Parar la oreja
“Mis sueños son muy mundanos: casi todas las noches sueño con estar en línea”, me dijo mi paciente Emilio, de dieciséis años, que porta una melena larga y lacia, hasta debajo de los hombros, muy rubia. “Anoche soñé con la pantalla de mi computadora, podía ver una imagen de Mizuki, y la app de Discord, y estaba mandándoles mensajes de texto a mis amigos. Creo que también les mandé una fotografía, pero no me acuerdo de qué”, me dijo.
Yo, su vieja psicoterapeuta, de otra generación, nunca había concebido que fuera posible soñar con estar en línea, y entonces le hice mil preguntas acerca de cómo se veía en sus sueños el mundo en línea, si se veía a sí mismo en la computadora, en la pantalla de su teléfono, o qué interpretaba él a partir de estos sueños virtuales. Lo escuché y me quedé atónita. Jamás había pensado en lo que sería tener un sueño en internet o con mi teléfono celular. Emilio, sin embargo, lo veía como algo completamente natural y le quitó el velo místico a algo que yo escuchaba como un fenómeno tan extraño: “lo veo todo como desde una máscara de realidad virtual, desde mi perspectiva”, y “yo creo que mis sueños no tienen ningún significado. Son para entretener a mi cerebro, para que no se aburra. Como paso tanto tiempo en línea, es como una continuación de lo mismo, también mis sueños suceden en el mismo ambiente”.
¿Qué diría el capítulo aún no escrito de La interpretación de los sueños sobre el trabajo del sueño de los sueños virtuales, dentro de una estructura ya virtual? ¿Cómo se transforman la condensación y el desplazamiento, qué deseo se articula en esta otra forma de habitar el mundo, a través de pantallas, en la pantalla de nuestro cerebro y el trasfondo del inconsciente? Si, como decía Freud en su famosa frase en el mismo libro, “los sueños son la vía regia que nos lleva al inconsciente”, ¿qué vía abren los sueños que reduplican la virtualidad? ¿Cómo referirnos a la letra del sueño, sin leer ahí también una nueva organización del inconsciente, que se construye con el material mismo no ya de nuestro entorno y de nuestras relaciones, sino con ausencias virtuales?
Escuchar los sueños como una forma de entender el mundo que no se comprende del todo en la vigilia no es un impulso nuevo, ni mío. Charlotte Beradt también paraba la oreja: periodista que frecuentaba los círculos intelectuales de Viena y de Berlín y se dedicó, entre 1933 y 1939, a recopilar relatos de sueños. Su inquietud la llevó a notar que la gente quería hablar de sus sueños e intuyó que en la producción onírica de los habitantes del Tercer Reich podía encontrar una pista más clara de lo que estaba sucediendo que lo que intuía en la vigilia. En su entorno, nadie parecía encontrar una explicación racional de lo que estaba sucediendo: el ascenso meteórico de Hitler, la consolidación del fascismo, el antisemitismo y el totalitarismo. Luego de compilar un archivo muy completo, Beradt guardó los sueños. Se exilió en los Estados Unidos, tradujo la obra de Hannah Arendt y no publicó su compilación sino hasta 1966, bajo el nombre El Tercer Reich de los sueños.1
En El Tercer Reich de los sueños, Beradt afirma que los soñantes “no se enfrentan a conflictos de su ámbito privado y mucho menos los de un pasado lejano que habría provocado una enfermedad en su personalidad, sino que se ven sumergidos en conflictos propios del espacio público, con su estimulación amontonada de hechos, rumores, conjeturas, de conocimiento y presentimientos a medias”, por lo que los sueños “tratan sobre las relaciones humanas perturbadas, pero perturbadas por su mundo circundante”. En los relatos de los sueños se constata esa alianza entre el mundo onírico y la vigilia. A diferencia de lo que algunos psicoanalistas proponen, en este caso no se trata de sueños en donde hay un mensaje cifrado que hay que interpretar, sino que se trata de algo más cercano a lo que Lacan proponía al leer los sueños a la letra, pues son “sueños casi conscientes”, su “trasfondo no sólo no es invisible, sino que es en gran parte visible”. El archivo onírico de Beradt es la evidencia más afectiva y éxtima del fascismo en Alemania y funciona como una suerte de compilación de “diarios nocturnos” que registran “minuciosamente el impacto de los acontecimientos políticos externos en el interior de la persona a la manera de un sismógrafo” aunque provengan de “una actividad psíquica involuntaria”. Es decir, las imágenes de los sueños nos pueden ayudar a interpretar no ya la interioridad de un sujeto, sino más bien la estructura de una realidad “que se dispone a transformarse en una pesadilla”.
Beradt encontró en los sueños del Tercer Reich el sismógrafo de una reconfiguración histórica. Me pregunto si no estamos ante otra, menos visible porque no tiene el rostro inconfundible del fascismo, pero igualmente profunda en sus efectos sobre la interioridad. El psicólogo social Jonathan Haidt la llama “la gran reconfiguración” de la infancia, y la fecha con precisión: sucedió cuando el smartphone se volvió ubicuo, lo cual coincide, según sus datos, con el aumento exponencial de diagnósticos de ansiedad y depresión en jóvenes de la Generación Z, sobre todo en países anglófonos, entre 2010 y 2015.
Leo el libro trágico de Haidt que me cuesta terminar: The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness (que se tradujo con un título más moralino como: La generación ansiosa: por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes). Y lo defino como trágico no por sus datos sino por su certeza: traza un vínculo causal inevitable entre la innovación tecnológica y la patología, como si la reconfiguración sólo pudiera conducir al desastre.
Esto no resulta sorpresivo si pensamos que, según las estadísticas que presenta Haidt, la mitad de los adolescentes reporta que usan internet constantemente, al menos siete horas al día, y si se añade el tiempo que pasan pensando acerca de las redes sociales, mientras están alternando actividades en el “mundo real”, entonces se podría considerar que el número de horas al día incrementa hasta dieciséis. Es decir, ciento doce horas por semana en las que los adolescentes no están realmente presentes ni atentos a lo que sucede a su alrededor, sino al mundo virtual. Según Haidt, mientras más tiempo pasan los adolescentes en la pantalla, menos conexiones forman con sus amigos en el “mundo real”, su atención se fragmenta inevitablemente y su calidad del sueño es mucho peor, además de que un algoritmo secuestra sus deseos y manipula sus acciones a cambio de una descarga de dopamina, concediéndoles un efecto placentero a corto plazo.
No obstante, aunque la argumentación de Haidt es incontrovertible y sí creo que efectivamente estamos en una “gran reconfiguración” de la forma en que nos relacionamos, lo cual afecta mucho más a los niños y jóvenes, no comparto la proyección de un futuro enteramente negativo. He visto de primera mano las listas de espera inacabables de una clínica de atención psicológica y psiquiátrica para niños y adolescentes y me parece difícil atribuirle causalmente esto, como señala el título del libro en español, a las redes sociales o a un smartphone y no a un sistema capitalista que provocó ya, mucho antes de la tecnología que lo canaliza, una atomización y fragmentación de la sociedad que nos aliena: la tecnología empuja y lleva a sus últimas consecuencias lo que ya estaba sucediendo.
Y, sin embargo, soy parte de esa reconfiguración que describo. Veo a mi paciente Emilio también a través de una pantalla. Lo veo en su cuarto, frente a sus posters, sentado de cuclillas en su cama, mientras yo estoy en mi ático, sentada en una silla acapulco, copiándole a mi analista. Nos hablamos también, de alguna manera, desde la cabeza sin cuerpo de la virtualidad. Soy parte de la estadística, de ese número de horas que pasa frente a una pantalla y nuestra interacción también carece de la cercanía, contexto, y del encuentro real de dos cuerpos. Y, a pesar de ser virtual, la continuidad de sus sueños, nuestro encuentro es muy cercano, y es quizás gracias a esa reconfiguración que Emilio se permite ser lo que yo envidio: un niño que se comporta como si tuviera ocho años, que juega videojuegos, mientras piensa acerca de los vericuetos existenciales más profundos, citando a Schopenhauer. La reconfiguración de la infancia no conduce inevitablemente a una patología, ni es una condena de nuestro futuro.
Veo hoy, cuando le pregunto a mis pacientes por los sueños, una inquietud similar, una necesidad de hablar de lo que sucede en la vida onírica para poder darle un sentido al mundo de la vigilia que comprendemos cada vez menos, y que quizás sigue con más fidelidad las reglas de una pesadilla cada vez más absurda.
A Emilio se le acabó la batería de uno de sus audífonos. Se lo quitó de la oreja derecha, y se puso otro en la izquierda. En esa misma sesión en la que hablamos de sus sueños, me di cuenta de que Emilio vive con un solo audífono todo el día, escondido debajo de su larga cabellera y que, también cuando está en una sesión conmigo, escucha una serie de canciones repetitivas o algún soundtrack. “Lo escucho a un volumen bajo”, me aclaró, y “sólo en un oído para poder estar alerta también al exterior”. En varios meses de encontrarnos, no me había dado cuenta. En la escuela, me dijo, nadie se da cuenta tampoco. El único momento en el que confesó que se lo quita es para la clase de español, porque ahí tiene que hacer ejercicios de escucha, a través de la computadora. Yo, de nuevo, lo cuestioné desde mi curiosidad insaciable: ¿cómo es vivir todo el día con música en uno de tus oídos?, ¿medio escuchas?, ¿no te estorba la música para entender? “No, me ayuda a concentrarme, hasta se me olvida que está ahí. Puedo desconectarme y luego sintonizar la música y como es algo que me interesa, me ayuda a enfocarme en lo que no me interesa, como una conversación o las clases en la escuela”.
Parar la oreja es también esto: que hoy me escuchas con una oreja, que te cuesta tanto escuchar y enfrentarte con las otras voces que prefieres aislarte, al menos parcialmente, para poder sobrevivir. Hay días en los que la estructura de una realidad se dispone como una pesadilla y hay días en los que, esa misma estructura, te protege de lo Real.




