La vida después del contrato
Ella camina erguida, orgullosa. El sonido de sus tacones resuena en las escaleras de la estación mientras se apresura para alcanzar el metro. En una mano lleva la bolsa con las compras; con la otra, empuja el carrito donde va su hijo.
Al llegar al andén, escucha cómo el metro se aleja.
—No importa, ya vendrá otro —se dice.
Recorre el lugar con paso firme, pulcra. Consulta su reloj: tiene tiempo de sobra; en una hora estará en casa, cocinando el platillo favorito de su suegra. Planea impresionarla con los cubiertos recién comprados y una receta que ha practicado durante días.
Va a demostrarle que trabajar no significa descuidar el hogar. Aunque su esposo apenas lave los trastes, pase un rato con el niño y luego se distraiga frente al televisor… No es que no la ayude, piensa; simplemente necesita que le den indicaciones. A veces, ni ella sabe qué decirle. Tal vez debería dejarle cada mañana una lista con todas las tareas del día. Sólo necesita prestar más atención.
La vibración de su teléfono interrumpe sus pensamientos. Es su jefa: “Necesito que envíes la documentación antes de las 5 pm al correo adjunto”.
Son varios archivos. Calcula que, si se apura, le tomará media hora. Aún podría preparar la cena. Tendrá que ser más rápida, pero confía en lograrlo.
El metro no llega. El andén comienza a llenarse de rostros cansados y ropa sudada. Mira el reloj: han pasado diez minutos. Empieza a inquietarse al sentir que el tiempo se convierte en un problema. El niño se mueve impaciente y balbucea. Ella saca de su bolsa un peluche de capibara y se lo da para entretenerlo. Sigue siendo el pilar de su hogar, piensa, y mira a su hijo con orgullo. Ha evitado un berrinche.
Llega un mensaje a su WhatsApp. Es su supervisor: el formulario que envió hace unas horas tiene errores; el mensajero está confundido porque hay tres calles con nombres similares. Debe verificar el código postal.
Responde que lo revisará e intenta buscar la dirección en Google Maps, pero no puede acceder a la aplicación. La conexión se vuelve lenta hasta que la imagen se congela.
—¡Carajo!
Llama de inmediato a la compañía con el saldo restante. Una grabación le informa que la cuenta está vencida. Su esposo olvidó pagar el plan y ella tampoco se lo recordó. Empieza a morderse la uña del meñique izquierdo. ¿Por qué no pensó antes en la lista de tareas? No fue lo suficientemente precavida.
Se lleva de nuevo el dedo a la boca, pero se detiene. Decide balancear el bolso para distraerse. Lo siente demasiado ligero. No debería pesar tan poco, sobre todo si lleva un pollo entero. Asustada, revisa el interior: ahí están los cubiertos, la crema de champiñones, los espárragos, el azafrán y el arroz. La carne no aparece. La dejó en la caja de la tienda.
—¿Cómo pude ser tan pendeja? —se recrimina.
Considera volver al supermercado, pero lo descarta de inmediato: hay demasiada gente. Debe llegar cuanto antes a casa, enviar lo que le piden y, al final, conseguir carne de tercera en algún puesto ambulante para prepararla con arroz. Su suegra entenderá…
Sabe que no será así. Se seca una lágrima al pensar en lo que dirá después de la cena: “Con lo difícil que es mantener tu hogar y criar a tu hijo, ¿para qué quieres un trabajo afuera?”.
Entra una llamada: el supervisor insiste. Necesita la información; el mensajero lleva horas dando vueltas sin poder contactar al cliente. De ese encargo depende completar la nómina. Le reclama: “Es la tercera vez que ocurre, no puede ser tan distraída”.
Ella se disculpa, promete solucionarlo y pide tiempo. La llamada se corta. Intenta devolverla, pero no logra comunicarse. Un mensaje aparece: su saldo se ha agotado.
Es su primer mes bajo contrato. Recuerda la mirada de su jefa cuando firmó los papeles, después de tres meses a prueba: “Te voy a dar una oportunidad. Aunque priorizamos a las solteras, sé que tú le vas a echar ganas”.
Antes de salir del edificio, escuchó a su supervisor decir en el pasillo: “Quién sabe si la jefa hizo bien. Esas nomás firman y empiezan a fallar”.
Esas. La palabra le pesa. Le limpia la boca a su hijo, que ha llenado el peluche de saliva. Está decidida a demostrar que puede cumplir como cualquiera. Sólo necesita organizarse mejor. Crear una nueva rutina.
Por fin llega el metro. Mira el reloj y calcula: si al salir compra una recarga y toma un taxi, podrá encontrar la dirección correcta en el trayecto, enviarla al mensajero, mandar los documentos y pasar por la carne. Se conformará con una cena sencilla. Tal vez se retrase un poco, pero sólo serán unos minutos.
Sube al vagón, aliviada. Gracias a Dios, el metro avanza con buena velocidad.
Afuera, en el andén, su hijo juega con el peluche de capibara dentro del carrito.




