El país que se alzó de rodillas
Mi bisabuelo no encajó en ninguno de los bandos que se formaron cuando comenzó la Guerra Cristera. Se llamaba Antonio Conchas Villalpando, acababa de cumplir treinta y un años en 1926, y era tan alto y tan rubio, de ojos tan azules y mejillas tan chapeteadas que representaba bien el fenotipo de la tierra roja de los Altos de Jalisco que vio nacer a casi toda mi familia.
Era católico. Precisión de sobra cuando hablamos de alteños, pero sirva para narrar la historia que sigue. Era un católico de los que creen con la misma seriedad y la misma alegría de quienes se saben vivos por una causa que los sobrepasa. La suya era una fe sin aspavientos, honda y callada, del tipo que no necesita demostrarse con palabras ni con fusiles. Por eso, cuando el episcopado mexicano ordenó cerrar los templos en protesta contra las Leyes Calles y el país entero pareció partirse en dos —quienes estaban con el gobierno y quienes se alzaron defendiendo al Cristo Rey—, mi bisabuelo se halló en un lugar extraño y peligroso: en medio.
No simpatizaba con los federales, que veían en cualquier católico declarado un enemigo potencial del Estado. Pero tampoco comulgaba con los cristeros, y no por tibio ni cobarde, sino por evangélica convicción: le parecía una contradicción irresoluble tomar las armas en nombre de un Rey cuyo reino, según su propio testimonio, no era de este mundo, y que reprendió a Pedro cuando intentó defenderlo con la espada. En aquella guerra de paradojas, la postura de mi bisabuelo era la más solitaria de todas. Creía demasiado para siquiera atreverse a mirar un arma.
Pero el hambre no da tregua en tiempos de guerra. Dos veces por semana recorría el camino polvoriento que iba de la ranchería de Las Cruces, en el municipio de Jesús María, al mercado de Arandas. Cargaba su carreta con costales de frijol, de maíz y de haba; a veces, quesos envueltos en tela y cajeta, y según la temporada, con duraznos y capulines que mi bisabuela lavaba la víspera. Era un trayecto que conocía de memoria, con su única subida y bajada, con sus piedras y sus mezquites y sus encinos; un trayecto, sin embargo, que de un día a otro se convirtió en un corredor de espantos.
A la par de la carretera corrían los postes del telégrafo, y de esos postes, por temporadas, colgaban los cuerpos de amigos y vecinos en un vaivén que acaso invocaba a los zopilotes para terminar con el espectáculo. Colgaban como advertencia y escarmiento, con la firma del Estado o de la Cristiada en aquella tierra que se resistía a enlistarse en alguno de los bandos. Mi bisabuelo los reconocía a veces por la ropa, a veces por el tamaño, a veces porque el viento los giraba y alcanzaba a ver sus rostros. Paraba frente a ellos con un responso en los labios. A veces dejaba debajo de los cuerpos, entre las piedras de los tecorrales, pequeños escapularios entre ofrendas de floripondios, mirtos y nomeolvides.
Su casa en el rancho había dejado de ser casa para volverse iglesia. Cuando, por indicación de los obispos —o mejor dicho, por la imposición de un minúsculo grupo de jerarcas azuzado por una camarilla de jesuitas—, la parroquia de Jesús María cerró sus puertas al igual que todos los templos del país, mi bisabuelo, para no privar de los sacramentos a los vecinos de la ranchería, hizo de su portal la nave de un templo. No hizo falta mucho: la mesa desvencijada se vistió con los tres manteles reglamentarios de lino blanco y se colocó sobre ella el altar portátil, las sacras, los candeleros y una imagen de la Guadalupana pintada sobre hojalata, que hacía las veces de ábside bajo dos gruesas cortinas sobre el atril que era una caja de madera. Una lámpara votiva colgaba del techo de vigas con su lengua de luz temblorosa, señalando la Presencia Real todos los domingos de la persecución. Sus vecinos llegaban en silencio a la alborada, con el paso cauteloso de quienes acudían a un acto clandestino presidido por un cura que delinquía desde el gallinero.
Un día llegó la noticia de que los cristeros buscaban al prófugo porque lo querían con un rifle en la mano, incorporado a la causa de Cristo Rey con la misma lógica con que se incorpora a cualquier hombre a cualquier guerra. El párroco de Jesús María, que era de quienes creían que el quinto mandamiento no admitía excepciones, no tenía intenciones de enlistarse; pero los cristeros tampoco tenían intenciones de permitir semejante desaire. Mi bisabuelo los conocía bien. Sabía de su fervor, de su afición religiosa a deshacerse de cuantos pusieran en juicio su cruzada ideológica; que la iconoclastia no es patrimonio exclusivo de ningún bando, así que hizo lo único razonable que podía en aquellas circunstancias: liberar a las pocas gallinas que les proveían de alimento diario y esconder en ese mismo gallinero al buen cura y a mi bisabuela, que frisaba los veintiocho años.
La horda cristera llegó poco después del mediodía, anunciándose a lo lejos con el ruido de los cascos y la polvareda de un centenar de jinetes bajo las órdenes del cura José Reyes Vega, sedientos de hacer justicia al Señor que servían. Mi bisabuelo los seguía con la mirada, empuñando como única arma su rosario. Se detuvieron en el portal. Dijeron que necesitaban dinero, animales y provisiones porque iban a sitiar Arandas. Les dijo que nada tenía.
Todo un día vandalizaron cuanto pudieron: vaciaron del granero el frijol y el maíz que mis bisabuelos tenían reservado para el invierno, los quesos y las cajetas y las conservas que habrían de proporcionarles los exiguos ingresos que la temporada les permitía. Los cristeros bebieron como se bebe cuando se va a la guerra, que es siempre demasiado. Rezaron también, que eso hay que decirlo: entre trago y trago, entre bocado y bocado, alguno se persignaba, alguno invocaba a Cristo Rey con la misma boca con que mentaba madres y maldecía a los católicos maricones que no defendían su fe como los hombres. Mi bisabuelo no despegó nunca la mirada del gallinero, aterrado por las noticias que supo de cuanto hicieron los cristeros con las hijas y las esposas de otros vecinos que, a diferencia de él, no tenían ni maíz ni frijol ni cajetas ni conservas con que calmar la ira divina. Los sublevados deshicieron cuanto encontraron de valor y cuanto encontraron sin él, porque el vandalismo no distingue: volcaron muebles, reventaron costales, abrieron cajones para descubrirlos vacíos; alguien encontró unas pocas herramientas y decidió que eran botín de guerra. Alguien más entró al establo y descubrió el único caballo que contenía, de un precioso negro azabache, agazapado en su oscuridad, ajeno a trifulcas teológicas y políticas, regalo de bodas de mi tatarabuelo. Lo sacaron, lo montaron, se lo llevaron entre rechiflas y risotadas. Era lo único de verdadero valor que mi bisabuelo poseía, lo último que le quedaba por perder.
O al menos eso creían. Porque él miraba todo aquello con unos ojos que no eran los ojos con que se miran estas cosas. No es que no le doliera, no es que no supiera lo que perdía, es que allende el dolor y la desesperación había algo que funcionaba como distancia, y es que mi bisabuelo miraba todo con los ojos de la fe. Y antes de que se le recrimine que la fe no es sino consuelo fácil y anestesia de incautos, lo cierto es que una fe como la suya suele manifestarse con una mirada en perspectiva: una manera de ver según la cual las cosas materiales ocupan exactamente el lugar que les corresponde, que es un lugar importante pero no el último. Todo lo perdido era real y había que reponerlo o lamentarlo o simplemente aceptarlo con cristiana resignación. Pero en el orden de las cosas que mi bisabuelo consideraba de veras suyas, la comida y el caballo no figuraban. Figuraban otras: mi bisabuela, su amigo cura, su propia conciencia. Eso nadie se lo había tocado.
La misma casa que había sido iglesia fue entonces cantina. Desmantelado el altar, retirados los corporales y las sacras y el misal, arrinconada la lámpara votiva, sólo quedó en pie lo que nadie se atrevió a tocar: la Señora del Tepeyac. Era una imagen paupérrima, de óleo pintado sobre hojalata, que lo contemplaba todo con acostumbrada paciencia, que la Virgen ha visto cosas peores y seguirá viendo. Miraba desde la única pared de adobe que los cristeros no se atrevieron a orinar, milagrosamente respetada en medio del desastre, como si incluso en la borrachera algo en ellos reconociera, confuso y avergonzado, que la madre de su Cristo Rey desaprobaba sus desmanes. Hoy la miro yo desde un librero de mi biblioteca, y de cuándo en cuándo me pregunto cuánto vio, cuántos rezos absorbió, cuánto miedo y cuánta fe caben en algo tan pequeño y tan viejo.
Mi bisabuelo no soltó el rosario. Lo apretó esa noche y la siguiente con terquedad silenciosa, los labios moviéndose apenas, murmullo que era casi respiración, respiración que era casi rezo. Los cristeros lo miraban rezando con un convencimiento que ninguno de ellos podía disputarle. Quizá fue eso lo que les impidió matarlo. O quizá fueron las oraciones de mi bisabuela, escondida bajo un armatoste del gallinero, rezando también ella desde su hediondo escondrijo, dos rezos que se encontraban en algún punto entre la lámina de la pared sin orinar y el cielo. Hay momentos en que la fe salva simplemente porque tiene la obstinada elocuencia de un cuerpo arrodillado que se niega a levantarse, y eso, incluso para los enemigos íntimos de la fe, resulta difícil de ignorar y más difícil todavía de matar.
Al otro día, apenas se marcharon los cristeros hacia Arandas con tan exiguo botín, mi bisabuelo sacó a los suyos de su escondite. La mirada azul se detuvo en su esposa un momento antes de decir, o de pensar, o simplemente de saber que seguía siendo, en lo esencial, un hombre completo.
Recontar esa historia cuesta menos de lo que costó vivirla. La Cristiada está llena de mártires y de héroes, de villanos y de víctimas, de nombres que el episcopado elevó a los altares y el gobierno labró en monumentos. Pero también está llena, en sus márgenes, de creyentes que, como mi bisabuelo, decidieron no ser ni lo uno ni lo otro, y que encontraron su dignidad precisamente en esa imposibilidad. Lo suyo no fue la gloria del combate ni el martirio del fusilamiento. Lo suyo fue más difícil y más oscuro, fue la evangélica medianía en la que se mantuvo, en medio de un país que se alzó de rodillas.




