Hubiese sido sencillo detener la descomunal puerta giratoria del banco en el momento preciso: machucarse una mano en el incesante torbellino de cristales limpísimos y primarios, atizar la prisa y, en un chispazo de feliz suerte de ésos que pasan a los libros como un pilar de proporciones faraónicas, cambiar el flujo del mundo.