Therian o el derecho a imaginar en tiempos de devastación
Nuestra familia es modesta, mi madre es una vaca.
Leonora Carrington
En 1994, en Ohio, comenzaron a circular testimonios de jóvenes que se identificaban con animales. Un grupo que, a primera vista, podría parecer una manada de diversas especies, en realidad expresaba una decisión que iba más allá de la metáfora poética o de un gusto pasajero: afirmaban sentirse, de manera profunda, ligados a la experiencia interior de un lobo, un felino o un ave. Aquellos primeros espacios —intensamente afectivos— fueron el germen de lo que hoy conocemos como el fenómeno therian. Un territorio simbólico donde la identidad se expande más allá de los límites de la especie, pues pone en tensión el antropoceno y revela el derecho a elegir una forma de existencia que rompe con el eje binario y manifiesta el deseo de conexión con aquello que no hemos sabido comprender. Se convierte, así, en una forma de resistencia afectiva.
Frente a las miradas incrédulas que, desde sus sofocos, reproducen la violencia simbólica y digital, la comunidad therian no “finge” ser un animal: su sensibilidad le permite generar un lazo simbólico y espiritual con aquellos seres que siempre han estado sujetos a los procesos de devastación de especies, exacerbando el derecho colonial de apropiarse de todo cuanto el heteropatriarcado desea —cuerpos, especies, recursos naturales— y un deseo de capital que no conoce límites. Estas formas de comunidad afectiva descolocan profundamente el orden racionalista de Occidente; en su gesto se expone la violencia del régimen binario y, al mismo tiempo, la posibilidad del derecho a imaginar. Ante la razón necropolítica, nada que se sitúe fuera de su frontera tiene derecho a existir: frente a la idea de crear un mundo distinto, solo ofrece la negación de la vida. Desde aquellas primeras comunidades en Ohio hasta los actuales espacios digitales y sus propios contenidos, lo que se ha consolidado no es una extravagancia, sino una comunidad afectiva y simbólica que busca sobrevivir a la devastación.
Vivimos un tiempo necropolítico en el que la destrucción ecológica se ha vuelto paisaje y no excepción. Nosotros mismos, como especie, nos hallamos sometidos a la lógica de la muerte y el residuo. El mundo está en guerra y parece que nadie puede salvarse: bosques convertidos en polvo, mares saturados de plástico y radiación, especies borradas del aire y del agua. Sus huellas apenas circulan en los márgenes del discurso; el peligro de extinción de cientos de especies parece no importar frente a las ganancias territoriales. En medio de esa muerte expandida, los therian emergen como una marea que defiende el derecho a imaginar otras formas de comunidad y de lazo afectivo. Su gesto no es baladí: es político. Imaginarse desplazado, pensarse como otro ser vivo, habitarse desde el cuerpo de un animal, es una manera de resistir la lógica que todo lo mercantiliza y violenta.
Ante las corporalidades que no se alinean al mandato heteropatriarcal, frente a las pedagogías de la crueldad y las científicas formas de exterminio de nuestros pares, comunidades de adolescentes y jóvenes resignifican la suya. Nos acercan no solo a metáforas que rompen los dualismos, sino a la posibilidad de reinterpretar lo poshumano.
Donna Haraway propone, desde una mirada crítica a la supremacía humana, recuperar las experiencias que nos permiten encontrar formas de frenar la devastación. Su idea de lo poshumano confronta la experiencia antropocéntrica frente a las nuevas tecnologías, pero al girar hacia el encuentro con otras realidades nos invita a mirar a las especies de compañía como lugares donde reside el eco afectivo, la ternura y la paz que sentimos en el calor de nuestros cachorros multiespecie. En Seguir con el problema escribe
Mi narración multiespecies trata sobre la recuperación en historias complejas tan llenas de muerte como de vida, tan llenas de finales —y hasta de genocidios— como de principios. Ante el implacable y exorbitante sufrimiento históricamente específico en los anudamientos de especies compañeras, no me interesa la reconciliación ni la restauración; más bien, estoy profundamente comprometida con las posibilidades más modestas de la recuperación parcial y el mutuo entendimiento (Haraway, 2019, p. 38).
Que esas posibilidades las encarne una comunidad cuya población fluctúa entre los doce y veinticinco años nos obliga a mirar lo que hemos hecho por nuestras infancias y juventudes. Son personas que vivieron su infancia en resguardo durante la crisis sanitaria y cuyos vínculos afectivos se generaron a través de dispositivos y redes sociales. Perdieron el derecho a la calle, y aun antes de la pandemia ya habitaban un mundo de encierros: la violencia, la inseguridad, la guerra contra el narcotráfico. Más de una década de guerra, una sobreexposición a la violencia, una existencia precarizada y la proyección constante de la devastación han configurado una vida difícilmente habitable. En ese espacio hostil, el adultocentrismo y el miedo a la diferencia alimentan la crueldad.
Los therian, entonces, no exponen un capricho identitario: trazan un umbral ontológico en el que se entrelazan la sensibilidad, la memoria somática y la imaginación como potencia política. Su proceso identitario no se agota en la etiqueta ni en la estética performativa: implica una escucha atenta a los ritmos corporales, a los silencios que escapan al lenguaje humano, a una percepción ampliada de sí que se desplaza entre géneros, alteridades y espejismos.
Esta identidad se genera en comunidad. Hace más de tres décadas, ante la proliferación de neoidentidades colectivas y los lazos afectivos que las sostienen, Michel Maffesoli sostenía que el fin de la modernidad no significaba la extinción de las formas de socialización. En los intersticios de las grandes estructuras y las crisis, emergen nuevas formas de identidad que proponen otras maneras de existir:
El gran interés que encierra la llamada de atención lanzada más arriba: el hecho de que el dinamismo social no adopte ya los métodos propios de la Modernidad no significa que haya dejado de existir. Y, siguiendo el trayecto antropológico que he indicado antes, podemos estar asimismo en condiciones de mostrar que hay una vida casi animal que recorre en profundidad las diversas manifestaciones de la socialidad (Maffesoli, 1990, p. 25).
Entre los debates en torno al nacimiento de otras identidades y la proliferación de violencia simbólica en las redes, advertimos que el rechazo surge por no alinearse a los mecanismos institucionales. Las comunidades therian, al poner en tensión la idea misma de “especie humana”, proponen otras formas de estar y de generar mundo. En sus vínculos aflora una ética del cuidado y del acompañamiento que contrasta con las formas neoliberales de sociabilidad líquida y desafección. Allí, la amistad no es un like: es una conversación prolongada sobre umbrales de sentido y territorios interiores, cuerpo a cuerpo.
En el corazón de esta emergencia estética y simbólica late una pregunta radical: ¿quién decide qué corporalidades merecen ser reconocidas, respetadas, escuchadas y amadas? Ante la devastación ecológica —esa necrosis de paisajes, especies y saberes— la comunidad therian propone que el derecho a imaginar es un derecho político. Imaginar nuestra relación con otros animales no es un capricho onírico, sino una apuesta ética por recuperar fragmentos de un tejido común que el capitalismo extractivo ha destrozado.
Esta sensibilidad nos acompaña desde Diógenes de Sínope hasta el surrealismo y, por supuesto, la literatura latinoamericana. Encuentra ecos en Max Ernst, en sus collages donde los cuerpos humanos estallan en metamorfosis: pájaros que piensan, mujeres con alas, bosques que respiran. En el caso de las pintoras surrealistas, Leonora Carrington y Remedios Varo soñaron con esa frontera diluida donde los animales proponen otras formas de sentir y de vincularse con el mundo material y el de los sueños. Francisco Toledo extendió esa genealogía hacia lo político: sus iguanas, jaguares, primates y ranas no son alegorías, sino compañeros de lucha; seres que invocan el equilibrio roto entre la vida humana y la no humana.
Ser therian, en este sentido, es también continuar una tradición artística que disloca la identidad y cruza los umbrales de lo posible. Así como Carrington pintaba su propio cuerpo metamorfoseado en caballo o en pájaro para hablar del deseo y la libertad, también escribió relatos donde la animalidad prevalece ante la crueldad humana. Los jóvenes therian encarnan esa imaginación como herramienta de reparación simbólica: una apuesta por la ternura, por el llamado de la naturaleza y por formas de comunidad en espacios virtuales y públicos. Allí donde el necrocapitalismo global sólo ve cuerpos para producir, ellos reinventan el cuerpo como espacio de vínculo, de reencuentro con lo animal, de refugio emocional frente a la catástrofe.
Si el siglo XX proclamó la razón, el progreso y la productividad como dogmas —y con ello la explotación de las corporalidades femeninas y disidentes—, el XXI parece llamado a reivindicar el derecho a imaginar. No huyen del mundo: inventan maneras de permanecer en él. No buscan regresar a lo salvaje, sino volver a sentir que la vida, incluso en su forma más mínima, merece ser acompañada.
Esa es la llamada de atención, la urgencia que debemos asumir como sociedad: acompañar y comprender a quienes no nos deben un futuro, sino a quienes les debemos un presente. El therianismo no es una rareza digital, sino una forma contemporánea de espiritualidad laica; un intento por habitar el presente desde la comunión con lo que aún queda vivo. Al escucharlos, al observar sus rituales cotidianos —dibujos, nombres adoptados, comunidades de apoyo— comprendemos que en ellos hay una fuerza poética que el pensamiento racional no logra contener.
Quizá lo que nos proponen, sin decirlo, es una nueva ética de la sensibilidad: una estética más allá del necrocapitalismo y, por supuesto, de los algoritmos. Cuidar, imaginar, acompañar. Ser con quienes habitamos, más allá de lo que ha significado ser humano. En un mundo que insiste en despojarnos de la esperanza, los therian nos devuelven el impulso más humano que queda: la capacidad de imaginar un refugio y hacerlo habitable.




