Ben-Hur, una jabalina y el futbol
El asunto está en la mirada, me digo, y pienso en Terenci Moix. Esa vez, me senté en una banca afuera de las canchas de futbol en la Barceloneta. Espero antes de que abran los vestidores donde uno se cambia para el juego. Todos los viernes desde que llegué a la ciudad hay reta. La organiza una cofradía de latinoamericanos que viven hace tiempo en la ciudad y se hacen llamar Los Bastardos.
Mientras espero en una banca, avanzo páginas de El beso de Peter Pan. Es un libro de 1993. Lo cargo en la mochila para los trayectos en metro. Me escondo en el libro para no sentirme observado, para no descubrirme mirando a gente en el vagón, un pudor de intruso.
En las páginas que leo Terenci Moix cuenta que veía, con fervor —y algo más—, la película Ben-Hur de 1959. Es un filme en el que Charlton Heston —protagonista homófobo, presidente de la Asociación Americana del Rifle— y Jack Hawkins protagonizan la historia de una amistad rota en el tiempo de Jesús de Nazaret. El asunto, dice Terenci, está en la mirada. Donde unos veían el viacrucis de Judah —un toque de Montecristo de por medio— enfrentado a la ceguera de Mesala ante la fascinación que ejerce el poder, Terenci, el amor fuera de norma, de la norma de su tiempo.
En la escena en la que Mesala y Judah discuten sobre la lealtad, la traición, la amistad y el poder mientras lanzan una jabalina contra la trabe, Gore Vidal, escritor del guión, sugiere la historia de un amor no correspondido o equivocado. El mordaz Vidal, autor de La ciudad y el pilar, en 1948, también de temática homosexual, entiende de qué habla.
El asunto está en la mirada, y en la alegoría, en la performance: el cuerpo, el espacio y el tiempo son protagonistas, digo esa vez al cerrar las memorias del autor de El día que murió Marilyn. Pauso la lectura, entro a un vestidor que huele a transpiración y a pomada para precalentamiento deportivo.
El olor a mentol es el inconsciente que me dirige, diría Bachelard. Sé qué es un vestidor de futbol varonil desde los ocho o nueve años. También lo sabe Fernando Molano Vargas. Lo restituye en su novela Un beso de Dick.
Esa vez, cuando leía a Terenci Moix antes de jugar futbol, no tenía noticia de Molano Vargas. La novela la leí hasta muchos años después, para un curso de literatura latinoamericana que me asignaron en el departamento de letras en el que doy unas clases. Escogí a Molano Vargas porque escuché en Maricapáginas la fascinante historia del libro, y del autor, nacido en Bogotá en 1961. Enrique Aparicio hablaba con el editor argentino Mariano Blatt sobre Un beso de Dick. Contaba el itinerario trompicado de la novela que aparece en distintos lugares cada tanto tiempo, siempre como un sorpresivo hallazgo.
Se trata del amor adolescente entre Felipe y Leonardo. Felipe nos cuenta, en primera persona, como si se tratara de un bolero o una novela de Dickens, que ha besado a Leonardo en la escuela y que no le gustan los hombres sino que le gusta Leonardo, como él dice. Hay, pues, la historia de un amor. Nos enteramos que son compañeros de aula y juegan futbol. Son los estelares del equipo. Escuchan canciones de Mecano y rememoran sus acciones en los partidos. En el vestidor suceden cosas. Leonardo sabe de poetas y de futbolistas. Los descubren besándose.
De eso Molano Vargas hace una novela bella, redonda y que es, al mismo tiempo, una lección a contrapelo de educación sentimental en lo deportivo y en lo literario. También, ya se sabe, el juego y la literatura, son un trasunto de lo sexual, de la iniciación en el deseo, un deseo distinto, si hablamos de heteronorma; y lo hacemos.
La primera edición —extinta— es de 1992. Molano Vargas muere en el 98, en la epidemia del SIDA. Dice Pedro Adrián Zuluaga en el prólogo a la edición de Seix Barral que Molano Vargas tomó partido dentro de una tradición que él experimentaba como frustrante o al menos deficitaria: la de las historias de amor entre hombres.
Lo que más recuerdo de la novela es cuando Leonardo quiere hacer su exposición acerca de un poema de Eliseo Diego. Se presenta al salón de clases, luego de un partido, en medias blancas, tenis blancos y una pantaloneta también blanca:
Yo… yo quería hablar de este poema por dos razones. Una: que yo le dije a la maestra que quería hablar de un poema pero no como hemos hecho casi siempre: mirando la rima, y contando las sílabas de los versos, y eso; o sacando las metáforas del poema para decir que tal metáfora significa tal cosa… a mí me gustaría…, o sea: yo quiero hablar de un poema como cuando uno habla de un partido de fútbol que ha jugado. por que…, si ustedes se fijan, cuando uno habla de un partido no se pone a decir que el cuatro cuatro dos esto, ni que la marcación de zona tal cosa: uno nunca habla de eso. Uno se pone a hablar de las jugadas…, o sea, de la emoción de las jugadas: de lo bonito que salió el gol, o también de que tal jugada nos salió mal. Y entonces, cuando uno habla de un partido, uno como que vuelva a ponerse contento o de mal genio, como cuando lo estaba jugando. Pero uno nunca habla de la técnica, ni nada; sino de la emoción. Y yo quería eso: hablar de un poema, pero no de su forma, y casi ni de su contenido; sino de la emoción que yo siento con un poema…
Una emoción es un principio y una pulsión como el atávico escenario en el que la silueta de alguien patea una pelota cerca de otros y, entonces, como si se tratara del inicio del mundo, la de gajos rueda y dejan las sombra las figuras, como pasa, esa vez que leía a Terenci Moix, y que entro a la cancha donde mi equipo tiene casacas amarillo y negro. Juego con desconocidos y, mientras suceden los goles y los gritos y las risas en un lenguaje orquestado como por inercia, hurgo en mis pensamientos.
Es posible que el primer recuerdo que emerja si meto la mano en la memoria tenga que ver con futbol; con jugarlo o con observar un partido.
Rebusco.
El campo de juego —en esta puesta escénica que traigo en la cabeza dando roletazos— es la calle de finales de los ochenta en un lugar del centro de México que se llama Irapuato. La ciudad vive un entusiasmo enfebrecido porque hay, en la programación para el Mundial de 1986, algunos juegos oficiales y otros cuantos de preparación.
Apenas son obturaciones de fotos vistas en los diarios deportivos o en los álbumes familiares, pero defiendo que también son recuerdos míos, aunque los invente con la pedacera de un archivo vivo que empieza a brillar intermitentemente cuando le pregunto por el futbol; digo recuerdos míos porque pienso en un fractal en el que no elijo las estampas, pero están guardadas en algún espacio de mi memoria y aparecen cuando le pido al cuerpo que recuerde, para mostrar el engrudo del que está hecho el imaginario íntimo.
Muchos de ellos, he sido incisivo con eso de rememorar, tienen que ver con lo mismo. Mi hermano y yo vestidos con uniformes deportivos comprados afuera del estadio. Mi hermano y yo jugando a los tiros en la reja de la casa o entre los pilares de un local en renta al que llegamos todas las mañanas vestidos deportivamente para llenarnos de tierra a lo largo del día. Tengo en la punta de la nariz ese olor denso del polvo de los días que pasan en un lugar abandonado. Aparecen, entre ese merodeo intencional pero incontrolable, las noches de los sábados.
Se juntaban los más grandes de la cuadra a jugar. A veces a mi hermano ya lo incluían. Insisto: yo me quedo a ver. Se armaban los equipos de poste a poste, al gol. Un grupo de adolescentes de finales de los ochenta que veían cómo la televisión dejaba de transmitir señal a las seis o siete de la tarde y no hallaban otra cosa que hacer que invadir la cuadra, antagonizando con quien se sentía dueño del vecindario: el señor Barba. Solía mandar a la policía en cuanto empezaban los pelotazos de pelota Salver color naranja, los gritos y ese sonido de gente corriendo usando de apoyo las paredes de las casas que podría asemejarse a un golpeteo de las patas de caballos trotando de un lado a otro.
He dicho que veo, pero, ahora que escribo, escucho esos jadeos que vienen del esfuerzo de los duelos entre unos y otros, jaloneos de las playeras o de los torsos, cargas y empujones con el objetivo de no dejar pasar la bola; por buscar meter un gol en la portería contraria —que aquí equivale a la distancia que media entre el poste de luz o de teléfonos de México y la pared—. Quien metiera el tanto se quedaba esperando a los retadores. El que se quedara más, tenía el prestigio y, a veces, al final, un refresco en bolsa pichado por los perdedores, ajuste de cuentas de un pacto callejero.
Ahí es donde he terminado reculando en Eli, la hermana mayor de Eros y de Quique, que jugaba al futbol. El pelo al estilo mohicano, rubio. Playeras blancas y calzoncillos cortos, como de tenista. Cuando la nombro pienso en alguna deportista de entonces ¿en Steffi Graf? ¿Tiene sentido decir que el peinado de Eli imitaba a Martina Navratilova? ¿A Gabriela Sabatini?
Tengo la impresión de que no se discutió nunca el lugar de Eli porque era una jugadora excepcional. Veo desde donde escribo ahora que su apariencia era un gesto, y, aunque en ese tiempo yo no lo supe, el solo hecho de que una mujer jugara futbol con varones ya lo decía todo. Aunque es fácil incluir en esta memoria al señor Barba gritándole “marimacha” como insulto. Con el tiempo, sabemos, Gabriela, Martina y Steffi se convertirían, a su manera, en activistas del movimiento LGBTQ+.
El asunto está en la performance: cuerpo, tiempo y espacio son protagonistas. Y en la mirada, me digo: Eli forcejea con alguien más, puede ser Joaquín. Prensados contra la pared, uno intenta pasar y la otra detener al que lo intenta.
He llegado ahí porque busco y rebusco en la memoria y el futbol que la heteronormatividad tenga fisuras o se tambalee y ceda o discuta el tema de la diversidad.
No hay tal lugar, digo de inicio. Hay muchas otras cosas pero que alguien —en un vestidor— diga que es homosexual y no haya un silencio significativo, todavía no.
A lo mejor tiene razón Terenci Moix, el asunto está en la mirada, me vuelvo a repetir. Esa vez, cuando estaba en el tercer tiempo de mi cáscara con Los Bastardos, escucho felicitaciones entre los alegres muchachos que hemos jugado. He metido un gol, le pegué con la zurda y la clavé en la horquilla derecha. Me llena de elogios uno de los italianos, que me marcaba justo cuando saqué el zapatazo desde tres cuartos de cancha.
Pienso, “pocas cosas gritan heteronorma como el futbol”, como dicen en Puto viejo, un podcast que recorre la educación sentimental gay de los años 80 y 90.
Y, sin embargo, hay historias. La que Gustavo Casals y Diego Tedeschi, activistas LGTBQ+, cuentan de Defensores de Buenos Aires, es la de un equipo separatista gay que juega al futbol. El origen de los Defensores de Buenos Aires lo cuenta Tedeschi. Se trata de una respuesta, impulsiva y activista, a la polémica que suscitó un comentario excluyente y homófobo de Daniel Passarella, director técnico de la selección Argentina en 1995.
El técnico, además de negar la posibilidad de un gay en el vestidor, prohibió el uso de aretes y exigió que, quienes deseaban jugar en su equipo, debían cortarse el cabello.
El asunto está en la mirada, en la performance, me digo. Se trataba de la selección de Crespo, Batistuta y Ortega, que obedecieron el llamado al “orden”. Los vemos en las fotos de Francia 98 con el cabello corto y sin aretes.
Cuenta Tedeschi que puso un aviso en el periódico para quien quisiera jugar futbol gay. Se apuntaron treinta en la primera convocatoria. Lo que mantuvo vivo este equipo, agrega Tedeschi, fue el tercer tiempo: parrilla, vino y cerveza. De esos mismos años noventa es la declaración de Maradona en respuesta a la polémica de Passarella: “creo que cada uno es como es. Creo que, vuelvo a repetir, hay una mentalidad cerrada de la edad de piedra que no deja que por ahí cada uno quiera ser lo que es”.
Al final, los gestos, que son respuestas, están ahí, y el futbol, jugar y ver y hablar de futbol, puede poner el acento en la experiencia política. Esa idea de Diego Armando Maradona —que le cobró sus propios saldos—, es lo que intentó Justin Fashanu. “Ser lo que uno quiera ser”, dice Maradona.
La historia de Fashanu la relata Carlos de las Heras en “Futbol contra la homofobia”. El portal donde puedo leer que el 19 de febrero se conmemora el día contra la LGTBFOBIA en el futbol de Inglaterra es Amnistía Internacional. Fashanu, en 1990, declaró públicamente su homosexualidad siendo jugador profesional. “Soy Gay” fue un reportaje en The Sun, que le trajo consecuencias.
El acto, un riesgo en el centro de la heteronorma, provocó, por ejemplo, que el entrenador Brian Clough le prohibiera entrenar con el equipo, el Nottingham Forest, o que su propio hermano, de Fashanu, renegara de él. La carrera como futbolista de Fashanu continuó a tumbos en Estados Unidos, en el Los Ángeles Heat, pero, en 1998, el futbolista fue acusado de abuso sexual. Se quitó la vida debido a la acusación, que se desestimó tiempo después. Las cosas han cambiado un poco. John, hermano de Justin Fashanu, se arrepintió públicamente de su reacción y, ahora, dirige, junto con su hija, Amal Fashanu, una fundación dedicada a promover la visibilidad que Justin no tuvo. Describo esto y pienso que son acontecimientos de la década de los noventa, hace apenas treinta años.
El escarnio mantuvo cerrado ese clóset durante décadas. Hasta 2022, ESPN news, destaca las declaraciones de Jake Daniels que firmó un contrato, a los 17 años, con el Blackpool inglés:
Durante mucho tiempo pensé que tendría que esconder la verdad porque quería ser, y de hecho ahora lo soy, futbolista profesional. Me preguntaba a mí mismo si no debería esperar a retirarme para salir del armario, porque ningún otro futbolista profesional aquí ha salido. Sin embargo, sabía que eso significaba mentir durante mucho tiempo y no poder ser yo mismo ni vivir la vida que quiero.
De las Heras escribe que apenas en 2023 Jakub Jankto, jugador checo que se retiró en 2025 en el Cagliari de Italia, replica lo que Fashanu hizo en 1990. Se vale de sus redes sociales para enviar este mensaje:
Como todos los demás, tengo mis fortalezas, tengo mis debilidades, tengo una familia, tengo amigos, tengo un trabajo que llevo haciendo lo mejor que puedo durante años, con seriedad, profesionalidad y pasión. Como todos los demás, yo también quiero vivir mi vida en libertad. Sin miedos. Sin prejuicios. Sin violencia. PERO con amor. Soy homosexual y ya no quiero esconderme.
Josh Cavallo es una excepción más en el futbol profesional, pocas en realidad pensando en 2026. Se pregunta por qué no podría ser homosexual y ser exitoso en el futbol. El australiano responde a una entrevista en el Huffington post, apenas en marzo de 2025. Aprovecha que su orientación sexual es noticia en medios masivos para pronunciarse:
Estaba cansado de esconderme, por lo que me decidí. No ha sido fácil. Recibo amenazas de muerte a diario, pero tengo una red fuerte de apoyo, hay malos días y buenos días. Soy libre. Pongo la cabeza en la almohada y soy feliz. Soy Josh Cavallo el futbolista, también soy gay. Estoy orgulloso de decirlo pero nunca tuve la capacidad de alcance que tenía al publicarlo. Ser gay en el mundo del fútbol es ocupar un espacio muy nocivo. Es algo que no todo mundo sería capaz de manejar y atravesar. Creo que todavía estamos muy lejos de la aceptación en este espacio, por desgracia. Mi experiencia ha sido negativa. Por eso es difícil animar a otros a que salgan del armario, ser uno mismo.
El asunto, dice Terenci Moix, es la mirada, la performance, pienso: el cuerpo, el tiempo y el espacio son protagonistas.
Entre estas historias hay que incluir la del St. Pauli, que acaba de descender a la segunda división alemana. Es un club de resistencia antifacista que ha abrazado como causa el derecho a la diversidad. El capitán, Jackson Irvine, otro australiano, lleva su gafete en el brazo izquierdo del color del arcoíris. Ha lanzado una dura crítica contra la FIFA, asegurando que la credibilidad del futbol como fuerza de cambio social ha sido socavada. En una entrevista con la agencia Reuters, Irvine acusó a la institución de “hacer una burla” de su política de derechos humanos. Se refiere a la decisión de la FIFA de otorgar un Premio de la Paz a Donald Trump durante el sorteo del Mundial de 2026, a llevarse a cabo en Canadá, Estados Unidos de América y México.
Entre las historias, agrego una, amateur. Me recuerdo sentado en una piedra. Mientras me pongo un short sudado que otro jugador usó durante el primer tiempo del juego de mi equipo -no tenemos más uniformes- veo, en la otra cancha, el abrazo de gol de un equipo intrascendente de los campos de la Ortiga, en Irapuato. Pienso, otra vez, que el asunto está en la mirada, en la performance.
Se trata de una centena de señores -miércoles por la tarde- que, al entrar el balón, como llorando, en la portería contraria, se abrazan con desconocidos y rompen el aire tenso con gritos de alegría: hombres apiñados unos contra otros que comparten fluidos durante unos minutos con tal sinceridad, desparpajo y alegría, con tal cuerpo a cuerpo, que me pregunto ¿qué hay en el abrazo de gol que lo desaparece todo y entrega la imagen que describo?
En el futbol, dicen algunos, se puede observar cómo enfrentamos la adversidad, cómo celebramos, qué significa el dinero. Cómo reconocemos las relaciones con el pasado y con los poderes políticos, como subraya el documental El partido que no todos los clubes quieren jugar. Aunque también estoy de acuerdo con Juan Pablo Villalobos con que el juego y lo que sucede en el campo, es inefable. El asunto está en la mirada, y en la performance dice Terenci Moix, del que leía sus memorias una tarde de 2017, cerca de una cancha en la Barceloneta, antes de entrar a un vestidor para jugar con Los Bastardos.
Fuentes consultadas:
Fashanu, Amal. Justin Fashan: “Mi héroe”. En Panenka #57
https://www.panenka.org/miradas/justin-fashanu-historia-homofobia/
De Las Heras, Carlos. Fútbol contra la homofobia. El caso de Justin Fashanu en Amnistía Internacional, febrero de 2023.
Hidalgo, Guillem. “Gradas por la diversidad”. En Panenka #57
https://www.panenka.org/miradas/gradas-por-la-diversidad/
Molano Vargas, Fernando. Un beso de Dick, Formato Kindle, Seix Barral, Colombia, 2019.
Moix, Terenci. El beso de Peter Pan, Planeta, Barcelona, 1998.
Zuluaga, Pedro Adrián. “Fernando Molano Vargas o las geografías del deseo” en Cuadernos Hispanoamericano, noviembre de 2023.
Agencia EFE. “Jake Daniels, del Blackpool, hizo público que es gay y es el primer futbolista en Reino Unido en hacerlo en 32 años”. En ESPN deportes, 16 de mayo de 2022.
El partido que no todos quieren jugar. Football Studies, 11 de noviembre de 2024.
https://www.youtube.com/watch?v=bEHRVxezQcc
Puto viejo. Fútbol gay, con Diego Tedeschi Loisa.




