En un episodio de Doctor Who, «Blink», el Doctor aparece como easter egg en diecisiéte películas. Él se sienta y empieza a hablar. En el fragmento más importante dice que la gente asume que el tiempo es una progresión directa de causa y efecto, pero en realidad no lo es. Desde una perspectiva ni lineal ni subjetiva, el tiempo es un enredo. Así pienso en Volver al futuro. No podría siquiera sugerir un momento en que la vi por primera vez, pero apuntaré que, como muchas personas de mi generación, con certeza lo hice en la sala de la casa familiar, sentado frente a la pantalla de la televisión que sintonizaba el Canal 5. Desde entonces no tengo ni idea de la cantidad de veces que he visto la trilogía y, aunque parezca lo contrario, nunca podría predecir qué es lo que pasará ni cómo reaccionaré ante eso. Por alguna razón que no logro comprender, me emociono como si fuera la primera vez. Recito los «nadie me llama gallina, Biff» con el mismo entusiasmo de mi infancia y disfruto cada broma, escondida o no, que aparece en pantalla. Ver Volver al futuro es como viajar en el tiempo. De alguna manera, siempre la estoy viendo por primera vez.
En 2015 suceden dos eventos, uno real y otro ficticio, que marcaron infancias y que están relacionados con la trilogía de Volver al futuro. El primero es una conmemoración por los treinta años del estreno de la primera entrega; el segundo es una añoranza a un pasado en el que el futuro, nuestro presente, parece mejor: Marty McFly viaja al entonces futuro, el 21 de octubre del 2015. Es importante subrayar esta última fecha no sólo porque es en la que estamos, sino porque hubo un momento en que todos quienes vieron Volver al futuro II imaginaron un futuro que, si bien sabíamos no era como el de las películas, parecía tan lejano para añorarlo y creerlo medianamente certero. Los niños de los ochentas y noventas son, ahora en el 2015, gente menor de treinta y cinco años, cuya idea de ser «grande» no corresponde en absoluto con lo que las películas, los libros y la televisión decían. Vivimos en una época en que la nostalgia se ha hecho una industria, pero no sólo económica, sino creativa con todos sus pros y sus contras. La era del remake es mala por la falta de ideas originales, pero la era del revival nos hace recordar aquellos años en los que el 2015 parecía mucho más feliz y mucho menos dañino de lo que en verdad es.
Lejos de los maratones de la trilogía que se harán para añorar un tiempo pasado en donde el futuro era más optimista, en Tierra Adentro decidimos lanzar una propuesta a un grupo de crononautas, que, además, son escritores sub-35. Propusimos a estos niños de los ochentas y noventas que recordaran y reflexionaran, desde sus respectivas trincheras, Volver al futuro. El resultado son tres ensayos y seis textos narrativos que resaltan la experiencia personal para encumbrar a la cultura pop como una de sus grandes influencias. Aquí, Volver al futuro aparece sólo como un pretexto para hablar de la nostalgia temprana de un futuro inexistente.
En este ensayo, Luis Reséndiz enmarca la trilogía de Volver al futuro en la mejor tradición, con todos sus pros y contras, del cine hollywoodense de los ochentas. Una versión anterior de este texto apareció el mes de septiembre en el blog de cine de Letras Libres.
1.
Para los que fuimos niños a principios de los noventa,Volver al futuropermanece indeleble en la memoria. En mi caso, el recuerdo de la película está estrechamente ligado a sus constantes retransmisiones en el Cine Permanencia Voluntaria de Canal Cinco. En esos años, muchos hogares de padres trabajadores o divorciados dejaban a los hijos al cuidado de esa infatigable niñera que sólo exigía contar con electricidad, una antena de conejo o una videocasetera: en consecuencia, fuimos muchos los que crecimos frente a su pálida luz, yVolver al futuropertenecía a lo que se podía ver religiosamente los sábados cada pocos meses.
Eso no me pasaba por la mente cuando veíaVolver al futuro: apenas si deja tiempo para reflexionar. La acción sucede a una velocidad inusual; despegar la mirada o distraerse deriva en perder el hilo de una historia que no espera a nadie. Pienso en la secuencia inicial, un auténtico prodigio de distribución de datos y atención al detalle. La cinta abre con una toma larga (dos minutos y diez segundos) que recorre un sitio desordenado, atestado de relojes que suenan al unísono. Rápido y sin que medie ningún corte, deducimos algunas cosas de esa exhibición de descuidos: hay unos recortes de periódico en una pared que dan cuenta de la destrucción de una «Mansión Brown» en un incendio, además de una «Herencia Brown» malbaratada por un «inventor en bancarrota».
El hombre aún no aparece en pantalla, pero la información sobre su personalidad comienza a filtrarse hacia nosotros. El coro de relojes continúa su incesante tic-tac mientras la cámara se desplaza. Vemos los retratos de tres hombres de ciencia, Thomas Alva Edison, Benjamin Franklin y Albert Einstein, pero también restos de comida, platos y tazas sucias y una videograbadora JVC —tecnología de punta en aquellos años. Una cafetera escupe un chorro de agua caliente que cae sobre una base que no sostiene ningún recipiente. La televisión se enciende automáticamente en el momento exacto en que una conductora da cuenta del presunto robo de un cargamento de plutonio, atribuido a un grupo nacionalista libio:
Un brazo mecánico se pone en acción a la manera de una máquina de Rube Goldberg y abre una lata de comida para perro.[1]Ahí termina la primera toma: un corte nos deja ver que la comida cae sobre un plato que tiene varias raciones servidas y abandonadas. En el plato se lee el nombre del perro, Einstein.
La puerta se abre y vemos entrar unos sneakers Nike con una patineta rosa colgando cerca de ellos. Una voz delgada pregunta «¿Doc? ¿Dónde está?» a la vez que se lamenta por el estado general de la limpieza del lugar. El joven —ahora lo sabemos— deja caer la patineta al suelo, donde ésta rueda y se detiene al chocar contra una caja bajo lo que parece una cama.[2]La caja amarilla tiene una leyenda que le recordará al espectador atento la noticia del robo de plutonio:
Así, en apenas un par de minutos y prácticamente sin diálogos, sabemos que el plutonio robado está en poder del Doc Brown, una especie de científico loco caído en desgracia y amigo de un hombre joven que ignora su secreto criminal;[3] sabemos, también, que el Doc se ausenta largos días de su casa, que es desordenado y distraído (y, en consecuencia, un tanto desaseado) y que ama las objetos vintage. Recordemos: el Doc Brown aún no aparece frente a nosotros.
Steven Spielberg diría del guion de Bob Gale y Bob Zemeckis que era «apretadísimo» y que le «recordaba a Billy Wilder»,[4][5]famoso por colocar información de manera estratégica. Este cuidadoso suministro de datos seguirá durante toda la película. Volver al futuro es una cinta circular como las del mejor Hollywood clásico. Todo en ella está cuidadosamente planeado para hacer eco más tarde —esta labor de escritura sería transmitida también a las secuelas. Un par de ejemplos:
1) Al llegar al Hill Valley de los cincuentas, Marty contempla un cartel de cine y una marquesina. Destaca el nombre de un actor, Ronald Reagan:
Más tarde, en su primer encuentro, el incrédulo Doc Brown de 1955 preguntará a Marty algo que compruebe que en efecto viene de 1985: «Entonces dime, muchacho del futuro, ¿quién es el presidente en 1985?», «Ronald Reagan», contesta Marty. «¡¿El actor?!», refuta el Doc, que ahora le cree menos que nunca. La película ya dio la información suficiente para entender esa punchline: está en nosotros tomarla o dejarla. Si se saben más cosas, como que Jane Wyman fue esposa de Ronald Reagan, se entienden otras expresiones del Doc, que pregunta si es ella la primera dama.
2) Marty y su novia, Jennifer, están a punto de besarse en el Hill Valley de 1985 cuando los interrumpe una activista que busca salvar la torre del reloj de la ciudad. Para zafarse de su hostigosa presencia, Marty le da un quarter mientras ella explica que el reloj dejó de funcionar hace treinta años, durante una tormenta eléctrica. Al irse les dice «¡No olviden tomar un volante!», que Marty acepta a regañadientes (y en el que, más tarde, Jennifer anotará el teléfono de la casa de su abuela, donde pasará la tarde, para que Marty le llame):
Posteriormente, al pedir ayuda al Doc Brown de 1955 para volver a 1985, Marty le informa que para arrancar el flux capacitor que permite el viaje en el tiempo se necesitan generar 1.21 gigawatts. El Doc, consternado, afirma que esa cantidad de energía sólo podría ser producida por un rayo: «Desafortunadamente, nunca se sabe cuándo y dónde van a caer», sentencia. Marty recuerda el volante, que conserva porque tiene una nota de su novia, y se lo pasa: ahora sí saben cuándo y dónde caerá uno.[6]
Volver al futuro está sembrada de este tipo de detalles, pequeños ganchos a los sentidos que obligan a permanecer con la mirada atenta. Distraerse, reitero, sería un error capital.
2.
Con treinta años de distancia y montones de películas de viajes temporales ocupadas en lo prosaico —breve muestrario: Bill & Ted’s Excellent Adventure (1989), centrada en que dos peleles pasen su final de historia; Hot Tub Time Machine (2010), en la que unos douches viajan al pasado gracias a una bebida ilegal derramada en una bañera; Frequently Asked Questions About Time Travel (2009), que transcurre en su totalidad en un bar británico; Safety Not Guaranteed (2012), donde importa más la preparación para el viaje que el viaje en sí—, es fácil que el rompimiento que Volver al futuro representó en su contexto de películas de viajes en el tiempo pase desapercibido. «Creímos que sería una historia de viaje en el tiempo de verdad inteligente, una que no hubiéramos visto antes. Creo que lo más divertido fue que pudimos contar una historia acerca de un adolescente que viaja en el tiempo al pasado reciente para ver a sus padres como adolescentes. Eso era donde encontraríamos mayor kilometraje, más allá de enviarlo a la época prehistórica», dijo Robert Zemeckis.
Y es verdad: Volver al futuro toma una distancia insólita respecto a otras películas de viajes en el tiempo, que a menudo insertaban a su protagonista en un escenario casi divino, un tablero de ajedrez más grande que la vida. Pensemos en Time After Time (1979),Pide al tiempo que vuelva (1980), Terminator (1984), The Philadelphia Experiment (1984) o Star Trek IV: The Voyage Home (1986). El contexto de películas de viaje en el tiempo en el que Volver al futuro se insertó tendía a lo épico —aunque la comedia ya existía en el subgénero: están A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court (1949), basada en una novela de Mark Twain que usaba el medio clásico de viaje en el tiempo antes de que H.G. Wells inventara la máquina del tiempo: el sueño; o Time Bandits (1981), de Terry Gilliam.
Volver al futuro colocó su trama en un registro más modesto que el de las películas de su época: una secundaria cualquiera en un pueblito cualquiera en el que un muchacho cualquiera tenía que ingeniárselas para hacerla de Cupido con sus propios padres. Aunque el score (siempre emocionante, salido de la mente de Alan Silvestri) le otorga una personalidad épica, Volver al futuro se construye más a golpe de de diálogo, como comedia clásica hollywoodense de los cuarenta, y menos a base de setpieces de acción (aunque no carezca de ellas). Marty McFly no se enfrenta a dinosaurios o a robots enviados del futuro —más tarde, en 1991, la serie de televisión Back to the Future: The Animated Series sí mostraría ese tipo de aparatosas aventuras. Los grandes dilemas típicos del subgénero serían sustituidos con una aventura adolescente: la universalidad de su premisa se encuentra en su aparente sencillez.[7]
Un rasgo casi subversivo de la trama de Volver al futuro es el conato de romance entre Marty McFly y su madre, Lorraine Baines. «Pensé que el aspecto edípico era de verdad asqueroso. Creo que le dije a los dos Bobs [Robert Zemeckis, director y escritor, y Bob Gale, guionista] que se me enchinó la piel cuando ella trata de besar a Marty en el coche», diría Steven Spielberg.
En el papel, Volver al futuro está llena de elementos perturbadores o al menos desconcertantes. No solo la subtrama edípica: pienso, por ejemplo, en la caracterización de los terroristas libios, que son quienes detonan la trama al intentar asesinar al Doc Brown y que aparecen como cuasisalvajes incapaces siquiera de articular palabra. No es extraña la estereotipación del otro en el cine de acción estadounidense: pensemos, por ejemplo, en la caracterización de los hindúes en El templo de la perdición (1984), o más recientemente, Iron Man (2006), en la que los afganos son representados de forma muy similar a los libios de Volver al futuro: violentos, sin conocimiento del inglés, ansiosos por conseguir un arma de destrucción masiva (los libios, una bomba nuclear; los afganos, un misil de alta precisión Stark). Esto puede relacionarse con el hecho de que en la época de producción de Volver al futuro y Iron Man, los libios y los afganos estaban en tensión bélica con el gobierno de Estados Unidos.
Otro rasgo que hace alzar las cejas a más de uno es el hecho de que Biff Tannen, el antagonista de la trilogía, prácticamente trata de violar a Lorraine (y que, una vez que la línea temporal se arregla a favor de los McFly, termina trabajando para ellos como una especie de esclavo). El subtexto borda lo reaccionario: mientras están en el coche antes de ir al baile escolar, Lorraine besa a Marty pero el momento resulta terriblemente incómodo («Es como besar a mi hermano», dice ella, que ignora que Marty es su futuro hijo); después, Biff irrumpe en el auto e intenta forzar a Lorraine a besarlo —y, presumiblemente, algo más—. El tono ligero de la película evita que se convierta en una tragedia, pero es claro que en la escala de valores de Volver al futuro, las agresiones sexuales entre compañeros de preparatoria no son ninguna rareza. En la última década se ha hecho hincapié en la necesidad de idear nuevas formas de hacer avanzar las tramas sin usar violencia sexual normalizada contra personajes femeninos (aquí hay un buen texto de Gabriela Damián al respecto); Volver al futuro, proveniente de una época más ingenua, es un buen ejemplo de cómo se normalizan esas agresiones como plot points.
Una última polémica se encuentra en el hecho de que Marty, un joven blanco, viaja al pasado y sirve de inspiración a un conserje negro para ingresar en la política, además de fungir como enviado del destino para regalarle el rock al mismísimo Chuck Berry —un músico afroamericano. En el universo de Volver al futuro los afroamericanos requieren que los blancos les señalen el camino indicado para superarse; más que comentar las situaciones de opresión racial —en el caso del conserje— que mantenían (y mantienen) a buena parte de la población de color en condiciones laborales deplorables, la película parece indicar que las oportunidades en una sociedad regida por la democracia liberal siempre están ahí, sólo hace falta estirar la mano para tomarlas. Una idea, cuando menos, endeble. Todas estas características —políticas, de género, raciales— están en Volver al futuro y pueden (y deben) ser objeto de controversia y cuestionamiento.
4.
¿Cuáles son los temas que impulsan la saga Volver al futuro? Se me ocurren varios: la amistad —encuentro similitudes con The Fountain, de Darren Aronofsky, en la que se plantea la duda de si nos enamoraríamos de la misma persona en distintas eras, de la misma forma que Marty y el Doc vuelven a entablar su amistad una y otra vez a lo largo de las diferentes etapas que visitan—, el sueño americano —Marty no sueña con una vida más espiritual o emocionalmente rica, sino con los ideales de triunfo típicos de la cultura gringa de los ochenta: un auto más grande y nuevo, hermanos con mejores trabajos, el éxito comercial en la música que le depare la fama, un padre que alcanza sus metas a través de la literatura (dotada de prestigio) y del éxito comercial; en todos estos elementos hay un eco de la declaración de Spielberg que se puede ver en los extras del DVD de la trilogía: «Si pudieras viajar al futuro, ¿qué quisieras saber?», le preguntan en el set de filmación; «Quisiera saber si esta película será un gran éxito de taquilla», contesta—, la posibilidad de forjarse un futuro con las propias manos aún en contra de nuestros peores defectos —«Mi padre hizo algo que nunca haría», dice Marty al Doc; «¿Nunca?», contesta alarmado el Doc: el destino de George McFly se ve modificado a contracorriente de su mezquindad y cobardía, así como la saga concluye con Marty aprendiendo a controlar su temperamento—.
El guionista Bob Gale apuntó que, en los primeros borradores, Marty McFly era un tipo derrotado, al grado de pensar en suicidarse. El equipo de escritores decidió que eso era demasiado, y dieron a luz al Marty que conocemos: un tipo necio, un tanto engreído, inseguro, falible, pero también incansable y tenaz. Es hasta que realiza un viaje temporal (que al final dura apenas un día para el resto del mundo: Marty parte para 1955 el 26 de octubre de 1985, en la primera parte, y regresa a 1985 desde el Hill Valley del Oeste en la mañana del 27 de octubre de 1985) que se descubre a sí mismo: el viaje es a través del tiempo, pero también hacia la génesis de Marty mismo: conoce a los primeros McFly en vivir en América, migrantes irlandeses (no en vano Biff llama a George McFly «Irish bug» en 1955) nobles, tenaces y desinteresados, que representan lo mejor de su herencia (ahí otra celebración en Volver al futuro: los migrantes como la sangre que corre por Estados Unidos). Pero es un viaje, también, a su posible apocalipsis: Marty aprende que lo arrebatado de su personalidad alberga su posible ruina. El viaje temporal deviene proceso de autoconocimiento: recorrido interno, visita a las propias raíces. No en vano Marty vuelve transformado: acepta sus defectos —en ese caso, su impulsividad— y comienza una lucha contra sí mismo que, al final de la saga, lo deja con un futuro en blanco, listo para ser escrito por su propia mano —la mano que no se lastimó en el fatídico arrancón con Needles.
La segunda parte de la trilogía provee una interesante lectura extra, muy propia de su época: la presencia de televisores como ominosos oráculos (un rasgo que comparte con Robocop, de 1987, o con el cómic The Dark Knight Returns, de 1986).[8]En la segunda parte vemos a Buford Tannen, abuelo de Biff Tannen, en un video promocional sobre la vida de Biff:
Y en la tercera parte vemos a Buford «Mad Dog» Tannen en persona:
Otro vistazo al futuro —o, paradójicamente, al pasado— se encuentra en una escena en la que el Biff Tannen de la segunda parte —uno que triunfó en esa línea temporal— ve una película en su jacuzzi. La cinta es Por un puñado de dólares, y la escena concreta es aquella en la que El hombre sin nombre—interpretado por Clint Eastwood, que sería el alias que Marty tomará en el Hill Valley del oeste— usa una especie de protochaleco antibalas. Biff ríe con grotescas carcajadas mientras alaba el ingenio del héroe:
En la tercera película —en el futuro de la saga pero en el pasado de Biff Tannen—, Marty, bajo el seudónimo de Clint Eastwood, derrota a Buford Tannen con la misma técnica de El hombre sin nombre:
Volver al futuro: una caja de resonancias.
5.
La saga completa de Volver al futuro destila un muy especial cariño por el ingenio humano. Desde el ingrediente más obvio —el DeLorean convertido en máquina del tiempo— hasta detalles menos evidentes, como la forma en que Marty toma los patines del diablo de los niños de Hill Valley para huir en ellos, o la manera en la que el Doc se aproxima para hablar con su yo de 1955 sin que lo note, o las ya citadas máquinas Rube Goldberg, o el recurso del tren para volver a 1985. Toda Volver al futuro es una elaborada puesta en escena del enfrentamiento de dos fuerzas: inteligencia contra fuerza bruta. Marty y el Doc son arquetipos de la debilidad: uno es muy joven, chaparro, se tiene una confianza que sus habilidades no respaldan; el otro es viejo, excéntrico, distraído. Ambos se enfrentan a lo largo del tiempo contra una fuerza irrefrenable: Biff Tannen y sus encarnaciones, siempre marrulleras, tramposas, siempre dispuestas al chanchullo y al empujón. Biff es alto, corpulento, grita en todo momento y se hace acompañar de tres o cuatro secuaces fieles con pinta de guaruras. Estas dos fuerzas están destinadas a enfrentarse a lo largo del tiempo, y la fuerza bruta está condenada a perder en cada uno de los enfrentamientos porque, al menos en el universo de Volver al futuro, no es posible que los déspotas corpulentos ganen si los débiles ingeniosos están allí para hacerles frente.
Mi momento favorito de esta batalla ininterrumpida ocurre en la segunda parte, en el techo del Biff Tannen’s Pleasure Paradise Casino & Hotel: Marty está frente a Biff, en una línea temporal en la que Biff es rico y poderoso y está casado con su madre; Marty escucha a Biff contarle que mató a su padre con la misma pistola con la que pretende matarlo a él. Y Marty, que es muy bajito y está desarmado, saca valor de quién sabe dónde y le asegura que no: que no lo va a matar y tampoco va a ganar esta batalla. Acto seguido, se arroja de la azotea ante la mirada furiosa y estúpida de Biff (una mirada como de toro a punto de atacar), quien ríe, ríe pensando que Marty ha muerto al fin, y se asoma al vacío a contemplar el cadáver de su adversario. En ese momento, Marty aparece flotando ante nuestros ojos sólo para seguir ascendiendo y revelar que está de pie sobre el DeLorean, conducido por el Doc, quien abre la puerta y golpea a Biff, dejándolo caer inconsciente al suelo. Marty, que está ante el asesino de su padre, festeja la gracia, producto de un plan secreto cuya existencia se nos ocultó y que funcionó a la perfección (con una perfección que sólo es posible en las películas), y marcha con el Doc en el DeLorean volador, dispuestos, una vez más, a desfacer el entuerto que sus aventuras temporales han causado. Puro ingenio.
6.
Vista a profundidad y en contexto, Volver al futuro se revela no sólo como una cinta divertida o detallada hasta la obsesión, sino como una profunda inmersión al Hollywood de otra época, con todas sus virtudes y defectos. Con las posibles lecturas sociales, raciales y de género que alberga y con todos sus aciertos técnicos, estructurales y narrativos —aciertos que forman parte de un cine veraniego que ha experimentado varias mutaciones en estos treinta años.
Estadísticamente es innegable que vivimos en una época del refrito.[9] No hay nada de malo en ello siempre y cuando se haga con astucia y vigor: Volver al futuro, hace treinta años, visitaba un tópico ya manido y lograba, mediante inteligencia en el guion y un depurado estilo cinematográfico, otorgarle nueva vida. El Hollywood de hoy haría bien en abordar Volver al futuro como una máquina temporal a fin de encontrar, en su pasado, ideas y claves para entender y mejorar su presente y su futuro. El Doc Brown, qué duda cabe, aprobaría la idea con rotundidad.
[1]Hay al menos dos máquinas de Rube Goldberg en la saga Volver al futuro: la que abre la primera cinta y la que el Doc tiene en su herrería en el Hill Valley de 1895, en la tercera película, que sirve para fabricar hielo ¡en pleno viejo oeste! Existe otra película producida por Steven Spielberg que presenta una máquina Rube Goldberg: Los Goonies, dirigida por Richard Donner, en la que un mecanismo realiza una serie de acciones absurdas —como espantar a una gallina para que ponga un huevo— con el único objetivo de abrir una cerca. La lista de mecanismos similares a los de Rube Goldberg en el cine dirigido o producido por Spielberg bastaría para un ensayo por sí solo: recuérdese las alocadas persecuciones en la saga Indiana Jones, los desastres en Tintín o el funcionamiento de las predicciones en Minority Report.
[2]El choque de la patineta con la caja que reza «Manéjese con cuidado» es en sí mismo un chiste de tono muy spielbergiano. Pienso en un chiste en Cazadores del arca perdida, en el que el director de la facultad advierte a Indy de lo peligroso de su misión. «No te preocupes, soy muy precavido», dice Indiana, y arroja su revólver descuidadamente a la maleta: justo lo contrario de ser precavido. Hay al menos otro más en El templo de la perdición. Aquí hay algo sobre esa saga.
[3]El origen de la amistad entre el Doc Brown y Marty McFly es uno de los misterios de Volver al futuro: ¿cómo es que un adolescente y un científico loco hicieron migas tan estrechas? Nunca se sabrá —al menos no de manera canónica—, pero Bob Gale, guionista de la trilogía original, ha escrito y coordinado cuatro nuevas historias del universo de Volver al futuro para publicarse en forma de cómic de la editorial IDW. Comienzan este mes: el número uno explicará precisamente cómo surgió la amistad entre Marty y el Doc.
[4]Todas las declaraciones están tomadas de Back to the Future: The Oral History, publicado en Empire.
[5]Un guion que sufrió un camino tortuoso para realizarse: fue rechazado varias veces por más de un estudio; uno de ellos, Disney, quien lo consideró «demasiado arriesgado» para producirlo.
[6]Dos apuntes acerca del retorno de Marty a 1985 mediante el rayo que golpea el reloj de Hill Valley
En la primera versión del guion de Volver al futuro, fechada en 1981, una de las diferencias era que Marty volvía a 1982 con la energía generada por una prueba nuclear en la Nevada de 1952. A ver si les suena: Marty necesita que la radiación alcance a su máquina del tiempo —que en ese borrador era una especie de refrigerador, no un Delorean—. Marty se cuela en un pueblo falso, creado ex profeso para detonar ahí la bomba, pero algo sale mal —olvida la Coca-Cola, que funciona para activar el motor de la máquina del tiempo— y el doctor Brown, en ese entonces llamado Professor Brown, le sugiere encerrarse en la máquina del tiempo/refrigerador, esperando que el cierre hermético lo salve de la explosión. En vez de eso, Marty revisa el refrigerador de una casa del pueblito deshabitado, encuentra unas Coca-Colas y activa la máquina justo a tiempo. Al final se consideró que era muy caro hacer todo eso (algunas versiones afirman que tampoco quisieron arriesgarse a que los niños imitaran a Marty y se encerraran en el refrigerador) y las ideas fueron evolucionando hasta llegar al Delorean, el rayo y la torre del reloj.
¿No les hace ruido? Bueno, permítanme recordarles: veintisiete años después del estreno de Volver al futuro, al inicio de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, Indiana Jones vive una experiencia muy similar en un campo de pruebas nucleares. ¿Cómo escapa de la explosión? Encerrándose en un refrigerador. ¿Cuál es el común denominador entre Volver al futuro y El reino de la calavera de cristal? Steven Spielberg, quien produjo la trilogía original —y que fue de hecho una especie de padrino de Zemeckis, sirviendo de productor ejecutivo y para sus primeras películas (I Wanna Hold Your Hand y Used Cars; no produjo Romancing the Stone, que quizá recuerden por su título en Canal Cinco: Dos bribones en busca de la esmeralda perdida, porque Zemeckis sentía que necesitaba demostrar que podía crear un blockbuster sin la ayuda de su mentor) y poniendo a la memorable productora Amblin —responsable de clásicos ochenteros como E.T., Gremlins, Los Goonieso Young Sherlock Holmes— a cargo de algunas de las mejores y más exitosas películas de Zemeckis: la trilogía de Volver al futuro y la extraordinaria ¿Quién engañó a Roger Rabbit?
Gale y Zemeckis son dos cineastas interesados más en el cine clásico hollywoodense que en la vanguardia de la Nueva Ola francesa (una constante en los cineastas de lo que Andrew Shail y Robin Stoate denominan New New Hollywood). Esta declaración de Zemeckis lo sintetiza bien: «The graduate students at USC had this veneer of intellectualism… So Bob and I gravitated toward one another because we wanted to make Hollywood movies. We weren’t interested in the French New Wave. We were interested in Clint Eastwood and James Bond and Walt Disney, because that’s how we grew up». Eso explica las referencias, en las secuelas de la película, a los spaghetti western de Leone, género que en su tiempo eran entretenimiento de bajo presupuesto que buscaba obtener el máximo de ganancias. Sería justamente el cine de Leone el que cambiaría el juego con Por un puñado de dólares, película que accedió a la legitimación de la crítica y el gran público gracias a su mezcla de cuida cinematografía, secuencias de acción y trama que recordaba a Akira Kurosawa y Dashiel Hammet al grado de que incluso la productora de Kurosawa gritó «¡Plagio!». Eso explica, también, que Gale y Zemeckis aprovecharan la inclusión del reloj de la torre de Hill Valley para rendir homenaje a Safety Last!, aquel clásico hollywoodense de 1923 protagonizado por Harold Lloyd, en el que el personaje de Lloyd cuelga de un reloj en un punto álgido de la trama. Esto inserta al Volver al futuroen una tradición que incluye a Lloyd pero también a Orson Welles y, más tarde, a Hugo de Martin Scorsese:
El hilado en Volver al futuro es tan fino que durante el paneo inicial de la cámara en la película, en el estudio del Doc Brown, se alcanza a ver un simpático relojito que prefigura, imitando a Safety Last!, lo que sucederá más tarde en la película.
[7]Incluso en esto Volver al futuro refiere al Hollywood clásico, insertándose en una especie de revival de la llamada teenpic, característica del periodo de posguerra y la década de los cincuenta, en el que Hollywood terminó de definirse como una maquinaria que producía películas para adolescentes —el sector poblacional que era más sencillo sacar de su casa para llevarlos al cine (el primer tráiler para cines de Volver al futuro, por ejemplo, omitía por completo al Doc Brown y daba la impresión, por la forma en que estaba editado, de que era Marty quien creaba la máquina, lo que hacía mucho más atractiva la promesa de la cinta para los chavitos). Los ochenta estuvieron marcados por una vuelta de la teenpic, como bien prueban las cintas de John Hughes (quien de 1984 a 1986 dirigió con endemoniada eficacia cuatro películas esenciales en la formación de la idea de adolescente en los ochenta: Sixteen Candles, The Breakfast Club, Weird Science y Ferris Bueller’s Day Off). Al respecto, el capítulo 2 del tomo dedicado a Volver al futuro de Film Classics, del British Film Institute, The 1950’s and Teen Culture, provee de mucho contexto. Acá se consigue.
[8]Cabe recordar que Volver al futuro fue concebida originalmente como una sola entrega (algo similar a lo sucedido con Star Wars). El éxito desmesurado de la primera parte facultó al estudio y a sus creadores para realizar una segunda y tercera entregas, escritas y filmadas back-to-back(al mismo tiempo), como si fueran una sola cinta (un proceso repetido más tarde por Kill Bill, El señor de los anillos y The Matrix). Los guionistas aprovecharon esto a su favor, lo que explica la estrecha narrativa que une a las dos partes y los ecos que se dejan ver entre ellas.
[9]Hollywood tiene, hoy día, 142 secuelas en alguna fase de producción. No es broma.
Hubo una época (tan lejana que parece mítica) en la que viajar en el tiempo se veía como algo imposible. Eran varias las consideraciones que se daban en contra de estos viajes: los científicos argumentaban que la línea del espacio y la del tiempo iban de la mano y en una sola dirección: mientras el espacio se expande, el tiempo va hacia el futuro. Pronosticaban que la única manera de que el tiempo cambiara su dirección era que el espacio se empezara a contraer. Si esto sucedía, la vida inteligente se terminaría y el universo sería un caos total.
La revolución científica que permitió los viajes en el tiempo la realizó Emmett Brown. Sin embargo, él no fue la primera persona en hacer un viaje en el tiempo. No es necesario que los grandes exploradores sean personas excelsas o brillantes. Prueba de ello es que el primer viajero fue Einstein, su perro, cuyo viaje fue de un minuto hacia el futuro. Tampoco deben ser osados o tener gran inteligencia. Martin Mcfly, joven ayudante del doctor Brown, fue el segundo viajero en el tiempo. Él, por accidente, viajó de 1985 a 1955 y casi provoca una tragedia. Como si de Edipo se tratara, su madre se enamora de él y por poco evita que ella y su padre se conozcan, y con ello su propio nacimiento. Muchos filósofos advertían sobre esta paradoja y ése era uno de sus principales argumentos en contra de los viajes en el tiempo. Incluso afirmaban que si el viaje era posible, lo mejor sería no hacerlo.
Parece ser que el doctor Brown pensaba de manera parecida. Son constantes los lamentos en su diario por haber inventado la máquina y el miedo que sentía porque la máquina pudiera destruir el universo. En sus diarios se relatan otros tres viajes que hizo con Martin. El primero lo hacen hacia el futuro, al año 2015. Según lo que cuenta el propio doctor, Martin y él viajan para evitar que el hijo del primero caiga preso. Después regresan a 1955. El último viaje que está registrado en los diarios es a 1885. No queda muy claro para qué se realiza. Algunos estudiosos piensan que el doctor Brown estaba harto de la civilización y que pensaba retirarse en esa época trabajando de herrero; otros dicen que su intención era conocer a Julio Verne. Lo cierto es que ahí conoce a Clara Clayton, una maestra de primaria con la que se casa. Martin regresa a 1985 y por órdenes del doctor destruye la máquina. Tiempo después, Emmett Brown construye nuevamente la máquina del tiempo y se reencuentra con Martin cuando el doctor ya tiene dos hijos con Clara.
Existe un libro llamado Metástasis Mcfly, escrito por el filósofo Pedro J. Acuña, que relata una historia alterna de los viajes de Martin y del doctor Brown. En él se cuenta que son acompañados por Jennifer, la novia de Martin, y Einstein. El motivo de los viajes es, según lo dice el propio texto, ver la vida desde un modo más panorámico: viajan a África antes de que exista la humanidad y ven recorrer a Einstein libremente los campos y visitan Londres en el siglo XIX.
Lo más probable es que estos viajes pertenezcan al mundo de la ficción. La principal prueba de ello es que los cuatro viajeros enferman de cáncer y viajan inútilmente al futuro para encontrar la cura. Pero si tomamos en cuenta que para Martin y Emmett Brown el presente es el año de 1985, sólo habrían tenido que viajar cien años al futuro para encontrar la cura.
Además, de acuerdo al diario del doctor, la enfermedad que contrae Martin (y que él atribuye a los viajes en el tiempo y a «esa maldita máquina») es el Parkinson.
Los años ochenta suponen un momento de cambios paradigmáticos en la historia del cine norteamericano. Alejados de las nuevas olas de las dos décadas anteriores, los fenómenos que ocurren para la industria cinematográfica son consecuencia de los nuevos hábitos de los espectadores, animados por una moral de consumo y de emancipación juvenil controlada desde el star system que se ancló en las cúpulas gubernamentales de los Estados Unidos. En medio de este contexto, la inocencia adolescente se hace de la gran pantalla a partir de una película entrañable: Volver al futuro (1985) de Robert Zemeckis.
Steven Spielberg, quien representa el eterno ímpetu del sueño adolescente occidental, se convierte desde inicios de los ochenta en el «rey midas» del cine y consigue proponer e impulsar una serie de valores específicos para la gran clase media norteamericana. En las películas que encabeza, principalmente como productor, se promueven lecciones morales, simples, maniqueas y reflejan lo que el país más poderoso del mundo desea de sus pubertos, desde las relaciones interpersonales hasta su futuro profesional.
Para el estreno de las aventuras de Marty McFly (Michael J. Fox) y compañía, la generación desfachatada que creía en el amor libre y en la inutilidad de las guerras se ha olvidado, y estamos todavía lejos de la descendencia noventera decepcionada y sin esperanzas que tendrá que enfrentarse al «mundo real» sin mayor defensa que su cinismo. Sin embargo Zemeckis y su guionista de cajón, Bob Gale, intentan recuperar, con una trilogía evidentemente esperanzadora, la época específica donde las buenas costumbres y la imagen constituyen la base del éxito y de las condiciones materiales a las que todo hombre occidental debería aspirar.
Por un lado, es la generación de Spielberg, Lucas, Zemeckis, Hughes, etcétera., la que precisa traer parte del modelo de producción que posicionó a la TV en las mentes y corazones del público. El espectador promedio, aquella mente de suburbio gringo, se vio infantilizada tras una década de guerras gracias a que las marcas y productos comerciales financiaron su educación visual. Volver al futuro demuestra su fe hacia dicho patrón y vende cada escena y cada gag a una serie de corporativos por demás conocidos, desde el refresco popular hasta la más cotizada marca de vehículos de la época. Cada aparición de una marca comercial patrocina una nostalgia, la añoranza de un momento donde no había preocupación por una intervención militar, donde cualquiera podía dormir tranquilo tras tomar un vaso con leche de chocolate y ver el General Electric Theater –emisión televisiva que dio popularidad al futuro presidente Reagan–.
Por otro lado, Spielberg, Zemeckis y Gale son los hijos del suburbio que desean no preocuparse por una crisis nuclear e intentan por todos los medios jamás cortar el cordón con el terruño donde todo es más sencillo, tanto así que antes de animar al adolescente a madurar y convertirse en un hombre de bien —con todo y una Cuatro por Cuatro— cumplen su sueño infantil: inventar el rock & roll y ser el objeto de amor de su propia madre.
Hasta aquí se puede ver que las concepciones de Volver al futuro son más un pretexto para una moral que una propuesta sobre la fantasía o la ciencia ficción. Un guion donde toda broma y todo detalle tendrá su cabo atado es el medio por el cual se declaran, en primer lugar, los principios de la política estadounidense y, en segundo lugar, se ve reflejada la condición de Hollywood en la época. Es decir, el joven ochentero se identifica con el de los años cincuenta, aquel que logró posicionamiento y atención por parte de su contexto pero que no implicó riesgo alguno para el establishment, con la diferencia de que no sólo es un individuo al que se le permite una ingenua rebeldía musical (en el pasado con un baile escolar, en el presente con MTV) sino que es ya convertido en un ente condenado al consumo: tener una gaseosa sin azúcar, romancear con la novia en una camioneta todo terreno, ser gobernado por una estrella de cine y viajar en el tiempo con un auto de lujo será sinónimo de calidad de vida. Éstas, referencias todas a una comodidad primermundista, son en realidad condiciones inevitables que se consolidaron en 1985, cuando las decisiones de producción comenzaron a tener sus causas en el dominio que las industrias petroleras y automotrices alcanzaron en Hollywood.
El largometraje de Zemeckis es también el resultado de nuevas maneras de distribuir y pensar a un filme industrial. Toda película ya es lanzada pensando en el venidero formato casero y en un estreno simultáneo (novedad para aquel momento y que hoy es el pan de cada día con los estrenos de las cadenas de multisalas). En una época donde las sagas fílmicas para adolescentes no existían, ni mucho menos estaban sistematizadas, la producción de Volver al futuro se ve con la oportunidad de cambiar su final original y de convertirse en una trilogía, amarrando al público que se ganó con una obra que está calibrada a la perfección. Si el espectador se ha encariñado con el Doc Brown, el maloso Biff y el audaz Marty, es cuestión de vida o muerte que vea las secuelas que se preparan para él, con un combo de palomitas y refresco. El boleto está virtualmente garantizado para dos entregas más, la inversión cinematográfica es segura.
La producción de Spielberg no se arriesga y toma por segura su inversión hacia una política cultural definida: la nostalgia, el regreso a los valores de antaño y la afirmación de una vida consumista. El héroe del relato es demasiado joven para cuestionar nada, ya no es el motociclista de Dennis Hopper, ni el estudiante que toma por asalto el colegio británico que propone Lindsay Anderson, es un sujeto pasivo sin inquietudes ni crítica, se trata de un joven que está controlado por el mercado y que moldeará su propia historia a través de un baile escolar –el último reducto de un ingenuo jovencito que desea sentirse libre–. El resultado de sus aventuras será una burbuja de estabilidad material sin mayor impacto que convertirlo en un adulto responsable.
Un amigo me dijo que haría un ensayo de Volver al futuro y la tragedia griega. Eso dice de cualquier tema. Y casi siempre tiene razón en su enfoque, pero en este caso no: si algo se distancia de Volver al futuro es una tragedia griega.
Ambas hablan de cumplir un destino, pero mientras en la segunda, el espectador atestigua cómo el destino (moira) se cumple a pesar de los personajes, en Volver al futuro el destino no es moira, sino libertad: Marty puede lograr salvarse a sí mismo y hacer que sus padres se enamoren. O no. Si en la tragedia se muestra, a la Nacho Cano, la fuerza del destino, en Volver al futuro se encumbra la libertad humana. Y sus desastres. Eso hace de Volver al futuro una película rara de viajes en el tiempo,como Looper, The Butterfly Effect o Hot Tub Time Machine, aunque ni de lejos tienen la calidad de la obra de Zemekis.
Terminator, La Jetté, 12 Monkeys, Futurama, Donnie Darko, Primer, Los cronocrímenes, Predestination (horrible adaptación de la maravilla de Heinlein) y un gran etcétera juegan en las coordenadas la tragedia griega: sus personajes, al final, no son libres. Sarah Connor o Fry están destinados, en una especie de loop temporal ineludible, a cumplir sus papeles. Lo quieran o no, lo busquen o no, lo eviten o no, cumplen el rol necesario para que la historia, que ya les ha sido contada, termine como les ha sido contada. Los personajes de este tipo de historias son pacientes de un destino que está dado desde antes de que ellos nacieran. Recuérdese que Nibbles es parte de una raza extraterrestre que planeó que Fry se congelara para que así llegara al año tres mil, viajara al pasado, fuera su propio abuelo y careciera de cierta onda cerebral que le permitiría impedir una colonización interplanetaria. Edipo, para no matar a su padre y acostarse con su madre, huye de su casa campesina; en el camino, mata a un rey, se casa con su esposa; descubre que era adoptado y que el matrimonio mancillado son sus verdaderos padres.
Fry y Edipo son personajes trágicos: por más que intenten o ignoren su destino, lo cumplen a cabalidad. Desde otro lugar se ha decidido qué y cómo lo harán. Lo sorprendente no es que lo logren; lo que sorprende, al menos para los espectadores del siglo XXI, es la poca injerencia que tienen sobre sus actos. Nos embelesa lo complejo de la maquinaria.
Si hay una recompensa para los personajes trágicos, es la anagnórisis: el reconocimiento de que uno es parte del destino y, por tanto, de algo más grande. La naturaleza, los dioses y los humanos son parte de una misma y sola physis, que es, heráclitamente, «Un fuego eterno que apaga y se enciende según medidas».
El sentimiento último de algunos viajes en el tiempo es la comunidad: uno es con los otros, si se quiere, una marioneta de la moira, pero al fin y al cabo, uno es con los otros. El viajero de La Jetté y Corbin de 12 monkeys se consuelan con el amor de una mujer, con saber que no son títeres solitarios (la ética de Spinoza va un poco por ahí). John Connor es el paroxismo de la comunidad: es el salvador de la humanidad, manejado por sí mismo desde el futuro.
No por nada la tragedia era el arte helénico.
En Volver al futuro, Marty y el Doc (y en mucho menor medida Jennifer, Einstein y Biff) están fuera de la comunidad: son parias temporales que deben cuidarse de no tocar nada en el pasado pues el más pequeño cambio alteraría el futuro como no se imaginan.
Marty y el Doc ya no pertenecen a ningún tiempo y no podrían pertenecer a ninguno. Al moverse de su hogar temporal (algo imposible para todo otro ser humano) renuncian, sin saberlo, a la seguridad. Se arrojan a un abismo de libertad.
Si Antígona es comunitaria frente a su destino, Marty y el Doc están viciados y obsesivamente deben evitar o arreglar sus desfiguros. «Si algún día regresas al pasado no toques nada» es el imperativo kantiano del abuelo Simpson y como buen imperativo kantiano es imposible de cumplir a cabalidad: la sola presencia del viajero en un tiempo que no es el suyo es una alteración.
Ahí empieza la melcocha: ellos deben respetar el pasado, pero, si lo quieren, pueden no hacerlo y a veces, sin notarlo, no lo respetan. Así es como Marty inventa el rock & roll, Biff Tannen se vuelve un villano post-apocalíptico y el Doc conoce al amor de su vida (casi cincuenta años antes de nacer).
Y como en la vida contemporánea, uno debe correr riesgos pero no de más: asegurar una casa, un buen sueldo, una buena pareja, criar dos o tres hijos, mandarlos a la escuela y que crezcan para asegurar una casa y un buen sueldo. Uno debe correr riesgos pero sin tocar las partes importantes (respetar la sagrada familia o lo políticamente correcto). Somos libros de forjar nuestro destino si y sólo si seguimos reglas ya establecidas.
La tragedia está en que eso asegura nada y, además, nos llena de culpa. Los siameses de la libertad son la carga moral y la responsabilidad que conlleva el saber que es culpa de uno que las cosas hayan salido mal; no sólo pesa la posibilidad, sino el error desastroso.
El personaje trágico griego cometía hamartía para dar pie a la peripecia; pero la hamartía no era moral, sólo «se perdía la marca» y en vez de llegar a un destino llegaba a otro (casi siempre peor pero predestinado). Marty y el Doc pueden no sólo equivocarse, sino llevar a la condena: nunca haber existido. Por eso el Doc es tan ascético y decide leer la carta que le dejó Marty para salvarse de los libios.
Volver al futuro es una reificación del valor más importante para la modernidad occidental: la libertad. Los griegos anhelaban tener un lugar, pertenecer (y mira que sí lo lograban); nosotros, humanos del siglo XXI, necesitamos (y nos inventamos) ser libres, tal vez porque lo somos mucho menos que nuestros pares helenos: estamos expulsados de nuestro propio tiempo, como Marty y el Doc.
Alguien lo dejó sobre la mesita del cubículo que por entonces yo solía ocupar en la redacción de una revista de divulgación científica. Marcado con plumón rojo, un rincón del diario anunciaba, con un encabezado de letras gruesas y mayúsculas, «Viajar en el tiempo es posible». La nota giraba en torno a un ingeniero, recién egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, que afirmaba haber encontrado la clave del desplazamiento temporal. Con todo y que el contenido parecía salido de una novela de ciencia ficción de aquellas que a principios del siglo XX se imprimían con tintas baratas sobre papel grueso, la noticia lucía fidedigna; el científico, real; sus ambiciones, firmes. Acicateado por la posibilidad del germen de un gran reportaje en el que pocos hubieran reparado, decidí investigar más: copié el nombre del entusiasta ingeniero que se creía capaz de hacer retroceder el flujo de un reloj y marqué el número del Instituto de Investigaciones Espacio-Temporales de la UNAM. Concertar una entrevista me tomó sólo un par de transferencias a oscuras extensiones burocráticas.
2.
Frente a mí se encontraba un hombre (sería más preciso escribir «muchacho») que no superaba mi edad; lampiño, de rostro franco y afable, emisor de sonrisas sin mucho esfuerzo. Su laboratorio, de impolutas paredes blancas, alojaba muy pocos objetos: de un lado, un escritorio minúsculo atiborrado de planos; en el otro extremo, una cabina de color azul en la que con facilidad podría introducirse un hombre adulto de pie. El doctor —tenía ya el título gracias a un método de estudio voraz y totalizante que me hizo preguntarme si mi carrera como periodista sin título tendría alguna clase de futuro— hablaba con soltura y explicaba a toda velocidad sus teorías. «No es tan difícil: si lo piensas un momento, el viaje en el tiempo existe y se realiza a diario: su velocidad es de un segundo por segundo hacia el futuro. Todo el tiempo estamos avanzando hacia el futuro, desplazándonos en el tiempo. Esa es la fuerza, digámoslo así, «natural» con la que el tiempo se mueve. Sin embargo, hemos logrado doblegar otras fuerzas a través de la tecnología: hemos cambiado el rumbo de ríos; hemos manipulado las corrientes de viento a nuestra voluntad y hemos separado el átomo. Junto a eso, cambiar de dirección y acelerar la velocidad a la que el tiempo se desplaza parece un reto más: ni mayor ni menor», culminó, entusiasmado, casi jadeante. Su discurso lo dejaba bien claro: el doctor era lo que se llama un true believer, un creyente convencido de su propia causa. Dentro de él yacía una fuerza y un entusiasmo capaces de doblegar el curso del tiempo. Al preguntarle por la motivación de su experimento, el joven doctor no titubeó: «Pues como todos, ¿no? De niño vi Volver al futuro y quedé fascinado. Nomás que, a diferencia de la mayoría de los niños de mi edad, supongo, llevé mi obsesión hasta sus últimas consecuencias. Me encantaría viajar en el tiempo y visitar la filmación de esa película», concluyó mientras calibraba unos controles ubicados en la parte posterior de la cabina. Asentí con vigor: el periodismo científico me ha emborronado esa afición, pero yo mismo soy un fanático irredento de Volver al futuro.
3.
Poco más de un año después de esa entrevista, el resultado de las investigaciones del científico aficionado a Volver al futuro apareció en primera plana nacional. Después de que La Gaceta de la UNAM anunció que uno de los miembros del Instituto de Investigaciones Espacio-Temporales intentaría, finalmente, un viaje en el tiempo, la prensa del país se volcó sobre el laboratorio que conocí tiempo atrás. En una conferencia a los medios, el joven doctor explicó con peras y manzanas el funcionamiento de su máquina, incluido el de un motor diminuto («condensador de flujo», lo llamó en un evidente guiño a la película que lo inspiraba) que generaría un agujero de gusano en el que la cabina azul se despeñaría, «cayendo» —o «deslizándose», porque caer implica un movimiento vertical, de espacio, y el movimiento sería más bien horizontal, de tiempo, por decirlo de una forma burda e inexacta— hasta aparecer en otra época, una no muy lejana, situada tan solo veintinueve años atrás: 1985. El doctor fijó la fecha para el inicio del viaje —o del intento del viaje—: sería transmitido en cadena nacional y con científicos invitados de toda parte del mundo. Súbitamente, México se convirtió en un inesperado ombligo del mundo.
4.
Delante de un cúmulo notable de políticos, redactores, fotógrafos y científicos de diversas nacionalidades —se rumoraba incluso que Stephen Hawking seguía el experimento a través de una transmisión remota, pero nunca pudo corroborarse—, el científico aspirante a crononauta cruzó una línea azul dibujada en el suelo de su laboratorio. Las notas de prensa consignan el relato con cierta claridad: el silencio se impuso en la habitación, mientras los flashes de las cámaras titilaban aquí y allá; los reporteros encargados de la transmisión por televisión guardaban también un respetuoso e inusual mutis; las crónicas reportaban gente en sus casas que torcía la boca en una mueca asimétrica que apenas y alcanzaría a tragarse el asombro despertado ante la posibilidad de viajar en el tiempo. Los índices de audiencia televisiva superaron los del Super Bowl o la última emisión de MasterChef México. El crimen descendió hasta casi desaparecer. La actividad de las oficinas burocráticas llegó al cero exacto (algunos avezados periodistas reportaron que alcanzó niveles aún más bajos). El metro de la ciudad circuló sin contratiempos durante el tiempo que duró el experimento. De alguna forma, el experimento logró su cometido antes de iniciar: alterar, a través de la suspensión, el flujo del tiempo.
En el laboratorio se facilitaron unas gafas oscuras a todos los asistentes, a fin de protegerlos de la radiación que emitiría la cabina al comenzar el procedimiento; el científico daba unas últimas indicaciones previas al inicio de su travesía. Miró a su alrededor —acaso se despedía; tal vez buscaba conservar en la memoria el brillo metálico de la mirada de los hombres en esta época— y, tras unos segundos de expectación, agitó la mano en señal de despedida, abrió la puerta de su cabina y se introdujo sin mayor preámbulo. La cabina no giró sobre sí misma, no desprendió haces de luz, no emitió ninguna clase de olor: sólo permaneció inerte. Quince minutos pasaron para que el resto del equipo se acercara a la puerta, que opuso casi nula resistencia y reveló, al abrirse, una cabina vacía, deshabitada. Del científico quedóa un diminuto cúmulo de cenizas; sus colaboradores dieron por sentado que la energía de la operación había sido excesiva, y que habría terminado por desintegrar cualquier cuerpo dentro de la cabina. Ni las notas de prensa ni la columna semanal de Juan Villoro supieron explicar el vacío de los momentos siguientes; decepcionados, los redactores se limitaron a afirmar que el experimento fue un fracaso, que el científico jamás sería visto de nuevo, que el viaje del tiempo nunca dejó de ser una imposible quimera perseguida por algunos cuantos necios. Cabizbajos, los reporteros internacionales volvieron a sus países con la noticia de una derrota.
México, D.F., 2014
Post scríptum de diciembre de 2015.
Si la última parte de mi relato no está contada de primera mano es debido a la sencilla razón de que, por esas fechas, yo ya no estaba en el equipo de aquella revista de divulgación. Un par de semanas después de entrevistar al fallido crononauta, pedí mi transferencia a una publicación de cine que pertenecía a los mismos dueños que la revista en la que me encontraba, quienes aceptaron gustosos. Así, mediante la intervención de este joven científico a quien nunca pude agradecer por encauzarme de nuevo hacia mis auténticos gustos, me encontré en poco tiempo viendo películas, escribiendo críticas, entrevistando a directores, actores, cinematógrafos. No tardé en adaptarme, y pronto ascendí en la estructura de la publicación. Hace apenas unos meses se conmemoraron los treinta años del lanzamiento de Volver al futuro, y la revista, movida en parte por mis impulsos, lanzó un número dedicado a la película. Me correspondió escribir un ensayo sobre la cinta, responsable en gran parte de mi obsesivo amor al cine, así que tuve que revisarla. Instalado en el sillón de mi departamento, armado con una libreta y la reedición conmemorativa de la trilogía, comencé a verla después de varios años. Tuve que detenerla cuando noté, en la escena en la que Marty McFly escapa de Biff Tannen, deslizándose sobre una patineta por todo Hill Valley, un rostro conocido: en medio de la multitud que resplandecía en mi pantalla, se encontraba el joven crononauta que todo el mundo daba por muerto. Pausé la película en el acto y me concentré en lo que veía: su cara extática estaba semicongelada en una expresión de júbilo y dicha inconmensurable. Puse pausa, retrocedí y volví a correr la escena: esa expresión franca me era totalmente familiar; sus vítores eran casi más audibles que los del grupo de extras que lo acompañaban, y me resultaba entonces claro que aquel científico de la UNAM logró cabalmente su cometido.
*Una versión de este cuento se incluyó en Insular, una colección digital de textos del autor publicada por Editorial Cuadrivio. Su versión impresa aparecerá en algún momento de 2016.
Escribí esa historia para que fuera leída en el año 120. Por azares que no enunciaré ahora, fue leída más bien en el 180. Tampoco está mal. Es un libro que me parece divertidísimo. Un viaje a la luna con una serie de complicaciones ridículas. Con personajes lunares inverosímiles y saltos que hacen volar por el cosmos.
II
No la iba a publicar ahora. Los viajes a la luna ya pasaron de moda, por decir poco. Pertenecen a otra etapa de las fantasías humanas. En 1900 hubiera estado en la vanguardia de las imaginaciones futuristas. En el mismo lugar que Méliès. Pude incluso habérselo leído a él, es un gran amigo del Doc. Dos excéntricos de los efectos especiales.
Los cincuentas, con todas las proyecciones de la colonización espacial volviéndose, aparentemente, realidad, era otra opción. Pero necesitaba más que eso. Entonces se me ocurrió que sería mejor un pasado en el que esa clase de cosas no estuvieran ni en la imaginación. Pensé primero en la Grecia clásica, pero el tono burlón con el que me dirigía a los dioses podría ser problemático para la digestión de la obra. Corría el peligro de perderse. De romanos ni hablar: por experiencia sé que carecen de sentido del humor. Me pareció natural pensar en el periodo helenístico. Ya he estado ahí varias veces. Siempre dejo el DeLorean atrás del Serapeum.
III
Así fue: la leí en el año 120.
IV
Mi personaje viaja con una cohorte de aventureros hacia el poniente. Los esperan los pilares de Hércules que les abren la puerta a ríos de vino y mujeres hermosas con patas de viñedos. Un salto a la luna que ni Calvino hubiera imaginado: por escalera, una ola. Guerra de los mundos entre el sol y la luna. Presos interestelares. Digno todo, de una película hollywoodense de serie B.
V
En el año 120, un grupo de gente andrajosa se paró a escucharme predicar, cual loco, mi historia. Vestía una túnica gris, sucia, un bastón de palo viejo y, lo más impresionante para los escuchas, mi gorra roja de siempre. Me pareció apropiado conservarla. Así tenía que ser para leer una locura tal. Un viaje a la luna empujado por una torrencial ola. Declamaba, eso sí, con la maestría de un Cicerón antiguo o un guía de turistas moderno. El puñado de escuchas me interrumpía una y otra vez con vociferaciones y alguno incluso me aventó una varita. Creo que, considerando las costumbres bárbaras de la época, me fue bastante bien.
VI
Me sorprendió un poco encontrarla en la Wikipedia. Dice que es «una novela paródica de los relatos de viajes». Extraño. Nunca lo pensé así. Tampoco leí el otro libro que ahí mencionan, el que afirman que parodio. Pero hay algo más raro, un par de detalles que no recuerdo. En la luna los hombres dan a luz en vez de las mujeres. Es una idea que cambia todo el curso de una civilización. Está muy bien, sí, pero yo no lo pensé.
VII
Finalmente conseguí un ejemplar de la historia. Editorial Penguin, a dos columnas, año del caldo. No está tan mal. El estudio introductorio es aceptable. Y sí, aquí hay más de una cosa que no dije. Ya lo cotejé dos veces con el manuscrito que llevé a la lectura del año 120. También lo cotejé tres veces con el archivo de Word y nada. Eso yo no lo dije. Por otro lado, me gustaría haberlo hecho.
VIII
Poco a poco, en esta semana de indagaciones, los he ido agregando a mis diversos borradores. También al manuscrito. Creo que ya todo es mío.
Marty y el Doc deciden viajar a la noche del incidente de Roswell para saber la verdad. Al llegar, un disparo de artillería militar los derriba.
Spin-off
Marty se ha vuelto un poco paranoico, mientras acaricia sus implantes de senos piensa que si alguien cambiara el pasado, él jamás podría notarlo.
Swingers
Marty va a casa de Jennifer para proponerle un trio con ella misma del futuro. Cuando llega, un Marty pocos años más grande y desnudo le abre la puerta.
Edipo en Hill Valley
Justo después de tener sexo con su madre, Marty se desvanece con una sonrisa el rostro, pues las personas que nunca nacieron no pueden tener culpas.
Espect(r)adores
Cada vez que Marty o el Doc alteran el pasado, las personas que debieron nacer se convierten en fantasmas que confunden al mundo con una película.
273
El Doc camina discreto por las concurridas calles de la ciudad, mientras se pregunta cuántos viajeros en el tiempo como él podría haber ahí, avanzando a su lado, sin llamar la atención.
Jennifer
A sus noventa y cinco años se asoma por la ventana y se ve joven, caminando de la mano con Marty. Los saluda, aunque no logra distinguir si lo que ve es realidad o un recuerdo.
Best Friends Forever
Luego de la muerte del Doc, Marty comenzó a viajar por el tiempo para visitarlo y así no sentir su ausencia, hasta que él mismo murió y entonces el Doc comenzó a viajar por el tiempo para visitarlo y así no sentir su ausencia.