EL DOCTOR DE LA NOCHE OSCURA.
Para el invierno de 1577, fray Juan de Yepes llevaba varios meses encerrado en un retrete del convento de los carmelitas de Toledo. Su única luz entraba por una aspillera de tres dedos de ancho rajada en lo alto de una pared; el resto del día era oscuridad, una oscuridad que devino escuela y programa.
Sobre una tabla en el suelo con dos mantas durmió los nueve meses que sus frailes captores decidieron que debía costar la reforma del Carmelo. Estuvo todo el tiempo incomunicado. En invierno se helaron sus extremidades y en el verano se desmayó varias veces por la asfixia del golpe de calor. Los piojos llegaron como consecuencia de no permitírsele mudar de ropa en todo ese tiempo. La comida era pan duro y sardinas. El balde que hacía las veces de letrina podía pasar días sin vaciarse, y el olor lo hacía vomitar; el carcelero le tiraba la comida al suelo como quien alimenta a un animal que no merece el gesto de la mano extendida. Cada viernes, el día en que la Iglesia recuerda la Pasión del Señor, el ceremonial era especial. Lo sacaban al refectorio, le daban pan y agua, y el prior pronunciaba la amonestación de rigor: los cargos y la contumacia, la vergüenza que representaba para la Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Luego cada fraile desfilaba detrás de él y le golpeaba la espalda con una vara mientras la comunidad entera ahogaba, entonando el salmo Miserere, los gritos del torturado que permanecía todo el tiempo de rodillas. En más de una ocasión, con el calor, la túnica empapada en sangre se le pegó a la espalda y se pudrió entre gusanos. Juan enfermó de disentería. Cada vez se sentía más débil. Tal era la hospitalidad de los carmelitas calzados.
A los seis meses llegó un nuevo carcelero, conmovido de inmediato ante la escena del fraile consumido hasta los huesos que debía cuidar. Le dio una túnica limpia y luego pluma, tinta y papel. Cuando hacía calor dejaba abierta la puerta de la celda y vaciaba el balde apenas se llenaba. En ese retrete, fray Juan de la Cruz empezó a escribir. O más exactamente, empezó a transcribir la poesía que había compuesto de memoria en la oscuridad, atesorada en la mente como quien guarda agua en las manos. De ese cuerpo piojoso, podrido y enclenque, medio ciego de tanto no ver, nacieron los primeros versos de la Noche oscura; y de ese poema, siglos de doctrina.
La autoridad de san Juan de la Cruz viene de haber padecido, con una escrupulosidad que ningún régimen ascético hubiera podido diseñar, lo que luego enseñó a atravesar. En eso consiste su magisterio. Habló de la noche como quien aprendió a orientarse en ella hasta distinguir el temblor de una presencia. La noche es, en toda su obra, el nombre más exacto que había entonces para hablar de aquella experiencia suya: “En una noche oscura, / con ansias en amores inflamada, / ¡oh dichosa ventura!, / salí sin ser notada / siendo ya mi casa sosegada”.
La salida nocturna del alma es también la fuga real por los muros del convento, que llevó a cabo en agosto de 1578. Lo biográfico y lo místico se superponen en su obra sin anularse, pues su poesía no hace más que condensar lo vivido. Es el testimonio del hombre que precede al doctor, porque siempre la experiencia precede a la doctrina. La noche sanjuanista es la del vaciamiento voluntario, la de renuncia a los apegos sensibles e intelectuales, la noche de la ascesis que despoja al alma de todo aquello en lo que creía sostenerse. San Juan la vivió sin haberla elegido, pero la reconoció como camino, verdad y vida.
Sus grandes tratados, la Subida del Monte Carmelo, y el Cántico espiritual son, en realidad, comentarios al mismo poema escritos en un paradójico esfuerzo: un hombre que predica el abandono del discurso construye uno de los edificios doctrinales más elaborados de la mística occidental. La tensión es deliberada. San Juan sabe que las palabras no pueden contener lo que intenta decir, pero sabe también que sin palabras el lector no encontrará “aqueste sumo saber, / que no hay facultad ni ciencia / que la puedan emprender; / quien se supiere vencer / con un no saber sabiendo, / irá siempre trascendiendo”. Su obra distingue entre aquello que el alma puede y debe hacer —desasirse, callar, esperar— y aquello que debe esperar —que sea Dios quien obre, quien pode, quien oscurezca el entendimiento y la voluntad para disponerlos a una luz que no se parece a ninguna luz conocida—. El núcleo de su medicina espiritual reside en la convicción de que la oscuridad no es obstáculo sino tratamiento. Como todo veneno, cura con aquello mismo que enferma.
Los síntomas de la noche oscura que san Juan de la Cruz enumera en su poesía —la incapacidad de encontrar arrimo en nada del mundo exterior, la sensación de consumirse sin que quede nada— son los síntomas de lo que hoy llamamos depresión: anhedonia, desconexión afectiva, pérdida del sentido, agotamiento. En ese “Sin luz y a oscuras viviendo”, como reza uno de sus versos, cualquier psiquiatra reconocería hoy la queja más frecuente de su consulta; la diferencia, sin embargo, está en el marco interpretativo: Juan ve algo más que un trastorno del estado de ánimo; ve el inicio de una transformación, un proceso que atravesar. No es que uno tenga razón y el otro no: es que están mirando el mismo fenómeno desde orillas opuestas del mismo río, y ninguna orilla ve el río completo.
Entre las cualidades que hacen tan auténtica a su obra es que no niega el padecimiento real. No hay en él la consolación fácil del que promete que todo pasará ni la espiritualidad de escaparate que convierte el dolor en anécdota edificante. “Y, aunque tinieblas padezco / en esta vida mortal, / no es tan crecido mi mal”, escribe. Las tinieblas existen, el mal existe, la vida mortal duele con una concreción que la poesía no está dispuesta a matizar. Pero lo que el amor hace —ese amor que “da tal vida cuando más ciego va siendo”— es transformar el significado de la oscuridad, volverla habitable y hasta fructífera. El alma “rendida” es la que ha dejado de pelear contra su noche, y en ese abandono encuentra, paradójicamente, el único arrimo posible: el reconocimiento de que la contradicción, más que intentar resolverse, debe intentar habitarse. Es esto lo que la psicoterapia enseña con otros nombres —aceptación, regulación, etcétera— y lo que Juan formuló en una celda que era retrete, antes de que hubiera lenguaje clínico para nombrarlo.
San Juan propone que el amor que inspira el imaginario religioso transforma la diferencia entre lo bueno y lo malo de la propia vida en algo que el alma puede metabolizar —porque “El que de amor adolece, / del divino ser tocado, / tiene el gusto tan trocado / que a los gustos desfallece”—. Lo que ocurre en la noche oscura es una destrucción del yo tal como se conocía, una disolución de los apoyos en que la identidad creía descansar. Esa diferencia entre la manera como entendemos la depresión y la noche oscura sanjuanista es teleológica: la depresión consume sin propósito aparente; la noche del alma consume hacia algo. Que ese algo sea Dios o el yo que uno puede llegar a ser después de haber tocado fondo es una pregunta que cada lector tiene que responder con su propia oscuridad. Lo que san Juan garantiza, con el crédito de quien lo vivió antes de escribirlo, es que el fondo existe, que tiene piso, y que de ahí también se puede salir. Ésta es la razón de fondo por la cual la Iglesia le otorgó el título de doctor hace cien años: que, con la perenne actualidad de la poesía genuina, la suya sigue mostrando que el problema no es la presencia de la oscuridad; es, más bien, nuestra incapacidad para atravesarla.




