Tierra Adentro

En este diálogo, Israel Martínez y Gerardo Montes de Oca observan, con distancia geográfica y crítica, el oscuro panorama en el que está sumido México y reflexionan en torno a la violencia desde el mundo del arte.

ISRAEL MARTÍNEZ

Ejercías como psicólogo en Guadalajara, pero siempre estabas alerta de manifestaciones artísticas; incursionaste en la fotografía cuando te conocí. Después me enteré de que estabas haciendo una maestría en arte en Finlandia, y la terminaste en Viena. Han pasado tres años desde que dejaste Guadalajara; yo también la dejé como mi base principal. Hace aproximadamente cinco años arremetió radicalmente la delincuencia organizada en nuestra ciudad y ésta comenzó a modificarse. Ahora recibes noticias cada día sobre asesinatos, violaciones, asaltos, corrupción, modificación de leyes a favor de unos cuantos, impunidad. Si bien tu ritmo de vida ha sido acelerado los últimos años para poder vivir y estudiar en Europa, también es vertiginosa la información que recibes desde México. ¿Qué pasa por tu mente y tus emociones? ¿Qué piensas sobre tu familia, tus amigos? ¿Cómo se vive esto desde Viena?

 

GERARDO MONTES DE OCA

Sí, hace tres años me fui a estudiar la maestría en cultura visual a Finlandia, ciertamente muy experimental tanto teórica como prácticamente. Esto me trajo a Viena, que curiosamente era una de las pocas opciones que contemplé antes de elegir Finlandia para entrarle más de lleno a mi formación en artes.

Finlandia, fría, pero honesta y equitativa, es una democracia que —si bien el concepto es debatible— se encuentra a otros niveles. La confianza social e institucional es increíble, los índices de corrupción son los más bajos del mundo. Y créeme, siempre mantengo una actitud abierta y crítica, no idealizo Escandinavia.

Una amiga finlandesa me hizo «la pregunta» necesaria, clave, evidente a los ojos de esa otra cultura: «¿Por qué en México no valoran la vida?»

Después de lo ocurrido con los normalistas en Guerrero, las noticias me han venido lastimando mucho. Pienso que es el evento que penosamente nos ha levantado y comenzado a articular de otras maneras. Y no parece que esto se vaya a detener. He llorado muchas veces, la mayoría de ellas frente a la pantalla (al informarme en línea), pero también en la ducha, o en mi habitación. En la segunda manifestación que organizamos los mexicanos con apoyo internacional (que ha sido sólido por parte de los latinoamericanos) me tuve que contener durante casi todo el recorrido. Y ocurre con los demás. Nos afecta mucho, nos desespera, nos deprime. Afortunadamente la historia está cambiando. La movilización ha sido enorme y constante, dentro y fuera de México. Ha habido muestras de una creciente solidaridad y una manera diferente de confrontar al poder criminal y represor. Tal solidaridad y empoderamiento fortalece la esperanza y nos permite afrontar el miedo juntos. Esto me ha ido levantando los ánimos. Al mismo tiempo, he notado que la forma y contenido de las noticias de medios alternativos también está cambiando. Cada día salen más y más cosas a la luz.

Fue un placer enorme tenerte por acá en tu residencia y en el MuseumsQuartier. La pieza que exhibiste era totalmente necesaria, pertinente. Los trágicos eventos lo corroboraron inmediatamente, si es que no era evidente ya. ¿Qué me puedes decir de esta pieza, así como de la investigación detrás de la obra? ¿Por qué elegiste ese formato tan peculiar para la exhibición Post-Colonial Flagship Store?

 

ISRAEL MARTÍNEZ

Georg Klein y Sven Kalden, curadores de la exposición y también artistas, me invitaron a este proyecto que, desde un punto de vista muy irónico, se interna en el poscolonialismo; el formato es el de una tienda de lujo. El título de la obra (en colaboración con mi hermano Diego) es South of Heaven, tan cerca de la potencia neocolonizadora y las ilusiones que esto representa para muchos (incluyendo al Estado que cada vez entrega más al país), y tan lejos de una mínima salud social y política.

Hicimos un puesto de venta similar a los de los tianguis en México, que, por cierto, ofrecen en su mayoría artículos piratas, que conforman una parte importante de la economía del país. El «producto» que ofrecimos fue un CD-R titulado Sounds of Mexican Drug War, que incluye una pieza auditiva de casi sesenta minutos con sonidos extraídos de videos publicados en internet durante el sexenio de Calderón: sus discursos de lanzamiento o defensa de su proyecto, balaceras grabadas por los mismos sicarios, decapitaciones, manifestaciones, llanto, interferencia de charlas por radio entre miembros de cárteles; en fin, sonidos de terror, de vergüenza, de tristeza y barbarie. Estos sonidos no se reproducen en bocinas, hay que colocarse audífonos para escucharlos. El sonido que sí es audible a través de dos bocinas se conforma del registro de inhalaciones de cocaína, como si fuera la música que acompaña a este puesto de venta, su «música de ambientación» es el consumo de una droga vital para México como exportador —como señala el periodista italiano Roberto Saviano, quien incluso se atreve a decir que México es el centro de una nueva configuración del mundo en torno al negocio de la cocaína.

En el mismo puesto hay un monitor en el que se muestra una transcripción textual de experiencias personales en torno a la droga y el narcotráfico, como un testimonio —entre millones que hay en el país— de cómo nos relacionamos con estos temas de forma natural, muchas veces sin decidirlo; por ejemplo, al tener un vecino inmiscuido en dicho negocio. También usamos una lona, pero en lugar de promocionar nuestro «producto», en ella explicamos ciertos puntos que nos parecen importantes para entender una parte de la relación político-económica entre México y Estados Unidos. Este flujo de información está basado en el libro de Sergio González Rodríguez, Campo de guerra, en el que señala el poder que ejerce Estados Unidos sobre México a partir del negocio de la droga, y las políticas de una supuesta asistencia en torno a la seguridad.

Inauguramos el 2 de octubre, fecha importante para México, y tan sólo un poco después de la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes. Empezó un proceso doloroso para todos. En mi caso, no pasó un solo día durante la residencia en el MuseumsQuartier, y cada vez que visitaba la exposición, en el que no platicara con personas sobre la incomprensible situación de México. Como mencionas, la pregunta recurrente es por qué la vida vale tan poco en nuestro país. ¿Por qué se mata, se viola, se roba, se violenta tan fácilmente en México? Mucha gente no tiene idea de las gigantescas dimensiones del narcotráfico, su única relación con el tema son los dealers locales, que venden bajas cantidades. No saben que los grupos delincuenciales mexicanos están en gran parte del mundo, que la droga es un soporte económico ilegal muy importante, incluso en la Unión Europea, y mucho menos que algunos gobernantes de nuestro país son cómplices del proceso y, por supuesto, de los dividendos económicos.

Ahora que estoy de vuelta en México es inspirador ver a tanta gente movilizándose en todo el país, pues en muchos lugares tardó muchísimo tiempo para que se valorara la importancia de manifestarse, de marchar, de las acciones políticas. Es fundamental sentirnos en comunidad, sentir al vecino, sentir al transeúnte, sentirnos todos, respetarnos, buscar las coincidencias más que acentuar nuestras diferencias.

En este sentido, como mencionas, ha sido también inspirador sentir la unión fuera de México. En el caso de Viena, va creciendo, y hay estudiantes, artistas y activistas como tú trabajando fuerte en ello, estableciendo lazos con cualquier ciudadano interesado en el tema, difundiendo información. Es curioso porque a veces tengo la impresión de que parte de la escena artística contemporánea en México se avergüenza de su práctica en momentos como éste, asumen que el circuito del arte es banal. Para mí, por el contrario, es uno de los espacios que incitan a la conciencia sociopolítica, aunque en momentos tan radicales también muestra algunos puntos absurdos, autocomplacientes o, simplemente, fuera de cualquier posible conexión con la sociedad en general. Ya que tu interés principal es un arte más frontal en torno a lo político —además de que Viena es un punto interesante donde política y arte confluyen totalmente—, ¿cuál es tu visión sobre esto?

 

GERARDO MONTES DE OCA

Me parece que tu pieza articula múltiples elementos involucrados en el tema del narcotráfico (cuyas relaciones se complican al momento de su análisis), al mismo tiempo que hace comentarios interesantes sobre un neocolonialismo en el interior del mundo del arte. Es interesante que coloques el sonido como eje e intersección de procesos de producción y consumo cultural: sus industrias, el mercado informal en México y formas de comercio fuera de la ley. Con el formato de puesto callejero se crea una relación mercantil entre el espectador, la obra y el artista. La instalación vuelve al espectador un consumidor y a la obra un producto de consumo, pero un producto al margen de la ley: pirata. El mercado informal cuestiona y confronta al Estado y a la ley. Y no sólo simbólicamente. Es decir, utilizas sonidos y discursos producidos por otros agentes o «autores» para apropiarte de ellos y reconfigurar sus relaciones y sentidos. He aquí su clandestinidad. Coqueteas incluso con una acción delictiva. La definición que da la unesco de la piratería me parece muy pertinente para lo que percibo en la pieza:

El término «piratería» abarca la reproducción y distribución de copias de obras protegidas por el derecho de autor, así como su transmisión al público o su puesta a disposición en redes de comunicación en línea, sin la autorización de los propietarios legítimos, cuando ésta resulte necesaria legalmente.

Considerando que tomas y alteras material sonoro en línea de agentes/autores como el Estado (en los discursos presidenciales), los criminales o testigos que documentan actos criminales o confrontaciones armadas y suben los videos a internet, emergen nuevas preguntas sobre el narcotráfico: ¿Quién o quiénes son los autores? ¿Cuáles son los derechos de esos «autores»? ¿Cómo se protegen sus productos? ¿Quién autoriza la disposición de tales producciones y por qué motivos? ¿Qué y quiénes definen y autorizan a un agente como su propietario legítimo?

Con tales preguntas se dirige de manera directa a las formas de dominio neocolonial intrínsecas en las relaciones entre Estado, crimen y ciudadanía en México, así como en la relación entre nuestro país y Estados Unidos. De esta manera se señala, cuestiona y confronta al Estado mismo y a los discursos institucionales. La lona traduce esto de manera visual y el texto en la pantalla inserta la experiencia personal a la compleja trama. Mientras tanto, el espectador es invitado a consumir (o «adquirir») tal producto, por medio de uno de los tantos sonidos del mundo del crimen, corrupción e impunidad en México.

Muchas veces me preguntan por qué dejé la psicología para estudiar y hacer arte. Lo que pasa es que en el arte encuentro otras formas de reflexionar, investigar, experimentar e incidir en múltiples realidades. Creo que todos debemos preguntarnos qué podemos hacer ante tal realidad en México. Esto me lleva a decir que el arte contemporáneo tiene una relación directa con la experiencia humana. Al trabajar con el arte, trabajamos directamente con múltiples subjetividades, lo cual nos permite probar y confrontar límites establecidos, formas de relaciones sociales y subjetividades dominantes. El arte trabaja tanto con los terrenos simbólicos y culturales como materiales y relacionales, y por eso es imprescindible que se asuma una posición política. Al mismo tiempo, las artes producen nuevos espacios de enunciación, relación y acción. Claro que es un terreno limitado, no puede cambiar la realidad de tajo.

Pero nada lo puede hacer de ese modo, así es que entre más espacios subversivos creemos, más posibilidades de cambio e inclusión tendremos.

El arte, como la psicología y las ciencias sociales, requiere un alto grado de reflexividad. Digo esto porque pienso que es de extrema importancia mantener un constante grado de autocrítica al momento de reflexionar, cuestionar, organizarnos y actuar. Necesitamos cambiar el orden dominante cuidando de no hacerlo en formas de organización jerárquicas. Es crucial poder distinguir las más sutiles formas de exclusión y violencia en nuestra vida cotidiana y organización ciudadana.

 

ISRAEL MARTÍNEZ

Los mexicanos estamos en un gran momento para detonar todo aquello que por años hemos pretendido transformar. Cuauhtémoc Medina comentaba en la charla que dio Bifo en el MUAC que éste será un proceso largo y no exento de incongruencias. Este punto me parece muy importante, porque de esas incongruencias suelen producirse escisiones; es decir, ataques ante cualquier posible diferencia entre nosotros en lugar de fortalecer nuestra comunidad.

Nuestros problemas son tan similares como las mismas líneas de cocaína que se inhalan alrededor del planeta.

 

GERARDO MONTES DE OCA

Sin duda la historia no es un continuum estable y coherente. Cuando las personas me preguntan aspectos sociales, culturales o políticos de México siempre digo que es un espacio donde convergen muchas capas históricas y culturales de maneras muy complejas. Sin embargo, nos cuesta asumir tales diferencias, ¿acaso tenemos un ideal colectivo identitario que nos duele confrontar?

No me queda duda de que encuentros como el que hemos tenido desde tu visita a Viena y el diálogo, que aún continúa, son formas de relación que necesitamos buscar, provocar y sostener. Dentro y fuera de México.


Autores
Guadalajara, 1979) ha creado videoinstalaciones, acciones, intervenciones y obra gráfica, además de composiciones electroacústicas. Es cofundador de la plataforma de difusión multimedia Suplex y del sello Abolipop Records. Su trabajo reflexiona sobre temas sociales a través del sonido, la música y su vinculación con la imagen.
(Guadalajara, 1978) es psicólogo clínico y social, activista y artista transdisciplinario. Actualmente realiza estudios doctorales en la Academia de Bellas Artes de Viena, donde investiga las políticas estéticas de la afectividad colectiva en contextos de violencia, dominación, resistencia y emancipación.

Basura.
G. Cabezón Cámara

Y después (en la colonia, en la iglesia, en el artículo minúsculo del periódico sobre lo que ocurrió en esa zona en la temporada de lluvia), dijeron que fue Rosaura la que tomó el camino equivocado cuando ese miércoles salió a las cinco y media de la mañana, a cumplir el turno en la panadería del centro (el camino aislado, dijeron, que nadie toma excepto que esté acompañado o sea muy de día y haya gente saliendo a trabajar, el que está luego luego del bloque de edificios en forma de ele, ese descampado como en desnivel, cerca de las vías viejas, que se cargaba de charcos y árboles pudriéndose en la temporada de lluvia, el que nadie toma, dijeron, excepto que esté buscando algo), pero por el apuro de devolver el dinero y meterlo en la caja sin que nadie se entere, y porque habían clausurado la subida del puente, con las inundaciones. Rosaura lo pensó un momento y se decidió: pasó por la oscuridad de debajo del puente y cruzó en diagonal a la hilera de edificios, y se metió en el descampado. Iba pegada a las vías cuando, bastante antes de llegar a la callecita que la sacaba a la avenida para tomar el camión, distinguió o creyó ver el auto blanco que rondaba el sitio con lentitud. Con mucha lentitud, pensó Rosaura, con los vidrios subidos y tres tipos dentro, y creyó ver (aunque no estaba segura) a ese tipo sin barba que a veces aparecía por la colonia (y fue ese domingo cuando ella estuvo todo el día en la puerta, tomando el agua de jamaica que le había preparado a Maribel, después de pasar la noche sin dormir y atenta a la fiebre de su hermana, hasta que Rosaura se cansó de estar en la puerta, y decidió dar una vuelta por el centro, y fue justamente en el paradero donde apareció otra vez el tipo sin barba, que se adelantó y pagó el boleto de ella, a pesar de que Rosaura insistió en que no hacía falta, y que de veras hubiera preferido que el tipo no se adelantara y le diera las monedas al chofer, porque después él se sentó a su lado, y no dejó de conversar, y de preguntarle cosas, y ella respondió como pudo, ese domingo en que no tenía ninguna gana de conversar ni de escuchar a nadie ni de soportar a nadie, en realidad, en que quería que la dejaran en paz, pero el tipo sonrió y dijo que había que ser cortés con una dama tan joven, y se adelantó y sin preguntarle pagó el boleto, y eso, de alguna forma rara, lo autorizaba a hablarle todo el camino, y la obligaba a ella a escuchar, hasta que por fin ella se bajó del camión, aliviada de no tener que soportar más esa conversación, con la mirada de él que de tan pesada podía sentirla fija a su espalda, sentir cómo le medía las caderas, y las piernas desnudas debajo del short). Entonces ese miércoles a las cinco y media de la mañana Rosaura creyó que era él quien estaba sentado en el asiento trasero del auto blanco, y pensó que el auto estaba avanzando con demasiada lentitud. La muchacha siguió adelante. Sin tiempo, había que atravesar la callecita y llegar a Municipio, y devolver los pinches doscientos pesos que el sábado sacó de la caja. Fue tan fácil sacarlos después del corte, que hasta ella se sorprendió. Como si los pasara de una mano a otra, en realidad, se los dio esa tarde a Maribel, y esa misma tarde las dos se metieron en el cuarto que apestaba a cloro donde la señora hacía el raspaje, y ella (Rosaura) se quedó esperando en la salita de entrada, hasta que la llamaron para que se llevara a Maribel, y después a su hermana le dio fiebre todo el fin de semana, y ahora por fin estaba mejor. Por fin. Y todo se acabaría de una pinche vez hoy, pensó Rosaura, dentro de un rato, no bien metiera el dinero en la caja. Por eso se sobresaltó cuando el auto blanco se estacionó junto a ella. La ventanilla se abrió con lentitud y una voz muy clara preguntó dónde estaba Municipio. Rosaura se detuvo, y le sucedieron dos cosas: primero, se sorprendió al no ver al tipo sin barba del domingo (y esto, un poco, la tranquilizó) y, casi enseguida, instintivamente, se arrinconó contra unos pastos altos antes de alzar el brazo y responder. Giró la cabeza y señaló hacia adelante. Y quizá por esto, porque se tardó unos segundos en la respuesta, dijeron después que ella sabía quién iba adentro. Que los conocía, si se había detenido a conversar con ellos, cuando ella andaba por ahí. A los tres hombres. O por lo menos, a los dos que se bajaron no bien Rosaura se giró apenas, y uno la sujetó de los brazos, y otro la golpeó en plena cara, y así la tironearon hasta subirla al coche. No la insultaron. La metieron en el asiento de atrás, y uno le seguía sujetando los brazos a la espalda, mientras el otro la golpeaba y la golpeaba. Los dedos gruesos cayeron sobre el pómulo y esto casi la desmayó. Antes, Rosaura alcanzó a librarse una mano, y buscó arañar la cara del tipo. Dio un tirón, y la carne húmeda se le metió bajo las uñas. Ahora sí le gritaron (se lo estaba buscando, dijeron) y le ataron las manos atrás, y le anudaron una especie de venda que le tapó los ojos. Y sin embargo, por debajo, pudo ver (y fue lo último que vio, mientras le arrancaban la blusa, y uno la empujaba sobre el otro, y le entraba así, mientras ella gritaba, y le aplastaban la boca, y el auto seguía a la misma velocidad), pudo ver los brazos del que ya estaba sobre ella. Con mucho pelo. Hasta que la mano de él (áspera también) subió por el pecho y la tomó del cuello. Después, fue el chico que cumplía con el turno de reparto de periódicos, el viernes de la semana siguiente, el que dijo (el que avisó) que había un cuerpo de mujer revoleado entre la basura. Abandonado, revoleado ahí como si fuera lo mismo que los cartones viejos pudriéndose con tanta lluvia, y los desechos, un cuerpo de mujer boca abajo, con las piernas abiertas, el pelo enredado, la cara deformada por los golpes, dijeron, cuando la policía llegó y dio vuelta el cadáver de Rosaura, de ella, que a juzgar por la ropa y por estar sola tan temprano en ese sitio quizá era medio pu- ta, o quizá era una chica que (eso dijeron) se escapó con el novio y a último momento todo fue mal, y se pelearon, hasta que el forense le dijo a Maribel (que seguía con fiebre, y había preguntado en todos lados, y había buscado en todos lados, y no, nadie le decía nada, decía Maribel) que les quiebran la mandíbula así cuando la chica grita demasiado (entonces Maribel se apoyó contra la pared de la morgue, y retiró los ojos del pecho tajeado de Rosaura), y era extraño, porque las putas están medio acostumbradas a gritar, dijeron después, y que seguro había sido un tipo aislado (un caso aislado), o a lo sumo dos, y que Rosaura los conocía, sino cómo se explicaba que ella (Rosaura) se hubiera detenido a conversar, y en la panadería se sorprendieron con la noticia, pero faltaban doscientos pesos en caja, y quién sabe si eso no indicaba que algo andaba mal (y Maribel, entonces, qué chillaba tanto ahora) porque, francamente, mucho no se puede esperar de una chica que se pasa todo el domingo en la calle, muy bien no le puede ir a una chica a la que veían irse con cualquiera en cualquier camión, si al final fue Rosaura la que decidió andar sola esa mañana, y fue ella la que tomó el camino equivocado, y la que se quedó conversando con los del auto, y después todos dijeron que más le hubiera convenido no salir, y no vestirse de esa manera, si de verdad la chica quería que estas cosas no pasaran, si de verdad quería que esto nunca le hubiera sucedido.


Autores
es crítico y ensayista. Autora del libro De la noche rota (2008).

La soledad puede definirse desde dos posturas: la ausencia de compañía o la ausencia de empatía. La primera responde a la soledad física y la segunda se da a pesar de estar rodeado de gente. El mundo infantil sabe poco de la primera, por años los adultos han evitado dejar a los niños solos. Parece que la presencia de alguien mayor garantiza que se mantenga con vida y los aleja de los peligros. La vigilancia es una constante que se supone garantiza el bien de un ser al que se considera incapaz de defenderse. Si estuviera solo se autodestruiría, quemaría la casa o vería cosas que no le están permitidas y lo dañarían de por vida. La presencia de un adulto atestigua que el orden se cumpla y marca las pautas de comportamiento. Una lógica similar a la que enuncia Michel Foucault en Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión al detallar el modus operandi del sistema carcelario, donde el rigor y el ojo están puestos sobre aquellos que se salen de la norma. Débiles que necesitan ser observados las 24 horas del día.

Se puede establecer un paralelo entre los monitores de un solo canal, los que se usan para escuchar a los bebés de una habitación a otra, y el panóptico benthamiano. El panóptico como una estructura arquitectónica diseñada para que el guardia pueda mirar a su prisionero sin que éste lo vea; el monitor, un dispositivo que cumple una función similar: escuchar sin ser escuchado. Ambos garantizan que el orden no sea quebrantado, cada uno a su modo, establecen una relación de dependencia entre adultos/guardia y niños/prisioneros. Los presos, vuelven a una etapa infantil cuando se ven obligados a ceder su voluntad como consecuencia de violar la ley . Los sistemas penitenciarios los someten a un conjunto de reglas, pierden la facultad de elegir a qué hora comer, dormir y vivir. Este microcosmos los condiciona y limita su toma de decisiones.

La LIJ tiene una postura clara ante esta idea e intenta darle la vuelta al juego de poder. Roald Dahl en Matilda subvierte esta noción y construye un personaje que está por encima del mundo adulto. Una niña superdotada que establece su propio orden y decide que sus padres son un estorbo en su vida. Disfruta de la soledad física porque es su refugio ante la falta de empatía con su entorno más cercano. A pesar de estar ceñida a la disciplina escolar y a las estructuras familiares, construye un muro de contención a su alrededor. Se vuelve inmune al mundo que la reprime o que intenta decirle qué hacer. Su moral está por encima de las de sus padres, que encarnan todos los males de la sociedad. Ella se hace a un lado, vive con ellos y de ellos, pero construye un universo propio que le permite aspirar a una vida distinta.

Las historias de niños que crecen “solos” y se resuelven la vida, es un recurso que se repite en la LIJ contemporánea. Desde Tom Sawyer hasta Harry Potter se puede rastrear esta cualidad en el los personajes infantiles, saben que dependen del mundo adulto pero buscan crear un universo individual que responde a problemáticas propias. Se refugian en sí mismos y ahí encuentran sus propias respuestas. La mayoría de estos personajes están lejos de la norma, son peces fuera del agua —a veces con poderes extraordinarios—que reflexionan sobre la vida que quieren tener y así se convierten en factores de cambio. En la medida de sus posibilidades, subvierten las relaciones de poder y escapan de la marginalidad a la que están condicionados culturalmente.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

La alarma le recuerda iniciar el rito automático: enciende la radio, cambia de posición, continúa dormitando. Hoy, el ruido es un poco más desagradable que de costumbre. La cabeza de Luis Garmilla está pesada, adolorida por las copas de hace unas horas. El autómata de las noticias en que se ha convertido lo obliga a prestar atención. «Repito para quienes no nos han escuchado: explota ducto de Pemex en San Macario, cinco muertos, número indeterminado de heridos». De mala gana, Luis abre su computadora y empieza a transcribir declaraciones, datos y testimonios vertidos en el noticiero. Le echa un telefonazo al jefe de prensa de Protección Civil para pedirle «datitos». Consulta los portales informativos. Pega y recorta información de aquí y de allá. Manda su nota a la sección de Estados de El Veraz, «el gran diario nacional de información objetiva». Se mete a la cama. Programa la alarma de su celular a las 8:45.

En un alto, Luis observa que su nota publicada en El Veraz apenas tiene dieciséis likes en Facebook. Llega al restaurante Santa Mónica veinte minutos después de iniciada la rueda de prensa del panista Jorge Verdugo. Una reportera lo pone al tanto de lo ocurrido: el político presentará una queja por irregularidades en el proceso de sucesión de la dirigencia local del pan. Luis escucha con desgano, está más interesado en pedirle al mesero unos chilaquiles. Suena su teléfono celular. Es el jefe de Estados de El Veraz.
—¿Qué pasó, jefe?
—Está cabrón lo de San Macario, ¿ya vas para allá?
—Sí, voy en camino, ya tomé carretera —miente Luis.
—Apúrate para que mandes en chinga. Y acuérdate, nada de jugar al escritor con tus entraditas literarias. Aquí hacemos periodismo.
—Disculpe, jefe, ¿me podrían depositar algo de viáticos?
—¡Pensando en los viáticos! ¡La noticia no espera, carajo!

Su otro jefe, Alejandro García, subdirector de El vocero regional, le encargó cubrir cuatro ruedas de prensa y la sesión de Cabildo. El tanque de gasolina de su Chevy tiene poco más de un cuarto de combustible. Apenas cuenta con cuatrocientos pesos para terminar la quincena. Pagan en seis días.

Al inicio de la sesión de preguntas y respuestas de la rueda de prensa, suena nuevamente el teléfono de Luis. Le llama García.

—Buenos días, jefe.
—No has dictado la nota de Verdugo para el portal.
—Todavía no termina la rueda de prensa.
—Apúrate, chingá. Por cierto, el sábado vas a tener que trabajar. Te irás al pueblo del dueño, su tío será nombrado ciudadano distinguido y quiere que lo cubramos. No la cagues.
—Pero el sábado tengo la entrevista con Juan Villoro, la pacté desde hace tres semanas para nuestro suplemento cultural. ¿No recuerda?
—Pues la cancelas. Apúrate con la nota de Verdugo. Estás descuidando mucho el periódico desde que tienes esa pinche corresponsalía. Deja de jugar a ser periodista famoso.

Luis se queda petrificado de rabia. Abandona los chilaquiles y la rueda de prensa. «Yo nací para ser periodista, ya basta de estas pendejadas».

Se dirige a la carretera interserrana que comunica con San Macario. Hará la mejor cobertura de su historia, se promete. Aviva su ánimo con imágenes mentales de García Márquez y Kapus´cin´ski, con su máxima: «Los cínicos no sirven para este oficio». Reproduce en el estéreo de su coche «La maza», de Silvio Rodríguez. Se siente orgulloso de haber elegido «la mejor profesión del mundo». Pisa más fuerte el acelerador. Apaga su teléfono celular, no quiere interrupciones de nadie, menos de García. Está ansioso por llegar al municipio, entrevistar a las víctimas, investigar las verdaderas razones de la explosión. «Me empezarán a tomar en serio en El Veraz».

Una imponente mancha fungiforme acapara el cielo de San Macario. Luis deja su coche en una acera. A lo lejos, una marabunta de reporteros entrevista al secretario de Protección Civil. Luis trota en dirección al amontonamiento. Carga una mochila con una libreta, una pluma y una grabadora. De repente, su tobillo derecho se dobla. Grita de dolor mientras cae en un charco fangoso.

Cojeando y escurriendo lodo, Luis llega a la entrevista banquetera. Estira su mano derecha para que su grabadora registre la voz del funcionario, pero pocos segundos después los reporteros bajan sus brazos. El político se da la media vuelta y camina rumbo a la zona resguardada.

Un compañero lo pone al tanto de lo declarado y le indica dónde viven los familiares de las víctimas. Maltrecho, Luis se dirige a una de las casas de los damnificados. Al llegar, pobladores con los rostros humedecidos por el llanto le relatan que desde hace meses un grupo criminal roba combustible del ducto; le entregan fotografías que documentan su aseveración. También le facilitan copias de la queja que presentaron en la presidencia municipal.
Después de pasar casi dos horas con los pobladores, prende su teléfono y llama al jefe de Estados.

—Jefe, traigo información buenísima de San Macario. Conseguí unos documentos…
—Olvida lo de San Macario, nadie peló la nota, se compartió poco.
—Pero tengo documentado que el crimen organizado está involucr…
—¡Claro que está involucrado, eso no es nota! Regrésate en chinga a la ciudad. El gobernador fue exhibido en un videoescándalo cabrón: lo grabaron pedísimo amenazando al dueño de un table.

Devastado, Luis camina a la tiendita de enfrente para comprar cerveza. Le llega un mensaje de texto de García: «A mí nadie me apaga el teléfono. Estás suspendido una semana sin goce de sueldo».

En la miscelánea, una estampa alivia su estado de ánimo: un gatito corretea juguetonamente a un loro. La señora que atiende le cuenta que el ave y el gato, sus mascotas, se han hecho grandes amigos. Luis los graba en un video de cinco segundos que de inmediato publica en su muro de Facebook.

Entra a su automóvil, abre una cerveza y arranca rumbo a la ciudad. Su teléfono celular le manda una ametralladora de notificaciones. Sus contactos comparten masivamente el video en las redes sociales. En menos de diez minutos, el gato y el loro se vuelven tendencia en el país. Los operadores de redes sociales de El Veraz se percatan del fenómeno y en un par de clics distinguen que la fuente original es Luis. Le informan al jefe de Estados, quien, descompuesto de ira, llama al corresponsal.

—¿Eres pendejo o qué?
—¿Qué pasó, jefe?
—¿Por qué no enviaste el video del gato y el loro para la sección de Curiosidades del portal? Cómo se ve que tú no quieres crecer en El Veraz.


Autores
(Puebla, 1983) es coeditor de la página web de la revista Proceso y articulista en la misma publicación. Autor de Vivir en el cuerpo equivocado y Voy a morir.

Recuperamos esta entrevista con el periodista y escritor Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950-2017), publicada en nuestro número 207 en la que, fiel a su costumbre, el autor de Huesos en el desierto logra arrojar luz sobre la oscuridad más densa.

En Campo de Guerra (Premio Anagrama de Ensayo) Sergio González Rodríguez sostiene que «en tiempos de guerra la ley guarda silencio». Dicha aseveración describe de manera global la situación del México contemporáneo. Un país en el que el Estado ha sido suplantado por el an-estado. Territorio donde impera lo a-legal. Nación que padece una resaca estratosférica: ciento veinte mil muertos y desaparecidos producto de la guerra contra el narco. Cifra a la que a diario se le suman más dígitos.

Por obras como Huesos en el desierto (investigación sobre los feminicidios en Ciudad Juárez) y El hombre sin cabeza (un análisis sobre la decapitación por parte de grupos criminales), no existe hoy figura con mayor autoridad para develar el México actual que González Rodríguez. Además, destaca como uno de los críticos literarios más reputados del país. Responsable en gran medida de la recepción crítica de la literatura norteña en el centro. Su conocimiento y su trabajo de campo (su indagación en el estado de Chihuahua durante la investigación para Huesos en el desierto) lo dotan de una credibilidad irreprochable. Tanto en lo literario como en lo periodístico. Pero su sensibilidad se ubica más allá del tema de la violencia. Cada año ofrece un puntual recuento de los mejores libros publicados en variedad de géneros, en los que no se ausenta la poesía. Lo que detenta una voracidad indómita. González Rodríguez reparte su tiempo entre lo bello y lo terrible que conforman el paisaje mexicano.

 

¿Consideras la guerra contra el narco la peor crisis en la historia del país?

La guerra contra el narcotráfico es una etapa de la historia del país inserta en el desplome del pacto Estado-nación de México a principios del siglo xxi. Su gravedad es enorme, ciento veinte mil muertos, ejecutados y desaparecidos, pero hay que recordar que en los últimos cien años pasaron la Revolución de 1910-1921 (un millón de muertos), la guerra cristera (1926-1929, con cerca de doscientas cincuenta mil víctimas) y otros episodios violentos, como la represión al movimiento estudiantil de 1968 y el levantamiento zapatista de 1994 en los Altos de Chiapas. La firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, 1994) y el Acuerdo para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN, 2005) marcan una etapa distinta en la historia mexicana que a veces se denomina como posnacionalista o posmexicana, ya que la soberanía del país ha entrado en una dinámica de absorción por parte de Estados Unidos y Canadá.

Ante la ausencia de una soberanía nacional, donde el concepto de patria es inasible, ¿cuáles son las posibles mutaciones que experimentará el mexicano de la posnación?

El ataque a la soberanía nacional delata la bandera de algunos políticos, empresarios, comunidades y personas pro-estadounidenses, que repiten aquella doctrina tradicional de «América para los americanos» (James Monroe dixit), pero la soberanía está lejos de ser un concepto inasible y objeto de compraventa expedita: consta en las normas constitucionales de México (y de todos los países). El hecho de que los gobernantes mexicanos y sus socios rechacen cumplir tal precepto implica otro asunto. Por lo demás, resulta una falacia decir que los Estados-nación son cosa del pasado porque ahora se impone (o debe imponerse) el gobierno mundial dirigido por Estados Unidos. El Estado-nación continúa como el punto de ensamble necesario para el orden global. El concepto de soberanía no sólo es un mensaje sobre la extensión y autonomía territorial, sino que constituye el recipiente de la historia, la cultura, la memoria, el lenguaje específico de una nacionalidad. Si el nacionalismo arcaico está rebasado, la nacionalidad entendida como cosmopolitismo de la diferencia (Ulrich Beck dixit) determina los contenidos posmexicanos o posnacionales. Las nuevas generaciones que están al tanto de la cultura global y que, a la vez, viven en su entorno y bajo el legado familiar, local y comunitario.

Si la única solución para enderezar el rumbo es hacer que se cumpla el estado de derecho, ¿cómo podría conseguirse esto desde el an-Estado?

Restablecer el Estado de derecho (rule of law) es una tarea que atañe y debe encarar el propio Estado alegal o an-Estado que llegue a desarrollar una voluntad autocorrectiva, y que implica al poder ejecutivo, al poder legislativo y al poder judicial, a los partidos políticos, a la clase empresarial, a las iglesias y, sobre todo, a la sociedad, que tiene que rechazar el an-Estado: su funcionamiento anómalo de estar fuera y contra de la legalidad y, al mismo tiempo, simular el respeto por ella. Por ejemplo, ahí está pendiente el combate total a la corrupción institucional, la opacidad del gobierno, el autoritarismo en acciones y medidas. Desde luego, esto implica crear y practicar otra cultura política a nivel civil que sea capaz de trascender el mito de que la democracia comienza y termina con el voto y durante la jornada electoral, y queda en uso exclusivo de la clase política. La participación civil es una práctica que debe realizarse todos los días.

Si el gobierno y el narcotráfico siempre habían convivido, ¿qué detonó la guerra en México a principios del siglo XXI? ¿Fueron los Zetas los principales culpables de la desestabilización del país?

Entre otros puntos, el protocolo del aspan que firmó México con Estados Unidos indicó homologar los estándares de las fuerzas armadas y policías de México con los del norte. La estrategia de combatir al narcotráfico, ya equiparable con el terrorismo desde la doctrina militar y diplomática estadounidense, implicó a su vez generalizar la violencia en México e instaurar un mayor endurecimiento del Estado mexicano. Es uno de los efectos de la nueva geopolítica de Estados Unidos a partir del 11 de septiembre de 2001. Los Zetas, cuyos cuadros fundadores se beneficiaron del adiestramiento que recibieron en bases militares de Estados Unidos, introdujeron el modelo de guerra irregular (mercenario, guerrillero o paramilitar) en el trasiego de las drogas y las industrias criminales conexas en amplias regiones y trayectos del país. El resto de los grandes grupos criminales hicieron lo propio, y México se convirtió en un campo de guerra. En defensa de sus propios intereses, la desestabilización de países ha sido una práctica mundial de Estados Unidos a lo largo de la historia.

En el pasado existía el temor de que nuestro territorio se «colombianizara», ahora son otros países los que temen «mexicanizarse». ¿Nos hemos convertido en el mejor modelo de corrupción, de la falta de gobernabilidad y de crisis de inseguridad?

El riesgo de «mexicanización» de otros países por desgracia es real: se trataría de esa línea espectral donde lo legal y lo ilegal se entrelazan bajo una legalidad formal. Es decir: la simulación del Estado de derecho y el incumplimiento de las normas constitucionales. Si se pierde el Estado de derecho sustancial, material, concreto, los demás males vienen de inmediato: corrupción, ingobernabilidad, inseguridad, ineficacia, etcétera. Cada vez más las democracias contemporáneas, ha explicado Giorgio Agamben, recurren al «Estado de excepción», en otra palabras, a la ruptura de la legalidad constituida bajo el pretexto de imponer la ley. Sucedió en México, en Michoacán, cuando el gobierno federal impuso a un «comisionado» para «resolver» la inseguridad y la violencia allá y éste pasó por encima del orden constitucional al realizar, para colmo, sólo un ejercicio de «control de riesgos» temporal, cuyos efectos fueron fugaces, mínimos y propagandísticos. Mientras tanto, persistieron los problemas que lo convocaron.

México es muchos Méxicos. Pero primordialmente se advierten dos: el progresista y el represor. Un día legalizamos el matrimonio entre personas del mismo sexo y otro quemamos pruebas de nuestra corrupción, como ocurre con los documentos de la deuda de Coahuila. ¿Ontológicamente nos definen estos dos opuestos? ¿La permisividad y la impunidad?

Estoy de acuerdo con la idea de que México es muchos Méxicos, y también con la idea de un amplio terreno (real e imaginario) que se abre entre dos extremos, el progreso y el autoritarismo. Allí caben esos Méxicos y es donde, a mi parecer, se encuentran las causas históricas, culturales y sociopolíticas que determinan los contrastes y diferencias que caracterizan la sociedad mexicana en el presente. En lo personal, desconfío de las explicaciones metafísicas cuando existen factores tan evidentes como la pobreza, la desigualdad, la marginación, el desorden institucional, las carencias educativas, la impunidad completa de los delitos. En tales factores se origina la permisividad, el delito, la violencia, etcétera. Lo peor es cuando se generaliza la idea de fatalidad de lo mexicano, es decir, se atribuye a un componente esencial, racial, cultural o religioso una supuesta condición negativa, pues se niega la posibilidad de enfrentar causas concretas y se estigmatiza a un pueblo, o se forjan estereotipos de uno u otro rango.

Formalizamos el matrimonio por convivencia incluso antes que Estados Unidos. ¿Se trata de un avance en materia social o es un simple atenuante para distraernos del estrangulamiento que sufrimos por parte del Estado en cuanto a la pérdida de las garantías de los derechos humanos?

El logro de las libertades para las minorías tiende a ocultar la urgencia de otros contenidos modernizadores en todas las sociedades. Incluso para muchos basta con disponer de matrimonios por convivencia para permanecer indiferentes a otras necesidades de la vida cotidiana, por lo que se elogia y protege sin condiciones a gobernantes y funcionarios atentos a la agenda arcoiris y se soslayan los errores y corruptelas de éstos en otras áreas de la vida pública. Los gobiernos tienden a cultivar sectores, clientelas, grupos, redes, adherencias y apoyos, y suelen capitalizar la propaganda que garantice la continuidad en el poder. A veces, las políticas públicas que ejercen son simples usos oportunistas que dejan de lado el respeto a los derechos humanos, por ejemplo, en cuanto a la generalización de la tortura por las policías o fuerzas armadas.

En Campo de guerra aparece el concepto de «anamorfosis». México es una herida que parece no tener solución. Hemos pisado fondo. Un infierno más pronunciado se avecina. ¿Será la guerrilla urbana por la supervivencia su protagonista?

La anamorfosis de la víctima se refiere al momento en el que una persona que es víctima de un ataque, un abuso, un delito por parte de criminales o de policías, militares, marinos o funcionarios, se ve dentro de una perspectiva deformada respecto de lo que era antes su mundo de vida. Jamás las cosas volverán a ser las mismas. En México, con un índice de absoluta impunidad de los delitos, todos somos víctimas reales o potenciales. La lucidez ante tal hecho o riesgo es lo único que puede protegernos de que el síndrome de anamorfosis de víctima se convierta en «normalidad» aceptada sin rechazo alguno. El infierno más pronunciado se avecina, y sólo puede salvarnos nuestra profunda oposición a ello en el orden de la política, la moral, la ética. Asimismo, tengo la certeza de que la violencia sólo genera más violencia.

La efeméride era el vehículo del Estado para establecer identidad entre los mexicanos. En todo el territorio se celebra el 20 de noviembre. El bombazo en Michoacán durante el sexenio de Calderón socavó este instrumento de control. ¿Qué nos identifica ahora como mexicanos?

Los relatos históricos, la vida de los héroes, las celebraciones patrias, el discurso nacionalista fueron los contenidos privilegiados del Estado mexicano a lo largo del siglo XX. Desde finales del siglo pasado hasta la fecha, dichos contenidos han perdido vigencia, entre otras cosas, porque la alternancia de partidos en el poder confundió Estado con gobierno, y quiso imponer una legalidad partidaria que olvidó la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, su firmeza y tradición, la historia y la memoria del país, el pasado con su carga civilizadora: lo prehispánico, lo hispánico, lo colonial, el mestizaje (que incluye lo africano, lo asiático, lo árabe), lo moderno, la influencia europea y, sobre todo, francesa en el siglo XIX y XX. Hay que recordar que incluso se quiso modificar el escudo nacional para darle un tinte partidario. Esto no es anecdótico ni trivial, refleja por el contrario ignorancia y estupidez extremas con el pretexto del reformismo anglosajón. La historia de México merece no sólo respeto, sino inteligencia. En efecto, el 20 de noviembre se celebra el estallido de la Revolución mexicana de 1910, pero dicho estallido desató una guerra civil de diez años y, tiempo después, surgió la instauración del Estado posrevolucionario y siete décadas de estabilidad nacional. Sólo desde el olvido histórico podría pensarse que lo que los mexicanos requieren ahora es levantarse en armas, o que cada quien haga justicia por propia mano (como los  «autodefensas», que quieren constituir la autonomía en la criminalidad). Los bombazos o atentados en festejos patrios son parasitarios de situaciones en crisis.

Si en México las instituciones son una entelequia, ¿la institucionalización de la violencia es el máximo poder en el país?

Las instituciones en México son entelequias porque, o  son ineficaces e ineficientes o se limitan a cumplir formas pero incumplen lo sustancial: resultados tangibles. Todo Estado constituye violencia permitida y ejercida por el propio Estado, lo malo está cuando un Estado (como el mexicano) carece del monopolio de esa violencia (la delincuencia organizada se lo forcejea) y es incapaz de garantizar derechos o seguridad para los ciudadanos, y en cambio pretende encarnarse cada vez más en un Estado terrorista.

En CeroCeroCero Roberto Saviano declara de manera un tanto tardía que la cocaína es la principal responsable de la violencia en el mundo. Pero el crack sepultó a la cocaína en algunas regiones de México. Lo podemos ver en sitios como Tepito, por ejemplo. ¿Crees que la coca sea todavía la protagonista del conflicto?

La principal causa de la violencia en el mundo es la máquina de guerra implantada por Estados Unidos con el pretexto del combate al terrorismo, el cual subsume además el combate al tráfico de drogas a nivel planetario. La cocaína es uno de los protagonistas históricos, por cierto, menor: un pretexto para la política prohibicionista que encubre la maquinaria bélica y persecutoria en todos sentidos.

Los cárteles se disputan una plaza a muerte, con bajas de toda clase, incluidas civiles, sin embargo son capaces de pactar acuerdos para que en determinada plaza la cocaína que se venda sea de la peor calidad. ¿A qué obedece esta lógica?

El tráfico de drogas es una modalidad del capitalismo, y sus empresarios ilegales se desplazan bajo la lógica de éste: oferta-demanda, bajos costos, máxima rentabilidad, acuerdos o desacuerdos mercantiles con sus competidores, etcétera. Si en alguna plaza ofrecen pésimo producto a sus consumidores es para ganar más dinero a costa de éstos.

¿Agoniza la cultura mexicana? ¿Será suplantada por la narcocultura? ¿Se convertirá el narcotráfico en la cultura dominante?

La cultura mexicana está más viva que nunca, basta observar la calidad y diversidad a nivel internacional de los productos culturales en nuestra literatura, el arte, el pensamiento, el teatro, la música, el cine, el video, la fotografía, el periodismo, etcétera. La narcocultura, que prefiero llamar la subcultura del narcotráfico, ha tenido un auge que comenzó alrededor de tres décadas atrás y ya contempla su ocaso. Tuvo una primera etapa con las películas sobre el tráfico de drogas y el crimen de los años ochenta del siglo XX, por ejemplo, La banda del carro rojo de Rubén Galindo (1978), derivada del corrido homónimo del grupo Los Tigres del Norte, los cuales a lo largo de los años setenta comenzaron a triunfar con este tipo de temas de «Contrabando y traición». La potencia de los grupos criminales en México, que hacia la década de los noventa se explayara por completo, haría que entre 1994 y 2012 la subcultura del narcotráfico se volviera una corriente distintiva en el derrumbe del Estado-nación a través de relatos, canciones, películas y otras expresiones artísticas de índole más o menos apologética. Ahora que en 2015 el país vive una fuerte crisis económica y su política sufre cambios acelerados por la presión de Estados Unidos, se puede apreciar que, como tendencia, aquella va ya de salida. Por ejemplo, ya se registra el descenso de las ventas de libros dedicados a los antihéroes criminales y sus «hazañas» contra la ley. Hay que recordar siempre aquello que adelantó Susan Sontag: el gusto es el contexto histórico y el contexto cambia. La subcultura del narcotráfico jamás suplantará a la cultura mexicana (su historia, memoria, vigencia). El tráfico de drogas, su discurso y narrativas de autoafirmación, comienzan a ser pasado concluso sin viabilidad hacia el futuro: parodia de un tiempo perdido. En cambio, las miradas críticas al respecto mantienen su fuerza.

¿Es México un país de asesinos o de asesinados?

México es un país de asesinados, de asesinos y de una gran mayoría de personas que se niegan a ser ejecutados o convertirse en asesinos. Si no fuera por eso, desde hace mucho tiempo este país sería inexistente.

¿Es México un país de sobrevivientes?

Sobrevivir no sólo es el lema de México, sino que es el lema de la especie humana, por eso fue la especie que triunfó en la creación. El ser humano encarna la conciencia del mal-bien que ha buscado el amor de la verdad para salvarse.

 


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
(Ciudad de México, 1983) estudió en la Escuela Activa de Fotografía de Echegaray, donde actualmente es profesora de técnicas antiguas. Colabora en la revista Time Out México
Ilustración de Jorge Calderón

México sufre de una enfermedad silenciosa que aqueja a gran parte de la población. La dificultad para costear alimentos saludables y las bondades del gobierno con la industria de la comida chatarra han hecho que nos acostumbremos al sobrepeso y la obesidad sin saber sobre los riesgos que corre nuestra salud. En este ensayo, Tania Ruvalcaba Valdés nos comparte los resultados de sus años de experiencia como trabajadora en una primaria, a la vez que expone las razones y motivos que empresarios y supervisores escolares tienen sobre la alimentación escolar de las nuevas promociones de mexicanos.

Las imágenes para el fin del siglo, según los ecologistas en la televisión regional durante mi infancia, apuntaban a un escenario a treinta años donde todo era desolación y más desierto. El fin parecía comenzar con una larga sequía donde la gente casi agonizaba de sed, por lo que debía salir de las casas con maletas atiborradas de ropa y colchones enlazados en los techos de los carros. La vida en la ciudad terminaba con la última gota de agua que negaba toda posibilidad de sobrevivencia.

Después de estas imágenes delirantes vino la violencia social, la disgregación de lo que antes llamábamos comunidad. Siguió la influenza aviar, la cual vino a transformar mi distopía. Ahora, virus letales penetraban las paredes de las casas, avanzaban por todo el territorio nacional atacando únicamente a nuestro desgraciado país hasta las fronteras norte y sur. Era necesario prepararnos para los últimos días de nuestra normalidad y el principio del caos: usar cubrebocas, permanecer en casa evitando el contacto humano y rezando para que los mexicanos no fuéramos a desaparecer en masa de este planeta. Mientras, otras muertes avanzaban silenciosamente en la vida nacional, lejos de los reflectores: las narco mantas y todo experimento de biopoder. Así, por más de una década, las nuevas causas de muerte se han llevado a millones de mexicanos, incluyendo a varios miembros de mi familia. Hipertensión y diabetes.

 

Maestra: No llevar una alimentación adecuada, una consecuencia, ¿cuál sería?
Karina: Las consecuencias pueden ser un infarto y … ah… y ah… los de diabetes.
Jaime: Ah, ya sé. Se les para el… este… el intestino grueso.
Maestra: No, el delgado.
Francisco: Que se te para el abdomen, o sea que se les para y ¡ay!, no funciona. A mi abuelita le pasó y la llevaron al hospital.

 

Estas enfermedades se han asociado a otra epidemia que no suscita el cierre de negocios o escuelas, ni ningún otro tipo de pánico mediático: el sobrepeso y la obesidad que afectan a uno de cada tres estudiantes del nivel básico. Ambos padecimientos han crecido sostenidamente desde los años ochenta y derivan de un universo placentero fomentado por la industria alimentaria y la típica dieta mexicana: excesivo hincapié en el azúcar, sal, harina refinada y grasas. Lo último lo podemos observar tanto en nuestras alacenas y refrigeradores como en lo que llevamos de refrigerio a nuestros trabajos o escuelas. Sin embargo, muchas otras personas decidieron hace años suplantar el recetario mexicano por comida hecha en una fábrica y más cercana a lo que algunos especialistas llaman la «dieta occidental». Para cocinarla, sociedades de científicos incansablemente desarrollan productos que puedan sorprender y cautivar nuestros paladares mediante la creación de aromas y sensaciones que afecten a todos los sentidos. El éxito de esta labor nos lleva a dejar como mera curiosidad algo que había sido un hábito con profundas raíces culturales. Así, rápidamente han ido cambiando nuestras percepciones de lo que es sabroso, necesario, deseable y saludable en materia alimenticia.

 

Maestra: ¿Con qué hacemos la sopa?
Alumnos: ¡Tomate!, ¡Consomate!, ¡consomé!, ¡jitomate!, ¡tortilla! Maestra: Ya hicimos la sopa. ¿Sólo eso vamos a comer? Alumnos. ¡Tortilla!, ¡refresco!
Maestra: ¿Vamos a cenar o no vamos a cenar?
Alumnos: ¡Leche!, ¡cereal!
Maestra: ¿Qué cereal? Hay de muchos tipos.
Osvaldo: De lo que sea pero que sea All Bran. (Risas).

 

Los miles de aditivos integrados a los nuevos alimentos han transformado no sólo la composición química de nuestros cuerpos, sino también del medio ambiente y la noción que tenemos de él. Por ello, la Secretaría de Educación Pública comenzó a intervenir en este tema. De esta manera, en 2006 hizo especial hincapié en varios aspectos involucrados con la nutrición y en secundaria buscó sentar las bases para que las nuevas generaciones fueran más conocedoras de todas las dimensiones que conlleva.

 

Judith: Maestra, ¿la leche es de origen animal?
Maestra: Sí.
Judith: La azúcar, ¿a qué pertenece?
Maestra: El azúcar la sacan de la caña de azúcar, es fruta.

 

Se trató, entonces, de formar un criterio más analítico de lo que es la alimentación, apelando a lograr una generación de consumidores más consciente y saludable. Sin embargo, toda esta reflexión se estaría dando en las escuelas, uno de los puntos de venta más exitosos de la industria alimentaria. La razón es simple: en cada una de ellas hay centenares o miles de compradores hambrientos y cautivos, que juntos suman 25’939,193 estudiantes y 1’201,517 docentes (INEE) dispuestos a gastar de uno a setenta pesos diarios en golosinas, frituras, refrescos, jugos, antojitos, panes, pasteles, helados, elotes y cualquier otra cosa que la imaginación de un vendedor pueda concebir. Haciendo un paréntesis, las cifras mencionadas no incluyen al personal administrativo de las 228,205 escuelas preescolares, primarias y secundarias del territorio nacional.

 

Maestra: Antes de venir, ¿comes en tu casa? Alumnos: ¡Sí!
Brianda: Me traen en el recreo.
Maestra: ¿Compras aquí?
Alumnos: ¡Nomás papitas! ¡Y Coca!
Maestra: ¿Y por qué no lo hacen?, traer fruta. Karina: Porque me da vergüenza.
Miriam: Es que vas a estar comiendo así. Dulce: Porque te critican cómo comes. Laura: No me gusta que me vean.

 

El tamaño potencial que representan los compradores de comida chatarra es millonario y nos dice por qué el blanco de la epidemia de la obesidad son los niños y las niñas de México. Ellos enfrentan las condiciones de salud que tenían nuestros abuelos y ahora nuestros padres: enfermedades cardiovasculares, diabetes mellitus, diferentes tipos de cáncer. Para ellos queda la culpa, el estigma de verse diferentes, de no caber en los pupitres y de no ser los favoritos en educación física; también la baja calidad de vida, la negación de una infancia y de una juventud plena. A cambio, las escuelas les ofrecen nuevos productos, alimentos convenientes, «más saludables», los cuales han cambiado de etiqueta o a un envase más pequeño y además, han sido adicionados con suplementos que los hacen parecer más benignos.

 

Supervisora escolar: Ya la misma refresquera está haciendo, aparte del agua natural que les vende, agua con sabor a frutas. Están sustituyendo una cosa por otra. Nada más es cuestión de que el alumno se acostumbre a consumirla, porque están acostumbrados a consumir lo negro. Sí, aunque esté negro, negro.

 

Durante décadas, algunas voces denunciaron en la prensa el visto bueno de las autoridades oficiales a la participación de la industria alimentaria en las instituciones educativas. Sin embargo, fue en el sexenio de Felipe Calderón Hinojosa cuando Pepsico, Bimbo y Coca Cola tuvieron el reconocimiento para ingresar a las escuelas mediante el programa Vive Saludable, en el que las trasnacionales se ocuparían de enseñar lo que es la nutrición en los planteles. Para 2010 los panistas, arrepentidos, anunciaron una nueva política de Estado que pretendía paliar la iniciativa anterior. Esto significó sentar nuevas reglas para exigir la reducción de raciones y de contenidos de grasa, azúcares y sales en los productos industriales, pero ¿por qué seguir permitiendo la participación de las multinacionales?, ¿qué no eran las culpables de la epidemia?

 

Supervisora escolar: Le dan una comisión en efectivo… Pero ahora con esto de que quitaron el refresco pus esa comisión disminuyó al 50%. O sea que le dan en la torre a la escuela otra vez en cuanto a beneficios económicos.

 

Antes de los lineamientos de 2000 era común que los grandes consorcios alimentarios negociaran con las escuelas una «concesión» o bien, un derecho de exclusividad para que no entrara la competencia en el lugar. A cambio, las escuelas recibían botes de basura, pintura, equipo deportivo y dinero en efectivo que financiaba la operación de la institución. En este sentido, la industria alimentaria se convirtió en un gran subsidiario de los centros educativos y, en ocasiones, el único.

Con Vicente Fox Quesada, se estableció en su momento que las escuelas públicas debían de competir entre ellas para que las ganadoras pudieran captar recursos económicos vía el programa Escuelas de Calidad. Un sexenio y medio después podemos tomar un paseo y confirmar que sin el patrocinio de las trasnacionales se aceleró el declive de los centros educativos en cuanto a su infraestructura, mobiliario y servicio. Ahora, si alguna escuela desea comprar una escoba, trapeador o fotocopiar algún documento tendrá que conseguir sus propios recursos para financiarlo. Aquí comienza la nostalgia por la era de oro entre las escuelas y las industrias de la comida chatarra.

 

Maestra: Ahora vamos a ver bulimia y anorexia, porque son enfermedades que derivan de la obesidad. A ver, la mayoría coincidió en que eran problemas ¿psicológicos o sociales?
Alumnos: ¡Psicológicos!, ¡sociales!
Óscar: Sociales porque pueden ir al Seguro Social.
Maestra: Son psicológicos.

 

Mientras tanto, los científicos de la salud debaten sobre cuáles son las causas profundas de la obesidad y del sobrepeso, en qué dimensiones abordarlas, a quién delegar el trabajo para girar el destino de millones de mexicanos. Décadas atrás, discutimos sobre la gula, la falta de amor propio, la percepción distorsionada de la realidad, pero frente a una epidemia se debe ir a fondo y en grande. Ante la falta de resultados, la Organización Mundial de la Salud debió poner la discusión en la mesa y presionar para ver cambios trascendentales en la acción gubernamental. De ahí derivan decisiones sobre la venta de comida en las escuelas e impuestos elevados en lo que se considera chatarra, pero aún queda más por hacer que pueda impactar a las familias y sus hábitos, a las formas sedentarias de vivir en este mundo.

 

Supervisora escolar: La mamá, saliendo de la escuela, le compra al alumno productos chatarra. Entonces tenemos una lucha constante. Tenemos niños de colonias de nivel medio y medio bajo donde madres y padres trabajan pero no se ocupan de la alimentación del niño.

 

En este sentido, es necesario recalcar la relación escuela-comunidad donde ambas se permean, en este caso en los patrones de conducta alimentaria. Además del factor cultural, las familias impactan en las escuelas mediante su situación económica, es decir, su posibilidad de acceder a refrigerios perecederos o más sofisticados, a distintas cantidades y calidades en la comida. Entonces, tendríamos que voltear a ver la pobreza alimentaria, la cual también tiene efectos en la salud de los menores y que se manifiesta en la baja talla infantil que todavía afecta aproximadamente al 10% de los infantes y jóvenes en edad escolar (ENSANUT, 2006).[1]

 

Supervisora escolar: A lo mejor un alumno de la secundaria 33 sí te puede consumir un yogur o una gelatina o un jugo natural, porque así lo tienen acostumbrado en su casa, pero un alumno de la 22, un alumno de la 44 que apenas tiene para los frijolitos, ¿a poco crees que van a preferir un jugo?

 

Esto complica aún más el tratamiento que se le pueda dar a la epidemia del sobrepeso y la obesidad. Así, sumando a la cifra anterior el 30% aproximado de los menores con sobrepeso y obesidad, tenemos que el 40% de los estudiantes del país no tiene las condiciones físicas necesarias para una vida plena. En esta situación, dentro de poco tomarán las riendas de un país enfermo. Hace cuarenta años nadie imaginó que estaríamos ante este escenario. Además, gozábamos de seguridad alimentaria pues los campesinos producían todo aquello que consumíamos, ¿a quién podía preocuparle nuestro futuro? Ahora, en cambio, enfrentamos grandes retos; las siguientes cuatro décadas son turbias y la prosperidad pareciera negada.

 

 

[1] En el caso del grupo de edad de 12 a 17 años sólo se tiene información de las mujeres para 2006.


Autores
(Torreón, 1977) es socióloga y candidata a maestra en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional. Inició su vida laboral en la enseñanza pública y desde 2007 ha documentado la alimentación escolar. Ha presentado sus investigaciones en congresos a nivel nacional e internacional y ha colaborado con el diario Milenio.

En tiempos de la globalización, gracias a que internet borró la mayoría de las fronteras para conocer otras culturas, los cibernautas han decidido poner toda su vida en eso que Juan José Arreola predijo que podría convertirse en «el basurero de la humanidad». Así, José Jiménez Ortiz debate sobre lo que será de la humanidad una vez que sólo queden esos cementerios que ahora conocemos como Facebook y Twitter.

Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente. La mentira no es algo que se oponga a la verdad, sino que se sitúa en su finalidad: en el vector que separa lo que alguien dice de lo que piensa en su acción discursiva referida a los otros. Lo decisivo es, por tanto, el perjuicio que ocasiona en el otro, sin el cual no existe la mentira.

Jacques Derrida

 

En el pasado, los símbolos y los rituales nos ayudaban a recordar; en la actualidad son los documentos digitales los que nos ayudan a hacerlo. Al introducir la estética de la información (info-aesthetics), Lev Manovich aborda el flujo de información que los internautas procesan y almacenan, ya sea en su vida laboral o bien en la personal.[1] En un sistema de redes, los nodos se mantienen activo en la medida en que permitan el ir y venir de datos a través de ellos, sin importar quién los opera. Pensemos en qué pasa con los bots: a pesar de estar programados para decir lo mismo que miles de cuentas similares, cumplen las funciones básicas de cualquier otro internauta.

¿Qué pasa con esos «trazos digitales de nuestra existencia» de los que habla Manovich cuando uno muere? Si el internet es un protocolo para la transferencia de datos entre nodos, sale a flote una serie de interrogantes en torno a cómo ocurre la muerte en un sistema de redes. ¿Pasa cuando un nodo deja de procesar datos o cuando el usuario que opera ese nodo pierde la vida?

Un usuario ¿es?, ¿está?, ¿existe?, ¿habita?, ¿transita? Ubicando nuestro objeto de reflexión en lo que podemos llamar genéricamente «realidad», chocamos con una cuestión presente a lo largo de la historia de la filosofía. Durante siglos, grandes pensadores han tratado de darle sentido a la cuestión, más que formular respuestas. Siempre ha sido un tema bastante trabado que peor se puso cuando Jürgen Habermas publicó en 1962 su obra The Structural Transformation of the Public Sphere: An Inquiry into a Category of Bourgeois Society,[2] generando con su noción del espacio público un apéndice gigante a la pregunta en cuestión: ¿de qué manera se sitúa el ser humano en la realidad, tanto en el espacio público como en el privado? Más complejo se ha puesto el asunto cuando nos ponemos a pensar que el concepto desarrollado por Habermas ha caducado en tiempos post social network.

Se trata de una ecuación sumamente compleja con variables en distintos postulados teóricos enfocados a cómo interpretar los conceptos de realidad, realidad virtual, espacio público, para con ello despejar las incógnitas relativas en torno a la función humana dentro de dichos lugares; llegamos a una pregunta que perturba al sujeto que forma parte del tejido social contemporáneo: ¿la realidad virtual, esa que las personas integran dentro de redes sociales, forma parte de la realidad misma? Si aún no decidimos si el ser humano es, está, existe, habita o transita la realidad propiamente dicha, ¿cómo saber cuál es su rol dentro del complejo sistema de redes en el cual interactúa con otros miles de usuarios? Si aún no definimos aquello que nos empeñamos en llamar realidad, ¿cómo explicar lo que estamos presenciando en un mundo tomado por empresas que ofrecen una vida detrás de un user name y una picture profile?

Pensemos en un escenario real, bello y siniestro: en el futuro, cuando todos sus billones de usuarios estén muertos, Facebook, WhatsApp, Instagram y Twitter serán cementerios. Es aquí donde no puedo dejar de pensar en Jaques Derrida y su obra Aporías,[3] donde el francés afirma que «vivir significa dejar huellas». A él le interesaba la idea de que vives al dejar una huella y luego la dejas atrás, por lo tanto vivir significa morir. Para él, cada trabajo de escritura es una pequeña muerte. Si trasladamos esa idea a cada tweet, cada post en Facebook, cada foto en Instagram o cada conversación en WhatsApp, se vuelven instantáneamente en huellas de nuestra muerte. Derrida escribió: «La huella que dejo significa simultáneamente mi muerte, mi muerte por venir y la esperanza de que me sobrevivirá. No es una ambición de inmortalidad; es fundamental. Dejo aquí un pedazo de papel, lo dejo, muero; es imposible salir de esta estructura; es la forma inmutable de mi vida. Cada vez que dejo ir algo, vivo mi muerte en la escritura».[4]

Ahora, ¿qué pasa con todo esto en un lugar como México, nación culturalmente diferente, desigual económicamente y desconectada tecnológicamente? La globalización en México es disímbola, diacrónica y segregada, entre los polarizados habitantes multimillonarios, pobres y miserables. Las huellas, entonces, son cosa exclusiva de aquellos que tienen acceso a la tecnología que nos permite vivir y trascender la existencia terrenal en el plano de las redes sociales. A pesar de la hiperpoblación de redes wifi, de la aparición de smartphones de bajo costo y de los programas académicos de la Secretaría de Educación Pública que incluyen inglés e internet, en nuestro país sólo 44.4% de la población tiene acceso a esta realidad.[5] Son cuatro de cada diez mexicanos los que pueden crear un perfil y ser alguien después de su muerte. En un ambiente multidocumentado en el que los medios de comunicación son parte de nuestra vida cotidiana, volvemos al tema de lo real. ¿Acaso las fotografías que tomé y que miro después pueden reemplazar mi memoria actual sobre un lugar, una persona o un hecho? De ser así, ¿quién controla mi pasado?, ¿quién lo que existe en mi memoria o mis registros sobre ella? ¿El 66.6% de la población no forma parte de la realidad? ¿A dónde van a dar sus huellas? ¿A quién le importa su acta de nacimiento o certificado de defunción?

Dentro del contexto hiperviolento en el cual vivimos los mexicanos, podríamos pensar un poco más en esas huellas de las que habla Derrida. La muerte está a la vuelta de cada esquina y sería bueno considerar cuál es nuestra última huella: ¿una marcada en la realidad concreta, o un estado de WhatsApp convertido en epitafio? Mientras los cibernautas se exponen al tema del secuestro de cuentas, la población desconectada se expone a un secuestro real. Mientras el habitante de las redes sociales traslada el problema filosófico de la existencia al terreno de la realidad virtual, el ser humano sin acceso a la tecnología sigue enfrentando la muerte en las mismas condiciones de miseria que lo hicieron sus antepasados: como un personaje anónimo sin derecho a escribir un epitafio, por no tener recursos para grabar una lápida. Ni siquiera en Facebook.

 

[1] Lev Manovich, The Language of New Media, Cambridge, MIT Press, 2001.

[2] Jürgen Habermas, The Structural Transformation of the Public Sphere: An Inquiry into a Category of Bourgeois Society, Cambridge, 1962 trans 1989.

[3]Jacques Derrida, Aporías: Morir-esperarse (en) Los límites de la verdad, Ed. Paidós, 1998.

[4] Idem.

[5] Encuesta sobre acceso a tecnología del año 2015 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.


Autores
es artista visual. Ha expuesto su obra en la Bienal de Mercosur en Brasil, el proyecto Space and Books en Alemania, y en el Museo de Arte Carrillo Gil, entre otras muestras. Beneficiario del Programa Bancomer MACG Arte Actual 2010.

El Rancho Ciencias Naturales se gesta como una asociación de personas con procesos afines y sinérgicos que buscan generar proyectos colectivos a partir de su interés por adoptar estilos de vida que tiendan hacia la autosuficiencia energética y material, así como al uso integral del cuerpo humano como herramienta de conocimiento y producción. Sin olvidar la identidad cultural urbana de sus miembros, pone de manifiesto la experimentación de lo rural como principio de investigación para explorar las posibilidades de nuevas identidades híbridas. Para ello, y basado en la filosofía del open-source, el proyecto será documentado desde su inicio y se compartirá abiertamente la información generada en forma de manuales, gacetas y artículos.

El espacio rural recientemente obtuvo el certificado parcelario para arrancar esta iniciativa y está localizado en una zona de lluvia que, aunque carece de servicios básicos, cuenta con las condiciones necesarias para ser cultivada y habitada por medio de la bioconstrucción. Se tiene planeada la realización de espacios para vivienda para un grupo limitado de personas, espacios de producción e investigación de campo, que alojen encuentros transdisciplinarios a manera de residencias, talleres y cursos, conferencias que estén relacionadas con algún tema sobre sustentabilidad y ecología, contemplando una proyección consciente y responsable hacia el futuro del espacio y su entorno.

rancho 2 rancho 3 rancho1


Autores
(Ciudad de México, 1980) estudió Arte y Diseño industrial en la UNAM. Ha expuesto su trabajo en México, Estados Unidos y Europa.