Tierra Adentro
Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

Adís Abeba es uno de los lugares políticamente más importantes del continente africano. Es, también, uno de los más ignorados por el resto del mundo. En 2012, Diego Olavarría viajó a esta ciudad y encontró lugares e historias que dan pistas tanto de un pasado semiglorioso como de las nuevas formas de la desigualdad social africana. Descubrió un espacio que, a pesar de su lejanía, se mantiene innegablemente en sintonía global, tanto en el plano económico como en el simbólico. Ésta es una primera versión reducida de la crónica que abre el libro El paralelo etíope, con el que el autor obtuvo el Primer Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay.

LA CAPITAL

Aterrizo en Adís Abeba a las cuatro de la mañana, el primer día del año 2012. En ninguna parte hay evidencias de festejos ni de cohetes. La ciudad está sórdidamente vacía, tenebrosa. En el aero­puerto acampan cuerpos envueltos en mantas de algodón. ¿Refu­giados? ¿Inmigrantes que esperan vuelos a otros lugares? ¿Gente sin hogar que duerme en el aeropuerto para no hacerlo en la calle? No lo sé, y tampoco los despierto para preguntarles.

Viajar es cambiar de tiempo. Una actividad que exige acostum­brarse a un horario diferente: jet lag, desfase de los ritmos fisioló­gicos. Pero en Etiopía el desajuste es más extremo. Gracias a un antiguo pleito religioso, los etíopes nunca mudaron al calendario gregoriano. Contrario al resto del mundo, nunca acataron la or­den de un papa que en su momento exigió modificar todos los relojes del mundo. Escribo esto, ya lo dije, el primero de enero de 2012, pero aquí corre algún mes del 2004. El 2005 no llegará hasta el 11 de septiembre de 2012.

Etiopía es muchos «únicos». El único país africano cristiano desde siempre: el imperio se convirtió a esta religión en el siglo IV, antes que Roma incluso. El único país africano gobernado du­rante siglos por un rey. El único país subsahariano —negro— que tuvo civilizaciones antiguas: mientras que el resto de África atrae visitantes por sus animales salvajes y paisajes, y no por sus obras humanas, Etiopía lo hace por sus antiguos palacios, antiguas igle­sias, antiguas tumbas. África es un continente en buena medida tórrido, pero la Etiopía histórica está en el altiplano, en las tierras frescas. Etiopía también fue, además de Liberia, el único que evitó caer en las garras del colonialismo europeo: en 1896 su ejército le propinó una paliza al italiano en la Batalla de Adwa. Los euro­peos regresaron a casa con la cola entre las patas, y no volvieron a intentar invadir por treinta y cinco años. Y aunque entre 1932 y 1941 ocuparon el país, no les alcanzó el tiempo para imponer su lengua: en Etiopía se habla y se escribe en amhárico —la lengua imperial etíope—, y ésa, y no el árabe ni el francés ni el inglés ni el portugués ni el afrikáans, es la lengua franca de todos los etíopes.

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

 

 

Vista desde el cielo, Adís Abeba (la gente le dice Adís) es una cuadrícula de casas de hojalata, islotes de árboles, cementerios muy grandes, montañas amarillas, planicies de polvo que en unos años serán, también, casas de hojalata porque la economía crece al 10% y esa historia ya nos la sabemos. Se ven iglesias con cúpulas redon­das, algunos edificios posmodernos —unos incluso muy de acero y vidrio— y autos. Más vegetación de la que esperaría, un verdor que sólo tenían las ciudades en el pasado, antes del pavimento, y que sólo tendrán en unos años las ciudades ricas, las que pue­dan pagarse azoteas verdes.

Los coches marca Lada que la Unión Soviética exportó a sus países aliados en los ochenta aquí siguen de taxis, desvencijados, azul pitufo. Mucha Jeep, mucho minibús hecho en China. Una proporción muy alta de los autos en las calles tienen placas di­plomáticas. Es decir: la minoría extranjera es dueña de una parte importante de autos. Entre los etíopes, sólo los muy ricos tienen carros porque Etiopía es un país de caminantes, de gente que ca­mina y camina y camina tanto que de pronto un día, miren, ése ganó el maratón.

Adís es una sensación familiar, a pesar de que nunca he estado en una capital africana. Quizás es la menos africana de las capita­les del continente. Está a dos mil cuatrocientos metros de altura, en el corazón del altiplano. El aire es fresco, la altura produce una ligera y familiar falta de oxígeno que me hace sentir en casa, en México D. F. Es el mismo clima que el de esa ciudad: seis meses de lluvia y seis de sol. Nunca muy caliente y nunca muy frío. Etio­pía tiene una población de ochenta y cinco millones de habitan­tes. Adís, la capital y ciudad más poblada, tiene tres millones: es pequeña. Desde 2008, poco más de la mitad de las personas del mundo vive en ciudades; en Etiopía, 81% de las personas aún vive en el campo. Es uno de los países más rurales que existen. Etiopía es, también, un país relativamente grande: un millón de kilóme­tros cuadrados, la mitad de México. Es decir: aquí aún hay tierras, más o menos, para los campesinos. Las ciudades son el produc­to más nuevo de un reino antiguo donde nunca hicieron falta.

Adís Abeba significa «Flor Nueva» en amhárico y es una ciu­dad, sí, muy nueva. Se fundó en 1889, cuando el emperador Me­nelik II decidió que había que fijar una capital y establecer un gobierno moderno para Abisinia, el viejo nombre de Etiopía. Los reyes anteriores llevaban siglos en el nomadismo: iban por el país cobrando tributo en las zonas donde las cosechas habían sido abundantes e ignorando a las hambrientas. Menelik esco­gió Adís por su clima suave, sus bosques adyacentes y sus aguas termales (hoy ya no brotan, pero en los cincuenta abastecieron la piscina del hotel Hilton). Menelik mandó construir su palacio en el cerro de Entoto, un poco lejos de lo que ahora es el cen­tro. Ese palacio y algunas chozas circundantes fueron la original Adís Abeba.

Hoy la ciudad se alejó de las montañas. Está abajo, en un va­lle. La mayoría de sus habitantes son muy pobres (en el mundo hay ciento noventa y tres países; sólo unos quince son más po­bres que Etiopía). Salvo por los barrios de los extranjeros y ricos, Adís es una ciudad miserable. Violencia política, enfermedades, malestar social, contaminación, marginalidad, hambre. La Flor Nueva evoca el perfume y la belleza, pero nada más falso: Adís con frecuencia es fea y huele a caño, a orines cocinados por el sol; la espesa contaminación que escupen los autos viejos im­pregna la saliva. La flor evoca tersos pétalos, pero Adís es dura.

Una ciudad golpeada —marchita— por décadas de violencia ex­trema, de masacres.

Adís: la niña de los ojos de África, la capital de los palacios, de los jóvenes idealistas y democráticos. La ciudad más importante del reino más viejo del mundo, del país con la iglesia cristiana más an­tigua del continente, de una nación que inventó su propio alfabeto en tiempos en los que el resto del continente no había inventado ni el tambor. Esta ciudad tendría que ser más de lo que es ahora. Más que esta promesa rota, más que esta colección de fantasmas.

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

 

HILTON

El mundo a veces puede ser esto. Que parezca mentira es secun­dario. Hace unos minutos esquivaba estafadores cerca de Piaz­za. Hace unos minutos era objeto de los alaridos de una pareja de policías federales (No photo! No photo!) que me impidieron captar en mi cámara el letrero del edificio de la ONU. Hace unos minutos caminaba por la Plaza Meskel, frente a una avenida de dieciséis carriles tenebrosamente vacía, una obra más propia de Pyongyang que de África. Hace unos minutos me soplaba en la cara el aire polvoriento de Adís Abeba, un aire lleno de tie­rra y basura, un aire sucio, como de obra negra. O más bien: de edificio abandonado. Porque así se siente Adís: como una obra inconclusa, como un proyecto del gobierno al que se le acabó el financiamiento. Las plazas son de la época de Selassie y Men­gistu, los edificios de organizaciones internacionales (el Banco de Desarrollo Africano, las oficinas de la ONU) tienen grandes letreros art déco oxidados, los lampiones tienen los focos rotos, los anuncios metálicos (desde Meskel se alcanza a ver un enorme símbolo blanco de Mercedes Benz) presumen negocios que hace mucho desaparecieron.

Pienso: todos estos iconos están tan dilapidados como los idea­les que representan: un desarrollo africano justo e incluyente, aje­no a colonialismos e injerencias extranjeras. Es imposible negarlo: la gran promesa etíope —la de un país progresista que lideraría al resto del continente en su marcha hacia un mejor futuro, la de una capital moderna y próspera— se hundió con un emperador más corrupto que López Portillo, dos guerras e innumerables al­zamientos. Se disolvió de la misma forma tétrica en que lo hacen las fumarolas de pólvora después de que el ejército masacra un disturbio. Adís es, de cierto modo, el esqueleto de esa promesa, de ese anhelo. Una flor que se marchitó antes de florecer.

Entre los símbolos de esa Gran Capital Africana hay algunos intentos de modernidad. Quizá éste, el hotel Hilton, sea uno de los más prominentes. Confieso: no sé exactamente qué hago aquí. No me hago ilusiones: ésta no es la casta de viajero a la que perte­nezco, y tampoco quisiera que así fuera. Nunca he pagado de mi bolsa por dormir en un establecimiento de este tipo, y no pienso empezar hoy. Pero vine aquí, al restaurante de la alberca del Hil­ton, porque estaba cansado. Porque a veces uno se cansa. Creo que Baricco lo escribió en la primera página de Seda: África cansa. Cansa más que América Latina porque aquí no entiendes, porque aquí tu piel es de otro color. Cansa más porque tu estómago no está acostumbrado a las bacterias endémicas. Y a veces necesitas el respiro de previsibilidad occidental que sólo puede brindarte una cadena hotelera.

Hace unos momentos estaba en las mugrosas calles cuidán­dome de carteristas, y ahora, tras cruzar una reja y una máquina de rayos equis, esto: albercas y jardines. Expatriados y diplomáti­cos. Gente de ONG con buenos presupuestos y gente ONU. Blancos casi todos. Business travelers que cargan club sándwiches a sus viáticos. Etíopes de clase alta con iPads y lentes Ray-Ban: más que sus jugos que valen lo de tres días de salario local, son los ademanes insolentes y sus gritos arrogantes las formas pre­dilectas que tienen de afirmar su posición social. Desde aquí, me gustaría decir que Adís parece una mentira. Pero es lo contrario: el que se siente como un impostor es uno. O tal vez no: esto de beber cerveza en un claustro donde los meseros visten de forma impecable tiene un aire como de vida colonial, de esos tiempos en que los europeos se congregaban tras los muros del único ho­tel de la ciudad. Tiempos de cazadores, comerciantes de marfil, mercenarios, capataces y policías imperiales. Tiempos de ferrocarriles en construcción y puertos a los que embarcaciones de madera llegaban cargadas de rifles franceses. Tiempos de esa gente de ropa de lino y sombrero que tomaba limonada en los patios de las casas coloniales en Zanzíbar. Estoy en una versión un poco más actualizada de eso.

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

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Y tal vez me asusta un poco. Así que me levanto. Camino de regreso al edificio del hotel y recorro el lobby en busca de la salida. En los sillones del bar se congregan las que deben ser las prosti­tutas más elegantes de la ciudad. Las veo con sus mejores vesti­dos, sentadas y escuchando atentamente las historias de ingleses cincuentones de brazos obesos vestidos con camisetas viejas. De atrás de una columna una de estas mujeres me susurra con fingida pasión: Take me to your room, baby.

Le lanzo una mirada furtiva. Descubro: dos ojos fieros pero pá­lidos, labios marchitos, algún tipo de enfermedad de la piel cre­ciendo a la altura de la sien. Desesperación y enfermedad mal ocultadas tras una capa de maquillaje. Un poco como Adís, pienso.

Not tonight, le respondo. Y camino hacia la puerta.

 

MERKATO

Antes de que este lugar se llamara Merkato ya había un mercado. Era el más grande del reino, su centro simbólico: el lugar donde todos los caminos convergían, donde los pueblos de Etiopía se encontraban para comerciar. Los italianos lo bautizaron como Gran Mercato Indegena. A ellos, los colonizadores, les daba lo mismo si era mursi o maya o inca: indígena.

En Merkato no hay arquitectura formal. Hay manzanas de pe­queñas bodegas y puestos improvisados, la mayoría al aire libre. La guía de viajes Bradt lo recomienda como algo imperdible por su «folclor», aunque sí advierte de la abundancia de «carteristas y asaltantes». Hoy Merkato es un sitio regado de basura, medio distópico. Huele muy mal, a lo que seguramente olieron las primeras ciudades. El olor a mierda es el gran anuncio de una civilización, pues concentrar personas es concentrar desechos. Siglos después, algunas ciudades tuvieron la idea del drenaje, que en Merkato aún no se ha implementado del todo: la gente orina en cualquier lado y las letrinas se desbordan, espesas.

Los etíopes dicen que todo lo que se vende en Etiopía se consi­gue en Merkato. De ser así, Merkato es testimonio de cuán pocas cosas se venden en el país. Puestos y puestos y bodegas y pasillos de ropa china, colchones amarillos de hulespuma, latitas de jugo de mango traídas del Yemen, cubetas plásticas, películas piratas, tra­peadores, unas pocas especies vegetales: ajo, cebolla, papa, jito­mate, zanahoria, col, pimiento. Una calle repleta de vendedores de hojas de khat, de todas las calidades y potencias, el kilo de la más cara vale treinta veces lo que la más barata.

En un traspatio descubro unas pesas para ejercicio hechas con engranes de máquinas: piezas redondas en cada extremo de un tubo metálico. En otro, un hombre me ofrece un lp original de un cantante ruso: algún etíope que estudió en Moscú lo habrá comprado allá en los ochenta. Otro vendedor ofrece un Walkman roto: le falta la compuerta y el botón de rewind; en su lugar tiene una palanca de metal que permite rebobinar a mano. Este últi­mo objeto sería basura en cualquier otra parte del mundo y nadie lo habría reparado. Paradojas de la escasez: en los países pobres no hay dinero para comprar tecnologías de actualidad y, como re­sultado, tienen valor objetos que en cualquier país un poco más rico no valen nada.

A unos pasos de ahí descubro una inusual montaña transpa­rente, una estructura escarpada y traslúcida que complacería a un arquitecto de vanguardia. Al acercarme descubro que es un monte de botellas de agua —de un litro y litro y medio— vacías, envueltas todas por una gigantesca y delgada red. La cordillera plástica se extiende por cientos de metros; hay partes donde las botellas caen sobre los techos de los puestos, azules y desbordan­tes como glaciares químicos. Hay montañas de otros objetos, in­cluyendo unos recipientes rectangulares color amarillo que hay en todo el país: tanques de agua con capacidad para dieciocho litros. Su omnipresencia —probablemente no exista burro etíope que no haya cargado uno en el lomo— es proporcional a la canti­dad de hogares sin agua corriente.

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

En Etiopía las botellas vacías no son necesariamente basura, tienen incluso un nombre coloquial: Highlands, en honor a la pri­mera marca de agua embotellada que existió en el país, y que data apenas de 1999. Las botellas son desechables pero nadie las desecha: sirven para llevar agua, pero también para almace­nar granos, aceite, la leche de una cabra. O para hacer un instru­mento. Así como los esquimales tienen veinte palabras para la nieve, en Etiopía la basura no es simplemente basura: un envase vacío tiene potenciales desconocidos, y se le designa con respeto y precisión.

Hacia el final de mi visita a Merkato me encuentro con un gru­po de hombres que fabrica sandalias con neumáticos viejos. Con movimientos de carnicero, uno de ellos filetea el hule. Luego, de acuerdo al pie del cliente, recorta los trozos de llanta y los atra­viesa con cordones. El pensamiento apocalíptico es inevitable. Quizá así se vea la Tierra cuando se agote la naturaleza: humanos saqueando basureros en busca de envases para fabricar vajillas, arrancando las alfombras de oficinas abandonadas para con­feccionarse abrigos, escuchando música en idiomas desconocidos para inventar una teoría del pasado. Para entender qué de­monios le pasó a la humanidad.

 

TAITU HOTEL

Hay muchos extranjeros que no salen del Taitu. Matan el día en la terraza, sus mesas llenas de vasos vacíos, los ceniceros repletos de colillas, tazas de café frío a la mitad. Cuando salgo temprano por la mañana a la ciudad y cuando vuelvo por la noche, ellos siguen ahí, en las mismas mesas, con las mismas computadoras frente a ellos. Mochileros, turistas con camisas de safari, algún asiático de lentes que nunca se cambia de camiseta: toda esa gente que vino a Adís Abeba y se arrepintió. Todos esos turistas que esperan vuelos a lugares más lindos, más fotografiables, y mientras tanto mejor no salen a la calle.

Esas contradicciones: los turistas de países ricos viajan a los paí­ses pobres a admirar lo natural, lo antiguo. A despreciar lo nuevo. Las civilizaciones sólo les interesan en calidad de ruinas. Viajan a México por Chichen Itzá. A Perú por Machu Picchu. A Egipto por las pirámides. Pocos reparan en ciudades como el D. F., Lima, Cai­ro o Adís Abeba. Posible definición del turista: persona a la que sólo le interesa el mundo en la medida en que es fotogénico.

 

MUSEO DE HISTORIA NATURAL

Adís es una exhibición de cadáveres. Un patíbulo que dobla de cementerio y museo, el tipo de lugar donde un fantasma se sen­tiría a gusto. El Museo de Historia Natural embona perfecto en esa colección de edificios y objetos desgastados que es Adís. Se trata de un sitio algo triste y venido a menos, aunque tampoco sé si alguna vez inspiró gloria. Más bien provoca un poco de me­lancolía, tristeza morbosa.

El patio está vacío. Pago veinte birr y entro. El museo tiene alfombras rojas, percudidas. Paredes cuarteadas por las que se cuela el sol y la humedad. Barandales de madera que se doblan como dientes de leche cuando te apoyas en ellos. Exhibe algu­nos artefactos: un León de Judá de bronce, el trono de madera de Haille Selassie, un parasol de hilo de oro de la emperatriz Taitu, una vitrina con modestas coronas.

La colección brilla por su pobreza. Los cuadros de arte mo­derno parecen pintados por alumnos de secundaria. Otros ob­jetos, como los cuernos de chivo adornados con conchas típicas de la tribu hamer y los platos que las mujeres mursi se colocan en los labios, son objetos que cualquier turista con tres dólares en la bolsa puede comprar en los mercados del sureste del país.

Todo lo que se exhibe en el primer piso —la cama del empera­dor, las coronas de los reyes, las reliquias imperiales— tiene una pátina de polvo. Tal vez ocurra que la suciedad es una forma de desestimar el pasado, de admitir su futilidad. De rebelarse contra él. Dejar que el pasado se caiga en pedazos es una especialidad humana que en Etiopía ha alcanzado grado de maestría. Este mu­seo lo dice claramente: miren, esto es lo que pasa con los palacios cuando caen los emperadores, lo que le pasa a las reliquias cuando los herederos de culturas antiguas toman los objetos históricos y los meten en edificios para que se pudran.

Esto pasa cuando la historia se convierte en pretexto para co­brar un par de dólares a turistas desinteresados: un museo que es la tumba de un imperio, su mausoleo más indiferente.

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

 

 

EL PLANETA DE LOS SIMIOS

Todos los humanos somos africanos. Etíopes, para ser precisos. A los antropólogos no les queda la menor duda: el Afar, una zona que hoy es desértica pero que hace tres millones de años era una verde y frondosa selva, es donde los primeros homínidos irguieron sus columnas y se convirtieron en algo diferente: en nosotros. De no ser por nuestras rodillas flexibles y nuestra impaciencia —tan pronto nos creció el cerebro y aprendimos a recorrer distancias largas, los humanos nos apresuramos a caminar por el mundo— el Homo sapiens sería una especie endémica del este de África. Homo ethiopus, tal vez nos llamaríamos.

Pero hubo otros que nos precedieron, y que nunca dejaron la región. Sus restos se hundieron en los lagos, quedaron atrapados en el chapopote. En ningún país del mundo se han recogido tan­tos restos de homínidos antiguos como en Etiopía. Homo erectus, en el Konjo. Homo habilis, en el Awash. El cráneo de Gawis, posi­ble eslabón entre el Homo erectus y el Homo sapiens, en el Afar. Los huesos más antiguos del Homo sapiens se encontraron en un arroyo de Omo del Sur. El esqueleto de Lucy, famoso por ser el más completo jamás encontrado de una homínida antigua, fue descu­bierto cerca de la frontera con Yibuti por Donald Johnson en 1973.

Cuando no están de gira por el mundo, en los museos de Lon­dres y Chicago, los huesos de los homínidos descansan en el sótano del Museo de Historia Natural de Adís Abeba. Ahí, se les presume en modestos exhibidores de vidrio y fieltro negro. Los turistas los miran con prisa, hacen algún comentario sobre lo feos que eran sus dientes, y siguen en busca de otra cosa.

La mayoría de los visitantes va directo a donde está Lucy, a quien le hacen un poco más de caso, pero tampoco mucho. Me asomo a verla: un trozo de mandíbula con forma de gancho, un hueso pélvico, varios pedazos de huesos de ambos brazos, unos restos de fémur. Y dos hileras de costillitas. Los huesos tienen tres millones de años.

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

Fotografías de José Vicente Resino y Eva Skibinska

 

 

En París, la Mona Lisa acapara la atención y las cámaras de millones de turistas cada año. En Etiopía, la mona Lucy yace en una vitrina, condenada a las miradas desconfiadas de unos pocos visitantes que se acercan, toman una foto, y se van. Borges escribió que el ojo del universo, el Aleph, estaba oculto bajo la escalera de una casa en Buenos Aires. Por mi parte, hoy confirmo que el ori­gen de la humanidad es una exhibición secundaria de un museo polvoriento. Que nuestra genealogía más remota es una fila de huesos ignorados en un sótano de Adís Abeba.


Autores
(Ciudad de México, 1984) creció en distintos países de América del Norte y el Caribe. Es escritor y traductor. Ha publicado crónicas y ensayos en distintos medios. Su primer libro, El paralelo etíope (FETA, 2015), ganó el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay.
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Fotografía cortesía de la autora
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