Un pito alado en el espacioReseña de Rutas de neón de Antonio Berumen
La ciencia ficción ha planteado premisas memorables, como aquella que dicta: en el espacio nadie puede oír tus gritos. Me gusta la contrapropuesta del género que se crea en la novela de Antonio Berumen (Rutas de Neón): en el espacio lo que más suena son las canciones de Juan Gabriel, Selena o José José. Los elementos guapachosos y kitsch que el autor usa para hilvanar su texto hacen que el libro sea de verdad un deleite de originalidad. La novela cuenta con referencias que, además, me son muy cercanas, como las películas de los hermanos Almada y la figura de Lupe Esparza (el cantante de Bronco).
La anécdota del libro es arquetípica, pero está narrada de manera novedosa. El protagonista y narrador, Egidio Murrieta, conocido como “La Vaquera”, es un trailero del espacio (fanático de los arrancones en el Cinturón de Asteroides, los toros mecánicos en los domos lunares y las peleas de gallos robóticos en los palenques clandestinos) que debe realizar su último viaje llevando un cargamento de litio en la ruta que va de Sonora a Marte. En el camino se topa con una nave abandonada en la que encuentra a un robot cercenado que pide ayuda. La compasión hacia el humanoide termina involucrando a La Vaquera en una conspiración interestelar.
La novela tiene un estilazo, un donaire bien gozoso, y no me refiero sólo a lo literario, hablo de la forma de vestir y hablar de los personajes; hablo de la ambientación, de los sonidos, la confección de escenas y las técnicas retóricas. Por ejemplo, acerca de La Vaquera, el autor nos dice: “La moda de los ochenta era su favorita. Le gustaba el cabello largo y rizado, el bigote sin canas; tenía un arete de plata que se pellizcaba para coquetear y los dedos saturados de anillos de fantasía; en la muñeca izquierda ostentaba un viejo Rolex clásico y dos esclavas: la primera con su apodo en cursiva y la segunda con la fecha en que nació su madre; en el cuello le colgaba una gruesa cadena de oro con forma de víbora, y nunca piloteaba sin su Texana Maverick roja ni sus botas de cocodrilo mutante”. Me parece un acierto usar la vestimenta del protagonista como un elemento que no sólo adorna, sino que también evidencia un trayecto de vida, también reviste el alma de quien luce los elementos. Me encanta la percha de todos los que habitan el libro. Más aún porque siento que los personajes literarios de hoy en día se visten horrible, se ponen lo primero que encuentran o de plano se conforman con las ropas de novela decimonónica que sus autores les imponen. Da gusto ver a un personaje que realiza sus peripecias, que vive sus triunfos y amarguras viéndose espectacular.
Pero no sólo es la forma lo que impacta, también el fondo de los personajes está bien construido. Cada uno resulta esencial para la trama. Son seres con la sabiduría o el colmillo de quienes pueden sonreír a pesar de que la existencia les ha tumbado varios dientes a su espíritu. Cuentan con el carisma de quienes pueden cantar y bailar el estruendo de sus tribulaciones. Dan ganas de estar rodeado de ellos. A La Vaquera la acompañan en sus peripecias La Torreona y La Tarzana. La primera es una sabia lesbiana de dos metros que usa corte militar, pero que “detrás de su actitud bravucona había una mujer que aprovechaba los descuentos en calcetines de Hello Kitty, que lloraba con viejas telenovelas debajo de las sábanas, y a la que nadie le preguntó jamás por qué se tatuó un Jesucristo cholo en la pantorrilla izquierda”. La Tarzana es el ex de Egidio, a quien todavía ama. El novelista nos cuenta algo de este romance a través de una poderosa analepsis en la que vemos a La Vaquera hablándole bonito a su enamorado: “Manuel, Manuelito, me encanta tu bigote, tu pecho peludo, tu barriga chelera donde puedo ronronear mientras me cuentas quién fuiste años antes de que fueras mío. ¿Cuándo te perforaste los pezones? ¿Cuándo te tatuaste esa flor? ¿Si la deshojo podré ver tu corazón? Platícame. Quiero saber por qué me encantas; por qué prefieres el lado izquierdo del colchón; por qué la noche te da miedo; por qué si rezas piensas en tu hermano en vez de Dios…”.
Otro ejemplo de cómo el autor le da la vuelta a los arquetipos es la aparición del famosísimo diablito y el más que conocido angelito que nos van guiando hacia encumbradas o condenables acciones. La Vaquera también tiene sus propios seres, uno astronauta y otro extraterrestre, que lo intentan atraer hacia algún lado de la balanza moral: “Egidio soltó el volante. En cambio, miró el tablero con atención. La matrícula de la nave que se aproximaba tenía antecedentes penales. “¿Qué pasará con el androide?”, el angelito astronauta con texana rosa caminó por el hombro de la Vaquera. “¡A quién vergas le importa!”, el diablito extraterrestre se cruzó de brazos. Egidio se sentía acorralado”.
Un elemento que me fascinó del libro, y que me gustaría tener en forma de juguete, es la nave que maneja el protagonista. Se trata de una carcacha de color rosa mexicano que fue restaurada para transportar litio. El vehículo intergaláctico cuenta con propulsores iónicos que alcanzan velocidades superiores a los noventa mil kilómetros por hora, un motor de propulsión eléctrica que se escucha como “lamento de theremín”, además de un escudo energético reflector que repele objetos mostrencos del espacio, meteoritos y los tiros de los piratas galácticos. Este vehículo es descrito por muchos como “un asteroide rosa con su propia estación de radio” que pone a bailar incluso a la antimateria con las canciones de Los Tucanes de Tijuana, Ramón Ayala o Lalo Mora. Es un vehículo tan memorable como la Máquina del Misterio de Scooby-Doo, el Mugremóvil del Ecoloco, el Ecto-1 de los Cazafantasmas o el camión Dina de Lola la Trailera. La gente al ver pasar la nave de La Vaquera comenta: “¡¿Ya vistes, carnal?! Allá va la Pomposa, la nave gay, la nave rosa con el pito alado que tiene un astronauta vaquero en las bolas. ¡La nave de la cumbia norteña!”. He de confesar que hasta soñé una noche que lo manejaba, sólo que yo iba escuchando al buen Rigo Tovar mientras llevaba, de un planeta a otro, libros de viejo.
El novelista cuenta con un arsenal de figuras retóricas y poéticas que le brindan una voz propia digna de destacar. El humor y el juego son parte medular de su estilo. También la imaginación desbordada, la desmesura en general se vuelven parte de su personalidad. Un ejemplo de ello: “¡Lucharán, a dos de tres caídas, sin límite de tiempo! En esta esquina, Tu Pasado y El Presente. Y en esta otra, El Miedo y La Muerte”.
A muchos autores se les olvida que la literatura también es un medio de entretenimiento, que lo sofisticado no es sinónimo necesariamente de alta literatura. Berumen es la prueba fehaciente de que se puede escribir un libro con un valor literario ejemplar, sin olvidar contar una historia divertida, que den ganas de seguir leyendo hasta el final. Creo que en eso yo ubicaría su mayor virtud.
Vuelvo a la premisa que plantea el autor: en el espacio se escucha por encima de todo música popular desgarradora. Regreso a este punto porque justo el final de la novela va acompañado por una canción de los Tigres del Norte: “Yo te regalaba todo, todo lo que me pedías / sin embargo me reclamas, si te daba hasta mi vida/ Pero tú, ¿qué me has dado?, falsas promesas de amor…”.
Rutas de neón es una pieza que divierte y sorprende. Recomiendo su lectura, por supuesto. En uno de los episodios aparece una embajada espacial, llamada Octavio Paz, que flota alrededor de Marte. Ojalá que, en el futuro, un transbordador mexicano, o un satélite de telecomunicaciones, o una bomba de destrucción masiva lleve el nombre del autor de esta novela: Antonio Berumen. Seguro que más de uno pensará en su obra al ver el despegue, cuando el objeto se salga de su órbita o antes de ser masacrado por una explosión atómica.

Portada de “Rutas de neón”, Antonio Berumen. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026. Disponible aquí




