Tierra Adentro
#DiarioCreativo 5/08/16: Grullas, frío, mi amigo A y la calle. Gala Navarro.

Si la línea es a la forma lo que el garabato al concepto, una libreta es un lugar de pensamiento que funciona casi como una escritura automática, una colección del tiempo (nuestro tiempo) y un diario. Por eso hay libretas de trabajo, de ejercicios, de reuniones inacabables, de notas escolares.

A lo largo de mi vida he tenido una infinidad de libretas. Para algunos son más valiosas que para otros. Son libros de un solo ejemplar a donde es posible volver de cuando en cuando. Son diario y espacio de trabajo; son bitácora y lugar de libertad.

De niña, utilizaba los cuadernos que habían sobrado del ciclo escolar anterior. Aunque tuvieran rayas o cuadrícula, ahí dibujaba y escribía. Cuando tenía ocho años, mi mamá se embarazó del que sería mi segundo hermano (o hermana, nunca lo sabremos). En una de esas libretas de residuo escribí un libro de cuentos que ilustré para el nonato. Esa libreta era un libro único, cuyo fin era ser leído por alguien que aún no existía.

Cuando mi mamá perdió al bebé, yo perdí esa libreta. Ninguna de las dos sabemos a ciencia cierta por qué o a dónde se fue esa no-creación, extraviadas ambas en un limbo al que sólo se tiene acceso por la memoria, por la narración de lo que sería. Es probable que mi libro único se haya ido a la basura en alguna limpieza, de ésas que hacíamos una vez al año. Se quedó volando en la nada, sin despegar ni aterrizar jamás.

Aunque a la fecha anoto en pedazos de papel, servilletas, reversos o anversos de manteles de papel de restaurantes de paso, no hay nada que dé más orden al tiempo, las ideas o los temas que tener libretas. Son una herramienta que ayuda a catalogar, a guardar conjuntos, a idear series, a marcar el tiempo de nuestras vidas, los lugares que visitamos, la gente que conocemos, los trabajos que tenemos, y hasta el afecto por otros (porque siempre importa quién te regala cierta libreta y para qué decides usarla).

Casi nunca definimos el fin de una libreta sino hasta que ya se está usando para eso. Como si esas series se tejieran solas. Luego de dibujar tres sobremesas o de hacer diez retratos, te das cuenta de que comenzaste una colección. Esa libreta se vuelve sólo para eso y, si tiene suerte, nace así un nuevo libro único.

La segunda libreta de la que tengo memoria fue un diario de viaje que me llevé a Canadá cuando cumplí quince años. Me fui a un campamento con Aurelia, mi mejor amiga de aquel entonces, y ambas teníamos mucho miedo a volar. Con el paso de los días y la planeación del viaje, comenzamos a hacer las paces con el evento. Era bueno tenernos una a la otra, porque compartir el miedo a veces hace que éste se diluya un poco. Recuerdo que me calmó mucho el día en que ella me dijo: “Ojalá que el avión que se caiga sea el de regreso”.

Neto, mi mejor amigo y gurú de esa época, nos recomendó llevar una bitácora de viaje. Nos dijo que, con el paso del tiempo, uno suele olvidar las sensaciones e impresiones de ese preciso momento, y que así es posible revisitarnos años después, a través de nuestras memorias escritas, que recogen momentos específicos donde estábamos descolocados de nuestra cotidianidad. Han pasado diecisiete años desde entonces y, en cada viaje que hago, entre las libretas que siempre cargo, procuro llevar una sólo para hacer una crónica de esa experiencia.

Escribir durante los días en que Aurelia y yo estuvimos de viaje, luego de comprobar que el avión de ida no se había caído, me dio fuerza para tomar el vuelo de regreso. La muerte se puede posponer, siempre y cuando nos coloquemos en el presente. Esto sirve como receta infalible para vencer cualquier miedo. Lo que ella dijo al principio del viaje me otorgó la paz necesaria para atreverme a viajar y, por otro lado, para disfrutar ese tiempo suspendido que se vive en cualquier viaje. Todo lo que se aplaza nos da una sensación de eternidad.

En un viaje largo que hice cinco años después, antes de irme, decidí hacerles libretas a todos mis conocidos. Acababa de aprender a encuadernar en un taller que tomé en la facultad y me obsesioné. Cuando terminé unas quince libretas y las repartí en la falsa Navidad que mi mamá organizó (porque estaría fuera en la verdadera), sentí de lleno el miedo a estar en un avión otra vez. Mi mamá, psicóloga de profesión (y de un enfoque brutal hacia la vida), para calmarme, me preguntó que qué era lo peor que podía pasar: “Si hay turbulencia, pues pasará, y si se cae el avión, se cae”. Pero yo no quería morirme: “Pues si te mueres, te mueres y ya”. Me solté llorando. Luego recordé lo que años antes me había dicho Aurelia: si el avión se cae, que sea el de regreso.

Al ir venciendo esos miedos y subirme a esos aviones, comencé a coleccionar más libretas de las que habría tenido si no me hubiera subido a ninguno. Había dejado plasmadas experiencias que sólo así, colocando el miedo en el futuro y a mí misma en el presente, me atreví a vivir. Desde entonces, cuando entro en pánico, me tranquiliza pensar que la yo del futuro se encargará de resolver cualquier problema presente.

Hace un par de años, renové el sentido de mis crónicas de viaje. Cuando operaron a mi mamá del corazón, decidí comenzar una libreta. Como mis abuelos ya murieron, mis papás no están juntos y mi hermano estaba enfermo, me tocó ser la responsable del cuidado de mi mamá. Era una operación muy complicada. Nada estaba en mis manos y sentí un miedo muy parecido al que siento por volar.

Llevé una bitácora de viaje desde los días de preparación (que eran como hacer la maleta), hasta el día en que la operaron. El despegue fue muy difícil y el avión casi se cae, pero al final voló. Los días de terapia intensiva fueron una gran turbulencia. Y luego, por fin, el cielo limpio y la sensación de la nada. Su corazón había reaccionado bien, la válvula prostésica ya era suya, y pronto nos estábamos yendo a casa. Esa bitácora concluye con una de las últimas llamadas que le hice durante esa época. La llamaba diario un par de veces al día, preguntándole cómo estaba. Un día olvidé marcarle y al día siguiente me dijo que no era necesario hablar diario. Entonces me di cuenta de que ya estaba bien. Y di por terminada esa libreta, ese viaje.

Esta tercera bitácora está hecha de textos y dibujos. Volcar el día a día en palabras me ayudaba a poner en orden lo que estaba ocurriendo, pero dibujar me daba una paz especial donde conseguía no pensar en nada.

Las libretas son el lugar donde el tiempo no transcurre, donde la mente se va, donde el duelo no existe, ni el miedo a la página en blanco o a los aviones. Uno no usa una libreta por obligación, sino por necesidad. Por eso, las libretas están llenas de imprevistos y arrebatos, de ideas que se vuelcan casi solas y un resultado que jamás importa. Nunca se tienen demasiadas libretas porque cada una es un campo de juego diferente. Hay quien las llena sin decir agua va. Hay quien las cataloga por tema, por actividad, o hasta genera proyectos de libretas en sí. De ahí que haya tantas libretas llenas que terminan por convertirse en nuestros íntimos baúles de tesoros.

Ante esta pasión por las libretas han surgido proyectos valiosos. En Nueva York está la Brooklyn Art Library, una biblioteca sólo de libretas. Este lugar acoge el Sketchbook Project, en el que quien quiera puede participar. Sólo basta comprar una libreta Moleskine, en persona (si uno anda allá) o en línea (y te la mandan). Hay que llenarla y enviarla de regreso. La libreta se vuelve parte de su acervo, que está abierto al público y parte del cual puede consultarse en línea.

En México hace un par de años surgió el proyecto #DiarioCreativo, generado por Pieldemole, una marca mexicana independiente de libretas, que invita a sus usuarios a compartir en redes todo lo que dibujen, anoten y guarden en ellas. Y así se ha formado poco a poco una biblioteca virtual de dibujos mexicanos al que cualquiera tiene acceso con sólo teclear ese hashtag.

Hay otras libretas que están hechas de procesos. En el libro Sketchbooks The Hidden Art of Designers Illustrators & Creatives de Richard Brereton se recuperan los apuntes de creativos del mundo de la publicidad, del diseño gráfico, del diseño de modas y de la ilustración. Es como mirar dentro de sus mentes, palpar sus ideas antes de que se materialicen. El libro incluye entrevistas donde los artistas explican cómo usan sus libretas y cómo esos apuntes se relacionan con su trabajo terminado.

Como lectores, llama la atención ser testigos de un proceso quizá porque es algo parecido a mirar dentro del bolso de un desconocido, donde habitan sus secretos más remotos y sus herramientas más necesarias.
Como dibujante, la página en blanco se vuelve parte de tu vida diaria y tienes que hacer las paces con que esté ahí. Entonces las libretas surgen como un puente entre la amargura de crear y la creación sin restricciones. Ahí se puede dibujar o escribir sin pensar en absoluto en el resultado. Las libretas son un lugar para bailar con los ojos cerrados sin querer, hacerlo para uno mismo. Aceptar el dolor y la gloria sin que nadie te vea, y gracias a eso.

Hace poco leí Gratitud, un libro póstumo de Oliver Sacks, que compila los últimos cuatro artículos que escribió para prensa. En “Sabbath”, el cuarto artículo, Sacks recuerda cómo se alejó de su familia y de la religión:

“En 1955, a los 22 años, fui a Israel por varios meses para trabajar en un kibutz, y aunque lo disfruté, decidí no regresar. A pesar de que muchos de mis primos se habían mudado allá, la política del Oriente Medio me perturbaba, y sospechaba que me sentiría fuera de lugar en una sociedad profundamente religiosa. Pero en la primavera de 2014, tras escuchar que mi prima Marjorie —una física que había sido la protegida de mi madre y que había trabajado en el campo de la medicina hasta los 98 años— se acercaba a la muerte, la llamé por teléfono a Jerusalén para despedirme de ella. Su voz me sonó inesperadamente fuerte y resonante, con un acento muy parecido al de mi madre. “No pienso morirme hoy”, dijo, ‘el 18 de junio cumplo cien años y voy a celebrarlo. ¿Quieres venir?’. [1]

Me encantó imaginar cumplir cien años, más aun porque Marjorie lo hizo el día que yo llegué a los 30. Si alguien nos asegurara que viviremos cien años, ¿no sería más fácil hacer las paces con la vida conforme presenta sus complicaciones y alegrías? Tener la certeza del presente nos ayuda a borrar toda idea de fatalidad, sin importar si somos capaces o no de vivir más de lo que nos toca, ya sea cumpliendo cien años o evitando que se caiga un avión.

[1] Oliver Sacks, “Sabbath”, Sunday Review, The New York Times, 14 de agosto de 2015. Disponible en: http://www.nytimes.com/2015/08/16/opinion/sunday/oliver-sacks-sabbath.html?_r=1


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.

Tengo que hablar aquí sobre muchas cosas. Lo voy a hacer. Muchas imágenes, mucho texto, mucha exploración. Hay una forma rápida de decir lo que hay que decir sobre esto: escribiré sobre el webcómic hecho en México. Esta columna es para hablar sobre lo que este medio propone desde sus trincheras; esos diferentes acercamientos y lecturas específicas, pero no menos efectivas, a nuestra realidad. Quiero leer y hablar sobre cómics mexicanos de formas que (al menos yo, posible ignorante) no he visto. Sé que, aún así, no puedo ni quiero ignorar la presencia y discusiones que hay en el medio impreso del cómic (como bien lo apuntó Yécatl Peña en “La escena underground”) o en los festivales que difunden el trabajo de estos autores.

Para esta primera entrada elegí a una artista que he seguido desde hace tiempo. Por gustos personales, pero también por el desarrollo gráfico y narrativo que ha tenido. Me refiero a Alejandra Gámez o The Mountain With Teeth. Sus credenciales hablan por sí solas: además de tener un exitoso blog y página de Facebook con miles de seguidores, ha publicado dos antologías editadas gracias a una campaña en Fondeadora, ganó el premio SecuenciArte del año pasado por su novela gráfica Un claro en el bosque y es becaria del FONCA de este año. Es una voz que no se puede ignorar.

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Ver la evolución de Gámez en su técnica narrativa y gráfica ha sido ver a uno de esos seres primigenios, de hace millones de años, salir del océano hacia la arena y avanzar hacia terrenos desconocidos. Sus primeras obras, hay que decirlo, tropezantes y erráticas, eran más desahogos que búsquedas y desarrollos artísticos. Esa característica no les resta calidad, pero tampoco las diferencia en su superficie de tantas otras que se quedan en la confesión, en el doodle personal. El dibujo tenía un pulso (porque también palpitaba en su límite desesperado por darle forma a aquello que no la tiene) de dolor y angustia. Como el niño aterrado por las sombras que la luna proyecta en su cuarto, The Mountain With Teeth exploraba y al mismo tiempo creaba ficciones ordenadoras de su realidad. Le daba un rostro y una historia a lo que no podía entender y funcionaba. Su obra era una crisis decantada en trazos.

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Pero después ocurrió algo. Aunque ya en ese momento se notaban destellos de la voz que se consolidaría después, con la constancia de su trabajo, una musa monstruosa le habló y Gámez se hizo consciente de su oficio. No “maduró”, pues no quiero demeritar sus primeras obras; más bien se volvió más clara y aprendió a no abandonarse visceralmente a sus obsesiones. Su posición frente a la realidad, más que una defensa, se convirtió en una herramienta.

Al explorar los terrenos de su técnica e imaginación, The Mountain With Teeth entendió cómo dialogar con la realidad abrumadora. La materializó en monstruos. Las formas, sin embargo, no fueron escogidas al azar. Tomó a sus quimeras de lecturas actualizadas de cuentos de hadas y leyendas, pero también de su experiencia sobre estos días que vivimos. En sus tiras podemos encontrar hadas, fantasmas, demonios, sirenas, bichos, alienígenas, animales, golems y hasta ropa. De todo, pero nunca sin consciencia de la tradición de donde vienen. Por otro lado, entre los que ella engendró están el Señor Cocodrilo, el Ser sin rostro y el Hombre Gris, nombres que parecen ser de personajes de algún show para niños, pero que representan la vida puesta en crisis frente a sí misma. Lo que hace Gámez con su bestiario es tomar las cualidades arquetípicas de los monstruos (como las brujas y las sirenas como lo femenino: temible pero creativo; o los animales como nuestro pasado: bestial e incomprensible) y adaptarlas a un presente donde los grandes mitos ya no existen y la vida común es al mismo tiempo lo épico y lo anónimo. Por eso el contraste entre sus dibujos caricaturescos con el contenido e imaginario terrorífico de sus historias: en ellas cuenta y dibuja la ironía de lo horriblemente contradictorio que es lo cotidiano.

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La obra de The Mountain, entonces, tiene un efecto constante: enfrenta el horror de la costumbre y la rutina, del vivir de alguien de hoy que no parece encontrar un lugar para ser porque el silencio que aplasta en la noche, momentos antes de dormir, es tan aterrador como el ruido de las calles durante el día. En estas tiras se conjuga la angustia por la vida desenmascarada que ocurre a través de los medios electrónicos, donde vemos que, mientras unos viven en una profunda felicidad o tristeza personal, otros son torturados y asesinados por crímenes que no cometieron. The Mountain With Teeth articula lo grotesco en la risa nerviosa que provocan sus narraciones. Su obra llena de monstruos nuevos y antiguos, ominosos, pero a veces tiernos, nos invita a leer sin miedo el caos de lo habitual que no descansa en su asedio a nuestra frágil persona.


Autores
(Metepec, 1993) escribe la columna «Apuntes de nigromancia» en Penumbria, sobre videojuegos y arte fantástico. Publicó Raíces en editorial Paraíso Perdido.

La obra de María Magaña existe en dos planos. En el primero, el espectador se envuelve de un imaginario colectivo y popular de estética punk; en el segundo, el espectador se reconoce en la ironía de sus trazos y palabras.

Más allá de sus habilidades como ilustradora, Magaña tiene la fuerza narrativa para contar historias a través de unas cuantas imágenes que van contra el mercado editorial de la ilustración y el cómic. No es gratuito que en sus piezas aparezca el amor como un falso profeta, las entrañas más visibles de las personas y la sexualidad absurda pero contemporánea.

El trabajo de Magaña está repleto de referencias a otros medios audiovisuales, lo que ayuda al lector a crear una relación intertextual, principalmente por el efecto paródico, de todo lo que se representa. Sin duda, Magaña es una de las artistas de la narrativa gráfica mexicana más interesantes de la actualidad.

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Autores
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.

Decidí torturar un pájaro
morder el azúcar de sus confines

Conoció a Vint Hoe en una fiesta. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta. Nadie lo llamaba por su nombre porque entre la multitud de estudiantes morenos él era el único de ojos azules. Le decían Blanco. Estaba sentado en un futón junto a una lámpara y la gruesa argolla en su oreja izquierda parecía un brasero desde su lugar.
Vint ebrio, mirándola, parecía caído en una edad amarga, indefinido ahí sin envejecer ni transitar nunca.
La intimidó el color tierno de sus ojos. Esa noche vestía una falda verde y acababa de pintar su cabello de un negro intenso.
Faltaba poco para que amaneciera cuando Blanco fue hacia ella y pasó la barbilla por su nuca, tomó su mano y la metió debajo de su playera sin mangas: los vellos de sus axilas parecían agujas doradas pero ella era suave como el vientre de un pájaro.

Ahora estás desnuda
y una gota de mi sudor en tu lóbulo
se enfría como una piedra en la sombra

Abrieron la puerta del cuarto como dos ciegos, un muchacho dormía en el piso y Blanco lo sacó a patadas, luego la tendió en la cama hasta que horas después alguien llamó a la puerta avisando que la dueña de la casa había vuelto y que estaban ocupando su cuarto. Forzaron la puerta y lograron abrirla cuando se estaban vistiendo. Con la luz que entró por la puerta ella vio sobre toda la colcha blanca la estela gris que había dejado su tinte.
Compartieron un cigarro en la banqueta. Blanco le mordió la oreja y dijo algo en una lengua extraña para ella.
Le besó las manos muchas veces antes de irse.

Esperarías por mí sobre la tierra
viendo aureolas rotundas
intuyendo siempre la boca de este muerto

Louis Hoe recibió la llamada de su hermano dentro de un museo. Se sentó porque Vint se lo pedía. No habló más de cuatro palabras durante la larga llamada y colgó.
Un guía pasaba con un grupo de gente a sus espaldas.
—Llévense una idea bella, señores. El pensamiento bello existe.
La luz le daba directo en la calva.

Decidí gritar en los huesos de los pájaros

Vint Hoe conoció a Alana dos meses después de que supiera que iba a morir. Sabía que él era breve y estaba minado. Aun así, la noche en que la vio decidió madurar en ella su virus mutable y su misma penitencia. Pudo haber sido una muchacha como esa, de falda verde y cabello negro la que lo había contagiado.
Al despedirse le besó las manos como se las besaban a los muertos de su ciudad natal. Le mordió la oreja mientras le decía en su lengua madre unos versos que no podía olvidar: Ahora somos heridas que yacen paralelas en la misma carne.[1]

Tenía que extirpar con violencia mi miedo a la muerte

Louis había llegado de su país para estar con su hermano mayor en sus últimos días. Vint ya colgaba de sus huesos al caminar y había empezado a inhalar cocaína. Pasaban sus días en un departamento con vista a un parque que llenaba la calle de neblina. Louis escuchaba a Vint cincelar un nuevo mundo en sus delirios mientras él era maldecido por vómitos y bacinicas llenas. El alivio llegaba por las noches, cuando salía a beber una cerveza a un bar cerca del departamento en el que dormía su hermano.
Fue en ese bar en el que una noche se vio ebrio besando a una muchacha. Bajo su mano tenía pelo de animal encendido. Anduvieron con prisa hasta el cuarto de Louis. Él encendió una lámpara con luz tenue y ella le acarició con ambas manos la cara. La besó para salvarse. Los días pasados y el olor a mierda desaparecían mientras ambos respiraban duramente. Esa noche se despertó para mirarla, le pareció que ella dormía desnuda pero incorrupta, como si hubiera muerto acabando de nacer.

Vint Hoe se fue mientras su hermano temblaba en Alana y empezaba el corto camino hacia su muerte.
Cuando ella despertó se encontró sola y salió del cuarto para buscar a Louis, que estaba en la habitación vecina sentado junto a un bulto blanco. Sin entender, Alana caminó hasta el borde de la cama y vio apenas una parte de la frente de Vint. Todo lo demás lo cubría una sábana pero reconoció en él la textura acartonada de los muertos. Estiró la mano para levantar la sábana y ver el rostro del muerto, Louis la detuvo. Segura de lo que había delante de ella estuvo a punto de gritar, pero él le tapó la boca y la abrazó hasta que ambos se desplomaron. Alana no logró ver el rostro del muchacho que la había sentenciado a muerte, de haberlo visto hubiera intentado imaginar por primera vez el color de sus huesos, porque joven y fuerte, estaba segura de que tendría una vida larga.
Fue a sentarse a la sala mientras Louis llamaba por teléfono. Estaba desnuda, no lo recordaba, tenía también la sensación de hondura y le faltaba aire para llevar sangre a todos sus rincones.

Permaneció sentada en el sillón.
Tras ella, en un marco de bambú, un niño de ojos azules sonreía. En otro marco dos niños abrazaban a una mujer rubia con cazadora de piel y en el último cuadro, a poco menos de un metro de la cabeza de Alana, dentro de un marco plateado, Vint y Louis vestidos de traje tocaban la guitarra, en la sonrisa de ambos se podían contar los dientes, en los ojos de ambos el brillo rojo de un estrobo.
Alana se giró para mirar.

[1] 1. El verso es de Anne Carson y aparece en el libro Autobiografía de rojo, traducido por Tedi López Mills.


Autores
(Oaxaca, 1993) ha colaborado en revistas como Crítica y Círculo de poesía. Sus textos aparecen en varias antologías, entre ellas Poetas parricidas y Los reyes subterráneos. Veinte poetas jóvenes de México. Es autora del libro Anamnesis.

Apenas rebasábamos la primera mitad de 2016 y el conteo de muertes de músicos sumaba ya a tres de los más importantes genios del siglo XX. El 17 de julio, Alan Vega, líder de Suicide y uno de los artífices de lo que llegaría a ser el punk, abandonó este plano existencial mientras dormía en su cama, tal y como dio a conocer su amigo Henry Rollins, músico y presentador. Sólo tres meses antes, el 21 de abril, despertamos con la noticia de la muerte de Prince. Los días que siguieron fueron de especulaciones, hasta que se dio a conocer que la causa de la muerte fue una sobredosis de analgésicos opiáceos para tratar dolores en la cadera.

Pero, sin duda, la muerte que más nos entristece es la de David Bowie. No hay parangón. A todos nos tomó por sorpresa, pues tan solo dos días antes de su fallecimiento (el 10 de enero) The White Duke estrenaba álbum: Blackstar. Apenas habíamos empezado a masticar las canciones que lo componían y a comentar sobre el largo video de “Blackstar” cuando llegó la mala noticia.

Por lo menos tuvimos un fin de semana para escucharlo. Recordé una frase que había leído en El buda de los suburbios, aquella brutalidad de Hanif Kureishi: “Hubiera querido que mi vida empezara entonces, en aquel preciso instante, cuando estaba preparado para ello”.

Ahora sabemos que el video y la canción misma no eran crípticos, sino muy directos y prácticamente literales. Dice en una parte:

«Something happened on the day he died
Spirit rose a metre then stepped aside
Somebody else took his place, and bravely cried
(I’m a blackstar, I’m a blackstar)»

“Evidentemente, en particular desde su muerte, vamos a interpretar cualquier cosa que Bowie hiciese en sus últimos años como una alegoría autobiográfica”, afirma el filósofo inglés Simon Critchley, autor del estudio sobre Bowie que acaba de publicar Sexto Piso. Escrito en un lapso de dos semanas, el libro es un ejercicio en la técnica de cut-up de William Burroughs que el mismo White Duke llegara a ejercitar. Es un rápido repaso analítico sobre la figura de quien sin duda fue uno de los artistas más versátiles y misteriosos del siglo XX y lo que va del XXI, sobre su autenticidad y la de su música. La teatralidad y su rebuscado proceso creativo. “¿No debería la música auténtica surgir directamente del corazón, subir por las cuerdas vocales y meterse en nuestros oídos expectantes?” se pregunta Critchley en el capítulo titulado “Soy un pelmazo heideggeriano”, donde, a partir de una anécdota de Robert Fripp, cuestiona la naturalidad de la creación de Bowie. En ella ensaya deliberadamente la emoción que debe transmitir su voz en una pista. Pero, explica, “el genio de Bowie reside en el meticuloso encaje del sentimiento con la música por medio de la voz.”

Para explicarse lo sucedido entre el viernes 8 y el lunes 10 de enero, nos recuerda el video de “Lazarus”, otro sencillo de Blackstar.

Critchley recurre a la figura de Lázaro, el personaje bíblico que es resucitado por Jesús y que, al salir de su tumba en Betania, porta un sudario que cubre sus ojos.

David Bowie

Así como aparece Bowie en ambos videos. “¿Es Bowie Lázaro?”, se pregunta el autor. “Es por eso que escogió este último personaje para despedirse de nosotros?”. Detengámonos a apreciar el siguiente clip.

En este libro, Critchley hace un rápido repaso por la palabra “Bowie” y la define, o eso intenta. Desde la filosofía, pero, naturalmente, también desde la autobiografía. Porque no hay un buen análisis crítico sobre un músico si no incluya una anécdota de cómo el autor se robó un disco del artista o banda a analizar. “Ninguna persona me ha proporcionado tanto placer como David Bowie a lo largo de mi vida”, confiesa. Justo como nos ha pasado a todos. Bowie ocupa, de alguna u otra forma, un amplio espacio de nuestras almas.

Regresé a escuchar el playlist de Bowie que armé hace un par de años y puse en primer lugar “Lazarus”, que como cierre es un buen inicio. Aquí se los dejo:


Autores
(Ciudad de México, 1978). A través del cómic y la ilustración ha encontrado la forma ideal de explorar sus obsesiones: la música, la cultura popular, la literatura, la estupidez humana y el cómic mismo. Es autor de Apuntes sobre literatura barata (FETA, 2012) y colabora en Milenio Diario, Noisey, Letras Libres y donde se dejen.

Empecé un proyecto postal, el destinatario me decepcionó y nunca lo envié. Lo guardé en un cajón como prueba de una intención. Hace un par de semanas recibí una postal previamente anunciada. Fue enviada desde Varsovia casi cuatro meses antes. Revisé el buzón cada noche, casi como un ritual, suponiendo que quizá nunca llegaría. Llegó y su significado había cambiado. El remitente ya no estaba en el lugar desde el que la envió, quizá ya no querría decir las mismas cosas o tal vez ya me las había contado de viva voz. Yo (el destinatario) la esperaba como un objeto, como el final de un trayecto y no como un mensaje en sí.

Supuse, por la tardanza, que se había perdido entre oficinas de correo. Pienso en el recorrido de las cartas como pienso en un viaje: gente pierde aviones, se queda varada en un control aduanal o decide no tomar ningún rumbo. Entre el punto de partida y el destino hay una serie de factores que pueden hacer que un mensaje llegue o no. Me gusta pensar en aquello que transcurre entre el momento en que alguien escribe una carta y en el que otro la lee. También pienso en las postales que no llevan sobre, en cómo son leídas por todas las manos por las que pasan; la mayoría de las veces incomprendidas, como un mensaje cifrado y sin sentido. El mensaje sólo funciona para quien fue escrito y adquiere sentido en contexto.

Las cartas, además de llevar un mensaje, tienen la posibilidad de construir relatos y plantear tramas. Éste es el caso de las novelas epistolares, que cuentan una historia desde varias perspectivas y dan voz a los personajes en distintos tiempos. También interviene la idea del tránsito de la carta de unas manos a otras, elemento que articula y condiciona el relato mismo.

Lo epistolar está presente en toda la literatura y la literatura juvenil no es la excepción. Esta narración en primera persona suele “eliminar” la intermediación entre el personaje y el lector para generar empatía y sentido de horizontalidad con un público adolescente al que se tacha de complicado. Me vienen a la cabeza varios ejemplos de obras epistolares para este público, pero me detengo en uno reciente: Punkzilla. Es la primera novela de Adam Rapp traducida al español, publicada en la colección juvenil del Fondo de Cultura Económica en el 2016. Un relato que sigue el recorrido de un adolescente que escapa de la escuela militar y cruza Estados Unidos para encontrarse con su hermano moribundo. Durante el sinuoso camino, Jamie, el protagonista, escribe cartas donde le cuenta a su hermano todo lo que le sucede durante el recorrido.

Las palabras de Jamie tienen un tono contestatario y rebelde, escribe de corrido e inventa palabras, lo sabe y no le importa. A partir de su huida de la academia militar, pasa meses en Portland, donde tiene sus primeras experiencias con drogas y mujeres. Come y duerme donde puede, nunca sabe qué pasará al día siguiente. Disfruta de esa vida decadente que nunca pudo tener con sus padres en Cincinnati, le alegra ser dueño de sí mismo. Al enterarse que a su hermano le queda poco tiempo de vida, se arriesga y se expone a las condiciones más precarias con tal de cruzar el país para encontrarse con él.

Sus cartas están intercaladas con respuestas, algunas de fechas previas al tiempo de la narración y otras que siguen la cronología. Cartas que se atraviesan en el camino de aquellas que Jamie envía, unas que nunca responde, otras que nunca recibe o que recibe cuando es demasiado tarde. En Punkzilla el lector va un paso adelante del protagonista, tiene información adicional y se vuelve cómplice del relato. Lee cartas que no le están dirigidas, como si husmeara en el correo ajeno o escuchara conversaciones detrás de la puerta. Las obras epistolares le dan al lector un sentido de cercanía con los personajes. Lo que supone, a pesar de ser ficción, que un discurso privado se vuelve público.

Probablemente la mayoría de los lectores de Adam Rapp jamás han recibido o enviado una carta. Tal vez muchos de los problemas de Jamie pudieron haberse resuelto con un e-mail, un mensaje de texto o una llamada, pero las cartas siguen funcionando como un código narrativo. La materialidad del mensaje y su tránsito de una mano a otra cuentan una historia en paralelo. Es el relato de la intención, la espera, la duda y el silencio.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

En una de sus cartas al joven poeta Franz Xaver Kappus, Rilke le decía que en todo debería encontrar inspiración; que si su vida cotidiana le parecía pobre, no la culpara a ella: «acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas». Y agregaba: «para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente». Pero en caso de que no hallara inspiración ahí, le aconsejaba que volviera su atención a la infancia, que intentara «hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado». Y si, una vez más, el entorno le era adverso, la infancia le depararía innumerables tesoros: «aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella».

La infancia como fuente inagotable de experiencias es la materia prima de ¡Llegaron!, la novela más reciente de Fernando Vallejo (Medellín, Colombia, 1942). De hecho, la infancia es la etapa que Vallejo siempre rememora: a lo largo de su obra narrativa hay evocaciones o recuerdos de sus primeros años en la finca de Santa Anita, a unos cuantos kilómetros del centro de Medellín. Sin embargo, este nuevo libro tiene una relación más estrecha con su primera novela, Los días azules (1985; luego incluida en El río del tiempo, Alfaguara, 1999) en la que también evoca sus años de infancia, sin duda, los mejores de su vida, de ahí el ilustrativo título. En una página de Los días azules, Vallejo  escribe: «Ausente de pecado mortal, la niñez es la época más tediosa de la vida» pero, agrega, «un día, por fin, la deja uno atrás con su vacío incolmable». Sí, tal vez nos parezca que en esa etapa no suceda nada relevante, pero lo que viene después no puede llenar semejante dicha.

Como en esa novela, que es un diálogo con su perra Bruja, y en las dos anteriores (en El don de la vida habla con la muerte y en Casablanca la bella con las ratas), Vallejo conversa durante un vuelo de la Ciudad de México a Medellín con su antiguo psiquiatra, a quien le cuenta sus días infantiles y en su recuerdo incontenible el diálogo se le vuelve monólogo, como diría el poeta Gilberto Owen. Ese monólogo está lleno de instantes; Vallejo va y regresa sin orden aparente, como recuerdos que se agolpan en la mente y, sin perder ese impulso, así son transcritos en la página en blanco. Porque el cofre ha sido abierto y los tesoros del recuerdo, del que le hablaba Rilke a Kappus, ya no pueden contenerse. El lugar idílico es la finca Santa Anita y hasta ahí llegan los hijos de Lía y Aníbal con los abuelos: Fernando, el mayor, y sus otros seis hermanos. Precedidos por el «¡llegaron!», pregón soltado por Elenita, la tía abuela, ciertamente llegaba también la revolución: «Lo que estaba bien lo dañábamos, lo que estaba mal lo empeorábamos y lo que estaba aquí lo poníamos allá. Gato que aparecía, gato que perseguíamos con los perros detrás siguiéndonos ladrando». La finca se vuelve el espacio de esa infancia porque ahí tienen cabida los innumerables hermanos, la abuela, el abuelo, la tía abuela, el erudito tío Ovidio, el padre, a quienes Vallejo les profesa uno de sus contados amores, y por otro lado la madre, el mayor de sus odios, a quien llama «La loca» (la misma de El desbarrancadero, que ordena y manda desde las alturas mientras uno de sus hijos agoniza).

Hay lectores y también, sorprendentemente, críticos literarios que, en las novelas recientes de Vallejo, como es el caso de ¡Llegaron!, sólo han querido ver sus desplantes y, como consecuencia, han reducido toda la construcción de una impecable escritura a unos cuantos improperios (lo mismo a los señores académicos de la Lengua y a Malala, premio Nobel de la Paz, que al presidente Juan Manuel Santos o ahora al papa Francisco, como antes a la «alimaña» Juan Pablo II y a Benedicto XVI). Es cierto que ya desde Los días azules se vislumbraba ese afán de epatar que se consolidó en sus obras posteriores, principalmente en El desbarrancadero (Alfaguara, 2001). Pero lo cierto, además, es que esos insultos solo son un aderezo para disfrutar más sus obras: en las páginas de Los días azules despotrica con toda justificación contra los salesianos, en cuya escuela hizo sus primeros estudios, y el odio a la humanidad no ha hecho sino crecer pues, rememora, «de rencor en rencor me fui adentrando en la noche oscura del odio, donde dispersas brillaban una que otra chispita de amor». De manera que su corrosivo humor sólo es un elemento más en la narrativa de Vallejo; lo que realmente debería importarle al lector es que su escritura es deslumbrante, acaso una de las pocas que actualmente se escriben con verdadera pasión en la lengua española.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.

Esta es la novela que le valió a Donna Tartt el premio Pulitzer, la que le tomó once años desde su última publicación (Un juego de niños, 2003), la que la colocó inamoviblemente sobre el pedestal radiante y ambiguo del bestseller: la gloria entre sus lectores, el oprobio entre sus críticos.

En ella, Tartt desarrolla uno de sus temas favoritos: la infancia de un huérfano oscuro y taimado, o más exactamente, la transición de la adolescencia a la adultez de un ejemplar indiscutible de la ominosa soledad e indiferencia que acompañan siemprea quienes suelen reconocerse bajo la marca literaria del «blaisé». Como los héroes de Dostoievski o Dickens, Theo Decker va capoteando su timidez y mala fortuna, gracias a la providencial ayuda de una serie de personajes con mejor talante y estrella, algunos egoístas y miserables, otros simplemente bonachones. Es el propio Decker quien nos va contando su historia a través de un alargadísimo flashback, con tres elementos como punto de cohesión: el amor por su madre, su amistad con un muchacho ruso de nombre Boris, y la azarosa posesión de El jilguero, obra maestra del pintor de Delft Carel Fabritius, luego de una explosión en el Museo Metropolitano de Nueva York.

El hallazgo de El jilguero funge entonces como el punto de arranque de una serie de acontecimientos que obligarán al protagonista a trocar su vida apagada y mediocre por una existencia colindante con el crimen y el delirio, lo que representa también el esfuerzo de Tartt por integrar cierto elemento simbólico (un jilguero pequeño, atado y domesticado) como complemento de la soledad y la belleza pictórica que transcurren a lo largo de toda la novela. Mediante el óleo de Fabritius, la autora retoma aquel aforismo clásico sobre la creación literaria: utpictora poiesis: como la pintura, así debe ser la poesía, y en un sentido más amplio y contemporáneo, todo arte de la palabra.

Bajo esa premisa, Tartt hace alarde de un poder descriptivo riguroso –quizá preciosista– en el que los paisajes desolados de una ciudad desértica como Las Vegas, conviven con las vetas antiguas de muebles victorianos e incluso con los hábitos alimenticios del criminal Boris, el eterno amigo de Decker. Justamente este aspecto del libro ha sido más censurado que alabado. Y, en efecto, sólo aquellos lectores de largo aliento (que se encuentran en las antípodas de Borges para quien un texto como este de casi 1,200 páginas le parecería sin duda un tedio) podrán juzgar si algunos párrafos exclusivamente descriptivos, resultan imprescindibles, o bien, responden a un mero capricho de su autora.

Por su carácter ilustrativo, iniciático incluso, la novela está emparentada en más de un sentido con el Bildungsroman (o novela de formación) pero es justo decir que Tartt ha intentado actualizar el género mediante un estilo más crudo y desencarnado, en el que las referencias lo mismo al horizonte pop norteamericano que a la alta cultura universal (Harry Potter, Los siete magníficos, Pushkin, Dostoievski, el propio Fabritius o el ebanista inglés Chippendale) sacuden por su lenguaje directo y libre de afectación; rasgo, por cierto, que el lector mexicano podría pasar desapercibido en la marcada traducción peninsular. Según ésta, los personajes de Tartt «hacen la colada», son los «más enrollados», huyen de «seguratas» al tiempo que comen huevos con «beicon».

En el despliegue de personajes que representa un pequeño mosaico de la sociedad norteamericana, Tartt reproduce ciertas obsesiones que la hermanan con otros escritores de su siglo: el retrato de una sociedad alimentada por los narcóticos y otras drogas duras, la ambigüedad sexual y el racismo de nota capitalista que se suele ejercer en una ciudad multiétnica sin importar  ni su nombre ni su filiación política. A través de la mirada de Decker y su comparsa Boris, la autora ha logrado renovar su propia picaresca, no tanto por aquellas desmesuradas aventuras de sus protagonistas, sino por sus paisajes, por elevar aquellos escenarios (la colosal Nueva York, la calamitosa Las Vegas, la acanalada Ámsterdam) al rango de ciudad ideal y patibularia, a la manera del Londres de Charles Dickens.

De hecho, ésa ha sido una de las objeciones que le ha impuesto la crítica: demasiado Dickens, dicen; y, aunque las referencias de Tartt a su maestro londinense en más de un sentido trascienden el plano del homenaje, tocará al lector juzgar el mérito de esa voluntad de imitación de estilo. En todo caso, pese a su excesiva extensión, y a la manía de su autora de «sobre enredar» la trama, El jilguero merece toda la atención que ha recibido, si no como una de las mejores novelas del cuarto de siglo (en esa tendencia tan norteamericana a la adulación y la grandilocuencia), al menos como la obra consumada de una narradora en la madurez de sus facultades que no conoce las prisas del mercado. Quizá tengamos que esperar otros once años para leer su próximo libro.


Autores
(Ciudad de México, 1981) estudió Letras Clásicas en la UNA M. Es profesor del Departamento de Traducción e Interpretación del CELE de la misma casa de estudios.