Tierra Adentro
Fotograma de "Canoa: denuncia de un hecho vergonzoso", 1976. Dir. Felipe Cazals.
Fotograma de “Canoa: denuncia de un hecho vergonzoso”, 1976. Dir. Felipe Cazals.

Este año se cumple medio siglo de uno de los filmes más importantes de la cinematografía mexicana, Canoa: denuncia de un hecho vergonzoso, de Felipe Cazals. Revolucionaria en contenido —una denuncia abierta, explícita y ciertamente osada sobre un crimen— y forma —una mixtura de ficción, documental y falso documental, con saltos temporales y distintos tonos—, esta película debe ser vista no con ojos de admiración a una importante obra del pasado, sino con las preguntas e inquietudes de la cultura política del presente. La razón, esta obra retrata una fuerte atrocidad cuyo motor fue el anticomunismo: la masacre de San Miguel Canoa acaecida la noche del 14 de septiembre de 1968.

Aquella vez, cinco trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla salieron de excursión para subir al volcán La Malinche. Una lluvia torrencial los obligó a detenerse en el pueblo de San Miguel Canoa, una comunidad campesina ubicada en las faldas del volcán.

Años antes, San Miguel Canoa había perdido su autonomía municipal y estaba relativamente aislado. En ese contexto, el sacerdote local Enrique Meza Pérez era quien realmente ejercía el poder en el pueblo y tenía una enorme influencia sobre la vida comunitaria. Las ideas, los anhelos y los miedos de los pobladores eran territorio del cura. Voces testimoniales y fuentes documentales posteriores expresan que, en consonancia con la paranoia política de la época, el cura había advertido a los habitantes sobre la amenaza de los comunistas, a quienes presentaba como enemigos de la religión, de la comunidad y de la patria.

Los excursionistas comenzaron a buscar posada e incluso buscaron refugiarse en la iglesia, pero no fueron admitidos. Finalmente fueron acogidos en la casa de un campesino de nombre Lucas García, lugareño que además mantenía conflictos con el sacerdote y con algunos sectores del pueblo. La presencia de los trabajadores de la universidad no pasó inadvertida. La sospechosa condujo a los pobladores y el alboroto comenzó. Esa noche comenzaron a sonar las campanas y los altavoces del pueblo, sistema de comunicación que estaba bajo el mando de la iglesia. En plena confusión, se avisó que habían llegado comunistas que pretendían atacar la iglesia o colocar una bandera rojinegra, tal y como había pasado en el Zócalo de la Ciudad de México días antes. Más allá de una simple confusión, la población, con escasa información directa sobre el movimiento estudiantil nacional, había introyectado que la palabra comunista casi era sinónimo apocalipsis, gracias a las ideas difundidas por el clero y por la propaganda anticomunista de la época.

Así, una multitud enardecida, armada con machetes, palos y piedras, rodeó la casa donde estaban los excursionistas con el fin de lincharlos. Los golpearon durante horas. Murieron dos: Ramón Gutiérrez Calvario y Jesús Carrillo Sánchez, así como el señor Lucas García y su hermano Odilón. Tres sobrevivieron gravemente heridos: Roberto Rojano Aguirre, Miguel Flores Cruz y Julián González Báez, quien perdió algunos dedos de la mano y ha sido una figura pública importante, activista en pro de la memoria de hechos violentos contra la población y los jóvenes.

Las víctimas no eran comunistas ni estaban realizando ninguna actividad política. El “delito” que les atribuyeron los pueblerinos fue simplemente una construcción imaginaria, alimentada por rumores y por un ambiente de miedo ideológico irracional. Por eso se puede considerar que Canoa es un caso extremo de pánico anticomunista en un entorno rural marginado, donde la manipulación y el aislamiento del pueblo operaron en un complejo mecanismo en el que “el comunismo” funcionaba como una categoría de acusación.

Este hecho ocurrió dieciocho días antes de la Masacre de Tlatelolco, que no fue ajena a esta construcción anticomunista. Mientras en la Ciudad de México el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz presentaba al movimiento estudiantil como una conspiración comunista internacional, en Canoa esa misma narrativa apareció a una escala local y causó una explosión de violencia popular.

Esto resuena con interpretaciones sobre el anticomunismo que han sido trabajadas por el gran historiador de las ideas Carlos Illades: el anticomunismo no era solamente una política del gobierno o una ideología exclusiva del Estado y sus cuerpos represivos. También era una forma de interpretar el mundo que había penetrado parroquias, comunidades rurales, medios de comunicación y a la ciudadanía en general.1 Era una manera de identificarse en un mundo en el que operaba la idea de que “los comunistas” eran una amenaza extraña, ajena y hostil, anti-católica, que buscaba robar las propiedades de la gente y destruir las familias.

Claramente nunca hubo un castigo proporcional a la gravedad del caso. Aunque se realizaron algunas detenciones, los responsables intelectuales y materiales nunca fueron sancionados. El sacerdote Enrique Meza Pérez continuó ejerciendo el ministerio religioso en otras localidades, por lo que los sobrevivientes continuaron denunciando la impunidad del caso hasta el presente.

La manera en la que la masacre de San Miguel Canoa se dio a conocer verdaderamente fue gracias a la película dirigida por Felipe Cazals. La época de la producción de la película era de más interesante: el sexenio de Luis Echeverría, cuyo hermano Rodolfo fue un entusiasta y promotor de la producción cinematográfica a nivel nacional en aquella época. Este estruendoso filme fue producido por CONACINE, compañía del Estado, en un extraño acto que, según el crítico e historiador del cine Jorge Ayala Blanco, pretendía mostrar la apertura oficialista hacia filmes políticos y de denuncia, así como lavarse las manos mostrando que la ira y la represión contra los jóvenes no era exclusiva del Estado (heredero de los crímenes del 68 y el 71, entre otros), sino del pueblo fanático y aislado. Dice Ayala Blanco:

Canoa rememora el clima anticomunista que propagó la Federación por todos sus rincones y hace la crónica de sus consecuencias extremas. Canoa señala los límites y el sentido de la represión imperante, vuelta cotidiana y reventando como pústula. Canoa significa una indirecta reivindicación ideológica del 68, admitida y confesada por el propio Estado, con rencor al pasado y mea culpa al presente, echando como de costumbre su mierda hacia atrás.2

La cantidad de debate político que puede generar este filme es única en la historia del cine mexicano, sobre todo por la complejidad de la obra. No es simplemente una película sensacionalista (aunque en algunos momentos sí resuena con las notas rojas de la época). Se atrinchera desde la posición de las víctimas y, según Cazals, la base de la película es la investigación documental y testimonial. La fidelidad del retrato de los acontecimientos era esencial e implicó innovaciones narrativas y formales. Además de entrevistar a un testigo (cuyo testimonio fue reproducido palabra por palabra por un actor en el filme) y de hacer tomas documentales de la fiesta de San Miguel en el mismo pueblo donde fue la masacre, hubo una decisión creativa que implicó una gran responsabilidad y respeto por el tema del filme. Los sobrevivientes de la masacre de Canoa estuvieron presentes durante toda la filmación, no sólo como asesores de la historia, sino incluso dirigiendo a los actores.

Es absurdo intentar describir las hazañas creativas y las múltiples anécdotas que se vivieron durante la producción de Canoa. Por ello, qué mejor escucharlas de viva voz de Felipe Cazals durante una entrevista realizada por Alfonso Cuaron hace una década en el marco del XL aniversario del filme:

Así pues, a manera de reflexión final, es importante dimensionar que este filme nace de lo que para Illades sería caso de estudio perfecto sobre la operación del anticomunismo: una comunidad convencida de que estaba defendiéndose de una amenaza fantasmagórica comunista terminó asesinando a personas que nada tenían que ver con el conflicto político nacional. Esa es precisamente la eficacia histórica del anticomunismo que él analiza: la manera en la que una sospecha ideológica se traduce en una justificación para la violencia. Esta descripción histórica hoy no ha concluido.

En América el espectro del anticomunismo no “recorre” el continente, aquí habita, es residente desde hace décadas. Habita en la mente y los corazones de millones de ciudadanos desde hace varias décadas. Tan poderoso es este ente, que en su nombre se han proclamado presidentes de las agendas reaccionarias más descaradas, con la bendición del imperio estadounidense y sumisos al ente sionista. La lista se ha robustecido con campeones de la derecha cuyos nombres no deberían ser nombrados, incluyendo al último vencedor de los comicios colombianos ante un pacifista de gran vocación reconciliadora, en un país que no ha dejado de sangrar. El miedo irracional contra el comunismo es tan viejo como él; sin embargo, durante el siglo XX, con la ascensión de la URSS al escenario geopolítico y la germinación de movimientos sociales en varias partes del mundo, el anticomunismo dejó de ser la reacción conservadora frente a una nueva praxis social y comenzó a ser un heterogéneo programa ideológico multiuso, cuyas distorsiones no han dejado de ser utilizadas por los poderes fácticos en diversos tiempos y geografías.

  1. Carlos Illades y Daniel Kent, Historia mínima del comunismo y el anticomunismo en el debate mexicano, México, El Colegio de México, 2022, 271 pp.
  2. Jorge Ayala Blanco, La Condición del Cine Mexicano, México, UNAM, 1986, p. 304.