Tierra Adentro
Ilustraciones de Daniel Hernández Méndez

Hermana:

Te escribí el otro día, creo que fue el viernes… ¿Recibiste mi carta? ¡Ay, Betina, si supieras por qué vuelvo a hacerlo tan pronto! Pero no digas nada a nadie, ni siquiera a Roberto. Ya sé que es tu marido y que a los maridos debe decírseles todo. Dios lo manda. Pero te lo pido, te lo ruego: no digas nada a nadie. Después que leas esta carta rómpela en pedacitos lo más pequeños posible, y échalos a la lumbre. Luego contéstame, por favor contéstame cuanto antes, Betina. Te lo contaré todo poco a poco.

Ayer se marchó a la ciudad nuestro padre. Parece ser que el tío sigue tan grave, que todos esperan su muerte de un momento a otro. Recibimos un telegrama la víspera diciendo: «Ven pronto. Se muere». Salió en el tren de las once, en el mixto. ¡Si vieras qué deprimido estaba! Yo fui a despedirlo; es decir, fuimos todos, a excepción de Pablito. A Pablito lo dejé en casa de Ramona. No sé por qué allí se siente tan a gusto. Pero, en fin, se marchó nuestro padre y yo me puse a llorar. Desde que murió nuestra madre (q.e.p.d) no había llorado igual. Si me preguntaras por qué lloraba, me sería muy difícil contestarte, puesto que yo sabía de sobra que nuestro padre estaría muy pronto de regreso. Al tío, a decir verdad, apenas lo conozco, lo recuerdo como en un sueño, y aunque uno debe sentir piedad siempre del que se muere, su muerte no era un grave asunto para mí. Así fue, sin embargo. Cuando salíamos de la estación, tomé de la mano a Rosita y Alberto, y en vez de seguir por la vía, que es el camino más corto, tomé por el atajo que lleva a la presa. Rosita y Alberto parecían muy pensativos, me miraban de cuando en cuando, y sospecho que estaban también a punto de echarse a llorar. Cómo quisiera alegrarlos, les dije:

—Podéis cortar flores si se os apetece.

Alberto repuso:

—No, preferimos seguir así. Los tres juntos.

Y los tres juntos, hermana, llegamos por fin al río. Y los tres juntos, allí, nos pusimos sin saber por qué a llorar.

Ya todo esto es un poco extraño, ¿no crees? El día de ayer fue bien extraño, por cierto. Verás.

Por la tarde se nubló el cielo, se volvió oscuro como de noche y empezó a soplar un terrible viento que parecía querer arrancar de cuajo la casa. El chopo de nuestro huerto dejaba escapar verdaderos torrentes de hojas, aún verdes, que, formando remolinos, golpeaban en las ventanas o se pegaban a los cristales y continuaban después su vuelo. Allá del mar venían nubes cada vez más negras. No se veía la cumbre del Diablo: por sus laderas bajaba una neblina espesa, rodando, rodando a través del bosque. Entonces comenzó a relampaguear. Los truenos en un principio sonaban muy lejos, tardaban en llegar un buen rato y apenas si llegaron a inquietarme; pero pronto relámpago y trueno eran una misma cosa y se sucedían uno tras otro, amenazándonos del peor modo. ¡No recuerdo nada parecido!

La casa es chica, tú lo sabes, pero a mí me parecía demasiado grande. Y también, creo yo, pensaban de igual modo Rosita y Alberto. Pablito, el pobrecito, aún no sabe lo que es grande; no sabe lo que es pequeño; no sabe sino dormir o no dejar dormir a los demás… Pues te decía: Rosita y Alberto estaban poseídos de la misma ansiedad que yo. Lo comprendí perfectamente cuando él dijo:

—Vamos allá. ¡Mejor allá!

¿Sabes lo que es allá? La ventana de mi cuarto: el cuarto más pequeño y oscuro de todos. Entramos y Rosita dijo:

—Cierra.

Cerré la puerta con llave y nos fuimos a la ventana. ¿A qué? No lo sé. A mirar, a mirar. Los tres mirábamos hacia afuera, donde el cielo era cada vez más negro y horrible, la neblina más espesa y los árboles más desolados. Nadie decía nada; nos apretábamos, eso sí, uno contra otro, o limpiábamos con la manga los cristales, porque empezaba a caer la lluvia y éstos se iban empañando. No cesó de llover y tronar en toda la tarde. No amainó ni por un segundo el viento. Y anocheció más temprano que otras veces. Aquí empieza lo interesante, hermana, lo que quiero que te calles siempre.

Preparé la cena como de costumbre, puse a dormir a Pablito y cenamos los otros tres a eso de las ocho. ¡Qué extraños son los niños! Hermana, no sé por qué lo digo, pero ¡qué extraños son los niños! ¿Adivinan? ¿Presienten? El caso es que mientras estuvimos a la mesa no pronunciaron más que unas cuantas palabras, comieron bastante menos que otras noches y noté que me miraban a hurtadillas, no sé si con curiosidad o miedo. ¿Adivinaban mi miedo? ¿O adivinaban otra cosa peor? Tan poco fue lo que hablaron, que creo poder repetírtelo todo. Rosita dijo:

—¿Crees, Amanda, que lloverá toda la noche?

Verás lo que respondió Alberto:

—¡Cómo lo va a saber Amanda! ¿Acaso lo sabes tú?

Alberto es ya un hombrecito.

—Si tienes miedo, Amanda, vente a dormir con nosotros. Papá estará de vuelta un día de estos y se alegrará de que no hayamos pasado miedo.

Yo dije:

—No, no tengo miedo. ¿A qué he de tenerlo? Mi hermano bajó la vista y no dijo nada; pero comprendí que sí sabía muy bien que yo tenía miedo. ¡Y un miedo horrible, hermana! ¡Un miedo que podía haberme matado!

Se acostaron. Seguía lloviendo, tronando, relampagueando; seguía silbando el viento, gimiendo el chopo del huerto como un ser vivo y muy triste. No sé lo que se oía, si el mar o el río, pero había en la casa un bullicio muy raro, y ese bullicio, creo yo, se escuchaba en las demás casas. Pero las casas están tan apartadas, que no me decidí a ir a preguntarles. Cuando salía del cuarto de mis hermanitos, les dije:

—Si queréis, no apaguéis el candil… Yo subiré dentro de poco y si estáis ya dormidos lo apagaré.

—Preferimos quedarnos a oscuras —prorrumpió Alberto—. Es como se duerme mejor.

Sopló la llama y se quedaron efectivamente a oscuras. Pero enseguida oí su voz entre las sábanas.

—No cierres la puerta, Amanda…

¡Qué miedo tenía el pobrecito!

Bajé, bajé y me puse a recoger los trastos. Me puse a lavarlos, como es costumbre. El agua estaba fría y yo también tenía frío. Pensé: «Sería mejor dejarlo para mañana». Ya ves lo que son las cosas. No sé por qué no lo hice así, ni por qué no subí a mi cuarto y me metí en la cama, que era lo que deseaba. No sé por qué no me era posible hacer lo que se me apetecía. No sé por qué no solté los platos… Me puse a cantar. He oído contar muchas veces que cantando se espanta el miedo. Canté por lo bajo, muy bajito, tan bajito que no me oía; y también me dio miedo no oír siquiera mi voz. Los pensamientos más extraños comenzaron a golpearme en la cabeza. Yo pretendía arrojarlos, deshacerme de ellos, y no podía.

«¿Dormirán?», me dije, pensando en los niños.

Y luego:

«Voy a espiarlos…»

Pero esa cosa que uno nunca sabe lo que es me detuvo:
«Después irás. Termina antes con tus quehaceres.»

rsz_ta218_alta-65

Hermana: tú me preguntarás a qué tenía miedo. ¿A sentirme desamparada en la casa? ¿A la tormenta, tal vez? ¿A los fantasmas? ¡Déjame reír! No tenía miedo ni a la soledad, ni a la tormenta, ni a los fantasmas, en los que no creo. Tan no tenía miedo a nada de esto, que hasta aquel mismo momento en que me disponía a subir no me había preocupado de revisar los postigos. Llevo diez años viviendo en este lugar, y en todo este tiempo no ha ocurrido nunca nada digno de mencionarse. Papá, que yo sepa, tampoco recuerda algo a este respecto. Aquí nadie roba, nadie asesina, nadie molesta a nadie y los muertos duermen en paz en sus tumbas. Pues bien, habíame dicho para mis adentros: «¡Listo!», iba a soplar el candil de la cocina…

¡Hermana! Oí que golpeaban a la puerta. Atendí. Como soplaba el viento tan fuerte, permanecí muy atenta. Sí, sí, volvieron a llamar. ¿Qué hubieras hecho tú, dime? ¿Qué hubieras hecho, responde?… En puntas me fui caminando rumbo a la escalera, sin pensar en otra cosa que en llegar cuanto antes a la planta alta y encerrarme con mis hermanos en el cuarto; sin pensar en otra cosa que en cerrar con llave la puerta, poner tras ella todos los muebles y dejar que el que llamaba llamara la noche entera. Llamara, llamara hasta morirse de frío; morirse, si es que vivía… ¿Te das cuenta de que ya empecé a creer en los fantasmas?

Por fortuna, no oí más golpes. Volví, pues, a la cocina y apagué la luz; pero al tratar de salir de nuevo, estalló un relámpago en el cielo, todo se iluminó con una luz extraña, como si acabara de salir el sol de repente, y vi a través de la ventana la sombra de alguien que se apoyaba allí. Luego quedó todo a oscuras de nuevo, y yo allí, sin moverme. Me pareció escuchar una voz, me pareció oír que golpeaban en los cristales, me pareció que un rostro se apoyaba en la ventana. Vino un nuevo relámpago y ya no hubo la menor duda. Pero todavía pensé: «Será un pobre cristiano que busca…»

Tú ves que me di valor. No supe qué hacer. Y tal vez lo que hice fue lo peor. Tan aprisa como pude, eché a correr rumbo a la escalera, tropezando con cuanto mueble hallaba en mi camino. El trecho es corto; llegué. Pero al llegar —¿recuerdas dónde está la escalera?— escuché de nuevo a la puerta, junto a mí, la mano aquella que golpeaba. Los golpes eran muy fuertes, seguidos, como los de quien trae una gran prisa o se ve en un serio aprieto. «¿Un cristiano que…?»

Me aproximé a la puerta.

—¿Quién? —pregunté.

Me contestó una voz ronca, muy parecida a los truenos, pero a la vez dulce, digna de la mayor confianza.

—¡Yo!

¿Te parece extraño que con semejante respuesta me hubiera vuelto la calma? Pues así fue. No acierto a comprender por qué, pero aquel «¡yo!» bastó para que se disipara en mí el miedo. No necesité saber más. «¡Yo! ¡Yo!», y abrí la puerta. Créelo, créelo, Betina, abrí la puerta y ni aún ahora que ya es de día me arrepiento de haberlo hecho. Verás…

Me encontré cara a cara con un hombre calado por la lluvia, aunque más bien que un hombre, una sombra que chorreaba agua por todos lados. Sólo durante un segundo, mientras otro nuevo relámpago estallaba allá en el cielo, alcancé a distinguirlo medianamente. Me pareció robusto, no más alto que yo, con unas manos como las raíces de un castaño, con un cuello también robusto, recio, como el mismo tronco del castaño. Los cabellos le cubrían la frente, el cuello y le caían —pensé de momento— sobre los hombros. Me volví, dejando la puerta abierta, y encendí el candil. Al volverme, el hombre estaba a mi lado. Fue inútil, pues, que yo dijera:

—Pase usted.

rsz_ta218_alta-66

Se quitó el capote tranquilamente y con él se secó los cabellos, aunque más bien no hizo otra cosa que empapárselos de nuevo. En efecto, sus cabellos eran como me los imaginaba: híspidos, negros, muy largos; tan largos como ya nadie los trae. Y sus ojos eran profundos, nunca supe de qué color, hundidos allá no sé dónde, llenos de tristeza. Y sus botas estaban rotas por la punta, dejando asomar los dedos. Y sus espaldas, de tan fornidas, parecían las de un leñador. Y tenía apretados los labios, apretados, Betina, como los de un hombre que se dispone a llorar. ¡Qué piedad sentí de él!

Nos miramos —aún sin pronunciar palabra— y yo le pregunté si quería beber un poco de café. Él me pidió, en cambio, algo de comer ¿Cómo describirte su voz? Como el trueno, como el trueno, hermana. Con eso basta. «Debe ocurrirle algo muy grave», me dije. Y le hice pasar a la cocina.

Sonaban extraños sus pasos.

—¿Se quiere usted quitar las botas? —indagué—. Encenderé la hoguera para que se caliente…

No dijo que no ni que sí. Comenzó a desabrochárselas, dejándolas caer pesadamente contra el piso. Comenzó a titiritar.

—Espere, espere, le traeré a usted algo con qué cubrirse.

Ni yo misma sabía bien lo que me pasaba; ni yo misma acertaba a descifrar qué especie de sentimientos se apoderaban de mí. Me sentía alegre, confiada, contenta, como no me sentí nunca, a excepción de una vez, hace mucho tiempo, en que bebí media botella de vino. Deseaba subir cuanto antes, bajar también cuanto antes y reunirme en la cocina con aquel hombre. No sabía quién era, no me importaba quién era, ni experimentaba el menor deseo de indagarlo. No sabía si estaba bien, si estaba mal, si era justo o injusto lo que hacía, si peligroso o admirable, si disculpable o… ¡En fin, verás! Le bajé unas ropas y unas botas de mi padre y le dije que se las vistiera.

—¡Allí puede usted ponérselas! —exclamé.

Volvió con ellas puestas y se sentó junto al fuego. Yo atizaba las brasas e iba de un lado para otro, buscando algo que prepararle. Había sobrado algo de la cena y me dispuse a calentarlo. Partí un par de huevos y los arrojé al sartén. Como Dios me dio a entender —así de precipitada estaba— mondé unas patatas y las eché en otra sartén. Luego dije:

—Cuide usted de ellas. Vuelvo en seguida.

Traje del comedor el aguardiente y el desconocido bebió una copa, pero a lentos y pequeños sorbos, como si el alcohol le raspara demasiado en la garganta, como si no le gustara en absoluto el aguardiente. Y comió, comió todo cuanto le di, raspando muy bien el plato, sin levantar la vista, sin detenerse a mirarme un segundo, sin proferir una sola palabra. En cuanto terminó de beber el café, echó atrás un poco el cuerpo, suspiró del modo más hondo que puedas suponerte y apretó más los labios uno contra otro. Así se quedó largo rato mirando al fuego, que ardía por fortuna como en sus mejores días… Y me miró. Me miró desde allá adentro, sin sonreírse, casi como disgustado, y yo tuve que bajar los ojos porque no era posible resistir su mirada. Tres veces que levanté los ojos, tres veces que lo encontré mirándome, y tres veces los bajé. Comencé a tiritar y a pensar en mis hermanitos, en sus camitas tan tibias; a pensar en mi padre, que para ti, que estás tan lejos y que habrías de reprocharme severamente lo que estaba haciendo. Tuve una ocurrencia espantosa: «Ya nada tiene remedio».

Mas como si hubiera adivinado, extendió su mano, que es, ahora sí puedo afirmarlo, como las raíces de un castaño, y la posó en la mía.

—No temas —dijo—. Quédate así quieta, sin hacer ruido. Pero yo sabía que no está bien que una mujercita se encierre en un cuarto con un desconocido. «Dios sabe lo que ocurra.»

Dejé, no obstante, que su mano continuara allí sobre la mía; dejé que nuestros pies siguieran juntos junto al fuego; dejé que transcurriera el tiempo que tenía que transcurrir; que sucediera lo que debía suceder y que ni yo ni nadie habríamos podido evitar.

¡Jamás en la vida habría podido perdonarme el dejar a aquel hombre a la puerta, a merced de la lluvia, del viento y del frío, en semejante noche!

Estalló un relámpago y el desconocido se sobresaltó. Se puso en pie. Luego se echó las manos atrás y comenzó a pasear por la cocina. Era un poco encorvado, y sus cabellos, ya secos, parecían un haz de hierba también seca. Mantenía la barbilla constantemente apoyada en el pecho, como presa de una grave preocupación, y caminaba con las piernas un tanto separadas. Ya no me moví de mi asiento y me puse a pensar qué grave asunto podía ocurrirle a aquel extraño personaje, que de tan especial manera se conducía. Puedo jurarte, Betina, que hasta entonces todo me pareció natural. Natural cómo entró a nuestra casa; natural cómo pidió de comer; natural cómo comió y bebió; natural cómo se había puesto las ropas de mi padre; natural que permaneciera allí sin darme las gracias o preguntarme algo, sin dirigirme una palabra o disponerse a marchar.

rsz_ta218_alta-68

Imagínate, Betina, que llevábamos en semejante actitud cerca de una hora: él paseando sin cesar de una esquina a otra, deteniéndose si acaso a mirar por la ventana, y yo acurrucada en un banquito, junto al fuego, esperando Dios sabe qué. Te digo que ahora sí me parece extraño, pero entonces no. Quisiera explicarte bien esto: parecíame —comprende, perdóname, hermana— que pertenecía yo en cuerpo y alma a aquel hombre, que aquella pobre casa era su casa, él, él era el dueño, y que nos habíamos… nos habíamos… —sí, sí, debo contártelo todo— que nos habíamos amado desde muy niños. Yo era su mujer y él podía hacer de mí lo que le viniera en gana. Arriba, junto a la de mis hermanitos, había una habitación muy clara, pintada de cal, con una ancha cama en el centro, cubierta con una colcha de encaje. En aquella cama dormíamos, habíamos dormido siempre, y por las mañanas… ¡Oh, Betina! ¿Por qué las cosas eran tan distintas a como parecían? ¿Por qué en vez de aquel cuarto hermoso y claro había una celda pequeña y negra, con una sola cama estrecha, pegada al muro y sin colcha? ¿Por qué aquel hombre tendría que marcharse y por qué mi padre tenía que volver? ¿Por qué ama uno y espera siempre lo que no ha de llegar? ¿Tú sabes por qué, Betina? Pero así es.

El desconocido adivinaba todo. No bien concluía yo de pensar todo esto, cuando volvió a sentarse a mi lado.

—Partiré —dijo de pronto, sin levantar la vista del fuego.

Yo hice que no le oía, tratando de obligarlo a decir algo más.

—Es un trecho muy largo —añadió.

Lo miré y ya sostuve su mirada. No supe contenerme.

—¿Se va? —pregunté—. ¿Y a dónde?

No me contestó. Noté, en cambio, que se acercaba a mí, inclinándose sobre mi hombro, como aquel que no oye bien.

—¿Se va? —volví a decir.

Pronunció un nombre extraño, que al principio confundí con el de algún pueblo. Pero al hacérselo repetir varias veces comprendí con tristeza mi error.

—Teresa Brunszvik… —dijo.

«Teresa Brunszvik», repetí para mis adentros un buen número de veces. Y supuse, no sé por qué, que aquella mujer de la que hablaba debería ser muy bella y joven, más bella que nadie, con dos trenzas doradas, unos dulces ojos color violeta y los labios frescos y tiernos como dos fresas. También alcancé a imaginarme que andaría siempre descalza por entre la hierba húmeda… No, no me la imaginé en ningún palacio, sino en un bosque muy negro, un bosque de encinas, tendida junto a un río, bajo los rayos del sol. Allí la encontraría él una mañana, la llamaría su mujer, y, después de abrazarse y besarse muy fuertemente, le contaría que una noche, una horrible noche de tormenta…

—Me llamo Amanda —susurré, pensando en aquella mujer.

El desconocido despegó los labios y volvió a inclinarse sobre mí.

—Amanda… Amanda —balbuceé—. No quiero que se vaya. Me oía, sí, estoy segura, sonreía y no decía nada. Comencé a impacientarme.

—No quiero que se vaya, ¿por qué se ha de ir usted? Espere un poco que cambie el tiempo… ¡Ya vendrá la primavera! Le mostraré muchas cosas, verá…

Se frotaba las manos, como si aún tuviera frío.

—Acérquese más al fuego. Echaré más leña… hay de sobra…

Eché unos troncos que, como estaban aún verdes, empezaron a tronar y a escupir ceniza por todas partes. ¡Betina, Betina, me acurruqué casi sobre él!

—¡No le permitiré que se marche!

Entonces comencé a hablar no sé qué cosas. No siempre sabe uno lo que habla. Le conté que estaba sola… que mi padre se hallaba fuera… que tenía una hermana allá lejos… que en dos cuartos, allá arriba, dormían mis hermanitos. Le conté que siempre, siempre, desde que yo me acuerdo, me había sentido sola… y como triste… como enferma… que sobre todo de noche… Le conté que lloraba…

Y dije:

—Me marcharé con usted.

¡Ya, ya sé lo que vas a decirme! ¡Ya sé lo que vas a pensar de mí en cuanto leas esta carta! Pero lo diré yo antes: que no soy acreedora al cariño de nadie en la familia. Está bien, puede ser; pero verás.

Sentía yo que las lágrimas, poco a poco, acudían a mis ojos porque me resultaba imposible, por más esfuerzos que hacía, franquear aquel pecho de hielo. ¡Mira! Tenía la impresión muy clara de que me hallaba frente a algo tremendo, completamente incomprensible como el mar o la muerte. Era como si a mi lado se hallara no un hombre común y corriente sino una especie de Gran Dios; como si pretendiera quebrar a pedradas una enorme montaña o atrapar a puñados el agua que corre en la playa… Imagínate a ti, a ti misma, hermana, implorando la ayuda de un árbol, de una roca, de un pozo. Imagínate, mejor, flotando en la inmensidad del mar, sujeta a un tronco, y gritando, pidiendo a alguien, no sabes a quién, que te salve de las olas. De pronto un barco aparece entre la niebla y cruza a tu lado. No lleva ninguna luz. Es tarde y sus pasajeros duermen. Tú gritas, gritas hasta tragar tanta agua como resistas y el barco prosigue a oscuras. Sigue, sigue en silencio, te deja atrás porque nadie te ha oído, y se pierde.

—¿Teresa Brunszvik? —pregunté sin querer significar nada.

Se iluminó su rostro.

—¿La conoces? —me preguntó.

—No, no la conozco —respondí.

Calló.

—Usted la ama…

—La amé siempre —me replicó.

Dije entre dientes:

—¡Si supiera usted que también yo lo amo!

—La amé, nos perdimos, y por eso la busco. Sé que algún día podré hallarla.

—Lo amo, ¿es posible que todavía no lo haya usted descubierto?

¡Creerás que hacía un gran rato que no llovía, que el viento no golpeaba más en los cristales y que una luna pálida y extraña se asomaba por entre las nubes y bajaba hasta el jardín! ¡Creerás que aún escuchaba yo los truenos!

—Podríamos ir juntos a buscarla —insinué.

Esta idea me animó. Agregué:

—Yo podría ayudarlo. Conozco desde que era así estos rumbos…

¿Te das cuenta? Guardaba en el fondo una grata esperanza: como aquel hombre debía venir de muy lejanos rumbos, me sería fácil extraviarlo. Juntos nos extraviaríamos para siempre, y ya nunca podría separarnos nadie porque habríamos de perecer así en cualquier parte.

—¿Sospecha acaso dónde pueda estar?

Contestó que no.

—Créame, sí puedo ayudarlo. Pero es preciso partir cuanto antes.

Sonrió y me miró tristemente.

—¿No quiere que lo ayude?

Volvió a sonreír y a mirarme.

—Iremos juntos, ¿me lo promete usted? Diga, ¿me lo promete?

Como si no le importara gran cosa lo que decía, me replicó:

—Sí.

¡Hermana! ¿Está mal que haya buscado su mano y la haya apretado entre las mías? ¿Está mal que después de tenerla así unbuen rato la haya llevado a mis labios? ¿Y que haya dejado caer la cabeza que se me iba y la haya apoyado en su pecho? Así me quedé. Ardían los leños tan cerca, hermana, que sentía que el rostro se me abrasaba; pero poco a poco la lumbre se fue haciendo más débil y entonces sí fue bien dulce el calor. Los troncos eran azules, la ceniza gris como el cielo de aquella tarde y las pequeñas lenguas de fuego se alargaban resbalando hasta los ladrillos.

Yo pensaba: «Tomaremos por aquel camino… cruzaremos el río… llegaremos al canal. Allí la lluvia habrá inundado los campos y tendremos que retroceder. Yo diré entonces: ‘Por aquí’. Y volveremos al río. Eso lo conozco bien. Hay una senda estrecha, sin piedras, cubierta casi de espinos… ‘No, no, por allá mejor. Es el atajo’, diré. Mentira: no es el atajo. Es la vereda que lleva a la cumbre del Diablo; pero la vereda se bifurca, ya nadie la transita, nadie tiene a qué ir a la cumbre del Diablo, y hay un gran pozo, un puñado de rocas… niebla, niebla…»

Siempre hay niebla por la cumbre del Diablo, Betina. ¡No hay posible salvación!

¿Sabes lo que ocurría en tanto? Que unas manos frías y ásperas, de color ladrillo, entreteníanse en separar mis cabellos, haciéndolos caer ya hacía un lado ya hacía otro, fingiendo trenzarlos o peinarlos, haciéndolos brillar, me imagino, de tanto pasar y pasar la mano sobre ellos. Y cuando aquellas manos, alguna vez, alcanzaban a llegarme al rostro, no sentía yo menor ardor en él que cuando el fuego calentaba con fuerza.

—Diga usted Amanda, ande, dígalo. ¡Es un nombre bien dulce, dígalo!

Y oía sobre mí una voz que no se parecía a ninguna otra:

—Amanda, niña, estate quieta, sin hacer ruido… Amanda… Amanda… Hasta aquí.

¡Oh, hermana! ¡Por Dios te ruego que nadie vaya a saber nada de esto! Verás…

rsz_ta218_alta-71

Desperté allí mismo, ya bien entrada la mañana, junto a la hoguera apagada. Rosita y Alberto dicen que me oyeron gritar. No lo sé. Pero esto es lo que menos importancia tiene. Lo que sí la tiene, ¡Dios mío!, es que lo dejé marchar. Me dormí en sus brazos y él escapó. Se escapó, Betina, y aquí me tienes más sola que antes. Sola otra vez. No tiene remedio. Pero verás lo que pasó. Al dormirme, comencé a soñar. Mira, es bueno que prestes atención a esto: soñé que vivíamos con nuestra abuela en su vieja casa de campo. Todos vivíamos allí, hasta nuestra pobre madre que no había muerto. Debía ser mi cumpleaños probablemente, pues yo estrenaba aquella noche un vestido muy bello y todos cuantos llegaban —había muchos invitados— dejaban caer a mis pies un ramo de flores y me besaban en la frente. Había gran cantidad de jóvenes, todos vestidos de negro, y había otras tantas muchachas, todas vestidas de blanco, que bailaban en un salón lleno de espejos. Hacía una noche espléndida. Había una luna como jamás la habrás visto: inmensa, deforme, pesada, y tan baja que parecía apoyarse en las copas de los árboles o en los tejados de las casas. Su luz no era blanca, ni roja, ni verde, sino tan azul como si surgiese de lo más profundo del río, y, sus rayos, separados unos de otros como hilos, se retorcían en el aire, se quebraban, formaban espirales y letras y desaparecían Dios sabe con qué rumbo. Eran fríos como el hielo y la gente escapaba de ellos. La gente se encerraba en los salones, llenaba copa tras copa y bebía, bebía repitiendo siempre una misma cosa, mirando de reojo al cielo:

—¡Qué frío, Dios mío, pero qué frío está haciendo!

De pronto se apagaban las luces, dejaban de reír y gritar los invitados y yo me encontraba tendida, con mi vestido nuevo, en la cama. ¡Si vieras qué alcoba, Betina! Bueno, esto no viene a cuento. Estaba yo, decía, con mi vestido en la cama, envuelta en un milagroso silencio; digo milagroso, porque se oían ciertos ruidos muy especiales: mi corazón, mi pulso, un reloj que nunca había oído en la casa de la abuela. Muy cerca había una ventana y sobre ella alumbraba la luna. Sus rayos seguían siendo azules, visibles y fríos. Entonces, hermana, descubro una sombra a mi lado. No me inmuto, no, y la sombra se aproxima al balcón. Se acerca un poco más a la luz, y ya advierto que es él, él mismo, Betina, que no había sido invitado aquella noche. No dice nada, se aleja, no se ocupa de mí; yo no acierto a moverme. (Esto es muy común en los sueños, ¿verdad?) Se aleja y oigo que arrastra un pesado sillón, que cruje algo tremendo y sonoro, como si alguien destapara un sepulcro. Y empieza a sonar una música tan triste y tan dulce como no creo haya escuchado nadie en la vida. (Trataré antes que nada de terminar de contarte el sueño.) Duró aquello bien poco, no sé. Y entonces cesó de golpe la música, ya pude moverme, salté de un brinco hasta el suelo y encontré en mitad de la estancia un piano abierto que no conocía, abierto también el balcón, y la luna pegada al balcón. Me asomé, suponiendo lo que había ocurrido. No me equivoqué, Betina: allá lejos, muy lejos, rumbo a la cumbre del Diablo, iba él con las manos atrás, caminando muy despacio por entre unos árboles oscuros que goteaban constantemente…

Al despertar, recordé aquella música; la recuerdo como si la estuviera oyendo. No la olvidaré mientras viva. Pero escucha, no es eso todo. Falta algo muy importante, y yo te pido que me escuches, me ayudes…

Trataré como pueda de explicarte la música, y tú es preciso que me comprendas, porque de otro modo no sé cómo habrías de ayudarme. Mira: la música era muy sencilla, lánguida, suave, monótona. (¡Oh, si supiera música qué fácil sería!) Digo que era sencilla, pero a la vez, allá abajo, por algún sitio muy escondido, sonaba algo así como el estampido de un trueno… de un cañón… de una ola… de algo, más bien, que cae desde muy alto, se detiene un rato y vuelve a caer todavía más hondo. ¡No, no!, un estampido de cañón es demasiado fuerte, violento, muy seco; era otra cosa más blanca, más grave, mucho más impresionante, como si un gigante golpeara con sus puños en el tronco vacío de un árbol. La música tierna, la otra parte de la música, que no se interrumpía jamás, era suave, monótona, compuesta… no sé si me entiendas… compuesta de tres sonidos. ¡Ya, ya encontré la imagen! Eran tres gotas de agua, TRES, que caían regularmente sobre tres fuentes distintas. La primera tenía poca agua; la segunda, más; y la tercera estaba llena hasta los bordes. Esto ocurría durante un buen rato, siempre igual; después, o las gotas se hacían más pesadas o el agua de las fuentes variaba, el caso es que el sonido se aclaraba un poco, muy poco, se hacía un poco más de mujer que de agua. Me parece que a fin de cuentas las fuentes se desparramaban y el agua saltaba de piedra en piedra, sobre lodo tal vez…

¿Pues sabes una cosa, hermana? Que esta música ya la había oído yo en alguna parte. Es tocante a esto último a lo que quiero que me ayudes. Verás: la oí… ¡déjame recordar! Hace muchos años de eso. Pero ¡calla! ¿Qué digo? ¡Tonta, estúpida de mí! ¡Espera, aguarda un poco, en seguida vuelvo!

¡¡Betina!! ¡¡Betina!! ¿Estoy loca? ¿Habré perdido el juicio? Óyeme bien y créeme, Betina. He subido a la habitación de mamá… recordé mientras escribía… ¡Hermana, tengo miedo, no sé qué desgracia!… Tú dime. ¿Qué tengo entre las manos, Dios mío? He subido a la habitación de mamá y he hallado en su armario… nunca antes lo habíamos abierto… he hallado en su armario… ¡Betina, es eso, eso, no quisiera, no puedo creerlo, pero sé muy bien que es eso! Ella tocaba esa música. Trae su retrato, ¿lo ves, lo ves bien? Es él, él mismo; aquí te lo mando; te mando todo el cuaderno y tú pregunta si es esa música. ¡Pregunta si es esa! ¡Pregunta si tiene tres gotas! ¿Lo olvidarás? Primero es una fuente con poca agua; después otra fuente con más agua… ¡Ayúdame, hermana! En una página dice: «Beethoven». No, no, esto lo dice en muchas otras páginas… Lo que dice en una sola es esto: «Teresa Brunszvik, 1809».

Aquí tengo sus botas.

Amanda.

rsz_ta218_alta-73


Autores
(Ciudad de México, 1911- Madrid, 1977) publicó Aquí abajo y La noche, entre otros libros.
Ilustración de Donde viven los monstruos

Si el autor del Manual de Carreño revisara algunos de los libros contemporáneos para niños se iría de espaldas. La literatura infantil más popular no destaca exactamente por sus buenos modales y quizá la clave de su éxito radica justo en ese carácter subversivo y contestatario, pues convierte a la LIJ en un lugar donde se puede hablar sin reservas, donde se puede recurrir a una parte más salvaje. A partir de ese punto, me propuse “confrontar” los principios de los manuales de modales con algunas situaciones o actitudes propuestas por autores contemporáneos en sus obras más famosas.

Tradicionalmente los modales en la mesa son un elemento importante para la convivencia y demuestran la educación de los comensales, pero…

* Maurice Sendak lo ignoró en Donde viven los monstruos cuando Max, tenedor en mano, amenaza con comerse a su madre durante la cena. Luego se va sin cenar a su cuarto y se vuelve el rey de un lugar donde viven los monstruos.

* Si lo más importante es comer cada platillo en el orden que se van sirviendo y con la boca cerrado, esto le importó poco a Enrique, el protagonista de El increíble niño come libros, quien devora con voracidad cualquier libro que se le pone enfrente. Los come todos de un bocado y sin el más mínimo cuidado, hasta que tanta información lo hace sentir enfermo.

* Es de mala educación, se dice, rechazar los alimentos que otros nos ofrecen. Gracias a Las brujas de Roald Dahl sabemos que no debemos aceptar, ni por error, una barra de chocolate que venga de las manos de una mujer con zapatos cuadrados y con ojos púrpuras. No importa cuánto insista, la respuesta siempre es ¡no!

* En Las reglas del verano, Shaun Tan sugiere nunca comerse la última aceituna en una fiesta, nunca sabes quién te puede estar mirando.

Respecto a la familia y los amigos siempre se nos ha sugerido ser respetuosos y querer a nuestros más allegados, respetar su espacio y no inmiscuirse en asuntos ajenos, aunque…

* Matilda demuestra que no siempre hay que obedecer a los padres. A pesar de que la educación indique lo contrario, hay padres que no deberían serlo y no está mal hacerles algunas bromas de vez en cuando. De alguna forma tienen que entender.

* La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa, es el mejor ejemplo de una madre a la que debemos temer y darle por su lado para evitar los más crueles castigos. Sus hijos lo aprendieron por las malas, hasta que optaron por hacerle creer que disfrutaban los maltratos. Ella, con tal de que no fueran felices, dejó de hacerlo.

* Se dice que es de mala educación inmiscuirse en asuntos ajenos y espiar a otros en silencio, pero la protagonista de Secretos de familia mira a su madre a escondidas mientras ésta se arregla. Así descubre algo terrible: su madre es un puercoespín por las mañanas. A lo largo de la historia tratará de desentrañar ese gran secreto y deseará jamás haberlo descubierto.

* El pequeño Bernardo, protagonista de Ahora no, Bernardo de David Mckee, no para de gritarle a sus padres para que le hagan caso. La respuesta de ellos es, una y otra vez, el título del libro. A pesar de que no quiere molestarlos más, grita sin cansancio cuando un monstruo intenta comerlo y lo termina engullendo de un bocado. Ante los ruidos del monstruo y los gritos de Bernardo, los padres responden: “ahora no, Bernardo”.

En los últimos años, los libros han cambiado tanto en formato como en funciones. Al contrario que en siglo XIX y hasta finales del XX, las obras contemporáneas proponen lecturas en clave irónica o en las que el lector interviene de forma activa. Lo que lee se vincula con la vida cotidiana y contribuye a resolver al mundo que los rodea, sin afán de educar. Pienso en libros como Destroza este diario de Keri Smith o Garabatos de Taro Gomi, los cuales proponen perderle el respeto al libro como objeto para apropiarse de él; rayarlo, romperlo, aventarlo. En ambos casos, los autores proponen apropiarse del libro interviniéndolo y completando el discurso de éste. Libros que proponen una toma de acción, libros que se parecen más al arte contemporáneo que a literatura, que rompen reglas establecidas e ignoran los buenos modales.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

Este primer fin de semana de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil en la Ciudad de México coincide con el debate en línea sobre lo que se ha dado en llamar “literatura basura”. Término extraño y oximorónico, la literatura basura no es exactamente un bestseller, aunque puede serlo, ni tampoco se refiere a los libros de superación personal que toman la forma de novelas, como las obras de Paulo Cohelo o Carlos Cuauhtémoc Sánchez. La forma más sencilla de explicar que es literatura basura es mirar a las obras a las que se les adscribe esa etiqueta: sagas románticas o juveniles Los juegos de hambre, Cincuenta sombras de Grey y Harry Potter, pero también cualquier cosa escrita por John Green o Federico Moccia.

Leer literatura basura es el equivalente a comer comida chatarra. Y como con la comida chatarra, si bien todos estamos de acuerdo en que una Big Mac, unas papas Sabritas o una sopa Maruchan no tienen ningún valor nutricional, hay otras comidas en las que en realidad el consenso no es tan claro. ¿Será una pieza de rib eye comida basura? ¿Qué tal un spaghetti al burro? Lo mismo pasa con los libros. Lo que para un lector es un manjar, para otro es una pérdida de tiempo sin sustancia. Lo que para uno es un gusto culposo, pero aceptable, para otro es un libro que marcó su vida.

El asunto no es trivial, porque conforme lentos pero seguros aumentan los índices de lectura en México, la discusión se vuelca ya no a cuánto leemos, sino a qué leemos. Y esta es una discusión en la que no parecemos ser capaces de ponernos de acuerdo. Existen los proponentes de que leer, sea lo que sea, es aceptable en virtud de que un libro es una puerta a otros libros y que, si bien se puede comenzar a leer con literatura basura, eventualmente se tropezará con un buen libro que puede cambiar la forma en que se lee. Este argumento se derrumba si seguimos con la metáfora culinaria: ¿está bien comer todos los días Big Mac en la esperanza de que un día descubras que también puedes pedir una ensalada con pechuga de pollo?

Otros proponentes son, digamos, los veganos literarios: los que esperan que te alimentes solamente con los duros pero saludables libros canónicos de la literatura universal: una opción sin duda buena para los niveles de colesterol intelectuales, pero no muy apetitosa. No debería de extrañarnos sorprender a estos apocalípticos de los gustos lectores comiéndose unos tacos con todo —leyendo a George R. R. Martin o a Laura Esquivel— porque la realidad es que todo lector necesita de vez en cuando una dosis de grasas saturadas, que no todo es el Primero sueño ni Karl Ove Knausgard.

Resolver este entuerto de la literatura “basura” y la literatura “saludable”, en el cual la literatura infantil y juvenil se suele llevar la peor parte, no es el propósito de esta columna. En cambio, quiero proponer un platillo que podría agradar por igual a glotones de todas orientaciones: Un monstruo viene a verme de Patrick Ness, inspirado en una historia de Siobhan Dowd, e ilustrado por Jim Kay.

Un monstruo viene a verme es una novela nominalmente escrita para niños. El hecho de que ha ganado sendos premios de libros para niños confirma que está escrita e ilustrada para esta demografía. Hay también un monstruo, como anuncia el título. Hay un niño, Connor, que se encuentra con el monstruo, pero que tiene otra pesadilla más grande con la que tiene que lidiar. El monstruo se encuentra con Connor durante tres noches a las 12:07 para contarle tres historias.

Y este es el punto en el cual este columnista siente la necesidad de aclarar que, a pesar de ser un libro para niños, con una trama estructurada como un cuento clásico, y de estar hermosamente ilustrada, en verdad no es un libro para niños. Lo que quiere decir el columnista es que este no es un libro desechable, que a pesar de que las hojas y las portadas son brillantes, esta no es literatura basura. Este no es un bestseller cualquiera. Que estamos ante un clásico. Le parece tan importante aclarar este punto que ha redactado este párrafo hablando de sí en tercera persona.

El monstruo de la novela de Ness recuerda un poco a Eli, la niña vampiro en Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist, pero Ness sabe imprimirle a la vez un tono mítico y otro muy humano, con una muy cuidada prosa, propia de un libro que debe ser accesible para niños. De hecho, todos los personajes de Un monstruo viene a verme están muy bien dibujados, tanto en la prosa como en las espléndidas ilustraciones de Kay. Y sin ganas de adelantar la trama, vale la pena hacer notar que no sólo destaca la calidad de la historia y de la gráfica, sino también la calidez y la compasión que consiguen transmitir.

Quería recomendar este libro antes de que la película, con Liam Neeson y Sigourney Weaver, probablemente lo catapulte a una fama tan desmedida como merecida. Esa fama que sorprendentemente hace que los libros ganen calorías imaginarias a los ojos de los lectores más críticos, que parece que sospechan más de la popularidad de los libros que los veganos de los transgénicos de Monsanto.

El talento de un escultor implica algo más que desarrollar ciertas habilidades cognoscitivas y prácticas. El arte, ya se sabe, no es sólo forma sino también fondo o, para no emplear los viejos conceptos tradicionales, no sólo es cuestión de «estética» sino también de «ética». Ante la sociedad, el creador puede optar por búsquedas meramente formales pero también puede profundizar en la dimensión ética y política de su entorno, ya sea que conciba su obra como un instrumento de amplificación, como un gesto o como una exploración. La propuesta escultórica de la artista queretana Eva Trujillo (México, 1988) apunta en este segundo sentido. En la obra de Trujillo, la cotidianidad del país —desempleo, corrupción, violencia e inseguridad— cobra una vigencia trascendental y amplificada. Los olvidados—sin rostros, sin nombres, sólo números: escultura de la ausencia, su más reciente colección, conformada por esculturas de mediano y gran formato realizadas en cemento, vuelve a poner en el centro del debate la crisis económica y social que atraviesa México, y que podríamos decir incluso que, más que atravesar, parece haberse instalado a lo largo y ancho del país. Cada una de las piezas es a un mismo tiempo una exploración y un reflejo, el dedo que señala nuestro aquí y ahora, una parte de nuestro horizonte que no ha tenido suficiente exposición y mucho menos comprensión, y que necesita volver a ser subrayado.

Conformada por una serie de veinticinco esculturas, Los olvidados han sido representados con atavíos completos que apuntan hacia cierta individualidad: sacos, suéteres, gorros y sombreros, confieren de una singularidad propia a cada pieza. Sin embargo, la textura de sus accesorios, de un escurrido petrificado gris y fúnebre, dotan al conjunto de un carácter anónimo. Los huecos oscuros del interior de sus cuerpos —en el espacio donde esperaríamos un rostro— revierten las nociones de interior y exterior, emborronanlos límites del fondo y la forma. El movimiento de cada pieza acentúa los efectos de una esencia apenas difuminada, que como pisadas sobre la arena conforman una historia abierta, al tiempo que despiertan interrogantes sobre su identidad, su pasado y su destino. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen? ¿A dónde fueron? Son los hombres y mujeres sin rostro, sin nombre, somos todos nosotros, miembros de una sociedad cuya voz se diluye, o bien, se escucha sólo como un mero murmullo.

Al ser un objeto tridimensional, que ocupa un lugar en el espacio, afectado además por su contexto y las relaciones espaciales que establece con su entorno, la escultura adquiere rasgos vivos y significantes; los materiales empleados en su producción establecen entonces un vínculo conceptual y simbólico con la obra, lo que permite que el espectador pueda alcanzar una lectura relacionada con su entorno. Trujillo no desconoce esta cualidad por lo que, con una carga semántica, logra resignificar el concreto a través del lenguaje escultórico, un material poco maleable pero con elevada resistencia a la compresión, al fuego y la penetración de agua y las inclemencias de su entorno. Sin sacrificar la precisión expresiva de sus figuras [los pliegues de los pantalones, el estampado de los textiles, la fisonomía de los cuerpos vacíos que (des)habitan las piezas] Trujillo logra que cada escultura reacia, resistente, petrificada, adquiera una fuerte connotación social; sobre ellas actúan como contrapunto los datos recabados por instituciones gubernamentales que informan cada año del incremento poblacional, el índice de ocupación y desempleo, los niveles de riqueza y pobreza o, directamente relacionada con éstos, el incremento de la población que se ha quedado sin casa y sin voz.

Montadas en grupos de cinco, cada pieza refleja el desinterés de los líderes políticos del país por la situación de sus habitantes. Al tiempo que evita personificar a aquellos que construyen día a día la riqueza de los demás y los deshumaniza al colocarles un número que llenan las papeletas de estadísticas, meros signos sin respuesta a la problemática real de pobreza. Como cascarones de casas de cemento vacías, cada botón y cada pliegue de ropa petrificada, más que mostrarnos nos esconde, nos obliga a preguntarnos por los hipotéticos habitantes debajo del concreto: un niño, un viejo, una mujer o un obrero construyen un mosaico de suposiciones, de nadies que cohabitan los silencios y las pausas de un diálogo que se hace ausente, que se corporeiza en voces que simplemente no son escuchadas.

 


Autores
estudió en la Academia Nacional de San Carlos. En 2015 ganó el primer lugar en la Bienal Internacional de Arte Sacro Contemporáneo en Monterrey

La literatura puede asumirse como una forma de salvación. Más a menudo, sin embargo, es un agente de decepción. El dilema favorito de la religión y de ciertas filosofías románticas ha sido elucidar si el hombre es bueno o malo. Frente a la disyuntiva maniquea, cabe comprender al hombre, en vez de sujeto a una oposición irreconciliable, como un ser complejo cuyos ideales se confrontan con los acontecimientos. Toda metafísica se disuelve con la historia, aun cuando la propia racionalidad lucubre mitologías.

Dotada con un humor acre, una fina ironía y una implacable mirada contra los prejuicios, la mediocridad y la impostura, Flannery O’ Connor fue desde sus años colegiales una prolija exponente de la sátira. Entonces solía dibujar y sus viñetas humorísticas aparecieron en la revista literaria de la universidad de Georgia, donde se graduó con una tesis que incluía seis relatos, entre otros el primero que publicó, «El geranio» (1946, primer relato de la selección que reseño). En The Corinthian también publicó poemas, cuentos, críticas y ensayos.

Cuentos escogidos es por ello un acontecimiento plausible. Es una antología de once relatos seleccionados de The complete stories, la compilación póstuma de sus cuentos en 1972, que mereció el premio Nacional del Libro en Estados Unidos —un galardón para autores vivos que el jurado otorgó excepcionalmente a un autor difunto por la importancia del volumen y de la autora—. Poco, en la brevedad de este espacio, puede añadirse a la bibliografía sobre la autora de Sangre sabia. No insistiré por ello en obviedades como sus vínculos con la literatura del sur estadounidense; trazar semejanzas con los novelistas franceses católicos, Georges Bernanos y François Mauriac —que al respecto serían una influencia directa para el tema de la culpa y la redención en ese insólito novelista moral que es Juan Vicente Melo—. Desisto también de proponer una fábula de las historias, que nos presentarían a un personaje, con frecuencia mujer, solitaria, pobre, enfrentada a una dura vida, sea en la ciudad o en una granja, quien obligada a templar sus principios con las costumbres, a menudo sucumbe al examen.

La narrativa de O’ Connor matiza los alcances del monólogo interior sin exhibir su artilugio, pues en vez de exhibir el simulacro taquigráfico, a través de un narrador atempera el fluir cognitivo con el matiz del estilo indirecto. De este modo el flujo de conciencia se depura de suciedad —fango y ramazales sintácticos que en su afán de la ilusión de verosimilitud impone— al tiempo que se encauza al gran problema ético que sustenta esta verdadera cosmovisión, la distancia entre nuestros ideales, ese corpus de convicciones que llamamos moral, y nuestros actos.

Esta obra no enarbola una actitud escéptica o nihilista; al contrario, a través de un movimiento fundacional, propone curarse de ilusiones emprendiendo una búsqueda personal de los auténticos valores. Un camino de salvación. O’ Connor mostró que la moral, además de carecer de respuestas eficaces al cuestionamiento existencial, con sus respuestas estereotípicas y su inflexibilidad deviene un instrumento de desigualdad y sufrimiento. Sus historias, a menudo con un desenlace trágico, contrastan las buenas intenciones de sujetos cuyos valores son más heredados que auténticos con los resultados. Han permanecido inalterables hasta que un elemento disruptivo detona una crisis en la que se revelan como seres huecos, muchas veces estúpidos, incapaces de dilucidar cuál es la verdadera bondad o pecado. En su tragicomedia, O’Connor no sólo revela el carácter fariseo de individuos que a través del flujo de sus pensamientos —de ahí la magistral eficaciade recurrir a esta técnica: nos presenta a los personajes observándose a sí mismos— se conciben como buenos, inteligentes, sino que también sopesa los valores liberales. En suma, O’ Connor dirige su crítica hacia las supersticiones, sean éstas manifestaciones de una lectura literal y sin alma de La Biblia y los preceptos religiosos, o bien de los valores ilustrados y su catecismo no menos dañino. O’ Connor previó y satirizó la nueva moralina que subyace en los preceptos de lo políticamente correcto, como lo constatan los episodios atroces narrados en «Todo lo que asciende tiende a converger» «Partridge en fiestas» o «Los lisiados serán los primeros» en los que ciertas hipótesis liberales se escrutan con los hechos.

Obra que podríamos definir como clásica en tanto proporciona un manantial, superficie límpida como modelo de escritura y breviario espiritual para enfrentar las dudas, los Cuentos escogidos recuperan a una de las grandes escritoras menos conocidas en español. De paso, la vigencia de la mirada escéptica e irónica pero al mismo tiempo plena de espiritualidad de O’ Connor funge como un espejo moral para una época que sustituyó sus viejas creencias por nuevos despropósitos, saliendo de un laberinto de supersticiones para caer en una casa de espejos de feria.


Autores
Poeta, ensayista y editor. Fundador y editor de varias revistas y publicaciones dedicadas a la literatura y la crítica del arte y la sociedad, la más conocida de ellas Graffiti (1989-2000). De su bibliografía mencionamos: La Construcción del Amor (ensayo; Tierra Adentro, FONCA, 1992; segunda edición, 2005); Vista envés de un cuerpo (poesía; Ficción, UV, 2000), Luz de viento (Fondo de Cultura Económica, Letras Mexicanas, 2006), Verano en la ciudad (Aldus/CNCA, La Torre Inclinada, 2006), La ciudad de los muertos (Fondo de Cultura Económica, Poesía, 2012). Dirige el periódico cultural Performance en Xalapa (segunda época).

Hace algunos días, Noticieros Televisa nos regaló una cápsula informativa que atesoro. Con grandilocuencia, un guión basado en lugares comunes y frases tomadas de un boletín de prensa, enmarcaron una serie de imágenes de gran valor: el elenco de la telenovela Sueño de amor visitó la muestra Anish Kapoor. Arqueología, biología, que actualmente se exhibe en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC).

No me interesa hacer de juez del espectáculo, el turismo o la trivialidad; de eso se ha escrito mucho, no siempre con éxito, en estos días. Me interesa, por otra parte, pensar en los gestos de los retratados, quienes hablan de obras maestras, de la creación, de cómo la imaginación no tiene límites, de cómo la obra de Kapoor atrapa la mirada y activa los sentidos. Sobre esto, no me admira tampoco el anclaje decimonónico de los valores referidos, pues de hecho los comparten con algunos críticos de arte que también están al aire; lo que de verdad me interpela, por otro lado, es la dimensión afectiva desde la cual se enuncian los actores. No sé si es la efusividad de Renata Notni, la incapacidad de Laura Vignatti para elaborar discursivamente desde su franco asombro —literalmente pierde el aliento— o la máxima de Carmen Salinas —quién lo diría, fenomenológica—: «hasta la voz tiene más vida cerca de las esculturas». El asunto es que para mí toda esta afectividad fue también real. Y seguramente lo fue para algún número significativo de las cerca de doscientos mil personas que hasta hoy, dos meses y medio después de la apertura de la muestra, la han visitado. En ese sentido, me parece que una ruta de interrogación fundamental de la presencia de la muestra en este museo, y sobre todo de las obras que incluye, tendría que tomar el camino de pensar en términos de la experiencia.

Ya en 1979, en su multicitado ensayo publicado por la revista October, «La escultura en el campo expandido», la crítica de arte Rosalind Krauss se ocupaba del nada amable pero irreversible trastrocamiento de la noción de escultura. La maleabilidad de la categoría que Krauss vislumbraba resultaba, desde luego, del potente efecto de las prácticas conceptuales. Dicho eso, es comprensible que en la década de 1980 la carrera de un artista como Anish Kapoor, de origen indio pero formado y asentado en Inglaterra, despuntara como lo hizo.

Con el terreno perfectamente preparado, podía ocuparse de plantear preguntas a la escultura sobre asuntos como las sensibilidades en el cruce de tradiciones de los pensamientos oriental y occidental. Esa investigación del artista es tangible en la muestra curada por Catherine Lampert, con obras de entre 1980 y 2016: de la exploración de los pigmentos, la luz y la forma a las múltiples obras de espejos, cuyas distorsiones levantan interrogantes sobre la mirada como en Vértigo (2006) o Poniendo el mundo al revés (2009). Un espejo que no devuelve el propio reflejo puede ser enloquecedor. Por otra parte, una obra como Al borde del mundo II (1998), una «representación escultórica del infinito», prueba el potencial activador del objeto artístico hacia emociones como la ansiedad. Una selfie o la pérdida del aliento son apenas algunos efectos de una potente aproximación fenomenológica a una escultura de orden postconceptual.

rsz_anishkapoor14_2

Pese a lo dicho, la presencia de la muestra de Kapoor en el MUAC ha motivado críticas diversas, las cuales han sugerido que el programa crítico la institución universitaria ha fracasado ante el espectáculo; desde una singular autoafirmación de clase (del intelectual), se ha culpado al espectador, como siempre, de visitar el museo como si se tratara de un centro comercial; y, finalmente, otras versiones han planteado que el museo se ha rendido ante un tipo de arte propio de la época del capitalismo financiero. Asimismo, los otros dos tipos de críticas ignoran el papel de la experiencia como detonadora de procesos reflexivos, así como el trabajo de estudios de públicos que, también desde la década de 1980, demostraron que éstos relacionan lo que ven con experiencias de vida y conectan así con las obras. Invisibilizar la labor que en ese sentido hoy realizan los departamentos educativos me parece un error en las críticas que nos ocupan; una omisión que en parte las desmonta.

Más allá, son verdaderamente sospechosas las posiciones que plantean que sólo un tipo de experiencia es válida en los museos, espacios clave para pensar la cultura contemporánea. El público de Kapoor, algunos de ellos en su primera visita al MUAC, o incluso a cualquier museo, se ha movido sin mayores conflictos entre esa muestra y otras dedicadas al capitalismo financiero global, el feminismo o la crítica de la fe ciega en las ideologías. Esa diversidad de registros de experiencia es la que ofrecen los museos contemporáneos: impulsan la crítica, pero también, de cuando en cuando, invitan a perder el aliento con obras donde nuestra voz «cobra más vida». En la casa de los espejos que algunos consideran es la muestra de Anish Kapoor, no sólo se ha reflejado la ingenuidad de algunos públicos: también la soberbia de algunos críticos. Selfie.


Autores
Ciudad de México, 1988) ha participado en proyectos de mediación educativa. Es mediador y crítico de arte.

El tercer libro de Javier Peñalosa M. (Ciudad de México, 1981) nace de una antinomia: la apuesta por la escritura poética en un contexto en el que no es descabellado afirmar que la voz del poema está ocluida y su presencia erosionada. Esto no es, pese al aire catastrofista de la expresión, el signo de una derrota. Tan sólo representa un modesto punto de partida que la escritura debe asumir. Condenado a moverse en medio de un espesor cada vez más difícil de sortear, el poema nace de una tentativa contradictoria: necesita aceptar su agotamiento sin sucumbir a él.

Para Erígena, el verdadero himno a la divinidad debía adoptar una forma negativa. De modo similar, el mejor camino para aproximarse a la escritura de Peñalosa es ponerla en perspectiva frente a aquello de lo que se deslinda (la fetichización de la ironía, la impostación de lo «antisolemne», el culto a la referencialidad pop, la exaltada prédica ideológica y otros tics generalizados). Su piedra de toque son las heridas que signan nuestro presente.

Los ecos de las muertes, las desapariciones, los desplazamientos, las pesadillas de la migración, los territorios yertos, los cuerpos violentados y las historias rotas se traslucen en su lenguaje, aunque no frontalmente. «Allá, un grupo de hombres trabajaba en las ruinas del próximo siglo», escribe casi al inicio del pequeño volumen. La marcha del mundo produce laceraciones, y Los que regresan puede ser leído como la crónica de una travesía por sus zonas agrestes; una crónica que ya no requiere hablar directamente de todo esto, porque lo carga a cuestas.

Éste es el primer valor de su búsqueda textual. En un momento confuso, en el que es fácil confundir la crítica con la vociferación y el lenguaje público con el estruendo, Peñalosa renuncia al papel del corifeo y, en cambio, recoge con paciencia y sobriedad formal aquellas historias. No las instrumentaliza, no las convierte en «temas», no busca darles voz, pero sus construcciones verbales están impregnadas de esa densidad. De ahí que se resista a desplegar su propia enunciación como si ésta no debiera ponerse a prueba frente a ese contexto. En uno de sus versos, el hablante afirma: «por un momento sentí que podía llamar a los árboles por su nombre». Sin embargo, se le imponen pausas en las que se forja su respiración y desembocan en gestos dubitativos; su voz se relativiza, está obligada a atisbar sus límites («Yo abrí la boca pero no acerté y mi boca fue la cavidad»).

Peñalosa posee cierta elocuencia imaginativa que, por breves lapsos, lo arrastra; de hecho, las páginas de Los que regresan no están exentas de algunas líneas ornamentales, incluso melifluas. Pero, en conjunto, logra evadir ese tono retórico. Libra este escollo abrazando la vocación narrativa del poema, lo que no deja de ser arriesgado en un momento en que los referentes se diluyen y las historias se tornan opacas e inestables. Para Mark Strand, la efectividad del poema narrativo —y, por extensión, de la escritura confesional— depende de que sus detalles operen sobre un universo conocido. En contraste, Javier Peñalosa procede mediante la narración de fragmentos que no nos permiten reconstruir un núcleo diegético muy definido, pero sí alcanzan a mostrar de dónde vienen y cuál es la memoria que ponen en juego.

Esta propensión a la memoria, en un contexto de amnesia generalizada, es otro de los rasgos más notables del libro. En una de sus célebres cartas a Fleiss, Freud afirma que «la más despiadada de las memorias es la que no puede ser traducida». Alimentados por aquello que ya no está entre nosotros (pero ¿quién es este nosotros?), las actas, los registros y los libros de los muertos caen en esta trampa mnemónica. Dan cuenta, nominalmente, de aquello que por definición les resulta inasible: el río que ya no tiene agua, el tiempo que se ha cerrado, el cuerpo que ya no tiene vida. Peñalosa recorre esa intersección, en la que el olvido sólo es relativo («No puede enterrarse el cuerpo del agua, siempre regresa, no sabe desaparecer»). Y su manera de hacerlo es recordar que los cuerpos no son una abstracción; poseen individualidad, movilizan una historia; no son ellos, sino María Eugenia, Fernando, Elena, Manuela, Ignacio, María Cecilia, Carmen, Pablo, Irma… Al mismo tiempo son «la pregunta que su cuerpo hace y no podemos responder».

Peñalosa ha logrado tomarle el pulso a esta zona problemática, recuperando sus trazos, sus registros, sus fracturas incluso, bajo la convicción de que «la oscuridad es una forma de paciencia».

Ya se dijo todo. ¿Y luego? ¿Seguimos hablando de las elecciones, los terrores y las depresiones? Lo que me dejan estas semanas de rigurosa lección es lo siguiente: no nos conocemos. No hacemos nada por conocernos. Buscamos villanos. Nos sorprendemos cuando los encontramos entre nosotros. No actuamos. Estamos petrificados.

Pero no estamos solos. No hemos comenzado siquiera.

Me han hecho una propuesta sencilla e ingenua: juguemos. Conozcamos por lo menos una anécdota del vecino, la compañera de trabajo, nuestros hijos, abuelos o padres. Contemos la propia.

Las reglas del juego son las siguientes: lo que contemos de una u otra manera debe de habernos cambiado la vida. No se vale juzgar las historias que escuchemos. Es nuestra responsabilidad no dejar la anécdota del otro en el olvido. Me parece bien, yo juego. Tendré que regresar unos diecisiete años en mi línea de tiempo. Se escuchan arpas de flashback, humo, murciélagos y todo lo demás…

Estamos en la cancha de basquetbol del Colegio Madrid: “En realidad, Luisa, no eres fea. Podrías llegar a ser muy bonita”, me dice uno de mis amigos, ése al que le gusta quemar cosas y siempre anda echando palomas al escusado. Me acomodo la melena esponjosa y desaliñada. “Sí, podrías ser bonita”, le sigue el otro chamaco, el de los gargajos de colores, “Pero es que eres morena… mira, te verías guapa con que fueras igual pero güera, de ojos azules y, sobre todo, blanca”.

Me recuerdo intentando una y otra vez ser bonita, parecerme a mis amigas, vestirme y actuar como las demás. Pero no soy bonita y por más que trate no podré cumplir con los modelos de lo que “se ve bien”. ¿Fallé?

Toda la secundaria y preparatoria me llamaron “la darketa lesbiana”; le saqué provecho al apodo. Pero hay una verdadera razón para compartirles todo esto.

Actualmente ser raro, único, distinto, ateo y excéntrico está de moda. Hace diecisiete años los modelos a seguir eran otros; lo “bueno” era parecerse a la ganadora del concurso de belleza, a Christina Aguilera o a Britney Spears antes de su colapso y su calva.

via GIPHY

¿Quieren que regresemos cincuenta años la discusión y revisemos los modelos a seguir de aquel entonces? Ya será otro día, los políticos se han encargado de hacerlo por nosotros.

El asunto es que no me sentía parte de absolutamente nada. Estoy segura de que esto mismo lo sentimos todos, es parte de crecer y de formar (deformar) nuestra identidad. ¿De qué modelos nos agarramos?

En mi décimo tercer cumpleaños (el 13 de la buena suerte) mi mamá me regaló dos libros que cambiaron mi vida y que casualmente vienen a cuento con los tiempos oscuros que vivimos: Otra vuelta de tuerca de Henry James y Frankenstein, el moderno Prometeo de Mary Shelley.

Hacía años que no volvía al texto de Henry James. Vaya que nos viene bien en un 2016 en el que no hicimos un esfuerzo por leer la historia debajo de la historia. Nos confiamos de encuestas, medios de comunicación, nos confiamos de las voces de los otros sin hacer el ejercicio más sencillo que nos propone la narrativa: eso que ves siempre tiene una, dos, múltiples lecturas; eso que ves, nunca es. Y claro, ahora estamos sorprendidos con los fantasmas del racismo, la xenofobia, la misoginia y la violencia de nuestros países vecinos. ¿Ya hicimos un esfuerzo por analizar la propia? Sí, te hablo a ti, amigo misógino y homofóbico que piensa que el matrimonio igualitario no es un tema relevante en el país, que se ríe de las “madres luchonas” y que todavía cree que gritar puto en el estadio no le hace daño a nadie.

Ahora bien, ¿por qué releer a Shelley en 2016? ¿Por qué seguir hablando de lo mismo doscientos años después?  Mi respuesta, como siempre, es ¿por qué no? Mary Shelley fue una guerrera, de madre feminista, que le ganó a todos los hombres que la hicieron sentir menos humana, menos relevante o talentosa; que intentaron despojarla de su escritura y de su condición criatura. Shelley ganó. Sigue formando leyendas y dotando de esperanza a los jóvenes que a ella se acercan por primera, segunda, quinta vez. Recuerdo decirle a mi madre “Cuando sea grande quiero ser como ella”. Ella, mi madre, y Shelley fueron mis modelos a seguir; lo siguen siendo.

En tiempos como estos hay cientos de cosas que me asustan. Una de ellas es que mi hija crezca con ese miedo que yo tuve durante años de ser diferente, que encuentre modelos heteronormativos que la opriman, que no conozca la rebeldía, que esté asustada.

Ante esa tremenda incertidumbre que a veces se apodera de nuestra cabeza, sugiero volver a nuestros héroes de los cuentos y las novelas, a que narremos nuestras historias y, sobre todo, a que escuchemos… a que conozcamos a ese “otro” en lugar de incendiar su molino.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es narradora y conductora de radio. Se le puede escuchar en el noticiero Primer Movimiento de Radio UNAM.