Tierra Adentro
Patio de ‘agitados’ del antiguo Manicomio de Santa Isabel. Grabado publicado por “La Ilustración Española y Americana”. Extraída de Wikimedia Commons.

 

Capítulo XII

Deambulando con lunáticos

 

 

Nunca olvidaré mi primer paseo. Una vez que todas las pacientes se habían puesto sus sombreros de paja blancos, a la usanza de los bañistas en Coney Island, no pude evitar reírme de su apariencia cómica. No podía ni siquiera distinguir a una mujer de otra. Perdí a la Srta. Neville y tuve que quitarme mi sombrero para buscarla. Cuando nos encontramos, volvimos a ponernos nuestros sombreros y nos reímos la una de la otra. Nos formamos en línea de dos en dos y salimos a la banqueta por una vía trasera, vigiladas de cerca por los cuidadores.

No habíamos avanzado gran cosa cuando vi, apareciendo por todos los caminos, filas enormes de mujeres vigiladas por enfermeras. ¡Estaban por doquier! A donde sea que mirara podía verlas marchando lentamente en sus extravagantes vestidos, cómicos sombreros de paja y chales. La vista de aquellas filas pasando una tras otra, me hizo estremecerme de horror. Unos ojos ausentes adornaban sus caras indescifrables, y sus lenguas proferían una maraña de sinsentido. Un grupo pasó a mi lado y tanto mi nariz como mis ojos, me confirmaron que estaban terriblemente sucios.

—¿Quiénes son? —pregunté a un paciente cerca de mí.

—Los consideran los más violentos de la isla —contestó—, son de la Cabaña, el primer edificio de los escalones altos —algunos estaban gritando, algunos maldiciendo y otros tantos cantando, rezando o predicando, según les diera la gana; y juntos, formaban el más miserable ejemplo de humanidad que jamás haya visto. Mientras su estrepitoso andar se disipaba a la distancia, llegó otro espectáculo que jamás olvidaré:

Una cuerda larga atada a unos grandes cinturones blancos que estaban asegurados a las cinturas de cincuenta y dos mujeres. Al final de la cuerda había una carreta pesada de hierro, y dentro de esta, dos mujeres; una cuidándose el pie herido y la otra gritando a la enfermera: “Me golpeas y nunca lo olvidaré. Lo que quieres es matarme” y luego se ponía a sollozar. Las mujeres “en la cuerda”, como las pacientes lo llaman, estaban ocupadas en sus extravagancias particulares. Algunas gritaban todo el tiempo. Una que tenía ojos azules me atrapó observándola, se dio la media vuelta y se desvió tan lejos como pudo, parloteando y sonriendo, con esa apariencia espeluznante y terrible estampada en su rostro. Los doctores bien podrían juzgar su caso sin temor a equivocarse. El horror de ese episodio para alguien que nunca había estado cerca de una persona loca antes, era algo verdaderamente indescriptible.

—¡Que Dios se apiade de ellas! —susurró la Srta. Neville— No soporto mirar algo tan espantoso.

Y así continuaron con su procesión, solo para ser reemplazadas por más filas de mujeres. ¿Se puede concebir una cosa semejante? Según uno de los médicos, hay unas mil seiscientas mujeres en la Isla de Blackwell.

¡Demencia! ¿Qué puede ser más terrible que esto? Mi corazón se llenó de lástima cuando ví a una mujer anciana de cabello canoso, hablándole al aire sin propósito alguno. Una mujer tenía puesta una camisa de fuerza y otras dos mujeres tenían que traerla a rastras. Lisiadas, ciegas, viejas, jóvenes, modestas y bonitas; una masa de humanidad informe y absurda. Ningún destino podría ser peor que este.

Miré los bellos prados, que en algún punto imaginé como un lugar de consuelo y descanso para las pobres criaturas confinadas a la Isla, y me reí de mi propia ingenuidad. ¿Qué tanto podrían disfrutar un lugar así? No se les permite pisar el césped; tan solo existe para observarlo. Vi a algunas pacientes emocionadas recogiendo con mucho cuidado una nuez u hoja colorida que había aterrizado en el camino. Pero no les permitían quedársela. Las enfermeras siempre las obligaban a tirar el único consuelo de Dios que les quedaba.

Mientras pasaba un pabellón pequeño, donde mantenían encerradas a un montón de lunáticas desamparadas, leí una consigna en la pared, “Mientras viva, tengo esperanza”. Lo absurdo de aquella situación me golpeó repentinamente. Me hubiera gustado colocar un letrero sobre las puertas de entrada al manicomio: “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”.

Durante la caminata me molestó la gran cantidad de enfermeras que habían oído mi historia romántica, llamando a los cuidadores a mi cargo para preguntarles quién era yo. Me señalaban constantemente.

No tardó en llegar la hora de la cena y tenía tanta hambre que sentí que podía comerme cualquier cosa. El mismo cuento viejo de esperar tres cuartos de hora en el pasillo se repitió antes de que nos sentáramos frente a nuestra cena. Los cuencos en los que tomamos el té ahora estaban llenos de sopa, y en otro plato había una papa hervida fría con un pedazo de res, que tras una inspección más minuciosa, resultó estar echado a perder. No había cuchillos ni tenedores y las pacientes se veían algo salvajes cuando tomaron la carne entre sus dedos y jalaron en dirección opuesta a sus dientes. Las que tenían pocos o ningún diente, no pudieron comer. Para la sopa solamente dieron una cucharada sopera y un pedazo de pan fue la última entrada. Nunca se permite acompañar a la cena con mantequilla, ni café o té. La Srta. Mayard no pudo comer y vi a muchas de las mujeres enfermizas rechazar su cena con repugnancia. Me estaba sintiendo muy débil por la falta de comida e intenté probar un poco de pan. Después de los primeros mordiscos, el hambre se despertó y pude comer todo excepto la corteza de mi rebanada.

El superintendente Dent atravesó la sala de estar, soltando un ocasional “¿Qué tal?” o “¿Cómo se siente el día de hoy?” por aquí y por allá entre las pacientes. Su voz estaba tan fría como el pasillo y las pacientes no hacían ni el más mínimo esfuerzo por contarle sus pesares. Les pedí a algunas que le contaran cómo sufrían de frío y poca ropa para abrigarse, pero me respondieron que las enfermeras las golpearían si decían algo.

Nunca había estado tan cansada como lo estuve sentada en esas bancas. Varias de las pacientes se sentaban sobre un pie o de lado para cambiar de posición, pero siempre las regañaban y les ordenaban sentarse derechas. Si platicaban, las regañaban y les ordenaban callarse; si querían caminar para estirar los músculos tiesos, les ordenaban sentarse y quedarse quietas. ¿Qué método, excepto la tortura, enloquecería a alguien más rápido que este tratamiento? Se supone que aquí se envían a las mujeres para curarse. Me gustaría que los médicos expertos que me condenan por mi acción (que ya de por sí prueba su incompetencia)  tomaran a una mujer perfectamente cuerda y sana, le callaran la boca y la hicieran sentarse de 6 a. m. a 8 p. m. en bancas de respaldo recto, no le permitieran hablar o moverse todas esas horas, no le dieran nada para leer ni le dijeran nada de lo que acontece en el mundo, le dieran mala comida y un tratamiento hostil, y ver cuánto tiempo tardan en sacarla de quicio. Dos meses son más que suficiente para destrozarla física y mentalmente .

Ya he descrito mi primer día en el asilo mental, y como los otros nueve días fueron exactamente lo mismo en términos generales, sería tedioso contar cada uno a detalle. Al soltar esta historia, seguramente recibiré muchos reclamos y negaciones por parte de quienes quedaron expuestos. Yo simplemente cuento, en palabras comunes y sin exageraciones, sobre mi vida en un manicomio por diez días. Las comidas fueron una de las peores experiencias. A excepción de los primeros dos días después de mi ingreso, no había nada de sal para la comida. Las mujeres hambrientas, algunas incluso al grado de inanición, hicieron un esfuerzo por comer esa porquería que las enfermeras llamaban almuerzo. Le pusieron mostaza y vinagre a la carne y la sopa para darles sazón, pero solo lograron acentuaban su horrible sabor. Sin embargo, el hambre era tal que consumieron aquel platillo a lo largo de dos días, y después, las pacientes se vieron forzadas a tratar de engullir pescado fresco tan solo cocido en agua, sin sal, pimienta o mantequilla; carne de borrego, res y papas sin una pizca de condimentos. Las más locas se negaban a tragar la comida y las amenazaban con castigos. En varias de nuestras caminatas cortas, pasamos cerca de la cocina donde preparaban la comida para las enfermeras y los doctores. Allí vislumbramos melones y uvas y todo tipo de frutas, bello pan blanco y buenos cortes de carne; ante esta aparición, la sensación de hambre incrementaba diez veces más. Hablé con algunos de los médicos, pero no tuvo efecto alguno, cuando salí de ahí la comida aún estaba desabrida.

Mi corazón sufría de ver a las pacientes enfermas, enfermarse más en la mesa. Vi a la Srta. Tillie Mayard tan abrumada por un bocado rancio que tuvo que salir corriendo del comedor y recibió una buena regañada. Cuando las pacientes se quejaban de la comida, les decían que se callaran; que no recibirían tan buena comida en sus casas y que era un desperdicio dársela a personas mantenidas por la caridad.

Una chica alemana, Louise (olvidé su apellido) no había comido por varios días y finalmente, una mañana desapareció. Me enteré por las pláticas de las enfermeras que sufría de una fiebre muy grave. ¡Aquella pobre chica! Me dijo que había rezado sin cesar por una muerte rápida. Vi a las enfermeras ordenar a una paciente llevar al cuarto de Louise toda la comida que las pacientes sanas rechazaban. ¡Imagínense semejante atrocidad para tratar a alguien con fiebre! Por supuesto, la declinó. Luego vi a una enfermera, la Srta. McCarten, ir a tomar su temperatura y regresó reportando que estaba alrededor de los 66 grados. Me reí al oír su reporte y la Srta Grupe, al darse cuenta, me preguntó qué tan alta había llegado mi temperatura. Me rehusé a contestar. Entonces la Srta. Grady decidió probar su suerte. Regresó con un reporte de 37 grados.

La Srta. Tillie Mayard sufrió más que ninguna de nosotras por el frío, y aun así, intentó hacer caso a mi consejo de mantenerse positiva y tratar de aguantar la situación un tiempo más. El superintendente Dent trajo un hombre a verme. Tomó mi pulso, tocó mi frente y examinó mi lengua. Les dije que hacía mucho frío y que no necesitaba supervisión médica, pero que la Srta. Mayard sí, y que deberían de prestarle más atención. No me respondieron y me alegró ver a la Srta. Mayard dejar su lugar y acercarse a ellos. Les dijo a los doctores que estaba enferma, pero no le prestaron atención. Las enfermeras vinieron a arrastrarla de vuelta a la banca y después de que los doctores se fueron le dijeron “Después de un rato, cuando te des cuenta que los doctores no te harán caso, dejarás de molestarlos”. Antes de que los doctores se fueran, oí a uno de ellos decir (no recuerdo sus palabras exactas) que mi pulso y mis ojos no eran los de una chica loca, pero el superintendente Dent le aseguró que en casos como el mío tales pruebas no eran confiables. Después de verme un momento, dijo que tenía la cara más brillante que jamás hubiera visto en un lunático. Las enfermeras traían puestas varias capas de ropa térmica y abrigos, pero se negaron a darnos chales.

Casi toda la noche escuché a una mujer llorar por el frío y orar a Dios para que la dejara morir. Otra gritaba frecuentemente “¡Asesinato!” y luego “¡Policía!” a otras hasta que se me puso la piel de gallina.

La segunda mañana, después de que habíamos asumido nuestro “puesto” del día, dos de las enfermeras auxiliadas por algunos pacientes, trajeron a la mujer que había implorado a Dios que la llevara a casa la noche anterior. No me sorprendió su rezo. Aparentaba fácilmente unos setenta años y estaba ciega. Aunque los pasillos estaban helando, la mujer no estaba más abrigada que el resto de nosotras, que de por sí no era mucho. Cuando la trajeron a la sala de estar y la colocaron en la banca dura, clamó:

—Oh, ¿qué están haciendo conmigo? Tengo frío, mucho frío. ¿Por qué no puedo quedarme en la cama o por lo menos tener un chal?

Entonces se levantaba y tanteaba sus alrededores para salir del cuarto. Algunas veces los asistentes la empujaban de vuelta a la banca, y de nuevo la dejaban caminar para reírse cruelmente cuando se golpeaba con la mesa o el borde de las bancas. En una ocasión, dijo que los zapatos pesados que les daba la caridad lastimaban sus pies, así que se los quitó. Las enfermeras hicieron que dos pacientes se los volvieran a poner y cuando lo repitió varias veces, y batalló por quedarse descalza, conté a siete personas a la vez tratando de ponerle los zapatos. Luego la mujer anciana trató de recostarse en la banca, pero la volvieron a incorporar. El sonido de sus lamentos era tan penoso de escuchar:

—¡Oh, denme una almohada y unas cobijas, tengo mucho frío!

Tras esto, vi a la Srta. Grupe sentarse sobre ella y recorrer con sus manos frías la cara de la anciana y el interior del cuello de su vestido. Se rió salvajemente ante los lloriqueos de la anciana, así como también lo hicieron las otras enfermeras, y repitió su cruel burla. Ese día movieron a la anciana a otro pabellón.

 

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Fotografía cortesía de la autora
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