ¡Ay, mi corazón!
En ese momento vi mentalmente la fotografía de una travesti vieja pero feliz. Petra agonizaba en el piso. Me acerqué sigilosa agarrándome del brazo de la Devoravidas que todavía hedía a poppers. La señora guadaña había pasado encima de la Petra. Y el tren de la muerte. La Bestia y la Devoravidas también. Cubrí su cara de muerta con las faldas que llevaba puestas, dejándole el sexo trans al aire.
—Ay, ni que le hubiera quedado tan bonita la jarocha —dijo la Devoravidas. Y nos fuimos con los brazos entrelazados buscando el cuarto oscuro antes de que amaneciera.
“Matemáticas”, 2013. Fotografía de Byron Barrett. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
Es común escuchar que las matemáticas son creación humana. Sin embargo, resulta difícil pensar que «dos más dos son cuatro» sea algo que hayamos inventado. El dilema puede resumirse así: ¿el ser humano ha inventado las matemáticas o las ha descubierto? Es decir, ¿sus verdades existen en la realidad y nosotros sólo nos percatamos de ellas (tal como nos percatamos de que el calor del sol evapora el agua) o las creamos como hemos creado las herramientas y los juegos?
La ciencia y la filosofía se ven en dificultades cuando quieren comparar las afirmaciones matemáticas con construcciones mentales como la percepción, la imaginación, la intuición y el razonamiento, en las cuales nuestra imperfección es visible. Incluso los científicos más estrictos cuando se topan con ciertas ecuaciones matemáticas, son capaces de hablar de magia, prodigio o milagro; y el gran matemático Leonhard Euler admitía que a veces su lápiz era más listo que él.
Lo cierto es que, a todos sin excepción, el maravilloso reino de las matemáticas nos depara innumerables momentos de incredulidad en que los pelillos en tu cuello se levantan y pican por toda tu columna vertebral», como dice Ian Stewart, miembro de la Real Sociedad de Londres, en su libro 17 ecuaciones que cambiaron al mundo.
Algo así me pasó cierta mañana mientras tomaba el sol muy cerca de la playa, y ocioso me puse a hacer nuevos cálculos mentales sobre un hecho curioso que ocurre con la tabla del 9, y que yo conocía desde niño. Tal vez el lector también esté al tanto de que si se suman los dígitos de cada resultado de esa tabla, siempre da nueve; es decir, 9 X 2 son 18, y 1 + 8 son 9. Lo mismo ocurre con 9 X 3 y los siguientes.
Consciente de que esto podía ser parte de la lógica interna sólo de ese número, probé con las demás tablas. La del ocho me dejó perplejo, y lo mismo ocurrió con las del 7, el 6, el 5, el 4, el 3 y el 2 (la del uno y la del diez eran obvias).
Desde aquel día, cada vez que escucho que las matemáticas son una creación humana, me quedo atónito: ¿cómo es que un invento de nuestra mente puede depararnos sorpresas que no esperábamos, y en tal cantidad? Es como si alguien construyera un artefacto para tostar café y después se diera cuenta de que también le sirve para sacar agua del pozo, maquilar muñecas parlantes, curar el dengue, viajar al Sol y mil y un etcéteras.
¿No será que, más que inventarla, lo que hemos hecho es descubrir una realidad maravillosa?
«Bien, aceptemos la idea ─replican los científicos más estrictos─. Ahora, por favor explíquenos: si las hemos descubierto, ¿dónde están? No son una forma de materia ni de energía, tampoco podemos decir que son nada pues tienen leyes y estructuras sólidas. Sin embargo, no se les encuentra por ningún lado, salvo en nuestra mente. ¿O van a decirnos que las matemáticas ─como el invisible Dios─ son cuestión de fe?»
Los atónitos contestamos: «No, es cierto que están en nuestra mente y que gracias a ella las hemos descubierto, pero también es cierto que al hacerlo nos hemos dado cuenta de que también existen en la realidad. ¿O son ustedes quienes van a decirnos que la mente humana crea la realidad y le transmite sus leyes?»
La discusión es interminable. Lo único cierto es, como ya dijimos, que las matemáticas nos regalan a todos instantes de profundo encanto. Por cierto, cuando el arriba mencionado Ian Stewart habla de verdades que te ponen la piel de gallina no se refiere a aquel sortilegio de principiante que yo descubrí en la playa ni a otros igual de básicos, como que 9 por cualquier número, por largo que sea, da un resultado cuyos dígitos en última instancia sumarán 9. Stewart hace mucho que cursó estas materias del Hogwarts matemático y en el libro citado alude a una ecuación de elevada magia. No es aquí el lugar para exponerla. Sólo quiero señalar que, aunque se descubrió hace casi cinco siglos, fue explicada sólo hace dos, y es considerada por la mayoría de los expertos como la más bella ecuación matemática. Su poder es tan grande que a William Rowan Hamilton, el mago que por fin pudo explicarla, se le permitía pisar los prados de la universidad donde trabajaba, el Trinity College de Dublín, cosa prohibida a todo otro ser humano en este mundo.
Esta tabla despliega el sortilegio que descubrí en la playa. La X en la orilla izquierda equivale al por. Hay que multiplicar un número en rojo por un número en azul y buscar el resultado en la casilla donde se intersectan. Para ahorrar la tarea al lector, ese resultado ya es el de la suma final de los dígitos. Por ejemplo, si en la intersección de 8 y 4 encontramos un 5, es porque 8 X 4 = 32, y 3 + 2 = 5.
Las secuencias pueden leerse en columnas y/o líneas horizontales, como se prefiera.
Como les digo, la del 8 es sorprendente. Las del 4 y el 5 se deben leer de dos en dos, a saltos. Las del 2 y el 7 forman, cada una, dos bloques, uno de números pares y otro de nones. La del 6 y sobre todo la del 3 son sorprendentes a primera vista.
Muchos desconocen la estética posdramática y el origen teórico de este concepto, inaugurado por Hans Thies Lehmann en 1999. En términos muy generales, se trata de un tipo de teatro que rompe con la idea de ficción y donde el texto dramático deja de ser central para la puesta en escena, además de que los elementos materiales (iluminación, escenografía, objetos, cuerpos, voz, espacio) se configuran para que ya no estén supeditados en crear una atmósfera realista. Este tipo de juegos escénicos, de exploraciones materiales, han llevado al teatro de los últimos treinta años a encontrar poéticas —tanto en el texto dramático como en la escena— de nuevas estructuras que muestren un teatro de la percepción, de las imágenes, de los cuerpos y, por lo mismo, más cercano a lo performativo y al arte conceptual.
Este tipo de teatro no es hegemónico, en ningún país algún tipo de teatro ha sido del gusto de todos los públicos. Ante la pregunta de una alumna en el último taller de dramaturgia escénica que impartí, sobre qué va a pasar con los dramaturgos, la respuesta es que siempre habrá quienes vean sus textos en escena y quienes no. Habrá obras que funcionen mejor para el tipo de estética posdramática y habrá otras que sean más afines a una puesta realista. Lo cierto es que la literatura dramática sigue siendo parte de la producción escénica y la ficción, una de las formas del teatro más populares en cuanto a número de espectadores y boletos vendidos, tanto en México como en Estados Unidos o países como España o Canadá.
Entre las compañías y artistas escénicos que podrían entrar dentro de esta estética no ficcional se encuentran Needcompany, She She Pop, René Pollesh, Angélica Lidell, Rodrigo García, Emilio García Wehbi, Periférico de Objetos (años ochenta y noventa), Pina Bausch, (noventa), Romeo Castellucci, Jan Fabre entre muchos otros. En México podríamos hablar de Lagartijas Tiradas al Sol, Alberto Villarreal (actualmente), Teatro Ojo y Teatro Línea de Sombra; en el caso de esas dos compañías, sus últimos trabajos rompen con los parámetros de lo que conocemos como «espectáculo» para ahondar en las líneas de la realidad, teatro documento y otras estéticas que tienen que ver con la inmersión de la compañía en una comunidad y su labor dentro de ella.
El teatro posdramático ha estado presente en el trabajo de algunos grupos mexicanos desde hace varias décadas, aunque es hasta ahora que realmente se puede definir y nombrar dicho concepto (que a muchos disgusta y a otros tantos asusta), ya que es común observar cómo en la práctica de los jóvenes creadores, se toma de referente este modelo sin tratar de copiar las formas de las compañías mencionadas anteriormente, es decir, pareciera que el texto sigue siendo importante, la fábula sigue siendo central, es más, diría que la narración sigue siendo la base de la puesta en escena y que a partir de ella los juegos teatrales (donde los actores rompen con la ficción para hablar al público, o donde los textos van de un género a otro sin ningún empacho) son justamente las poéticas y narrativas a las que asistimos en el teatro joven.
Aunque esta estética se vuelve nuestra y las formas poéticas del teatro joven mexicano se ven claras —aunque un poco diversificadas—, no están vinculadas hacia la dramaturgia escénica, sino hacia la puesta de un texto de forma contemporánea que innova en el canal mediático y tecnológico por el que llega la historia al espectador.
Así, en respuesta a la pregunta de qué pasará con los dramaturgos, considero que la escritura teatral en México sigue estando más cercana a los modelos clásicos de la literatura dramática que a la «revolución posdramática» de la que algunos hablan. Es más parecida a un intercambio de estéticas, un collage donde los jóvenes creadores toman ideas de compañías extranjeras, o de algunos creadores mexicanos con propuestas innovadoras, para hacer sus propias búsquedas aunque éstas permanecen todavía cercanas a la narraturgia, y a la actuación realista, tal es el caso de las formas convocadas por Alejandro Ricaño —tanto en texto como en puesta en escena con toques de posmodernidad— que se repiten en otros creadores. Quizá por ello, veo una pobreza de propuestas por parte de los directores escénicos que siguen siendo más puestistas que creadores.
El afán de nutrirse del teatro de otras latitudes (ya que la apertura a otros métodos es indispensable para la propia creación), la diferencia entre el concepto de teatro posdramático y otras teatralidades, es que no se trata de alguna estética vanguardista, es decir, no se trata de una escuela de actuación en donde hay un maestro que enseñe tal o cual técnica, pues el desarrollo estético del teatro de las últimas décadas también ha ido de la mano con la posmodernidad. En esta posmodernidad ya no hay escuelas ni maestros que guíen y que enseñen un tipo de teatro específico, se trata de creadores que muestran su trabajo sin vínculos pedagógicos ni comunitarios; las grandes búsquedas como el teatro surrealista o el teatro brechtiano no existen más en nuestros días. Hoy nadie intenta cambiar el mundo con el teatro, tampoco se intenta cambiar la mentalidad ni educar a nadie.
Estas circunstancias nos llevan a zonas de confusión y sobre todo nos llevan a cuestionarnos sobre el arte mismo. ¿Qué tipo de actuación debo aprender para hacer teatro contemporáneo? ¿Qué tipo de preparación técnica me ayudará a poder crear en escena sin copiar los modos realistas?, ¿qué tipo de escritura me ayudará a crear estructuras fuertes para la creación de un estilo propio como escritor? ¿Conviene escribir primero, o escribirlo directamente en la escena?, ¿se vale escribir acotaciones de dirección en un texto?
Todas estas preguntas ya no encuentran una respuesta porque ya no hay un canon o escuela a la que uno pueda inscribirse, y si esto es tomado desde la libertad creadora puede convertirse en un puntapié para la innovación de la escena, si por otro lado, el miedo de no pertenecer a ningún grupo apabulla a los creadores, entonces no indagar en la propia creación hace que se caiga en un lugar común del teatro mexicano: la endogamia.
Renovarse o morir, dicen por ahí, yo hablo desde una generación que comenzó a hacer teatro en este milenio, habrá que ver lo que sucede con los creadores que llevan ya treinta o cuarenta años trabajando. Algunos como David Olguín, Antonio Zúñiga, Ximena Escalante o Giménez Cacho experimentan, buscan vivir en el 2015; otros hacen montajes que se sienten viejos, como si no tuvieran más ganas de seguir buscando, de entender que hoy la tecnología es muy importante, que el público y sus alumnos son gente que creció con internet, y que sus gustos y niveles de concentración son otros. Así que el teatro posdramático —al menos en teoría— ha sacudido, y ojalá siga sacudiendo, las telarañas de muchos profesores y creadores para ver si así despiertan un poco de esta modorra que a veces, con tanta beca y apoyo, parece que logra aletargar los sueños innovadores de muchos.
«Ce», así con mayúscula en náhuatl significa uno/primero. Para Neoplen es el comienzo del camino. Se trata del título de su primer material discográfico, un EP con seis temas que condensan su propuesta sonora: música que fusiona ritmos del mundo, las tres raíces que conforman la identidad mexicana profunda y un abanico amplio de rock. Neoplen suena un poco como su nombre, una palabra con un significado preciso que en realidad es un vocablo inventado para definir lo que tocan Ismael Peña, Max Potenza, Pablo Peña, Cristina Estrada y Camilo Romero. Es algo unido inevitablemente a la música y la melodía. Neoplen fluye y se repliega en un misterio, suena musical pero también se nutre de historias y sucesos de la vida, de cierta poética de la cotidianidad, y del arraigo al origen y la tradición de la cultura mestiza. Todo enmarcado en un mundo contemporáneo que todos hemos experimentado. Un mundo violento, egoísta, tremebundo en el que aún bajo esas circunstancias es posible hallar un refugio. Creo que la propuesta de Neoplen es la de hallar ese cobijo en la música y la comunidad que genera.
Neoplen nació en 2010 en Cuernavaca, Morelos. Fue una agrupación que desde el inicio se distinguió por crear temas propios, sustentados y construidos en la creatividad de todos sus integrantes. Por sus filas primeras pasaron diversos músicos como Omar Vázquez, por ejemplo. Afortunadamente con el paso del tiempo y la experimentación sobre su propio sonido, Neoplen halló una formación sólida con un grupo de grandes músicos que —importante— conectaban en conjunto, en vivo, que componían con fluidez y fue entonces que comenzó la travesía en la matriz de Ce, disco que verá la luz oficialmente el próximo 20 de septiembre, en punto de las 19 horas en uno de los recintos más importantes de Morelos, el Teatro Ocampo.
Las canciones de Ce se nutren en gran medida de la tradición del son (incluso en la lírica que Ismael Peña compone influido por la estructura de la décima espinela), por el rock, funk, cha cha chá, cumbia, en ritmos que explícitamente invitan al baile y a la reflexión. Sus canciones son una respuesta contra el miedo, una celebración de todas las cosas que nos regala el trópico: sopor, fiesta, alegría, sensualidad, sudor sobre la piel morena y festividad. De este material se desprende «Dicen», primer sencillo que se estrenó hace unos días en redes sociales y en varias emisoras radiofónicas del estado. La canción, según Ismael Peña, recupera dichos populares, así como cierta idiosincrasia e inclinación de los mexicanos por el chisme, y la tendencia tradicional de transmitir oralmente historias y creencias populares: «Dicen que hubo un abuelo,/ que al danzar ofrendaba sangre. / Dicen que la mar es grande, agua de todos los ríos».
Uno de los temas más íntimos del disco (y uno de mis favoritos) es «Arrullo de sal», una canción de cuna que Ismael compuso para su hijo Elías. La letra sumamente poética y evocativa es una celebración profunda de amor, de una relación padre-hijo que sólo puede expresarse a través de la poesía y el lenguaje de la música. También destaca «La chinela», pieza compuesta por Pablo Peña y que rescata versos del dominio público. Completan el disco «La partida de Aguanieves», «La pajarita» y «Dónde».
Esta primera grabación de estudio está producida por el reconocido músico, compositor y productor Diego Herrera Martínez, miembro fundador y activo de la legendaria banda de rock mexicano Caifanes. La producción duró cerca de un año. El proceso fue de trabajo constante y de afinación de la propuesta sonora de Neoplen.
Su música ha sido incluida en compilados a nivel nacional y Latinoamérica como Antojitos mexicanos Vol. 9 de Soc Sub (México, 2014) y Compilado Mestizo (Chile, 2011). Entre los festivales en donde se han presentado se cuentan Cumbre Tajín (2010), Tamoanchan World Music (2012), Ecos de los Pueblos (2013), Coyofest (2014) y este año serán, junto a Som Bit, los encargados de abrir la participación de Morelos en el Festival Internacional Cervantino en Guanajuato, Guanajuato. Desde 2013 su música empieza a ser programada en las radiodifusoras más importantes de Morelos. En 2014 la Secretaría de Cultura de Morelos selecciona uno de sus videos para aparecer en la portada de su portal oficial y, a la par, reconoce su trabajo al incluirlo en el programa Morelos en la Hora Nacional. Dentro de las colaboraciones que ha realizado Neoplen se encuentra la musicalización del documental La Piedra: Ceremonia de los Aires del periodista morelense Ángel Álvarez.
Para conocer en todo su esplendor a esta banda hay que verlos en vivo. Son una agrupación que tiene contrastes cuando se presentan en algún escenario y transmiten energía y contundencia. Cristina Estrada, desde las percusiones y el zapateado, cimenta su aporte a las tres raíces, además de ceñirse como la parte femenina de la agrupación; Pablo Peña, talentoso guitarrista, (que además se encargó del arte y diseño del disco: un gallo negro en tinta que evoca un amanecer nuevo, un primer llamado a la alborada), es un músico explosivo con un don nato para componer solos y riffs memorables, Camilo Romero es preciso en el bajo, base sólida del sonido de Neoplen, Ismael Peña compositor, jaranero, voz característica que está al frente y Max Potenza, carismático baterista que llena los espacios de distintos ritmos y su buena vibra. Para verlos en vivo presentando Ce hay que ir al concierto con invitados especiales como Josué Madera y Diego Herrera, que se llevará a cabo el domingo 20 de septiembre en el afamado Teatro Ocampo de la ciudad de Cuernavaca, en punto de las 19:00 hrs. La entrada es libre. Además de escucharlos en vivo, podrán adquirir su primer material discográfico y ser testigos de cómo comienza el camino de una de las bandas más prometedoras de la escena de la Ruina Tropical.
Decía Rabelais que una botella de vino encierra la verdad. El alcohol, ciertamente, es una perspectiva, un paliativo y también un instrumento. Una perspectiva para aquellos que nunca estuvieron convencidos de ver el mundo con los consabidos ojos; un paliativo para soportar la realidad y un extraño instrumento que nos ayuda a entendernos.
El mito de Dionisio nos recuerda que el alcohol tiene su origen en el sacrificio. Siempre que estamos briagos asesinamos algo de nosotros mismos al ofrecernos como víctimas o al asumirnos como verdugos. Al nivel que sea, siempre que se está borracho se comete un acto atroz (algo sombrío, oscuro): el obsesivo divaga, el tímido se atreve, toda disciplina se pervierte y toda relajación se acentúa.
En el discurso bíblico, el alcohol interviene para explicar la posibilidad, por ejemplo, de las uniones incestuosas. Para narrar que una hija seduzca a su propio padre, o que un padre consienta que su propio hijo se acueste con su madre, el alcohol es la fórmula mágica que todo lo oscurece: la pócima de la perversión del juicio que explica, volviéndolo más impenetrable, un misterio. Noé plantó una viña y bebió el vino que más tarde justificaría que no se percatara de un incesto. Al igual que en el mito de Dionisio, el origen del alcohol en la Biblia presagia un acontecimiento inefable.
Dionisio inspiraba la locura en las ménades, éstas se entregaban a su éxtasis y devoraban jirones de carne ensangrentada. De sus largos viajes por el mundo, Dionisio experimentó el júbilo y la miseria del vino: el vaivén de la comedia y la tragedia. Llegó a Ática y fue hospitalariamente acogido por Icario y su hija Erígone. En retribución por sus servicios, y un tanto enamorado de la hija de Icario, Dionisio les obsequió un odre de vino y les enseñó a cultivar la vid. Icario invitó a beber a sus pastores de esa nueva sustancia divina; embriagados y poseídos por una inusitada violencia, no supieron de sí hasta que despertaron: al sentirse envenenados, asesinaron a Icario, según algunas versiones, desollándolo para luego arrojarlo a un pozo. Erígone, al descubrir el cuerpo de su padre gracias a su perro y al ver que había sido brutalmente asesinado, se colgó de un árbol. Dionisio sintió rencor al enterarse de la noticia de la muerte de Erígone y envió una peste sobre el Ática que provocó la locura de las jóvenes vírgenes, que terminaban por colgarse de un árbol.
Ovidio escribió que Dionisio había “seducido a Erígone con las falsas uvas”. El vino, su don, primero lo acercó a ella y luego se la arrebató. El alcohol es la euforia de una disforia —y la resaca, su contraparte, la disforia de una euforia—. Es el triste júbilo y la melancolía festiva. El borracho empieza sonriendo, pero termina llorando. Empieza reconciliándose para volver a reñir consigo mismo; luego la culpa y nuevamente el perdón y la indulgencia que él mismo se ofrece. La borrachera es un drama litúrgico del Evangelio de todas nuestras miserias y contradicciones.
Francamente, no entiendo a la gente que no toma. Pienso en lo que un amigo, que se apellida París, dijo de cierto poeta: «La poesía y la sobriedad sólo se concilian si eres inteligente». Naturalmente hablábamos de los tantos poetas que inexplicablemente dejaron el alcohol porque creían que les hacía daño. ¡Cómo si la sobriedad no fuera más terrible! Pienso también en lo difícil que debe ser vivir sin alterar nuestra percepción, sin distorsionar los sentidos, siendo completamente conscientes de lo que hacemos. Incluso Fernando Pessoa, preferentemente racionalista, bebía diario siete tragos de cierto aguardiente que lo ponía briago. «Los antiguos invocaban a las musas. Nosotros nos invocamos a nosotros mismos…» con ayuda del alcohol.
El gazmoño común dirá que estoy haciendo una apología barata del alcohol; dirá que el alcoholismo es algo muy serio, que destruye vidas y que es un problema social y de clase muy grave. El rico toma coñac y el pobre Tonayán… Digo que estoy de acuerdo en que la pobreza se soporta mejor estando borrachos. Para tranquilidad de las buenas conciencias también he de decir que si toma, no maneje. Mejor quédese tirado. Boca abajo, morir de congestión alcohólica no siempre vale la pena.
Alguien ya dijo mejor todo esto. Se llama Nicanor Parra. Cito aquí, en desorden, algunas coplas que escribió en honor de la esencia de las uvas: