Tierra Adentro

Su obra ha sido expuesta en el Festival Paraty EmFoco de Brasil en 2014 y recientemente en el PhotoEspaña 2015. Fotografías suyas aparecen en el libro Develar y detonar y este año fue invitada a participar en la exposición Latinoamérica: las ilusiones y la realidad en otra parte del mundo, que se organiza en Rusia. Ha colaborado en varias publicaciones, la más reciente es la revista Ojodepez. Fue becaria del FONCA en 2012 y 2014. Su trabajo se enfoca a las historias familiares, la naturaleza y las emociones humanas.

Sitio web: www.doloresmedel.com

Instagram: @lolamedel


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Fue mención honorífica en el Primer Premio Latinoamericano de Fotografía y del Artemergente Bienal Nacional Monterrey 2012. Su trabajo ha sido seleccionado en la XIV Bienal de Fotografía 2010 y en el Joop Swart Masterclass del World Press Photo 2010. Fue becario del fonca en los periodos en el 2011 y en el 2008. Su trabajo se ha expuesto en Hungría, España y Argentina y parte de su obra pertenece al acervo del Museo de Arte de Tlaxcala, a la colección de fotografía contemporánea de la Fototeca Nacional y al Centro de Investigación y Documentación de las Artes Visuales en Tlaxcala. Es autor del libro Tlapancalco City.

Sitio web: www.guillermoserrano.net


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Es gestor cultural y creador de la galería itinerante Combi Collective, que ha recorrido catorce ciudades a lo largo del país con la obra de diversos autores. Ha colaborado para diferentes medios y trabajado como fotoperiodista para periódicos peninsulares, como el Diario de Yucatán y Expreso de Campeche. Actualmente es corresponsal gráfico del Reforma y La Jornada Maya, además dirige Aurea Audiovisual, productora dedicada a realizar cine documental. Ha participado en diversas exposiciones individuales y colectivas en México, Chile, Japón y España.

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Para el escritor francés Pascal Quignard la imagen que falta en el alma es aquella de nuestra concepción como seres humanos, un suceso fisiológico del cual no contamos con una imagen que lo documente. Sin embargo, nuestra identidad como seres sociales podemos determinarla por una serie de eventos y contextos —que se almacenan en nuestra memoria— que en ocasiones son sintetizados, releídos, recontextualizados o acentuados a partir de una imagen fija de nuestro paso por la vida. Una fotografía que no ha dejado de mutar, de sorprendernos y de darle nitidez, contorno, forma y figura a nuestra cotidianidad.

La superficie que revela, que muestra, que recorremos una y otra vez con la mirada; una superficie fotográfica que migra a la pantalla, se comparte y se comenta en redes sociales. La fotografía que nos es tan cercana y tan próxima, de la que en un primer momento nos resulta imposible definir o delimitar la importancia que tiene en nuestra identidad personal y social. La imagen fotográfica como postura política e ideológica por la que muchos fotoperiodistas han arriesgado y perdido la vida. La imagen fotográfica como espejo, aun cuando no sea nuestro propio rostro el fotografiado. La imagen fotográfica como mirar a la Medusa, que nos petrifica, que nos vulnera, que se aloja permanentemente en el inconsciente y será un fantasma presente por la imposibilidad de esquivar su reflejo una vez vista. La imagen fotográfica que nos mantiene cerca de los que ya no están o de quienes nos abandonaron.

Fotografía: única tecnología hasta ahora que nos hace inmortales, o testigos presenciales de lo que nunca hemos presenciado en realidad. Tecnología que derivó en la aparición del cine, la televisión, e incluso las computadoras. Para Patrick Maynard la aparición de la fotografía es equivalente a la aparición de la máquina de vapor, que fue el catalizador para que se diera la revolución industrial; ambos, fenómenos de transición y transformación ideológica con sus repercusiones en el imaginario público.

Desde 1998, cuando empezó mi interés por la docencia, para mí ha sido nodal dar a conocer la fotografía mexicana: contextualizarla, archivar el presente, pero sobre todo hacerla visible a los asistentes que de otra manera no podrían tener acceso a ese imaginario. Era una labor complicada, ya que se contaba con pocos materiales impresos y textos teóricos que hablaran de fotografía reciente en México o asumieran posturas o generaran modelos de estudio. Mi interés por ese presente fotográfico no provenía de la academia, del cubículo, o siquiera de la docencia misma. Necesitaba entender mi entorno, mi construcción como creador visual y mi presente a partir del imaginario fotográfico.

Buscaba, sin saberlo entonces, puntos de contacto. Mirar al «otro» era parte de una tradición, la herencia de la fotografía mexicana.

Mi recorrido comenzó con el boom fotográfico en México, que puedo ubicar junto con el nacimiento del Centro de la Imagen en 1994 en la Ciudad de México. En los años noventa se estaba generando presente: producción e interés por este medio tanto al interior del país como en el extranjero. Así, la fotografía en México sumaba producción, potencia, creadores, visibilidad, estímulos y circuitos. Este andamiaje aún continúa en construcción. Un plano que cada vez es más horizontal, más democrático, más revelador, más palpitante, pero lo más importante: cada vez más difícil de catalogar o encasillar.

Tengo el privilegio de viajar por toda la República Mexicana, invitado a dar talleres, conferencias, o a revisar portafolios fotográficos en festivales. Ya no sucede todo en las grandes ciudades: Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México. He presenciado cómo se ha descentralizado la fotografía; actualmente todas las latitudes del país cuentan con creadores muy interesantes, algunos de los cuales en muy poco tiempo se han convertido en una referencia obligada. Ahora podemos mirar y mirarnos a través de una nueva plataforma, una nueva generación de jóvenes que imponen su propia mirada: Robin Canul (Ciudad del Carmen, 1980), Diego Moreno (Tuxtla Gutiérrez, 1992), Koral Carballo (Poza Rica, 1987), Rodrigo Maawad (Pachuca, 1982), Karina Juárez (Morelia, 1987), Ruth Prieto (Ciudad de México, 1983), Mauricio Palos (San Luis Potosí, 1981), Luis Arturo Aguirre (Acapulco,1983), Guillermo Serrano (Tlaxcala, 1983), Octavio López (Zautla, 1987), Alexander Lucatero (Apatzingán, 1987), Dolores Medel (Veracruz, 1982) , Patrick López (Puebla, 1983) y Carlos León (Estado de México, 1983) son sólo una muestra del potencial y contundencia fotográfica que existe a lo largo de nuestro territorio.

Creadores muy jóvenes que desde diferentes contextos geográficos, sociales y maneras particulares de abordar la fotografía, nos dan un panorama acotado pero sin duda certero con respecto a temáticas singulares en un presente galopante, y lo hacen desde lugares remotos como la comunidad rural de Zautla, sensualescomo Acapulco, tan violentos o paradisiacos como Veracruz, tan conflictivos como el Estado de México o aparentemente inocuos como Pachuca. Esta lista de autores la propuso el equipo editorial de la revista Tierra Adentro, de ahí que para mí sea aún más significativa, pues coincidentemente conozco casi a la totalidad de estos autores en persona. Su obra no está hecha sólo para un público especializado, existe ya un circuito de visibilidad que va más allá del gremio fotográfico. Por fin el contenedor fotográfico se está desbordando y diseminando. Conocemos a nuestros escritores, a nuestros pintores, a nuestros cineastas; ya es tiempo de dar cuenta y mirar a nuestros fotógrafos. Es crucial conocer y entender que en la proximidad, volatilidad y producción de imágenes se generan modelos de sociabilidad, identidad y memoria colectiva a partir de un imaginario fotográfico.

QUE ES LA FOTOGRAFIA EN MEXICO HOY?

Entre varios proyectos relacionados con la producción fotográfica, he realizado en el último par de años varios proyectos curatoriales de fotografía mexicana como eje. Los principales han sido:

▶▶Micro Coleccionismo (39 autores)

▶▶Zona Maco 2015. Pabellón Fundación Televisa (37 autores)

▶▶Develar y Detonar. Fotografía en México ca. 2015 (53 autores)

▶▶Todo por ver y El Estado de las Cosas. FotoMuseo Cuatro Caminos

(213 autores).

▶▶Displacement. San Diego Museum of Photography (18 autores)

Cada espacio, equipo de trabajo y metodología de investigación han sido muy diferentes entre sí. No deja de asombrarme cómo pueden existir contrapuntos y superficies de contacto. Lo más asombroso es la efervescencia y gran potencia que existe en la producción de imágenes a lo largo y ancho del país. Estaría en grandes aprietos si intentara definir qué es la fotografíaactual en México. Hoy, me parece que es imposible hacerlo pero, al mismo tiempo, es muy identificable. Y aun siendo escéptico, creo que si algo tiene la fotografía en México, es alma.

Este dossier fotográfico está acompañado por las imágenes de los autores que acabo de mencionar. Hablar de cada uno de ellos y contextualizarlos me parece poco acertado. Soy enemigo de aquel cliché que dice que una imagen vale más que mil palabras.

Pero sí estoy convencido de que una imagen puede provocar y evocar un sinfín de significados, y eso sólo es posible si existe un espectador que mire y se haga preguntas acerca de lo que mira. La superficie fotográfica, por más reveladora que sea, necesita de un espectador que mire e interprete lo que mira. De otro modo la fotografía seguiría siendo sólo un pedazo de papel o una superficie electrónica.

Termino este texto con una anécdota que me emociona y al mismo tiempo me cimbra y me da escalofríos. La exposición Develar y Detonar. Fotografía en México ca. 2015 —proyecto que en su mayoría está conformado por autores emergentes, incluidos en esta selección, gestado desde la plataforma de enlace fotográfica www.lahydra.com y que curé junto con Ana Casas Broda y Gabriela González Reyes—. La publicación fue posible por la confianza de los cincuenta y tres autores autores incluidos. Al decidir qué imagen sería la portada nos quedó claro que tenía que ser una imagen poderosa que condensara nuestro eje curatorial. Escogimos una fotografía a nuestro parecer icónica de un joven autor completamente desconocido: Carlos León. Se trataba de un autorretrato intervenido con tinta y quemado, perteneciente a la serie «Retratos que sangran».

Sergio Gomes, un amigo reportero del diario Público en Portugal que estaba impactado por el contenido de las imágenes de la exposición/publicación, escribía una reseña del libro. La conversación es entre Sergio y su hija Laura, cuando vio la portada del libro:

Laura (4 años de edad): (señalando a la cubierta) ¿Ésta es la una caliente?

Sergio: Podría ser.

Laura: ¿Este libro quema?

Sergio: Algunos sí, y éste es capaz de quemar, por eso no lo toques.

Laura: Pero, papá… yo quiero ver (pone su mano dentro del libro).

Sergio: ¡No! Un día te lo muestro, te lo prometo.

 

 

 


Puedes consultar el dossier completo aquí.


Autores
(Ciudad de México, 1968) es fotógrafo. Su obra pertenece a colecciones de museos internacionales. Es asesor del San Diego Museum of Photographic Arts y co-director del estudio Klint & Photo.

Supe que sería un día raro cuando un testigo de Jehová me ofreció una mamada. Caminaba por la avenida Fray Tomás cuando lo encontré. Parecía un loco, tenía la bragueta abierta y un moño rojo. Su traje era azul, sucio pero planchado. Los carros parecían avispas, como si la calle fuera un panal golpeado. El tipo estaba recargado en un señalamiento que prometía una catedral a la derecha. Había mucha gente y su soledad cimbraba. Regalaba libros de esos que dicen que las tormentas vienen de la sodomía. Pasé a un costado sin mirarlo, olía a limpiador económico.

—Buenas tardes, señor. ¿Gusta que se la chupe? —di la vuelta extrañado y negué de inmediato.

Detrás de mí, una señora que escuchó me miró horrorizada.

—Muchas gracias, llevo prisa. Que tenga buen día —contesté por diplomacia.

No podía aceptar su mamada pero aplaudí su voluntad por servir a la comunidad. No son tiempos de andar regalando nada a nadie, mucho menos mamadas. Pensé en la vida de ese hombre. No debe ser fácil existir con un dios tan demandante. Yo soy católico en temporada alta, nada más: Navidad, el mundial de futbol, Día de la Virgen, Semana Santa, etcétera. Los testigos de Jehová deben reclutar inocentes, vestirse como idiotas y trabajar en domingo. No es poco. En fin, cada quien sus catedrales. Cualquier cosa es mejor que ser ateo; suena aburridísimo. Los ateos no tienen ostias gratis ni iglesias bonitas donde puedan verles las piernas a sus vecinas. No tienen música sacra ni villancicos, y éstos son mi parte favorita de la Navidad. No podría elegir uno en particular, todos son asombrosos. Rodolfo el reno, El niño del tambor, Los peces en el río, y otros más, me hacen desear haber nacido en un pesebre. Además, crecer sin un bautizo es mera burocracia, es como ir a tu graduación sin emborracharte. Piensen en las bodas, sin toda la parafernalia sería como darse de alta en Hacienda.

Pasé a la tienda a comprar un refresco. El doctor me los prohibió, pero era domingo. Me atendió una vieja extremadamente vieja, parecía que moriría en cuestión de segundos. Usaba un camisón de satín rosa, tan viejo como ella. Del cuello le colgaban más de cinco escapularios y estaba tan maquillada como una drag queen. Le mostré la bebida que me llevaría y lanzó un quejido gutural que no revelaba la cifra. Saqué el dinero cuando pasó la mano por encima del mostrador. Su palma entera temblaba, hacía un esfuerzo titánico por suspenderse frente a mí. Con una moneda de diez pesos lista, dudé. Sentí que esa mano se rompería si depositaba el pago bruscamente. Además, por el temblor, temí errar y tirar el dinero. Sus piernas no aguantarían inclinarse a tomar la moneda. Dejé el refresco, un billete de veinte y salí corriendo. Eso habría hecho Cristo, pensé en ese momento. Eran muchos escapularios, pero no la juzgo, si fuera a morir sería capaz hasta de disfrazarme del Papa y aprenderme el credo.

Seguí mi camino: era domingo y eso se hace los domingos. Llegué a la plaza principal, frente a la iglesia de San Bartolomé. Un tipo hablaba al micrófono. No era un mal espectáculo, había muchas palomas y un globero. Un grupo de niños destruía burbujas con aplausos mientras el vendedor cambiaba monedas por botellas. Me invadió un olor a elote que venía de un puesto cercano; pensé en comprar alguno, pero me conformé con el aroma. Decidí sentarme en una banca blanca, oxidada pero funcional. El metal estaba caliente, el sol cumplía su trabajo. Empezaba a relajarme cuando llegó una tipa y gritó:

—¿Me das un abrazo? —dijo antes de abalanzarse sobre mí sin esperar respuesta—. Funciona mejor si me ayudas a abrazarte.

Decidí callar y esperar a que se fuera. No tardó más de tres segundos.

Son un fastidio esas personas neocristianas que creen que Dios sonríe cada vez que ellas lo hacen. La señora, gorda de caderas y alegría, se retiró callada, ocultando su molestia. Un niño me vendió un mazapán. Lo compré mitad por compasión, mitad por antojo: balance positivo, a mi ver.

Desde la banca, el discurso al micrófono se volvió inteligible: Jesús nos sigue esperando, nos sigue perdonando. Hay gente que cree que es pobre, pero no es pobreza de dinero, es pobreza de espíritu. ¡Jesús puede volverlos ricos! Es una riqueza distinta que vuelve pobre al demonio. El demonio nos habla, nos dice «roba», «mastúr-bate», «masturba a tu vecino»: perdonen mis palabras, Dios sabe que doy un ejemplo. Vivir en gracia es hablar con Dios, combatir al pecado. El pecado quiere derrotarnos, quiere llenarnos de pornografía, de abortos…

¿De dónde salen estos predicadores? Independientemente de sus creencias, gritar en una plaza siempre será una locura. Era un hombre pequeño, no debía medir más de 1.60. Estaba vestido de blanco y tenía una Biblia azul bajo el brazo. Parecía un niño manoteando; nadie le hacía caso. Hablaba de un tsunami y de Adán y Eva, estaba haciendo el ridículo. La señora de los abrazos hablaba con un grupo, personas igual de tristes que ella. «Disfruta la vida», decía su playera, como si todo se tratara de un puto abrazo. No me malinterpreten: es la verdad.

…cada clavo le rompió los huesos. Perdió tanta sangre que titubeó, pero siguió estoico, dueño de ese espíritu que tanta falta nos hace. Nosotros permitimos que los homosexuales se besen, como en Sodoma; permitimos que la gente se divorcie como si fuera un juego; dejamos que nuestros hijos vean caricaturas violentas, que escuchen narcocorridos…

«Me encanta Dios», dijo un poeta. Pero creo que no es para tanto. Si al creador o a su hijo les molestaran esos asuntos, ya hubieran exterminado a todos los transgresores. Es decir, yo odio a los funcionarios públicos y si tuviera poderes les hubiera derretido los genitales, mínimo. Dios no odia a las personas homosexuales: las respeta o no le importan.

Unos niños comenzaron a pelear. No vi el motivo. Cuando volteé ya estaban trenzados y la gente comenzaba a rodearlos. «¡Déjalo, cabrón!», gritó una señora desde atrás: era la misma que me abrazó. Dio unos pasos, tomó a su hijo de la mano y se retiró maldiciendo entre dientes a los testigos y a la vida misma. ¿Lo ven? De eso hablo. Por más que nos guste vivir y los pájaros y las mariposas y la comida rápida, la vida es una perra.

…sólo Jesús puede ayudarnos, sólo él puede sanarnos las heridas de la soberbia y la lujuria. ¿Quién si no él puede abrirnos los ojos? Los problemas económicos son problemas de fe. Hay familias que se mueren de hambre, que no encuentran trabajo, que tienen problemas con sus hijos y dicen que no saben por qué. ¿En verdad no saben? La respuesta es Jesús, siempre la ha sido. Los pecadores se lamentan…

Un grupo de monjas pasó a un costado de mí. Algunas miraron al señor del micrófono molestas. Eran unas siete, caminaban como hormigas, enfiladas sin permitirse mayores distracciones. Las religiosas se detuvieron a comprar un helado en la esquina.

Una de ellas, a todas luces la más gorda, devoraba su barquillo con una técnica claramente felativa. El día transcurría extraño. Decidí levantarme y dar unos pasos. Involuntariamente me acerqué al predicador y encontré todo un show: el hombre le hablaba a tres personas, dos policías y un drogadicto. Supe que era drogadicto porque trataba de inhalar el polvo de la banqueta. Uno de los uniformados lloraba mientras que el adicto parecía no enterarse de nada. El tercero miraba al orador con atención científica, anotando en una pequeña libreta.

…el pecado vive en las computadoras que transmiten sexo y violencia las veinticuatro horas. Nuestros hijos no saben, por supuesto que no. Son pequeños, no saben diferenciar lo bueno de lo malo. Pero nosotros los grandes sí, el pecado vendrá por nosotros y nos arrancará del Cielo. ¿Ustedes creen que a Dios le gusta…

Madonna ha cambiado tres veces de religión. Fue judía, cristiana y musulmana: la triple alianza. No sé si verdaderamente cambiaría de religión, no es como cambiarse los calcetines. No me vean así, no es moralismo ni nada. Uno no puede pasar de no desear a la mujer de su prójimo a cortarle la mano a los ladrones. Un primo se volvió rastafari: no entiendo lo que dice pero está drogado todo el tiempo. Sostiene que si se legalizara la marihuana todos seríamos libres, quizá sea cierto.

El sol perdió intensidad cuando sonaron las campanas. Miré la iglesia y un padre regordete me hacía señas desde la puerta, gritaba y movía su brazo señalándome un camino que quería que siguiera. No entendí palabra alguna. El bullicio se esfumaba como si alguien le bajara el volumen al día. Sentí cómo los vapores de los antojitos abandonaron mi nariz. De pronto, el tipo del micrófono cambió notoriamente de tono, exaltándose y gritando con horror.

¡Es él! El tiempo de los pecadores está por acabar. El mal les cobrará la factura, no habrá perdón para los ciegos, para los callados, para los corazones tibios. Jesucristo les abrió el corazón, pero le cerraron la puerta. El tiempo terminó. ¡Aquí está, es el Pecado! Ustedes creen que bromeaba. ¡Mírenlo! ¿No lo reconocen? Cristo lo advirtió…

Sentí una fuerza tremenda apretarme el pecho y la cabeza, como si el cielo entero me apachurrara. Estaba desconcertado. Todo se había detenido: las palomas parecían disecadas, las campanas quedaron mudas, el sacerdote era una estatua. El tipo del micrófono seguía hablando. Alcé la vista: la plaza entera estaba quieta. Las personas parecían haberse congelado. Los pájaros no aleteaban, quedaron suspendidos en el aire como focos o alguna clase de escenografía barata. Mi entorno era como un tablero de ajedrez, como una maqueta en tamaño real. Sin darme cuenta caminé hacia el orador, aferrándome a mi cuerpo en un autoabrazo. Toqué al policía que lloraba, pero era como un muñeco, no sentí su respiración.

—¿Tú me escuchas, debilucho? ¡No estorbes! Voy a enfrentarme al Pecado —dijo el predicador mientras sacaba un bate de béisbol detrás de una bocina.

—¿Qué es esto? —respondí como el idiota que soy. Me estaba cagando de miedo.

—Todos los domingos viene el Pecado a combatir con nosotros: los hombres de Dios.

—¿Yo soy un hombre de Dios?

—¡Uy, sí, pendejo! Seguro has hecho mucho por serlo. ¡No!, eres un error en el software de Dios, nada más. Sólo escóndete. Puedo manejarlo.

—Te oías más amable hace rato.

—Yo no escribí nada de eso…, sólo me aprendí el guión. Además, ¿qué te importa? Lárgate o te vas a morir. El Pecado llegará en cualquier momento.

—¿Viene el Pecado? ¿Qué vas a hacer?

—Todos los domingos rezo aquí como idiota —dijo señalando el lugar donde estaba parado—, es para debilitarlo. Yo también quisiera estar de huevón como tú, pero alguien debe enfrentarlo. Por más cabrón que sea el Pecado, nadie soporta dos batazos en la jeta.

—¿Por qué nadie se mueve? ¿Cuánto durará esto? ¿Te puedo ayudar en algo?

—¡Deja de preguntar, cabrón! —me gritó el predicador mientras ondeaba el bate de un lado a otro como si esperara que una bola cayera del mismísimo cielo—. Me estás distrayendo. ¡Hazte a un lado! Ya viene.

—Corrí de inmediato al árbol más cercano, como si los pinches árboles fueran a refugiarme de algo tan… ¿cómo decirlo?, ¿bíblico? Cerré los ojos mientras mi corazón golpeteaba al resto de mis órganos. Me toqué el pecho buscando algún crucifijo, pero sólo me topé con una baratija china que compré quién sabe cuándo. Lamenté no tener los escapularios de la señora de la tienda. Hasta pensé en la mamada del testigo de Jehová, no sé, pudo funcionar.

Una bocina estalló: había iniciado.

El Pecado era terrible, no hay otra palabra que lo describa. Desde que dio el primer paso supe que no vería algo más horroroso. Era una bestia mitad animal mitad transexual. En la mano derecha empuñaba un dildo y en la izquierda un feto que gritaba la palabra sexo de manera mecánica. La mitad humana estaba llena de tatuajes y perforaciones. Usaba una falda de piel negra, además de una camiseta de Cannibal Corpse. El Pecado parecía arrastrarse y dejaba condones a su paso. Tenía cuernos, eran de alambre, se los quitó para limpiarse el sudor. El hombre del micrófono rezaba cada vez más fuerte, hasta que el Pecado le lanzó un Xbox que aterrizó en su boca. La mitad animal era un misterio: su cuerpo parecía de oso pero con menos pelaje, una especie de yeti con alopecia. Donde deberían estar sus genitales había una grabadora que tocaba villancicos al revés. Supe que eran villancicos porque soy un experto en el género. Al hombre del micrófono lo estaba vapuleando la bestia. Empecé a rezar el padrenuestro, pero no surtía efecto. De pronto supe también que el Pecado había desarrollado anticuerpos contra los rezos usuales. Digo «deprontosupe» por-que de-pronto-supe, fue como si alguien insertara la información en mi disco duro. A estas alturas no dudé en que fuera Dios. Digo, un predicador se estaba agarrando a golpes con una bestia infernal: recibir tips del creador no era absurdo. Así me enteré de que el Pecado se alimenta de orgasmos y horas frente a videojuegos violentos. Cada vez que un hombre penetra a otro el Pecado aumenta su masa muscular. También me enteré de que está relleno de marihuana y entrena masturbándose y haciendo pole dance. Come dos horas después de haberse llenado y dedica cinco horas diarias a navegar en YouPorn. Dios o algún ángel, o aquello que me estuviera ayudando, quería que hiciera algo. Cerré los ojos y comencé a rezar con mayor intensidad y convicción, pero no parecía funcionar. Levanté la mirada, la bestia estaba asfixiando al predicador con una revista pornográfica. Tomé el bate que estaba a un par de metros de mí y corrí a darle un golpe en la espalda. La bestia soltó al predicador y lanzó una patada que me proyectó en contra de uno de los carros estacionados junto a la plaza. Quise tomar el cuchillo de una señora que vendía gorditas. Imposible, parecía estar pegado a su mano y pesar una tonelada. Noté que, gracias a mí, el predicador había ganado terreno y golpeaba al Pecado con el bate que solté mientras volaba. El valiente religioso se había arrancado la camisa y usaba el arma con una destreza profesional. El Pecado comenzó a gemir como si copularan dos adolescentes. El predicador retrocedió, volvió a tomar la Biblia y se la pegó al pecho. El Pecado se arrancó la camiseta y dejó asomar una teta tan satánica como perfecta. De ella salían disparadas latas de cerveza que hirieron al predicador. La bestia reía. Se detuvo y giró su seno como un engrane. Volvieron los gemidos adolescentes y del pezón salieron varios libros electrificados que inmovilizaron al predicador. Eran copias del Manifiesto comunista, supe de pronto. El Pecado tomó el bate y le propinó un golpe en la nuca al predicador. El sonido adelantó que el valiente había muerto. El predicador quedó con la cabeza partida, no pude ni mirarlo. Recordé al sacerdote en la puerta de la iglesia, y entonces entendí que había dicho la palabra villancico. Nada había sido al azar, Dios me eligió por mi talento navideño. Cerré los ojos, uní las palmas del modo más virgenístico posible y comencé a cantar El niño del tambor, por mucho, mi canción predilecta. Me subí la playera y simulé un tambor palmeando mi panza desnuda. Cada palabra parecía quemar al Pecado, era como si conjurara los hechizos más dolorosos. Cuando pronuncié los últimos versos, el demonio comenzó a lanzar rayos gay de color arcoíris que apestaban a semen. Uno de los rayos alcanzó mi brazo y lo hizo sangrar, pero sabía que estaba a punto de vencerlo. Una luz surcó el cielo, como cuando va a pasar algo celestial, y aterrizó en el bate que voló hasta mi mano. Lo levanté como demandaba el dramatismo de la escena y mi arma se transformó en una espada de fuego. La empuñé como supuse que sería correcto y grité mientras corría hacia el Pecado, visiblemente debilitado por el villancico. Le corté el cuello sin problemas. Entre la sangre de la bestia habían tangas, dildos y algunos clítoris que se movían como insectos agonizantes. La bestia estaba muerta.

Regresó el sol a la plaza, en un parpadeo la vida volvió a inyectarse en los árboles, en los globos. Las campanas volvieron a escucharse. Miré al sacerdote que me sonreía satisfecho. Los niños corrían de nuevo, perseguían palomas, aplastaban burbujas. No había más huella de la pelea que el cuerpo del predicador con el torso expuesto. El periódico dijo que fue víctima de un infarto. Sólo yo sabía el resto de la historia. Lo enterraron con su Biblia, dicen que nunca la soltaba. Me repuse de las heridas. El rayo gay me dejó algunas secuelas: tengo erecciones cuando escucho a Frank Sinatra, nada grave. A veces sueño que estoy en un video porno, es todo. Me quedé con el bate y un condón de recuerdo. Así es como comencé a predicar.


Autores
(Querétaro, 1990) es escritor y panadero. Responsable de la cápsula Versando Patria, transmitida por Radio UAQ. Con este cuento obtuvo el Primer Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila.

Tres jóvenes sentados en la vereda, charlando, en una noche de invierno de 1989. De pronto, se escucha una voz grave y desconocida que entona un viejo poema de Julio Flores que alguna vez cantó Gardel. La voz es de Carlitos, hombre nómade que ha cambiado la comodidad de una vida estable por la libertad de las calles y su incesante deambular. Acompañado de su fiel compañero, un gato montés de ojos carmesí, Carlitos se sienta con los chicos y les cuenta una historia. Pero aquella no es una historia cualquiera, ni siquiera una única historia. En ella cabe un relato de aventuras por las calles secretas del Gran Buenos Aires, una batalla épica entre el pueblo peronista y la oligarquía porteña y, por supuesto, el amor. Se trata, pues, de una historia conurbánica.

Así comienza El Campito (2009), novela que se inscribe en la serie de relatos que su autor, Juan Diego Incardona (Buenos Aires, 1971) sitúa en el espacio geográfico y simbólico del llamado ¨conurbano bonaerense¨. Prolongación urbana de la Ciudad de Buenos Aires, extenso, cosmopolita y heteróclita, el conurbano se ubica a medio camino de la capital porteña y la provincia de Buenos Aires. Poblado por más de diez millones de personas, ha generado a lo largo del tiempo diversas representaciones. Muchas de ellas, azuzadas por los medios de comunicación, están ligadas con la marginalidad y la violencia. Al respecto, el autor ha dicho en alguna entrevista que el conurbano está asociado, desde los inicios de la literatura argentina, con la barbarie: desde El matadero de Echeverría hasta Operación Masacre de Walsh, todo aquello que queda por fuera de los límites de la ciudad estaría cruzado por estas coordenadas.

Pero El Campito nos muestra otro conurbano. En clave fantástica, Incardona se anima a poblar este espacio de personajes pintorescos y lúdicos, que viven aventuras desopilantes en lugares marcados por el desarrollo industrial y la historia argentina reciente. Así, la novela se sitúa en una temporalidad precisa: finales de los ochenta, época signada por la hiperinflación, la crisis económica y el recuerdo de una dictadura reciente.  A partir de allí, Incardona desplaza las orillas borgeanas un poco más allá de la General Paz –avenida que separa la capital porteña del conurbano bonaerense– para adaptarlas a una nueva realidad contemporánea. El espacio del conurbano es aquél que se sitúa en los bordes: ni capital ni pampa, posee una dinámica propia que linda con el surrealismo y que tiene vida y voz propias. Pero, a diferencia de las orillas borgeanas, ya no estará poblada de malevos, compadritos y cuchilleros que se baten en duelos metafísicos, sino de enanos peronistas, monstruos que habitan el fondo del Riachuelo, cantores de tangos antiquísimos y jardineros hacedores de flores maravillosas recubiertas de aleaciones metálicas.

No es de extrañar que las descripciones de este espacio singular sean tan importantes en la construcción de la novela. La basura y la contaminación producto del desarrollo urbano han dotado a este conurbano fantástico de un paisaje peculiar: ríos de fuego, campos de césped transparente y matorrales habitados por loros barbudos. En este escenario se mueven Carlitos y su gato montés quienes, llevados por su afán aventurero, recorren los innumerables barrios conurbánicos para ayudar a los enanos del Barrio Mercante en su batalla contra la oligarquía, que amenaza con apoderarse de su territorio mediante una invención maléfica y cruel. Un monstruo que, a modo de Franskenstein tercermundista, está hecho de retazos de cadáveres, vestido solamente con la bandera argentina y que tiene las manos de Perón: el Esperpento.

A su vez, al mejor estilo lemebeliano, la novela está cruzada por intertextos musicales. El tango, en la voz de ¨El Cantor¨ y desplazado de su lugar original -la ciudad de Buenos Aires- a las orillas suburbanas, se entremezcla con las estrofas de la ¨macha peronista¨ y ¨Evita capitana¨, para narrar una batalla épica entre clases sociales antagónicas. Precisamente, en este marco, El Campito trabaja con un período histórico que ya es parte del universo cultural argentino: el peronismo. Al igual que con el espacio del conurbano, la novela narra el pasado alejándose de una estética realista, aunque a partir de un anclaje en sucesos históricos fácilmente identificables.

“Para mí el conurbano es un espacio autobiográfico y literario” sostiene Incardona. El Campito incluye, en este sentido, un guiño autorreferencial a su autor. Uno de los jóvenes que escucha la historia de Carlitos y que luego se ocupará de promocionarla entre los vecinos de su barrio se llama, precisamente, ¨Juan Diego¨. Con respecto al ¨espacio literario del conurbano¨ que menciona el autor, podría pensarse a la novela como parte de una serie más amplia de textos que hacen de este lugar geográfico desplazado y olvidado el escenario por excelencia de la ficción. Una suerte de ¨literatura del conurbano¨ que se estaría produciendo ahorita por autores jóvenes que narran este espacio no ya desde la otredad sino desde una perspectiva propia. Dejo esta reflexión para otro momento. Sólo agregaré que si tienen ganas de leer una historia conurbánica de las buenas, El Campito es lo que andan buscando.  

 

Parece que actualmente los modelos de pensamiento posmoderno han sucumbido ante la hegemonía del capital, como si lo que hubiera surgido hace ya más de cuatro décadas a partir de la escuela de pensamiento francés, hoy fuera sólo un lindo recuerdo de lo que pudo ser. Los posmodernos trabajaron en deconstruir el pensamiento hegemónico, en apoyar al pensamiento de la diferencia, de lo otro, eso que es intersticio, que es margen, periferia; también intentaron lo mismo que las vanguardias pero parece que «el orden» o «lo impuesto» siempre es más fuerte que lo que se intenta decantar o lo que se intenta iluminar: la sombra.

Para la filósofa argentina Patricia Didiglio el pensamiento de la diferencia ha sido muy importante para  los posmodernos, pues rompe con la idea de unidad e incorpora ideas divergentes y heterogéneas. En una conferencia sobre dicho tema, Didiglio menciona que:

(…) El parergon (defectuoso) resiste y está permanentemente en combate con el ergon. Eso que excede, eso que es accesorio (que nunca será ciencia ni obra) que es suplemento del ergon, hace posible la ciencia y obra. Lo parergon es lo uno que no se hace presente, suplemento exterior, pero que al mismo tiempo es constitutivo del ergon.

En el teatro mexicano es difícil saber cuál es el ergon y cuál es el parergon, qué es lo realmente «diferente». La hegemonía teatral —teóricamente se diría— es el drama, el teatro de representación, aunque muchas veces se constituye como algo que no logra revelarse como obra, ni de un autor, ni de un director. Pareciera que sólo se trata de un espectáculo porque no logra constituirse como una copia perfecta de la imagen real y no llama a ningún tipo de reflexión. Por otra parte, lo que parece periférico (parargon), se constituye como hegemónico pues tiene un discurso; en él, la retórica sobre la realidad es más contundente gracias a que habla y trabaja sobre ella, pero se queda en un vacío de contenidos estéticos porque los individuos tampoco aparecen dentro de la obra.

Este pensamiento de estar dentro del sistema, dentro de un mecanismo ya objetivado (como lo marca Foucault en su obra) da la ilusión de que los mecanismos de poder siempre llegan a dichas propuestas para seguir creando dispositivos y relaciones desde de lo hegemónico. Aquí se plantea la pregunta de si en realidad el artista puede crear una obra que cuestione con verdad —aunque sea subjetiva— la realidad; el pensamiento de la diferencia se diluye mientras más se intenta asir.

La modernidad separó todo en partes, las hizo funcionales y nos las colocó a disposición para su consumo. Pero hoy pareciera que no encontramos las formas para pensar las líneas que unen esas partes, o para armarlas de otra manera, no armarlas, dejarlas separadas y bailar sobre ellas. A partir de este pensamiento, del hámster dentro de la rueda, podemos plantearnos, ¿para qué el arte?

Las disyuntivas entre pensamiento y práctica, se muestran ante una inmediatez que no permite reflexionar, los creadores escénicos no siempre tenemos tiempo para reparar en estas preguntas porque la producción va primero, y para crear una obra de teatro hay que pensar en el público, vender funciones, ser aceptado en los teatros, pagar a los actores y demás colaboradores; a diferencia de otras artes que permiten el silencio (como las letras), el teatro no permite la espera.

De aquí las contradicciones en la praxis de esa innovación, por ejemplo, la convocatoria para la Muestra Nacional de Teatro que este año intentó hacer la diferencia aceptando propuestas de otra índole, sin embargo, no logró llegar a su objetivo. Ya en la solicitud pedían un dossier que explicara la deconstrucción de la obra y luego un plano de iluminación aunque uno dijera que no había, que no hacía falta, que el teatro se puede hacer sin iluminación ni telones. Así,  intentar  exponer lo creado desde otro lugar se vuelve imposible porque hay un mecanismo difícil de romper.

Y entonces me pregunto si hoy en día es posible voltear a ver el parargon o sólo entramos en un remolino de pensamientos alternos que simplemente forman parte del ergon, propuestas que como collage han perdido identidad y objetivo.

Patricia Didiglio continúa en su conferencia:

Hay mucho y variado en esto que se quiere hacer pasar por tan homogéneo. Un fondo inquieto que se agita más de lo que la superficie anuncia, y que está presente en la inauguración misma de la razón moderna. De manera que esta modernidad que hoy como novedad se anuncia en crisis, parece haberlo estado desde siempre o, por lo menos, parece haber estado siempre en tensión consigo misma.

Parece que el pesimismo es más un discurso de época y ya no una búsqueda frente al desconsuelo de lo que ha producido nuestro presente. Lo único que queda para la posmodernidad es la idea individuo. Y así como pensamos en la modernidad y la posmodernidad, quizá deberíamos pensar en el teatro, ese que sin recursos, sin técnicas y sin mayores objetivos se forja a diario en miles de salas de teatro con algunos espectadores, en algunos espacios alternativos con grandes discursos y estudiantes, en movimientos subrepticios que no logran configurarse en red, ni grupos ni compañías que reproducen sin reflexión más allá de la que pide la gestión cultural.

Todo el pensamiento como legado de la posmodernidad nos llega entonces como algo que se creía «diferente» pero que ante la contundencia de la realidad, es difícil de aplicar: cuando no encaja, parece que la reflexión y las pequeñas acciones no tienen fundamento.

Aunque la modernidad y la posmodernidad se unen para conformar una especie de ouroboros, esta situación nos da la oportunidad de preguntarnos si la única salida es alejarse del círculo, tanto del pensamiento que lo configura como de las acciones que conllevan lo uno y lo otro en el teatro: ni drama ni posdrama, ni ficción ni presentación, volver al principio y tratar de quitarnos la máscara. Tal vez no exista ya ninguna cara que deconstruir, quizá no tiene relevancia (la misma producción del arte a veces no la tiene), tal vez nos hemos vuelto una envoltura de papel celofán y no nos hemos dado cuenta.

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1978) es dramaturga, escritora de narrativa y ensayo, directora teatral e investigadora. Sus textos se han llevado a escena y se han presentado en festivales de dramaturgia en Canadá, España, Argentina y México. Recibió el Premio Airel de Teatro Latinoamericano, Toronto, 2013 por su obra Palabras Escurridas y el Premio Internacional de Ensayo Teatral 2013 por Territorios textuales. Sus relatos se editan tanto en México como en España. Actualmente prepara dos nuevos montajes con su compañía Mazuca Teatro e imparte el seminario El teatro como territorio de la palabra en 17, en el Instituto de Estudios Críticos.

La imagen conforma hoy un núcleo irradiador que nos ayuda a comprender la sociedad en la que nos movemos. En este dossier presentamos catorce tensiones e intenciones que trabajan a partir de cámaras para producir diálogos visuales. Documentar, narrar, observar la sexualidad, el paisaje, la migración, la construcción de ciudades y la revelación de ruinas, son algunos de los impulsos vertidos en la selección que presentamos en Tierra Adentro pensando en como la fotografía sub-35 ha tomado un curso y discurso fuera de la centralización.

Para el escritor francés Pascal Quignard la imagen que falta en el alma es aquella de nuestra concepción como seres humanos, un suceso fisiológico del cual no contamos con una imagen que lo documente. Sin embargo, nuestra identidad como seres sociales podemos determinarla por una serie de eventos y contextos —que se almacenan en nuestra memoria— que en ocasiones son sintetizados, releídos, recontextualizados o acentuados a partir de una imagen fija de nuestro paso por la vida. Una fotografía que no ha dejado de mutar, de sorprendernos y de darle nitidez, contorno, forma y figura a nuestra cotidianidad.

La superficie que revela, que muestra, que recorremos una y otra vez con la mirada; una superficie fotográfica que migra a la pantalla, se comparte y se comenta en redes sociales. La fotografía que nos es tan cercana y tan próxima, de la que en un primer momento nos resulta imposible definir o delimitar la importancia que tiene en nuestra identidad personal y social. La imagen fotográfica como postura política e ideológica por la que muchos fotoperiodistas han arriesgado y perdido la vida. La imagen fotográfica como espejo, aun cuando no sea nuestro propio rostro el fotografiado. La imagen fotográfica como mirar a la Medusa, que nos petrifica, que nos vulnera, que se aloja permanentemente en el inconsciente y será un fantasma presente por la imposibilidad de esquivar su reflejo una vez vista. La imagen fotográfica que nos mantiene cerca de los que ya no están o de quienes nos abandonaron.

Fotografía: única tecnología hasta ahora que nos hace inmortales, o testigos presenciales de lo que nunca hemos presenciado en realidad. Tecnología que derivó en la aparición del cine, la televisión, e incluso las computadoras. Para Patrick Maynard la aparición de la fotografía es equivalente a la aparición de la máquina de vapor, que fue el catalizador para que se diera la revolución industrial; ambos, fenómenos de transición y transformación ideológica con sus repercusiones en el imaginario público.

Desde 1998, cuando empezó mi interés por la docencia, para mí ha sido nodal dar a conocer la fotografía mexicana: contextualizarla, archivar el presente, pero sobre todo hacerla visible a los asistentes que de otra manera no podrían tener acceso a ese imaginario. Era una labor complicada, ya que se contaba con pocos materiales impresos y textos teóricos que hablaran de fotografía reciente en México o asumieran posturas o generaran modelos de estudio. Mi interés por ese presente fotográfico no provenía de la academia, del cubículo, o siquiera de la docencia misma. Necesitaba entender mi entorno, mi construcción como creador visual y mi presente a partir del imaginario fotográfico. Buscaba, sin saberlo entonces, puntos de contacto. Mirar al «otro» era parte de una tradición, la herencia de la fotografía mexicana.

Mi recorrido comenzó con el boom fotográfico en México, que puedo ubicar junto con el nacimiento del Centro de la Imagen en 1994 en la Ciudad de México. En los años noventa se estaba generando presente: producción e interés por este medio tanto al interior del país como en el extranjero. Así, la fotografía en México sumaba producción, potencia, creadores, visibilidad, estímulos y circuitos. Este andamiaje aún continúa en construcción. Un plano que cada vez es más horizontal, más democrático, más revelador, más palpitante, pero lo más importante: cada vez más difícil de catalogar o encasillar.

Tengo el privilegio de viajar por toda la República Mexicana, invitado a dar talleres, conferencias, o a revisar portafolios fotográficos en festivales. Ya no sucede todo en las grandes ciudades: Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México. He presenciado cómo se ha descentralizado la fotografía; actualmente todas las latitudes del país cuentan con creadores muy interesantes, algunos de los cuales en muy poco tiempo se han convertido en una referencia obligada. Ahora podemos mirar y mirarnos a través de una nueva plataforma, una nueva generación de jóvenes que imponen su propia mirada: Robin Canul (Ciudad del Carmen, 1980), Diego Moreno (Tuxtla Gutiérrez, 1992), Koral Carballo (Poza Rica, 1987), Rodrigo Maawad (Pachuca, 1982), Karina Juárez (Morelia, 1987), Ruth Prieto (Ciudad de México, 1983), Mauricio Palos (San Luis Potosí, 1981), Luis Arturo Aguirre (Acapulco,1983), Guillermo Serrano (Tlaxcala, 1983), Octavio López (Zautla, 1987), Alexander Lucatero (Apatzingán, 1987), Dolores Medel (Veracruz, 1982) , Patrick López (Puebla, 1983) y Carlos León (Estado de México, 1983) son sólo una muestra del potencial y contundencia fotográfica que existe a lo largo de nuestro territorio.

Creadores muy jóvenes que desde diferentes contextos geográficos, sociales y maneras particulares de abordar la fotografía, nos dan un panorama acotado pero sin duda certero con respecto a temáticas singulares en un presente galopante, y lo hacen desde lugares remotos como la comunidad rural de Zautla, sensualescomo Acapulco, tan violentos o paradisiacos como Veracruz, tan conflictivos como el Estado de México o aparentemente inocuos como Pachuca.

Esta lista de autores la propuso el equipo editorial de la revista Tierra Adentro, de ahí que para mí sea aún más significativa, pues coincidentemente conozco casi a la totalidad de estos autores en persona. Su obra no está hecha sólo para un público especializado, existe ya un circuito de visibilidad que va más allá del gremio fotográfico. Por fin el contenedor fotográfico se está desbordando y diseminando. Conocemos a nuestros escritores, a nuestros pintores, a nuestros cineastas; ya es tiempo de dar cuenta y mirar a nuestros fotógrafos. Es crucial conocer y entender que en la proximidad, volatilidad y producción de imágenes se generan modelos de sociabilidad, identidad y memoria colectiva a partir de un imaginario fotográfico.

¿QUE ES LA FOTOGRAFIA EN MEXICO HOY?

Entre varios proyectos relacionados con la producción fotográfica, he realizado en el último par de años varios proyectos curatoriales de fotografía mexicana como eje. Los principales han sido:

▶▶Micro Coleccionismo (39 autores)

▶▶Zona Maco 2015. Pabellón Fundación Televisa (37 autores)

▶▶Develar y Detonar. Fotografía en México ca. 2015 (53 autores)

▶▶Todo por ver y El Estado de las Cosas. FotoMuseo Cuatro Caminos

(213 autores).

▶▶Displacement. San Diego Museum of Photography (18 autores)

Cada espacio, equipo de trabajo y metodología de investigación han sido muy diferentes entre sí. No deja de asombrarme cómo pueden existir contrapuntos y superficies de contacto. Lo más asombroso es la efervescencia y gran potencia que existe en la producción de imágenes a lo largo y ancho del país.

Estaría en grandes aprietos si intentara definir qué es la fotografíaactual en México. Hoy, me parece que es imposible hacerlo pero, al mismo tiempo, es muy identificable. Y aun siendo escéptico, creo que si algo tiene la fotografía en México, es alma.

Este dossier fotográfico está acompañado por las imágenes de los autores que acabo de mencionar. Hablar de cada uno de ellos y contextualizarlos me parece poco acertado. Soy enemigo de aquel cliché que dice que una imagen vale más que mil palabras. Pero sí estoy convencido de que una imagen puede provocar y evocar un sinfín de significados, y eso sólo es posible si existe un espectador que mire y se haga preguntas acerca de lo que mira. La superficie fotográfica, por más reveladora que sea, necesita de un espectador que mire e interprete lo que mira. De otro modo la fotografía seguiría siendo sólo un pedazo de papel o una superficie electrónica.

Termino este texto con una anécdota que me emociona y al mismo tiempo me cimbra y me da escalofríos. La exposición Develar y Detonar. Fotografía en México ca. 2015 —proyecto que en su mayoría está conformado por autores emergentes, incluidos en esta selección, gestado desde la plataforma de enlace fotográfica www.lahydra.com y que curé junto con Ana Casas Broda y Gabriela González Reyes—. La publicación fue posible por la confianza de los cincuenta y tres autores autores incluidos. Al decidir qué imagen sería la portada nos quedó claro que tenía que ser una imagen poderosa que condensara nuestro eje curatorial. Escogimos una fotografía a nuestro parecer icónica de un joven autor completamente desconocido: Carlos León. Se trataba de un autorretrato intervenido con tinta y quemado, perteneciente a la serie «Retratos que sangran».

Sergio Gomes, un amigo reportero del diario Público en Portugal que estaba impactado por el contenido de las imágenes de la exposición/publicación, escribía una reseña del libro. La conversación es entre Sergio y su hija Laura, cuando vio la portada del libro:

Laura (4 años de edad): (señalando a la cubierta) ¿Ésta es la luna caliente?

Sergio: Podría ser.

Laura: ¿Este libro quema?

Sergio: Algunos sí, y éste es capaz de quemar, por eso no lo toques.

Laura: Pero, papá… yo quiero ver (pone su mano dentro del libro).

Sergio: ¡No! Un día te lo muestro, te lo prometo.


Autores
(Ciudad de México, 1968) es fotógrafo. Su obra pertenece a colecciones de museos internacionales. Es asesor del San Diego Museum of Photographic Arts y co-director del estudio Klint & Photo.