Tierra Adentro
«Cristo Eucarístico». Madrid, Oratorio del Olivar. CC0 1.0
«Cristo Eucarístico». Madrid, Oratorio del Olivar. CC0 1.0

Derribar la estatua de quien ha sido condenado por la historia se nos presenta como una victoria de la lucidez sobre la mentira. Una corrección de la memoria —el primer santuario que uno habita—, la imagen paradigmática de una justicia simbólica pero reparadora. Nadie vive sin imágenes y nadie las destruye desde la vaguedad de lo informe. Quien derriba una efigie obedece a otra efigie acaso más sutil: la de la historia expiada. Las sociedades occidentales han sustituido las estatuas por consignas, los pedestales por pantallas y al Mesías por relatos redentores; han secularizado los materiales de culto, pero no la humana necesidad de figurar aquello que aman o temen. La imaginación social, expulsada del mármol, regresa disfrazada de lema. La tensión es antiquísima.

En uno de los acontecimientos inaugurales de Occidente, entre los relámpagos del Sinaí, la voz de Dios prohibió la fabricación y la adoración de imágenes. En su negativa resuena una sospecha harto justificada sobre la condición humana, y es que el ídolo es la tentación de apresar lo que excede toda presa. El Dios bíblico irrumpió en la historia como nombre impronunciable para evitar que incluso esa imagen suya pudiera emplearse como insignia, pues donde lo divino puede reducirse a objeto, nace también una voluntad de dominio. Quien posee una imagen cree poseer también el poder que representa.

Esta querella de las imágenes tomó en Bizancio la forma de una tempestad prolongada, como si el Imperio hubiese descubierto de pronto que no sabía qué hacer con sus propios ojos. En el año 726, bajo el reinado de León III Isáurico, se implementaron medidas contra el uso y la veneración de imágenes sagradas. Su primera víctima fue el ícono de Cristo que encabezaba la Puerta de Chalke, la entrada principal al Gran Palacio de Constantinopla, y su elección no fue arbitraria: tocar una imagen situada en el umbral del poder era declarar que la disputa concernía al orden visible del mundo. En torno a esa decisión convergían diversas inquietudes, desde derrotas militares frente a los árabes interpretadas como castigo divino hasta deseos de disciplinar la religiosidad popular y afirmar la autoridad imperial sobre los monasterios y los obispos; quizá también una vieja sospecha teológica heredada del relato del Sinaí. La legislación se presentaba como una ambigua promesa de instruir al ignorante y conmover al devoto, pero cuando una civilización duda de sus imágenes, en realidad duda de sí misma.

La crisis se agudizó durante el imperio de Constantino V (741-775), hijo de León III, férreo defensor de la iconoclastia. En 754 convocó al Concilio de Hieria, celebrado cerca de Calcedonia con más de trescientos obispos, para condenar la veneración y producción de imágenes religiosas. Se argumentó que pintar a Cristo dividía su naturaleza humana y divina al reducir el misterio de la Encarnación a pigmentos y tablas. ¿Cómo representar al Verbo hecho carne sin delimitar en contornos a Quien excede toda medida? Los iconoclastas sostenían que la verdadera imagen de Cristo era la eucaristía, o aun la vida virtuosa del creyente, pero no un pedazo de madera pintada. Los monasterios favorables a los íconos fueron perseguidos y sus bienes, confiscados.

Frente a esa ofensiva surgió la defensa de los iconódulos (su etimología no puede ser más provocadora: eikṓn significa “imagen” y douleía, “veneración”), encabezados por Juan Damasceno, del monasterio de Mar Saba, cerca de Jerusalén, esto es, fuera de la jurisdicción imperial. Su argumento poseía la elegancia de las ideas simples: si Dios se hizo hombre en Jesucristo, entonces aceptó entrar en la esfera de lo visible; negar toda imagen de Cristo sería casi como negar la Encarnación misma. No se veneraba la tabla en cuanto tabla, sino a Quien era recordado en ella. El honor tributado al signo pasaba al prototipo porque la materia, lejos de ser prisión, podía ser transparencia.

Décadas más tarde, la emperatriz Irene, regente de su hijo Constantino VI, hizo las veces de pontífice —“constructora de puentes”— y convocó el II Concilio de Nicea en 787, el último de los concilios ecuménicos reconocidos por todas las confesiones cristianas, que restauró la veneración de imágenes cuidándose de no confundirla con la adoración debida sólo a Dios. La paz, sin embargo, fue breve. A comienzos del siglo IX, León V el Armenio reabrió el debate convencido, tras nuevas derrotas militares, de que el Imperio seguía bajo la ira divina. La historia repitió su ritmo pendular: concilios contrarios, obispos depuestos, monasterios vigilados, imágenes retiradas o colocadas según el parecer del trono. Fue hasta el año 843, durante la regencia de la emperatriz Teodora y el patriarcado de Metodio I, que la veneración de los íconos se restauró definitivamente.

Las Iglesias orientales celebran hasta la fecha la fiesta del Triunfo de la Ortodoxia, que tiene lugar el sexto domingo antes de Pascua. Más que conmemorar antiguas querellas imperiales, lo que evocan es una pedagogía de la mirada: los fieles procesionan con íconos para mostrar que la materia puede ser transfigurada y que la belleza del arte sacro es senda hacia lo invisible. Por eso la fiesta conserva una vigencia más amplia. En una época saturada de propaganda visual, también hoy nos preguntamos cuáles imágenes revelan y cuáles manipulan; cuáles educan la sensibilidad y cuáles la sustituyen con simulacros. El Triunfo de la Ortodoxia nos recuerda que no toda imagen es ídolo, pero que ninguna está exenta de serlo.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.