Tierra Adentro

Para Kinam

 

Pasé mucho tiempo mirando al abismo y jamás esperé que cuando me regresara la mirada sería en la forma de una sonrisa de cuatro kilos y medio con olor a bebé.  Hoy duermes en casa de tu abuela mientras me quedo en casa escroleando a través de memes y videos de risa, procrastinando este ensayo que en un inicio se iba a tratar del internet pero ahora no sé muy bien hacia dónde vamos.

O tal vez sí.

Sé muy bien que voy hacia las 7 a. m.

                                                                                   Hacia el grito.

Pero empecemos por un señor llamado Gastón Bachelard (1884-1962).

Este compa que te digo fue un rebelde que llegó a leer los libros e ir a las conferencias de otro señor muy famoso en su tiempo: Henri Bergson. De él aprendió que el tiempo que vivimos es diferente al tiempo del reloj porque éste último es medido, está en fórmulas, lo vemos afuera, clavado en paredes y teléfonos que miramos ansiosos esperando la hora de salir del trabajo, además, todos los segundos valen igual, mientras que el tiempo vivido o duración (Durée, como le llamaba Bergson) es único e interno, es la forma en que sucedemos, el hambre y el sueño que sentimos, las risas y el llanto, las veces que bailamos y las veces que cantamos. En esto Bachelard estaba de acuerdo, pero al mismo tiempo le caían medio gordas algunas conclusiones de Bergson, específicamente aquella que decía que la duración es un río continuo, Bachelard le contestó “simón, pero el río sólo importa por el trueno que le cae”. Así que dedicó gran parte de su trabajo filosófico a defender el instante.

En un ensayo muy bonito titulado Instante poético e instante metafísico (1985), Bachelard nos dice que el instante poético es metafísico, es decir, “debe dar una visión del ser y de los objetos al mismo tiempo” (Bachelard, 1985). Este instante se contrapone a la duración de Bergson (horizontal para Bachelard) en que es vertical discontinuo, interrumpe de forma violenta en el flujo del tiempo y rompe con la continuidad, elevando o profundizando así al sujeto, pues el instante poético es también la unión de los opuestos.

Todo esto muy chulo para que algún día se lo cuentes al oído a la persona que te gusta, pero hay otro tipo de instante que últimamente me ha estado rondando la cabeza.

En esta era digital en la que te tocó nacer, donde todo está cada vez más conectado, pero al mismo tiempo todo parece tan distante, un concepto se ha popularizado en ciertos círculos académicos y no tan académicos: lo híper, un término que solemos asociar con conectividad y velocidad, pero en realidad su etimología griega (hypér) refiere a un exceso o algo que va más allá de cierta cosa, en este caso la física.

Si la metafísica fundamenta y sostiene la realidad, la hiperfísica, dada su condición de exceso contenido en un punto, la comprime, la edita y la modula. Tomemos el meme como ejemplo.

Un meme va más allá de ser sólo una imagen con texto. Es un recorte del mundo que llega ya digerido, comprimido, listo para producir una reacción inmediata: risa, enojo, identificación. En menos de un segundo, algo que podría haber sido una historia, una conversación o incluso una experiencia completa, se vuelve un destello.

 

            Un meme irrumpe.

 

Y en esa irrupción hay algo del instante poético de Bachelard, pero torcido, acelerado, reproducible hasta el cansancio. Porque mientras el instante poético abre una profundidad en el ser, el meme parece hacer lo contrario: aplana, pero al hacerlo también conecta. Es un lenguaje mínimo que, sin pedir permiso, te hace sentir acompañado a las 3:47 de la mañana mientras deslizas el dedo hacia arriba, otra vez, otra vez.

 

Scroll.

 

Otro.

 

Otro.

 

Aquí el tiempo ya no es duración ni instante: es una serie de microgolpes que no terminan de asentarse. No hay río ni trueno, hay una tormenta constante de pequeñas descargas.

 

A esto le llamo instante hiperfísico.

 

No está fuera del mundo, como la metafísica, ni lo interrumpe para revelarlo, como el instante poético. Más bien lo sobrecarga. Lo exprime hasta volverlo señal. Cada imagen, cada video, cada risa enlatada es un exceso contenido en un punto: demasiada información, demasiado contexto, demasiada emoción, todo reducido a algo que cabe en la palma de la mano.

 

Y sin embargo, ahí estás tú.

 

Y aquí estoy yo.

 

Desvelado, pensando en ti mientras veo un video de un gato que habla con voz de señor cansado.

 

Lo hiperfísico no es lo digital en sí, es una forma de operar la realidad bajo condiciones de exceso, compresión y circulación. No está en otro plano: está encima, atravesando lo físico hasta volverlo otra cosa. Como cuando una emoción real se vuelve sticker.

 

Te propongo pensarlo en tres características.

 

1.- Compresión intensiva (demasiado en muy poco)

 

Lo hiperfísico agarra algo que en el mundo tomaría tiempo —una experiencia, una historia, una emoción— y lo aplasta hasta volverlo instante puro.

 

Un meme de “estoy cansado jefe” no sólo es chistoso:

contiene precariedad laboral, cultura pop, ironía generacional, agotamiento existencial… todo en una imagen + una frase.

 

No hay proceso.

No hay desarrollo.

Hay impacto.

 

Es como si el trueno de Bachelard ya no cayera sobre el río, sino que el río entero hubiera sido comprimido dentro del trueno.

 

En internet esto se manifiesta como:

 

  • Memes.
  • Tweets.
  • Clips de siete segundos que “explican” una emoción completa.

 

Todo cabe. Todo pesa menos. Todo llega más rápido.

 

2.- Circulación infinita (nada se queda, todo pasa)

 

El instante poético de Bachelard es único, irrepetible.

El hiperfísico, en cambio, se replica hasta perder origen.

 

Un meme no pertenece a nadie.

Se rehace, se remezcla, se resignifica.

 

Hoy te da risa.

Mañana es político.

Pasado mañana es cringe.

 

Aquí el instante ya no se queda en ti: te atraviesa y sigue.

 

Por eso el gesto central es deslizar:

 

scroll

scroll

scroll

 

Cada meme es un instante al que le es indiferente durar, sólo busca circular.

 

Y ahí pasa algo raro:

la experiencia deja de ser acumulativa (como en Bergson) o reveladora (como en Bachelard) y se vuelve tránsito puro.

 

No recuerdas memes específicos.

Recuerdas la sensación de haber estado ahí.

 

Como un sueño leve.

Como ruido que te acompaña.

 

3. Modulación afectiva (sentir sin habitar)

 

Aquí está lo más delicado.

 

Lo hiperfísico programa la emoción en ráfagas.

 

Te hace reír → siguiente

te indigna → siguiente

te enternece → siguiente

 

No te deja quedarte.

 

Es una especie de consola emocional donde cada input produce un output inmediato, pero sin profundidad temporal. No hay digestión.

 

Lo hiperfísico va más allá de lo digital. Es una forma de operar la realidad bajo condiciones de exceso.

 

Compresión.

Circulación.

Modulación.

 

Tres gestos del mismo vértigo.

 

Todo se aplasta.

Todo se repite.

Todo se siente… pero no se alcanza a habitar.

 

Te hace reír.

Siguiente.

 

Te indigna.

Siguiente.

 

Te enternece.

Siguiente.

 

Pero entonces pasa algo.

 

Algo que no circula.

 

Algo que no se repite.

 

Algo que no cabe.

 

Y entonces lo entiendo.

 

El verdadero instante hiperfísico es tu gritito de alegría a las 7 a. m.

 

Cuando despiertas, me ves, y antes de cualquier palabra sueltas ese sonido que no significa nada y lo significa todo.

 

“Qué onda, campeón”, te digo.

 

Pero ya es tarde: el instante ya ocurrió.

 

Ahí está.

 

Más allá de la pantalla.

Más allá del meme.

Más allá de la circulación infinita.

 

Aquí.

 

En ese punto donde la alegría es demasiada para el lenguaje, demasiada para el cuerpo, demasiada para el tiempo mismo.

 

Eso es lo hiperfísico:

 

Más allá de la imagen comprimida,

la vida desbordada.

 

Más allá de la circulación,

la irrupción que se queda.

 

Más allá del estímulo,

el temblor.

 

Sentirte.

 

Turbo poesía.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.