LA TORTUGA Y EL MONO
Cuando era pequeña vivíamos en Barcelona. Eran los años ochenta, en una ciudad en la que todavía podías pasar por la panadería y pagar al final de semana. Llevábamos las cajas de cerveza al colmado para cambiar las botellas vacías por otras llenas, nos quedábamos con la vecina cuando mis padres tenían que salir de manera imprevista e incluso podíamos ir solos al estanco a comprar el paquete de Coronas que fumaba mi abuelo y llevárselo a casa.
Cada día, mis hermanos y yo cogíamos el autobús para ir al colegio. Llegó un momento en que empezamos a hacer el trayecto solos. Por la mañana nos levantábamos, nos vestíamos, desayunábamos y pasábamos por el cuarto de mi padre, que nos daba la tarjeta del autobús que compraba en el banco que estaba en la esquina. Siempre subíamos al mismo autobús, a la misma hora y allí nos encontrábamos con los hermanos Arissa, los Puerta y los Navarro, que venían de otros distritos de la ciudad.
Vivíamos en un piso y mi recuerdo es el de una casa siempre llena de gente. Tenía un pasillo que, para nosotros, parecía larguísimo, tanto que allí llegábamos incluso a jugar partidos de fútbol. Un piso con moqueta en las habitaciones que con el tiempo se cambió por el corcho barnizado, paredes de papel pintado con motivos florales y grandes balconeras. Los muebles, las puertas y las ventanas eran de madera oscura. Las baldosas esmaltadas tenían tonos intensos, en naranja, verde o azul, y las cortinas eran de encaje.
Había visitas que se quedaban unos días y otras que se instalaban durante temporadas más largas. Siempre había alguien. Mis abuelos y algunas de mis tías, por ejemplo, pasaron temporadas con nosotros. Recuerdo sentarme en el suelo, entre las piernas de mi abuela, mientras me trenzaba el pelo. Me hacía méndénda mya ndowe, unas trenzas de raíz muy finas. Así, además de cuidarme y arreglarme el pelo, se aseguraba de que no tuviera piojos y, si encontraba alguno, lo retiraba minuciosamente con los dedos.
Vuelve a menudo a mi memoria la imagen de mi abuelo paterno Dipika, caminando por el largo pasillo de la casa. Creo que muchas veces lo recorría sin encender las luces, casi en penumbra. Apenas distinguía su silueta y la pequeña luz de la radio que llevaba consigo de un lado a otro y que tanto le gustaba escuchar.
Los fines de semana y en las fechas señaladas, sobre todo, mi madre preparaba comida ndowé: djomba, salsa de betátamu… La acompañábamos con arroz, plátano o fufú. A nosotros nos gustaba el “fufú que pasa rápido”, el que se hacía con harina. Según mi padre, era una invención de los ecuatoguineanos de Barcelona, que recurrían a la harina de trigo ante la imposibilidad de encontrar la de yuca con la que se elaboraba é mboka en casa. Cocinando, mi madre no sólo nos alimentaba: nos cuidaba, nos transmitía sabores, palabras y maneras de preparar los alimentos, y mantenía viva una relación cotidiana con el lugar del que veníamos. En sus manos, la cocina era también una forma de mantener viva la memoria.
Creo que fue muchos años después cuando descubrí que en Navidad los niños del cole comían canelones y sopa de galets. En nuestra casa nunca faltaba el árbol de Navidad, con aquel olor intenso que todavía hoy me fascina. En otras épocas del año tampoco faltaban los panellets o la coca de San Juan.
A fin de año llamábamos a Guinea. Una vez al año mi padre o mi madre hablaban por teléfono con nuestros familiares. Era una fecha especial para felicitarse, recapitular y volver a empezar. Durante unos pocos minutos podían escuchar la voz de sus hermanas y hermanos, saber si estaban bien de salud o si había sucedido algo importante.
También estaban las cartas que llegaban a través de quienes habían viajado. Las noticias y las voces circulaban de mano en mano dentro de sobres y paquetes que recibíamos, atravesando la distancia entre Barcelona y Bata. En ellos venían también el racá para el djomba, el okra para la salsa de betátamu, pescado ahumado y otros productos que no eran fácil de encontrar aquí.
Mi padre nos contaba cuentos de vez en cuando. Hay uno que recuerdo especialmente y sobre el que, hasta hoy, más de cuarenta años después, nunca me había detenido a reflexionar con detalle. Ahora, al intentar indagar un poco más, parece que no está documentado. Era una historia curiosa dentro de “los cuentos que nos contaba papá”, una de esas que quedaron grabadas en la memoria de los tres hermanos. Siempre la hemos recordado con humor, casi como una anécdota familiar, y como una de las experiencias que contribuían a hacernos sentir una familia un poco peculiar en el contexto en el que vivíamos.
Mi padre nos contaba historias protagonizadas por animales del bosque de Guinea. Animales que hablaban y que nosotros imaginábamos llevando vidas posiblemente parecidas a las de nuestros abuelos, nuestros tíos o los familiares que se habían quedado allá en e mboka. Hablaban ndowé y utilizaban expresiones que reconocíamos en las voces de nuestros padres y de los adultos que nos rodeaban.
Uno de aquellos cuentos explicaba la historia de un mono, tyéma, que vivía con su familia en una aldea. En la misma aldea también vivía una tortuga de tierra, kudu, y su familia. El mono y la tortuga eran muy amigos. Iban juntos a pescar, a cazar y a preparar trampas para capturar animales del bosque. Hacían muchas cosas juntos.
Un día llegó el cumpleaños del mono y éste invitó a su amigo, la tortuga, que era pequeñito y caminaba muy lentamente.
—¡Oye, es mi cumpleaños y voy a celebrar una fiesta por todo lo alto! —le anunció el mono.
El mono organizó la fiesta y, llegado el día, empezaron a presentarse todos los invitados. Cada animal se sentó en el lugar que le correspondía alrededor de la mesa. También había una silla, un plato y unos cubiertos reservados para la tortuga. Como caminaba muy despacio, la tortuga llegó un poco tarde. Cuando entró, la comida ya estaba servida.
—Bueno, este es tu sitio —le dijo el mono—. Sube a la silla y ponte a comer con todos los demás.
La tortuga intentó subir a la silla, pero se cayó. Mientras tanto, los demás animales seguían comiendo. Lo intentó de nuevo, pero volvió a caer. Una y otra vez trató de subir sin conseguirlo.
Finalmente, los invitados terminaron toda la comida y la tortuga se quedó sin probar nada. Triste y hambrienta, dio media vuelta y regresó a su casa.
Antes de marcharse, le preguntó al mono:
—¿Por qué has colocado mi comida en un lugar al que sabes que no puedo subir?
—Bueno, todos los demás se han sentado en sus sillas y yo esperaba que tú hicieras lo mismo —respondió el mono.
—Vale, vale. No pasa nada —dijo la tortuga.
Sin embargo, tomó buena nota de lo que le había hecho su amigo.
Pasado un tiempo, llegó el cumpleaños de la tortuga. Ella también decidió organizar una gran fiesta e invitó al mono. Preparó las mesas, sirvió la comida y esperó a que llegaran todos los animales. Cuando los invitados estuvieron sentados, la tortuga anunció:
—Antes de comer, todo el mundo tiene que lavarse las manos.
Todos fueron a lavárselas y después regresaron a la mesa. El mono también se lavó las manos y se sentó en su lugar. Pero, como sus manos eran negras, la tortuga aprovechó la situación y le dijo:
—Oye, amigo, no te has lavado bien las manos. Todavía están sucias.
—Sí que me las he lavado —respondió el mono.
—Vuelve y lávatelas bien con jabón, que aún están sucias —insistió la tortuga.
El mono regresó, se volvió a lavar las manos con jabón y volvió a sentarse. Pero la tortuga se las miró y repitió:
—Siguen estando sucias.
El mono fue varias veces hasta que la tortuga le dio una hoja de afeitar.
—Toma. Ráspate las manos para quitarte esa cosa negra que tienes.
El mono entró en el baño y empezó a rasparse la piel hasta que se podía ver la carne blanca interior, eso sí, llena de sangre.
Cuando regresó a la mesa la tortuga observó sus manos y exclamó:
—¡Ahora sí están limpias!
Todos empezaron a comer. La comida estaba muy caliente y tenía muchísimo picante. Además, no había tenedores ni ningún otro cubierto.
El mono tenía tanta hambre que metió las manos directamente en la comida. En cuanto el calor y el picante tocaron sus heridas, dio un salto, ¡booooooong! Y empezó a gritar y a gritar de dolor.
—¡Oooooooh! ¡La tortuga me ha matado! ¡Oooooooh! —gritaba.
Los demás animales se levantaron y preguntaron:
—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué has hecho esto?
Entonces la tortuga explicó:
—El día de su cumpleaños, el mono colocó mi comida sobre una silla, aunque sabía perfectamente que yo no podía subir. Por su culpa me quedé sin comer. Por eso hoy he querido hacerle esto.
Atónitos nos reíamos y exclamábamos al imaginarnos la escena del mono saltando, que para nosotros era una mezcla de cómica, sorprendente ¡y nos daba pena! ¡Qué cruel era la tortuga! Las expresiones de mi padre imitando al mono nos hacían reír y reír. Lo pasábamos bien.
El cuento no nos dejó indiferentes; nos impresionó profundamente. Éramos niños pequeños y aquellos relatos nos transportaban a una Guinea que habíamos conocido, en mi caso con apenas dos años, y de la que nos habíamos llevado olores y sonidos, además de las imágenes que reconstruíamos año tras año a través de las fotografías.
Y ese final “no feliz” de muchos de esos cuentos, nos dejaba un poco desconcertados.
Posiblemente, a partir de relatos como aquél, construimos en nuestras cabezas un determinado imaginario sobre los cuentos ndowé. Eran narraciones protagonizadas por animales y posiblemente contenían alguna moraleja, aunque nunca nos la explicaron. Venían de lejos, pero nos resultaban cercanas por su lenguaje, por lo que hacían los personajes y por aquello que comían y compartían.
Pero quizás, al final, lo más relevante de aquel cuento no sea que ahora pueda encontrarle una interpretación. Lo más relevante es que lo recuerdo. Lo recordamos los tres hermanos. Y hoy también puedo contárselo a mis hijos.
A través de aquellos relatos, la distancia física entre mboka y motema, que quiere decir “lejos” y es la forma en que nos referíamos a España y a otros lugares distantes desde Guinea, se hacía cada vez más corta. El cuento era un enlace. Viajaba en la voz de mi padre hasta nuestro piso de Barcelona y convertía durante unos instantes aquel lugar lejano en un espacio próximo, habitado por animales que hablaban como nuestros familiares.
Aquella historia era uno de los elementos que nos hacía reconocernos como hijos ndowé, conscientes de que veníamos de Guinea. Del mismo modo que la comida, la música makosa, la danza ivanga o la ropa confeccionada con telas de popó, los cuentos también eran nuestros. Formaban parte de una herencia que no necesitábamos comprender por completo para reconocerla como propia.




