Zarpar
Bichos y metralla
Esquirlas, vainas, metralla. Flora Carrasco las recoge como si fueran moneda de otro tiempo. Organiza los despojos por calibre y los graba. En su galería virtual dominan los cascajos de rifles AK47 y R15 y de pistolas .9 milímetros y .38 súper. Sus videos son vistos por cazadores, reservistas, guardias de seguridad y por hombres que suspiran por un arma de fuego.
Graba las vainas en la calle y junto al río. También lo hace sobre mascadas de seda, donde forma figuras: rostros, olas, huellas. Luego las manda fundir y, en colaboración con la artista Rouss Álamos, hace esculturas de árboles bonsái barnizadas de plata.
En sus videos también registra el testimonio de otros recolectores. Sus voces transmiten la emoción de juntar cascajos en la escena de un crimen de alto impacto.
Dormir es algo que Flora evita: permanece fiel a las detonaciones de fin de fiesta. Había creado un grupo de WhatsApp donde sus amigos —fieles a los antros— le ubican las palpitantes balaceras. Su oído le permite distinguir si los disparos van dirigidos al vacío o arremeten contra la humana presencia. También identifica los calibres por jerarquía y descarta cuando es pirotecnia.
Todos los días son buenos para recolectar. En un amanecer de luz temprana, Flora se dice que en sus videos faltan las fachadas de las fábricas de armas, entrevistar a un ensamblador de automáticas y tomarse un trago con un operario de las máquinas de municiones cuyas ojivas atesora.
Flora Carrasco disfruta del mecenazgo de la Asociación de Agricultores del Valle Floreciente. Consigue recursos con un argumento budista: «El arte es agua mansa frente a la roca ígnea que es la violencia. Y terminará apagándola». Cuenta además con la venta de esculturas de árboles bonsái, empresa que tiene en sociedad con Rouss Álamos.
Los mecenas no comprenden su arte, a ella la ven con recelo. Aun así, le costean un viaje a Bélgica.
—¿Por qué Europa, Flora? ¿Por qué no los Estados Unidos? —pregunta el ingeniero Giorgio Crisantes el día que va por sus billetes a la Asociación de Agricultores.
—La automática .9 milímetros más usada aquí se fabrica en Lieja —contesta.
En el vuelo de Air France piensa en John Moses Browning. Ese hombre religioso, que cruzó el Atlántico antes de la gran guerra, creó dos armas cortas legendarias: una en Estados Unidos, la Colt calibre .45 modelo 1900, y otra en Europa, la Browning .9 milímetros modelo 1905. Su apellido está en la pistola que expulsa más casquillos en el delta que Flora había dejado atrás.
En Google Maps no aparece la Fabrique nationale d’Herstal. Tampoco encuentra vainas en Lieja. Halla, en cambio, una sensación de seguridad que desconoce. Abandona la cámara en el cuarto y, por primera vez desde que es videasta, camina con la cara en alto. Sus manos ya no tienen que recoger el detritus humeante de las calles.
En Brujas conoce a Regina González, fotógrafa española que le cuenta de los armeros nazis refugiados en España luego de la segunda guerra mundial.
—También escaparon a Suiza —dice Flora mientras ve las fotografías digitales de Regina. Su tema son las aves migratorias del Mediterráneo.
—Yo odio las armas. Solo podría disparar el fusil fotográfico de Marey —dice Regina, empuñando su cámara de última generación—. Y quizá me temblara la mano.
Flora pide agua. Recuerda los tratados de Carl von Clausewitz y Sun Tzu, y los libros de historia de las armas y los tomos empastados de revistas especializadas, alineados en su buro.
Regina se había conectado con la maestra Carrasco, así le llama, a través de sus redes sociales. La española elogia su trabajo. Se reúnen a leer los periódicos de la ciudad a orillas del delta y la prensa de Lieja. Durante esas tardes de vino junto al río Mosa, Flora se agarra de la mesa, no por la ebriedad sino por la sorpresa: no hay muertos por disparos de arma de fuego en Lieja.
Mexicana y española quedan unidas en un bonsái:
Regina y Flora, amigas, Brujas, 2019
escribe Flora en la escultura que regala a Regina.
Sus mecenas no le piden justificar sus donaciones. Ella se mueve con libertad. Parte a Praga. En Brno fabrican la CZ 75, única arma que no se entrampa.
Regina le había presentado por correo electrónico a un amigo que también haría el viaje: el entomólogo vasco Mikel Aramburu. En el vagón, Mikel cuenta el propósito de su viaje.
—Voy a Praga por un insecto de tamaño humano.
Flora descubrió en Europa el placer de viajar en tren. En la ciudad a orillas del delta el tren movía carga y migrantes. Allá era la Bestia. Acá era una bestia grata. Sus propios videos y quehaceres le parecen alucinantes durante el insomnio. Encuentra inverosímil la razón del viaje de Mikel Aramburu. Vuelve la cara de la ventanilla y se fija en el entomólogo. Mira sus manos: también son las de un recolector primario; en su caso, de bichos. Su mirada también es la de Flora: la de un buscador que hurga en el entorno básico.
—¿Qué harás con él?
—Momificar el cuerpo.
—¿Hay alguien que haya documentado el bicho?
—No. Es obra de un escritor. Una historia de Franz Kafka.
Flora suspira. Las manos y los ojos de copista medieval de Mikel se evaporan. Encuentra una gran distancia entre las menudencias que ella junta y la búsqueda del entomólogo. Mikel la ve mirar de nuevo a través de la ventanilla. Su cara es de artista floral griega. Un mechón negro y lacio descansa en su oreja.
Toca su obsesión.
—Los insectos también tienen armas —dice Mikel—. Usan los espolones y cuernos de su cuerpo, segregan líquidos mortales, construyen trampas. Son vigías perpetuos del instante.
Flora frena el impulso de ir al restaurante y volver por su maleta al final del viaje, y dice:
—Te comunicas cuando lo encuentres. Me encantará grabarlo, si estás de acuerdo. Te envío mi número.
Flora temía no encontrar en Praga el tema soñado para su video. Acceder a los pabellones de las fábricas de armas en Europa era tan difícil como encontrar silos de misiles nucleares en el Tíbet. Quizá tuvo razón el ingeniero Giorgio Crisantes; debió ir a Estados Unidos, por lo menos en Texas hubiera encontrado armerías, campos de tiro y la Colt .38 súper, otro flagelo. Grabar el bicho le evitaría volver a la ciudad a orillas del delta con las manos vacías.
Cuando Regina le habló de Mikel Aramburu en el bar, creyó que con él podría recorrer la ciudad; su francés era excelente. En la segunda guerra mundial, los nazis se apropiaron de las fábricas de armas de Praga. Pero al entomólogo solo le importa el insecto monumental, así que se olvida de él como guía. Cuando se despidieron al salir de la estación, Flora le preguntó:
—¿Dónde piensas encontrar lo que sobrevive del bicho?
Mikel levantó dos mechones de su cabellera formando unas antenas.
—Siempre están vigilantes.
Flora debía buscar el tema de su video en la ciudad de Brno, fuera de Praga, donde estaban los arsenales. ¿Pero quién quiere abandonar Praga?
Los correos del entomólogo le desagradan; él sigue las huellas del insecto con mayor método. Ella encuentra una escultura de Franz Kafka. La impresiona, tanto como el puñado de relatos que leyó en su laptop. Comprende la escultura de David Černý: ella también se afinca en el aire; no tiene familia. Recuerda la historia del tatarabuelo materno fusilado durante la Revolución porque le habían encontrado cascajos de máuser en el bolsillo.
El plomo sigue acumulándose a orillas del delta. No hay pacto ni tregua posible. Contras es la palabra con que se nombra a los enemigos. Y estos se levantan como el polvo del estío. Rouss Álamos emprende la recolección de cascajos y metralla para cubrir la demanda de esculturas. La misma joyería donde compran los gatilleros las alhajas para sus amantes vende las piezas que se cotizan en dólares. Un bosque inmaculado de árboles bonsái se extiende por la ciudad del Valle Floreciente —y por el mundo. Flora Carrasco agradece los depósitos de Rouss Álamos por ese concepto artístico siniestro.
Camina por Praga. Se olvida de la automática CZ 75 y de documentar los edificios de las fábricas de armas decomisadas por los nazis (los armeros del antiguo reino de Bohemia eran excelentes).
Flora no comprende por qué Mikel no le invita una cerveza por la noche, cuando están libres de sus investigaciones. Decide buscarlos: el bicho lo llevará a Mikel y viceversa. Ella también sabe de alimañas.
El entomólogo le recuerda a sus mecenas: le envía por WhatsApp el nombre de las empresas agrícolas del Valle Floreciente que usan gusanos para combatir las plagas. «Los insectos guerrean con otras especies a favor de los humanos», le dice, sin añadir nada sobre su pesquisa.
Sin una cámara en la mano (ella desprecia los documentales de paisajes urbanos que no estén sustentados en metales, por hermosa que sea una ciudad, y Praga la tiene con el aliento entrecortado), sin metralla en sus bolsillos, sin los bocetos de sus esculturas, Flora piensa en sí misma. Duerme a fondo, sin los ubicuos disparos y luego del jet lag. Praga es tan silenciosa como Lieja. Desaparece de sus manos el olor a fierro que es como un perfume (en el duty free de París vio de reojo las fragancias). Suspende los ansiolíticos. Su pulso es sereno, su cara está libre de ojeras. Una lengua de claridad entra por la ventana de su buhardilla. La amante de la rebusca metálica se graba. En su nuevo video habla de un entomólogo español que hace una búsqueda extraña. Al verse, descubre a una mujer cuya voz fluye por un delta dorado. En su canal de YouTube el video tiene miles de vistas. Esa noche se sueña como la mujer recia que es: en un cuarto opresivo daba de comer en su mano a una cucaracha albina. No había horror ni gratitud; había amor.
Despierta.
Mikel Aramburu toca a su buhardilla con la despensa del desayuno. Mientras cocina, le cuenta que no encontró el insecto, pero que había percibido la presencia de Franz Kafka en cada resquicio de la ciudad.
—Yo vi el bicho este amanecer —dice Flora, reservándose de contar el sueño.
En la sobremesa Mikel le reenvía un WhatsApp. Una empresa del Valle Floreciente lo reclutó para tratar sus cultivos de hortalizas con insectos. Eran miles de hectáreas de riego cuya propietaria es una mujer con ascendencia griega.
—¡Veré cucarachas de mar! —dice Mikel entusiasmado.
La artista de los tiros lo ve fregar. Se pregunta por sus antenas como alarmas. ¿Se había cortado el pelo? Mientras desayunaban, le pareció que el entomólogo vasco la veía con la misma ternura que le había descubierto en los ojos cuando hablaba del insecto creado por Franz Kafka. Recuerda las voces ásperas de los hombres que la habían invitado a impregnar, en verdad, sus manos de pólvora, a desafiar la prueba de rodizonato de sodio. Temía más a esas invitaciones que a las amenazas frecuentes que recibía por su obra.
Flora desea vivir en Europa. Hará fotos y su amiga Regina la presentará en la agencia donde colabora. Evoca la ciudad a orillas del delta, sus contornos manchados de sangre, el valle ardiente que ella ama. Se ve en otro amanecer furibundo levantando el escombro que generan los disparos de año nuevo. Quiso ser conquilióloga, dormir mecida por las olas, peinar las playas del Golfo de California.
—¿Por qué no fuiste a Austria? En Deutsch-Wagram se fabrica la pistola automática más usada en el mundo.
—Tienes razón. Mis coterráneos eran tiradores de la edad del hierro. Mujeres y hombres preferían el peso del acero. Ahora les agrada la ligereza del plástico y su mayor capacidad de fuego.
Los pasos de Mikel tienen la ligereza de una araña cuando se acerca a Flora.
—Debí trabajar Italia. También usan la Pietro Beretta M9.
—Estás bien aquí. Tu cara es otra —dice Mikel.
Flora sonríe.
—¿Vas a volver? Podemos regresar juntos.
Ex Hacienda de hilados y tejidos El Coloso de Rodas,
verano de 2020/ 30 de octubre de 2023





