Tierra Adentro
Ilustración realizada por Jal Reed

De tanto en tanto, despierto con el opening de Pokémon atorado en la cabeza. Cada vez que pasa, siento que regreso a inicios de los 2000. A ese tiempo de infancia donde mi hermano y yo corríamos de regreso de la primaria, prendíamos la televisión y veíamos en Canal 5 otro episodio de las aventuras de Ash Ketchum y sus amigos.

Basta con esa tonada pegajosa, ese yo quiero ser siempre el mejor para que años de televisión regresen volando a mi mente. Estoy ahí de vuelta y me acuerdo de todo: de Misty y Brock, del equipo Rocket y la escena de James “el guajolote” Macías, la triste historia de Meowth con Meowzie y la emoción de ver a Ash compitiendo en una liga. Vuelvo a estar ahí, en el mundo brillante de Pokémon y me parece, entonces, que no ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me senté a ver a Pikachu en la tele. Pero este día marca el 25 aniversario del lanzamiento del anime de Pokémon y me doy cuenta de que ya no sé cómo se llaman los nuevos compañeros de aventuras de Ash. Hemos cambiado, Pokémon y yo, pero no importa porque volver a él es como ir al sitio a donde uno llega de tiempo en tiempo, después de un largo viaje, y se siente como regresar a casa.

El anime de Pokémon estrenó su primer capítulo el 1 de abril de 1997 en la cadena TV Tokio, tan solo un año después del lanzamiento dual de los videojuegos Pokémon Red y Pokémon Green para el Game Boy, los primeros de la saga. El anime llegaría a Estados Unidos hasta 1998 y a México en 1999. Esto marcó el inicio de la “Pokémania”, también apodada la “fiebre amarilla” por el color del Pokémon principal del anime: Pikachu, el ratón eléctrico de mejillas rojizas y compañero eterno de Ash, el protagonista. Ese fue el inicio de todo y desde entonces Pokémon no ha parado, con más de 1000 episodios, 20 temporadas y varias decenas de adaptaciones al manga, Pokémon formó parte por igual de infancias y adolescencias, viendo a una generación entera  de sus seguidores convertirse en adultos.

La trama del anime puede parecer complicada, pero en realidad no lo es. Ash Ketchum, un niño de 10 años, viaja a través del mundo con sus amigos en busca de pokémon, criaturas inspiradas en insectos, animales, plantas, objetos y seres mitológicos. Ash desea convertirse en un Maestro Pokémon, ganar la Liga Pokémon, un torneo donde los pokémon pelean entre sí dirigidos por un entrenador, y lograr capturar (o al menos registrar en su Pokédex, un catálogo de todos los pokémon) a todos los Pokémon existentes. Para lograr clasificar en el torneo de la Liga tendrá que viajar por distintas ciudades en busca de los gimnasios pokémon y derrotar a sus líderes. En el camino, se enfrentará a rivales, enemigos y pokémon salvajes. Esta formula es sencilla e infinita y sin importar las regiones que visite Ash o los nuevos pokémon que descubra, se seguirá repitiendo a lo largo del anime.

Es difícil intentar explicarle a cualquiera que no haya crecido en los tiempos de la Pokémania el profundo impacto cultural que tuvo Pokémon en nuestra generación y en los productos mediáticos que vendrían después. De alguna manera, no basta con decir que Pokémon llegó a ser la segunda franquicia más importante del mundo, que dejó atrás a Hello Kitty y solo fue superada por Mario; que sobrepasó por mucho a su contemporánea, la Pottermanía, en ventas y popularidad o que inició un género de entretenimiento multimedia al que después le seguirían la pauta otras franquicias como Digimon, Yu-Gi-Oh! o Beyblade.

Para pintar una imagen más certera, puedo decir que en esos años todo, absolutamente todo, estaba lleno de Pokémon: loncheras, mochilas, estucheras, llaveros, calcetines, sábanas, colchas y otras amenidades mostraban el rostro sonriente y ratonesco de Pikachu; la radio transmitía sus openings; los cines exhibían sus películas; las tiendas se llenaron de peluches y figuritas de los protagonistas de la serie y de los 151 pokémon iniciales. Todos tenían un pokémon favorito, un personaje favorito, un opening favorito y quienes no jugaban el videojuego, el juego de cartas o con los tazos que salían en las papas sabritas, al menos habían visto una de las películas o uno de los episodios de la serie. Pokémon era inescapable.

Cada semana, nos sentábamos impacientes ante nuestra televisión para ver otro episodio, comprábamos la mercancía o la admirábamos de lejos (yo, por ejemplo, siempre soñé con un Pokédex y un Eevee de peluche y envidiaba terriblemente la pokébola que mi hermano recibió por su cumpleaños), cantábamos los openings, íbamos a ver las películas y vivíamos en ese universo amarillo y feliz de monstruos coleccionables.

Pero, aunque haya parecido así, Pokémon no empezó ese 1 de abril de 1997. Ni siquiera empezó con el lanzamiento de los primeros videojuegos de la saga. Inició en un bosque a las afueras de Tokio donde un niño buscaba insectos. Todo comenzó con Satoshi Tajiri.

Nacido en 1965, Tajiri creció en las afueras rurales de Tokio, destinadas a ser consumidas por la creciente masa citadina. De esos años, Satoshi recuerda la emoción de salir a explorar los ríos y bosques que rodeaban su casa en busca de toda clase de mariposas, escarabajos y gusanos. Soñaba con un día convertirse en entomólogo y coleccionar insectos, pero ese sueño se vio interrumpido por  el frenético ritmo de urbanización de Tokio.

Satoshi Tajiri vio desvanecerse los ríos y bosques que habían sido tan importantes para sus juegos infantiles dando paso a la gran ciudad. Con ellos se fueron también los insectos que tanto había querido. Pero el anhelo de aventura y descubrimiento nunca lo dejó. En lugar de una exploración física, emprendió una digital y se volcó en un mundo distinto.

Desde ese momento y para siempre, la vida de Satoshi Tajiri dejaría de enfocarse en los insectos para girar en torno a los videojuegos. Con el pasar de los años fundó Game Freak, un fanzine de bajo presupuesto sobre videojuegos escrito por él e ilustrado por Ken Sugimori. Game Freak se hizo popular y Tajiri y Sugimori empezaron a preguntarse si podrían hacer la transición de fanzine a empresa desarrolladora de videojuegos. Lo lograron. Llegaron a trabajar con Sega, PlayStation y Nintendo creando para ellos juegos que tuvieron un éxito moderado.

Fue entonces cuando Tajiri empezó a soñar con crear un videojuego que encapsulara el sentido de aventura y maravilla que había encontrado de niño al cazar insectos en el bosque. Quería juntar la búsqueda y captura de seres extraños con la nostalgia del Tokio rural, ahora desaparecido, de su infancia, en una sola experiencia a la que llamaría “Capsule Monsters”. Presentó su idea a Nintendo y Shigeru Miyamoto se interesó por ella. Con Miyamoto como mentor y Sugimori como director artístico, parecía que no tomaría mucho tiempo para que el proyecto entrara a la fase de producción. Pero pasarían todavía varios años antes de que los Capsule Monsters vieran la luz ahora convertidos en Pocket Monsters y abreviados como Pokémon. Nintendo tenía sus dudas sobre las capacidades de Tajiri para dirigir el proyecto y del éxito que podría alcanzar un juego con un concepto tan nuevo.

A pesar de las dudas, el momento llegó y Pokémon fue lanzado el 27 de febrero de 1996 con una dinámica revolucionaria. Aprovechando el sistema de transferencia de datos del Game Boy, el juego sería publicado en dos versiones, Red y Green, cada una con distintos pokémon. La meta: atrapar a cada uno de los 150 monstruos de bolsillo. Para lograrlo, el jugador tendría que comprar ambas versiones del juego o intercambiar pokémon con amigos y conocidos para lograr completar su Pokédex. Nintendo no pensaba que tendría el éxito monumental que tuvo, pues, además de sus dudas sobre el atractivo que podría tener para su audiencia, acababan de lanzar su nueva consola, el Nintendo 64 y creían que las entregas para ese sistema opacarían a las del entonces ya viejo Game Boy. Se equivocaron, desde luego, y Pokémon se convirtió en la opción por excelencia de los jugadores de consolas portátiles.

Pronto salió otra versión del juego, titulada Blue y pensada como una edición especial que solo podría ser pedida por correo. Aunque después fue distribuida como si siempre hubiera sido parte del tiraje inicial. A ella se unió la versión Yellow, inspirada por el éxito del anime y con Pikachu en un rol más importante. Desde entonces, la maquinaria de Pokémon no ha parado.

Me parece increíble que Pokémon haya durado tanto tiempo, que un concepto tan sencillo como coleccionar monstruos y ponerlos a pelear entre sí, haya sobrevivido durante más de 20 años. Pero al mismo tiempo ya no puedo imaginar un mundo donde no existan Pikachu, Chikorita o Vaporeon. Forman parte de mí.

No recuerdo exactamente cuál fue el primer episodio que vi del anime, pero sí lo maravilloso, vibrante y extraño que se me hizo su mundo. Me enamoré de Pokémon, como muchos otros niños de mi edad, porque me permitía explorar un universo inalcanzable y mágico. Porque me llevaba a un lugar de imposibles hechos realidad donde podía emprender nuevas aventuras al lado de Ash. Creo que ese fue el verdadero poder de la Pokémania: darnos la sensación de que podíamos explorar ese mundo, cambiarlo y descubrir sus secretos.

Si Pokémon fue construido sobre el deseo de Satoshi Tajiri de regresar a los bosques ahora desaparecidos de Tokio, mi amor por la franquicia descansa en la nostalgia de un tiempo donde mi paz estaba en sentarme a ver la televisión después de la escuela, coleccionar tazos y soñar con que Ash algún día sería campeón de la liga Johto. Esa fue la época de soñar en grande. De Sakura Card Captor, Ranma 1/2, Dragon Ball Z, Digimon y Pokémon. Fue el momento en el creímos que todo era posible porque todo lo era para los protagonistas de nuestros animes favoritos.

Han pasado muchos años desde entonces y sé que nunca me pondré al corriente con las temporadas, películas y mangas que tengo  atrasados de Pokémon. Prefiero no hacerlo, prefiero no ir buscando ese bosque para darme cuenta, como Satoshi Tajiri, de que ha desaparecido para siempre, reemplazado por algo más. Prefiero no enterarme si el anime ha perdido su esencia. Así seguirá siendo el mismo cada vez que piense en volver a él. Ese pasado seguirá existiendo, resguardado en algún lugar del internet.

Quiero pensar que aún si Pokémon ha cambiado, teniendo que adaptarse a nuevas audiencias, nuevas generaciones que crecerán con su propia versión de la pandilla de Ash, seguirá siendo esencialmente el mismo. Seguirá habiendo una liga que ganar, un grupo de amigos con quienes recorrer el mundo, un equipo Rocket causando problemas, una tierra que explorar y un grupo de pokémon a los que conocer y atrapar. Quiero pensar que yo tampoco he cambiado tanto y que de alguna manera sigo ahí: en esa tierra remota llena de la expectativa de nuevas aventuras.