Tierra Adentro
El árbol. 3. Isidro R. Esquivel

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo.

Alejandra Pizarnik

 

Emiliano González encontró la máscara en un bazar; sería buen adorno para su sala. La adquirió. Ya en su apartamento, antes de colgarla, fue al baño para observarse en el espejo y darse cuenta de cómo le sentaba aquella máscara de nariz prominente y sonrisa alargada de un lado, tanto que la comisura de la boca envolvía al ojo derecho. La colocó en su rostro, se asomó al espejo, unos oxidados engranes ocultos accionaron y la máscara empezó a contar esta historia: 

 

Claudia cumple nueve años y no le gustan las fiestas, por eso en el desayuno sus padres sólo la felicitan y le entregan su regalo. Mecánicamente desgarra el envoltorio, con la resignada seguridad de que será un libro para colorear, como cada año.

—¡Lo que tanto querías! —dice su madre dándole un beso.

—Princesita, ¿te gusta? —pregunta su padre en tono empalagoso.

—Sí, ¡está de moda! —contesta escurriendo lágrimas mientras ve en la caja la foto de presentación del producto. Llena de emoción la abre y descubre a la gallina adentro de una jaula.

La gallina está ofuscada, pero luego se queda maravillada observando la habitación con sus pequeños ojos negros.

—Dicen los científicos que a las gallinas les gusta lo desconocido y que el único pensamiento que se les ocurre, ante eso que les gusta y sorprende, es: “qué tonto” —comunica el padre con falsa inflexión intelectual, recordando un artículo de una revista especializada.

La niña y la gallina intercambian una mirada de interés práctico; después la primera toma un pequeño paquete rectangular de un recoveco de la caja. Lo abre y tiene ante sí una larga hilera de pastillas repartidas en bloques de colores.

—Si se te acaban las mil, te compro otra cajita de repuesto —dice el padre con una sonrisa.

—Pruébala para ver si sí funciona —pide la madre con un dejo infantil.

La niña asiente, toma una pastilla y la deja en el comedero de la gallina. Ésta primero ve hacia un lado, después al otro y por último lanza un picotazo a la pastilla, que empieza a deglutir.

Los tres quedan a la expectativa; luego se escucha un “cocorocó” que los sobresalta y un huevo sale del ave, rueda por un canal dispuesto bajo la jaula y llega a la mano de Claudia que ya está impaciente.

Alza el huevo, después procede a romperlo con una cuña ubicada a un costado de la jaula. Al abrir el huevo, la niña puede constatar la presencia de una clara y una yema. La desilusión es mayúscula. Su madre la abraza.

—¡Ahorita mismo voy a hacer válida la garantía! —grita el padre con tono protector.

—¿Ya leíste el instructivo? —pregunta la madre.

—Mmmmm, no.

Así que los tres hojean el folletín, hasta que llegan a la indicación: “Déjelo reposar por 5 minutos”.

Ahora el padre toma una pastilla, la pone en la jaula, la gallina la traga, comienza a cacarear… Dejan reposar por 5 minutos el huevo y Claudia lo abre.

—¿Qué es?

—No sé.

—Es un jubu… según el instructivo. Mira —informa la madre, señalando una foto en el instructivo.

—¡Ah!, sí se parece —lo observa unos minutos.

—Dice en las indicaciones que tienes que matarlo una vez que lo hayas visto —su padre le pasa la aguja incluida en el paquete.

La niña clava la aguja hasta desgarrar al jubu, después lo tira en el bote de la basura.

Claudia se divierte durante meses dándole pastillas a la gallina; ¡cuántas criaturas en miniatura pasan frente a sus ojos! …y por la aguja. Algunas son bestias mitológicas como unicornios, quimeras o dragones; otras veces seres que sólo la gallina puede generar: los llipo-yipos y los jubus; también hay tigres, caimanes, ballenas, perros; cucarachas o moscas; sin faltar los ya extintos iguanodontes, bobos, mamuts, tiranosaurios; y hasta un pequeño hombrecito que suplica en vano clemencia ante la aguja.

Así trascurren tiempos felices para Claudia, hasta que una mañana empieza a llorar.

—¿Qué tienes, princesa?

—Es que ya no sirve.

—¿Por qué?

—Mira —dice mientras muestra un huevo recién abierto.

—¡Es una gallinita! —exclama el padre.

—Una gallina que da gallinas no es especial —afirma Claudia sorbiendo el llanto—. Mejor ahora quiero una muñeca Kika-mi-hermanita.

El padre entorna los ojos con falsa desesperación, toma su portafolios y sale de la casa silbando.

Claudia blande la aguja para matar a la gallinita, cuando de pronto aparece una muñeca Kika-mi-hermanita sentada sobre la mesa. Las cuatro sonríen.

—¡Quiero un pastel! —ordena con tono astuto, clavando su mirada en la diminuta gallina.

El pastel aparece, entonces toma a la gallinita y la coloca en la bolsa de su blusa, decidiendo indultarla. Abraza a Kika con fuerza y se olvida de la gallina mayor.

Pide muchos caramelos, tachuelas en el asiento de su maestra, buenas notas en los exámenes. Wanda —así bautiza a la gallinita— pasa los días cumpliendo los caprichos de su dueña y por las noches es llevada a la jaula para que descanse bajo la protección de la gallina mayor, ahora ya pasada de moda, que la cobija entre sus alas con amor maternal. Kika, por su parte, duerme entre los brazos de la niña.

Wanda se ve feliz, su primitivo cerebro conoce y reconoce el mundo y piensa “qué tonto” constantemente. También come su ración de maíz, toma agua y pone cada tercer día un pequeño huevo que contiene una clara y una yema. Claudia no deja de pedirle deseos: finales distintos en sus caricaturas, por ejemplo.

La gallina mayor ha sido confinada a servir sólo para que Wanda se duerma entre sus alas.

Después de unos meses la niña se dispone a pedir un par de vestidos para Kika…, pero nota a Wanda particularmente decaída, y es verdad, hace mucho que no piensa “qué tonto”. Cae en la cuenta de que jamás ha pedido un deseo para complacer a Wanda, así que se dispone a pedirle maíz y sorgo de buena calidad. Pero no, requiere algo más especial, por eso le ordena:

—Wanda, deseo que te concedas tus deseos.

Al instante, la gallinita Wanda eructa muy profundo, como siempre soñó. Su tristeza mengua. Luego comienza a estirarse, a doblarse, a contraerse, se deforma hasta terminar convertida en un híbrido de jubu y llipo-yipo: siempre sintió admiración por esos seres. Ahora necesita convocarlos a la vida y, sobre todo, crearles un lugar donde existir, pues hasta las hadas han tenido un sitio, aunque sea en los cuentos.

Todos los objetos de madera empiezan a transformarse en miles de jubus y llipo-yipos. Claudia no da crédito.

—¡Ya no quiero que se cumplan tus deseos! —ordena de pronto, pero los jubus siguen con su baile alrededor de Wanda, que feliz eructa pensando “qué tonto”, mientras los llipo-yipos arañan las paredes.

Llama con un grito a su madre, pero ella no responde. Sin saber qué hacer, sujetando contra su pecho a Kika, sale a la calle para pedir ayuda. Ya en el jardín ve que el cielo es color ocre y aprieta mucho los dientes al ver que un grupo de llipo-yipos destazan en la banqueta a su gato, convirtiéndolo en un amasijo de huesos y carnes. Un jubu aúlla mientras baila abrazando del cuello a una rata, que casi desfallece estrangulada.

La niña apresura los pasos al ver que un grupo de llipo-yipos se han percatado de su presencia.

Wanda está feliz, ahora les ha dado una vida y un lugar: los jubus están agradecidos, lo manifiestan mostrando sus traseros; los llipo-yipos llevan en ofrenda cuajos de sangre a su benefactora.

Claudia corre tan aprisa; de reojo puede ver cómo los troncos de los árboles se convierten en miles de jubus y llipo-yipos, y cómo los primeros disfrutan desinflando las llantas o copulando mientras bailan, y los segundos desprendiendo las mandíbulas inferiores de los perros.

Wanda goza, sus ojos entornados, blancos de placer, una ráfaga de “qué tonto” ebulle en su rudimentario cerebro. A su alrededor danzan jubus que por intervalos inclinan la cabeza hasta tocar el suelo; llipo-yipos ahora llevan páncreas como ofrenda.

La niña está cansada pero sin lesiones, ha corrido por las calles esquivando los peligros. No ha querido soltar a Kika. Otras personas no han tenido su misma suerte: sus cuerpos están diseminados por las calles o penden de sogas. Jubus juguetones miran a través de las cuencas de los cráneos que son limpiados de carne por llipo-yipos.

La glorieta donde Claudia se divierte los domingos está cubierta por un cerro de excremento que unos jubus apilan. Rodea la glorieta y se percata de que centenas de descomunales anos se abren en el asfalto. Quiere retroceder, pero los llipo-yipos se acercan mientras gritan su violencia. Empieza a saltar los anos, a pasar sobre ellos cuando están bien contraídos, a rodearlos. Pero no se da cuenta de uno hasta que la traga, conduciéndola por su sucio intestino hasta:

—¡Estás de vuelta en casa! —le dice su madre mientras sonríe y extiende los brazos. Ella se acerca llorando, sin soltar a Kika.

—Tenía mucho miedo, mamita —gimotea con sus mejillas atiborradas de llanto. En ese instante el cuerpo de su madre se disgrega en trozos de carne, que caen al piso y se mueven, boquean como pescados. Llipo-yipos salen de debajo de los trozos, masticando algún bocado, y comienzan a verla con ojos carniceros. La niña abraza fuertemente a Kika y escapa rumbo a la escalera, no tiene otra opción. Sube un piso, sube dos, sube tres, cuatro, cinco mil…, no quiere ser parte de los horrores. Llega al ático, busca refugio atrás de un baúl, donde se hace ovillo. El baúl se agita, ella presta se incorpora para dirigirse a una esquina, la cual ya está dominada por jubus que hacen malabares y utilizan sus probóscides como cornetas para agradar a Wanda, que los observa con mirada vacía. Claudia contempla el espectáculo de los jubus un par de segundos y al volverse se da cuenta que los llipo-yipos la han cercado…, y son más de mil que vienen, originalmente, a rendir pleitesía a su diosa Wanda a quien, sin embargo, ya se le advierte aburrimiento.

Un llipo-yipo que se lanza a la vanguardia rasga el vestido de la niña. Otros se acercan con alocados pasos de guerra, con los hocicos abiertos, las garras desplegadas, los apéndices erectos. Un llipo-yipo muerde la pantorrilla, uno más escala por el cuerpo de la niña, que ya no puede moverse, que cierra los ojos a la par que su cuerpo tiembla infesto de pánico. El resto de los mil llipo-yipos se lanza frenético, haciendo ruidos de batalla…

El que muerde su pantorrilla empieza a derretirse como moco, así sucede también con los otros, que apenas le han hecho heridas poco profundas. Ella grita su dolor, sin esperanza de salvarse. Pero abre los ojos al no sentir que se acreciente la tortura; los llipo-yipos ya no están, ahora sólo está llena de algo pegajoso. Alrededor de Wanda tampoco hay jubus, únicamente moco.

Otra vez Wanda se ha aburrido…, los seres sin lugar no son tan divertidos como ella pensaba, por eso desea de nuevo ser una gallina diminuta. Claudia, al verla en su estado normal, se tranquiliza un poco.

Suspira, después sonríe. Muy animada, Claudia llega a la conclusión de que en realidad sólo se está divirtiendo mucho con un libro para colorear. Y el libro es tan bueno, asegura, que se ha metido en la historia; no ha pasado nada, por eso lanza un silbidito de alivio. Sabe que de pronto, toda perpleja, levantará la cara cuando su madre la llame a cenar; entonces guardará los crayones y el libro en su mochila, saldrá del ático y todo habrá terminado.

La paz de la niña es interrumpida por clara de huevo que comienza a escurrir de las paredes. Ahora, sin pensar en otros, Wanda ha decidido cumplir sus más caras fantasías: un olor a excremento inunda el aire, luego el olor va tomando cuerpo hasta convertirse en un enorme falo de gallo que eyacula chorros de yema de huevo, mojando por intervalos a Claudia y a Wanda; la gallina mayor aparece de pronto en medio del ático, luego se hace más y más grande, hasta que revienta, expulsando plumas y toda clase de embriones; un eructo profundo irrumpe burlón. Wanda se retuerce de placer.

El corazón de la niña golpea duro contra sus costillas al oír que la clara y la yema de huevo producen un tétrico murmullo. De una pared surge una gigantesca lengua de gallina que levanta el vestido de la niña para acariciarle el sexo.

Unos monos araña tejen una red con densos hilos de baba; una mantarraya envuelve a un gnomo hasta asfixiarlo; llueven plumas multicolores; vísceras de pollo flotan en el aire; del suelo surgen espigas de maíz que empalan a los monos araña. Gritos como un único grito de dolor. Las patas de Wanda se frotan con lascivia, de su entrepierna comienza a salir disparado un huevo tras otro que mata, por ejemplo, a un buitre, de los huevos al romperse surgen dragones y demonios; el baúl se convierte en un sexo hermafrodita que se hace el coito a sí mismo.

Kika escapa de los brazos de Claudia, a su paso la muñeca toma un clavo y se dirige con toda su furia sobre Wanda. Un pequeño tiranosaurio le arranca parte del blando abdomen de tela, pero ella continúa.

Crestas rojas brotan en las cabezas de los seres, aún en la de la niña; la lluvia de plumas se acrecienta; Wanda está bañada en sus excrementos, miasmas, sudores, flujos del vientre, su pico se abre y cierra para emitir un torvo “cocorocó”, mientras irrumpe una ráfaga de “qué tonto” adentro de su cabeza, tan potente que también resuena en todo el ático; las espigas de maíz terminan por atravesar a los monos que se deslizan hasta tocar el suelo; un dientes de sable desgarra al sexo hermafrodita; un conejo es penetrado por un centauro; vapores se desprenden de los seres y las cosas, vapores que cabalgan en hienas, en trilobites y en cactáceas; la gallina se retuerce de gozo, gime, hace muecas llenas de lujuria, en los embates de mayor placer se arranca las plumas. Aleteos convulsos de éxtasis.

Kika salta sobre Wanda. Luces estroboscópicas danzan al ritmo del preludio del orgasmo de la gallina. Kika atina un golpe en el pico, pero queda reducida a un dibujo de dos dimensiones por tocar a Wanda.

Debajo de Claudia surge una espiga de maíz, sus piernas no reaccionan para evitarla. Siente la culpa de haber matado a sus padres; espera poder disculparse con ellos y el resto de…, ¿su colonia?, ¿su país?, ¿su planeta?, allá en el cielo.

La punta de la espiga se ha metido entre sus nalgas, comienza a abrirla. Quiere desmayarse, pero ni eso puede; mira lo que le espera al ver a los monos araña partidos a la mitad, chorreando sangre y entrañas; después observa a Wanda, se recrimina tanto por haberle dado el poder. La respiración de Claudia es entrecortada… La fetidez… Los chillidos de placer… Confía en que la muerte ya no tarde… Le aterra darse cuenta de que Wanda se convulsiona con mayor ímpetu. Y, pese a que unos títeres de trapo desuellan a un pingüino, la niña espera lo más horrible aún por suceder, tal vez Wanda haga estallar al Universo.

Wanda está en pleno orgasmo: se deforma, se contrae, los “qué tonto” rebotan en las paredes; está por cumplir la mayor de sus fantasías. Claudia, absorta de pánico, no puede cerrar los párpados, ya ni ellos responden. La espiga lastima el principio de su recto.

Los embriones de gallina son partidos a la mitad por las hachas de los vapores cabalgantes, que a su vez son despedazados por los demonios y los dragones; las convulsiones de placer de Wanda son acompañadas por un cloquear desgarrado; tarántulas, peces, orquídeas, unicornios, cerdos, aves, triceratops, irreconocibles seres sacrificados con la aguja, figuras de guiñol, todos frenéticos copulan; las alas de la gallina se baten con tanta fuerza que arrojan a las brujas contra la pared, para ser tragadas por las vaginas que se abren y cierran; el calor del cuarto aumenta, la enorme lengua lame la sangre de las heridas de Claudia, el nivel de la clara de huevo sube, el olor a excremento inunda todo, el falo de gallo arroja litros de yema sobre Wanda, Claudia ya tiene diez centímetros de espiga adentro. Es el clímax del orgasmo macabro y un eructo mugido estremece el ático, caudales de miasmas son excretados por todos los orificios de Wanda; entonces su fantasía más anhelada llega: se convierte de pronto en una máscara de nariz prominente y de sonrisa alargada de un lado, tanto que la comisura de la boca envuelve al ojo derecho.

Los seres y cosas creados por la gallina se derriten, convertidos en moco.

Se impone un poderoso silencio.

Mientras llora, Claudia se pregunta para qué seguir viviendo. Entre sus nalgas queda el desgarre y una gruesa baba como restos de la espiga. En su pelo también hay algo pegajoso, como resquicio de la cresta. Comprende que la muerte ya no está, sólo son heridas y el saber que todo se ha perdido. No puede pensar mucho, necesita primero escapar del horror, aunque no sabe a dónde…, quizás —como los jubus o los llipo-yipos— ya no tiene un lugar. A su paso ve la máscara, quiere destruirla, pero sofocada por un aplastante miedo mejor evita acercársele. Se dirige a la puerta del ático, después a la puerta de su casa. Todo huele a podrido. En las calles ya no hay monstruos ni anos, pero sí cadáveres de gente, coches y viviendas destruidas, recordándole que aquello no fue un sueño ni un libro para colorear; en los jardines y en las aceras hay torres de cabezas o de decapitados o de hígados o de cerebros o de excrementos o de carne triturada; algunos incendios aislados; perros y gatos ya sin formas definidas; asfalto roto y autos volcados: desolación y muerte.

Ella corre, corre como si cien llipo-yipos estuvieran persiguiéndola, el moco se pega y despega de sus suelas. Ya después, si encuentra un lugar que no haya sido  devastado por aquella estúpida gallina enana, podrá hacerse preguntas.

 

Emiliano González terminó de escuchar la historia, extrañado, lleno de rareza, de terror. Conmovido ante el destino de Claudia, con el imperativo deseo de ayudarla, de darle un abrazo y un beso en la mejilla; sonrió ante su cursilería. 

Cesó el martillar de los oxidados engranes de la máscara, luego suspiró al sentir la satisfacción de quien ha escuchado una buena historia. Entonces, más relajado, se quitó con cuidado la máscara. Al hacerlo pudo darse cuenta de que el techo y los muros del baño eran lisos, blancos, cóncavos, sin ángulos. El retrete y el lavabo habían desaparecido. Desde afuera empezó a oírse un inmenso cacareo, un temblor sacudió todo con rabia; alguien rompía el huevo donde él se encontraba; el techo se resquebrajó por completo: tuvo ante sí a una gigantesca niña que, luego de observarlo con morbo durante un par de minutos, tomó una enorme aguja y Emiliano González comenzó a suplicar clemencia…

 


Autores
(Morelia, 1980). Estudió Comunicación y es Maestro en Filosofía de la Cultura. Ha ganado el premio de Cuento Joven “Comala” por Cabalgata en Duermevela (Ed. Tierra Adentro, 2011) y el de Bellas Artes “San Luís Potosí” por Luna Cinema (Ed. Tierra Adentro, 2010). Es también autor de Embrujadero (Secretaría Michoacana de Cultura, 2010), Premio Michoacán de Libro de Cuento “Xavier Vargas Pardo” 2010, y La Noche es Luz de un Sol Negro (Ficticia, 2007), Mención en el Premio Nacional de Libro de Cuento Agustín Yáñez en el 2004. También ha publicado la novela Guiichi (Editorial Progreso, 2008) y el libro de ensayo La valística de la realidad (Secretaría Michoacana de Cultura, 2012), Premio Michoacán de Ensayo “María Zambrano”.
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