Tierra Adentro
El Puente Colorado une el centro de Mexicali con Pueblo Nuevo por el oeste. Fotografía por Paulina Sánchez.

De la ciudad subterránea al abandono

 

Bajo el “Tango”, el centro histórico de Mexicali, reposa La Chinesca: un barrio subterráneo desde el que los inmigrantes chinos manejaban la economía de manera clandestina a inicios del siglo pasado. Entre las décadas de 1920 y 1930, la Ley Seca en Estados Unidos dejó un derrame económico importante que hizo que el centro viviera un repunte. Elma Correa narra el lento declive de esta zona desde entonces hasta el terremoto de abril de 2010, a la par Paulina Sánchez lo registra visualmente.

 

La garita vieja de Mexicali ha sido un proveedor constante de deportados que todos los días llegan al centro de la ciudad sin más pertenencias que lo que llevan puesto, y en la búsqueda de refugio han contribuido al deterioro de sus inmuebles desocupados. Esto, y la falta constante de mantenimiento, dan como resultado construcciones de más de cien años que apenas se pueden sostener. El sistema de alcantarillado y drenaje, desde la calle Melgar en la Plaza de la Amistad —la pagoda que representa la comunión entre China y Mexicali— hasta la avenida Justo Sierra —el Paseo de la Reforma que nos merecemos, llena de hoteles de cinco estrellas, casinos y antros—, nos regala a todas horas la peste de sus aguas negras. A medida que nos alejamos de la garita el paisaje cambia. Del centro histórico a cualquiera de las tres carreteras por las que se puede entrar a Mexicali o abandonarla, se observa la urgencia por merecer el título de capital del estado. Las vías rápidas, los puentes, los fraccionamientos que venden el estilo de vida californiano, la fachada futurista de los edificios más recientes y sus dos garitas —que ostentan el galardón del cruce fronterizo más transitado del mundo— parecen construidos más para probar que esta ciudad puede ser modernidad, sueldos altos y confort. Como si alejándose del primer cuadro, y colonizando la periferia, pudiéramos olvidar su origen.

Los pioneros llegaron aquí escapando, y los pocos que no eran perseguidos venían de paso, sin intenciones de quedarse. Por ciento once años, Mexicali ha buscado ser reconocida como un triunfo del hombre sobre la adversidad del clima. Esa es la base de todo su orgullo: ser la ciudad que capturó al sol. Los primeros chinos que llegaron a esa ciudad cuando apenas estaba sugerida fueron los siete sobrevivientes de la tragedia del cerro El Chinero: un grupo de cincuenta chinos que huía de la persecución xenófoba de Sinaloa y Sonora intentaba llegar al puerto de San Felipe, pero el guía perdió el rumbo y vagaron durante días por el desierto. Cuarenta y tres orientales murieron de hambre y sed en distintos puntos del camino. Esos siete sobrevivientes fueron los primeros en abrir el paso en los campos de algodón a los braceros chinos. Debido a la incomunicación del Distrito Norte con el resto del país y a la escasez de habitantes mexicanos, en Mexicali era urgente la mano de obra barata que ellos representaban.

Centro naturista San Miguel, en Azueta y Juárez. El resto del edificio está abandonado. Por Paulina Sánchez.

Centro naturista San Miguel, en Azueta y Juárez. El resto del edificio está abandonado. Por Paulina Sánchez.

En 1904 la Southern Pacific Way introdujo el ferrocarril y se realizó el primer trazo urbano, del que aún subsisten seis calles: Lerdo, Juárez, Hidalgo, México, Melchor Ocampo y Morelos. Conforme la ciudad se fue expandiendo, las principales actividades comerciales se mantuvieron en ese primer cuadro, que quedaba delimitado hacia el norte por la frontera y al oeste por un barranco artificial, excavado a fuerza de dinamita en el intento de controlar la inundación de 1905. De manera que, al mismo tiempo que la ciudad crecía, ese sector permaneció, de alguna forma, separado simbólicamente. Dada la cercanía con los campos de trabajo del Valle Imperial, a veces se le conoció con la expresión popular de “Tango”, una deformación del downtown del idioma inglés, que terminó por constituir el “centro” de Mexicali en el imaginario de sus habitantes, sin estar geográficamente en ese lugar.

En esa ubicación particular se estableció el barrio chino, La Chinesca, que era el punto donde se desarrollaban las mayores transacciones económicas, ya que la comunidad china representaba el grueso de la población. La organización interna de los chinos era un sistema de asociaciones para apoyarse unos a otros y fortalecer su influencia. Se agrupaban de acuerdo a su apellido, región de origen, tipo de trabajo, etc. Desde el momento en que emigraban ya estaban afiliados a una asociación y se sometían a su reglamento, que normaba desde la designación de las labores que se realizarían en Mexicali y su función en y para la comunidad, hasta el control de los gastos personales. Cada asociación tenía su propia forma de resolver los conflictos entre sus miembros, sin acudir a las leyes mexicanas.

A la zona donde se concentraba La Chinesca y sus alrededores se le conocía como “el pueblo”, ya que los cachanillas —gentilicio surgido de la abundancia de esta planta en la región— debían trasladarse desde la periferia para realizar sus trámites cotidianos. Era tan común llamarla así que, cuando se levantaron los caseríos del otro lado del barranco, se nombró Pueblo Nuevo a esa colonia. Para conectarla con el área comercial, a través de la grieta se construyó el puente Colorado, que se conserva en la actualidad.

Los empresarios estadounidenses que tenían intenciones de asentarse en el Valle Imperial, particularmente en el límite fronterizo, sabían que el sistema de riego que corrió por primera vez el 14 de junio de 1901 convertiría esas extensiones en un emporio agrícola, y que necesitaría de mucho trabajo para sostenerse. Así nació la ciudad de Mexicali, en simetría bilateral con Calexico, su gemela angloparlante. Sus nombres se formaron de anagramas contrarios con las palabras México y California, como si las sílabas estuvieran viéndose al espejo. Calexico quiere decir: “donde termina California y comienza México”. Mexicali debe significar lo contrario, pero al ser la ciudad más septentrional del territorio mexicano, es el lugar donde termina Latinoamérica y comienza el primer mundo (aunque por cuestiones poético-climáticas, se haya popularizado que América Latina termina en Playas de Tijuana, ahí donde las rejas de la franja divisoria se pierden en el Pacífico).

El mercado “El Ahorro” fue la primera tienda de abarrotes de Mexicali, ahora abandonada. Los sótanos y túneles de la estructura están inundados. Por Paulina Sánchez.

El mercado “El Ahorro” fue la primera tienda de abarrotes de Mexicali, ahora abandonada. Los sótanos y túneles de la estructura están inundados. Fotografía por Paulina Sánchez.

Estas dos ciudades paralelas estuvieron separadas en su momento sólo por “el bordo”, un montón de tierra que se elevaba sobre las tuberías de los canales que transportaban el progreso que domaría al desierto. No había aduanas ni se necesitaba pasaporte para recorrer ambos poblados como si fueran uno. La única diferencia visible era que en Calexico vivían los patrones, mientras que a Mexicali llegaban los pioneros que serían contratados por empresas agrícolas como la California Development, Imperial Land y la Colorado River Land Company.

Durante las décadas de los veinte y treinta Mexicali tuvo un gran impulso. En ese periodo se construyeron la mayoría de los edificios que ahora se consideran patrimonio cultural: la aduana, el Hotel Imperial, la casa de juegos El Tecolote, el parque Héroes de Chapultepec, la escuela Cuauhtémoc (hoy Casa de la Cultura), el palacio de gobierno (hoy Rectoría de la UABC), el edificio de correos, el edificio Guajardo, el panteón de los Pioneros, la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe, la primera Biblioteca Pública (hoy Archivo Histórico del Estado), el Palacio Municipal (hoy Facultad de Artes de la UABC), las escuelas Leona Vicario y Benito Juárez, el Mercado Municipal, la Cervecería Mexicali y el Banco Agrícola Peninsular (hoy sede de Bellas Artes), entre otros.

Ese esplendor de infraestructura debe agradecerse a la Ley Volstead o Ley Seca, que promulgaba la prohibición de la venta, producción, distribución y consumo de bebidas alcohólicas en territorio estadounidense, lo que provocó que proliferaran centros nocturnos, casinos, cantinas y cabarets a lo largo de la frontera para cubrir la necesidad de esparcimiento de los norteamericanos. Mientras los yuanes y los dólares se apilaban, también aumentaban los problemas sociales, el alcoholismo y la violencia, resultado de la permisividad y el consumo de licores sin regulación. Para hacer frente a esta situación aparecieron varias ligas moralistas que, con sus exigencias, consiguieron que se levantara un gran tramo del cerco fronterizo entre Mexicali y Calexico, además del triunfo que les significó la clausura —temporal— de las casas de juego más populares.

Las buenas señoras, preocupadas por la poca moral y la atmósfera pendenciera de Mexicali —la mal portada—, podían dormir en paz con sus cuatro pares de faldillas y mallones de manta de tres vueltas que impedían el paso del pecado. En la superficie del “Tango” se observaban establecimientos administrados por chinos de actitud meditabunda, como cafés, restaurantes, casas de cambio, cantinas de parroquianos que no permitían la entrada a gringos problemáticos, abarrotes, tiendas de ropa y zapatos, mezclados con bancos y oficinas administrativas del ayuntamiento de la ciudad.

Todo en orden.

Debajo había un entramado de subterráneos, un laberinto de túneles que los chinos construyeron para protegerse del clima, y después, al estar interconectados con Calexico, para poner en funcionamiento, de modo clandestino, prostíbulos, casinos y fumaderos de opio. También servían como vías para el tráfico de personas y de alcohol, o como albergue temporal para los chinos recién llegados que no se reportaban a la oficina de migración. Esto, controlado por la mafia china desde su base en Macao, junto a Cantón —lugar de origen de casi todos los inmigrantes—, y en colaboración con la facción de la mafia que actuaba en San Diego.

Entrada a un sótano  utilizado como casino  clandestino junto al restaurante Victoria, detrás del Templo Metodista chino. Fotografía por Paulina Sánchez.

Entrada a un sótano utilizado como casino clandestino junto al restaurante Victoria, detrás del Templo Metodista chino. Fotografía por Paulina Sánchez.

Las noticias de esa ciudad bajo tierra fueron un poco secreto a voces, un poco rumor sin confirmar, hasta mayo de 1923, cuando un incendio puso en evidencia esa forma de vida que recuerda a una granja de hormiguitas. Al Capone, Frank Nitti y Lucky Luciano corrían farras, instalaban destilerías y arrojaban billetes verdes desde los balcones de los hoteles más lujosos de Mexicali. Es una coincidencia sospechosa que La Chinesca se incendiara y quedara expuesta cuando los tres gángsters tomaron el control del tráfico de opio y morfina en esta frontera. Con el incendio y el descubrimiento del tamaño de la red de túneles, las autoridades tomaron medidas para limitar a los chinos y evitar que, al recuperarse del incendio —que les reportó pérdidas materiales calculadas en más de tres millones de dólares—, tomaran nuevo impulso en sus actividades, usando prácticas de segregación como restricciones comerciales y la imposición de impuestos especiales.

Ese incendio, y uno más de consecuencias similares en la década de 1960, fueron suficientes para que se propagaran toda clase de historias sobre una ciudad subterránea habitada lo mismo por dragones y monstruos míticos que por guerreros caídos en desgracia o malvados orientales de bigotes y uñas tan largos como su odio. Lo cierto es que después del segundo incendio no quedó un solo chino en los túneles.

El abandono del subsuelo de La Chinesca fue gradual. Como respuesta natural al fraccionamiento de predios y la venta de locales a los mexicanos, se clausuraron pasadizos, lo que cerró la comunicación e impidió el tránsito. Actualmente la mayor parte de los sótanos está inundada y sólo algunos trayectos en lugares específicos hacen las veces de refugio a personas sin hogar.

El restaurante Dong Cheng, uno de los más antiguos, sobrevive pese a que no ha sido reparado después del temblor de 2010. Fotografía por Paulina Sánchez.

El restaurante Dong Cheng, uno de los más antiguos, sobrevive pese a que no ha sido reparado después del temblor de 2010. Fotografía por Paulina Sánchez.

El centro histórico de Mexicali tuvo su primera crisis con la mudanza de los servicios gubernamentales y los grupos empresariales más importantes a mejores instalaciones en sectores modernos de la ciudad. Luego, durante el auge de la industrialización, la llegada de las maquiladoras cambió de forma definitiva los focos de actividad económica. Los comercios sobrevivieron apenas, y cuando parecía que volverían a despuntar vino la devaluación de 1974. Para cuando llegó la de 1994, con la competencia desleal que supuso la inauguración de Plaza La Cachanilla en 1989 —un centro comercial que por casi diez años fue el más grande y moderno del noroeste, al estilo de los malls californianos, y lo nunca antes pensado: con mil seiscientas toneladas de refrigeración—, el centro histórico parecía un pueblo fantasma de estructuras abandonadas o por abandonarse. Muchos de los dueños originales murieron intestados, dejando en el limbo legal sus propiedades. Varios de los predios más grandes, algunos de manzanas completas, configuraron su administración como sociedades anónimas que perdieron pronto el interés porque no eran espacios redituables.

En esas circunstancias, la Falla de San Andrés decidió que era momento de recordar a Baja California que su futuro es convertirse en una isla que terminará estrellándose sin remedio contra Alaska, y el 4 de abril de 2010 nos regaló un terremoto de 7.2 grados en la escala de Richter que sorprendió a todos en el sopor de las tres de la tarde. La sacudida de la Placa Continental contra la Placa del Pacífico dejó a más de cinco mil familias damnificadas y pérdidas de cientos de miles de pesos en daños.

A pesar de que el epicentro se registró en el Valle de Mexicali, el centro histórico fue una de las áreas más afectadas por la antigüedad de su arquitectura. Un conjunto habitacional que representaba un icono de la zona, los condominios Monte Albán, construidos en el límite entre el centro y Pueblo Nuevo, se vinieron abajo, y La Chinesca soportó lo que al parecer fue uno de sus últimos estertores. O tal vez no.

El Hotel del Norte, en la Esquina Melgar y Madero, en la primera calle de la ciudad. Junto a la Plaza de la Amistad y la garita vieja.Fotografía por Paulina Sánchez.

El Hotel del Norte, en la Esquina Melgar y Madero, en la primera calle de la ciudad. Junto a la Plaza de la Amistad y la garita vieja.Fotografía por Paulina Sánchez.

Un grupo de ciudadanos nativos del centro histórico, comandados por un joven comerciante, Rubén Hernández Chen, ideó un plan para rescatar sus calles y callejones. Una reestructuración completa busca revitalizar los comercios, los bares, cantinas, restaurantes y cafés, en colaboración con el Municipio y las autoridades de las instituciones culturales. El plan incluía recorridos guiados por los sótanos de La Chinesca que todavía resisten bajo el peso de los curiosos. Su energía era conmovedora. Los golpes que propina la vida, también.

El año pasado se invirtió una cantidad considerable de recursos y esfuerzo humano para convertir el pasaje frente a la catedral en una especie de Alameda sin álamos donde los mexicalenses pudieran recrearse y salir a pasear en familia. Se remodeló la calle cambiando el sucio pavimento por empedrados bucólicos, se colocaron faroles coquetos y los artistas plásticos de la ciudad —acompañados de los que aspiran a serlo— dejaron su impronta en forma de murales. El resultado no era tan despreciable como uno podría imaginar. Se llevaron a cabo un par de conciertos auspiciados por la municipalidad y algunos festivales de cerveza. Las cosas parecieron funcionar unos meses hasta que el ex alcalde, antes de dejar su cargo, permitió la libre circulación de los automóviles sobre los empedrados y sobre las ilusiones de varios. El conato de resucitación dejó al centro de Mexicali sólo la humillación. Por lo demás, continúa inmóvil, apenas sostenido, viendo pasar los inviernos y los veranos entre ruinas. Reflejo del pasmo de sus habitantes, esa geometría básica y descuidada parece a la espera de que la naturaleza le reclame de una vez el espacio usurpado. El centro es la postal más triste: senil, sin control de sus esfínteres, perplejo y solitario, plagado de pichones.

Brodsky escribió de San Petersburgo, “ésta es una ciudad en la que resulta más fácil soportar la soledad que en ningún otro lugar: porque la propia ciudad es presa de la soledad. La idea de que estas piedras nada tienen que ver con el presente y menos aún con el futuro brinda un extraño consuelo”. Qué suerte que nunca estuvo en Mexicali.

 

 

El Hotel de los Migrantes Deportados,  a un par de cuadras de la línea internacional.

El Hotel de los Migrantes Deportados, a un par de cuadras de la línea internacional.

 

HOTEL DE PASO

Entre 1935–1936 el Hotel Santa Clara abrió sus puertas en el predio donde se estableció la primera aduana de Mexicali. Para la década de los ochenta, su nombre había cambiado a El Centenario. Se rumoraba que había mucha droga, tanto para venta como consumo, y que los pleitos eran cosa cotidiana. Lo que sí es cierto es que fue utilizado durante muchos años como escondite para los migrantes que estaban a la espera de cruzar sin documentos al otro lado. En sus últimos años, el hotel no tenía luz ni agua. A inicios del año 2008 quedó completamente abandonado. Una vez desmantelado, se convirtió en un picadero. A pesar de sus condiciones precarias, dos años después, la asociación civil Ángeles sin fronteras negoció la renta del lugar con el fin de convertirlo en un albergue para los cientos de migrantes que son deportados diariamente.

Descubrí la existencia del Hotel de los Migrantes Deportados en el verano de 2010, cuando trabajé en el registro fotográfico documental del “Tango”. Así fue como nació la idea del proyecto documental HOTEL DE PASO, que concibe al hotel como un eje para contar las historias que hospeda: las dinámicas que surgían en el interior del hotel, cuánta gente entraba y salía y cómo son las relaciones que se crean entre ellos.

—Paulina Sánchez

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Elma Correa es narradora. Aparece en el libro de entrevistas Veintitrés y Uno. Charlas con 23 escritoras de Óscar Alarcón y su trabajo está incluido en compilaciones como Sólo cuento IX, Breve colección de relato porno, Lados B, Cuadernos del Periodismo Gonzo, Narrativa del norte, Pan de muerto, dos números especiales de ficción de Vice, entre otras. Ha publicado textos en revistas como Vice, Punto en Línea, Pez Banana, Shandy, El Septentrión, Tierra Adentro y emeequis. Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018) es su primer libro de relatos.
(Baja California, 1979) es maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO. Es fotógrafa y realizadora documental. Actualmente trabaja en la postproducción de su ópera prima HOTEL DE PASO.
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Fotografía cortesía de la autora
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