La linda Nancy
Nancy Davis espera que la atienda el presidente del Sindicato de Actores de Cine, el SAG (Screen Actors Guild). Es mediados de noviembre, pero en el templado clima angelino no hay signos del otoño de la costa este donde ella creció. Lleva un maquillaje discreto, el justo para hacer resaltar sus ojos. El cabello corto y oscuro está lejos todavía del rubio castaño con el que será conocida décadas después.
Nancy Davis es su nombre artístico, al nacer fue registrada como Anne Frances Robbins. Por influencia de su madre, Edith Luckett, decidió seguir la profesión de actriz. Nadie en su familia recuerda la razón, pero desde pequeña le dieron el apodo de Nancy. Davis es su apellido legal, se lo dio el segundo esposo de su madre al adoptarla. Su padre, Kenneth Robbins, era vendedor de carros y se divorció de su madre en 1923, cuando ella tenía dos años. Nancy menciona tener dos años menos de los que en realidad tiene; dice haber nacido en el año del divorcio de sus padres y no en 1921.
El sol de las diez de la mañana entra por una de las ventanas. La secretaria teclea ruidosamente en la máquina de escribir Underwood y ocasionalmente le dirige una mirada. Nancy es la única persona en la sala de espera. Ve a la secretaria hacer una pausa en su labor, tomar un cigarro y encenderlo. Ve el cenicero junto al sofá en el que está sentada, piensa en fumar ella también, eso calmaría sus nervios.
Abre su bolsa. Labial, maquillaje, un espejo, el monedero, la cajetilla metálica. La abre y está vacía. Piensa en pedirle uno a la secretaria, pero se contiene. “Mejor”, se dice, “tampoco traigo ningún dulce de menta”. Cierra la bolsa y la vuelve a colocar a su costado, se alisa la falda, se talla la punta de los zapatos contra los chamorros. “Las medias estarán bien”, se dice.
Suena el intercomunicador. La secretaria contesta; Nancy no escucha qué le dicen al otro lado y sólo percibe que responde con monosílabos. Nancy espera que la llamen. La secretaria se levanta y se dirige al archivero donde busca un minuto o dos, toma una carpeta y entra a la oficina del director del SAG.
Nancy sabe que es linda y sabe sacarle provecho a su belleza. También sabe que no es la belleza de las estrellas de la época; difícilmente le darían el papel de una femme fatale, pero posee el discreto atractivo de una buena ama de casa —como lo habrán de demostrar la mayoría de los papeles que obtendrá en los siguientes años.
Al cabo de unos minutos la secretaria sale de la oficina. Nancy se le queda viendo con una mirada menesterosa. La secretaria sonríe, se detiene en el quicio de la puerta y vuelve a entrar a la oficina de la que salió.
—El señor Reagan dice que pase —dice la secretaria unos momentos después al volver a salir.
Es la primera vez que ve en persona a Ronald Reagan. Él, además de ser ya una estrella y tener más de una década en la industria del cine, consiguió dos veces la presidencia del sindicato —puesto en el que permanecerá hasta 1953 y volverá a ocupar en el periodo 1959-1960—. A sus treinta y ocho años es un hombre alto y apuesto. Le extiende la mano a Nancy. Tiene en el rostro la sonrisa que ella ya ha visto en la pantalla.
Él la invita a tomar asiento, sin dejarle de sonreír. El chispazo ha sido instantáneo, o al menos así lo dirá Nancy en varias ocasiones —así lo señalará Michael K. Deaver en la biografía Nancy: A Portrait of My Years with Nancy Reagan (2004), colaborador cercano a los Reagan y amigo personal de ella—. Él se divorció el año anterior, ella había tenido algunos noviazgos, pero ninguno serio.
—¿En qué puedo servirle, Miss Davis?
—Verá —dice Nancy y baja la mirada, se toma un momento y vuelve a mirar a Reagan a los ojos—, tengo un problema.
El nombre de Nancy Davis aparece en una de las listas negras de artistas vinculados con el comunismo. El presidente del sindicato de actores le aclarará que no tiene nada que temer, que se trata de una homónima y no de ella.
Nancy considerará que esa reunión fue el momento en el que su vida inició. Dos años y tres meses después de aquel encuentro, Nancy y Ronald se casarán en una discreta ceremonia en Los Ángeles, el 4 de marzo de 1952. Un matrimonio que duró más de medio siglo, cincuenta y dos años y tres meses, hasta la muerte de Ronnie —como lo llamaba Nancy— a causa de una neumonía y complicaciones del alzhéimer, enfermedad de la que fue diagnosticado en 1994.
Ella dejó su carrera cinematográfica para dedicarse a cuidar a su familia, aunque todavía filmó varias después de casarse. Respaldó la campaña de su esposo para la gobernatura de California en 1967, de la que salió vencedor, como también lo haría en la del siguiente periodo en 1970. También lo apoyó durante la precampaña presidencial de 1976, cuando buscó sin éxito la candidatura del Partido Republicano contra el presidente Ford, y durante la campaña de 1980 con la que finalmente llegó a la presidencia de los Estados Unidos.
Nancy fue primera dama de California y de los Estados Unidos. Junto a su esposo fue una figura controvertida desde que llegaron al poder. En California decidieron abandonar la residencia del gobernador y encargar la construcción de una nueva con estilo de rancho, decisión fuertemente criticada y que fue un antecedente de la remodelación que llevaron a cabo cuando llegaron a la Casa Blanca. Desde esos primeros años, se señaló la frivolidad con la que se manejaba; conocida es la crónica Pretty Nancy de Joan Didion, publicada originalmente en el Saturday Evening Post en 1968 —e incluida en su libro Let Me Tell You What I Mean (2021).— En ella describe cómo la primera dama de California recoge flores mientras los reporteros la fotografían, lo que causó tal molestia en el círculo cercano de los Reagan que el biógrafo Deaver lo consigna en su obra más de treinta años después, sin mencionar el nombre de Didion.
La cercanía de Nancy Reagan con su esposo fue criticada durante los dos mandatos presidenciales. Se señalaron las consultas que ella hacía a una astróloga antes de que su esposo tomara cualquier decisión. Mientras que por sus atuendos fue considerada una nueva Jackie Kennedy, el elevado precio de estos no dejó de llamar la atención de la prensa. Cambió la vajilla de la Casa Blanca e impulsó la remodelación de la misma, aunque con fondos privados, en un momento en el que su país atravesaba una recesión y su esposo impulsaba recortes en diversas áreas, sobre todo sociales, muchas de ellas creadas durante el New Deal de Roosevelt. Por ello, se consideró que la Reina Nancy —sobrenombre que se le puso luego de asistir a la boda del entonces Príncipe de Gales, hoy Carlos III de Inglaterra, con Diana Spencer, Lady Di— estaba desconectada de la realidad del pueblo que gobernaba su marido.
La administración Reagan tuvo una mano dura contra el consumo de drogas, política en la que Nancy contribuyó con la campaña Just Say No, que pretendía que con sólo decir no era más que suficiente para detener el avance del consumo de estupefacientes. Asimismo, en su papel de primera dama quería impulsar la imagen de madre de familia, en concordancia con la ola neoconservadora que avanzaba en Estados Unidos y cuyos seguidores ayudaron a los Reagan a ganar la presidencia, aunque para esa época estaba distanciada de sus hijos Patty y Ron, así como de los hijos del primer matrimonio de Ronald.
La crisis del VIH-SIDA comenzó durante los años ochenta, sin embargo, la administración Reagan no actuó para prevenir la expansión de la pandemia ni para ayudar a las personas afectadas. No fue hasta 1987 cuando Reagan reconoció la existencia del virus y la enfermedad que causaba y, aun así, las acciones gubernamentales siguieron siendo mínimas, a pesar de que un amigo cercano del matrimonio, Rock Hudson, murió de complicaciones derivadas del SIDA en 1985.
En 1987 Nancy tuvo una mastectomía luego de que se le detectó cáncer en un seno que le extirparon. Dos años antes, su esposo estuvo en el quirófano y recibió tratamiento por un cáncer de colon del que se recuperó. A raíz de estas experiencias, ambos hicieron campañas a favor de la prevención y detección temprana del cáncer.
La salida de la Casa Blanca no significó el fin de las actividades políticas para ninguno de los Reagan. Él siguió acudiendo a eventos de su partido hasta que el alzhéimer se lo impidió en 1994. Ella creó una fundación para prevenir el consumo de alcohol y drogas. La enfermedad del expresidente hizo que ambos se distanciaran de la vida pública. Tras la muerte de Ronald, se le rindió un funeral de Estado, del cual Nancy fue parte. Recibió a nombre de él algunos reconocimientos y fue invitada a la Casa Blanca en varias ocasiones por Laura y George W. Bush, así como por Michelle y Barack Obama. Nancy Reagan murió en Los Ángeles el 6 de marzo de 2016 a la edad de noventa y cuatro años.
El legado de los Reagan, para bien y para mal, no se puede entender sin ninguno de los dos. Una relación que comenzó en una reunión entre el presidente del sindicato de actores y una joven actriz que temía encontrarse en la lista negra de Hollywood. Aquella reunión cifraba, además, mucho de lo que llegarían a hacer y a lo que se enfrentarían: el temor al comunismo y la aspiración de valores tradicionales. Un vínculo en el que la política ya tenía su peso, pues Ronald era, después de todo, presidente de un sindicato y la linda Nancy conseguía lo que quería.




