Tierra Adentro
Ilustración realizada por Hilda Ferrer
Ilustración realizada por Hilda Ferrer

—Eres una minita de oro, Azu.
Yahaira lo decía así, con ese aire de seguridad que provenía de su propia convicción de que era una gran mujer de negocios. Y a ojos de Azucena, que seguía manteniendo su trabajo de intendencia para las instalaciones de los laboratorios que la universidad había instalado en San Felipe, era cierto. Algo más debía saber Yahaira de la vida desde que había empezado a cruzar al otro lado, desde que regresaba cargada: a veces de billetes verdes, a veces de fayuca que vendía en el tianguis ocasional de la calle principal o en la cajuela de su carro, estacionada cerca de la playa. Todo mundo parecía buscarla, a ella y a sus cargamentos aromatizados con la vainilla, la canela y la lavanda de las velas de la Ross y la Marshall’s.

Azucena se apresuró a quitarse el uniforme de trabajo. La gruesa tela del overol azul marino la hacía transpirar profusamente durante la jornada, pero le resultaba conveniente porque cubría su cuerpo casi por completo. Apenas dejaba a la vista sus muñecas y cuello, donde su condición bicolor era casi imperceptible. Se enfundó en una camiseta negra entallada, llena de pedrería brillante en los hombros y en una fina línea a los costados que acentuaba la cintura y desembocaba en la cadera. Se subió los pantalones blancos de spandex y calzó unas plataformas que le aportaron casi cinco centímetros de estatura.

—¿No te vas a morir de calor?

Yaha lo preguntaba desde la comodidad de su vestidito corto sin mangas, sus tacones altos y abiertos, su facilidad para pasearse en un traje de baño diminuto cuando iban a la playa abarrotada cualquier domingo. Todos los viernes recibía la misma pregunta y todos los viernes se negaba a responder. Sí, era obvio que le daría calor; no, no estaba dispuesta a cambiarse. 

El rojo ígneo del atardecer se extendía sobre la bahía mientras Yahaira conducía hacia el bar con la esperanza de que estuviera lleno de gringos porque había Baja Mil: los racers y sus puños de dólares, su afán por pagarle las cervezas a las mujeres que se cruzaran por ahí, su búsqueda de la consabida “fiesta mexicana”. Habló de sus ganas de agarrarse a un gringo de brazotes gruesos y espalda ancha que le diera tres vueltas en el aire y pudiera cargarla, de enrollarse con un hombre al que no sintiera que iba a romper en dos si se subía a montarlo con todas las ganas. Quería un gringo cachondo de cuello grueso, dijo, como The Rock o Magic Mike.

Azucena se reía comparándolos con el cuellito enclenque de Flavio que hacía ver su cabeza como un objeto pesadísimo y sus bracitos lánguidos, que parecían cansarse con solo cargar la consola que llevaba para poner música en cuanto andurrial se lo permitía. A pesar de todo, Flavio tenía dos características a las que Azucena no quería renunciar: tenía el don de besar bien y nunca insistía en desvestirla. Incluso cuando se encerraban en el asiento de atrás de su van, incluso cuando la había penetrado, Flavio sabía que la blusa de Azucena era un límite infranqueable y no había rastro de que le importara.

—A ti que te gustan todos flacos, los chinos te encantarían. Serías un hit, Azucena. Hazme caso.

Azucena agradeció que llegaran al bar. No quería entrar nuevamente en la conversación sobre que Flavio no le gustaba, sino que no le molestaba estar con él. Tampoco le gustaban los chinos, pero Yahaira nunca lo entendería porque tenía una facilidad pasmosa para quitarse la ropa y mostrar lo que podía ofrecer a sus 26 años.

Tan pronto entraron al local, Yaha se dirigió sin dudar a uno de los banquitos de la barra y se acomodó junto a un grupo de racers que hablaban a gritos. Sus risas inundaban el lugar y para Azucena tuvo todo el sentido, porque los gringos llegaban y se adueñaban de los espacios como si fueran suyos, como lo hacían con las mujeres del puerto, con los terrenos frente a la playa, con las carreteras. El desprecio se instaló en su gesto mientras contemplaba cómo rodeaban ya el banquito de Yahaira y pensó en que justo así se vería una escena de bukake si hubiera pornografía de osos.

—A mí también me cagan. Por más que pongo canciones, no se escucha ni madres.

Sonrió al escuchar la cómplice voz de Flavio y se dio vuelta para abrazarlo. Contemplaron la escena del cortejo entre risas y cervezas desde la esquina detrás de la consola. Como si de su rockola personal se tratara, Flavio ponía las canciones que ella quería, siempre y cuando mantuviera los vasos de plástico llenos de Tecate helada.

Sonaba Tatuajes en la voz triste y apesadumbrada de Joan Sebastian cuando Flavio le pidió que lo acompañara a fumar. Lo que el bar ofrecía como “terraza” era en realidad un estacionamiento de terracería donde se acomodaban los coches, medianamente protegidos por un alambre de púas a media altura que indicaba el límite. Más allá, el desierto bañado por la tenue luz del cuarto menguante se desplegaba hacia el horizonte. Ambos sabían que salir ahí era la culminación del preámbulo que se desarrollaba durante la primera parte de la noche: la mano de Flavio en su espalda baja cuando estaban de pie y en el muslo cuando estaban sentados, su forma de acariciarle la nuca mientras él satisfacía sus deseos musicales. 

Se escondieron entre un par de pickups para besarse a sus anchas. Recargada en la portezuela, con la pierna derecha rodeaba la cadera de Flavio y lo acercaba a ella, al tiempo que él se aferraba a sus nalgas con ambas manos y emitía un ligero bufido al rozarle el cuello con los labios. Para Azucena siempre era difícil acostumbrarse al primer acercamiento, ese en el que percibía el aroma acre y extraño del aliento de Flavio y se preguntaba por qué insistía en pasar sus noches con alguien cuyo olor no la volvía loca, con alguien con quien siempre terminaba fingiendo el clímax porque sabía que esa forma arrítmica y desprovista de toda cadencia de meterle los dedos jamás lograría nada. Pero entonces él rumiaba un “qué rica estás, no mames” que a ella le hacía pensar en todo el deseo contenido que tenía él, como si estar con ella fuera un premio del que no se sintiera merecedor, como si llegara a su casa agradecido con la vida por haber podido estar con una mujer de ese calibre, como si no se la creyera porque ella, Azu se reconocía en ese momento como una diosa absoluta y eso la excitaba más, mucho más, que cualquier mano experta.

A lo lejos percibió la risa de Yaha, que se mezclaba con las frágiles embestidas de Flavio. Sus manos descansaban sobre la lámina en espera de sentir la descarga que le permitiera dejar de gemir. Caminaban juntos ya de vuelta a la entrada trasera del bar cuando Flavio la jaló del brazo.

—¿No es tu amiga?

Azucena fijó la vista en un coche cuya moción parecía probar la resistencia de los muelles y vio en el interior el torso desnudo de Yahaira montando a un gringo en el asiento del copiloto. Sin ocultar su alegría, confesó que le daba gusto que su amiga hubiera logrado su cometido porque a eso había venido al bar.

—Esa morra se ve que es candela, ¿no? Mis compas dicen que seguro se sabe unos truquitos bien buenos porque se nota que a todo se atreve. 

La alegría se esfumó de golpe. El rubor le calentaba las mejillas cuando agachó la cabeza fingiendo hurgar en su bolso porque la envidia es una de las sensaciones más difíciles de ocultar. Encendió un cigarro mientras escuchaba las sesudas reflexiones de Flavio al respecto y lo interrumpió cuando iniciaba una conversación que se perfilaba para ahondar en lo buena que estaba Yaha.

—Pues dile a tus compas que ahí luego se las presento.

Ya en el bar, Azucena soportó un par de canciones más y le pidió a Flavio que le dijera a su amiga que la esperaba en el coche. Se sentó a fumar en la cajuela del Tercel contemplando la llanura y el vacío, la belleza en los accidentes del terreno y su asimetría, sus manchones de arbustos y su textura ríspida y pedregosa.

—Hay cosas que son bonitas, aunque nos enseñen que son feas— dijo cuando sintió que Yahaira se acercaba.

—Súbete al carro, morra. Te llevo a tu casa porque ya andas bien peda.

En el camino escuchó a detalle cómo era cogerse a un gringo fortachón. Yaha no escatimaba en detalles ni en consejos sobre cómo subirse en ellos, cómo bajarse, cómo despedirse sin que hubiera bronca porque quién sabe cuánta chingadera se meterían, decía, pero los cabrones eran insaciables. Azucena pensaba en que su amiga estaba llena de esa seguridad que no solo parecía garantizarle que nada le sucedería nunca, sino que, efectivamente, le daba la cualidad de atreverse a todo. Era un súper poder. Que todo le valiera madres era, en definitiva, un súper poder.

—¿Cuándo tienes vuelta al otro lado?

—La próxima semana. ¿Te vas a animar?

—No sé. Puede. ¿Sacas mucha feria?

Yahaira habló el resto del camino sobre los pormenores de sus finanzas. Explicó que en una pasarela a los chinos les podía sacar hasta 600 dólares de propinas, además de los 500 que le daba el cartel por llevar un cuarto de kilito deshidratado.

—¿Cruzas malilla?

—No, mensa. Estuviera yo pendeja. Llevo buche porque los chinos ya lo pagan como si fuera coca, pero nomás es pescado.

Azucena pensó en los comerciales del radio sobre la totoaba y el delito federal. También pensó en que a cualquier cosa le decían así, como quemar llantas viejas en un predio fuera equivalente a matar a una persona y que la ley nunca pensaba cómo tenía que arreglárselas la gente para sacar un dinerito.

—Ya si quieres sacar billete en serio, en los privados con los chinos sacas hasta tres mil de una. Ahí sí hay que hacer otros jales, pero con uno que me aventé, pagué el Tercel.

—¿Y así de full service?

—Pues sí. Pero es una en la vida. Nomás hay que cerrar poquito los ojos y pensar que estás en otro lado. Pero quién sabe, igual y tú le agarras el gusto porque te gustan los vatos ñangos, si no creas que no te vi con el Flavio.

—Todavía no he dicho que lo vaya a hacer, Yaha. Nomás estoy preguntando.

—Y está bien. No es pa’ todas y no todo mundo tiene lo que se necesita. Si tú no te animas ni a andar en camiseta, qué vas a querer que los chinos te vean en calzones. Y qué tonta, porque las cosas raras los vuelven locos: tú sacarías mucho más de 600.

No era la afirmación, sino la risa. La maldita risa de Yahaira, que parecía disfrutar que su amiga fuera el bicho raro, la del defecto, la que ubicaran no por la perfección de su culo, como a ella, sino por sus manchas en la piel. Yaha no estaba más buena, solo no era diferente. Y lo sabían ambas, pensaba Azucena, y sabían que en otras circunstancias ella podría entrar al bar y ser la que recibiera los tragos gratis, las miradas lascivas y las invitaciones al estacionamiento. Los amigos de Flavio también podrían hablar de ella sin el corolario ese de que siempre andaba tapada hasta el cuello, porque ella también sería capaz de todo si no viviera en un mundo en cuya mirada se encontrara con el asco recurrente de la incomprensión.

La duda bullía en la cabeza de Azucena durante el domingo de resaca hasta que el lunes, a media faena y después de calcular que tendría que trabajar 40 jornadas para sacar lo de una noche con los chinos, le envió un mensaje a Yaha. Sí. Iría con ella. También iría con ella a comprar un conjunto con encaje que la hiciera verse más presentable, más profesional: un push up bra y unos cheekies con lacitos, no haría la vulgaridad de llevarse una tanga directamente. Tal vez hasta unos tirantitos de esos que llegaban hasta la pierna y unas medias. Tal vez buscaría detalles florales en el encaje y se plancharía el pelo; se pondría uñas de gelish en un color vibrante y unas pestañas de salón, de las que se colocan de una en una.

Cruzaron por Mexicali a Calexico el viernes en la mañana. En la frontera dijeron lo de siempre, lo que dicen todas para evitar más preguntas. We’re going shopping, enunció Yaha con la perfección de un acento ensayado al practicar la misma frase hasta el aburrimiento. Y tampoco mentía del todo: tenían previsto que las maletas regresaran llenas tras su paso por los outlets californianos; el espacio ocupado por el cuarto de kilo de buche se convertiría en botes cremas de noche, de día, del cabello, de las estrías y de la celulitis. A ese viaje le iban a sacar dinero a la ida y a la vuelta, calculó Azu, porque no hay mayor ingenuidad que la que se alimenta de esperanza. 

El desierto enmarcaba ambos lados de la recta infinita que las conducía al norte. Azucena pensaba en cómo cambiaba la forma de las piedras con solo atravesar la frontera, porque aquí ya no encontraba las enormes rocas redondas apiladas unas sobre otras, sino formaciones piramidales que a todas luces eran más áridas. Era un desierto más inhóspito que el suyo.

Yahaira conducía obedeciendo las instrucciones del navegador que se orientaba con el GPS de su teléfono. Cada vez que cruzaba para encontrarse con los chinos, recibía una dirección distinta de algún caserón en las pocas zonas medianamente fancys de Calexico, porque aquí no era San Diego ni Los Ángeles, no existían los barrios de ricos auténticos, sino solo unas casas muy grandes que rentaban quienes venían a hacer negocios al Golfo. Azucena escuchaba las explicaciones de su amiga sintiéndose diminuta, como si los tres años de diferencia de edad fueran en realidad décadas que la separaran de una mujer de verdad. Abría grandes los ojos ante las explicaciones de Yaha y su manera de dominar el espacio. Cuando se atrevió a preguntar, la respuesta la hizo sentir aún más pequeña.

—Las primeras veces que vine también me trajo una amiga, Chío. Igual y a ti no te tocó conocerla. Era más grande, yo tenía 20 y ella como 25. Veníamos juntas hasta que un gringo viejo se la llevó a vivir a Phoenix. 

Una señora bajita y canosa abrió la puerta. Les habló en español para mostrarles la recámara donde podían asearse antes de presentarse con los señores. Azucena se recostó en la cama mientras Yahaira se bañaba y contempló las vigas de madera del techo alto de la habitación. Ella también podría acostumbrarse a eso, a viajar por Estados Unidos, a tener un cuarto con alfombra y un clóset con puertas de espejo. Ir y venir no parecía tan complicado y, quién sabe, a lo mejor sí era una auténtica mina de oro.

Yaha le planchó el pelo hasta que un lacio liso y perfecto alcanzó a cubrirle media espalda. Lo mismo hizo con su propia cabellera. Sobre los ojos dispersó un abanico de sombras que iban desde el blanco aperlado en la zona contigua al lagrimal hasta un negro intenso hacia el lado de la sien y eligió para sí misma la paleta de rosas y violetas. En ambas utilizó el labial rojo mate. Azucena sacó de la bolsa el conjunto negro de lencería y se dirigía al baño cuando Yahaira la interrumpió.

—Cámbiate aquí.

—¿Por?

—Porque si te da pena conmigo, con los chinos no vas a poder. Desvístete, Azucena

Azucena se quitó los pantalones con evidente molestia. Lejos de sentirlo como una orden, no iba a permitir que Yaha la retara así, tan abiertamente, porque ella también era capaz, ella también podía ser atrevida. No era ninguna mojigata y también se sabía unos truquitos, pensó. Sintió el tenue sudor de sus manos cuando decidió desnudarse del todo para después colocarse los calzones y el sostén de encaje.

—¿Contenta, morra?

—Muy.

Se cubrieron con sendas batas de poliéster que aspiraba a parecer seda. Azucena recorrió su brazo con la palma de la mano y se detuvo en los detalles de flores de la amplia manga derecha. Antes de salir de la habitación, Yahaira la tomó del brazo y le pidió que abriera la boca. Depositó una pastilla y le alcanzó una botella de agua.

—Así se aguanta mejor. Vas a ver.

Un hombre alto resguardaba la puerta de dos hojas que daba acceso al salón. Le susurró algo al oído a Yahaira, que se limitó a responder en español que lo había entregado al llegar. Yahaira se quitó la bata y enderezó la espalda. Azucena imitó el gesto en un torpe intento por ignorar su propia vergüenza. Quiso cubrirse el torso, pero era demasiado tarde: la mirada del hombre permanecía detenida en su pecho con un gesto que, para su sorpresa, distaba mucho del desagrado.

—Bienvenidas. Ya las esperan.

Entraron tomadas de la mano una detrás de la otra y caminaron por el pasillo que se formaba entre dos hileras de sillas dispuestas para formar una especie de pasarela casera. Azucena contó 14 chinos, además del guardia y otro tipo que también parecía mexicano. Caminó atrás de Yaha e imitó los movimientos. Sobre la mesa del fondo descansaba una charola con botellas cuyas etiquetas jamás había visto y unos vasos de cristal con figuras labradas a los lados. La música se mezclaba con los incomprensibles gritos de los hombres que soltaban aullidos y jadeos mientras se apretaban la entrepierna. Vio sus trajes de colores apagados, sus camisas abiertas y sus corbatas a medio anudar y supuso que la vida de esos pobres tipos debía ser aburridísima fuera de esa casa.

Let me introduce you to my beautiful friend, the human totoaba— dijo Yaha dándole entrada mientras aplaudía.

El cuerpo de Azu, tenso al principio, empezaba a alfojarse dominado por una ola de calor, mitigada solo por la tenue brisa generada por los silbidos de los hombres en las sillas. Sintió su cuerpo flotar, invadido por una delicadeza que la hacía contonearse como las sirenas en las profundidades, como si sus brazos y su cabello no estuvieran sujetos a la gravedad de la Tierra. El roce de las miradas desprovistas de repugnancia la recorría desde los tobillos hasta los hombros. Esas mismas miradas la abrazaban así, llenas de deseo, del deseo que se merecía porque ellos sí alcanzaban a entender su belleza, a leer la hermosura en lo raro, en lo diferente, en lo único.

Las manos de Yaha danzaban sobre ella y compartieron caricias, besos, risas. “Te lo dije”, le susurraba al oído mientras los billetes que le lanzaban los chinos seguían cayendo a sus pies. Azucena cerraba los ojos y apretaba los puños para sentir el peso de todo lo que podría comprar al día siguiente: la ropa, las cremas, los maquillajes y las cosas bonitas que decorarían su casa. Compraría más calzones lindos como esos, más lacitos y más encajes para no volver a meterse en el horrendo uniforme ni trapear un piso más. Era el fin de los baños hediondos, de los laboratoristas prepotentes, de que le juntaran los minutos de retardos para descontarle horas enteras. Ella, como Yaha, también sabría sonreír y darse los lujitos que se le antojara. 

—Room! Room! Room! — gritaban los chinos.

Ella, como Yaha, también podía tener un Tercel.

Azucena accedió con la naturalidad de quien conoce lo que le espera. Yahaira le preguntó con un gesto si estaba segura y Azu le guiñó un ojo pensando en que la amaban. La adoraban. Se asumió como la human totoaba y ese era su súper poder. Los cinco hombres que la acompañarían estaban a sus pies, dispuestos a pagar, se dijo, mucho más de tres mil, y sería una noche. Después de eso, todo iría para arriba, como lo había hecho Yaha y, antes, Chío. En esa genealogía de la superación personal para ella también había lugar porque aquí no era la del vitiligo, aquí era la sirena afrodisíaca.

Tan pronto entraron a la habitación, los cinco hombres se desvistieron y se arrodillaron frente a ella. Uno de ellos se puso de pie y suavemente deslizó sus bragas hasta que ella se las sacudió de los pies. Con la misma parsimonia ritual, retiró el broche de su sostén y le besó el cuello. Colocó su mano derecha en el pecho izquierdo y recorrió la línea de sus nalgas con el índice de la mano izquierda. Azucena se alegró al pensar que sería más fácil de lo que había pensado, que los chinos tenían costumbres distintas y tal vez cogían con suavidad. Pensó en Flavio y contempló la posibilidad de que no fuera cultural, sino algo común a los hombres enjutos. El hombre dejó de acariciarla y se giró para mostrar la erección a sus acompañantes.

Sooo big! Ta chaodà!

Youyòn! It works! It works!—  respondieron dos de ellos al unísono.

El hombre la tomó de la mano y la acostó sobre la alfombra. De rodillas junto a su rostro, llevó la boca de Azucena hacia su miembro en tanto el resto se transformaban en una masa amorfa de manos y lenguas que le recorrían la piel. Alguno más lamía las plantas de sus pies y le chupaba los dedos hasta provocarle una risilla. El hombre eyaculó sobre ella y se retiró con una reverencia de cabeza. Otro más se colocó en la misma posición que el anterior cuando Azu repentinamente sintió unos labios sobre su propio sexo. La sensación distaba mucho de ser desagradable y abrió las piernas, relajada todavía por la languidez química que la mantenía en una especie de ensoñación. Pensaba en que bien podría dedicarse a eso los años que tuviera el cuerpo para hacerlo, trabajar un fin de semana al mes, poner una segunda o unos saldos en la calle principal y no preocuparse nunca más por cumplir con un horario que no fuera el que ella misma dictara. Quizás en alguna salida se encontraría con un gringo viejo como el de Chío y lograra instalarse definitivamente de este lado de la frontera, se dijo. Quizás sería incluso uno de estos magnates chinos el que se la llevara a vivir lejos, lejísimos de esta nada. 

Extasiada por la imagen de una casa californiana con pisos de madera y grandes ventanales, se dejó llevar sin percatarse del pleito que se gestaba entre los cuatro que aún esperaban su turno. El volumen de las voces en chino alcanzaba ya a ser un grito. Despertó del trance a punto del orgasmo, cuando sintió el filoso contacto de unos dientes sobre su cadera.

My turn! My turn!

La delgada membrana que divide el placer del dolor empezó a rasgarse lentamente. Azucena no supo cuál de los cuatro exigía su turno, pero ninguno se retiraba de su cuerpo. Fue cuando trató de levantarse que descubrió que la sujetaban con fuerza y la aprisionaban contra el piso. Ninguno buscaba ya una felación: dos de ellos se batían por meter la cara entre sus piernas mientras los otros se sentaron sobre sus brazos para lamerle los pechos y el abdomen, con la fruición de quien se apresura a que no se le derrita una paleta. Azu trató de defenderse a patadas pero la masa de los otros pesaba sobre ella. Los chinos, ajenos a sus alaridos y a su desesperada forma de pedir ayuda, seguían aferrados a su piel delicada y multicolor en un trance tan animal como voraz. El volumen de la música de la habitación contigua parecía aumentar conforme invocaba el nombre de Yahaira.

Las lenguas se convirtieron en colmillos y las yemas, en garras.

Antes de sentir la piel despedazada y expuesta al calor de la sangre que escurría, Azucena extrañó por un instante el peculiar aroma de Flavio. 

Similar articles
0 190