Noche uroboro
Mar que arrastra despojos silenciosos,
olvidos olvidados y deseos,
sílabas de recuerdos y rencores.
Xavier Villaurrutia
Tomé la carretera para ir a mi pueblo. El cielo parecía contener el pelaje de muchos borregos juntos. El calor del día empezaba a cansarme y los reclamos de Marcela, mi hermana, no dejaban de hacer ruido en mi cabeza; hacía pocas horas habíamos discutido. Me detuve para dormir un rato.
El ruido del teléfono me despertó, era Marcela llamándome. No contesté, no estaba dispuesto a tener otra discusión antes de llegar a casa. Me miré en el espejo retrovisor: mi nariz era igual a la de mi padre: ancha, con algunas cicatrices por el acné; mi cabello era como el de mi madre: muy crespo, tanto que a veces encontraba insectos muertos ahí. Mi piel negra era lo que más me gustaba de toda esa imagen.
Después de varios minutos viéndome en el espejo, encendí el auto y retomé el viaje. Cuando la carretera era una línea recta, me concentraba en mirar la orilla del camino. Por momentos pensaba en lo que sucedería si soltara el volante, si cerrara los ojos y contuviera la respiración por más de un minuto. Lo vi todo: el auto girando, el auto incendiándose, el auto y yo quemados hasta quedar irreconocibles. Faltaban unas horas de camino.
Dos días antes, Marcela dijo que vio en Facebook la invitación para la fiesta de quince años de la hija de Luis, sería justo en el lugar donde nacimos, en la Costa Chica de Guerrero; eso alimentó mi curiosidad por volver a casa y reavivó mi rencor después de tantos años.
Al llegar al pueblo un letrero me recibe, Bienvenidos a La barra de Tecoanapa; faltan pedazos de algunas letras y otras están pintadas con aerosol. A lo lejos alcanzo a ver la postal perfecta: el mar con un tono azul oscuro adornado por una fila de peñascos del lado derecho. El color del cielo me indica que aquí es donde el tiempo se detuvo. La calle principal se mantiene casi igual que antes, tiene los mismos colores desde la última vez que la transité. Los años pasaron sobre los tejados. El quiosco no ha cambiado, fue ahí donde todos se arremolinaron para gritar mi nombre y burlarse de mi familia.
Me detengo, miro el lugar desde mi asiento.
Algunos recuerdos me absorben. Escucho la voz de los vecinos atacándome, acusándome como en aquella ocasión. Me vienen a la mente los golpes que me volvieron una llaga el cuerpo entero. Toco mi brazo derecho y encuentro la cicatriz cercana a mi codo. El calor de la tarde hace que el sudor me escurra por la cara y mi camisa se empape; aunque la asfixia poco a poco se adueña de mis pulmones, no es suficiente como para hacerme salir del vehículo.
Recuerdo las amenazas. En ese mismo lugar vi a Donato por última vez. ¿Seguirá vivo? ¿Se habrá casado? ¿Dónde estará su casa?
Luis también aparece en mis pensamientos; todavía le guardo rencor, él dejó esta marca sobre mi brazo, he aprendido a no mirarla, pero pienso en todo lo que pasó aquella vez.
Supe que pronto estaría en el terreno que dejó mi familia, porque las fachadas y las calles eran inconfundibles, sólo estaban más viejas, maltratadas. Es como si el olvido se hubiera encargado de erosionar cada esquina de este pueblo.
Al llegar a casa encuentro un montón de basura en el patio; dos perros flacos juegan con los huesos de un animal. Aquí nada sirve. Acomodo mis maletas en una de las recámaras y busco el pozo de agua. La cocina se encuentra casi igual, como la última tarde que comí en ella; ahora es el refugio de aves que se desplazan entre trastes viejos. Una parte de este lugar se ha quedado sin techo, los cocos de las palmeras lo derribaron. Faltan pocas horas para la celebración. Lleno unas cubetas con agua fría para bañarme.
El baño se encuentra hasta el fondo del terreno, tres cortinas de tela raída funcionan como protección de la desnudez. Si miro hacia arriba puedo ver el cielo y las ramas de una parota que de tan pesadas han empezado a caer. Mi cuerpo resiente el frío desde el primer jicarazo, los músculos se entumen y todo se contrae; mientras dejo caer el agua sobre mi cuerpo, la respiración se corta e intento jalar aire para salvarme. Pienso en detenerme, pero al levantar el brazo otra vez me convenzo de necesitarlo; huelo a horas de camino bajo el sol. Alcanzo a escuchar el canto de las aves que pasan sobre los árboles.
Imagino mi casa como un cascarón de huevo, uno en el que algún feto de ave estuvo antes de ser destruido: imagino al feto tirado en el piso; imagino que llegan los perros de la calle y se lo comen; imagino que llegan animales marinos y se comen a los perros. Imagino que la noche se come todo lo que hay aquí.
Cuando dejo la casa dirijo la mirada en todas direcciones, el cielo sigue cubierto por pelaje de borregos; algunas personas dicen que esas nubes anuncian el frío, otras dicen que es aviso de peligro. La brisa marina se siente con fuerza. Camino cerca de la playa, pero no tanto como para ver las olas deshacerse en la arena; alcanzo a oír el sonido del mar: hoy es distinto, hay un ritmo particular en él.
El teléfono suena. Contesto; es Marcela, ella arrastra las letras al hablar. No puede formular bien una frase. Otra vez estás bebiendo, le digo con desprecio. Cuelgo. No quiero saber qué le pasa.
Mientras camino, empieza a caer la noche. La oscuridad podría comerse al pueblo, al feto de ave, a los perros de la calle que se comerían al cadáver y a los animales marinos que imaginé hace rato. Si eso pasara, sólo quedaría la noche comiéndose a sí misma, como esas culebras que se muerden la cola.
Poco antes de llegar a la fiesta, camino hasta el mar y meto los pies como lo hacía de niño; ahora las olas que revientan en la playa saben lo que siento. El sonido del agua moviéndose no es como lo recuerdo, el oleaje es inquietante; una ola no termina de consumirse cuando otra viene detrás.
En muchas ocasiones mamá me dijo que siempre debíamos mirar el mar, porque era como una persona enojada; las olas y la oscuridad de las aguas nos dirían su estado de ánimo. A más oscuro, más bravo, decía ella, también decía que el mar siempre le hace caso al dolor.
Camino. Algunos invitados pasan cerca de mí a toda prisa. El ruido de la fiesta es ensordecedor. Un hombre de los que pasan corriendo me saluda. Miro su texana color negro, la camisa, las botas y el pantalón de mezclilla; debe estarse cocinando ahí dentro. El hombre pregunta si soy hijo de Carmen, el pescador. Después de vivir tantos años en la ciudad, el nombre de mi padre me causa conflicto cuando lo escucho en boca de alguien más. Carmen era el nombre de mi padre; Carmen también era mi vecina de departamento en el edificio en el que tuve que refugiarme. Ella me cuidó hasta que dejé de llorar, después no la volví a ver.
De niño jugaba con mi hermana Marcela a los wachos. Ella tomaba una escoba y me disparaba. Me lanzaba piedras. Yo la atacaba como en las películas: brincaba sobre ella y simulábamos una pelea cuerpo a cuerpo hasta que mi madre nos llamaba a gritos para volver a la casa. De noche podía ver todas las estrellas en el cielo. Mientras crecía, los rumores sobre mí se hicieron más fuertes, tanto que una tarde tuve que huir de acá. Marcela se fue del pueblo dos años más tarde. Vivimos juntos en la ciudad. Ella tuvo un hijo: Sebastián. El niño falleció tres meses después de haber nacido, murió mientras dormía. Marcela empezó a alcoholizarse desde ese momento.
Reconozco varias caras. ¿Eres Ramiro?, me pregunta una mujer. Le digo que sí moviendo la cabeza porque el ruido me aturde. Me dice su nombre: Rosario. Ella me ayudó a escapar de este lugar. Señala a unos niños, deben ser sus hijos. Sólo alcanzo a leer una frase en sus labios: Qué bueno que volviste. Mi cara se calienta en segundos. No los he perdonado, respondo. Ella asiente con la cabeza, pero sé que no me ha escuchado.
Miro la fiesta a la distancia. Todos bailan en el centro del terreno. La noche se confunde con el color de nuestra piel. Busco a la quinceañera, pero no la encuentro. A lo lejos veo a Luis, levanto la mano para saludarlo, quiero que me vea. Recuerdo su cara de adolescente; su voz gritándome, llamándome “maricón” frente a todo el pueblo que deseaba despedazarme. “¡Eres pájaro, maricón, marica, enfermo, pecador!”.
Tengo ganas de orinar. Camino hasta un lugar alejado. Bajo el cierre de mi pantalón. Escucho el sonido del líquido caer y ahogarse en la arena. Un hombre se para cerca de mí. Qué hay, Ramiro, me dice mientras orina cerca de mí. Qué hay, respondo sin voltear la cara. Reconozco su voz; es Donato, de quien estuve enamorado. Sentí celos de mi hermana cuando me contó que él le preguntó si quería ser su novia. En cuanto termino, me doy la vuelta para verlo de espaldas. Te veo más tarde, le digo como intentando no irme de ahí, como esperando que me pida que no me vaya. Las ganas de abrazarlo me invaden. Miro al cielo, ahora es distinto; los borregos se han ido.
Pienso que el mundo podría acabarse en este momento y me mantendría en calma.
Reviso el teléfono, tengo diez llamadas perdidas de mi hermana. También hay una docena de mensajes. Siento que la playa está más lejos que hace rato; como si el mar hubiera decidido esconderse del frío y del ruido. Llamo a Marcela, ella contesta de inmediato. Por el tono de su voz sé que algo pasa. “¿Estás bien?”, pregunta como puede. “Soñé que cargabas a Sebastián porque el pueblo se estaba inundando”, continúa torpemente. La comunicación se interrumpe.
La noche es infinita oscuridad.
Veo pasar a Donato, admiro su piel morena, sus brazos gruesos y sus piernas fuertes; pienso en todas las ocasiones que trataba de mirarlo a escondidas, muchas veces le regalé un guiño a la distancia sabiendo que no me respondería. Recuerdo cuando lo veía durmiendo bajo algún árbol y yo deseaba estar montado sobre él. En una ocasión hice el ridículo para estar cerca de él y accedí a jugar como portero en el llano con los otros hombres del pueblo. El balón estaba viejo y se sentía demasiado blando con cada patada; no fui capaz de parar la pelota ni una sola vez, pero mirar de cerca el cuerpo de Donato fue motivo suficiente como para no irme de la cancha, aunque me insultaran por ser un mal futbolista; yo no sabía hacer otra cosa que mirar a ese hombre y sentir su olor cuando se acercaba a decirme que no me apendejara.
Todo lo que ahora imagino me llevó lejos de aquí hace años.
Recuerdo a mis padres tratando de salvarme de la golpiza. Mi madre curándome las heridas y mi hermana negando mi presencia a cualquier visitante. El silencio de mi padre al regresar de la pesca cada mañana. El autobús dejando la terminal del pueblo. Mi padre diciendo adiós como si el brazo le estorbara. La mirada triste de mamá al cerrar la puerta de la casa. Recuerdo las voces de los vecinos y el viento nocturno que sólo alcanzaba a consolar el cuerpo por momentos. Los árboles cerrando la vista cuando el autobús avanzaba hacia la carretera principal.
Recuerdo a Luis, con quien cogí durante varios días antes de que me acusara con sus amigos. Lo recuerdo humillándome el día de la golpiza, lo hizo hasta sentir que lavaba su culpa si me señalaba. Él soltó el primer golpe después de habernos besado; cuando lo derribé empezó a gritar y eso encendió el mundo a mi alrededor, todo el pueblo me persiguió con los ojos llenos de lumbre mientras Luis disfrutaba viéndome pedir ayuda. En un momento brazos, piernas, manos, bocas estaban sobre mí y me arrancaban la ropa o me sostenían con tanta fuerza que pensé que me romperían en muchos pedazos.
Mi rencor crece tanto que se podría mezclar con la bravura del mar o con la infinitud de la noche.
La brisa marina es más fría que hace unas horas; los borregos del cielo ya no están, pero ahora el viento corre con fuerza, como si la cólera lo empujara; los árboles se mecen y los animales se esconden, los escucho pasar cerca de mí.
Subo a un peñasco e intento llamar a mi hermana. Todo puede verse desde aquí, la distancia aún permite distinguir a las personas que están en la fiesta.
Un feto de ave siendo comido por perros callejeros; los perros siendo comidos por animales marinos; los animales marinos siendo comidos por la noche; la noche comiéndose a sí misma.
Escucho un rugido que viene del fondo de la noche, del estómago del mar y hace vibrar las palmeras que se encuentran frente a mí; las aves graznan como lo hacen al amanecer. También escucho los gritos de la gente que se encontraba en la fiesta; ahora intentan correr lejos de la playa, como si la oscuridad estuviera a punto de comerse al mundo. Pienso en Donato corriendo entre la estampida; me hubiera gustado acariciar su cuerpo, aunque fuera solo una vez.
“El mar le hace caso al dolor”, me digo mientras veo el agua comerse al pueblo.




