Tierra Adentro
Ilustración realizada por John Marceline
Ilustración realizada por John Marceline

Érase que se era un castillo en medio de los pastizales, enorme e imponente hasta donde alcanza la vista. El castillo es negro, recortado contra la niebla de la mañana, y en él tienen presa a la mujer. 

Lleva las manos atadas tras la espalda. La cuerda le raspa las muñecas, que se van enrojeciendo conforme se escorian. Le han vendado los ojos quizá con demasiada fuerza, no sabe si por excesivo recelo o un amago compasivo del guardia. La basta tela que le cubre los párpados no la deja percibir más que la poca, poquísima luz de la estancia. La llevan, con la mano masculina sobre los omóplatos, y ella juega a parecerse a un animal dócil, mundano. En el corredor huele a podrido, a pilas de cadáveres descompuestos, mierda y miedo. Se ha prometido que no va a cagarse encima, pero la verdad es que no lo sabe. El corazón le late en los oídos como una maquinaria sangrienta, implacable. Paso a paso arrastra los pies descalzos por la mugre y los fluidos de las mazmorras. Caen gotas, que se escuchan por todas partes, como si se escurrieran las gargantas destrozadas de cientos de bestias que han abrazado su castigo. Supone que también ella es eso, una bestia, y se siente tentada a ironizar con la idea de imaginarse como un monstruo en camisón, arrastrando los pies con parsimonia. Su cabeza es una tormenta de confusiones concatenadas, de recuerdos que no parecen suyos, de rostros y voces que se amalgaman y se agrupan sin principio de continuidad. De risas, dientes, miradas malévolas y ojillos siniestros; de dedos índice apuntando arracimados hacia su espalda, como si la condujeran ellos también al cadalso. 

La mano del guardia le aprieta el antebrazo izquierdo en el mismo momento en que la luz hiere sus párpados cerrados. Le tiemblan las piernas porque sabe que han llegado al patio. Sus plantas pisan la gravilla que absorbe la sangre de las ejecutadas. Después de una decena de pasos, descalza, sobre la fría grava, ya ni siquiera siente miedo. Existen peores maneras de morir, reflexiona. Ahorcada o en la hoguera, por ejemplo. El filo del hacha al menos es rápido, y si el verdugo lo hace bien, (el verdugo de esta cárcel es un profesional de su oficio) todo acaba en menos de quince segundos. 

No le leen los cargos, solo la sentencia, que no le provoca más que un sordo desinterés. La han acusado de bruja, de perversa, de licenciosa. La poca originalidad de los argumentos hace que pierdan todo asomo de verosimilitud; da igual si es culpable o inocente. Siente un sudor chismoso entre los senos, y al mismo tiempo el guardia la hinca en el suelo, las diminutas piedras se le encajan en las rodillas, le duelen. Recuerda que ese era el castigo que le imponía su padre de niña: hincarse encima de un montoncito de piedras desparramadas, como sus faltas, y vaya sí dolía. 

La correa del maestro de escuela, sobre la palma de la mano. La mano vuelta del marido sobre la mejilla. El mismo rencor, la misma vergüenza y el odio funesto que enciende la piel. Si no otra cosa, ha sido culpable de odiar, y en numerosas ocasiones solo el odio la ha mantenido de pie frente a la injusticia, frente al duelo y el despojo. Es el rescoldo que sostiene sus piernas y la sostiene incluso ahora. 

Los pasos del verdugo resuenan crujientes al acercarse. El guardia la toma del cuello y la hinca sobre la piedra. Con el sentido del oído agudizado escucha la brisa que se levanta al alzar el hacha. 

Cae el tajo y, como siempre, la rodea una infinita oscuridad. 

Lo difícil es lo que viene después, que se ha repetido infinidad de veces, demasiadas como para contarlas todas. Ella no entendía por qué dejaban siempre la cabeza junto al cuerpo; cómo no tenían el buen juicio de ensartarla en una picota o quemarla o echarla al río. Ahora sabe que es parte de la efectividad del castigo: el sentido de repetición eterna. 

Que los nervios del cuello vuelvan a conectarse es siempre lo más doloroso. Al principio se siente con la cabeza en las nubes, como si estuviera despertando de un mal sueño, y solo después le cae encima la certidumbre de la resaca. Llora, siempre llora aferrada a la roja cicatriz que le atraviesa el cuello, y de un tiempo a esta parte se le ocurre que el verdadero tormento empieza cuando la cabeza vuelve a unirse al cuerpo, cuando sabe con toda certeza que al día siguiente volverán a decapitarla, cuando no recuerda ni su nombre ni sus transgresiones, pero la condena pende sobre ella como el filo implacable del hacha. 

Luego empieza todo de nuevo: la cuerda sobre las muñecas, la venda, el camino hasta el patio; los pasos del verdugo. 

El tajo. 

Despierta con un dolor de siglos en la nuca. Junto a su celda se escucha por primera vez el llanto de otra. No hay súplica, solo un berreo impotente y desdichado que se cuela a través de las paredes de piedra. Está tan indefensa que se pregunta cómo pudo no haberla escuchado antes; ese llanto deshilachado. Es posible que nunca hubiera puesto la atención suficiente, pero al tiempo que decide pegar la oreja junto al muro, empieza a oírlas: decenas, puede que cientos de mujeres desesperadas que carraspean, lloran, jadean frente al hacha, que pierden la cabeza y la recuperan dolorosamente al siguiente día. 

A todas les han hecho lo mismo. Llevan siglos haciéndoles lo mismo en esta particular versión del infierno. 

Las manos le tiemblan y las sienes le pulsan. La conmoción le hace sentir por fin algo nuevo, un amago de indignación, un alarido. Y toma los barrotes con los nudillos blancos por el esfuerzo, y grita desde las tripas con aires de sibila, de Casandra, de gorgona enfurecida, de arpía desbordada de indignación y de pena en medio del cautiverio. 

Su grito se hace eco de otros gritos; las cabezas ondulantes de las muchas mujeres oscilan sobre sus tallos como un montón de rosas ensangrentadas, chillando. 

Los guardias corren a guarecerse bajo los muebles; el verdugo blande el hacha y decide escapar corriendo por el puente antes de que sea demasiado tarde. Los muros oscilan, ondulan, se descarapelan, se mueven; las mujeres siguen gritando cuando las puertas se zafan de sus goznes y cuando los oídos de los guardias sangran y cuando los últimos custodios saltan por las ventanas y cuando el castillo amenaza con derrumbarse.

Los gritos siguen cayendo como un ejército de negras monturas enloquecidas, y la prisión se tambalea desde su cimbra, lista para caer.


Autores
Lola Horner (León, 1985) es psicóloga, maestra en Arteterapia Transdisciplinaria (ISPA-EGS). Doctora en Letras por la UNAM. Ha publicado varios libros dirigidos a infancias. En 2015 ganó el primer lugar en el premio de artista Lía como coautora de la obra 21000 princesas. Obtuvo la beca del PROTRAD como cotraductora del libro Fábulas feministas, de Suniti Namjoshi (Paraíso Perdido 2019) y coordinó la edición de Maneras de escribir y ser/no ser madre (Paraíso Perdido 2021). Su último libro es el ensayo literario Otro bosque: mujeres y cuentos de hadas en Latinoamérica (UANL 2023). Se dedica a la creación literaria, la docencia y la clínica privada.
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