Tierra Adentro

¿Recuerdan que un exvillista le regaló al General Cárdenas su rifle Winchester 30-30 como agradecimiento por la Reforma Agraria, que repartía en su mayoría las porciones de tierra estériles a diferencia de las que los generales tomaron al término de la matanza iniciada en 1910? ¿Lo recuerdan?

De esas tierras pedregosas a mi abuelo no le tocó ni el cascajo. Ha sido durante años un misterio para mí, ese no saber de qué lado de la revolución estuvo mi abuelo. El Atlas de México de Porrúa dice que por geografía fue zapatista; desgraciadamente, por mis deducciones he de decir que finalmente quedó en el lado oficialista con los sonorenses, aunque después, para beneplácito de mi lado socialista funcional, quedara del lado de Cárdenas por la misma lógica de los acontecimientos.

Como es lógico, por mi edad nunca lo conocí. Murió el mismo año en que fui concebido. Así que es muy difícil saber a ciencia cierta muchas cosas; lo que sí tengo claro es que tuvo varias esposas y después de enviudar en distintas ocasiones, a la última, mi abuela, le tocó enterrarlo.

Una de las múltiples anécdotas que escuché en torno a ese fantasma que es mi abuelo es que en los años sesenta conservaba consigo la única herencia defendida a punta de golpes en la Revolución: su Winchester 30-30.

Según mi abuela, que aún vive (ella tenía quince años cuando se casaron; él cincuenta), mi abuelo había completado una suma de dinero para comprar terrenos de labranza, pero necesitaba un poco más para poder adquirirlos, así que decidió venderlo por una cantidad respetable para, por fin, hacerse campesino, ya que nunca le dio por serlo plenamente —la revolución lo agarró a los diecisiete y no lo soltó hasta bien entrado el siglo XX—. Semanas después, el 30-30 cobraría su última víctima en un poblado vecino. Si compras un arma de fuego, seguramente es porque vas a usarla. El nuevo dueño lo tenía claro.

En mi afán por recuperar ese rifle, me aventuré en diversas direcciones. Aquí una de las esotéricas: en los mismos terrenos decidí colocar un señuelo para provocar la reiterada visita de un quebrantahuesos, así tendría una señalización clara de cómo puede existir un olor metafórico a muerto con los zopilotes rondando de forma cotidiana los terrenos. Al quinto día, después de convertirme en observador de aves de rapiña, dejé de luchar con los perros de los ranchos cercanos, me rendí ante un su renovada estrategia diaria por robarme las putrefactas tripas del señuelo; nunca vi a ningún animal regodearse con tanta gloria mientras traga.

Y aunque fui obligado cuando niño a cantar el corrido 30-30, enhuarachado, con bigote falso bajo el sol del mediodía, con una vergüenza titánica, aún sigo en la búsqueda de la carabina que fue lo único que mi familia obtuvo de entre un millón de muertos.


Autores
(Oaxaca, 1985) es artista visual. Ha participado en la III Trienal de Port Izmir, la VI y la III Bienal de Arte Joven de Moscú, la XII Bienal de Estambul y la VIII Bienal de Mercosur.

Un día de 1999 o 2000, mientras caminaba en las cercanías de Echo Park, área donde entonces vivían los mexicanos en Los Ángeles, me llamó la atención que, junto a las cloacas, había olotes tirados en las jardineras. Parte del paisaje urbano, como podrían serlo en algún parque del Distrito Federal o en cualquier pueblo de México. Nuestros compatriotas se habían llevado con ellos la costumbre de comer maíz con crema y chile en parques y festejos. Me pareció que esos olotes ensartados en un palo eran elocuentes marcadores de la presencia mexicana en esa área. Por mi interés en aquellos rastros de una cultura que no está codificada de un modo tan evidente en otro contexto, pensé que debía hacer una escultura con el tema. Le comenté esta idea a mi amigo Rubén Ortiz y decidimos hacer réplicas realistas de olotes mordidos. Esta cosecha sería un múltiple de edición ilimitada que se vendería por kilo, incluso logramos posicionar varios en la entonces naciente colección Jumex. Los olotes llegaron a ser parte de la controvertida muestra sobre la Ciudad de México en el P.S.1. (Nueva York, 2002) en donde se anunciaron como Elotes/Maíz transgénico.

Durante los últimos veinte años las compañías de biotecnología y el gobierno de Estados Unidos han considerado que la adopción de cultivos transgénicos es la mejor apuesta para el futuro de la alimentación mundial. El presidente que hoy tenemos en México también defiende su uso, incluso enfrentando las demandas que se han presentado para proteger la biodiversidad, la sustentabilidad y la soberanía alimentaria nacional. Una insistente campaña internacional en medios masivos acompaña la elección de estas tecnologías, como un artículo reciente en la revista National Geographic que incluyó el rechazo a los transgénicos en una lista de quienes tienen una «guerra contra la ciencia», equiparando esta toma de posición con la negación del cambio climático o el rechazo a las vacunas. El artículo menciona un consenso científico amplio sobre la seguridad de estos cultivos para los consumidores. La defensa de la causa de los transgénicos tiene de su lado a científicos célebres como Richard Dawkins, autor de El gen egoísta, y Neil deGrasse Tyson, el astrofísico conductor del remake de la serie Cosmos.

La historia es diferente en México, sobre todo porque la seguridad del consumidor no es la única razón para tener precaución con estas tecnologías. Hay una gran cantidad de científicos que secundan las preocupaciones del doctor Emilio Chapela, uno de los primeros en estudiar el tema. José Sarukhán, ex rector de la unam y especialista en ecología, además de otros muchos, han analizado a fondo la situación, concluyendo que en México la liberación de cultivos transgénicos sería catastrófica.

Queda claro, gracias al trabajo de grupos como la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad o la campaña Sin maíz no hay país, que el maíz transgénico vulnera las prácticas agrícolas sustentables de los grupos de pequeños agricultores en México, quienes todavía generan la mayoría de la producción del grano en el país. La teoría más aceptada es que fueron los agricultores antiguos en el territorio que ahora es México quienes criaron la planta del maíz a partir del pequeño teocintle, hace aproximadamente ocho mil años. La gran variedad de razas de maíz en el país es testimonio de esta herencia biocultural que estas técnicas de agricultura industrial ponen en grave riesgo. La insistencia en un monocultivo destruye los suelos y hace probable la contaminación de las plantas nativas con rasgos transgénicos. La siembra de maíz transgénico es una actividad que pone en riesgo la producción agrícola nacional y la seguridad alimentaria no sólo de México, sino del mundo entero.


Autores
(Ciudad de México, 1968) es artista visual y escritor. Ha recibido varios reconocimientos. Entre sus exposiciones individuales más importantes se encuentran Stonehenge Sanitario y Bitácora Artística.

¿Cómo podemos reflexionar sobre la muerte desde las artes visuales? Carolina Alba traza las inquietudes de un grupo de artistas que relacionan su trabajo con la muerte del campo (territorio), la muerte del discurso (política), la muerte del maíz (alimento) y la muerte de la ciudad (hábitat), para dar sentido a un conjunto de propuestas que cuestionan nuestra realidad inmediata.

En una de sus publicaciones periódicas para la revista e-flux, Boris Groys (2013) nos recuerda que la finitud de la existencia humana previene a la humanidad de alcanzar la perfección e invita al artista a no volverse inmune ante el bacilo del cambio, la enfermedad y la muerte, sino por el contrario, que se deje permear por estas situaciones, que las explore y confronte. La escasez del tiempo y la energía es lo que determina la finitud humana, pero no sólo eso: estos mismos factores fueron lo que definieron en gran medida las bases para la evolución de la naturaleza. El ideal de la copia de una molécula dependió del tiempo que tuviera, ya fuera para replicarse con gran velocidad o para hacerlo de manera más lenta pero con mayor precisión. El que para ambos casos los recursos siempre fueran limitados, finitos, propició la competencia, y por ende, la ya conocida lucha por la existencia, la supervivencia.

Sin embargo, hay todavía dos variables importantes por considerar en este proceso evolutivo: la estabilidad (resistencia) de la copia del molde, y la gran posibilidad del error en alguna de las copias. El error se vuelve entonces un factor atractivo para retomar, ya que sin poderlo clasificar como mejor o peor, propiciará la evolución misma. De hecho Richard Dawkins, en su libro El gen egoísta (1993), nos aclara que nada en realidad desea evolucionar; por el contrario, la búsqueda por una estabilidad forzó a que dichos replicadores (genes, moldes) desarrollaran maneras de autodefensa, también llamadas máquinas de supervivencia. Dichos vehículos de subsistencia debieron irse perfeccionando en técnicas y artificios, y henos aquí. Pero el objetivo principal de Dawkins en su libro es examinar la biología del egoísmo y el altruismo, y defiende que estas máquinas de supervivencia están programadas para perpetuar las moléculas egoístas, también llamadas genes. De hecho, es irónico pensar que si fuera más fácil aprender a ser altruistas sería debido a un condicionamiento genético. Pero lo que nos interesa al hablar de la muerte, presente de diversas maneras a nuestro alrededor, son aquellas influencias que se han ido aprendiendo y transmitiendo de una generación a otra a través de la cultura.

Dawkins nos ofrece dos panoramas inmediatos, uno en donde reina el altruismo, y otro el egoísmo. En el escenario del altruismo, algunos deberán sacrificarse por el bienestar del grupo, también llamado «selección de grupos»; por el contrario, en el escenario de la «selección individual», algún rebelde no estará dispuesto a tal sacrificio, y esto mismo le dará mayores posibilidades de subsistir y reproducirse. Por consiguiente, la herencia serán estas cualidades egoístas y, tras varias generaciones, finalmente los que quedarán del grupo altruista se identificarán con el grupo egoísta.

Todo esto podría ser «aparente»; sin embargo, si se piensa en la muerte del campo (territorio), la muerte del discurso (política, bienestar común), la muerte del maíz (comida) o la muerte de la ciudad (hábitat) en México, vemos que la teoría de aquel zoólogo inglés heredero de Darwin cobra sentido.

Vivimos en el inicio de la era del info-capitalismo (Mason, 2015), donde la abundancia de la información del conocimiento y la inmediatez de la imagen no nos permiten «fiarnos de lo visible», y hemos tenido que regresar a uno de nuestros sentidos más básicos para distinguir el estado de las cosas: el olfato. En efecto, algo huele mal, a podrido. Distinguimos el olor común/ tradicional de los elotes con mayonesa y chile de nuestras calles llenas de comida pero tirados como basura en barrios extranjeros, herederos de una bio-cultura milenaria; el olor a muerte de las tierras estériles repartidas y millones de muertos por una revolución ficticia, el olor a pólvora de los trofeos de conflictos de años que no permitían trabajar pero que se conmemoran; el olor al dinero criminal normalizado como democracia que fluye a través de los discursos sordos y sin sentido, pero nos cuesta imaginarnos el olor de nuevos hábitos sustentables y una permacultura autosuficiente porque, quizá, hemos heredado el gen egoísta y despiadado. Sin embargo, es relevante reflexionar sobre las condiciones y el contexto donde este ser ha sobrevivido y prosperado.

Este dossier de arte invita a pensar, a través de una breve línea histórica, en la relevancia urgente de políticas alimentarias que reconozcan el pasado particular de una herencia milenaria de la biodiversidad del maíz con el proyecto de Eduardo Abaroa y Rubén Ortiz. Acto seguido, cuestionar la trascendencia del pasado inmediato de la reforma agraria tras la Revolución con la obra de Edgardo Aragón, para así reflexionar en el presente y la democracia que vivimos basados en la normalización del narcotráfico y, finalmente, repensar el futuro de la cultura que queremos heredar entendiendo nuestra historia, considerando un contexto urbano-rural en una era de la producción colaborativa que usa la tecnología de redes para producir bienes y servicios con el proyecto de Rancho Ciencias Naturales de Paulina Lasa. Porque si pensamos que, como Mason cita a Karl Marx, el conocimiento dentro de las máquinas debe ser social, el poder de la imaginación, el diseño y la información basado en un sistema de redes podría permitirnos, quizá, regresar a maneras más altruistas de subsistir por un bienestar de las especies, a partir de reflexionar sobre el riesgo de la estabilidad contra el error y de carecer de una memoria histórica colectiva que nos haga caer en la trampa de repetir patrones.

 


Autores
(Ciudad de México, 1982) hizo una maestría en Historia del Arte y del Diseño en Kingston University London, es académica en la uia Santa Fe y genera proyectos independientes entre la investigación y la práctica artística. Fue miembro del colectivo Nerivela y coordinadora el proyecto educativo Estudio Abierto del Museo de Arte Carrillo Gil.
Foto de Pedro Pardo

Quién, qué dios,

qué enloquecidas alas

podrán venir, amar

aquí.

Donde no hay nada.

Antonio Gamoneda

La muerte no es el descanso eterno para los familiares de los finados. En esta crónica, Paul Medrano escribe sobre dos casos comunes en nuestro país, una muerte a causa de la diabetes y un asesinato por grupos del narcotráfico, donde muestra que morir es sólo el primer paso de un largo y costoso pesar para los deudos, quienes deambulan entre el dolor, coronas de flores, corrupción y falsas funerarias.

Junior murió hace un año, poco antes de sus dieciocho. Encontraron su cadáver arrumbado en un lote baldío de Guadalajara. La policía relató en su informe que fue majado a golpes y luego torturado durante mucho tiempo. Después le metieron catorce balazos. Pasaron tres días para que su familia se enterara de la ejecución y necesitaron casi dos horas para reconocerlo.

El ombligo de Junior estaba más allá de Zapopan. Mucho más allá. Provenía de la región serrana de los límites entre Guerrero y Michoacán. Hijo de un profesor rural y un ama de casa, Junior creció en un ambiente hostil y violento que lo predispuso a tomar el camino más común entre los adolescentes sierreños: el narco.

Sus primeros logros fueron presumidos en Facebook. Junior fumando a través de un bong; Junior en un restaurante, rodeado de botellas de whisky JB y dos jovencitas de su edad; Junior en una selfie en un motel barato, en una cama detrás se ve un montón de billetes de cien y cincuenta pesos; Junior en una motocicleta Italika, quemando llanta; Junior con un traje camuflado en una zona inhóspita, rodeado de cerros inmensos y árboles hasta el infinito.

Cuando al profesor rural le informaron sobre los pasos en los que andaba Junior, fue tajante en su sentencia: «si él escogió ese camino, que lo ande. Pero andará solo. Ya está bastante grandecito para que yo lo cuide».

Nadie volvió a hacerle la observación. Nadie. Ni siquiera su esposa, cuando vio entrar el féretro de su hijo por la puerta de su casa.

Desde que se enteró de la muerte de Junior, su padre fue a ver a un amigo que incursionó en la política para que lo ayudara a conseguir un lote en el panteón municipal. Cada espacio de tierra en el camposanto, de 2 x 3 metros, cuesta novecientos pesos. No es mucho, pero hay que mover influencias para que no te toque en una ladera, junto al basurero o encerrado entre mausoleos.

El profesor buscaba un espacio digno para enterrar algo más que a su único varón; enterraría, también, su apellido, su estirpe. Y en un lote de panteón no cabe tanto. Tuvo suerte; su amigo político no sólo le consiguió un buen lugar, sino que usó sus contactos para que el lote de Junior no tuviera costo.

Pero no todo iba a ser tan fácil: cuando llegó a Guadalajara a reclamar el cadáver de su hijo, le informaron que para «entregarlo» debía aportar una cuota voluntariamente obligatoria al Ministerio Público por los trámites que exigió el caso. El motivo: las circunstancias de la muerte vinculadas a grupos delictivos. La cooperación fue impuesta en veinticinco mil pesos y no hubo poder humano que la redujera. De este trámite no queda prueba alguna, pues es un movimiento que se realiza bajo el agua. Lo mismo pasó en el Servicio Médico Forense (Semefo) y con el acta de defunción. Además, tuvo que someterse a un interrogatorio de rutina para responder algunas preguntas sobre el oficio de su hijo.

El padre de Junior creyó que por fin había acabado el viacrucis, pero faltaba lo mejor: el Semefo exige los servicios de una funeraria para entregar el cadáver. Por ley, los deudos no pueden llevarse el cadáver como si fuera un televisor de plasma. De modo que tuvo que contratar una agencia funeraria que de inmediato le informó que, para trasladarlo a su lugar de origen, los honorarios y trámites extras iban a duplicar el costo inicial: veintiocho mil pesos.

A todo eso tuvo que sumarle los seiscientos del costo de la misa, doscientos pesos para la rezadora que veló durante la noche, quinientos para elaboración del altar, dos mil quinientos a cada uno por las flores y los músicos, setecientos de veladoras, cuatro mil para alimentación de los dolientes, dos mil pesos para bebidas frías y calientes, trescientos cincuenta en platos, vasos y cucharas desechables; cien pesos de servilletas, cuatrocientos de pan dulce, ciento cincuenta de tortillas, ochocientos para la ropa fúnebre (sin zapatos), y casi cinco mil de bebidas alcohólicas.

Pero no todo fue negro. La novia de Junior está embarazada.

Aquí ni los muertos descansan.

Eso lo supo David cuando le avisaron que su madre había muerto y recordó que una de sus últimas voluntades era que cremaran su cuerpo. Cuando terminó la llamada en su celular, se limpió las manos del cemento aún fresco, se quitó la gorra en señal de luto y miró al cielo unos instantes. La pesadilla apenas empezaba.

«Acaba de hablarme mi hermana para avisar que mi madre ha muerto», le dijo al encargado de obra. Un entallado «lo siento» salió de su estricto jefe. «Ve a hacer lo que tengas que hacer, David». Eso significaba que tenía el día libre de trabajo, no de congojas.

Bajó por la improvisada escalinata que servía para toda la peonada de la obra. A su paso no apreció la sinfonía de sonidos que emanan de una construcción. Su mente estaba en el último deseo de su madre, pero también en el tercer parto de su mujer.

Al llegar a su casa, su esposa lo abrazó. Ya sabía la mala noticia.

Agotada por la diabetes, la madre de David pasó sus últimos dos años entre hemodiálisis, coma diabético, breves etapas de estabilidad y una férrea negativa al estricto régimen alimenticio.

La diabetes agotó primero la vista, luego los riñones. Era necesario cambiar de vida. Los siete hermanos organizaron un minucioso cronograma para repartirse el trabajo y los gastos. Como la albañilería es un oficio eventual y absorbente, David aportaba una cuota mensual para subsanar gastos y compensar su ausencia. Además, su mujer iba cuatro días al mes a cuidar a la suegra, ya fuera en el hospital o en la casa materna.

En algún momento de la enfermedad, la madre de David comenzó a cocinar la idea de la cremación. «Quiero acabar de raíz con este mal», justificaba. No hubo explicación que la convenciera de que la diabetes no es causada por un virus o bacteria, sino por una falla biológica. Con el tiempo, los hermanos se hicieron a la idea de que había de ser cremada, pero veían lejos el momento.

Cuando murió, venía de un periodo de relativa mejoría. Por eso el asunto de la cremación los tomó por sorpresa. En la cama de hospital, ante el cadáver, repartieron responsabilidades para el velorio y David fue el encargado de la cremación.

David no sabía nada de quemar carne. Su referente más cercano era el de los cuarenta y tres estudiantes supuestamente calcinados en el basurero de Cocula, entre el 26 y 27 de septiembre del 2014. Para él, tal cosa no pudo ocurrir. Ahora, lo que sí debía ocurrir era la de su madre, un último deseo que debía ser cumplido.

Antes de salir del hospital de Acapulco, preguntó a dos enfermeras sobre alguna empresa que se encargara de cremaciones. Ninguna le dio razón, pero le sugirieron que se dirigiera al cubículo de información, a la entrada del nosocomio. Cuando salió a la calle ya tenía los datos, tomó su teléfono celular y llamó al número proporcionado. Casi se fue de espaldas cuando le informaron del costo, veinticinco mil pesos. Era demasiado para un último deseo. Buscó otras opciones, hasta que la funeraria Manzanarez le pidió doce mil. Accedió.

Dos días después, luego del velorio, los familiares acompañaron a la vieja carroza fúnebre que trasladaba el cuerpo de la madre de David. De la zona de hospitales, donde velaron el cuerpo, el cortejo enfiló hacia La Cima. Luego de un prolongado descenso llegaron a la zona de Las Cruces, en la entrada de Acapulco, y tomaron la avenida hacia Puerto Marqués.

En unos minutos llegaron a Cremaciones del Pacífico. Cuando bajó del taxi colectivo, David miró aquel lugar con cierto asombro. Parecía una casa color beige, con techo a dos aguas y el volado pintado de verde. Un pequeño letrero rectangular blanco con la razón social en letras negras y una silueta de lo que parece ser un farol.

Por el frente sólo tenía una puerta blanca y una ventana, de la cual salía el equipo de aire acondicionado. A un costado sobresalía una bodega con un pequeño portón. En su parte superior, de nuevo la razón social en otro tipo de letra y un par de alas. A un costado de ese negocio, la miscelánea Alina, y del otro, una ferretería.

Una secretaria les dio la bienvenida. Los atendió de manera amable y les dijo que por órdenes de la Secretaría de Salud no podían presenciar el proceso crematorio. A David le pareció atinado el comentario. Asimismo, le informaron que el proceso duraría varias horas, por eso les recomendaron que fueran al día siguiente a recoger la urna con cenizas.

Al día siguiente, como acordaron, fueron a recoger la urna y el domingo, después de una misa, la familia se trasladó a Pie de la Cuesta, donde esparcieron las cenizas. Fue un momento emotivo, pues cada pariente tomó un puñado y lo lanzó al mar.

Dos meses después, las noticias revelaron un hecho espeluznante: descubrieron sesenta cadáveres en un crematorio abandonado. El parte oficial afirmó que era muy probable que se tratara de un fraude de servicios funerarios. El lugar era el mismo donde David dejó los restos de su madre.

Poco después David recibió la llamada de una sus hermanas. Aunque la sospecha los carcomía, confiaron en que no se tratara de su madre. Sin embargo, por la noche, cuando se difundieron las primeras imágenes del interior de ese lugar, David reconoció en uno de los cuerpos una mantilla aperlada con la que envolvieron a su madre durante el velorio, para ser trasladada al crematorio. La duda lo abofeteó. ¿Serían de ella los restos putrefactos debajo de aquella mantilla o simplemente alguien se la había quitado antes de cremarla?

Al día siguiente acudió a la Fiscalía General del Estado, donde un gran número de personas esperaban informes sobre los sesenta cuerpos. Platicando entre ellos, descubrieron que habían llegado de diferentes agencias funerarias. La exigencia de claridad calentó los ánimos. Todos los posibles defraudados se plantaron en la entrada de la Fiscalía en espera de datos fidedignos.

Horas después, la Fiscalía informó que, debido al estado de descomposición de los cuerpos, la identificación ocular era imposible, por lo que era necesario realizar pruebas biológicas. Entonces solicitó a los posibles afectados muestras para ser comparadas. Asimismo, advirtió que los resultados tardarían algunos días por el número de cuerpos.

Un mes después, David fue informado de que su madre sí estaba entre los cadáveres. Pensó que la cremación no había sido buena idea. Tampoco había sido buena idea ser el encargado familiar de este proceso. Maldijo su oficio de albañil y se recriminó por no haber terminado una carrera, como siempre le decía su madre. Ahora ya todo estaba hecho.

David y su familia despidieron a su madre por segunda vez en un panteón. David se encargó de elaborar la fosa, la gaveta y un pequeño mausoleo. Cada domingo la visita.


Autores
Ciudad Victoria, Tamaulipas. Feo, fuerte y formal. Ha publicado Dos Caminos (UNAM, 2010), Flor de Capomo (Tierra Adentro, 2011) y Noches de yerba (Tarántula Dormida, 2011).

Ningún Ararat

Al estilo de Carolyn Forché
NUEVA ORLEANS, 2005

Lo que viste es cierto. Yo estuve ahí. La ciudad peleó. La radio dijo que éste podía ser el grande, ¿pero quién sabía cómo creerlo? Nos juntamos. Me aferraba a la mano de mi madre. Me aferraba a mi madre que se aferraba a la mano de su madre. No lo soñé. Ruido terrible. Auillido terrible. No me despertó el aullido. Viento-contra-tierra terrible. Me desperté. Mejor regresa, dijo mi abuela. Te dormiste cuando pasó todo. Me desperté. Se reía. ¡Ah, lo deberías haber visto! Era de mañana. En cuanto puso la cabeza en la almohada, Tío Vernon se paró gritando “¡El techo! ¡La maldita tormenta se comió el techo!”. No lo soñé. Había una tormenta. Luego ya no. El día siguiente llegó como un martillo sobre vidrio. El cielo se sacudió las ropas y brilló. Te digo que era necesario: la violencia como prefacio de tanta belleza. La radio dijo quédense adentro, los diques están endebles, y el crimen —¿pero qué podía contener mis llamas? Exploré. Vi los árboles caídos (eran bellísimos), los cables caídos (bellísimos), y los vidrios rotos. Vi la vida que alguna vez tuve alzárseme como un globito. En la distancia, el Domo Brillante. Blanco como un ojo ardiente. Tenía la permanencia de un monte—Ararat, a donde llegó Noé. Dios mío, susurré. La radio había dicho que dios no existe.

Negro caballero

Oh vuela a casa, vuela
ROBERT HAYDEN

Hay ojos, incluso lentes, pero ni así pude ver lo que el mundo ve al verlo. Conocen una imagen de él que ellos mismos crearon. Él conoce lo suyo: delineado de dedo a dedo, cada miembro se ajustó, porque lo tuvo que hacer, para por fin lograr el vuelo— 

aunque lo que se cree de él es una apteridad, un hundimiento, como cualquier revoltijo pantanoso en el que siempre pienso podría jalar de nuevo el cuerpo encallado de un niño, como cualquier boca que he añorado jalonearía, como un luchador, la lengua del niño con la suya… 

Lo que un ojo no puede imaginar no puede encontrar: no en la sangre, henchida en las rodillas tiesas de un ciprés, no en definitivo en el sueño de algún soñante— hagamos que hable su naturaleza. ¿Qué dirá aquí de él la increíble noche, a sus mil lunas, ahora que puede levantársele a cualquier árbol, cuerda o sin, pero no temerle?

Gótico sureño

Sobre que los muertos tienen acceso a todos los tipos de conocimiento, algunos puros, otros malvados, especialmente lo que es futuro, y la historia que permanece una vez que retroceden las aguas, y revelan la tierra que no puede rechazar o contenerla, y la tierra que no es nueva, es índigo, es antigua, vivida como todos los árboles que la cubren y visten están vividos, pino sencillo, roble, gran magnolia, él dijo que lo asustan, que lo que guardan en sus silencios silencios: a veces un niño se resbalará de su escalar, ahogará pero el mito sabe por qué, a veces un niño se columpiará con las hojas.

Buenas noches

Ser edificado, ser cambiado.

*

Amar tras una herida.

*

Ahora que estoy roto, esa paz Puede, con cuidado, inmiscuirse—

*

¿Pero dejarás que el Alfarero te rompa?

*

Sé que Dios no es un hombre que llore, que rece “Paz Quédate quieto” —rece ternura— a los vientos Su eterna discusión Con las olas. Ellos

*

Sólo son. Buenas noches.

*

Amar la herida, incluso. Amarlo.

*

“Ningún arma, hecha Contra mí puede prosperar”, se dice. Significa: aquí está mi espada La tengo, aunque ahora inútil—

*

Pero la cargo.

Traducción por Ana Laura Magis


Autores
recibió la beca Ruth Lilly de la Poetry Foundation y del National Endowment for the Arts. Sus poemas han aparecido en distintas publicaciones. Actualmente vive en Brooklyn.

Devoro cada día

Y me bebo la noche. Como langosta cebada cervecera, empino el codo hasta que el sol se asoma. Vuélcame. Viérteme. Esta obra se arroja en tandas. ¿Comió el chacal semi Pro-Ana? “Nain”. Arbeit Macht Frei.

A todo adicto le gusta un sol naciente, opio hirviente salpicando el valle. Los ojos del violador de divas están más inflamados que su pantalón. Arde al ver satisfecha su pasión.

Devoro cada día y me trago la noche de tinta. Tengo un desorden alimenticio; el más semi-prolífico sexo serviadicto al trabajo en el salón de la flama de la gran —Ovación— estancia. ¡Ovación Divina nición! Yo también soy el infierno, un insano, disoluto como feliz es una lombriz. Envalentonado violento, aprendevoro cuanto puedo, y me ensaño con la luz que agoniza, es exquisito. Y esto es lo que obtienes. Esta poesía regurgiturgente. La vomitobra prefabricada, rehabilitada, y despreciosa de una celebridad.

Pues bien, Carpe    al día    por las llantas    jugulum    quisiera decir    hay mierda    que no he de tragar    pero nunca supe    cuándo    Renunciar.

Perro caliente

¿Crees que este bolso me hace ver gordo? No, pero te hace ver como un perfecto idiota. Y también un poco gordo, sí.    No sé los ingredientes de un perro caliente. Pero si actúas como un niño tan hartante,

voy a comerte como a uno. ¿Por qué fingir que es coincidencia? ¿Por qué Servirle tu cuerpo a la ciencia cuando podría alimentar A un pueblo entero? Quiero lamerte en lugares que me infectarían la lengua.    ¿Me hace ver gordo esta

Prosperidad que tanto me ha costado? Este humor tan os curo que te Sabe a chocolate. Nick Demske, eres lo malo del mundo. Es decir: DL. mundo. Cuéntame tus ingredientes más secretos. Que este gran centro    Comer    cial fue alguna vez un bos

Que estas marcas de dientes, un beso. ¿Me hacen ver gordo estas prioridades, las cicatrices, los explosivos bajo mi sudadera?


Autores
es autor del poemario Nick Demske. vive en Ricine Public Library como bibliotecario infantil. Es vegetariano.

Los gatos se restriegan en escombros para enseñarte cómo se hace. Nosotros lo hacemos para olvidar cuánto tiempo nos toma destruir la pista de baile abarrotada, que nos atrae a vivir la aventura de nuestras vidas. Nuestras vidas nos sueñan para que podamos existir. Nos quebramos para existir en el calor del verano. ¿Qué te hace sentir joven y fuerte? Lo que a todos nos hace sentir jóvenes y fuertes. Lo que hace a cualquiera amar la sensación de ser joven y fuerte tan dentro de la poderosa canción el poder de hacernos sentir jóvenes y fuertes. Medusa bebé de la agonía del tiempo donde la agonía es el tiempo es la agonía en el tiempo hay agonía en el tiempo porque el tiempo es la raíz de nuestra agonía. El problema de la agonía es el problema del tiempo, y el problema del tiempo se desata por el sueño donde hay tiempo de ser amada por la profesora que ha desperdiciado su tiempo intentando saber algo que no vale la pena saber. El problema del tiempo es el problema de que tú y yo ya no queramos coger. Me arranqué tres mechones de canas de la cabeza. Golpearte la cabeza contra la pared para deshacerte del tiempo es el problema del tiempo donde nosotros somos el problema de un día desperdiciado el problema de haber desperdiciado años con amantes que te desdibujan con tinta y vestidos desgarrados es el problema de sobrevivir el tiempo y cómo sobrevivir el tiempo resulta tan cansado. Soy sobreviviente del tiempo y no estoy viva. Lo que te hace joven es tu experiencia del tiempo. Así como “eres” todo el tiempo, estás hecha de él, o el tiempo es la cosa que tiraniza tu vida. Sueño sobrevivir el tiempo. Sueño ser amada y corro en círculos porque tengo miedo. Sueño leer un libro sin tener que leer el libro sino que cortando el libro leo el libro. El problema del papel es el problema de la planta que tenías en el jardín. Una flor para un funeral. Recogí los problemas y los puse en hoyos en los hoyos para problema de la calle en la que esperas el regreso de tu hermana. El problema de la hermana muerta es el problema de cuánto tiempo creerás que la casa no lo sabía y tú tampoco.

El problema de no tener zapatos se resuelve con el sueño de que te ofrezcan zapatos. No tener zapatos hace de mis pies un problema. El problema del hambre se resuelve cuando te comes el sueño, en el que hay un tipo triste y suicida caminando y sintiéndose todo intenso. El problema del suicidio es el problema de tener un ego que herir. Interesarte en la poesía. Recibir el odio de Charles Bernstein por interesarte en la poesía incorrecta, o sea no interesarte en su poesía. El problema con Charles Bernstein: no es astronauta. El problema del error es el problema de que a la gente no le valgan mierda los errores.

El problema con tener un problema es que tú te conviertes en tu problema. El problema de convertirte en tu problema es que produce un problema adicional: cómo atar tu ser al problema. El problema de ser un problema es que no puedes “ser” cuando no eres más que un problema. Por ejemplo el mosquito. El mosquito es un problema y poco más que un problema, por lo menos para nosotros. El mosquito no tiene identidad además de ser un problema. Sólo podemos conceptualizar al mosquito “siendo” un problema y no teniendo un problema. El mosquito no es un sujeto político. El problema que enfrenta el mosquito es el problema de ser pura molestia y nada de ser.

El problema del profesor es el problema de toda la gente que representa para ti, el ser que tú no eres, quieres intercambiar seres con el conocedor. El problema de ocupar espacio es el poder que organiza el espacio. El problema de las limitaciones institucionales es la creación de tabúes que generan emociones incómodas y desagradables en el salón de clases. Porque es el papi de las cinco chicas sentadas al fondo. El problema de la transferencia es el problema de ocupar espacio estratificado y sentirte obligada a interpretar su poder como erótico. Actúan como si fuera mi problema. Pero es el problema de ser convertida en un problema, como las carnes frías procesadas. Las chicas llevan el problema que le pertenece a sus papis y el problema del papi se convierte en el problema del profesor cuando las chicas con problemas con papi ven al profesor como una vía para salir del problema y luego se convierten en el problema del profesor cuando las chicas buscan rigurosamente la amabilidad y compasión de quien no puede entender el problema. “Porque es bueno conmigo”. El problema de la transferencia es la holgura de un ser que no sabe por qué se aferra a lo que se aferra, un rostro que se parece al tuyo o la fantasía de que todavía no estamos muertos y nuestra muerte no es un problema.

El problema de estar muerto es el problema de perder la capacidad de soñar. Cuando eso se acaba, se acaba la salida.

*Traducción por Hipatia Argüero


Autores
es autora de Against Innocence, un análisis sobre la teoría penal y racial. Actualmente radica en Harvard.

Cada edición de Tierra Adentro propone una discusión actual y pertinente para nuestro contexto, validada en el diálogo abierto y transversal con sus lectores. Nos interesa discutir el presente inmediato desde las artes en todas sus dimensiones, tanto éticas como estéticas. «Septiembre negro» es un dossier que contiene diferentes reflexiones sobre la violencia y la muerte en nuestro país. ¿Qué significa vivir en México hoy? ¿Qué significa morir aquí? Reflexionamos acerca del valor del metro cuadrado de tierra en los panteones de distintas zonas nacionales, gracias a Paul Medrano, quien nos cuenta la historia de dos familias mexicanas que padecieron los altos costos funerarios, la burocracia y la corrupción al intentar realizar las exequias de sus seres queridos. Para ahondar en esta cuestión, varios creadores nos dieron su punto de vista sobre algunos de los problemas más graves a los que los jóvenes mexicanos se enfrentan día con día: la muerte por migración, por feminicidio, por desaparición forzada, o del periodismo como oficio, entre otros.

En entrevista, y a raíz de la aparición de su  más reciente libro Campo de guerra, el ensayista Sergio González Rodríguez nos habla sobre el lúgubre panorama al que se asoma nuestro país en el contexto de violencia y corrupción en el cual está sumido. Esta edición especial de Tierra Adentro se suma al coro de voces que se multiplican para resistir ante una realidad apabullante que intenta silenciarnos.

207

 

Septiembre Negro

 

DOSSIER

La muerte no es la nada

Por Paul Medrano

Una breve historia con olor a muerte

Por Carolina Alba

Maíz, sin título

Por Eduardo Abaroa

Quebrantahuesos

Por Edgardo Aragón

Rancho Ciencias Naturales

Por Paulina Lasa

Morir en línea

Por José Jiménez Ortiz

NARRATIVA

Dijeron después

Por Marina Porcelli

La Devoravidas

Por Óscar David López

Lobo

Por Orfa Alarcón

Semillas de granada

Por Raúl Aníbal Sánchez

El asesinato del periodismo

Por Juan Pablo Proal

ENSAYO

El futuro incierto de un país enfermo

Por Tania Ruvalcaba Valdés

EN PRIMERA PERSONA

Sergio González Rodríguez

Por Carlos Velázquez

CRÓNICA

Cadáveres en las calles

Por Daniel Herrera

CONVERSACIÓN ABIERTA

Al sur del cielo: arte y violencia en México

Por Israel Martínez y Gerardo Montes de Oca

CRÍTICA: LIBROS

Sobre el Anti-Humboldt (o de las palabras)

Por Javier Taboada

La modernidad errada

Por Francisco Serratos

CRÍTICA: MEDIOS

Cuando el blanco y negro me salvó la vida

Por Ainamar Clariana Rodagut

FORMAS BREVES

Personajes precarios

Por Vanni Santoni

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.