Tierra Adentro

Tenía veinte años, y durante varios meses atrás había leído muchísimos libros sobre bebés y maternidad; veía documentales, series, e incluso reality shows sobre el tema, lo suficiente, según yo, para llegar lista al momento de recibir a mi hija recién nacida en brazos. Mi visión no provenía de un anhelo amoroso, sino más bien de un sentido de responsabilidad ante un proyecto de vida que había aceptado. Y por supuesto que nada salió conforme lo planeé.

Los recién nacidos no saben respirar ni comer como nosotros. Nacemos así, sin saber nada. No hablamos este lenguaje común, no escuchamos ni vemos de la misma manera. Somos y fuimos otro tipo de seres, y yo lo entendí cuando conocí a Dafne. Sentí que cargaba un pez ciego y frágil. Ella tenía el color de un camaroncito cocinado y lloraba menos que yo. Mi abuela y mi entonces suegra me repetían que “me la pegara”. Al hacerlo descubrí que yo no producía leche de manera instantánea, que no era una hermosa vaca lechera y que después de varias horas de frustración e intentos por parte mía y de mi hija, al fin el primer agarre de succión llegaría a través de mucho dolor. Prueba y error, querida, prueba y error. Ambas bajo un aprendizaje vital. Yo con entuertos dolorosísimos cada dos horas y bajo la influencia potente de diversos analgésicos y opioides administrados en la clínica, tuve además que recibir a muchísimos familiares contra mi voluntad. Tomaban fotos, traían regalos, el flash resplandecía, los escalofríos de mi cuerpo me retorcían sobre la camilla, se morían de ternura con la bebé y yo solo estaba a punto de mandarlos al carajo para que nos dejaran a solas.

Fuera del hospital el dolor no disminuyó, cambió de zona. Por orden del sesenta por ciento de las mujeres de mi familia, fui presionada para tomar cantidades absurdas de atole de ajonjolí, levadura y agua. Amamantaba a mi hija a libre demanda, o sea, todo el día y toda la noche, dado que la bebé dormía siestas de cuarenta minutos cada dos horas. A veces tenía suerte y dormía tres o cuatro horas de corrido, pero era eso, suerte, hadas mágicas que aparecían antes de volverme loca. Tuve que inventar mi propia rutina para no dormir mientras daba de comer. Por curiosidad me metía a ver videos de hembras mamíferas con sus crías. Para mi sorpresa ellas sí dormían y no vivían paranoicas cuidando la supervivencia de sus cachorros. Me quedó clarísimo que somos los animales más frágiles de la tierra. Nos acostumbramos muy pronto a nuestra fragilidad, la defendemos y nos gusta, tanto que repetimos muchas veces que la vida sueña más vida y se busca a sí misma, cuando la realidad es que también la vida busca transformarse a través de la muerte para mutar en algo distinto. Quizás me equivoco, pero esa certeza me acomodaba en el cuello mientras rodaba sobre mi ojera derecha el tercer día sin dormir como Dios manda. Esto debe ser un vicio occidental. Sin contar que aquí, en México, nos gusta estirar la vida de algunas palabras como si fueran de plastilina, como en este caso el mamar, mamador, no mames, mamado, mamadas, mamaste, mame. Todas adjudicando un carácter infantil, inmaduro, fastidioso e insoportable. Todo desde la raíz mamma, que no solo nombra el pecho, nombra dependencia, exceso, goce, porque mamar va más allá de un acto biológico, mamar es una forma de habitar el mundo. Pender desde lo umbilical, insistir con el cuerpo entero. Quizá por eso el adulto que continúa mamando irrita demasiado, y pensamos, oh, tremendo mamador. Succionar fuera de lugar, fuera de tiempo y de la escena permitida. O el inmamable, como alguien o algo imposible de llevarnos a la boca, incomible, insoportable.

¿Y es que acaso no puede realizar una lectura de la realidad? ¿O estamos ante un necio que no regula su deseo? Bebesotes problemáticos. Destete violento, fijación oral, la búsqueda de la mamada. Mamadores del patrón, del Estado y no hay destete del consumismo porque el sistema necesita que sigamos succionando. Por eso resulta obsceno que el insulto recaiga sobre el cuerpo que pide y no se señale al gran pecho seco, un cuerpo que se niega a alimentar. Entonces estar mamando pudiese provenir de un duelo mal resuelto del destete. Sobreestimulación ante algo que nos mama, es decir, nos encanta, y lo queremos engullir en sobremanera. Ahora, contrario al mamador, el mamado es el que provee, como mis tetas que se ejercitaban con frecuencia porque dentro de ellas cada glándula mamaria trabajaba y la hacía crecer aún más. Entre más eres mamada, tienes más capacidad de alimentar. Así, podemos pensar en tres tipos de mamados, el fuerte o musculoso, el borracho y el que se excede. Lleno, llenísimo de sí, más allá de su epidermis. Y sin embargo, no hay que olvidar que sus recursos son limitados, como los pechos cuando se vacían totalmente y de repente pierden su redondez para ser como dos sacos miserables, estructuras en ruinas, como las que dicen las bocas cuando el sentido resbala de las palabras y juega con el exceso nuevamente, llevando en ocasiones a un límite de lenguaje. Eco verbal que no nutre más que la vacuidad y el silencio. Alimento probable del mamador para sostenerse. Este mismo sujeto puede verse ligado al artefacto de mamila, móvil que le alimenta mediante un chupón de plástico, símbolo del pezón, regresión a la mama. Santo patrono de las fantasías. Pechos enormes frente a tu cara. Pero también está la atribución al presumido, esa mirada desde la lengua cotidiana. Palabra torcida. Prima hermana del mamón y el mamoncito. Letras petulantes entre la suavidad extraña de las emes.

¿Y qué succiona el mamador, según el mexicano promedio? ¿Por qué a la sociedad le irrita tanto el mamar de un ser que no es un bebé?

¿Por qué nos cuesta muchísimo separarnos de las mamas? ¿Es la búsqueda de aquel estado frágil que vivimos al nacer? Estirar la juventud como estiramos las palabras. Ese primer gran vínculo afectivo nos moldea cada surco del lenguaje, como si de verdad el primer amor que conocimos tuviese la seguridad de alimentación y resguardo, nuestra madre poseedora de las mamas, que salvaguardan nuestro cuerpecito de este mundo aterrador y salvaje.

Con el correr de las semanas y la locura, mis pezones comenzaron a sangrar. Coloqué dexpanthenol sobre las grietas. Me acusaron de amamantar mal, de que por eso pasamos todas y ni modo. Aquello lejos de reconfortarme o redirigirme, me colocó bajo estados de ánimo confusos y llenos de tristeza. Da la leche si no quieres mastitis. Ya podía oler la pus saliendo de mi cuerpo, con los pechos hirviendo y la piel morada, a punto de ser intervenida en la clínica. El miedo era más grande que el dolor y la resignación de la pena. Mis pezones se partieron y en cada entrega la niña pujaba enojada porque su vaca de confianza no daba leche a montones. Yo la hacía trabajar, esforzarse, mamar con fuerza, entonces se enojaba y me mordía, masticaba mi carne a su servicio y yo lloraba. Ella me veía y sonreía. No mames, pensé. ¿Es esta la personalidad heredada? Mi hija como los bebés del mundo, relacionándose a través de la boca y sus sonidos guturales. Fase oral. Placer y conocimiento por esta nueva realidad. Una libido viva en un sueño blanco. Yo, parada de pestañas y entre alucinaciones por falta de sueño, me topé de frente con el otro mammon, a quien se le adjudica como rey y señor de la energía material mundana. La palabra es citada en la biblia y proviene del arameo mamona, que significa riqueza o dinero. Pensé en invocarlo como si fuese a llamar a un repartidor de pizza. Pensé que no estaría sufriendo así si tuviera el dinero a mi servicio, si pudiera resolver mi situación de otra forma, una más delicada y gozosa donde por lo menos pudiera dormir y mi pezón no se cayera a pedacitos sin ser revictimizada. Tomaría una ducha tibia si tuviera un boiler a mi disposición o tan siquiera alguien me apoyara con la crianza cuidando a mi bebé. Pagaría una enfermera si tuviera el capital económico. Y sí, compraría sacaleches, contenedores adecuados, almohadas de hule espuma, cazoletas para mi piel, más y mejores analgésicos que no incidan en mi producción y calidad de leche, un ambiente más dulce, horas hermosas de sueño para relajar mi sistema nervioso colapsado.

Respirar y mantener el contacto visual con el recién nacido que te muerde con sus encías tiernas. Mi pedazo de carne más vulnerable. Una niña hermosa con la sensación del cielo.

No hay nada placentero en ser molida. Quizá eso tenga sentido para algún católico ortodoxo, pero para mí no. A eso sumemos la maroma que implica dar de comer en público y tener que colocarse una manta encima para no incomodar a la gente que merodea o evitar las miradas de los individuos morbosos. Porque por más increíble que eso parezca, sí hubo más de una señora enojada que se acercó a mí para decirme vulgar, y señores que de lejos me veían amamantar y se tocaban por encima del pantalón con la mano. Como si escondieran dinosaurios o ellos fueran animales sin tanto sentido. Avatares en la inercia de un camino tamásico. Y yo, más estresada. Gallina clueca. Marte en la constelación de Cáncer. Proteger debajo del mar a la perla más brillante. Los riesgos que corría los percibía triplicados estando sola, con una niña, siendo una madre jovencísima en una ciudad hostil e insegura, como lo es Poza Rica. Perennifolia de vidrio sobre el asfalto y las vías.

Pasados los primeros seis meses pude complementar la alimentación de mi hija con fórmula láctea. Disco solar en mi trayectoria de leche. La panacea de algunas mamis, y con ello el chuponcito de vez en cuando. Poco a poco lejos del calor y el ritmo de los latidos sobre mi pecho. Amor falso, decía mi abuela. Mejores oportunidades para mi salud mental. Poco a poquito. ¿Qué diría Freud de nuestras soluciones? Quizá sea cierto y provoque ciertas fijaciones, morderse las uñas a los siete, fumar cigarrillos a los veinte, quién sabe. Pancita inflada. Tomarla en brazos y darle palmaditas hasta que salga de su cuerpo un eructo. Como un fantasma o un espíritu que exorcicé de la posesión. Esto no pasaría si yo fuera una cabra. Pensar en la maternidad fuera de lo humano fue una forma de alivio. Así pude despojarla año tras año de su lenguaje en mi herencia, hasta que nuestra relación mutó, así como mutó el vínculo de mi hija con la comida y la boca. La mamá tlacuache entre sus trece pezones da a luz a crías embrionarias que trepan solas hasta el marsupio y se adhieren al pezón durante semanas. Las gatas y las perras amamantan acostadas, muy comúnmente entre el sueño o la vigilia, y si una cría muere, en ocasiones se lo comen o lo apartan del resto. Las vacas adelgazan su producción láctea si sienten estrés o miedo. Las elefantas crían un solo bebé entre varias, durante cinco o seis años, que es aproximadamente lo que dura el periodo de lactancia. Se reparten el cuidado de vigilancia, alimentación y sueño. Defienden entre todas a sus hijos del mundo exterior. Aloparentalidad. Por otro lado, está la maternidad solitaria de las ardillas. Tienen ocho pezones y suelen parir camadas pequeñas o medianas. Los pequeñines salen al mundo ciegos y pelones, totalmente dependientes de la madre. Madre soltera, construye un nido y amamanta varias veces al día durante semanas, hasta que las crías puedan alimentarse poco a poco de frutos y hojas. Quisiera ser práctica como ellas. No son monógamas, se aparean con varios y después de que comienzan la gestación se apartan. Van y vienen de copa en copa, hacen malabares sobre las líneas de los edificios y los cables. Quizá en ellas el cuerpo no construye identidad como en nosotras. Por eso después del parto hay una destrucción del yo. La barriga flota y nuestra personalidad como madres es algo nuevo. ¿Dónde nos quedamos dentro y fuera de nuestros cuerpos? Más allá de las estrías que arden y una cadera inflada que duele, pese a las compresas tibias. Hay una tarea meramente biológica que se cubre mientras dura la demanda. Quizá, solo quizá por eso nos duele tanto, porque a esta exigencia animal le pedimos sentido, símbolo, relato, y la leche no tiene épica más allá del blanco, es supervivencia. El cuerpo lo sabe antes que nosotras.