Hablar de violencia es referirnos al terreno que pisamos quizás todos los días, describir una forma de vida que heredamos y que responde acaso a las condiciones sociales de este tiempo.
Desde ya hace un tiempo las opciones para estudiar y profesionalizarse en materia de teatro comenzaron a ampliarse, escuelas como la Universidad Anáhuac abrió la carrera en Actuación, sin olvidar las materias de Dramaturgia impartidas tanto en la SOGEM como en la Escuela Activa de Escritores y, por último, también podemos encontrar la serie de talleres que proliferaron en la Ciudad de México, impartidos por gente de prestigio y renombre.
Escribí este epílogo para la tercera edición de mi libro de poemas que aparecerá próximamente en edición limitada publicada en coedición por Indetil, Ameicah y Eternos malabares.
“Ruda, brutal, coqueta, irónica, terrible…”, así comienza el texto de la crítica en danza Anna Kisselgoff (The New York Times, 1987) refiriéndose a la pieza What The Body Does Not Remember (Lo que el cuerpo no recuerda), con la cual debutó la recién creada compañía belga Última Vez del coreógrafo, director, actor y fotógrafo Wim Vandekeybus.
A veces no basta con que una cantante tenga una voz excelente; en ocasiones no es suficiente que aquella posea una técnica solvente ―lo que se gana con lecciones―, uno, como espectador, lo que desea es encontrar sobre un escenario a una mujer que interprete sus canciones como si le fuera la vida en ello, que sobre la tarima consiga cantar con absoluta verdad en ese preciso instante.
“Pasatono era nuestro paliativo emocional para aguantar la ciudad que veíamos como un monstruo”, dice Rubén Luengas en una entrevista refiriéndose al inicio de esta agrupación en el Distrito Federal.