Tierra Adentro
Sonora, México, 2006. Fotografía de @Lon&Queta. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
Sonora, México, 2006. Fotografía de @Lon&Queta. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0

Debí morir, lo sé, al menos con el disparo en la frente. Vació el cargador de su pistola y luego me amarró a este cactus. Estuve atado durante casi una semana. Calculé el tiempo según las noches, que era cuando la sangre se enfriaba y me sentía un poco más espabilado, al tiro en la temible oscuridad. En estos siete días, el sol achicharró mis pestañas, pero me mantuvo vivo únicamente con la intención de cocinarme las entrañas y hervir mi cabeza. Dudé si mi nombre, si mi cara… y los cambié varias veces. De nada sirvió.

¿Quién necesita un rostro? Ni apellido.

En esa semana procuré recordar mi aspecto. Imaginé mi cuerpo atado al cactus, goteando lodo ensangrentado, mientras reconstruía mi carne entre las espinas y el silencio. ¿Cómo era? ¿Quién? ¿Yo? ¿Así nací? ¿Un hombre de piedra incrustado en el tronco de este maldito cactus? Mis únicos referentes eran las puntas de mis botas, dos cuernos apuntando al cielo, y la sombra amorfa de la cactácea, más negra aún que la mía.

Quise ser güero, ojiazul y lampiño. Después deduje que, en tal caso, sí estaría muerto, reseco y pálido, como un lagartijo expuesto a la canícula. Preferí convertirme en cuatrero, con texana y chaleco de cuero, como aquel que me asesinó y luego ató mi cuerpo al cactus, nomás porque le robé un ternero. Los ojos fieros, la piel tostada. El bigote pobladísimo, de esos que espantan a los machos. Anhelé ser aún más prieto, como esos galoperos que doman caballos o un bullrider, que son los vaqueros más famosos y acalambran a las damas.

Pronto supe que era mejor morir: quien vive, sufre, fin.

Rehíce tantas veces mi cuerpo que, cuando la carroña comenzó a devorarme, no me importó, hasta me reí, deseando que acabara pronto conmigo. No le tuve miedo al dolor, tampoco a la muerte. Qué chingados. Solo no quería imaginar más caras infrahumanas con mi carne balaceada, reducida a mordiscones desde adentro.

El ruido de las ratas en mi tórax era aún más estrepitoso que las voces que rebotaban en las paredes de mi cráneo. Por alguna razón, en lugar de comerse primero mis ojos o mi lengua, recorrieron mi cuerpo entero y decidieron escarbarme el agujero en el pecho que me dejó una bala. En el interior, sus garras me daban cosquillas, pero las mordidas me hicieron gritar de dolor. Me sorprendió mi voz. Los dientes se sentían como diminutos cuchillos cortando mis entrañas sin parar, arrancando pedazos de carne, sangre en cada mordisco.

En algún momento terminó el dolor: ya no quedaba nada dentro de mí.

¿Morí? No. Escuché un rasguño áspero, continuo. Las ratas salían de mi cuerpo como si de un nido de arañas se tratara, despavoridas y satisfechas. Mis huesos se agitaron un poco, mi esqueleto se tambaleó. El cactus siempre permaneció erecto. Con las entrañas devoradas, enflaqué, y la cuerda, antes firme, resbaló. Topé de bruces con la ardiente arena, achicharrado de por sí, entre mis babas y mi sangre seca.

Libre.

Me paré, sacudí la tierra de mi ropa, por fin vi detrás del cactus y corroboré que estaba exactamente el mismo desierto que tuve enfrente todos estos días y noches. Las ratas también seguían ahí, observándome bípedas, con las trompas y las garras manchadas de sangre, riéndose de mí, quizás preguntándose quién era yo, cómo me llamaba. Devolví la sonrisa a esos santos roedores que me comieron y caminé.

Introduje un dedo en cada agujero que me habían dejado las balas, rasqué mis huesos, no pude palpar bondad ni misericordia cuando metí la mano. Fue el Diablo, no creo que Dios, quien me mandó aquellas ratas salvadoras, o quizás solo haya sido suerte, como la que tuvo la vaca que abdujeron y ahora muge en el espacio exterior. No me aterró la idea de morir, mientras recordara con claridad el nombre y la dirección del hombre que me mató.

Paraíso e Infierno, mismo lugar: un desierto negro del que nunca escapas.

Anduve y el horizonte se partió. Había otros cactus, muchos otros cactus, algunos retorcidos como espectros que miran siempre hacia abajo, como si hablaran en secreto con el desierto; otros erectos, como mi cactus materno, que parecían gritar de dolor, con las ramas como brazos acuchillados por espinas, pidiendo ayuda. Los dejé atrás, me olvidé de todos ellos menos de uno, y espero que ese cactus siga acordándose de mí, de esta voz y de mi verdadero nombre, mi cara, mis lágrimas.

Tampoco olvidaré la serpiente que se me encaramó en el cuello mientras estuve atado al cactus, la muy culera, y me dejó ver en sus ojos que yo también tenía la mirada de víbora. Levantó su cascabel y lo mantuvo erguido a la altura de mi oído, como retándome a probar un poco de su veneno. Metió su lengua bífida en mi boca, pero no me mordió. Poco a poco fue desenroscándose de mis vértebras hasta que pude respirar mejor y, finalmente, huyó, dejando un rastro zigzagueante entre mis botas.

El resto de las serpientes en el camino se apartaron conforme avanzaba, como si aquella cascabel les hubiese comunicado a todas que yo tenía un destino, que no estaba ni vivo ni muerto, sino espectro. Las escuchaba cuchichear a mi alrededor, así corren los chismes en el rancho. Ellas sabían lo que iba a suceder a continuación, como lo supieron entonces la llanura y el sol, los dinosaurios y las conchas marinas. Eran muchos los fósiles destrozados, en añicos, como los sesos de un cabrón al que le volaron la cabeza de un balazo. No sé si caminé durante casi una semana o tan solo unas cuantas horas, pero llegué.

Las mismas piedras, las mismas casas. Un rancho que crucé arrastrando el polvo de mis botas hasta el zaguán de la finca. Soledad kilométrica a la redonda. Mi asesino se orinó apenas verme al otro lado de la puerta. Seis balas en la pistola. Retrocedió en pánico hasta el centro de su casa, mientras yo apuntaba directamente a su corazón.

No había nada que decir, sin palabras, sin gestos, disparé primero a su rodilla derecha, luego a la izquierda. Se le reborujaron los brazos entre una herida y otra. Cayó de lleno con la cara, sin meter las manos, y se rompió la nariz, casi pude oír la fractura del tabique. Sangraba mucho y sus fluidos se confundieron amarillos y rojos en el pantalón de mezclilla. Arrastró su cuerpo y, aun malherido, intentó defenderse.

Apunté a la mano con la que disparaba y sus dedos se esparcieron como gusanos desmembrados, manchando los mosaicos de la sala. Luego disparé una vez en el estómago, en un punto que no lo mató, pero que le generaba un dolor supremo, una agonía indescriptible en el rictus de su cara, los estertores de su carne moribunda. Nos envolvió el silencio que sigue a un asesinato. Me quedaban dos balas, guardé la pistola. Cerré la puerta de la casa para tener más intimidad con él, para que ninguno muriera solo. De pie ante mi asesino, mirándolo plañir, implorando piedad, me rogó que, por favor, no lo matara. Un reguero de sangre sucia salía de su camisa y encharcaba el piso, gritaba de dolor.

Percibí la tortura en sus ojos, además del olor de su piel agujerada por el plomo y la pólvora, carne rota, chamuscada, expandiéndose de su panza al piso, sentiría frío en los brazos y en las piernas, un congelamiento que se iba apoderando de su cuerpo hasta dejarlo tieso como un animal disecado. Él, que era un asesino, y de los más crueles, sabía cuánto tiempo le quedaba de vida, cuánto de dolor, cuánto de agonía, y que era mejor morir rápido, porque no había escapatoria, perdió.

Nunca más vería a la mujer que amaba. Tampoco mi rostro carcomido por el tiempo que estuve atado al cactus, muriendo lento y espinado, lleno de ira, preso de una rabia que acumulé con el paso de los alacranes por mi rostro, sus aguijones rehuyendo mi carne envenenada, de fantasma llanero. No volvería a ver esta cara, relajada gracias a su dolor y la tortura, ni mi cuerpo balaceado, devorado por dentro, libre de venganza porque yo también lo maté. Jamás olvidaré el ruido del penúltimo balazo, atravesando su cara hasta la nuca y, si consigo llegar a viejo, probablemente en mi lecho de muerte recuerde cómo se apagaron sus ojos de pistolero fino.

Dejé el rancho, volví al desierto.

Mi cactus materno seguía en el mismo lugar. Acaricié su corteza rancia, pasé mis dedos entre sus espinas como si fuera la crin de mi primer caballo. Esa sangre no podía sino ser mía, cualquier otro infeliz del mundo, uno que tuvo suerte.

La mujer de mi asesino lo encontró muerto, con la boca abierta repleta de cucarachas, los ojos enmoscados. Lágrimas, duelo, todo eso. Enterró al hombre en el panteón municipal, junto a sus padres. Costó tanto limpiar su sangre reseca del mosaico de la sala, como si hubiera trasminado hasta la tierra, que la viuda también huyó del pueblo sin llevarse nada, pero dejó abierta la puerta por si el espíritu de su hombre quería venganza.

Nunca tuvieron hijos. Yo tampoco, pero si hubiera tenido uno, le regalaría esta pistola, como hizo mi padre conmigo, unas botas y su primer caballo. Mi vida y mi muerte serían, como la vida y la muerte de mi asesino, al final, casi las mismas.

Mi agonía solo mucho más larga, tenía una bala: abracé mi cactus.

 

 

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