Tierra Adentro
Fotografía de Juan Villoro. Por Eneas De Troya, 2015. Recuperada de Flickr. CC BY 2.0
Fotografía de Juan Villoro. Por Eneas De Troya, 2015. Recuperada de Flickr. CC BY 2.0

“Los fantasmas estaban en el futuro, eran las personas, todavía aplazadas, en las que nos íbamos a convertir”. 

Juan Villoro

I

 

Soy discípulo de Juan Villoro desde los cuatro años, cuando mi mamá me leía Las golosinas secretas antes de irme a la cama. La portada me recordaba a un viejo patriarca de galleta, y yo soñaba con dulces que tenían efectos mágicos; chicles que hacían que te creciera el cabello, gomitas que te permitían respirar bajo el agua, pintalabios de sabores que desaparecían a tus amigos y chocolates que te volvían de piedra. Todavía no sabía quién era Juan Villoro ni qué era exactamente la ficción, pero la soñaba evocando la voz ventrilocua de mi madre que le daba aliento a un rectángulo de páginas mudas.

Portada de "Las golosinas secretas", Juan Villoro. Fondo de Cultura Económica, 1995.

Portada de “Las golosinas secretas”, Juan Villoro. Fondo de Cultura Económica, 1995.

El nombre de Juan Villoro lo conocería después. Primero creí, supe o conocí a Luis Villoro, por la escuela de cuadros de un partido trotskista en el que militaba, y ahí fue cuando me enteré de que su hijo era un excelente narrador. Yo iba en la secundaria, leía a Kerouac, a Ginsberg, a Henry Miller. No le tenía confianza a los escritores mexicanos que salían en la televisión ni a aquellos cuyos libros coronaban los estantes del Sanborns. Pero saqué de la biblioteca los libros de cuentos La noche navegable y La Casa pierde, y descubrí una forma de escribir relatos que no creía posible en las letras mexicanas. Sus personajes no se llamaban Arnulfo ni Hipólito, no eran gratuitamente misóginos ni trilladamente costumbristas, eran conciencias frágiles, generalmente camaleónicas o fraudulentas, casi siempre orbitando alrededor de la impostura y la excentricidad. En los cuentos de Villoro ninguna línea es gratuita o inocua. Hay una conciencia hipervigilante de la palabra, como en la prosa de Flaubert, de Henry James, de Colette, de Truman Capote. Pero eso lo pienso ahora —que lo he releído—, no obstante, en mis años adolescentes, mi hígado anhelaba una lírica de carnicería más caótica, y Villoro era demasiado estructurado para satisfacerlo.

Portada de "La noche navegable", Juan Villoro. Editorial Booket, 2014.

Portada de “La noche navegable”, Juan Villoro. Editorial Booket, 2014.

De modo que no volví a leer a Villoro hasta que, en mi último año de prepa, me obsesioné, como tantos, con la obra de Roberto Bolaño. Y Bolaño contaba que ese jóven prodigio llamado Juan Villoro, tres años más chico que él, solía ganar todos los concursos literarios en los que el chileno, a lo mucho, recibía una mención honorífica. También, señaló Bolaño en una de sus pocas entrevistas grabadas, hablando de la prosa magnífica y particular de autores como Enrique Vila-Matas, Javier Marías, César Aira o Daniel Sada, que Juan Villoro tenía una propuesta arriesgadísima que no se parecía a ninguna otra. Me entró otra vez la curiosidad.

Portada de "El testigo", Juan Villoro. Anagrama, 2024.

Portada de “El testigo”, Juan Villoro. Anagrama, 2024.

Decidí reencontrarme con Villoro, que tiene libros muy accesibles, empezando por su novela más ambiciosa y compleja. Andaba yo en una buena racha de novelas totales latinoamericanas —Terra Nostra, Rayuela, José Trigo,— por lo que no me pareció arriesgado zambullirme en ese tabicón de casi quinientas páginas que es El testigo (2004). Mis poetas de cabecera por ese entonces eran Verlaine y Blaise Cendrars. De México me gustaban Owen, Tablada, Villaurrutia y Efraín Huerta, pero sentía que López Velarde me quedaba como ropa de abuelito. Fue precisamente gracias a El testigo que aprendí a leer a Ramón López Velarde sin sentir que estaba rindiendo honores a la bandera. El López Velarde que se evocaba en El testigo, concebido como una crítica a la telenovelización de la cultura mexicana, desplegado en una compleja trama de imposturas y vergüenzas recónditas, me llevó a querer santificar al poeta zacatecano, como hacen los personajes de esta novela. Se hablaba ahí de una patria suave que Borges recitaba de memoria intrigado por el sabor de la chía; “sabe a tierra”, le dijo Octavio Paz, como asevera Julio, el protagonista, en las páginas finales de El testigo. Se hablaba de un “retorno maléfico”, pero en la traducción sensible de Samuel Beckett: “my thirst to love will then be like a ring/ imbedded in the slabstone of a tomb”. Con esa novela aprendí que las instituciones académicas estaban igual de podridas que las secretarías de gobierno y que los novelistas no deben viajar en helicópteros. También, debo a la lectura velardiana de El testigo la obsesión heroicamente insana de atreverme a escribir una novela inspirada en un verso de La suave patria. 

Portada de "Arrecife", Juan Villoro. Anagrama, 2012.

Portada de “Arrecife”, Juan Villoro. Anagrama, 2012.

Pasaron los años, ahora corría el rumor de que el mundo se extinguiría con el Apocalipsis maya, y yo, por azares del destino, me encontraba en La Habana, donde compré en una librería de la calle Obispo la novela de Villoro, Arrecife (2012), editada por Casa de las Américas. Debo confesar que el cinismo de su argumento me escandalizó. La guerra del narco había devastado a México. Ciudades como Saltillo o Chilapa, de donde proviene mi familia, se convirtieron en trincheras de paranoias bien justificadas. Y Arrecife es una novela que concibe un nuevo tipo de turismo hiperexclusivo donde los ricos pagan para vivir la experiencia de ser secuestrados por el narco y verse envueltos en despiadadas balaceras. Después me fui a vivir a España y entendí que la historia secreta de esta novela simbolizaba, acaso, las ansias que tiene el llamado Primer Mundo de convertir todo aquello que no comprende en un sinónimo de horror. En Arrecife fue donde detecté por primera vez la plasticidad rabelesiana que abunda en diferentes pasajes de la narrativa de Villoro, y eso que aún no había leído Materia dispuesta. 

Portada de "Materia dispuesta", Juan Villoro. Almadía Ediciones, 2023.

Portada de “Materia dispuesta”, Juan Villoro. Almadía Ediciones, 2023.

Esta novela, Materia dispuesta (1996), está permeada por el decadentismo finisecular mexicano en las convulsas postrimerías del siglo XX. Como tantas novelas del 96 (La muerte de un instalador, El asco, Estrella distante) destila un humor ácido y adictivo, quizá por la virulenta putrefacción que hizo metástasis en esa década. En apariencia es una novela de desaprendizaje donde un adolescente con extraños fetiches con un vulcanizador se convierte en el cómplice perfecto de su padre adúltero para camuflar sus indiscretos amoríos. Colmada de personajes cínicos, la novela se siente con una prosa tan apretujada que ciertos pasajes producen claustrofobia, quizá como un reflejo de toda la presión de un siglo que estaba a punto de reventar con el cambio de milenio. Bolaño decía que Materia dispuesta estaba escrita contra la lógica de la novela, con una tensión estilística más propia del cuento. Concuerdo y agregaría que es una novela, por esa misma razón, con numerosas lecturas aún inexploradas.

Portada de "El disparo de argón", Juan Villoro. Anagrama, 2005.

Portada de “El disparo de argón”, Juan Villoro. Anagrama, 2005.

Durante los años consecuentes leí casi todo lo que había escrito Juan Villoro, aunque es difícil seguirle el ritmo. Conservo, algo difusas, a manera de destellos, frases y conflictos tatuados en mi inconsciente: un cuento excelente titulado “1984” (de Tiempo transcurrido y que aparece en el Material de lectura compilado por Lauro Zavala); otro cuento que escuché en Descarga cultura UNAM sobre un taxista migrante en Chicago que mapea la ciudad de los vientos comparándola con el DF; otra cosa que hace mucho Villoro: superponer, traspolar dos lugares, dos conceptos homólogos o sinonímicos para fundirlos en una síntesis irónica. Lo hace en el enternecedor relato de ruptura, Llamadas de Amsterdam, donde un hombre le llama a su expareja desde una cabina telefónica en la avenida Amsterdam en la Condesa—símbolo ecuestre del eterno retorno— fingiendo que en verdad se encuentra en la capital holandesa. De su primera novela, El disparo de argón (1991), tengo la imagen de un ojo buñuelizado que me orilló a imaginarme toda la trama en blanco y negro. Evoco también un cuento magnífico sobre la paternidad desgarrada —tema importantísimo en su obra— titulado El planeta prohibido.

Portada de "La figura del mundo", Juan Villoro. Random House, 2023

Portada de “La figura del mundo”, Juan Villoro. Random House, 2023.

“Los intelectuales no deberían tener hijos”, la frase tajante, dicha por una amiga de Villoro, inaugura La figura del mundo, un libro profundo y trascendental, honesto y cotidiano, como los grandes relatos memoriosos. Se trata de la evocación que Juan Villoro hace de su padre, el filósofo Luis Villoro, la cual no es ni negativa ni positiva, sino, sencillamente, sincera, dolorosa y solitaria. El autor justifica una infancia despoblada con la genial frase de Monsiváis: “Ya que no tuve niñez, déjeme tener curriculum”. El Villoro más campechano y gracioso de las crónicas abandona en este libro su destreza hilarante para reinventar a veces fría, directa y serenamente la existencia de su padre, revelando al mismo tiempo, una figura central que emerge como una fuerza de la naturaleza: su madre, la psicóloga Estela Ruiz Millán. La honestidad de La figura del mundo me descubrió a un Luis Villoro que era todo un excéntrico. Su padre tradujo El principito tres años antes de que Juan Villoro naciera, pero en ningún momento se le ocurrió contarle un cuento similar a su hijo para que se durmiera, prefería siempre contarle historias de la antigüedad, de tierras arenosas, generalmente griegas, donde se valía de adjetivos como “plúmbeo” o “proceloso”.  Su padre, para disipar una disputa familiar en torno a una serpiente morada que garabateó Juan, dibujó como Chuang Tzu, en un solo trazo, el más perfecto caballo. El niño se quedó boquiabierto. Pese a que al filósofo poco le interesaban asuntos como el dibujo, la natación o el ciclismo, Alejandro Rossi le contaría más tarde a Juan Villoro que ellos, en los años veinte, en Cataluña, tomaron clases de dibujo con el mismísimo Joan Miró. Pero su padre apenas le daba importancia a aquellas cosas. 

Sé que dejo sin mencionar —será en otra ocasión— sus obras maestras en el género de la crónica, libros híbridos (El vértigo horizontal debería ser lectura obligatoria en las escuelas chilangas); sus libros de futbol (donde uno puede encontrar más poesía que en algunos premios Aguascalientes); sus obras de teatro filosóficas y psicodélicas, sus prólogos, columnas, diálogos con otros escritores e intelectuales, así como sus extraordinarias traducciones, algunas canónicas, como Memorias de un antisemita de Gregor Von Rezzori. 

 

II

Bien decía Borges, citando a Platón, que los libros no eligen a sus lectores y que, con toda su sabiduría, parecen cosas vivas, pero sucede con ellos lo que sucede con una efigie; uno les habla y los libros no contestan. Así le pasa a tantos genios de la literatura, a los que, cuando uno por fin los conoce en persona, se decepciona preguntándose: ¿de veras este lóbrego tartamudo fue capaz de escribir algo tan poderoso y trascendental? Todo lo contrario ocurre con Juan Villoro, quien, más que un libro, es una biblioteca ambulante. Me atrevo a decir, pese a que mucho de lo que entiendo por literatura se lo debo a sus libros —siempre que redacto un ensayo evoco su magnífico De eso se trata—, que Villoro es la mejor obra de Villoro: libro infinito de carne y hueso, máquina de narrativas lúdicas que es capaz de reinventarse con solo abrir la boca. Juan Villoro redacta ensayos perfectos al hablar, ya sea en una conferencia magistral o al pedir la cuenta en un restaurante.

Cuando comencé a dar clases, siempre que tenía dudas sobre algún tema que iba a impartir, me dormía escuchando, ya no Las golosinas secretas que invisibilizaban a los amigos imaginarios, sino sus enciclopédicas y amenísimas disertaciones sobre la obra de Rulfo, Ibargüengoitia, Dostoievsky, Martín Luis Guzmán, Borges, Sergio Pitol y un larguísimo etcétera. Siempre con soltura, agilidad mental, brillantez y rebeldía, Villoro ilumina los temas cruciales de la literatura despertando en sus oyentes un genuino entusiasmo. 

Maestro de maestros, he cachado a más de un colega docente refriteando la didáctica villoriana para explicarle a sus estudiantes tantos temas endemoniadamente complicados de la literatura que Villoro presenta con la gracia de un pato que se desliza armónicamente en el agua sin dejarle ver al que lo observa el endiablado pataleo que hace por debajo. ¿Cuántas palabras tardé en expresar esta imagen? Me siento tonto pensando que este ensayo lo pudo haber sintetizado Villoro con mayor elegancia e ingenio en una sola página. 

Portada de "No soy un robot", Juan Villoro. Anagrama, 2024.

Portada de “No soy un robot”, Juan Villoro. Anagrama, 2024.

Antes de que Villoro publicara No soy un robot, de veras pensaba que podía tratarse de un androide o, mínimo, como creía Javier Marías: “un espía austriaco que trabaja en la más indescifrable de las ciudades”. Pero Villoro, además de ecuánime, es un escritor generoso de esos que ya no existen. En la actualidad, si un escritor principiante le pide consejo, guía, o un favor a cualquier autor consagrado, ese escritor consagrado primero indagará qué tan fracasado o influyente es este joven escritor para después poner de excusa su apretada agenda y explicar que le será imposible ayudarlo hoy y siempre. Villoro viene de otra tradición, es impresionante su dadivosidad con cientos de proyectos de toda clase que ha apadrinado, o en los que ha colaborado sólo por mover la rueda de lo que más le importa en la vida: la literatura. 


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.
Similar articles