Tierra Adentro
Ilustración de Damián Flores.

México, país amante del arte de las patadas, es David en Copas del Mundo, y Goliat de América del Norte; sin embargo, la selección se dejó alcanzar por rivales que solía dominar, motivo que Rodrigo Márquez Tizano usa para reflexionar sobre la buena relación que el aficionado de a pie tiene con la derrota.

15 de octubre de 2013.

El ataúd del futbol mexicano recibió un clavo en forma de supuesto milagro. El escenario era ideal para un prodigio a lo Chanfle: tras una campaña clasificatoria llena de baches, Chicharito y sus amigos tuvieron a la selección nacional al borde del ridículo en una CONCACAF de risa loca (cuyos mayores reconocimientos provienen de los escándalos de corrupción en los que sus dirigentes se ven envueltos un año sí y otro también).

El partido frente a Costa Rica en San José, última oportunidad para enderezar la nave rumbo a Brasil, fue un fiasco desde el saque inicial. Los ticos controlaron a placer por las dos bandas, apuntalaron la media cancha con pulmones que no dejaron de circular de caja a caja y sus delanteros reventaban balones contra los postes con soberbia, como pregonando que no sólo iban a dejar a México fuera de un Mundial por primera vez desde 1990, sino que su misión era más noble, casi filantrópica. Había que nulificar cualquier idea de superioridad que el equipo rival aún pudiese albergar sobre sí mismo.

Para afianzar el efecto dramático en este guión bolañesco (¿cuál Roberto es el que firma?), Javier Hernández cometió un desliz a puerta abierta. Bryan Ruiz abrió el marcador para Costa Rica cuatro minutos más tarde. Oribe Peralta reaccionó con un gol que hubiera lucido ocasional si no fuera por su fina factura; pero aun con esa gesta solitaria, el juego de México era un atentado contra cualquier ánimo triunfal. Nadie que compita así puede pensar en ganar algo, ya no digamos un partido. Vucetich, director técnico recién llegado y a punto de irse, parecía más timorato que de costumbre y había perdido el color por completo, como un fantasma encorsetado en un traje que otro muerto le heredó. Un segundo gol, obra de Saborío al 64’, nos acercaba más al barranco. A quinientos kilómetros de ahí, en Panamá, los canaleros vencían a Estados Unidos por la mínima. Esa combinación bastaba para que Coca-Cola vendiera muchas menos botellitas conmemorativas este verano.

Luego, el milagro. Lo dijo Vuce: “Gracias a Dios se clasifica”, aunque le faltó aclarar qué religión profesa el tri. México cumplió las tristes expectativas y obligó a los merolicos de la televisión a encabalgar versos con excusas. Sin embargo, no hubo una que paliara el desastroso juego de México, cuyo premio fue arañar la repesca gracias a un gol de último minuto de Estados Unidos. ¿Dónde está la mano santa? En lo que debió ser: quedarse fuera, desaparecer, sacrificar al niño para que alguien tapara el pozo. Pero no, un clavo made in usa se hizo pasar por reliquia y nos invitó de chiripa a la fiesta, orgullosamente gorrones. Acá no olvidamos los milagros, aunque sean fayuqueros, y la sele, el tri de mi corazón, el equipo de todos, resucitó envuelto en una gloria prestada y con remiendos, pero gloria al fin. Y con el gusto de cacarear que disfrutamos el sufrimiento como ningún otro pueblo en el mundo, le dijimos que sí a otros dos partidos de “sí se puede”. Ya en repechaje, recetamos la decena trágica a unos desprevenidos turistas neozelandeses y recuperamos esa prepotencia distintiva que nos vimos obligados a hipotecar en Centroamérica.

La derrota es nuestra idea del mundo. El problema es que ahora ese es nuestro slogan. Ya ni nos preocupamos por perder. Dejamos que otros lo hagan por nosotros, luego les echamos porras. La derrota es negocio de unos pocos. El aficionado de a pie, el que se come los partidos por televisión, ¿gana algo si la derrota se vuelve más tangible? ¿Cabría esperar que el luto futbolero tercie en ese disociación elemental entre compromiso individual y colectivo?

¿Para qué construir una infraestructura sólida? Mejor tener una que rinda dividendos rápido. Es más cómodo para nuestros gobiernos estatales que contemplen la idea de comprar una plaza para la Liga de Ascenso a que se preocupen por otros asuntos. Si la pelota se mancha, la lavamos. No tenemos problemas con la higiene de nuestros emblemas. Queda apagar la televisión y negarnos a participar en un negocio que no ofrece ni felicidad pasajera. Esos equipos que revolotean en liguillas insípidas no tienen nada que ver con los que alguna vez nos encandilaron. Los colores ya no significan nada. Si nos enorgullece llevarnos bien con la derrota, ¿por qué al menos no perder por nuestra cuenta?