Reflexiones sobre brujas y demonios
Para JE, por si acaso sí.
Cumplo 33 y Cristo está más presente que nunca en mi vida. También el diablo.
Escribo con cautela, prendida de una vela, un santo, una virgen y quienes se vayan sumando. Pido permiso y agradezco de antemano.
Y ojo, veo la nota de mi abuela: “ojo, pedir permiso…”. Curiosamente, todo se desencadena a partir de la partida de una abuela y de un tío. Los fantasmas y sus obsesiones.
Les invito a ser aliados de las historias, para contar lo que precise ser contado.
Escribo en marzo para publicar en octubre, y pienso que el otoño es más propicio para asomarse a la tiniebla que la primavera. Sin embargo, la luna llena trae consigo algunas oportunidades y confío en ella.
Cada historia tiene muchos inicios: el primer llamado fue la muerte de mi abuela, luego el espíritu de un teatro o los de la selva, del monte, de las cosas. Cuando ya no cupo duda fue por los sueños: el vuelo a las montañas, la muñeca y la manta, la balsa, la beluga, el árbol, el cuarto con fantasma, la inundación, el sentido del humor del tío. Lo que la familia no puede decir más que entre sueños. Y ya, rematando, el tarot y sus preguntas, también sus respuestas.
Me agarro de las palabras de Fleetwood Mac: escuchar el viento, correr entre sombras, romper el silencio. Todo secreto tiene sus respectivos guardianes, tanto vivos como muertos. Mientras más grave es el secreto, más inquietante el demonio que lo defiende. Así los tabús.
Pero hay viejas brujas por todas partes; siempre por ahí alguna dispuesta a sacar a la luz aquello que pertenece a las tinieblas. Aunque, alto ahí, ¿por qué sacar a la luz aquello que pertenece a las tinieblas?
Por imprudente, metiche o morbosa.
O se trata de un afán de bondad, o ¿afán de justicia? Juego narcisista que se autodenomina justiciero.
¿Afán cristiano? Vuelve la idea de Cristo.
El bien siempre tan católico, tan panista. El mal, tan diablo, tan sexy. Eso de que el diablo cuente con diversidad de fauces estratégicamente administradas en el cuerpo, hace que una tenga ideas. Y si el diablo promueve el placer, la travesura, la diversión; y Cristo, el sacrificio, la paciencia y el autocontrol; pues hay una opción atractiva y una aburrida, no cabe duda, ¿o sí?, ¿sí cabe?
De eso se están tratando mis 33, de discernir el bien del mal, la fantasía de la magia, las señales de lo intangible de la locura… La locura, tan dispuesta a tomar el lugar de la explicación racional a cualquier afirmación que se salga de lo que la ciencia asegura.
Locura o verdad. Maleficio o delirio. Cristo o diablo. Fantasma o recuerdo. Sea como sea, las pistas me guían. O las ando buscando ya obsesiva, ya ingenua, ya bruja, ya delirante.
Ando tan ansiosa de indicios de algo que se comunique conmigo, que leo mensajes en los números, en las letras, los nombres de las tiendas de abarrotes.
Se apaga y se prende una luz y yo lo adjudico a una presencia del más allá. Así me inspiro, creyendo cosas. Así también me enredo, atravieso espasmos de paranoia.
En cuanto al diablo. Primero fue en un sueño, que no parecía pesadilla, disfrazado de un pariente, lo supe por la voz; luego el arcano XV, que suma 6; luego fueron unas sospechas, por ejemplo, que un amigo tiene alianzas con Satanás, que no creo, pero por si acaso sí, me lo pregunto con respeto.
Sin embargo, jugarle a las brujas no sólo trae espantos; el llamado de bruja viene con luz de luna, bichos y muchas flores.
En mi caso fueron la guacamaya y el cuervo, la flor de mayo y el plumbago, un grillo necio, una araña patona y hormigas, muchas; el número 8, el 6, el 5 de bastos. Y 7, que 7 son los pecados capitales; de los cuáles profeso todos.
Una cosa llevó a la otra, un scrolleo a otro, y ahora miro El tormento de San Antonio de Miguel Ángel, y el grabado de Schongauer que lo inspira, es angustiante pero al mismo tiempo hay algo en el semblante de San Antonio que me da calma, no, espera, no lo había visto de cerca, me da otra cosa. La mirada perdida en un abismo, resignada, y dentro de ello, algo relaja y no, no relaja nada. Los demonios ansiosos imparables jalonean al San Antonio que ya sólo fluye, sintiendo la fuerza con la que lo jalonean entero, de los pies hasta la frente, haciéndolo levitar. Es una pintura terrible, también hermosa, en un inicio me resultó incluso cómica; después me hizo preguntarme lo que se sentiría que unos demonios con cara de pescado, uñas largas, ojos densos, se te aferraran así, frenéticos, al cuerpo.
Insisto, hay algo sexy en la representación de los demonios, por ejemplo El gran dragón rojo y la mujer revestida en oro de Blake es una pintura que me prende un poco. Definitivamente no me interesa saber qué se sentiría ver lo que la mujer dorada está mirando, me intriga, es verdad, pero no me gustaría estar en su lugar… bueno, depende… Pero la pintura vista desde afuera, un lugar seguro, representa a un cuerpo furioso, violento, tremendo, un cuerpazo, demasiado demonio, o el justo demonio. O es sólo la lujuria hablando y el diablo provocando.
Tiremos factos: que el diablo es hombre, se sabe; que hay quien lucha contra él y quien se entrega y quien no cree, o dice que no cree o medio cree, o cree un poco no mucho pero sí algo. Luego también me pregunto si el diablo es real y maligno o sólo es un vato, sí, un vato. Un wey soberbio que se cayó del cielo.
Y, acá, una que es curiosa o cuir o bruja o pendeja, pues una se enreda. Pero toco madera, agradezco, con índice y pulgar apago la vela. Pido permiso para cerrar lo que abrí, para salir, a fin de cuentas, o entrar, cuestión de perspectivas.
Y a esperar que si el diablo ahí anda, que es probable; también haya aquelarre, o acaso la comunidad que cree en la magia y sus manifestaciones. Y delirar juntas caminos bonitos, que nos den calma, nos hagan fuertes, justas, traviesas, dichosas.
Se puso cursi, sí, pero también se vale.
El camino hacia la luz corre entre sombras. Y atravesar las sombras implica, consecuentemente, mirarlas, mirarlas bien, detenidamente.
Si se me aferra a la piel un demonio, que se resbale si está siendo muy necio. Que me suelte cuando le diga que no me agarre. Que no haga falta llamar a un San Miguel Arcángel. Que las palabras francas y directas cumplan su encomienda.
En todo caso, apago esta vela con una pizca de saliva y unos cuarzos; San Miguel Arcángel sometiendo al demonio en mi mano derecha y la Virgen y el San Judas en la izquierda.
Al frente un espejo y bajo mis pies la tierra, para no perderme demasiado entre imaginaciones y certezas.




