Llamaradas del mismo incendio
Toda ruina lleva en sí el espectro de una caída anunciada.
Walter Benjamin, Pasajes, 1927.
Algunos insisten en ver los conflictos de este tiempo — la guerra en Ucrania,1 el genocidio en Gaza, el juego de nervios con Irán — como tragedias separadas, cada una con su propio libreto, su propio escenario, sus propios fantasmas. Bajo esa mirada fragmentada, la guerra en Ucrania sería solo un asunto de “seguridad europea”, un malentendido entre vecinos que escaló; el baño de sangre en Palestina se reduciría a un “conflicto ancestral”, como si la tierra llevara en sus venas el mandato bíblico de la violencia, y el pulso con Irán, una mera disputa por centrifugadoras y uranio, como si el verdadero pecado no fuera su desafío al orden, sino su osadía tecnológica.
Pero hay otra lectura, más incómoda, más verdadera. Estos no son tres fuegos distintos, sino llamaradas de un mismo incendio. Son las grietas por donde se asoma la decadencia de un imperio que ya no domina, pero tampoco se resigna a caer. Occidente —ese centro tambaleante del capitalismo global— no libra guerras por error, ni por moral, ni siquiera por petróleo. Las libra, sobre todo, por tiempo. Por aplazar lo inevitable.
En el tablero geopolítico del Medio Oriente contemporáneo, llama la atención el hecho de que las potencias que hoy marcan el ritmo de los acontecimientos no sean árabes. Irán, Turquía e Israel se erigen como protagonistas de una región en permanente ebullición, mientras que los Estados árabes, aunque numéricamente expresivos, optan por una postura de cautela, casi de espera.
Cada uno de estos tres actores encarna un modelo político singular, que refleja tanto sus tradiciones como sus ambiciones. Irán se proyecta como una teocracia islámica de contornos paradójicamente pluralistas, capaz de conjugar fe y pragmatismo en la conducción de su política. Turquía, heredera de un imperio que moldeó siglos, se presenta como una democracia marcada por el peso de las Fuerzas Armadas, donde el pasado imperial aún susurra entre las filas militares. Israel, por su parte, reivindica el rótulo de democracia de estilo occidental, pero se deja moldear, cada vez más, por un nacionalismo religioso que redefine sus horizontes y agudiza sus enfrentamientos.
El ataque lanzado por Israel contra Irán surgió como el punto culminante de casi veinticinco años de cambios profundos e implacables en Medio Oriente. No se trató de un episodio aislado, ni de un enfrentamiento que pueda reducirse a la vieja dicotomía entre el bien y el mal. Lo que se desarrolló ante nuestros ojos es el desenlace inevitable de una larga cadena de errores estratégicos, ambiciones mal interpretadas y vacíos de poder dejados por potencias regionales y globales.
Las últimas décadas no ofrecen respuestas fáciles ni lecciones lineales. Los acontecimientos se han acumulado de forma fragmentaria, generando consecuencias paradójicas. Aun así, detrás del aparente desorden emerge una lógica implacable: el caos actual constituye el fruto más coherente del intervencionismo occidental, de la ingenuidad ideológica y de la arrogancia geopolítica que han moldeado el destino de la región. Lo que queda no es solo un conflicto armado, sino también el retrato sombrío de una era marcada por cálculos erróneos e ilusiones hechas añicos.
El expansionismo iraní encuentra su raíz en el vasto alcance económico e ideológico de la poderosa Guardia Revolucionaria, que proyecta la influencia de Teherán mucho más allá de sus fronteras. Bajo su sombra se tejen alianzas, se inflaman conflictos y una presencia silenciosa, pero firme, se impone en diferentes frentes de Medio Oriente.
En Turquía, las incursiones extranjeras de Recep Tayyip Erdogan no son solo movimientos estratégicos: alimentan la narrativa interna de un renacimiento turco, evocando ecos del antiguo Imperio Otomano. Cada paso más allá de sus fronteras se presenta como prueba de fuerza, como símbolo de un país que busca retomar el protagonismo perdido en los mapas de la historia.
Israel, por su parte, reescribe su propia doctrina de seguridad. Si antes se limitaba a levantar barreras y reaccionar, ahora avanza con una política que va más allá de la defensa: pretende moldear activamente la región, redibujando fronteras invisibles e imponiendo una lógica de poder que se proyecta, implacable, sobre sus vecinos.
La danza del imperio con el abismo
¡Bien has cavado, vieja topo!
Karl Marx (1852)
En ese sentido, la ofensiva israelí y de los EE. UU. contra Irán no puede entenderse fuera del marco histórico del imperialismo como fase inevitable del desarrollo capitalista. No es solo una respuesta puntual a supuestas “amenazas nucleares”, sino una acción estratégica, profundamente arraigada en la lógica expansionista de los grandes monopolios. Más allá de las ideologías religiosas o de las disputas regionales, las guerras libradas por las potencias occidentales en esta región se inscriben en la lógica profunda de las crisis del imperialismo contemporáneo, que no duda en incendiar el mundo para preservar sus beneficios.
Desde aquel otoño de 2008, cuando el mundo financiero se desplomó como un castillo de naipes bajo una tormenta de viento invisible, los Estados Unidos han caminado por un sendero de incertidumbre económica que parece no tener fin. Los años han pasado, las administraciones han cambiado, pero la sombra de aquella crisis sigue proyectándose sobre los bolsillos de la nación más poderosa del planeta.
Hoy, como si se tratara de un relato que se repite con obstinada fidelidad, la deuda pública ha trepado a alturas que rozan lo inverosímil: más de 31 billones de dólares, una cifra que se pronuncia con el mismo asombro con que se narran las leyendas. Esa montaña de números representa cerca de 120% de todo lo que el país produce en un año, muy lejos de aquel 64% que, en 2008, ya parecía alarmante.
En los pasillos del poder, entre discursos y promesas, los economistas se preguntan: ¿cuánto tiempo podrá sostenerse esta danza con el abismo? Mientras tanto, el ciudadano común sigue su vida, quizá sin advertir que, sobre su cabeza, se cierne una deuda que crece como una nube cargada de tormenta, esperando el momento de descargar su peso sobre la historia. Y en el borde del abismo, los imperios danzan, cegados por su propio resplandor.
Durante gran parte del siglo XX, Medio Oriente se mantuvo dentro de una estructura frágil pero funcional, ampliamente definida por la dinámica de la Guerra Fría. Las superpotencias patrocinaban a los regímenes locales, y el equilibrio —aunque lejos de ser pacífico— era estable en su previsibilidad. Pero el fin de la Guerra Fría, y con ella la disolución de la Unión Soviética, disolvió esas reglas. Durante los veinticinco años siguientes, Estados Unidos permaneció incontestado en la región.
La batalla ideológica entre el socialismo y el capitalismo ocidental desapareció, dejando un vacío que nuevas fuerzas rápidamente buscaron llenar. Desde la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos reinó en soledad sobre el orden mundial, como un imperio sin rivales. Hoy, sin embargo, una crisis silenciosa roe sus entrañas, avanzando lenta e implacablemente, como un topo que trabaja bajo la superficie hasta el instante del derrumbe. Conviene recordar que, en las páginas de El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), Marx invocó con ironía y presagio las fuerzas ocultas de la historia al exclamar: “¡Bien has cavado, vieja topo!”.
Bombas imperialistas sobre Gaza y Teherán
En Gaza, en pleno siglo XXI,
se ha desplegado un laboratorio
de genocidio a cielo abierto.
Israel, lejos de tener una política exterior autónoma, funciona como avanzada del imperialismo occidental en Medio Oriente. Su doble función existencial es clara: por un lado, neutralizar cualquier fuerza regional que cuestione el orden geopolítico dominado por Estados Unidos y sus aliados; por otro, servir como laboratorio tecnológico-militar para la experimentación y exportación de instrumentos de dominación —armamentos, sistemas de vigilancia y doctrinas de guerra asimétrica. En Gaza, en pleno siglo XXI, se ha desplegado un laboratorio de genocidio a cielo abierto, protegido bajo el paraguas de las potencias más influyentes del mundo.
El silencio ante crímenes de guerra, el apoyo tácito a operaciones extraterritoriales y el bloqueo sistemático de cualquier sanción efectiva contra Israel demuestran que, en la práctica, el derecho internacional sirve únicamente a los intereses de las grandes potencias. La legitimidad de la “guerra preventiva”, del asesinato selectivo y de la destrucción de infraestructura civil solo se reconoce cuando es ejercida por los aliados del gran capital financiero. Como decían los antiguos romanos, “lo que está permitido a Júpiter no está permitido al toro”.2
En el plano interno, la guerra imperialista contra los palestinos también cumple una función específica: rearticular el consenso social en torno a un liderazgo político debilitado — como el de Benjamin Netanyahu — y desplazar el foco de las protestas populares y las crisis institucionales. La guerra es, como siempre ha sido, la continuación de la política por otros medios —una política al servicio de la burguesía nacional, en alianza con su núcleo hegemónico.
La lógica del gobierno de Israel se basa en la política de provocación a sus enemigos históricos, con el fin de extraer elementos para justificar un estado de guerra permanente, sin dejar de lado la limpieza étnica y las acciones de genocidio. Tales prácticas son intrínsecas a la dinámica existencial de Israel; se trata de acciones que siempre han existido desde que el Estado de Israel obtuvo su estatus legal. Sin embargo, estas prácticas se han intensificado con el regreso de Benjamin Netanyahu al poder, para cumplir un tercer mandato en un país en profunda crisis política que intenta unificarse internamente a partir de la constatación de un supuesto “enemigo externo”: el pueblo palestino, y consecuentemente, los musulmanes y los persas.
Israel ya no se presenta al mundo como el bastión liberal rodeado de reliquias autoritarias que, en otros tiempos, servían de narrativa para su existencia. El país, que se enorgullecía de ser una democracia vibrante en medio del desierto de regímenes cerrados, se ve hoy marcado por una transformación silenciosa pero profunda: su sistema político se ha vuelto progresivamente iliberal, su gobernanza adopta contornos cada vez más militarizados, y el nacionalismo, antes contenido, ahora se alza a la vista de todos.
En el centro de este proceso se encuentra Benjamin Netanyahu, figura que encarna, con rara nitidez, el giro ideológico y estratégico del Estado israelí. Su gobierno es, al mismo tiempo, producto y catalizador de esta metamorfosis. Muchos argumentan que tales medidas encuentran justificación en la guerra, sobre todo después de los devastadores ataques de Hamás en octubre de 2023. Sin embargo, bajo el manto de la seguridad, se perfila un nuevo orden político, en el que el miedo y la fuerza moldean, más que nunca, el destino de una nación acostumbrada a vivir al borde del conflicto.
Israel es la única potencia militar de Oriente Medio que posee ojivas nucleares, se constata que son noventa en total. El señor de la guerra tiene nombre y apellido: Benjamin Netanyahu, quien lleva a cabo cuatro guerras regionales: guerra colonial contra los palestinos, guerra en Cisjordania, guerra en Líbano, guerra contra los hutíes en Yemen y más recientemente una ofensiva contra su mayor rival geopolítico, Irán.
Irán, por su parte, representa en el tablero global una potencia regional no alineada, con relativa capacidad de resistencia económica y militar, pero, sobre todo, con un discurso que desafía —aunque desde una perspectiva nacionalista-burguesa— el monopolio político y energético de Occidente. Eso es intolerable. No es casualidad que la arremetida israelí cuente con el apoyo de Francia, los armamentos alemanes y el escudo anglosajón. En este contexto, la acción “preventiva” de Israel se configura como una declaración de guerra cuyo objetivo es claro: destruir capacidades estratégicas iraníes —especialmente su programa nuclear—, debilitar el régimen político y amedrentar cualquier intento de autonomía regional.
La expectativa de la llamada comunidad internacional parecía ser que Irán fuera sometido a una ofensiva devastadora sin ofrecer una respuesta significativa —en un escenario análogo al que se observa en Gaza, donde la violencia continua está respaldada por una indiferencia geopolítica generalizada—. Subestimar a su enemigo es un error primario. Lo que pocos escuchamos, en términos de novedades en la coyuntura política de Oriente Medio, fue la capacidad de reacción de Irán.
Desde el punto de vista de la Casa Blanca, una guerra fabricada contra Irán se ha convertido en un horizonte estratégico desde la Revolución Islámica de 1979, con tensiones oscilantes pero con un objetivo estratégico muy bien estructurado. Los think tanks estadounidenses no nos dejan mentir: las guerras contra Irak y Afganistán fueron conducidas como antesalas de una guerra contra Irán.
Ante la reacción iraní, se asiste a una súbita movilización discursiva de las potencias occidentales, que hasta entonces se mantenían inmóviles frente a las evidencias de crímenes de guerra perpetrados en territorio palestino. Estas mismas potencias, ahora, articulan pronunciamientos en defensa de la seguridad de Israel, invocando el principio de prudencia y contención —evidenciando así la selectividad moral y el doble estándar que caracterizan las relaciones internacionales bajo la hegemonía liberal occidental.
Francia cedió a la presión internacional y acaba de realizar un pronunciamiento público reconociendo al Estado de Palestina. Algo simbólico teniendo en cuenta que la Unión Europea lleva a cabo durante décadas, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, una política que la pone de rodillas ante los EE. UU.
Donald Trump, la derecha israelí y sus aliados en el Golfo Pérsico proyectan un Medio Oriente “pacificado” a su manera: un territorio donde el silencio no es fruto de la armonía, sino del dominio militar, de acuerdos económicos y de una normalización cuidadosamente orquestada.
Los llamados Acuerdos de Abraham surgieron como el emblema de esta promesa: tratados presentados al mundo como puentes de paz, pero que, bajo el barniz diplomático, se revelan como instrumentos de poder. La historia, sin embargo, enseña que la paz impuesta por la fuerza nunca es una paz verdadera; no es más que una tregua frágil, sostenida por el miedo, condenada a desmoronarse ante el primer soplo de resistencia.
Cada misil que cae, cada niño enterrado en los escombros de Jabalia —ciudad palestina ubicada cuatro kilómetros al norte de Gaza—, son movimientos en el mismo tablero: el de un poder que ya no puede imponerse, pero que aún puede destruir. Que ya no convence, pero aún puede arrasar.
Y sin embargo, hay algo que ni los misiles más precisos pueden matar: la certeza de que los imperios, cuando caen, no escuchan su propio derrumbe. Solo creen estar “reordenando el mundo”. Hasta que un día, sin previo aviso, el mundo los reordena a ellos.
- En este ensayo no abordaremos en detalle la guerra de Rusia contra la OTAN en Ucrania. Para un análisis más específico sobre este tema, recomendamos la lectura del ensayo publicado en la edición brasileña de Le Monde Diplomatique, “Rusia y el espectro de la guerra: la histeria de un exinvitado”. https://diplomatique.org.br/a-russia-e-o-espectro-da-guerra-a-histeria-de-um-hospede-antigo/
- Quod licet Iovi, non licet bovi.




