Tierra Adentro
El último jardinero. Isidro R. Esquivel.

Take a walk on the wild side

Lou Reed

 

Me andaban buscando desde hacía varios días. Yo me la pasaba buscando las ballenas de nubes, que pasaban ondulando por encima de los edificios. La ciudad se había convertido en un lugar donde las ballenas de nubes, enormes, pasaban las tardes enteras proyectando su sombra. Pero a mí me venían siguiendo y no debía de perder el tiempo observando fenómenos inusuales, por maravillosos que fueran.

Decían que la banda de la Leona mataba por placer, pero yo sabía que andaban reclutando muertos. Un cadáver nunca dice nada, no necesita licencia de manejar, ni paga impuestos, ni es sujeto de ninguna pesquisa. Los muertos son fieles, y lo más importante: no puedes matar a un muerto.

Desde hacía ya varios años habían aparecido muchas bandas de muertos, pero ninguna más temible que la banda de la Leona. La Leona había sido mi amante en una época lejana, casi olvidada de mi vida, cuando no había ballenas en la ciudad y todo parecía más calmado y menos siniestro. Era una mujer de edad indefinida, como correspondía a su condición de muerta, de muslos fuertes y faldas breves que acostumbraba usar sin misericordia alguna, no importaba si hacía frío, si llovía y mucho menos si no era la ocasión. Minifaldas, lentes oscuros, blusas cortas que mostraban el ombligo apretado como un párpado a punto de abrirse. Sus matones eran todos siniestros y de mirada turbia. Todos creían que andaban siempre drogados, pero la mirada vidriosa, el talante agresivo, el andar como flotando, son los rasgos típicos de los muertos. Ya se sabe: una vez muerto, siempre muerto. Era lo que se decía.

La cosa es que me andaban buscando por todas partes y yo ya no tenía muchos lugares donde esconderme. Durante un tiempo me oculté en casa de una novia, la Marina, pero sabía que las cosas se pondrían feas en cualquier momento. La Marina era hermosa a su manera un tanto abundante. Gorda, dirían algunos, pero a mí me gustaba reposar entre sus grandes pechos como quien no quiere la cosa, simplemente recostándome en las enormes masas, haciéndome el cachondo y esperando el momento para quedarme dormido. Grasa placentaria. Una mañana, cuando regresé de comprar cigarrillos, al besarla, me di cuenta de que ya me la habían matado. Me di cuenta porque la Marina ya no se estremeció cuando le apreté unas carnosidades que se acumulaban en sus omóplatos como senos traseros. Los dos agujeros en la espalda todavía le sangraban un poco. Le pedí que me preparara el desayuno y en cuanto se descuidó la muerta, como suele decirse, salí pitando.

Afuera las ballenas flotaban silenciosas. De cuando en cuando emitían sus gemidos que alcanzaban a escucharse a través de las sirenas de las ambulancias y las patrullas y del tráfago de la ciudad. A menudo se sumergían hasta casi tocar las antenas de los edificios más altos, regodeándose en la densa capa de smog como para observar más de cerca lo que sucedía en las calles y avenidas. Su curiosidad no tenía límites. De cuando en cuando los aviones ocasionaban algún accidente. Vi un Jumbo atravesar a una ballena que se había rezagado y la convirtió en girones de nubes. Las otras gimieron desde lejos como protestando, pero aún a pesar de estos accidentes las ballenas no se iban. La ciudad parecía gustarles. Había quien decía que se alimentaban de la mugre que echaba la ciudad y que ya se habían enviciado de las sustancias que emanaba. La ciudad era como una colonia coralífera que expulsara gases tóxicos.

La Leona estaba ardida conmigo porque nunca quise que me reclutaran en la banda de sus muertos. Pero así era yo: romántico, qué quieren. En aquellos días amaba la vida. Me pasé un par de semanas en el hotel Cosmos donde vivían algunos amigos míos y desde donde era muy fácil ver a las ballenas ondulando sobre la Alameda y el Palacio de las Bellas Artes. Había una especialmente grande, una ballena que bajaba a la ciudad sumergida por las noches. A veces me gustaba verla porque las estrellas, si bien escasas, brillaban a través de su cuerpo delicado, tenue, hecho de vapores y de sueños. El tráfico a veces se detenía para observarla. Una vez la vi jugar con la luz de la luna entre las azoteas de los edificios cercanos mientras los helicópteros la rodeaban como rémoras.

Demasiado tarde me di cuenta de que el administrador del Cosmos era un muerto, por lo que la Leona no tardó en encontrarme. Un día me dejó un mensaje en la contestadora:

—Ya te encontramos. No te escondas, mi amor, si no te queremos hacer nada.

Decidido a preservar mi vida a toda costa salí huyendo de ahí. La noche era caliente. Entraba agosto en pleno. Las ballenas se concentraban en grandes cardúmenes y cambiaban de color como anunciando lluvia. A veces avanzaban en bancos gigantescos que cubrían la ciudad entera. Yo dormía en terrenos baldíos, me pasaba los días en las cafeterías, leyendo novelitas baratas, o me demoraba horas enteras en los cajeros automáticos reportando tarjetas de crédito perdidas, de nombres y números imaginarios, totalmente fuera de mí. Tenía los días contados.

Por fin, una tarde, mientras comenzaban las lluvias, mi suerte cambió. La banda de la Leona dio conmigo en la azotea de un edificio donde me ocultaba desde hacía varios días. Entre sábanas rotas que ondulaban en los tendederos como fantasmas, la Leona se me apareció con su séquito de matones. Cómo la quería: era hermosa como un animal ponzoñoso.

—Por fin te encuentro, querido, creí que te me andabas escondiendo —dijo gritando porque el viento arreciaba y las ballenas se agitaban en el cielo anunciando tormenta.

—No, Leonita, si yo lo que quería era pensarlo un poco…

—¿Y ya pensaste lo suficiente o te dejamos otro rato para que termines de completar la idea?

Me quedé callado sin saber qué decir.

—No te vaya a dar meningitis. Aquí nada más hay de una sopa: o te mueres o te mueres.

Me le quedé mirando a los lentes oscuros mientras los matones sacaban sus pistolas de las gabardinas. Uno de ellos, cacarizo, se acomodó el sombrero y me sonrió con un diente de metal antes de decirme:

—Total. Sólo te va a doler un poquito. Al ratito nos vemos.

—No lo dejen muy agujerado —fue lo último que escuché de los labios de la Leona.

Escuché la descarga y sentí un golpe muy fuerte a la altura del pecho. Las ballenas se derramaban sobre la ciudad. La lluvia espesa refrescaba la herida. Mi sangre se disolvía lentamente en la lluvia. Un par de días después —es lo que dura el proceso de morirse, de registrar al muerto, de enterrarlo y devolverlo a la vida en calidad de recluta de la Leona— desperté en la cama de la Leona. Me estaba sonriendo con aquellos sus labios asesinos. Era de noche. Los rayos rajaban el cielo con furia. Lo que quedaba de las ballenas se azotaba contra la ventana, se derramaba sobre la ciudad, barría las calles, se desgarraba entre las copas de los árboles y las marañas de antenas que se erizaban sobre los edificios. Nunca fue la Leona más atractiva que aquella noche de tormenta. Nos amamos en frío, en seco, con las llamas heladas del sexo estéril, con la pasión de dos cadáveres. Por fin: ya era parte de la banda. Al otro día había que salir a reclutar más muertos.

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