Tierra Adentro
La Habana, Cuba, 2017. Fotografía de Pedro Szekely. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0
La Habana, Cuba, 2017. Fotografía de Pedro Szekely. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0

La reciente intervención militar estadounidense en Venezuela alteró drásticamente el equilibrio geopolítico regional y del mundo. Tras el fácil secuestro del presidente Nicolás Maduro, la administración Trump asumió una premisa que, por lo visto, ha resultado ingenua, pero peligrosa: con amenazas y acciones militares puntuales, se puede obtener grandes réditos políticos a muy bajo costo. En este ánimo Cuba apareció como el siguiente “blanco fácil”. El presidente norteamericano y su equipo más cercano celebraron anticipadamente y expresaron con jactancia que las horas del proyecto soberano cubano estaban contadas. Esta certeza arrogante emanaba de un cálculo puramente mecanicista que llevan haciendo medio siglo y que nunca ha acertado: las restricciones materiales inevitablemente van a doblegar al país. El propio mandatario insinuó que el colapso ocurriría por su propio peso, y que no sería necesario un esfuerzo militar extraordinario para lograr el objetivo. Sin embargo, la historia caribeña no obedece a las matemáticas imperiales. Cuba ha desmentido —otra vez— la profecía de Washington.

La ceguera estratégica de la Casa Blanca radica en su incapacidad para leer la realidad más allá de sus propios dogmas ideológicos. Trump calculó que la interrupción drástica de los suministros petroleros venezolanos provocaría un estallido social inmediato en la isla. Es innegable que Venezuela representó un pilar fundamental para la seguridad energética cubana durante dos décadas, y que la reducción de esos envíos agravó una crisis material severa que ya castigaba duramente a la población. Pero a pesar de este panorama desolador, la implosión deseada por los halcones de Washington no se ha materializado.

En esto meses la Oficina Oval ha abandonado cualquier sutileza diplomática. Es el sello de esta administración. J. D. Vance humilla a los europeos, Trump amenaza con aranceles al mundo, Rubio llama descaradamente a la reconquista del mundo colonial… No hay sorpresa respecto a que, en el caso cubano hayan abrazado la brutalidad descarnada de la guerra económica. Washington implementó una táctica de presión máxima que combinó el terror mediático con la asfixia financiera. En febrero, Trump declaró una emergencia nacional respecto a Cuba y la calificó como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional. A continuación, echó mano de uno de sus instrumentos predilectos de chantaje: amenazó con imponer aranceles punitivos a cualquier país que suministrara combustible a la isla. Esto, de facto, estableció un bloqueo energético contra el país, que ha estrangulado las rutas logísticas internas, ha provocado el cierre de múltiples negocios privados por falta de abastecimiento y ha afectado directamente servicios esenciales como la red hospitalaria.

A la agresión económica se ha sumado la reactivación de la amenaza militar directa. En más de una ocasión desde febrero el presidente estadounidense ha deslizado la posibilidad de una intervención armada. Recordemos cuando dijo que solo restaba “entrar y destruir el lugar”. Semejante retórica bélica, pronunciada después de la caída en combate de treinta y dos cubanos en Venezuela, ha elevado la tensión bilateral a niveles no vistos desde la Guerra Fría.

Una invasión militar norteamericana representaría una aventura sumamente costosa y, si bien el ejército cubano no es un ejército con acceso a tecnología de punta como pueden ser el ruso o el iraní, el Pentágono sabe que es el único de Latinoamérica con experiencia en guerra regular por las campañas por la liberación de África. Además de que Cuba no es un lejano país de Medio Oriente, sino un vecino a 90 millas. Esto explica la histórica oposición de los mandos militares norteamericanos contra sucumbir a la opción militar contra la isla.

En medio de este escenario se han establecido mesas de conversación, confirmadas por ambos gobiernos. Y aunque el contenido de lo que se discute cae en el ámbito de la especulación y de las dudosas filtraciones respecto a las cuales los medios norteamericanos alegan poseer “fuentes anónimas cercanas al Departamento de Estado”, la posibilidad de un entendimiento real choca contra obstáculos estructurales inmensos. La política exterior estadounidense hacia la isla permanece secuestrada por el lobby cubanoamericano de extrema derecha. Figuras como Marco Rubio exigen pasos que no pueden leerse sino como humillaciones para el liderazgo cubano y manifestaciones de revanchismo político miamense. El gobierno cubano, a su vez, reitera que no forman parte de las negociaciones la modificación de elementos de los sistemas políticos de ninguno de los dos estados, sólo asuntos bilaterales. Sin embargo, realmente Cuba no posee recursos que ofrecer a Estados Unidos. La obcecación norteamericana con la isla atiende a motivaciones políticas e ideológicas, precisamente las que Cuba no se puede permitir negociar.

Para justificar este cerco de aniquilación, la nación norteamericana y las derechas hemisféricas recurren al gastado discurso civilizatorio y a la supuesta defensa de los derechos humanos. La racionalidad del exterminio colonial emerge y se escuda en las imperfecciones democráticas del sistema cubano. El castigo colectivo del bloqueo, y la eventual acción militar, estarían plenamente justificados porque la isla no cumple con los estándares de “buena conducta democrática”. Ya habíamos escuchado a Trump decir que los bombardeos en Irán eran necesarios para “salvar a los gays” del gobierno islámico. Así se maneja el asedio a Cuba —por parte de congresistas como María Elvira Salazar, o de distintos actores de la derecha cubana de Miami— como un “último esfuerzo para la libertad”, no importan los “daños colaterales”. Lo cierto es que un bloqueo energético que amenaza el soporte vital en los hospitales constituye un acto criminal, sin importar los pretextos políticos esgrimidos. El derecho a la vida prima sobre cualquier otro, y ninguna democracia florecería sobre las ruinas de un colapso social inducido. Es realmente vergonzoso que tras veinte años de estar Estados Unidos y la OTAN destruyendo países en Medio Oriente y el norte de África, con excusas como la protección de los derechos humanos o la lucha contra el terrorismo, todavía alguien crea en esos discursos.

No obstante, la hostilidad desmedida de la Casa Blanca ha provocado un efecto búmeran imprevisto a escala planetaria. Trump calculó que la intervención en Caracas aislaría definitivamente a La Habana en el hemisferio. Sucedió exactamente lo contrario. La soberbia imperial y la amenaza inminente de aniquilación han despertado una ola de solidaridad internacional extraordinaria. Este respaldo global se nutre no solo del prestigio y del peso simbólico que posee la Cuba revolucionaria, sino también del creciente repudio mundial hacia las políticas erráticas y supremacistas del actual inquilino de la Casa Blanca. Millones de ciudadanos y múltiples organizaciones internacionales identifican a Cuba como símbolo de resistencia digna frente al neofascismo emergente. El mundo que observa el ensañamiento irracional contra una pequeña isla, y que ya sufrió con impotencia el genocidio en Gaza, canaliza su sentimiento anti-Trump —y contra el creciente auge de la ultraderecha aliada a él y al sionismo— a través de la defensa activa de la soberanía cubana.

Los que condenan la impunidad estadounidense en Medio Oriente reconocen en el asedio a Cuba la misma matriz de dominación colonial. El desprecio de Washington por el derecho internacional y su uso obsceno del chantaje arancelario espantan incluso a sus propios aliados comerciales. La estrategia del “garrote y garrote” ya va agotando la paciencia de una parte de la comunidad global. No es casual que en un foro como la Cumbre por la Democracia 2026 en España, se haya alzado una voz por Cuba. Quizá en otro momento esto hubiera sido impensable. Sin embargo, incluso izquierdas reformistas y de centro como el PSOE español sienten en su nuca el aliento de una ultraderecha, de cuyo avance el tema cubano es un capítulo.

Sin embargo, el peligro no merma, pues el fracaso de Trump en Irán y su muy posible retirada pueden ser mala noticias para Cuba. La búsqueda de una limpieza de paladar con una victoria fácil en el Caribe puede llevar a esta administración norteamericana a cometer un grave error que sólo traerá sufrimiento a ambos países. Recientemente se filtró que el presidente norteamericano orientó al Pentágono prepararse para posibles operaciones en Cuba. Al mismo tiempo se sobreexpone mediáticamente la negociación entre ambos países y se echan a rodar supuestas ofertas hechas por Estados Unidos. Esto puede ser una manera de decir al mundo “les hemos dado opciones de salvación, pero no han aceptado, no nos queda otra que entrar con las armas”.

Mientras tanto, dentro de Cuba la población intenta seguir viviendo. Este dato, en apariencia trivial, constituye en realidad el núcleo de la disputa: la vida concreta frente a las abstracciones estratégicas. La insistencia de Washington en producir condiciones de asfixia como mecanismo de cambio político pone en evidencia una racionalidad que subordina la reproducción de la vida a objetivos geopolíticos espurios. En ese sentido, el caso cubano no es una excepción, sino una expresión particularmente nítida de una lógica más amplia de gobierno sobre la vida y la muerte en el sistema internacional contemporáneo. La resistencia de la isla, por tanto, no puede leerse únicamente en clave nacional, sino como parte de una confrontación más amplia entre proyectos de orden global incompatibles. Es también —sin caer en chovinismo— una gran epopeya silenciosa de la época. No obstante, lo que los cubanos reclaman es bastante simple: que los dejen vivir en paz. Sólo eso.


Autores
(Matanzas, 1994). Licenciado en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad de La Habana, maestro en Derechos Humanos por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, y diplomado en Servicio Exterior por el Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García. Actualmente, es investigador del Instituto de Filosofía de Cuba y profesor de la Universidad de La Habana y miembro del consejo editorial de la revista La Tizza. Ha colaborado con otros medios nacionales como El Caimán Barbudo, Alma Mater y Cubadebate.