DE LA HOGUERA A AZKABÁN
¿Has visto esa escena de Harry Potter y el Prisionero de Azkabán donde, después de fugarse de esa prisión, Sirius Black aparece riéndose acá bien maniacote en un periódico? Hace cuatrocientos años hubiera sido quemado en Salem por esa risa. Hace trescientos lo hubieran encerrado en un manicomio. Hoy en día compramos réplicas de su varita mágica en Amazon. La risa es importante. Esa risa desbordada que no pide traducción. En Salem quemaban gestos. Quemaban cuerpos que no podían leerse dentro del orden. La risa de Sirius va más allá de la locura: es exceso. Y el exceso, históricamente, siempre termina administrado o eliminado.
Michael Foucault lo llamó el Gran Encierro: lo que una época expulsa, lo administra la siguiente. La magia hizo ese viaje a lo largo de varios siglos. De la herejía a la locura, de la locura a la mercancía.
El problema es quién se quedó con las puertas de AzkabánK
Rowling abrió las puertas del manicomio mágico para todxs. Luego decidió que no todxs eran magxs. La autora que mercantilizó la fuga patrulla ahora la entrada. La magia dejó de estar perseguida cuando dejó de tener Ministerio. El pedo es que el Ministerio sigue quemando brujas, sólo que actualizó el formato.
Antes de que la magia fuera mercancía fue lenguaje. Un modo de explicar lo que no cabía en categorías estables: enfermedad, sueño, destino. Era otra racionalidad, una que no separaba cuerpo, cosmos y palabra. Lo que llamamos magia es, en muchos sentidos, un archivo de formas de conocimiento derrotadas.
Pero primero retrocedamos un poco en el tiempo, a la Antigua Grecia, donde Hipócrates (sí, el mismo que es considerado el padre de la medicina) ya les tiraba hate a los magi o mágoi persas, de ahí viene la palabra magia, que en griego se decía mageía. ¿Y quiénes eran los mágoi? Los sacerdotes de Zoroastro, una casta de astrólogos, sabios, intérpretes de sueños y curanderos de Media y Persia. Para los griegos, el mago era sinónimo de charlatanería, Hipócrates mismo criticaría la creencia de que la epilepsia era causada por asuntos del alma, la postura del griego fue un rotundo “no mames, ¿cómo va a ser del espíritu si es un pedo corporal?”, marcando así una brecha entre ciencia y superstición, impregnada en la misma palabra magia.
Ese gesto (decir “no es del alma, es del cuerpo”) funda la medicina y al mismo tiempo funda una forma de autoridad. Nombrar la causa es tomar el control. Desde ahí, la magia es desplazada. Pierde legitimidad, pero no presencia. Se vuelve sospecha.
Años después, durante la consolidación de la Iglesia Católica como poder hegemónico en Europa, la misma Iglesia y el poder político necesitaban ordenar el mundo, cualquier práctica no controlada era considerada herejía o pacto con el diablo, pues la magia competía con el monopolio de la verdad religio, es por ello que tenemos libros que provocaron decenas de ejecuciones por todo el continente europeo, como es el caso del Maellus Maleficarium (1487).
Los cuerpos ardían: mujeres, campesinxs, disidentes. La magia funcionaba como categoría flexible, podía significar herejía, enfermedad o simple desobediencia. Lo importante no era qué hacían, era que no encajaban. De esta forma, la hoguera era menos castigo que advertencia.
Foucault habló de la Nave de los Locos. Siglo XV: a quienes no tenían razón se les subía a un barco y se les expulsaba de la ciudad. La magia iba ahí, junto a la herejía y la locura.
El encierro moderno prescinde del fuego y necesita administración. Espacios cerrados, vigilados, legitimados por discursos de cuidado, orden o seguridad. Ya no es necesario tratar de eliminar lo anómalo, ahora se busca contenerlo.
Llegado el siglo XVII es cuando pega fuerte la teoría de Foucault (1961) con el Gran Encierro, pues lo irracional (locura, visiones, magia) deja de ser pecado y pasa a ser desviación. Se crean instituciones: hospitales, manicomios. La magia ya no es demoníaca, es error, ilusión o enfermedad. En 1656 el Hospital General de París encerraba a locos, pobres y supercheros; la disidencia ideológica se deja de matar y se comienza a administrar. En Harry Potter, Azkabán funciona como una institución donde la depresión es administrada por el Estado mediante los dementores, es el invento más foucaltiano de Rowling, un manicomio donde se encierra la magia que no obedece al status quo. Al mismo tiempo, el Ministerio de Magia funciona como una entidad que regula, certifica y castiga el uso sin permiso del poder mágico.
Lo inquietante, más allá de la existencia de Azkabán, es que sea aceptado. Que dentro del mundo mágico (donde todo es posible) la imaginación política siga siendo tan limitada. Ni siquiera la magia logra imaginar justicia fuera del castigo.
Luego entra el Romanticismo, un periodo donde la magia regresa… pero domesticada: se vuelve símbolo, metáfora, estética, y aparece en cuentos, poesía, folclor, ya no compite con la verdad científica como en la Grecia Antigua.
Y finalmente, en la época actual, una historia sobre un niño que es admitido en una escuela de magia es una historia que ha vendido millones de copias por todo el mundo. La saga convierte a lxs “rarxs” (magxs) en protagonistas y propone una ética de amistad, valentía y resistencia al autoritarismo. Eso resuena con experiencias de exclusión, pero no equivale a un programa político consistente. La fantasía suele sublimar: ofrece pertenencia y justicia simbólica, sin resolver del todo las jerarquías del mundo real. El mensaje central es universal (“el amor vence”, “elige el bien”), pero convive con estructuras conservadoras: casas que clasifican, élites mágicas, ministerios burocráticos. Incluso dentro del mundo mágico hay exclusiones (sangre, criaturas, etc.). Es decir, la obra incluye y excluye a la vez.
Rowling escribe dentro de tradiciones que ya traen arquetipos: escuela de magia, elegido, bien vs mal. Esos moldes permiten hablar de diferencia y marginación, pero también limitan cómo se representan (quién entra, bajo qué reglas, qué cuerpos/identidades quedan fuera o simplificadas).
Aquí la paradoja se vuelve hoguera, Rowling construyó un mundo para lxs rarxs, para lxs perseguidxs, lxs que duermen bajo la escalera. Pero la autora, fuera del libro, tomó el papel de ministra. Y el ministerio, como dijo Foucault, no prohíbe, define. Define quién es magx y quién muggle. Quién es mujer y quién es hereje.
Como morritx tercermundista que quería aprender a volar, a mí me salvaron los libros de una señora que hoy revisaría mi acta de nacimiento antes de entregarme la carta de Hogwarts. Ahí está el pedo de este viaje de la hoguera al Hot Topic y del Hot Topic de vuelta a la hoguera.
Lectores y comunidades hacen relecturas que pueden ir más lejos que la autora. Hay fans que leen la saga como espacio de resistencia queer; otros la critican por sus límites. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. La obra abre sentidos que exceden a quien la escribió. Por eso Sirius se sigue riendo en ese periódico. Libre. Sin permiso del Ministerio. Nosotrxs elegimos si compramos la varita o si quemamos Azkabán. Porque la magia ha sobrevivido a la persecución, pero se está muriendo administrada. Porque hay risas que no caben en ningún sistema. Y cuando aparecen, alguien siempre intenta encerrarlas. Y alguien más (todavía) intenta aprender a volar.
Referencias
Federici, Silvia, Caliban and the Witch: Women, the Body and Primitive Accumulation, Autonomedia, 2004.
Foucault, Michel, Historia de la locura en la época clásica, traducción de Juan Utrilla, Fondo de Cultura Económica, 2006. (Obra original publicada en 1961).
_______, Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión, traducción de Aurelio Garzón del Camino, Siglo XXI Editores, 2002. (Obra original publicada en 1975).
Hipócrates, Sobre la enfermedad sagrada, Gredos, 1983. (Texto original del siglo V a. C.).
Kramer, Heinrich, y Jacob Sprenger, Malleus Maleficarum, edición y traducción de C. S. Mackay, Cambridge University Press, 2009. (Obra original publicada en 1487).
Rowling, J. K., Harry Potter y el prisionero de Azkabán, Salamandra, 1999.
Thomas, Keith, Religion and the Decline of Magic, Penguin Books, 1991.




