El pueblo yorùbá y la influencia de su cultura en América
La presencia del pueblo yorùbá en América, especialmente en Brasil y Cuba, es un capítulo significativo en la historia de la diáspora africana, que ha moldeado profundamente los paisajes culturales, religiosos y económicos del continente. Este artículo explora el viaje histórico, el impacto cultural y las contribuciones económicas del pueblo yorùbá en esas dos naciones, junto con una mirada a su presencia contemporánea. Pero, primero conozcamos el origen del pueblo yorùbá; no será una tarea fácil puesto que existen diversas teorías.
Los yorùbá son uno de los grupos étnicos africanos cuyo patrimonio cultural e identidad son reconocidos mundialmente. Desafortunadamente, no existía ninguna historia escrita de los yorùbá hasta hace poco; los datos disponibles se remontan hasta el final del siglo XVIII o principios del siglo XIX. Aunque existen varias especulaciones y teorías propuestas por diferentes escritores, nadie ha logrado identificar con exactitud la localidad donde se originó el pueblo yorùbá.
Entre las diversas teorías sobre el origen del pueblo yorùbá, cuatro son las más destacadas, desde mi punto de vista.
La teoría de La Meca (sultán Mohammad Bello)
A principios del siglo XIX, el Sultán Mohammad Bello del Califato de Sokoto —un imperio islámico en el norte de la actual Nigeria— registró una versión en su obra Infaq al-Maysur. Esta teoría plantea que los yorùbás eran descendientes de la tribu de Nimrod —asociada con la región de Mesopotamia o Arabia/La Meca— y que eran de filiación cananea.
Según la crónica de Bello:
Los yorùbás fueron expulsados de La Meca debido a su negativa a abandonar el politeísmo y adoptar el islam primitivo o tras conflictos políticos internos con otras facciones árabes. Liderados por un príncipe (a quien cronistas posteriores como el reverendo Samuel Johnson identificarían como Odùduwá), migraron a través del Sudán hasta asentarse en el bosque tropical de Nigeria.
Esta teoría refleja el contexto del siglo XIX en el norte de Nigeria, cuando los gobernantes islámicos buscaban conectar las genealogías de los pueblos vecinos con el entorno del Medio Oriente para integrarlos en una narrativa histórica global conocida por el islam.
Además, según los datos disponibles, Mohammad Bello fue el sultán responsable de declarar entre 1817-1837 la yihad a los reinos yoruba aledaños a su imperio. Este conflicto bélico ayudó a la caída del antiguo reino yoruba de Òyọ́, que floreció entre 1350-1835 y desarrolló el primer sistema político de separación ̣ de poder, con Ọ̀yọ́mẹsì como el ejecutivo y Ògbóni como el parlamento.
Samuel Johnson
Otra explicación de los orígenes yorùbá fue la del antropólogo Samuel Johnson, quien recopiló varias historias tradicionales en Oyó. Según sus fuentes, Odùduwà es el hijo del rey Lamurudu de La Meca. Acusado de idolatría, fue expulsado por defensores musulmanes y en el destierro caminó durante noventa días hacia el este hasta llegar y fundar Ilé–Ifẹ̀. Aunque se obvia un detalle fundamental, y es que Ifẹ̀ queda al oeste de La Meca. Además, con los medios disponibles en aquellos tiempos era prácticamente imposible realizar el viaje en noventa días. Johnson es el único autor que recopiló dicha leyenda entre los yorùbá.
Origen mitológico
En lengua yorùbá, el mito Ìtàn àtẹnudẹnu es una historia oral contada del padre al hijo, de boca a boca, y narra cómo Dios descolgó con una cadena, desde el cielo hasta Ilé-Ifẹ̀, a Odùduwà, un gallo, un trozo de tierra y una semilla en la palma de la mano.
La tierra cayó en el agua, pero el gallo la rescató para convertirla en el territorio yorùbá y de la semilla creció un árbol con dieciséis ramas que representan el origen de los dieciséis reinos. Existe otra teoría parecida, pero más elaborada, en la cual se habla de los principios de los tiempos, cuando los òrìṣà residían en el cielo y debajo de él sólo existía el agua.
Olódùmarè le dio a Òrìṣànlá (Ọ̀bàtálá) una cadena, un poco de tierra dentro de un caracol babosa, una gallina de cinco dedos y la instrucción para crear la tierra. Pero cuando Ọ̀bàtálá llegó a la puerta del cielo, se entretuvo en una gran fiesta organizada por los otros Òrìṣà. Al ver a Òrìṣànlá, lo invitaron y le ofrecieron un poco de vino de palma para beber, a lo cual Òrìṣànlá no mostró la menor resistencia. Òrìṣànlá bebió tanto que se quedó dormido. Al ver esto su hermano menor, Odùduwà, quien había escuchado el mandato de Olódùmarè, recogió los ingredientes que tenía Òrìṣànlá y trajo un camaleón a los límites del cielo y la tierra.
En ese lugar, Odùduwà bajó por la cadena y depositó la tierra encima del agua y a la gallina para que la esparciera. Inmediatamente, la gallina dispersó la tierra en todas las direcciones. Una vez hubo bastante tierra, Odùduwà depositó al camaleón para probar su firmeza. Al ver que el camaleón pisaba firmemente, Odùduwà bajó de la cadena pisando su nueva creación: Ilé–Ifẹ̀, lugar donde reside su santísimo altar. Al despertar Òrìṣànlá, se dio cuenta de que su trabajo fue completado. Viendo esto, se convirtió en tabú el beber vino de palma para todos los devotos de Òrìṣànlá. No obstante, Òrìṣànlá bajó a la tierra para reclamar su encomienda. Al ser el mayor, Òrìṣànlá entendió que era dueño de la nueva tierra, ya que había sido autorizado por Olódùmarè para llevar a cabo dicha gesta. Odùduwà insistió en que eso no era cierto, ya que la tierra le pertenecía debido a que él fue quien hizo todo el trabajo. Como ambos òrìṣà no llegaron a un acuerdo, presentaron su disputa ante Ọlọ́run. ̣
Ọlọ́run decidió que la pelea debía terminar y decretó, en primer lugar, que ̣ Odùduwà era el dueño-rey de la tierra y se convirtió en el primer rey de Ifẹ̀ y, en segundo, otorgó la potestad de moldear los cuerpos de los seres humanos a Ọ̀bàtálá. Así, Ọ̀bàtálá se convirtió en el creador de la humanidad.
La conexión egipcia y las excavaciones de Ilé-Ifẹ̀
La hipótesis de que los yorùbás migraron desde el Antiguo Egipto cobró mucha fuerza en el siglo XX, popularizada por investigadores como el Dr. Lucas y Cheikh Anta Diop. Se basa en paralelismos lingüísticos (palabras con raíces similares para conceptos religiosos) y similitudes en panteones de deidades y prácticas de entierro monárquicas. Sin embargo, el peso científico definitivo de esta conexión se disputa en la arqueología de Ilé-Ifẹ̀.
El hallazgo. En 1910, el antropólogo alemán Leo Frobenius desenterró en Ifẹ̀ esculturas de bronce (latón) y terracota con un realismo tan asombroso que él mismo, preso de los prejuicios racistas de la época, afirmó erróneamente que debían ser obras de la “Atlántida perdida” o de colonos griegos.
La realidad arqueológica. Excavaciones posteriores demostraron que estas piezas datan de entre los siglos XI y XV d. C. y fueron fundidas de forma puramente local mediante la técnica de la cera perdida.
El vínculo difusionista. Si bien la técnica del bronce demuestra un desarrollo urbano nativo hiperavanzado, algunos historiadores sostienen que el uso de cuentas de vidrio, la metalurgia avanzada y ciertos patrones geométricos en los pavimentos de vasijas de Ifẹ̀ muestran rutas comerciales e influencias culturales de largo alcance que conectaban el valle del Nilo y el Chad con la cuenca del Níger desde el primer milenio a. C.
La huella yorùbá en América
Durante el tráfico trasatlántico de esclavos —especialmente a finales del siglo XVIII y el siglo XIX, coincidiendo con la caída del Imperio de Ọ̀yọ́—, cientos de miles de yorùbás (llamados lucumís en el Caribe o nagôs en Brasil) fueron llevados a América. Su cultura no sólo sobrevivió, sino que se fusionó culturalmente los territorios de llegada. Los tres campos principales de influencia fueron la religión, la música y la gastronomía.
El fenómeno del sincretismo y la transculturación
Para preservar sus deidades en regímenes coloniales católicos que prohibían su religión, los yorùbás camuflaron a sus òrìṣàs bajo la iconografía de los santos católicos.
El panteón yorùbá en realidad cuenta con algo más de cuatrocientas divinidades llamadas òrìṣàs. Se cree popularmente que son cuatrocientos uno. Estas deidades representan las fuerzas de la naturaleza y fueron enviadas por el dios supremo Olódùmarè para guiar a la humanidad y asegurar la estabilidad del universo. Necesitaríamos cientos de páginas para contar cada uno de ellos. De todas maneras, hablaré de algunos comenzado con Ọbàtálá/Òrìṣànlá.
Ọbàtálá/Òrìṣànlá se fusiona con La Virgen de las Mercedes y Èṣù/Eleguá, con El Santo Niño de Atocha/San Antonio. También conocido como Ẹlẹ́gbara, Èṣù es una de las deidades más importantes en la religión yorùbá y sus tradiciones derivadas, como la santería y el candomblé. Es el mensajero divino y guardián de los caminos y las encrucijadas, encargado de mantener el equilibrio cósmico y hacer cumplir las leyes naturales y divinas.
A menudo se le malinterpreta como una figura puramente malévola, pero en la filosofía yorùbá representa la dualidad, la dialéctica y el azar. No simboliza el mal, sino las pruebas, el dinamismo del universo y la unidad de los opuestos. Para lograr cualquier cosa en la vida, desde abrir un camino hasta resolver un conflicto, es fundamental contar primero con su favor.
En su iconografía, normalmente se le asocia con los colores rojo y negro. Como intermediario entre la humanidad y las demás deidades (òrìṣàs), es el responsable de llevar las ofrendas y las oraciones al creador (Olódùmarè). Se le considera el repartidor de justicia.
Ògún, dios del hierro sincretizado con San Pedro/San Jorge, es una de las deidades principales de la mitología yorùbá, venerado como el òrìṣà del hierro, la guerra, la caza y la metalurgia. Es considerado el padre de la civilización y el òrìṣà que abre los caminos.
Ṣàngó/Shàgó, sincretizada con Santa Bárbara, también conocido como Changó es una de las deidades más poderosas y veneradas en la religión yorùbá. Es el òrìṣà del trueno, el relámpago, el fuego, la justicia y la virilidad. En la mitología yorùbá, fue un rey histórico del antiguo Imperio de Ọ̀yọ́.
Yemọja/Yemayá, amalgamada con La Virgen de Regla, es una deidad suprema y òrìṣà de la religión yorùbá. Su nombre se traduce literalmente como “madre cuyos hijos son como peces”, y representa la maternidad y su dominio sobre todas las aguas.
Ọ̀ṣùn/Ọ̀shun, sincretizada con la Virgen de la Caridad del Cobre —en la santería afrocubana, patrona de Cuba—, es una de las deidades principales en la religión yoruba. Rige sobre las aguas dulces, el amor, la fertilidad, la belleza y la prosperidad, y se le asocia con los ríos, manantiales y la dulzura de la vida. Es símbolo de la feminidad y el poder creador. El Santuario de Ọ̀ṣùn, conocido como El Bosque Sagrado, se encuentra en la reserva natural de Osogbo y es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Ọya, fusionada con Santa Bárbara en Brasil, y con la Virgen de Candelaria o Santa Teresa de Ávila en Cuba, es una de las deidades más poderosas del panteón yorùbá. Reina sobre los vientos, los relámpagos y las tempestades, y se le considera la guardiana de las puertas de los cementerios, sirviendo de puente con el mundo de los ancestros.
Influencia gastronómica
Àkàrà tiene sus raíces en la cultura del pueblo yorùbá de África Occidental, particularmente en Nigeria. Su nombre proviene de la lengua yorùbá àkàrà que significa “bola de fuego” y, en su versión brasileña, se le añadió el sufijo jé, “comer”, por lo que se traduce literalmente como “comer bola de fuego”. En su formato original, se prepara remojando y pelando los frijoles carilla —o frijoles de ojo negro— para luego triturarlos con cebolla y especias, formando una masa que se fríe en forma de bola en aceite de palma. En países como Nigeria, Ghana o Benín, es un desayuno básico o un popular alimento callejero que se consume solo o con salsa picante.
Durante el periodo de la trata transatlántica de esclavos, los yorùbás y otros pueblos de África Occidental llevaron esta receta tradicional al noreste de Brasil, estableciéndose profundamente en el estado de Bahía. Allí, el plato se transformó en el acarajé. En Brasil, el àkàrà adquirió un fuerte significado religioso y espiritual, convirtiéndose en comida sagrada para los òrìṣàs del candomblé —especialmente para Iansã y Xangô—. La preparación y venta tradicional de este plato pasó a manos de las célebres baianas do acarajé, mujeres afrodescendientes vestidas con trajes tradicionales blancos que fríen y venden el producto en las calles.
Influencia musical
La influencia de la música yorùbá en América Latina es profunda y fundamental, especialmente en países como Cuba y Brasil. Traída a través del comercio de esclavos, esta tradición africana se fusionó con ritmos europeos para dar origen a géneros globales como la salsa, la timba, la rumba y la samba. La música yorùbá es el pilar de religiones afroamericanas como la santería cubana y el candomblé brasileño. Los cantos sagrados honran a los òrìṣàs y utilizan la estructura musical de llamado y respuesta. Uno de los instrumentos principales es el bàtá.
Influencia de la lengua yorùbá
La lengua yorùbá se consolidó como una de las lenguas africanas más importantes en el continente, especialmente en Cuba y Brasil, donde su vocabulario se conserva fuertemente en la religión y en la tradición oral.
El yorùbá es una lengua de tipo tonal, lo que significa que el tono o la entonación al pronunciar una sílaba cambia el significado de la palabra. En el contexto latinoamericano, la lengua ha evolucionado hacia un dialecto ritual conocido en muchos casos como lucumí (en Cuba) o nagô (en Brasil), utilizado principalmente para ceremonias religiosas, cantos y adivinación.
Mundialmente, es hablada por más de ochenta millones de personas, distribuidas principalmente por el sudeste de Nigeria, donde es la lengua materna de más de la mitad de la población. Además de Nigeria, gran parte de la población de las repúblicas de Benín y Togo consideran el yorùbá como lengua nativa. La primera novela publicada íntegramente en lengua yorùbá en 1938 fue Ògbójú Ọdẹ nínú igbó Irúnmọlẹ`, de D. O. Fágúnwà.
Influencia por Países
Cuba. es el epicentro de la regla de Ocha —popularmente llamada santería—. La retención lingüística es monumental: el lucumí se utiliza hoy en día como lengua litúrgica viva en los cantos, rezos y adivinaciones (sistema de caracoles y los tratados de Ifá a través de los Babalawos).
Brasil (especialmente en Bahía): dio forma al Candomblé Ketu. Aquí, la pureza de los rituales yorùbás se mantuvo con una fidelidad asombrosa. Las fiestas a Iemanjá en las playas brasileñas son eventos masivos nacionales. Elementos gastronómicos como el acarajé son patrimonio del país.
Venezuela: la influencia yorùbá se integró tanto en la santería cubana importada a mediados del siglo XX como dentro del culto sincrético a María Lionza, donde las “cortes” espirituales conviven con las potencias africanas.
Colombia: aunque la influencia bantú (Congo) es muy fuerte en el pacífico, la tradición yorùbá y lucumí ha experimentado una fuerte revitalización en las últimas décadas en áreas urbanas como Cali, Bogotá y el Caribe, adoptando las estructuras religiosas de Cuba y Nigeria.
Puerto Rico: con una historia de plantaciones similar a la de Cuba, la influencia yorùbá se manifiesta con fuerza en la música tradicional (como los ritmos de la bomba, que contienen patrones rítmicos sagrados) y una presencia muy arraigada de la santería en el tejido social.
Uruguay: en Uruguay el culto a los òrìṣàs (deidades yorùbás como Yemayá, Ṣàngóó y Ọbàtalá) se mantiene muy presente. Un claro ejemplo es la celebración anual a Yemọja (Yemayá) cada 2 de febrero, que congrega a decenas de miles de personas en las playas del Río de la Plata, como la Playa Ramírez en Montevideo, que tuve la oportunidad de asistir el pasado año.
La cultura yorùbá demostró una plasticidad única: en lugar de romperse bajo el peso de la esclavitud, se adaptó y reinventó las expresiones musicales, culinarias, lingüísticas y filosóficas de todo el continente americano.
La pregunta es ¿cómo la religión yorùbá logró sobrevivir y perseverar la esencia de la cultura yorùbá en tierras tan lejanas a pesar de todas las dificultades y los obstáculos? La respuesta es sencilla, la resistencia y la perseverancia, los yorùbás nunca renunciamos a nuestros orígenes.
Podemos abrazar otra cultura, otra religión, pero nunca abandonamos la nuestra. Cabe destacar que la esencia de la religión yorùbá es la tolerancia y el respeto mutuo. Por eso tenemos cuatrocientos un dioses conviviendo sin conflictos entre ellos, mientras en otras religiones se están matando el uno al otro para defenderse. Bajo ningún caso un adepto de Ṣàngó insultará o agredirá a un adepto de Èṣù o Ọbàtálá. Esa tolerancia permite que haya convivencia pacífica entre gente de distintas creencias.
Mi recomendación para los que visitan Nigeria por primera vez, es imprescindible la visita al Museo Yorùbá en Lagos, además del Santuario de Ọ̀sun en Osogbo y Ilé-Ifẹ̀, ambos en el estado de Ọ̀sun.




