Mujer araña
In media res, como me gusta que comiencen las historias de amor: en octubre de 1972, Manuel Puig asistió a una fiesta en la embajada mexicana en Buenos Aires invitado por Carlos Monsiváis, quien le presentó a Miguel Vélez, otro intelectual contemporáneo, y se enamoró de él, aunque fuera heterosexual o diverso y, además, extranjero. “Qué destino el mío, qué vida de puta, para mí que en el fondo soy mujer de un solo hombre, como Helen Morgan…”, contó en una carta a Guillermo Cabrera Infante sobre su nuevo romance, en plena crisis de ansiedad porque se sentía una diva vieja y fea. Poco después de año nuevo, Manuel Puig voló hacia México en busca de su caballero azteca, cada vez más obsesionado porque acababa de cumplir cuarenta años y había terminado su más reciente libro.
No fue esa la razón principal, aunque sí un potente estímulo, para dejar Argentina. The Buenos Aires Affaire (1973), un relato noir ultrasexual y políticamente explosivo, vendió quince mil copias en sus primeras tres semanas y despertó la voracidad del autoritarismo. Primero, el libro fue retirado de circulación; luego, apenas unos meses después, reapareció censurado: párrafos enteros con críticas al gobierno de Perón o referencias a la brutalidad policiaca y violencia cotidiana del régimen, fueron borrados, así como aquellas escenas “obscenas” o “perversas”. Editorial Sudamericana insistió en la publicación, pero el autor temía represalias contra él y su familia, a pesar del éxito ganado gracias a sus primeras novelas: La traición de Rita Hayworth (1968) y Boquitas pintadas (1969).
Manuel Puig, por supuesto, no eligió el exilio: lo sufrió.
En abril de 1973, el romance con el joven intelectual mexicano había llegado a su fin: Vélez se definió heterosexual y Puig no volvió (pronto) a su país. Confesó a Cabrera Infante: “Una puede ver que en él la homosexualidad es terriblemente conflictiva; una parte la acepta y la otra la rechaza. El punto es que arrojó tanta mierda en mí, y yo vi que estaba tan enfermo, que MI AMOR MURIÓ: verdadera salvación”. Un drama de Tennessee Williams. El final del affaire sucedió durante un paseo por la Ciudad de México, conducía Miguel Vélez cuando Manuel Puig lo escuchó gritarle a una persona en la calle: “¡maricón!”, y luego amenazó con embestirlo. Después de eso, el escritor argentino se refugió con su Olivetti en el barrio de Coyoacán, inmerso en un melodramático ambiente, como el que veía en las películas del Cine de Oro mexicano y los estudios Televisa.
Manuel Puig fraguó entonces una idea en su mente: “¿Pueden las personas cambiar su erotismo después de cierta edad?”. Exploró la sexualidad y lo erótico, el género, los roles o modelos aceptados socialmente, y comenzó a escribir El beso de la mujer araña (1976): “Estos dos hombres se conocen a través de un mediador: las películas. De lo contrario, no pueden hablar entre ellos. Uno es heterosexual; el otro, no; ambos están a la defensiva. El gay no tiene mucha educación, pero sí una gran vida de fantasía…”.
La conjunción de su historia política —el exilio— y su búsqueda personal del amor (o la felicidad), según Suzanne Jill Levine, fueron las primeras notas que escribió Puig para El beso de la mujer araña. “Manuel could not control the world or his owns emotions, but he could control his inventions. By placing these two men in a cell, he was taking a big leap out of the literary closet”. Académica norteamericana y biógrafa especializada en Manuel Puig, Jill Levine apunta la importancia de esta novela no sólo por su locus particular, sino porque se convertiría en la única en la obra del autor argentino en retratar un affaire entre dos hombres. Una propuesta discursiva, estructural y políticamente comprometida con su contexto de escritura en la literatura latinoamericana de los setenta.
Penitenciaria de la Ciudad de Buenos Aires, Pabellón D, celda 7.
Luis Alberto Molina, 37, condenado a reclusión de 8 años por delito de corrupción de menores, buena conducta, posible indulto; Valentín Arregui Paz, 26, puesto a disposición del Poder Ejecutivo de la Nación y en espera de juicio, guerrillero, preso político.
[Narratología dialógica, tiempo estrecho, dos protagonistas].
El beso de la mujer araña inicia “en medio de la cosa”: Molina detalla el rostro de Simone Simon, caracterizada como Irena Dubrovna en Cat People (1942), mientras dibuja una pantera en el zoológico de Central Park. Describe la jaula, el atril, las piernas entrelazadas de la actriz, los tacones altos y gruesos, sus medias de seda a tono con la piel. “Perdón pero acordate de lo que te dije, no hagas descripciones eróticas. Sabés que no conviene”, advierte de pronto Valentín, al tanto de la narración de su compañero de celda.
En gran medida porque sus personajes sólo podían expresarse metafóricamente, Manuel Puig consideró usar un prototipo victoriano como Drácula (1931), en tanto que la imagen de un vampiro chupasangre servía como eufemismo del sexo oral. Cierta noche de 1974, mientras vivía en Nueva York, vio en la televisión la obra de Jacques Tourneur y se decantó por la historia de la mujer pantera. “Era la película que Molina hubiera elegido”, pensó, un film clásico de terror acerca de la represión sexual, cuya metáfora resultaba más específica respecto al miedo inconsciente del preso heterosexual y su compañía queer.
[Manuel Puig prefería loca, en lugar de homosexual].
Conforme avanza El beso de la mujer araña, Molina cuenta a Valentín otras dos películas reales —I Walked With a Zombie (1943) y The Enchanted Cottage (1945) — y tres más surgidas de su fantasiosa imaginación. Un diálogo continuo hasta la última escena, como si, a priori, la historia fuese concebida para ser actuada. ¿Qué más puede hacer dos hombres en una celda sino hablar? Lo cierto es que, para estos personajes de Manuel Puig, contar historias era la única escapatoria que ambos tenían ante la autoritaria imposición del encierro. En la celda, sólo habitaban ellos y las palabras.
Un pacto: la conversación, el drama.
“En esta celda únicamente están dos hombres, pero eso es la superficie. En realidad, hay dos hombres y dos mujeres. Estoy de acuerdo con Theodor Roszak cuando dice que la mujer con mayor urgencia de ser liberada es aquella que todo hombre tiene encerrada en los calabozos de su propia psique”.
Telaraña de Puig: un ideal utópico del sexo, la novela funciona como una reflexión en torno a los roles de género. Los dos personajes son oprimidos, marginales, presos cada uno de su particular posición en el sistema, y lo que activa el leitmotiv del relato es que, en algún punto de la narración, ambos escapan de sus moldes, se despojan de las máscaras a partir del diálogo, la empatía… y el amor. Cuando menos en la ficción, Manuel Puig libera a la mujer —a quien Vélez, por ejemplo, reprimió— dándole escenario y voz.
Molina: “Decilo, yo sé lo que ibas a decir, Valentín”.
Valentín: “No seas sonso”.
Molina: “Decilo, que soy como una mujer ibas a decir”.
Valentín: “Sí”.
Molina: “¿Y qué tiene de malo ser blando como una mujer? ¿Por qué un hombre o lo que sea, un perro, o un puto, no puede ser sensible si se le antoja?”.
Hay crudeza y dolor en El beso de la mujer araña y, sin embargo, al diálogo-relato lo envuelve un aura de ternura conforme Molina y Valentín se (re)conocen. Desde luego, las películas les proporcionan una ruta de escape en tanto ficción, pero la realidad es distinta… Uno muere de nervios por la enfermedad de su madre, tanta ansia por el cuerpo de un macho, y la presión del Señor Director del Sector III; otro, por la tortura inoculada en su dieta diaria, el pensamiento crítico atormentado, añoranza por su compañera, la lucha.
Una fantasía (homo)erótica, puro deseo, montones de palabras.
No la voy a contar —porque a nadie le gusta que le spoileen las películas—, pero el título de la novela es un guiño maravilloso, una pista que expone la trama y revela un secreto sin pudor. Lo aporta Valentín: “Vos sos la mujer araña, que atrapa a los hombres en su tela”. Para Molina, la última romántica, heroína como todas las de Puig, la vida es una película en blanco y negro y ella una diva loca, capaz de morir por su hombre, tierna hasta el sacrificio, oprimida, que sólo quiere un beso. En todo caso, específicamente Molina —pero también, a su modo, Valentín—, encarna los afectos e intereses políticos de Manuel Puig en El beso de la mujer araña: ser una misma, más allá del género, amar sin despojo y a destajo.
Spider Woman como Femme Fatale:
—Éste es un sueño corto, pero feliz.




