Gorra roja
Los cerillitos no salen de la caja
traen poco más que la cabeza encendida
de nubes cirros entre la noche,
como un nenúfar blanco flotando sobre aguas tranquilas.
En sus delantales cuelgan
las morrallas musicales
como los cencerros que llevan las vacas
en los cuentos coloridos que conocí de niña,
las que sonríen y bailan,
sin ubres infectadas
ni violaciones constantes,
sin afectos de terneros y amistades
que se cuelan al sacrificio
o a más producción de leche
hasta que el cuerpo deje de ser rentable.
Aprendieron
el arte de estar parados por horas
uniformes sin sueldo,
pisos inestables
costeados por ellos mismos
y ahora deben mantener impolutos.
Memorizaron
las reglas del orden
dentro de un pequeño movimiento
obediente a lógicas de categoría:
jamás mezclar alimentos
con artículos de limpieza
los enlatados y empaques duros
son la base de la pirámide invisible
ahí los más frágiles van arriba
como una linda corona de huevos.
La rapidez en la técnica de la colocación
puede dejar el suficiente tiempo
para mirar los ojos del cliente
sonreír, dar los buenos días
hacer como si no esperaras demasiado
fingir la verdadera necesidad y empatía
pese a no recibir retribución alguna.
Las monedas han disminuido
desde que más tiendas
ampliaron las cajas de autoservicio
gracias a la Ley de Residuos Sólidos
sin bolsas ni cajas donde guardar el rostro.
“Hágalo usted mismo”
un contrapunto que no voltea la cara
para reconocerte en otro.
Tal cual si apenas existiera
ese cuerpo -que aún puede-
y así, avientas la mirada
como si tres pesos de propina
no fueran parte del empleo
sino migajas
de un acto compasivo.

