Tierra Adentro
Portada de "La mala costumbre", Alana S. Portero. Seix Barral, 2024.
Portada de “La mala costumbre”, Alana S. Portero. Seix Barral, 2024.

Mi cometido en este ensayo es describir el tránsito de género como una experiencia que viene acompañada de su exploración en un doble sentido: el género vivido y el género literario. Se trata, pues, de una experiencia biobibliográfica, en el sentido derridiano del término, donde la reinvención de la propia biografía pasa también por una exploración bibliográfica que acompaña la experiencia de descolocarse y distanciarse de un género para luego irse acercando y colocándose en otro. Se revela así que la ficción de una biografía y una subjetividad estables son siempre efectos del dispositivo narrativo que va estructurando una historia sobre quiénes somos.

No debería sorprendernos que la transición posea un eje bibliográfico tan importante. Aunque se trata de una experiencia profundamente individual, vivida en primera persona y atravesada por decisiones íntimas sobre el cuerpo, el deseo y el reconocimiento, también es una experiencia que abreva constantemente de las voces de otras personas. Nadie transita en soledad. Incluso cuando no tenemos cerca una comunidad, solemos encontrar fragmentos de ella en relatos, novelas, poemas, memorias y autobiografías. Las historias de otras personas operan entonces como una suerte de prótesis narrativas.

En ese sentido, la literatura —y particularmente la literatura trans— adquiere una relevancia singular. ¿Qué mejor acompañamiento biobibliográfico que las historias, ficticias o no, de otras personas trans? En ellas encontramos algo más que representación. Hallamos vocabularios para nombrarnos, imágenes para imaginar futuros posibles y, sobre todo, formas de sobrevivir al extrañamiento que implica devenir otra persona sin dejar de ser una misma.

Porque cuando se comienza una transición hay una suerte de regreso a la adolescencia. Regresan las inseguridades sobre la apariencia, la percepción ajena y la pregunta por el tipo de Yo que se está ensamblando. Hay euforia y descubrimiento, pero también miedo: miedo a devenir alguien indeseable o grotesco para les demás.

Quizás por eso la literatura etiquetada como young adult, especialmente aquella centrada en experiencias de coming out y coming of age, resulta tan poderosa para muches adultes trans. En mi caso, parte de esa experiencia apareció en If I Was Your Girl y en Being Emily. La primera, escrita por Meredith Russo, narra la historia de Amanda, una chica trans que cambia de ciudad y desea vivir su vida sin que nadie sepa que es trans; la segunda, de Rachel Gold, sigue a Emily, una adolescente que aún no puede iniciar su transición y vive atrapada entre el deseo de ser reconocida y el miedo a perderlo todo. Ambas novelas hablan de los temores que acompañan al tránsito, de las pérdidas posibles y de la ansiedad del descubrimiento, pero también de ese deseo intenso de irse reinventando.

Lo interesante es que estas obras evocan emociones que exceden ampliamente la adolescencia cronológica. Muches de quienes comenzamos una transición ya en la adultez compartimos con sus protagonistas una misma sensación de desajuste temporal —el tiempo está dislocado, diría Derrida—. Hay algo extrañamente juvenil en tener que aprender otra vez a habitar el cuerpo, en ensayar maneras distintas de vestir, de hablar, de caminar o incluso de amar.

Conforme una avanza en la transición, también comienzan a buscarse otras historias. Historias menos centradas en el descubrimiento individual y más interesadas en la pregunta colectiva por quiénes somos las personas trans y de dónde venimos. Se sale entonces a buscar ancestres, genealogías, memorias y linajes. Porque la violencia, la discriminación y el aislamiento pueden dejar a una profundamente sola, y la comunidad trans termina convirtiéndose en uno de los pocos espacios de inteligibilidad y refugio mutuo. En ese momento la lectura deja de ser únicamente introspectiva y se vuelve también histórica. Ya no se trata solamente de comprender quién soy, sino de comprender quiénes hemos sido.

A lo largo de mi tránsito me he encontrado con muchos libros de esa naturaleza. Pienso, por ejemplo, en Entre azul y buenas noches, donde Antoine Rodríguez reconstruye la vida de Samantha Flores, activista histórica y fundadora de la primera casa de día para personas LGBT mayores en México. También en Crucé la frontera en tacones, relato autobiográfico de Alexandra R. de Ruiz sobre migración, violencia y supervivencia trans en contextos fronterizos.

No deberíamos pasar por alto que la literatura trans nació, en buena medida, dentro de la autobiografía. Mucho antes de que existieran novelas trans publicadas por grandes editoriales o autoficciones celebradas por la crítica cultural, existió la necesidad urgente de narrar lo que nos había ocurrido. Primero hubo que testimoniar para que el mundo estuviese dispuesto a escuchar.

Y quizás precisamente por eso estas obras nos confrontan constantemente con la cuestión de la memoria. Son relatos construidos desde la primera persona que funcionan como testimonios sobre cómo se experimentó el mundo en otros momentos históricos, cuando existían personas que hoy denominaríamos trans, aunque quizá entonces no dispusieran de ese término para nombrarse.

Ahí radica buena parte de la potencia política de estas narraciones. Nos recuerdan que la comunidad trans no ha existido siempre bajo las mismas categorías ni con las mismas fronteras identitarias. Esto aparece con claridad en Drag King Dreams, de Leslie Feinberg, novela que retrata una época en la que lesbianas butch, drag queens, drag kings e incluso algunos hombres gays muy afeminados compartían espacios políticos y afectivos bajo imaginarios que hoy llamaríamos trans. Feinberg nos muestra un mundo donde las fronteras entre lo cis y lo trans eran mucho más porosas y difusas de lo que solemos imaginar retrospectivamente.

La literatura se convierte entonces en un llamado de atención contra toda tentación de fetichizar la memoria o imaginar una historia lineal y perfectamente coherente de las identidades trans. Nuestras ancestras quizás no se nombraban igual que nosotras; tal vez sus experiencias se entremezclaban con otras formas de disidencia sexual y de género que hoy clasificamos de manera distinta.

Es quizás esa conciencia de la marginalidad histórica del colectivo trans la que también nos lleva a reconocer que la literatura trans porta las marcas de sus propias exclusiones. Como alguna vez dijera Audre Lorde, quienes no tienen un cuarto propio rara vez disponen también del tiempo necesario para escribir novelas. La poesía aparece entonces como una literatura de la oportunidad, pero también como una forma de resistencia contra el silenciamiento. Escribir unos versos puede ser una manera de impedir que la propia voz sea cercenada por completo.

Probablemente quienes más han cultivado la poesía en estos años han sido las transmasculinidades. Pienso, por ejemplo, en Pelos y Hogares, donde Bruno Cimiano escribe desde la rabia, la disforia y el cansancio corporal, pero siempre con la intención de colocar el cuerpo trans en primer plano. Hay en esos poemas una sensibilidad transfeminista profundamente corporal.

En México, Daniel Nizcub tampoco se queda atrás con Poesía en transición. Nizcub nos recuerda que las letras trans no están confinadas a las metrópolis y que haríamos bien en romper los sesgos metronormativos que nos llevan a imaginar lo trans como un fenómeno exclusivo de la gran ciudad. Pienso finalmente en Leo Azul, de Argentina, y su obra Vivimos por el drama, donde nos encontramos una transmasculinidad que no está peleada con el reconocimiento de su propia fragilidad afectiva.

Esto no quiere decir, por supuesto, que las mujeres trans o las personas no binarias no escribamos poesía. Sería imposible sostenerlo frente a la potencia poética y performática de Lía la Novia Sirena, cuya escritura mezcla erotismo, humor, dolor y teatralidad con una intensidad difícil de olvidar. Tampoco podría afirmarse después de leer Un hogar llamado cuerpo. Poetas trans de Abya Yala, antología en la que tuve la oportunidad de participar y donde pude encontrarme con las vivencias poéticas de hombres y mujeres trans, así como de personas no binarias de distintos rincones de América Latina.

Leer y participar en esa compilación me permitió comprender hasta qué punto la lengua y la historia compartidas modelan también nuestras formas de disidencia de género. Compartimos dolores, precariedades y miedos muy específicos. Somos, en muchos sentidos, les hijes de la región más violenta del mundo para las personas trans, y esa violencia inevitablemente se filtra en nuestros versos. Pero sería un error reducir esta poesía al puro sufrimiento. Hay fiesta, humor, deseo y esperanza. Hay incluso ternura. Las personas trans no somos una tragedia andante y nuestra literatura tampoco lo es. La escritura trans latinoamericana suele estar atravesada por una voluntad feroz de seguir imaginando mundos habitables aun en medio de la violencia.

Sin embargo, no quisiera dar a entender que las inquietudes de la transición temprana desaparecen por completo. Regresan una y otra vez, aunque quizás bajo formas literarias menos asociadas al público juvenil. En mi caso eso ocurrió con Por ahora soy un niño, novela de Kim Fu que narra la infancia y juventud de una mujer trans que aún no transiciona y que acaso ni siquiera comprende del todo quién llegará a ser. La obra es también un relato sobre migración y pertenencia cultural, pues su protagonista es hija de inmigrantes chinos en Canadá.

Lo interesante de esta novela es que revela algo que la literatura trans anglosajona ha trabajado con frecuencia: la imposibilidad de separar completamente género, raza y migración. La transición nunca ocurre en abstracto; siempre acontece dentro de estructuras familiares, culturales y económicas específicas.

Ahora bien, no pretendo sugerir, de ninguna manera, que toda persona trans recorra una misma trayectoria biobibliográfica. La mía, por ejemplo, le debe muchísimo a mi esposa, también mujer trans, quien me acercó a buena parte de la literatura escrita en inglés. Gracias a ello pude experimentar los contrastes entre lo que se escribe desde el español y aquello concebido en inglés, aunque ese inglés tampoco sea necesariamente hegemónico.

Pienso aquí en Freshwater, escrita por Akwaeke Emezi. La novela narra la experiencia de Ada, una persona habitada por múltiples entidades espirituales dentro de la cosmología igbo. Occidente tiende rápidamente a leer esta experiencia como una forma de transgeneridad o no binariedad, pero hacerlo de manera automática sería ignorar que la obra se encuentra anclada en una tradición espiritual y cultural específica de Nigeria.

Y acaso ahí radique uno de los riesgos más importantes de nuestra época: la tendencia de Occidente a fagocitar sus alteridades y subsumirlas bajo ese infierno de lo mismo que es la globalización americanizante de las subjetividades. Freshwater puede asemejarse a una historia trans desde ciertos marcos occidentales, pero su dimensión espiritual obliga a preguntarnos varias veces si realmente estamos frente a una narrativa trans o frente a otra cosa que nuestras categorías apenas alcanzan a comprender.

Algo que, por cierto, motiva también reflexiones más amplias sobre qué tan universal es realmente la experiencia trans y qué tanto de su aparente globalidad se debe a la colonialidad de la medicina, la psiquiatría, los estudios de género e incluso de la propia literatura trans. Porque si bien hoy pareciera existir un vocabulario relativamente común para hablar de identidades trans alrededor del mundo, ello no significa necesariamente que todas las experiencias históricas y culturales de disidencia de género puedan reducirse sin fricciones a las mismas categorías.

Esto se vuelve evidente cuando contrastamos distintas tradiciones literarias trans incluso dentro de una misma lengua. Pienso, por ejemplo, en Las malas y también en Soy una tonta por quererte, ambas obras de Camila Sosa Villada. Sus textos nos recuerdan que, en buena parte del Cono Sur, no siempre se narran historias de “mujeres trans” en el sentido contemporáneo y globalizado del término, sino de travestis, categoría que no coincide plenamente con nuestras nociones mexicanas o anglosajonas de transgeneridad.

Así pues, incluso dentro del español, las categorías no son universales. Sin embargo, ello no impide reconocer ciertas continuidades históricas y afectivas. Algo de eso ocurre cuando leemos La mala costumbre, escrita por Alana Portero. Aunque situada en un contexto distinto, ahí reconocemos el mismo cisexismo patriarcal y violento que atraviesa la obra de Sosa Villada. Cambian las calles, los acentos y los códigos culturales, pero permanece esa experiencia de vulnerabilidad constante frente a una sociedad que castiga toda desviación del género normativo.

Así, las novelas trans-travestis escritas en español suelen ofrecernos retratos profundamente realistas sobre la violencia potencialmente letal que viven las personas trans de la región. La muerte nunca está demasiado lejos en esas narraciones. Tampoco la pobreza, la expulsión familiar ni la precariedad corporal.

Esto contrasta de manera notable con parte de la literatura trans escrita en inglés. Pienso en Nevada, de Imogen Binnie, o en A Safe Girl to Love, de Casey Plett. No es que en estas obras no existan la transfobia, el cisexismo o la precariedad; por supuesto que existen. Pero el universo cultural en el que se sitúan es otro. Nevada, por ejemplo, funciona casi como una road movie alegórica sobre el autodescubrimiento y el agotamiento existencial. Hay desencanto, ironía y alienación urbana. En los cuentos de Plett ocurre algo similar: encontramos mujeres trans explotadas, cansadas y emocionalmente exhaustas, pero sobre todo profundamente solas.

Quizás exagero la diferencia cultural, pero al leer estas obras me queda la sensación de que cierta literatura trans anglosajona contemporánea se encuentra más marcada por la soledad individual y el desencanto metropolitano propio del capitalismo postindustrial, mientras que buena parte de la literatura trans latinoamericana permanece atravesada por la supervivencia colectiva y por una conciencia mucho más inmediata de la violencia estructural.

Quiero cerrar este ensayo con un contraste sobre el que he estado pensando recientemente y que sospecho resulta sintomático de cierta crisis interna que el colectivo trans atraviesa actualmente. Me refiero a un creciente divorcio entre quienes continúan escribiendo historias arraigadas en un realismo social muy duro y quienes han comenzado a explorar narrativas que parecen tomar distancia de las violencias más crudas que enfrenta la comunidad trans.

Este desplazamiento espejea, me parece, una fractura material y política más amplia: el surgimiento incipiente de una clase media trans con mayor acceso al trabajo formal y con un mayor capital cultural. No se trata, desde luego, de afirmar que todas las personas trans clasemedieras abandonen las luchas colectivas ni tampoco que todas las personas trans pauperizadas sean militantes radicales. Pero sí parece existir una distancia creciente entre estos sectores del colectivo, y esa distancia ha comenzado a reflejarse también en la literatura.

Quizás Detransition, Baby, escrita por Torrey Peters, sea una de las novelas que mejor ha capturado esta tensión. La obra narra las vidas de dos mujeres trans situadas en posiciones sociales y afectivas profundamente distintas, mostrando cómo la clase, la estabilidad económica y el acceso al reconocimiento transforman también las formas de vivir la transgeneridad.

Sin embargo, buena parte de la literatura trans reciente parece menos consciente de estas fracturas. Obras como Wild Geese, de Soula Emmanuel; Girlfriends, de Emily Zhou; o Tapizado corazón de orquídeas negras, de Évolet Aceves, parecen intentar alejarse de los viejos tropos narrativos de la marginalidad trans. Y aunque ello puede producir historias refrescantes, a veces también genera relatos ligeramente inverosímiles, especialmente en un contexto histórico atravesado por una ola global de transfobia organizada y sistemática que difícilmente puede ignorarse del todo.

Eso no significa que debamos condenarnos al realismo social permanente. McKenzie Wark ya mostró otra posibilidad en Reverse Cowgirl, obra de autoficción pornográfica donde el deseo, el cuerpo y la experimentación formal desplazan parcialmente a la narrativa clásica del sufrimiento trans.

Y acaso ahí se encuentre uno de los desafíos más interesantes para la literatura trans contemporánea: multiplicar las historias posibles. La historia de lo trans, en ese sentido, siempre se desborda a sí misma. Nunca ha estado confinada a un único tipo de cuerpo, a una sola identidad estable ni tampoco a un único espacio social. Tal vez sea precisamente la literatura el lugar donde mejor podemos percibir ese desbordamiento.

 

 

referencias

Aceves, Évolet, Tapizado corazón de orquídeas negras, México, Tusquets, 2023.

Azul, Leo, Vivimos por el drama, Córdoba, Pimienta Rosa, 2023.

Binnie, Imogen, Nevada, Nueva York, FSG Adult, 2022.

Cimiano, Bruno, Pelos y Hogares, Barcelona, Bauma, 2019.

De Ruiz, Alexandra R., Crucé la frontera en tacones, Madrid, Egales Editorial, 2023.

Emezi, Akwaeke, Freshwater, Nueva York, Grove Press, 2018.

Emmanuel, Soula, Wild Geese, Nueva York, The Feminist Press at CUNY, 2023.

Feinberg, Leslie, Drag King Dreams, Nueva York, Seal Press, 2006.

Fu, Kim, Por ahora soy un niño, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2016.

Gold, Rachel, Being Emily, Tallahassee, Bella Books, 2018.

Nizcub, Daniel, Poesía en transición, Oaxaca, Pez en el Árbol, 2017.

Peters, Torrey, Detransition, Baby, Nueva York, One World, 2020.

Plett, Casey, A Safe Girl to Love, Vancouver, Arsenal Pulp Press, 2023.

Portero, Alana S., La mala costumbre, México, Planeta, 2024.

Rodríguez, Antoine y Samantha Flores, Entre azul y buenas noches, México, Grijalbo, 2024.

Russo, Meredith, If I Was Your Girl, Nueva York, Flatiron Books, 2016.

Sosa Villada, Camila, Las malas, Buenos Aires, Tusquets, 2019.

———, Soy una tonta por quererte, México, Tusquets, 2022.

Tello Méndez, Nallely Guadalupe (coord.), Un hogar llamado cuerpo. Poetas trans de Abya Yala, Oaxaca, Colectivo Editorial Pez en el Árbol y Asociación Civil Trans de Oaxaca, 2022.

Wark, McKenzie, Reverse Cowgirl, Nueva York, Semiotext(e), 2020.

Zhou, Emily, Girlfriends, Nueva York, Little Puss Press, 2023.