Parar la oreja
“Mi cuerpo puede, pero mi mente ya no”, me escuché diciéndole a C ayer anoche, luego de que la frase resonara primero en mi cabeza. “Estoy agotada, muy cansada”, concluí. Y no se escuchó nada más.
Escuchar comienza también por escucharte. Por entender el mecanismo de cómo piensas, cómo articulas eso en palabras, en forma de lenguaje. Cómo lo expresas o lo callas, cómo escuchas desde adentro tu voz que dice luego en voz alta eso que se formó y la inmediata duda (a veces miedo o expectativa) de cómo será recibido, ojalá escuchado, por otro.
Hace unos años me sorprendió descubrir que no todos piensan en palabras, como yo. Hay quienes ven imágenes, series de imágenes, películas con un narrador omnisciente que va narrando lo que sucede o la acción y hay quienes han descrito que también piensan con sonido, una filmación con toda una producción en el teatro de la mente. Cuando le pregunto a otros cómo piensan, las respuestas son muy variadas, siempre inesperadas y distintas. Para mí, las palabras se van formando, a veces dudan, pero se van escribiendo en frases que resuenan en algún rincón de mi cabeza o se van trazando a medida que delineo las letras en mi mente, como si garabateara en mi cabeza las frases, poco a poco.
Sin palabras, no pienso. Por eso a veces algo que no he podido articular en alguna de las lenguas que habito me inquieta porque es una sensación o malestar que todavía no logro capturar en una forma reconocible. Hasta que no me escucho decir algo, ese algo me da vueltas por adentro. Y para lograr decirlo en voz alta, estas palabras tienen que pasar por un riguroso proceso de censura, casi un tribunal inquisitorial que las debate, para al final decidir qué se puede decir, cómo y a quién, casi siempre en otra versión, recortada, editada, censurada. Es un laborioso taller de edición, mi cerebro. Llegan las palabras sin refinar y hay que ordenarlas, quitar las que suenan ofensivas, bajarle el tono o eliminar los juicios, adaptarlas para el escucha y borrar la mayoría de lo que aparece y que nunca digo en voz alta, lo que el censor descarta casi inmediatamente.
Cuando escribo y sobre todo cuando escribo a mano, como ahora, ese proceso de censura suele no ser tan riguroso como cuando digo algo en voz alta. Dicen que soy muy callada, que no digo mucho, que soy reservada. En el kínder les mandaban a mis padres en la boleta notas acerca de mi silencio y recados de preocupación porque no hablaba con otros niños. Por eso la escritura se convirtió más tarde en mi única forma de existir.
En esa división de cuerpo-mente, tan filosófica y religiosamente cargada, que mi frase expresó, quise apalabrar una sensación que me persigue hace ya muchos días: mi cerebro, pudriéndose, haciéndose una masa viscosa densa en la que ya no fluyen las palabras, sino que se atoran y se acaban por echar a perder. Y mi cuerpo, con energía, con las vitaminas recargadas por el sol del verano, con ganas de hacer y de moverse. En esa contradicción, una parte agotada y que no puede más y otra parte que obliga a seguir, estoy atrapada.
En la sociedad en la que vivo, cualquiera de los holandeses que vive alrededor quizás hablaría de “burnout”, su diagnóstico favorito para tomarse tiempo fuera del trabajo. Cuando llegué a los Países Bajos me sorprendió escuchar que tantas personas dejaban su trabajo por burnout. En el otro continente, esta palabra sólo resonaba en el contexto laboral y nunca como un diagnóstico legítimo para pedir una baja médica. Pero aquí es el pan con mantequilla de todos los días. Me he preguntado desde entonces por qué lo que aquí se ve como una patología, en otras latitudes es una virtud.
Byung Chul Han habla en The Burnout Society del hecho de que ya no vivimos en la era de las infecciones en donde algún patógeno externo nos ataca, sino en un momento de exceso de positividad, que logra eludir todas las tecnologías que en realidad combaten de forma inmunológica un invasor extranjero que invade nuestro cuerpo. Ya no se trata de combatir al otro, sino de no poderle decir que no a nuestros propios desenfrenos. Dado que tenemos un exceso de lo mismo, un exceso de positividad, no podemos sino reconocernos en todas las extensiones de nosotros mismos (las imágenes en redes sociales, los productos que nos consumen, nuestra necesidad de reinventarnos constantemente). Y esa maniobra de explotación voluntaria de nosotros mismos lleva al agotamiento. Pero hace falta también un paso adicional para decir: tú y yo no estamos quemados, lo que se quema es el mundo en el que vivimos, la sociedad cada vez más atomizada y dividida que creamos; los bosques, los pocos que nos quedan, que se incendian porque el planeta está cada vez más caliente, hirviendo, y no puedes dejar de comprar algo que no necesitas en Amazon y mucho menos renunciar al periodo de prueba de 30 días que te permite tener lo que quieras, al día siguiente, en la puerta de tu casa. Lo que se quema es tu capacidad de escucharte. La posibilidad de poder decir, como Bartleby, “preferiría no hacerlo”.
¿Cómo sería escucharte, escucharte realmente? ¿Podrías soportar todo lo que te viene a la mente? ¿O mejor quemarlo todo en el proceso inquisitorial interno? ¿Cómo escucharte sin juzgarte o sin que el juez inapelable de la voz del Otro te condene a la cadena perpetua del goce? ¿Cómo escuchas el cansancio de tu mente también con tu cuerpo?
Quizás: abrir una ventana para sentir el viento, caminar sin rumbo, escuchar las patitas del perro, notar que una voz te grita por dentro, sentir tus pies tocando el piso frío o la tierra mojada. Y no decir nada. Parar la oreja, por una vez, hacia adentro.




