Cierta vez mi abuela me habló por teléfono, el tiempo pareció no ser suficiente para ponernos al día con nuestras vidas y a mitad de nuestra charla comentó:
—Vaya, ya empezaron a martillar otra vez.
Supongo, como poeta, que entre mis miedos puedo contar la profunda inquietud que rodea la posibilidad de que un día se me revele que consagré mi vida a una imbecilidad.