En enero escuché por primera vez del Coronavirus, pero no lo tomé en serio hasta el 23 de marzo, que comencé a tener fiebre, cuerpo cortado, tos y dolor de cabeza.
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El espacio se reduce hasta pegarse a la piel y volverse una prenda más, ceñida por el sudor y la desesperación: un vagón del metro, cerrado y sin avanzar, es casi un ataúd, una fosa común de bordes exactos, simétricos.