Fechas vacías que veremos arder
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Pero los símbolos que ellos hicieron
No tenían libros: los que hicieron las cosas
No tenían nombres, o al menos sus nombres
No los sabía nadie. Las fechas que llenaron
Estaban vacías como una casa vacía.
Ahora sabemos lo que significan Cuartel Moncada, 26,
Lo que significan Camilo, Che, Girón, Escambray, octubre.
Los libros lo recogen y lo proponen.
El viento inmenso que lo afirma barre las montañas y los llanos
Donde los que no tienen nombres,
O cuyos nombres no conoce nadie todavía
Preparan en la sombra llamaradas
Para fechas vacías que veremos arder.
Roberto Fernández Retamar, Que veremos arder
Este 1 de mayo fue diferente. Millones y millones de trabajadorxs en todo el mundo salieron a las calles en un contexto que algunos asemejan (con interesantes argumentos) al de las dos guerras mundiales. Justa distribución de la riqueza e impuestos progresivos a los multimillonarios; seguridad social, salarios, vivienda, salud, educación y condiciones laborales dignas y justas; alto a la guerra, paz, soberanía y patria; antiimperialismo, antifascismo y antisionismo; democracia y libertad de asociación, de manifestación y de expresión, fueron algunas de las consignas que acompañaron e hicieron eco de la rabia, la protesta, el hartazgo, la impotencia y los sueños de millones de personas que vivimos cada día cómo entre más trabajamos, más pobres y miserables somos, más vigilados estamos y más sometidos vivimos. En el propio corazón del Imperio —donde no está admitido oficialmente el Día de lxs Trabajadorxs, a pesar de reconocerse mundialmente a partir de las manifestaciones en Chicago del siglo XIX—, no guerras, no reyes, no multimillonarios, no ICE e impuestos a los ultrarricos, fueron algunas de las exigencias que ese pueblo multiétnico, bautizado forzosamente como estadounidense, hizo retumbar por las calles.
“Los trabajadores antes que los multimillonarios” resume el pulso de quienes, una vez más y contra algunos pronósticos, confrontan, en las calles y en las ideas, aquellas teorías y políticas que aseguran (e imponen) que puede existir un mundo en el que coexistan pacíficamente los multimillonarios y lxs trabajadorxs. Y hago énfasis al decir en las calles y en las ideas, pues los multimillonarios tienen plena conciencia de que el poder político no radica únicamente en ser dueños de la producción, la tecnología y los medios de distribución y consumo, sino también en distorsionar el sentido común y adueñarse de las conciencias de los constructores de mundos.
Es probable que al pensar el trabajo como tema literario, lo hagamos en su expresión más amplia, la de la relación entre el ser humano y los medios que crea, utiliza y reinventa para reproducir la vida. Aunque este leitmotiv ha acompañado a la literatura desde que la literatura es, a partir del siglo XIX dejó de ser el escenario en el que sucedían las historias, para convertirse en el centro de la experiencia humana. Los relatos de obrerxs (en ocasiones dóciles, en otras, rebeldes), la vida en las fábricas y las mineras, la burocracia miserable y la idealización del trabajo rural, dieron paso a historias sobre la enajenación del trabajo y el trabajador, el desempleo y la renuncia consciente al trabajo deshumanizante, los trabajos colectivo, profesional, de servicios, de cuidados, entre otros, y futuros utópicos y distópicos. Sin embargo, el trabajo, en tanto condición esencial del ser humano para ser, se ha expresado de otras formas en la literatura y, una de las más amplias, y tal vez más controvertida, es aquella que se expresa en la ideología de los textos, es decir, el punto de enunciación del escritor: ¿quienes viven del trabajo ajeno imaginan mundos diferentes a quienes vivimos sólo de nuestro trabajo?, ¿a qué grado esta circunstancia influye en el punto de partida de una historia?, ¿en qué medida esto importa en la valoración literaria de una obra?
El afán de estas preguntas no tiene como fin limitar esta valoración; a estas alturas sería un tanto estúpido y ciego afirmar que sólo lxs proletarixs hemos creado literatura. Sabemos de sobra que el valor literario de una obra va más allá del contexto y clase social de lxs escritorxs, es un ecosistema en el que conviven dialécticamente las obras, lxs escritorxs, lxs lectorxs, los medios de comunicación, las circunstancias históricas, el grado de avance tecnológico de la sociedad, la ideología dominante y sí, también, la de la resistencia. Tiene mucho más que ver con la manera en la que los textos se relacionan con lo estático y con lo fluctuante de las condiciones subjetivas y objetivas del ser humano, atravesadas por la lucha de clases, que con el nivel de conciencia de clase del escritor. En consecuencia, para analizar una obra no sólo debemos considerar la ideología del momento histórico, sino también de quien la escribe, no desde el dogmatismo que ve en la ideología del autor, la ideología de los personajes y su mundo, sino para comprender por qué utilizó ciertas referencias y le dio tribuna a ciertas voces, pero silenció otras, de forma consciente o no.
Sería insensato negar que vivimos un mundo en transformación, por decir lo menos. El imperialismo, su neofascismo y sus guerras de repartición y expansión abriendo sus fauces para calmar la codicia insaciable de unos cuantos; la barbarie subyugando la razón de miles de millones de personas en el mundo; la pobreza y la contaminación enfermando cada brote de vida humana y planetaria; el terror social, la militarización, el paramilitarismo y la violencia como forma de dominio y gobierno de lxs colonizadxs y explotadxs, tienen su correlato no sólo en las historias y enseñanzas de las miles de luchas de resistencia y organización, con sus victorias y sus derrotas, que emprenden los pueblos y comunidades por su emancipación, sino también en miles de millones de voces particulares que unas veces expresan el lugar frío y gris, tenso, doloroso, amargo y, en ocasiones, bello, en el que vivimos los desposeídos, y otras, el deseo y la búsqueda, conscientes o intuitivas, que emprendemos de una historia, personal o colectiva, que respete el bienestar común.
La poesía de Aketzaly Moreno y Octavio Martínez, las crónicas de Iohana Marr y Karen de Villa, el cuento de Diana Colín y los ensayos de Rodrigo Riquelme y Michel Torres, resultan sólo una breve muestra de que en el mundo del trabajo enajenado y enajenante, en donde los pueblos y comunidades seguimos sometidos a la dictadura del capital y su sistema de explotación de miles de millones por unos cuantos, la literatura, con su fuerza disruptiva y transformadora, presta sus palabras, imágenes y sonidos en virtud de lo que, en última instancia, le da sentido a nuestras vidas: los actos y las ideas relacionadas con el bien y el mal, lo bello y lo feo, lo material y lo espiritual, la identidad y la otredad, etcétera; en pocas palabras, la ideología. Y, ante esta condición innegable, si la “angustia existe sí / Como la desesperanza / el crimen o el odio. / ¿Para quién deberá ser la voz del poeta?”.




