Tierra Adentro
Palantir pavilion, World Economic Forum, Davos, Switzerland. Fotografía de Cory Doctorow, 2017. Flickr CC BY-SA 2.0
Palantir pavilion, World Economic Forum, Davos, Switzerland. Fotografía de Cory Doctorow, 2017. Flickr CC BY-SA 2.0

Desde el aire, Wamani ocupa una parte mínima de una extensión de tierra que continúa mucho después de los límites de la fotografía. Un grupo de construcciones claras aparece junto a un pequeño cuerpo de agua, los caminos de tierra se adelgazan entre los matorrales y una montaña domina el fondo. La estancia tiene alrededor de 32 000 hectáreas en la provincia de Mendoza, Argentina, y fue comprada en diciembre de 2023 por el empresario argentino español Martín Varsavsky junto con cinco socios. Desde entonces han levantado viviendas prefabricadas y domos geodésicos, construyeron una pista de aterrizaje e instalaron energía solar para preparar un lugar capaz de seguir funcionando si una guerra nuclear o una ruptura prolongada de las redes globales vuelve inútiles muchas de las instituciones de las que depende actualmente la vida cotidiana.

La selección de aquello que debe atravesar la catástrofe contiene una representación del mundo que vendrá después. Varsavsky estudia descargar grandes modelos de lenguaje en computadoras alimentadas con energía solar para conservar una especie de internet reducido si los servidores globales dejan de responder. En la novela que el magnate escribe sobre Wamani y que aún está inédita, una guerra nuclear destruye buena parte del hemisferio norte, su familia consigue llegar a Mendoza y unos turistas estadounidenses quedan varados en Argentina, pierden el valor económico de aquello que poseían y terminan trabajando en el rancho. La destrucción imaginada alcanza dinero, comunicaciones y buena parte del orden político que actualmente garantiza la propiedad, aunque deja suficientemente intacta una relación para que las 32 000 hectáreas continúen perteneciendo a quienes las poseían antes de la catástrofe.

El escritor estadounidense Ted Chiang imaginó en un artículo para The New Yorker  otra forma de conservar un mundo que está a punto de desaparecer. Alguien sabe que perderá para siempre el acceso a internet e intenta guardar todos los textos de la web dentro de un servidor cuya capacidad equivale apenas al uno por ciento de la necesaria. El algoritmo deberá encontrar regularidades estadísticas y eliminar información hasta que el conjunto pueda caber. Chiang compara el resultado con un JPEG borroso de la web, una representación que conserva una enorme cantidad de información y reconstruye mediante aproximaciones aquello que la compresión destruyó.

La comparación procede de unas fotocopiadoras Xerox que habían atribuido la misma superficie a habitaciones cuyas dimensiones eran diferentes. El algoritmo había considerado suficientemente semejantes ciertos fragmentos del plano y, al reconstruirlo, introdujo números falsos que permanecían perfectamente legibles. La copia podía parecer precisa porque la pérdida de información no se manifestaba necesariamente como una mancha visible. La compresión había producido una representación capaz de conservar el aspecto del mundo mientras modificaba algunas de las relaciones que lo constituían.

Si aquel plano hubiera pasado de la fotocopiadora a una obra y nadie hubiera advertido las cifras falsas, la representación habría podido modificar aquello que representaba. Una habitación construida según la copia terminaría ajustándose al artefacto producido por la compresión y el error dejaría de pertenecer exclusivamente a la imagen. El mundo podría comenzar a parecerse al JPEG.

 

La imagen operativa

Una institución tampoco actúa directamente sobre la totalidad de personas, bienes, movimientos y relaciones que la componen. Lo hace a partir de registros mediante los cuales identifica qué ocurre y decide qué hacer. Cuando esos registros se integran en un sistema computacional, la manera en que el sistema clasifica el mundo puede regresar después sobre ese mismo mundo mediante decisiones administrativas, financieras, judiciales, policiales o militares.

Palantir llama ontología a la arquitectura que organiza esa representación del mundo. Sus plataformas convierten datos dispersos en objetos y relaciones significativas para la institución, y permiten asociarlos con acciones que modifican los sistemas operacionales. Una persona puede aparecer vinculada con una función y una propiedad con su titular. La clasificación ya contiene una descripción de las relaciones que el sistema reconoce y de las acciones que permite ejecutar sobre ellas.

Esa capacidad de establecer relaciones es inseparable del concepto de soberanía que Palantir ha comenzado a utilizar explícitamente. La compañía sostiene que una institución necesita conservar la definición operacional de sus datos, su lógica, sus acciones y su seguridad para mantener su independencia frente a proveedores tecnológicos. La soberanía aparece así vinculada con el control de la representación mediante la cual una organización sabe qué cosas existen dentro de su mundo y qué puede hacerse con ellas.

La operación parece administrativa hasta que se observa un caso concreto. Si una dependencia registra en Palantir un edificio como propiedad del gobierno, el sistema puede establecer quién tiene permiso para consultar ese registro y quién está autorizado para modificarlo. Si después una acción cambia la persona responsable del inmueble, el nuevo dato puede alterar también quién conserva acceso a cierta información o qué decisiones pueden ejecutarse sobre ella. Palantir documenta precisamente ese funcionamiento. Los objetos de la ontología están sujetos a controles de acceso y las acciones sólo pueden ejecutarse cuando el usuario cumple las condiciones definidas para aplicarlas. La representación empieza así a intervenir sobre el mundo porque aquello que el sistema reconoce como verdadero condiciona lo que sus usuarios pueden hacer después.

La fotocopiadora de Ted Chiang había cambiado las superficies de varias habitaciones porque su algoritmo de compresión juzgó suficientemente semejantes las cifras del plano y reconstruyó varias a partir de una sola. El documento resultante podía parecer completamente normal. Si aquella copia hubiese llegado a manos de alguien encargado de construir la casa, el artefacto de compresión habría dejado de pertenecer exclusivamente al dibujo y habría podido reaparecer en las dimensiones materiales de las habitaciones. La representación posee consecuencias porque las personas actúan sobre el mundo según aquello que creen conocer mediante ella.

Palantir sistematiza ese trayecto entre el modelo y la acción. Su ontología convierte datos tabulares en objetos que representan conceptos del mundo real y los conecta mediante relaciones comprensibles para la institución. Esos objetos pueden después utilizarse dentro de aplicaciones y acciones que registran decisiones y escriben sus efectos nuevamente sobre los sistemas operativos. La documentación de la compañía define explícitamente el uso de la ontología como una manera de “traducir los datos en resultados operativos”. La imagen deja entonces una huella sobre el mundo, que produce nuevos datos y vuelve a alimentar la imagen.

El problema político aparece incluso cuando la representación es correcta, porque clasificar el mundo también significa fijar las relaciones sobre las que después se actuará. Una representación puede ser extremadamente precisa y seguir incorporando como datos las relaciones de poder del mundo que fotografía. Puede registrar que determinado terreno pertenece a alguien o que una autoridad posee jurisdicción sobre ese espacio. Mientras esas relaciones continúen siendo reconocidas por las instituciones que utilizan el sistema, las acciones posteriores ayudarán a reproducirlas. El JPEG no necesita inventar una habitación para intervenir en la realidad, le basta con proporcionar el plano desde el que otros construyen.

 

El poder detrás de la soberanía

Marx encontró una dificultad análoga al examinar el concepto de soberanía de Hegel. Su crítica parte de una inversión mediante la cual el Estado adquiere apariencia de sujeto y las personas reales terminan convertidas en momentos de esa abstracción. Al discutir directamente la soberanía, Marx sostiene que el soberano individual sólo representa una unidad que procede del pueblo y afirma que “El Estado es una abstracción. Sólo el pueblo es concreto”. De ahí que considere la soberanía del monarca y la soberanía popular como concepciones enfrentadas acerca del lugar donde puede existir la autoridad política.

La soberanía popular sólo adquiere realidad cuando el pueblo dispone también de los medios materiales para ejercerla. Una comunidad puede aparecer como fuente jurídica de toda autoridad y, al mismo tiempo, encontrarse frente a propietarios capaces de decidir sobre recursos que condicionan la vida colectiva. Marx identifica esa tensión cuando observa que el dominio político de una sociedad puede coexistir con el dominio privado sobre su riqueza, hasta llegar a una formulación extrema en la que “el propietario privado es el rey”. La soberanía deja entonces de poder localizarse exclusivamente en quién tiene derecho a decidir y obliga a mirar quién posee aquello sin lo cual esa decisión difícilmente puede hacerse efectiva.

Una ontología puede registrar la soberanía popular y, al mismo tiempo, contener todas las relaciones materiales que limitan su ejercicio. Allí puede aparecer un Estado como titular de la jurisdicción sobre un territorio junto con empresas privadas que controlan infraestructuras indispensables para gobernarlo. También puede aparecer una población como fuente constitucional de autoridad junto con instituciones cuyos instrumentos para observarla y actuar sobre ella son producidos por organizaciones que esa población difícilmente controla. La representación no necesita resolver la contradicción, ya que es capaz de contener ambos lados y continuar operando.

La forma jurídica del poder puede separarse de la fuerza material que permite ejercerlo. Tras la caída del zar Nicolás II en 1917, Rusia quedó bajo un Gobierno Provisional que conservaba los órganos estatales, mientras el Soviet de Petrogrado de Diputados Obreros y Soldados descansaba directamente sobre trabajadores y soldados armados. Vladimir Lenin llamó poder dual a esa coexistencia porque la autoridad reconocida como gobierno y la capacidad material de imponer decisiones habían dejado de coincidir plenamente. Para él, aquella situación sólo podía ser transitoria, ya que la cuestión decisiva de toda revolución consistía precisamente en determinar dónde residía el poder estatal.

Hoy parte de la capacidad del Estado para actuar pasa por sistemas que organizan previamente la información sobre personas y sobre aquello que las rodea. Una policía que utiliza Palantir puede consultar en la ontología los datos asociados con una persona y actuar después según los permisos y las acciones definidos en el sistema. Un ejército puede hacer algo similar al vincular información sobre un objetivo con las operaciones disponibles para sus usuarios. Lenin habría seguido reconociendo el poder en quienes poseen los medios para ejecutar una decisión, aunque ahora entre esos agentes y el mundo interviene una infraestructura que ordena de antemano aquello que pueden ver y las posibilidades de acción que tienen a su alcance.

 

La soberanía atravesada

El 3 de enero, la superioridad militar estadounidense sobre Venezuela se volvió efectiva mediante una operación apoyada por infraestructuras tecnológicas capaces de organizar información de inteligencia y convertirla en decisiones operativas dentro del territorio de otro Estado. La soberanía venezolana seguía reconocida por el derecho internacional y sostenida por sus propias instituciones, pero la capacidad material para atravesarla estaba del lado de Estados Unidos. Si Maven Smart System participó en el secuestro de Nicolás Maduro, como se ha reportado, una plataforma privada de Palantir formó parte de los medios con los que Washington convirtió esa desigualdad previa en una alteración concreta de la soberanía venezolana.

Los meses transcurridos desde entonces dificultan interpretar la captura como una incursión aislada. El aparato venezolano continuó funcionando bajo Delcy Rodríguez, mientras Estados Unidos adquirió una influencia extraordinaria sobre la principal fuente económica del país. Los ingresos petroleros venezolanos permanecen bajo el control estadounidense mientras Washington negocia con Caracas acceso de largo plazo para compañías de Estados Unidos a por lo menos diecisiete campos petroleros. El gobierno estadounidense discute incluso fórmulas que podrían otorgarle participación directa en activos petroleros venezolanos.

Antes del 3 de enero, un sistema podía registrar dos hechos sobre Venezuela sin equivocarse. Caracas ejercía formalmente la soberanía sobre su territorio y Estados Unidos disponía de fuerzas capaces de entrar en él. Palantir diseña su ontología para reunir información de este tipo y conectarla con procesos operativos. En contextos militares, la compañía explica que el sistema puede integrar información sobre fuerzas desplegadas con procesos de reconocimiento y selección de objetivos. Sus acciones (Actions) permiten además que una decisión tomada a partir de esos datos quede registrada en la ontología o produzca cambios en sistemas externos.

En la fotocopia de Chiang, una representación alterada podía terminar modificando la casa si alguien construía a partir de ella. Palantir conserva ese mismo trayecto entre imagen y mundo, aunque elimina la necesidad de que exista un error. Una representación correcta también puede transformar aquello que representa cuando organiza información suficiente para decidir dónde actuar y esa decisión puede ejecutarse después sobre el mundo real.

 

Después del mundo

Wamani plantea el mismo problema en una situación donde la imagen tendría que sobrevivir al mundo que la produjo. Varsavsky imagina una guerra capaz de destruir buena parte de las instituciones actuales, pero supone que el rancho seguirá perteneciendo a quienes lo compraron antes de la catástrofe. La fotografía aérea conservaría el terreno y las construcciones. Un archivo podría conservar también los nombres de sus propietarios. Ninguna de esas representaciones garantizaría por sí misma que, después de la ruptura, otras personas siguieran reconociendo aquella relación de propiedad.

Carl Schmitt, jurista alemán que pensó la soberanía a partir del estado de excepción y que más tarde colaboró con el régimen nazi, sostuvo que ninguna norma puede aplicarse en el vacío, pues necesita una situación suficientemente normal para conservar su eficacia. La propiedad de Wamani puede estar definida mientras exista un Estado capaz de reconocer el título de Varsavsky y sus socios. Si la guerra imaginada en su novela destruyera ese orden, el documento podría sobrevivir y dejar de bastar. Para que las 32 000 hectáreas continuaran perteneciendo a las mismas personas, alguien tendría que conseguir que la relación inscrita antes de la catástrofe siguiera organizando quién puede ocupar la tierra después de ella. El JPEG del mundo anterior podría permanecer en un disco duro, pero su contenido sólo conservaría efectos si existe poder suficiente para reconstruir una parte del mundo según aquello que la imagen todavía afirma.

Desde el aire, Wamani podría conservar casi la misma forma después de la guerra imaginada por Varsavsky. La tierra seguiría allí y un archivo podría conservar incluso el nombre de quienes la compraron en 2023. La propiedad, sin embargo, sólo continuaría existiendo si alguien consiguiera hacer efectiva esa inscripción dentro del orden posterior. El JPEG puede sobrevivir al mundo que fotografió, pero necesita poder para reconstruir las relaciones que contiene.

Palantir ha comenzado a definir la soberanía en términos de control sobre la definición operacional desde la que una institución actúa. Para la compañía, una institución es soberana cuando conserva el control sobre la estructura desde la cual identifica lo que ocurre y determina qué acciones puede ejecutar. Su ontología convierte esa definición en software al conectar entidades del mundo real con relaciones y acciones que pueden modificar después los sistemas donde opera la institución. La soberanía empieza a medirse por el control de la arquitectura que convierte un territorio en una realidad legible y operable para quienes ejercen poder sobre él.

Las fronteras de la república de Palantir no coinciden con las de un Estado, porque se extienden allí donde una ontología organiza una porción del mundo y la convierte en una realidad sobre la que puede actuarse. Una policía entra en esa república cuando consulta una representación de una persona para decidir qué hacer con ella, y un ejército cuando utiliza información operacional para identificar un objetivo y ejecutar una decisión. Venezuela mostró hasta qué punto esa infraestructura puede integrarse en los medios con los que un Estado proyecta su poder dentro del territorio soberano de otro.

Chiang llamó JPEG borroso a una representación que conserva suficiente información para reconstruir algo parecido al original después de haber perdido una parte de él. Palantir convierte esa lógica en una arquitectura operacional, porque su ontología organiza una representación del mundo que queda conectada con decisiones capaces de producir efectos fuera del sistema. En la república de Palantir, la soberanía pertenece cada vez más a quien controla ese JPEG, porque desde esa imagen incompleta se define qué realidad puede conocer una institución y qué decisiones puede ejecutar sobre ella. En la república de Palantir, soberano es quien consigue convertir ese JPEG borroso en la versión operativa del mundo.