Tierra Adentro

En el Génesis, el castigo a la desobediencia humana fue la condena eterna a comer el pan con el sudor de nuestra frente. Con el correr de los siglos, las gotas de sudor producto de jornadas extenuantes ya no sólo provinieron del trabajo manual sino del intelectual y de una práctica entre ambos universos que no llega a ser ninguno de los dos, que consiste en juntas interminables y tablas de Excel. Lo que David Graeber denominó bullshit jobs o “trabajos de mierda”, una serie de labores inútiles cuya razón de ser es un misterio. No sé cuántos de mis trabajos hayan calificado como trabajos de mierda, posiblemente más de uno, pero sirva el siguiente recuento como bitácora de prácticas laborales a evitar.

El primer trabajo que tuve en la vida fue dar clases de regularización de Español a un grupo de adolescentes próximos a salir de la preparatoria. No hacía mucho que yo había entrado a la universidad y no era mucho más grande que mis alumnos. No tenía ninguna experiencia, pero tenía la información que les transmitía, como quien dice, bastante fresca. Nunca supe si mis estudiantes concluyeron exitosamente su camino hacia la adultez y la educación superior, pero al menos logré que distinguieran el sujeto del objeto directo. El sueldo de ese primer trabajo me lo gasté completo en unas botas.

El siguiente trabajo que tuve me lo consiguió mi primer novio de la universidad, que también me había conseguido las clases de Español. El asunto consistía en impartir una especie de taller de redacción y comprensión de lectura a un grupo de futuros músicos. Quien coordinó el taller creía más en la aromaterapia que en los signos de puntuación y el taller fue un fracaso. Además de coordinar el curso, la entusiasta de la aromaterapia era amiga de quien para ese momento había dejado de ser mi novio y no me pagó. El sueldo inexistente de ese segundo trabajo no me lo pude gastar en nada, pero usé la experiencia para no volver a caer en mentiras en nombre de los aceites esenciales y para engrosar mi lamentable currículum.

Después de eso comencé un amargo periodo en el que ya no era estudiante, pero tampoco me había titulado. Durante los años que tardé en escribir mi tesis transité por el incierto camino de las pasantías, los servicios sociales y las becas, que suelen ser sinónimos de precariedad laboral. En algún momento, conseguí trabajo en una editorial que publicaba materiales de alfabetización para adultos. Escribí cuatro libros de cuentos destinados a personas que recién habían aprendido a leer. Me apena un poco que sus primeras experiencias lectoras fueran con cuentos tan malos, entre los que recuerdo una historia de caníbales y otra con datos que saqué de un compilado del Selecciones Reader’s Digest. Esa fue la primera vez que tuve un sueldo de verdad, con el que pude costear un viaje para visitar a mi novio de ese momento, que por cierto fue quien me consiguió el trabajo.

Eventualmente me titulé y mi vida laboral dejó de depender de mis parejas, pero que tire la primera piedra quien no haya conseguido nunca un puesto por una llamada, una entrevista por una recomendación o una pasantía gracias a la influencia del ser amado. Una vez obtenido mi flamante título de licenciada, comencé a vivir de becas académicas y de escritura. Entre unas y otras tuve varios trabajos fugaces. 

Durante algunos años fui localizadora de mangas japoneses. Lo que significa que alguien que no era yo traducía del japonés al español de España y yo adaptaba esa traducción a un registro más mexicano, que en teoría funcionaba también para Centroamérica. Este fue de mis trabajos más divertidos, porque exigía poco y pagaban bien. Aunque nunca fui fanática de los mangas, seguí con cierto interés la historia de un investigador privado bastante pervertido que mantenía un enamoramiento con su asistente, el relato de un mundo de fantasía en guerra perpetua y las aventuras pornográficas que ocurrían en un internado de varones. También impartí clases en una secundaria y fue, por mucho, el trabajo más demandante que tuve, aunque también fue la primera vez que conocí las prestaciones laborales. 

En el punto más bajo de mi trajín laboral, me contrató una empresa que se anunciaba como consultoría académica, pero que en realidad se dedicaba a escribir tesis y artículos académicos a sueldo. Posiblemente este sea el trabajo más miserable que he tenido. No tanto por el espíritu fraudulento que sostenía el negocio, sino porque trabajábamos en condiciones de hacinamiento. Teníamos media hora para comer en nuestro escritorio,  había un racionamiento del papel de baño y del jabón, y las horas extra se consideraban más un hábito que un suceso excepcional. Así y todo, fui una de las escritoras fantasma atrás de una tesis sobre el Canal de Panamá, sobre las relaciones bilaterales entre México y Rusia, y sobre un proyecto enfocado en el efecto invernadero.

Supongo que si no se trata de un estudio de caso, escribir sobre trabajo se torna inevitablemente un asunto autorreferencial. La última vez que se inundó el baño por culpa de un tubo mal empotrado en el lavamanos, el plomero categóricamente me confirmó por teléfono que había que cambiar el cespol y la última vez que me quedé afuera el cerrajero me preguntó qué tipo de chapa tenía. Frente a estas preguntas siempre pienso que lo único que podría contestar es que desconozco las partes en las que se descompone el lavamanos, pero puedo ofrecer un análisis de los personajes actantes en los cuentos de Pío Baroja. O que no sé los nombres de los tipos de manija, pero en cambio soy perfectamente capaz de ofrecer una disquisición sobre la narrativa de la Revolución mexicana. La diferencia es que el plomero, el cerrajero y cualquier persona pueden vivir perfectamente sin conocer los personajes actantes de los cuentos de Pío Baroja, ni la trascendencia de la narrativa revolucionaria, pero ni yo ni nadie podemos quedarnos afuera ni vivir con un lavamanos que gotea.

¡Trabajadores del mundo, uníos!