¿DÓNDE NACE EL FUEGO?
Los números, dicen, no saben mentir: una de cada diez casas tiene un moño negro sobre la puerta, una de cada veinte almacena pólvora en las cisternas, una de cada dos está habitada por gente que se dedica a la pirotecnia o que tiene algún pariente que lo hace o lo hizo. Antonio (quien lleva, sin que lo sepa o le importe, el nombre de su barrio, San Antonio Xahuento) escupe las cifras con la calma de quien indica dónde queda una calle; si no son exactas, por lo menos son cercanas.
Estamos sobre una bomba de tiempo, aunque a nadie parezca importarle demasiado. Aquí se aprende a amaestrar el fuego, pero es imposible que este animal invertebrado no muerda, de vez en cuando, la mano de quienes lo alimentan. Es el municipio de Tultepec y hoy se celebran aquí, en el barrio de Santa Isabel, las festividades en honor a ésta y al Señor de los Milagros. Es curioso, mientras más cerveza te metas, mientras más vasos de cartón de un litro queden junto a tus zapatos, más lejano se va sintiendo el peligro. Quién sabe, pienso que si algo pasa no sufriríamos: nuestra sangre se prendería en cosa de segundos, una de las ventajas de seguir pidiendo cervezas a la señora que abrió su zaguán para instalar una mesita de micheladas. Hoy, esta es mi señora de los milagros: la tiene casi a precio de camión.
Poco queda en Tultepec que haga honor a su nombre: los árboles de tule han sido sustituidos por árboles de pólvora que florecen, dan fruto y se marchitan en menos de un minuto en la inmensa parcela del cielo oscuro en las noches de fiesta. Ahora al pueblo se le conoce más por su labor de pirotecnia que por sus sembradíos y se le escuchan más sus tragedias que sus aciertos. Muchos de los personajes emblemáticos del lugar son artesanos que innovaron en la industria de los cuetes; no hay ni para qué decirlo, pero algunos murieron mientras creaban o innovaban en su campo: bombas de dos tiempos, de tres, la rueda con dos figuras. Nadie los llama héroes, ninguna escuela o callejón lleva su nombre.
Antonio y yo nos conocimos a las afueras de lo que fue (y pronto volverá a ser) el mercado de San Pablito; me conoce por ser el que pide bolsas de ciento veinticinco cañones cada ocho días. La primera vez que nos vimos fue días después de la explosión de diciembre del 2016, cuando empecé a rondar con mi bicicleta los escombros del mercado, donde el aroma a azufre surcaba, cuando menos, la imaginación. La explicación para comprar tantos cohetes es sencilla y me la inventé por si preguntaba: son para mi tía, quien los vende en una tienda de Cuautitlán Izcalli. No existe tal tienda, no existe tal tía, aunque tal vez a él no le importa que las bolsas de cohetes estén arrumbadas en mi casa, en un lugar al extremo opuesto de la estufa y del boiler: le basta recibir su dinero y sacar la mercancía. “Si abren o no abren el mercado de nuevo, es cosa de ellos: uno tiene que trabajar”; sencillo y lapidario, su diálogo cerró una conversación que quién sabe en qué momento había comenzado. A lo mejor si se enterara de que le empecé a hacer plática para sacar información para una crónica que nunca terminé, me dejaría de hablar, como esas películas gringas donde el galán de la preparatoria enamora a la fea y termina sintiendo algo de verdad por ella. Me cae bien Antonio, eso sí, por lo que a veces ya ni le compro, sólo paso a verlo cuando salgo a andar en bicicleta.
El mercado, o lo que fue y será en un par de meses el mercado (no hay presente, nada que esté hecho de pólvora conoce ese tiempo: o ya tronó o está a punto de hacerlo) está rodeado por hombres jóvenes y viejos trepados en motonetas Italika, a quienes te acercas, pides la mercancía y ellos arrancan para, en cosa de minutos, volver con tu encargo. Se parece al narcomenudeo, aunque esta actividad cobra un poco menos de vidas. Antonio aguarda todos los días a bordo de su camioneta, una Van familiar verde oliva, sin placas, a los posibles clientes: a la fecha, sigo sin entender por qué es el único que no anda en motoneta. En la parte trasera del vehículo lleva un par de bolsas con lo más representativo del catálogo: ratoncitos, cañones y palomas que parecen creadas por Picasso; pájaros triangulares de un solo vuelo. “Brujitas y buscapiés para los más putos”, dice a veces Antonio. Se acomoda los pantalones cada que desciende, luego de bajar el volumen de la radio, siempre sintonizada en La Jefa, la estación de Zumpango donde sólo tocan música banda, y da los precios como quien lee el menú para un cliente. Una sola vez, la primera, me hizo acompañarlo hasta su casa porque no tenía ahí lo que le pedí: lo que iba a convertirse en mi tradicional bolsa de ciento veinticinco cañones. Él avanzó en su camioneta y yo lo seguí a bordo de mi bici hasta su hogar, una casa a orillas de las vías del tren. Me quedé afuera, mientras él, con la puerta entreabierta, pedía a grito pelón a quién sabe qué miembro de su familia una bolsa de ciento veinticinco. También ahí se sintonizaba música banda, aunque de otra estación. En el patio jugaban un par de niños, formando montoncitos de tierra y dejándola escurrir seca, a punto de desierto, entre los dedos, como preparándose para cuando fuera su turno de trabajar la pólvora sobre un colchón, como lo hacen los que saben para evitar hasta donde se pueda la fricción. Antonio prefiere que pagues con cambio; si cometes el error de no pagar los ochenta pesos exactos puedes correr el riesgo de quedarte sin tus veinte de cambio. Supongo que es justo, una especie de seguro de vida.
Son las ocho y todavía no anochece. Le pregunto a Antonio si él sabe cuál es el horario normal y cuál es el de verano, pero tampoco sabe. Son datos inútiles, ni para qué acordarse de eso ahorita. Tantito la amnesia, tantito la inutilidad y tantito el alcohol, no podemos rememorar si este es el cielo que conocimos cuando niños o no, bueno, cuando yo era niño: él es cinco años menor. Estamos refugiándonos debajo de la lona de una dulcería a la que, de pronto pienso, yo hubiera bautizado como El diablo dulcero, no creo que nadie se hubiera espantado; qué los va a andar asustando aquí el fuego. Es el tercer vaso que pedimos y cada vez resulta más fácil olvidarse que podemos volar de un momento a otro; mejor dicho, a mí me resulta más fácil, porque no creo que él piense en eso. Junto a nosotros, la banda que caminará hasta la iglesia ensaya una canción que no suena a nada y le bajan a golpecitos el nivel a una botella de tequila que luego, ya vacía, uno de ellos deja a un lado de la banqueta con toda la discreción que puede tener un trompetista borracho.
Si un perro ladra en la madrugada, ladran todos; una cofradía de lobos venidos a menos. Igual con los cohetes en el mercado o las bodegas, si uno solo truena, los demás lo siguen. Dicen que los perros ladran porque va pasando el diablo o la llorona, a lo mejor los cohetes ladran porque saben que por ahí va pasando la muerte. Son diminutas avispas de fuego, pican una sola vez y luego se mueren. Debe ser eso, que la muerte pasa y los cohetes le ladran, o a lo mejor las explosiones son por el coraje de San Pablo porque no le gusta que lo llamen en diminutivo, y San Pablito, el nombre del mercado de cohetes, le parece ofensivo. Nadie sabe eso, o a nadie le importa, pero bien puede ser que por eso el mercado explotó hace ya casi dos años. No, más bien son las cervezas: traen una idea estúpida al fondo de cada vaso, una reflexión inútil o el recuerdo de un amor ya pasado. Como galletas de la suerte.
“No, fíjate que de la de antier yo sí no sentí nada, eso está hasta allá del otro lado, allá en San Pablito sólo se sintió el madrazo”. La explosión de antier ocurrió en La Saucera, a unos dos o tres kilómetros de aquí, en la zona donde hay talleres. Antonio no sabe el número exacto de muertos que dejó esta última explosión o simplemente no quiere decirlo o calcularlo; sea lo que haya sido, ya no están y nada se puede hacer por ellos. Cosa de locos: antier explotó un taller y se llevó a otros dos de corbata, hoy están celebrando con pirotecnia. Hay que estar muy bragado o muy orate, o a lo mejor son la misma cosa, sólo que con otro nombre.
“Te toca y te toca, aunque te quites; no te toca y no te toca, aunque te pongas”, me dijo la segunda o tercera vez que le compré, al tiempo que le daba pataditas a la llanta delantera de mi bici y miraba con detenimiento cómo se caían las costras de lodo seco; estábamos esperando a que trajeran mi bolsa de cañones, que llegó en manos de un chamaquillo de diez o doce años. Un auto se detuvo junto a nosotros y Antonio bajó el volumen de la radio, les preguntó qué buscaban y el auto arrancó; sólo estaban viendo el mercado, que incluso ahora sigue en reparaciones y bardeado por inmensas placas de plástico negro como el de las bolsas de basura. Quién sabe qué tanto movía la retroexcavadora allá dentro, pero sea lo que sea no va a volver. Hay rumores de que están retrasando la inauguración y así sea asunto del nuevo presidente municipal. Para decirlo de algún modo: que a él le truene el asunto en las manos.
Cae una gotita y luego cae otra, como a un metro de la primera. Un rayo no cae dos veces en el mismo lugar, las gotas lo saben y les da envidia, tanta como para imitarlos. Pero a veces a esas dos siguen otras dos, y después el aguacero se hace imparable. A Tultepec le llueve sobre mojado y si no está caliente está frío, nada sabe de tibiezas, nada sabe de silencios. A lo mejor es Dios que les manda tanta agua para mojar toda la pólvora y que no vuelvan a tronar, pero los artesanos de Tultepec no entienden o es sólo que les mandan el milagro equivocado. Es lo mismo: la lluvia aquí también tira bardas, también voltea carros, también cuesta dinero en reparaciones: una explosión de agua gris que empieza por una chispita de cristal. Aquí parece que todo está hecho para que se lo lleve la chingada en cosa de minutos. Ahorita no lo sabemos y ni nos importaría, pero pasado mañana un aguacero va a inundar una parte de estas colonias. Otra vez: a lo mejor Dios quiere refrescarle la piel quemada a San Antonio, pero una mala administración puede transformar hasta el milagro más hermoso en una tragedia. La lluvia, por ejemplo, es cosa bonita, pero no cuando las calles son de tierra y el drenaje está más tapado que quien se come un kilo de tunas.
El agua deja de caer, nos perdona la fiesta y deja que veamos avanzar por la calle a los toritos, que ya vienen sobre sus carritos de metal. Son la versión ruda de los alebrijes, cada artesano le pone de su imaginación y le mete los detalles que se le antoja o para los que le da el bolsillo. Uno tiene la forma de Anubis y el abdomen más marcado de la fiesta, otro parece la vaca de Alpura y hay otro al que le pusieron metralletas de cartón en los hombros; lo firman los Lunatiko´s porque, eso sí, cada toro trae el nombre de una ganadería o de un artesano. Un torito chiquitito, tamaño perro callejero, viene hasta delante de la comitiva, empujado por dos niños. Ganadería San Rafael. Señor, bendice a nuestros hermanos caídos. “Fuerza, Tultepec”, dice una cartulina fosforescente que lleva entre los cuernos. Me acuerdo, mientras termino de ordeñar mi cuarto vaso, que un amigo me decía que antes usaban toros de verdad, les ponían cohetes en los cuernos y los soltaban en las calles. Me dan ganas de preguntarle a Antonio, pero ya tanta duda se me hace ociosa y las palabras se me deshacen antes de salir, como papel mojado en cerveza. Además, la gente de aquí a veces no sabe la historia de los cuetes ni de los artesanos que los inventaron: el folclor es para los de afuera, para los que no dormimos sobre un polvorín clandestino, para los que no tenemos un tío o un primo al que le faltan dos dedos de la mano izquierda, para quienes recogemos trozos de periódico luego de la tronadera de cuetes en año nuevo, no a un pariente o amigo.
Cuando pasa el último toro, uno café al que le hicieron tatuajes de papel maché, caminamos hacia la iglesia, donde aparte de los toros nos espera el castillo. Me gustan estos días, es cuando no está prohibido beber en la calle. El cielo sigue nublado, pero quién sabe si sea por el humo que suelta el torito que ya prendieron (uno que en realidad era vaquita: ya aquí también hay equidad de género) o las nubes que siguen allá arriba aguantándose el agua. Mejor ellas que los pinches borrachos: dos de los señores de la banda están orinando en un terreno baldío, donde la única barda anuncia promesas que el presidente municipal hizo cuando todavía era candidato. Gris por lo que sea, el cielo sigue pensando si orinarse en la banqueta o comportarse. Cae un rayo que suena como un cierre gigante bajándose y creo que ahora sí nos lloverá, pero todo queda en amenaza; las nubes cruzan las piernas y se aguantan hasta llegar a las montañas.
“Bendícenos, Señor”, dice el arco floral que han colocado en la entrada de la iglesia por la celebración del Señor de los Milagros, y los colores se parecen a los de uno de los toritos que reposan en el atrio y que sólo está esperando la lumbre para irse de este mundo. A unos metros está el castillo, no muy grande, también espera su empujoncito al más allá. La misa fue a las cuatro de la tarde, y dice Antonio, porque yo no llegué, que también pidieron por el descanso de los bomberos y paramédicos que murieron tratando de ayudar después de la primera explosión de antier. Yo no llegué a misa porque fui a La Saucera a ver si lograba observar algo, pero la zona seguía medio aislada y no había mucho a qué clavarle el ojo: una barda tenía pintada una calavera y, debajo, la palabra “Peligro” con letras rojas: era de las pocas, si no es que la única, que había quedado en pie. Casi un chiste negro. A menos de dos metros, tres carros estaban en los puros huesos y la tierra chamuscada; como si hubieran sembrado fuego. Los bomberos seguían removiendo escombros. El saldo de muertos, hasta el momento, iba en veinte, pero Antonio me ha contado que siempre reportan menos, para que las cifras sean menos alarmantes y repercuta lo menos posible en su trabajo y la percepción de la gente. “Si no, hasta San Pablito nos andan cerrando”, luego vacía su cerveza y deja el vaso junto a la cortina de una papelería que ya cerró. Por fin, luego de esta peregrinación donde adoramos a un becerro de papel maché con metralletas en el lomo (Moisés se debe de estar revolcando en su tumba) entramos al atrio.
Van quemando los toritos uno a uno, primero los más pequeñitos y van dejando al final al Anubis y al que es propiedad de Lunatiko´s. Antonio y yo miramos desde la orilla, a uno o dos pasos de un puesto donde resurtimos cerveza y chicharrones. Tengo ganas de orinar, pero no me siento tan bravo como para hacerlo en la iglesia, así que saco mi moneda de a cinco y voy a los baños de enfrente, en una casa donde también venden botana y alcohol; hay, cuando menos, diez delante de mí en la fila, que es del mismito tamaño que la de las cervezas. La cerveza nomás se renta, de aquí te la llevas y la vienes a dejar después de un rato. Cuando regreso, Antonio tiene ya los otros dos vasos listos y Anubis y el de los Lunatiko´s ya pasaron a mejor vida.
Antes de darle lumbre al castillo, alguien viene jalando con una cuerda atorada a la argolla de la nariz, como si fuera un animal de verdad, al último torito de la noche, uno de los más pequeñitos. Lo ayudan a desmontarlo, se lo pone en la espalda y espera encorvado a que alguien le dé lumbre. Quien se acerca, luego de prender la mecha, le deja un patadón en las nalgas al valiente y luego se echa hacia atrás. Pasan dos segundos, tres, que se sienten como minutos, y el toro empieza a escupir fuego por todos lados. El que carga al torito corre de aquí para allá, encorvado; Pípila que quiere llegar hasta el mero corazón de la noche que ya nos rodea y prenderle fuego. Antonio me grita, antes de correr hacia donde ya están todos, que le entre a la corretiza del toro, pero prefiero quedarme aquí, a una distancia “segura” a ver cómo todos los que rodean al toro le juegan al mozo de estoque y tientan al fuego. No sé si sea el ambiente, las cervezas o el darme cuenta de que siempre en realidad estamos separados de la muerte por un pelito, pero de pronto se me olvida lo que pasó antier. Se me olvidan las imágenes en La Prensa de cuerpos volteados, flojos como mecha mojada. Se me olvidan los moños negros arriba de las puertas, quietos como mariposas agoreras de la muerte. Se me olvidan los rosarios de mi vecino, el bombero más joven de los que murieron y que no se imaginó, en la mañana que lo vi pasar rumbo a la estación, que no iba a regresar. Se me olvida qué hago ahí pero, sobre todo, se me olvida…no sé qué se me olvida, pero mi cuerpo ya dejó ir algo.
Pasan los minutos, se disipa el humo, pero no aparece Antonio por ninguna parte. Siento que debo irme porque, además, es tarde y me tomé también su vaso. Zigzagueo hasta la avenida a tomar la combi y me entra más estrés de no ver pasar ninguna: aquí en el Estado la muerte se disfraza de todo, hay que estar siempre a las vivas y da más miedo subirse a una combi vacía que ponerse encima un toro de pólvora. Por fin pasa una (con letreros) y me subo: vacía. “¿Estuvo buena la fiesta?”, el chofer me mira por el retrovisor, le contesto que sí y luego me pregunta si fue la de Santa Isabel. “Esa no es nada”, agrega mientras se frena a ver si una pareja que está en la parada se sube, pero arranca al no ver respuesta, “la mera celebración es la de septiembre”. La combi huele a gasolina: atrás del asiento hay unas garrafas llenas. A lo mejor uno siempre está sentado sobre una bomba de tiempo, se dedique a lo que se dedique, y lo mejor es no pensar en ello. No pensar en nada. Dicen que la vida empezó con una explosión, a lo mejor irse con una es lo más parecido a conectarse con el universo.
El chofer, después de un rato, dice algo más, pero no le entiendo: sus palabras son una tronadera de sílabas revueltas con el humo que le sale de entre los dientes. Debe tener sangre de lugareño como para no importarle el olor a combustible y prenderse un cigarro; por lo menos lo lleva en la mano que cuelga de la ventanilla. En el retrovisor, se alcanza a ver el resplandor de la fiesta de allá atrás dorando la orilla de la noche.
Primero una gotita, luego dos y así hasta que la matemática ya no sirve, empieza a llover; sobre el toldo, cada semilla de lluvia suena como una explosión. El sonido me arrulla, pero dormir en una combi sola aquí en el Estado es hacerse el harakiri. Conforme nos acercamos a Cuautitlán, el nervio va bajando. Aunque me pidiera que me bajara (costumbre de los choferes: si vienen medio vacíos, y ya es muy noche, te bajan donde se les pega la chingada gana) ya no me queda tan lejos caminando. Siento hasta bonito de ver las luces del Walmart; así en la luz uno no siente que pueda morirse. A la derecha está la escultura que indica que uno va entrando o saliendo de Tultepec, una torre de aluminio grandota que, hasta hoy, me doy cuenta que es un castillo pirotécnico y no un rehilete. La combi empieza a renguear y luego se echa como buey a media carretera. El chofer da marchazo tras marchazo y me dice que orita nos vamos. Regresa el nervio. Pasan dos minutos y nada, nadita. Luego, por fin, se escucha cómo detona la gasolina y el motor reacciona. Nunca una explosión me había sonado tan perfecta: con razón así empezó la vida.




